San Juan de la Cruz: «Noche oscura del alma»; análisis y propuesta didáctica

San Juan de la Cruz – Noche oscura del alma (h. 1578)

[1] En una noche oscura                          1
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.                 5
[2] A oscuras, y segura,
por la secreta escala disfrazada,
¡Oh dichosa ventura!
a oscuras, y en celada,
estando ya mi casa sosegada.               10
[3] En la noche dichosa
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía,
sino la que en el corazón ardía.             15
[4] Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.              20
[5] ¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada:
oh noche que juntaste
Amado con Amada.
Amada en el Amado transformada! 25
[6] En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.  30
[7] El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería,
y todos mis sentidos suspendía.  35
[8] Quedeme, y olvideme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo, y dejeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.      40
                   San Juan de la Cruz: “Noche oscura del alma” (h. 1578)
1. ANÁLISIS
1. Resumen
Nacido como Juan de Yepes Álvarez, San Juan de la Cruz (Fontiveros, Ávila, 1542 – Úbeda, Jaén, 1591) es uno de los más altos poetas en lengua castellana. Su poesía se adscribe a la literatura renacentista religiosa, en la vertiente de la mística. El Cántico espiritual se compuso en los años 1577 y sucesivos, incluso durante su reclusión en prisión por parte de sus compañeros de la Orden Carmelita contraria a su postura reformista.
El sujeto lírico narra una aventura amorosa de naturaleza espiritual: una escapada de su casa, en una “noche oscura”, para encontrarse con el Amado (la mayúscula indica la individualización de ese ser, que es Dios); este marco temporal es clave para entender el poema; implica sigilo, secreto y furtivismo; lo que hizo no estaba bien visto por los demás. La Amada se aleja sigilosamente cuando su casa ya estaba en silencio. Esta entidad femenina es el alma del sujeto lírico, que va en procura de su Amado, pues está “en amores inflamada”. Lo que busca es su felicidad suprema, que expresa, a modo de estribillo, en el verso tres de varias estrofas: “¡oh dichosa ventura!”.
En la tercera estrofa se insiste en que la huida fue en plena noche, sin testigos, sin luz; no hacía falta porque su pasión era suficiente para guiarse en la penumbra. En la cuarta estrofa insiste en que esa luz interior, amorosa, lucía más que la del día, y la guiaba derecha a donde estaba el Amado. La quinta estrofa es de naturaleza exaltada; alaba la noche por guiarla y por propiciar la unión y la transformación de los amantes.
En la sexta estrofa se avanza en el proceso de consumación de la unión amorosa. El Amado se duerme en el pecho de la Amada, que lo refresca. La séptima estrofa se centra en las sensaciones táctiles, la del aire que orea el rostro, primero; después, las caricias del Amado en el cuello de la Amada. En la octava y última estrofa, la Amada se apoya sobre el Amado y todas sus preocupaciones desaparecen; quedan lejos; se siente dichosa y feliz.
2. Temas del poema
-Expresión de la felicidad suprema, alcanzada en la fusión del alma con Dios, de la Amada con el Amado.
-Representación del camino iluminativo que conduce al hombre al encuentro con la eternidad.
-Recreación del encuentro espiritual del hombre con Dios, la mayor dicha que se puede alcanzar en vida.
3. Apartados temáticos
En el poema podemos distinguir los siguientes apartados temáticos:
-Una primera parte ocupa las cuatro primeras estrofas (vv. 1-20): narra la fuga de la casa a hurtadillas y las circunstancias de su camino de huida.
-La segunda parte coincide con la quinta estrofa (vv. 21-25): posee un tono exclamativo; es un agradecimiento a la noche por haber sido cómplice y guía en su camino de encuentro con el amado.
-La tercera y última parte ocupa las estrofas sexta a octava (vv. 26-30). En ella se detalle cómo ha sido el encuentro amoroso espiritual y se expresan circunstancias sensitivas de esa unión dichosa. El grado de felicidad es tal que la Amada se olvida de todos sus cuidados o preocupaciones.
4. Análisis de la rima y la estrofa
El poema está compuesto por cuarenta versos, agrupados en ocho estrofas. En cada estrofa hallamos la estructura: 7a, 11B, 7a, 7b, 11B; la rima es consonante. Esta combinación de versos forma la estrofa conocida como lira; procede de la poesía italiana; el primer poeta en emplearla en la poesía española, de modo magistral, fue Garcilaso de la Vega, referido a temas profanos. Como podemos ver, estamos en el Renacimiento; en el siglo XVI se produjeron grandes novedades en la poesía italiana, sometida a un fuerte influjo de la italiana. San Juan de la Cruz la adoptó para la expresión de la espiritualidad más elevada.
5. Comentario estilístico
El poema es muy simbólico y alegórico. Una serie de recursos estilísticos configuran un mundo expresivo de naturaleza espiritual. La acción se desarrolla en “una noche oscura”; es algo más que un momento: es la expresión metafórica de un estado emocional de deseo de un encuentro dichoso. Las “ansias” y amores” (v. 2) son metáforas de la fe religiosa acendrada. En el verso 4 aparece el verbo de movimiento “salí”; indica muy bien la traslación espiritual, el abandono de un estado pasivo a otro activo. El alma del sujeto lírico ha iniciado su camino de ascenso hacia Dios. Todo ello es algo satisfactorio y sublime, como expresa la exclamación retórica “¡oh dichosa ventura!” (v. 3), repetida en la siguiente estrofa en la misma posición. Para iniciar esa escapada se necesita quietud, como se expresa en el último verso de esta estrofa “estando ya mi casa sosegada” (v. 5), luego repetido en la siguiente estrofa, como ya vimos que ocurría en el verso anterior. La casa es metáfora de la persona entera del sujeto lírico, es decir, su cuerpo y su alma.
En la segunda estrofa conocemos que el camino de ese encuentro está compuesto por una “secreta escala disfrazada” (v. 7); se trata de una escalera que asciende; está oculta y pocos la conocen porque está disimulada. Ahora se refuerza la idea que ha salido “a oscuras, y en celada” (v. 9); es decir, en total oscuridad y con engaño.
En la tercera estrofa se repite la metáfora de la noche, que sabemos que no es nada peligrosa, sino “dichosa” (v. 11); se insiste en el secretismo de la acción. Y se expresa una paradoja: aunque todo está en oscuridad, no hace falta ninguna luz, porque la que arde en el corazón de la Amada ya es suficiente. Aquí comprendemos que estamos ante un sentimiento de amor divino que lo invade todo e ilumina el camino suficientemente.
La cuarta estrofa ratifica que la luza amorosa que surge del corazón es más potente que “la luz del mediodía” (v. 17); el símil nos permite comprender que la intensidad del amor es inconmensurable. A la Amada la espera alguien del que no se dice el nombre, pues se utiliza un circunloquio (“quien yo bien me sabía”, v. 19); aumenta la intriga del lector, que se pregunta quién será ese amante concertado con la Amada. Han quedado en un lugar apartado e inaccesible para los demás, pues “nadie” puede llegar allí.
La quinta estrofa se abre con una doble exclamación retórica en la que ensalza a la noche; está personificada, pues se ha encargado de guiar el alma hacia el Amado. El epíteto “amable”, en una estructura comparativa, refuerza la complicidad establecida entre la Amada y la noche. De nuevo la paradoja de que la oscuridad es más deseada que la “alborada” nos recuerda la importancia de la noche en la significación del poema, subrayada con la anáfora y el paralelismo (vv. 21-23) de los tres primeros versos de la estrofa. Se crea en los dos últimos versos un quiasmo muy hermoso y significativo entre Amado y Amada, unidos ambos elementos a través de dos verbos especialmente expresivos: “juntar” y “transformar”. La fusión entre ambos ha sido total y perfecta. Esta quinta estrofa constituye, pues, el núcleo semántico del poema.
La sexta estrofa describe el estado de entrega y abandono de ambos amantes tras el encuentro. El Amado se duerme apoyado en el pecho de la Amada. El adjetivo “florido” aplicado a “pecho” resulta metafórico y expresa la belleza y delicadeza de la Amada, entregada al Amado. La anáfora con polisíndetos (a través de la conjunción “y”) de los dos últimos versos crean una sensación de acumulación de los efectos benéficos del amor compartido. La sensación de frescor, en un marco natural idílico –casi estamos ante un locus amoenus—refuerzan el marco natural sereno y hermoso.
La séptima estrofa ahonda en las sensaciones táctiles; ahora es el Amado quien acaricia el cuello de la Amada, transportándola a un arrobamiento superior. La Amada “esparce” los cabellos del Amado, correspondiendo así al intercambio de caricas. Los efectos de estas se expresan con dos verbos metafóricos de honda significación: “herir” y “suspender”; de algún modo, la Amada entra en una situación extática en la que casi no puede comprender lo que está pasando.
La octava y última estrofa cierra el poema insistiendo en la situación de suspensión de los sentidos y de la consciencia en la Amada; ha sido transportada a una dimensión superior y allí encuentra la felicidad suprema; ya no hay “cuidados” (metáfora de preocupaciones terenales); simplemente, goza de la presencia del Amado. Los verbos son estáticos y expresan situaciones físicas y emocionales: “quedarse”, “olvidarse”, “reclinar”, “cesar” y “dejarse” –este último, repetido, en una concatenación muy expresiva (vv.38-39). Conviene notar que el último elemento de significación del poema es una flor, la azucena; es hermosa y fragante y alude a la felicidad que embarga el alma de la Amada.
Ya se ha repetido en varias ocasiones que en la poesía mística se expesa el amor divino, la unión del alma del hombre con Dios, a través de términos y conceptos humanos; sin embargo, conviene insistir en la naturaleza religiosa de la experiencia del sujeto lírico: abandona sus condicionantes físicos para adentrarse en una dimensión espiritual.
6. Contextualización
San Juan de la Cruz (Fontiveros, Ávila, 1542 – Úbeda, Jaén, 1591) representa una de las cimas de la litertatura española; sin duda, es el más sublime poeta místico en lengua española. Sus tres obras poéticas más importantes son Cántico espiritual, Llama de amor viva y Noche oscura del alma, que es la que ahora estamos analizando. Completó los textos en verso con unos Comentarios al Cántico espiritual, de naturaleza más didáctica y explicativa. Su prosa tersa, precisa y expresiva mantienen un alto nivel en todo momento.
En su corta vida, San Juan de la Cruz hubo de lidiar con situaciones feas y complicadas a causa de las reformas religiosas en su orden carmelita. Sin embargo, supo cultivar con increíble acierto su talento poético, movido por sus experiencias espirituales, de orden superior.
7. Interpretación
El poema Noche oscura del alma desea ser la expresión de un viaje espiritual con un final dichoso. El sujeto lírico se transporta, casi lo vemos físicamente, a otra dimensión del conocimiento y escala por regiones desconocidas en la procura de la divinidad, para fusionarse en su interior. Lo logra, en efecto, y eso provoca un éxtasis o arrobamiento, con la conciencia desconectada, donde la dicha es lo único que existe.
Como ya dijimos en otro lugar a  propósito del cántico espiritual, Según la teoría mística, existen tres fases en el camino de la fusión espiritual: la purgativa, la iluminativa y la unitiva; desde el desprendimiento de las pasiones humanas hasta la desnudez total para alcanzar la disolución con Dios, el hombre recorre un camino de desprendimiento y concentración en lo esencial. No es una senda física, sino espiritual. En los momentos intermedios, el alma pasa por una “noche obscura”, como un flotar a ciegas, sin asideros de ningún tipo, hasta alcanzar el reparo de Dios mismo, en cuya esencia se diluye. En un famoso mapa alegórico de esa experiencia –fácilmente accesible en internet, a lo que exhortamos–, San Juan escribió que, en esos territorios, no había ni pasaba “nada”, vocablo repetido en varias ocasiones. Es este camino de fusión espiritual es el que San Juan nos presenta literariamente en el Cántico espiritual (1584).
El lenguaje poético profano es el material más idóneo (y, probablemente, el único) para expresar con palabras esta experiencia espiritual, de por sí inefable. Esto implica que nuestro poeta, que conocía muy bien la poesía castellana de su tiempo, toma temas, tópicos, imágenes y lenguaje poético para su empresa literaria-espiritual. Por supuesto, el influjo de la poesía italianizante y, en concreto, del magistral Garcilaso de la Vega (fallecido casi medio siglo antes para cuando San Juan compone su poema) es continuo e intenso. La poesía amorosa profana es el modelo tomado, pero transcendido, por los poetas místicos.
San Juan de la Cruz utiliza una serie de símbolos básicos que transfiguran completamente la poesía profana: el amado es Dios; la amada es el poeta o el místico; el amor es la fusión de ésta en la naturaleza sublime de Él; la búsqueda de ella, disfrazada de pastora o cualquier otra convención, se identifica con la búsqueda espiritual y el camino místico de las tres fases antes mencionado. Estamos, pues, ante un itinerario físico, de una pastora que, atravesando montes, “fuertes y fronteras”, busca a su amado; luego viene el itinerario amoroso: es tal la pasión encendida en su interior que lo deja todo para buscar a su amado; el tercer itinerario es el espiritual o religioso, verdadera piedra angular de todo el edificio teológico-literario.
La “noche oscura del alma” representa el momento en el que la espiritualidad de nuestro poeta alcanza una dicha mística de naturaleza inefable. Apenas se puede expresar con palabras la sensación de fusión espiritual con Dios. Desde nuestra ladera, como afirmó el eminente filólogo Dámaso Alonso, nos conformamos con admirar su talento poético y con la contemplación de su arrobamiento, entre el asombro y la perplejidad.
8. Valoración
Este bellísimo poema nos presenta la experiencia espiritual más sublime que un alma puede sentir. San Juan de la Cruz compone un texto bajo las convenciones literarias de la época; se apropia de su lenguaje para transmitir una experiencia superior, divina e inefable. Aquí radica la gran belleza y el asombroso hallazgo de nuestro poeta místico. Con palabras propias de la convención poética de su tiempo, nos acerca al inteior de su alma en su fusión con la divinidad.  
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Estas actividades se pueden desarrollar y realizar de modo oral o escrito, en el aula o en
casa, de modo individual o en grupo. Algunas de ellas, sobre todo las creativas, requieren
material o herramientas complementarias, como las TIC).
2.1. Comprensión lectora
1) Resume el poema (aproximadamente, 100 palabras).
2) Señala su tema y sus apartados temáticos. Para ello, contesta a la cuestión ¿de qué se habla y cómo se expresa?
3) Establece la métrica, la rima y la forma estrófica utilizada.
4) Distingue entre yo poético, alma, Amada y Amado.
5) Localiza una docena de recursos estilísticos y explica su eficacia significativa y estética.
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
1) El yo poético, ¿qué busca en medio de la noche? Razona la respuesta.
2) Indica las circunstancias de lugar y tiempo en las que se produce el encuentro místico.
3) ¿Quién alcanza más importancia o relevancia el poema, la Amada o el Amado?
4) Al final del poema, se cita una flor. ¿Cuál es? ¿Qué significación metáforica posee?
2.3. Fomento de la creatividad
1) Documéntate sobre San Juan de la Cruz y realiza una exposición en la clase con ayuda
de medios TIC, creando un póster, etc., sobre su vida y obra literaria.
2) Transforma el poema en un relato en prosa, o teatral, en el que recoja una experiencia mística.
3) Imagina un encuentro de San Juan de la Cruz con tu grupo de clase. Idea preguntas sobre su poesía; otros compañeros pueden dar las respuestas que podrían ser acordes con San Juan.
4) Se puede realizar un recital poético o una declamación de poemas de San Juan de la Cruz, acompañado de imágenes alusivas y música, ante la clase o la comunidad educativa. Ahí se pondrá de manifiesto la enorme hondura expresiva y la gran musicalidad de los poemas de nuestro principal poeta místico.

Álvar Núñez Cabeza de Vaca: «Naufragios y comentarios»; análisis literario

ÁLVAR NÚÑEZ CABEZA DE VACA (¿Jerez de la Frontera, Cádiz, h. 1490 – Sevilla, 1559?)
  1. Bosquejo bio-bibliográfico
  2. Naufragios y Comentarios: ¿obras históricas u obras literarias?
  3. La búsqueda de la fama y mercedes en los conquistadores del Nuevo Mundo: ¿signo paradigmático de la mentalidad renacentista?
  4. Bibliografía citada
  5. Selección de textos significativos
——————————————
 1. Bosquejo bio-bibliográfico
         Nace el conquistador y cronista Alvar Núñez Cabeza de Vaca entre 1487 y 1495 (por ventura en 1492) en Jerez de la Frontera (Cádiz). Nieto de uno de los conquistadores de las Islas Canarias, Pedro de Vera, en su entorno familiar pudo encontrar ejemplos de cómo servir a su rey conquistando nuevas tierras lejanas y así obtener mercedes en recompensa por su valor.
         A pesar de que algún estudioso de la figura de Cabeza de Vaca cree encontrar a éste en Rávena (Italia) hacia 1511-12 enrolado en el ejército español que Fernando el Católico había enviado en auxilio del Papa Julio II –esta es, en efecto, la opinión de P.L. Croveto (1984)–, H. Sancho de Sopranis, gran conocedor de la vida de Cabeza de Vaca, afirma que «el interesado permanece de asiento en esta ciudad [Jerez de la Frontera] desde 1505 hasta 1517» (1963: 225). Huérfano de padre y madre ya en la fecha de 1509, se le asigna un «curador» (tutor) en la persona de su tío Pedro de Vera.
         Del mismo modo que lo hemos comprobado en otros cronistas de Indias (por ejemplo en Bernal Díaz), comenzamos a disponer de datos autobiográficos del autor que nos ocupa en el momento en que el mismo interesado toma la pluma para relatar sus hechos de conquista, omitiendo (parecería que deliberadamente) las circunstancias de su entorno familiar de la infancia, así como de sus años de juventud y primera madurez, hasta prácticamente el embarque para las Indias. Compendiar a grandes rasgos la vida de Cabeza de Vaca desde este punto no es sino resumir sus obras: Naufragios y Comentarios.
         Partió, pues, Cabeza de Vaca del puerto de San Lúcar de Barrameda enrolado en la armada capitaneada por Pánfilo de Narváez (célebre enemigo acérrimo de Cortés, quien le quebró un ojo en los avatares de la conquista de México) con intención de conquistar la Florida, el 17 de junio de 1527, ejerciendo el cargo de tesorero y alguacil mayor, como él mismo nos lo consigna en el primer capítulo de los Naufragios (1946: 517-18), donde relata muy de raíz su jornada a la Florida.
         Las cosas, sin embargo, no pudieron ir peor: entre la ineptitud de Pánfilo de Narváez, la naturaleza inhóspita, la renuencia, y aun ferocidad, de los indígenas hacia los invasores y las adversidades climatológicas, la armada quedó reducida de seiscientos hombres que salieron de Castilla a cuatro supervivientes (tres españoles y un hombre de color) que, tras cerca de diez años de peregrinaje entres las distintas tribus (donde ejercían de médicos-curanderos-taumaturgos) y tras atravesar todo el sur de los Estados Unidos (de Florida a Texas), alcanzaron México, siendo así los únicos supervivientes del desastre.
         Regresa Cabeza de Vaca a la Península en 1537, donde se presenta al Emperador, y le ofrece su relación de la jornada (los célebres Naufragios). Mas no por ello se arredró el jerezano de emprender nuevas aventuras: prepara bajo su único mando y responsabilidad una nueva armada que se iba a dirigir al Río de la Plata, pues se sabía en España que los restos de la armada de don Pedro de Mendoza estaban a punto de desaparecer si no se les suministraba ayuda inmediata.
         Parte, en fin, con título de adelantado y con cargo de gobernador y capitán general, desde Cádiz, el 2 de noviembre de de 1540, al mando de una armada de cuatrocientos soldados «bien aderezados», según él mismo relata en los Comentarios (1946: 549). El fin de este segundo asalto a la fortuna no iba a ser menos desastrado (y de seguro que más amargo) que el anterior. En efecto, se instala Cabeza de Vaca en Asunción, tratando de establecer pactos de amistad con los naturales; por supuesto, la búsqueda de oro y plata era la actividad más absorbente de los españoles, lo que realizaban con más diligencia que la evangelización, pero con poca fortuna.
         De la propia lectura de sus Comentarios, se desprende que Cabeza de Vaca intentó lograr lo uno y lo otro (poblar y enriquecerse) con más voluntad que acierto, de modo que en el proceso de una enfermedad, en 1543, el contador Felipe de Cáceres —junto con el veedor y el tesorero de la colonia- instigó lo suficiente como para urdir con éxito una rebelión, cuya cabeza visible era el capitán Domingo de Irala, si bien éste parece que actuó más obligado por las circunstancias que por voluntad propia.
         Fue enviado Cabeza de Vaca a España en son de preso, en una carabela, donde le quisieron dar «tósigo» (veneno). El Consejo de Indias ordenó el encarcelamiento del veedor y el tesorero –el primero enloqueció poco después y el segundo «murió muerte desastrada y súpita, que le saltaron los ojos de la cara», nos informa rencoroso Cabeza de Vaca (597)– y también el gobernador depuesto ingresó en prisión. Relata E. de Vedia que «fue también condenado Alvar Núñez a privación de oficio y a seis años de destierro en Orán, con seis lanzas; apeló, y en revista salió libre, señalándosele dos mil ducados de pensión en Sevilla. Retiróse a aquella ciudad, en la cual falleció ejerciendo la primacía del consulado con mucha honra y quietud de su persona, ignorándose el año de su muerte» (1946: XX).
         Hay que descartar, con Sancho de Sopranis (220), que Cabeza de Vaca acabara sus días como religioso (la confusión sobrevino por la homonimia entre el nombre del conquistador y un fraile de Jerez de vida poco recomendable; además, ambos poseían un deudo en común). Algún estudioso –como J. Estruch (1982: 10)– fecha su muerte hacia 1559, mas no es nada seguro.
         Nos dejó Cabeza de Vaca dos obras: Naufragios (Zamora, 1542) y Comentarios, cuya redacción se debe al escribano y secretario particular del conquistador, Pedro Fernández; el texto fue publicado por primera vez de forma conjunta con los Naufragios (Valladolid, 1555). Las ediciones modernas son abundantes y accesibles, sobre todo de los Naufragios; aquí hemos utilizado la edición de E. de Vedia (1946).
         El hecho de que escaseen las ediciones conjuntas de los Naufragios y Comentarios se debe, en parte, a que algunos críticos no consideran ésta última como obra original de Cabeza de Vaca, opinión de la que disentimos, pues el hecho de que el adelantado del Plata se haya servido de su secretario como amanuense no le priva de la autoría de los Comentarios: Cabeza de Vaca la pensó y planeó. De hecho, el título de la primera edición de los Comentarios consigna claramente la autoría de ésta y la anterior relación: La Relación y Comentarios del governador Alvar Nuñez Cabeza de Vaca, de lo acaescido en las dos jornadas que hizo a las Yndias: con privilegio. Acaso haya contribuido también a este divorcio de ambas obras el hecho de que los Comentarios sea una obra principalmente reivindicativa y de defensa ante un tribunal de la conducta política del adelantado del Río de la Plata, despreocupándose de otros aspectos (literarios, novelescos, etnográficos, etc.) que sí son desarrollados en la Relación o Naufragios.
  1. Naufragios y Comentarios: ¿obras históricas y obras literarias?
         En un reciente artículo, se pregunta W.D. Mignolo si las crónicas de Indias de los siglos XVI y XVII forman parte de la literatura o de la historiografía. Ofreciendo una sólida argumentación y no poca documentación, llega a la conclusión que, en general, las crónicas de Indias son textos historiográficos, y no literarios: «No es, como esperamos haber sugerido en las páginas precedentes, una adecuada operación conceptual –aunque sí cómoda– denominar crónicas y concebirlos como un género, a los textos que se escribieron, durante la época colonial, para dar cuenta de los hechos, objetos y acontecimientos de las Indias. Creo que… un cuerpo muy significativo de textos responde a los principios de la formación discursiva historiográfica, a la que contribuye también a modificar debido a la «realidad» de la que el discurso debe dar cuenta» (1981: 402).
         Expone Mignolo cómo los cronistas se someten al criterio de la verdad, de escribir una realidad, y al criterio de coherencia del relato, para que resulte proporcionado, dos conceptos capitales de la historiografía renacentista. «Historia» es un tipo discursivo que incluye dentro de sí otros tipos, como son «crónica» (o «Historia difusa de alguna República eclesiástica o seglar, ajustada a los años», según la define el historiador barroco Jerónimo de San José (1651), citado por Mignolo), «relación» y, en fin, «comentario», con sus peculiaridades propias en el tratamiento discursivo de la materia histórica.
A. de Zárate, cronista del Perú de mediados del siglo XVI, dice de su propia relación que «no lleva la prolijidad y cumplimiento que requiere el nombre de historia, aunque no van tan breve ni sumaria que se pueda llamar comentario, mayormente yendo dividida por libros y capítulos, que es muy diferente de aquella manera de escribir» (1947: 459. Hasta aquí la argumentación de Mignolo.
         Recordemos que Cabeza de Vaca intitula los Naufragios, «Relación de la jornada que hizo a la Florida con el adelantado Pánfilo de Narváez», y la segunda obra lleva el marbete de Comentarios. De modo que Cabeza de Vaca, con la publicación en 1542 de una «relación» y en 1555 de un «comentario» (dos modelos historiográficos bien conocidos en la historiografía renacentista, como lo demuestra Zárate) habría compuesto supuestamente historia y no literatura. Pero aún hay más: recuerda Mignolo (390-92) la estrecha interdependencia entre historiografía y retórica, cómo ésta prescribe los tres estilos (humilde, moderado y sublime) y las otras condiciones que debe observar el discurso historiográfico, entre las que destaca la de la unidad de composición, como Cicerón expusiera en los manuales de retórica al uso entre los humanistas: Ad Herennium y De oratore.
         ¿Era consciente –nos preguntamos nosotros– Cabeza de Vaca del sutil cambio de significado que los metahistoriadores (humanistas, y muy versados en la latinidad) apreciaban entre los conceptos de «relación» y de «comentario», suponiendo que Cabeza de Vaca intentara escribir «historia» y no «literatura»? No creemos que se pueda emitir un juicio taxativo al respecto, pero hay una serie de datos relevantes que expondremos a continuación y que orientan un tipo de respuesta.
         En primer lugar, los «comentarios» han de ser más breves que la «relación», según Zárate, pero constatamos que Cabeza de Vaca narra diez años de su vida en una «relación» sensiblemente menos voluminosa que los «comentarios», en los que relata hechos que acontecieron en un lustro, aproximadamente (1540-45); parece que Cabeza de Vaca no se ajusta a la teoría historiográfica, al menos como la expone su contemporáneo pizarrista Zárate.
         No hemos localizado ni una sola cita en los Comentarios donde Cabeza de Vaca aluda a la brevedad y concisión expositiva, en tanto que en los Naufragios nos hemos encontrado, en rápido recuento, con cinco casos, donde uno sirva de ejemplo por los demás: «Cuento esto así brevemente, porque no creo que hay necesidad de particularmente contar las miserias y trabajos en que nos vimos» (525). No parece, pues, que Cabeza de Vaca hubiera podido percibir con excesivo rigor diferencias tan sutiles en el modo de narrar hechos pasados, si es que alguna vez tuviera noticia de la teoría historiográfica humanista, cosa que dudamos, pues la formación cultural de la mayoría de los conquistadores, aun los hidalgos, era reducida. ¿Cuántos cronistas sabían latín para informarse de los tipos historiográficos que Cicerón prescribiera? ¿Cuántos habían pasado por las aulas de las universidades de Salamanca y Alcalá? Ciertamente, los menos, y los cronistas que poseían una cultura humanista sólida escribían sobre América sin haber estado nunca en ellas (como Mártir de Anglería, López de Gómara, etc.). Lo que queremos decir es que los cronistas, ayunos de formación humanista o de cualquier otra, escribían sus aventuras y sus impresiones sobre América como mejor podían, más atentos a resultar veraces por sus lectores que a disquisiciones sobre modelos de escritura que ignoraban, ellos y la mayoría de sus lectores.
         La crítica norteamericana está aplicando un análisis conceptual-formalista al estudio de las crónicas de Indias, alcanzando resultados sugerentes. D. Lagmanovich (1978) sondea los Naufragios como «construcción narrativa», destaca la importancia de lo episódico y subjetivo, enfrentado a lo lineal y objetivo del discurso de los Naufragios. L.H. Dowling (1984) da un paso más y trata de aclarar la tensión «que constituye para el lector moderno el rasgo definitivo del discurso de las crónicas, opuesto a la ficción o a la historia escrita con arreglo a los conceptos modernos de la historiografía» (1984: 89). Distingue Dowling, siguiendo a M.L. Pratt (1977), dos tipos de declaraciones (assertion): la informativa (informative assertion), propia del discurso historiográfico, y la ostentativa (display assertion), usual en la literatura moderna.
         Pues bien, en los Naufragios de Cabeza de Vaca, añadimos nosotros, se detecta una extraña mixtura de uno y otro tipo de declaración. El autor se autocaracteriza como héroe, introduce en el relato aventuras semifantásticas (inquietantes ruidos en una noche de tempestad, de lo que hizo una probanza Cabeza de Vaca; curación milagrosa de un indio desahuciado; etc.), mas simultáneamente Cabeza de Vaca clama estar componiendo un relato real, sin apartarse un punto de la verdad («Lo cual yo escribí con tanta certinidad, que aunque en ellas [en las historias] se lean cosas muy nuevas, y para algunos muy diffíciles de creer, pueden sin dubda creerlas» (1555: II).
         Concluye Dowling que la «relación es, en un sentido, más que ficción, la oposición historia (story), discurso es válida; y la búsqueda de la verdadera naturaleza de la «historia» (story) a través de la investigación histórica adquiere importancia real» (97). La imbricación, pues, de la «relación» como discurso histórico y la «historia» como discurso novelesco es cierta y resulta una de las características de los Naufragios.
         Todavía R.E. Lewis trata de arrojar luz sobre «una obra que documenta hechos históricos en la que está reconocida una clara filiación literaria» (1982: 681), partiendo del análisis del prólogo que Cabeza de Vaca antepuso a las dos primeras ediciones de su obra, de gran importancia por varias razones. La situación paradójica en la que se encuentra Cabeza de Vaca es que «se vio obligado a narrar y, por tanto, a interpretar hechos y realidades extraordinarios dentro del marco de un relato verdadero» (694). Este planteamiento de Lewis nos parece extraordinariamente esclarecedor, pues introduce en elemento poco valorado antes: la extraña realidad geográfica que contemplan por primera vez ojos occidentales y el desbordante y confuso panorama etnográfico con el que se las han de haber los conquistadores si quieren introducirse en la tierra, y dominarla.
         Parece natural que Cabeza de Vaca –y los demás cronistas con él– elija un discurso narrativo que dice narrar hechos verdaderos si es que aspiraba a ser creído y reputado como escritor de cosas reales y no fantasiosas, como las que relataban los libros de caballerías (extrañamente similares a las andanzas de los españoles por las Indias), muy criticados por los humanistas por no respetar ni la verosimilitud, ni la moral ni la estética. Realmente, Cabeza de Vaca no tenía muchos modelos donde elegir, y la dicotomía era tajante: o se escribe historia —si se redactan hechos verdaderos-, o se escribe ficción –si se desea relatar fantasías más o menos verosímiles–. La tensión irresoluble del cronista es que desea escribir como historia lo que a ojos de todos era materia de ficción. De ahí sus protestas encaminadas a advertir que la materia narrada parece fantasía, pero es realidad; contada con un estilo literario coloquial porque no conocen otro (como el elegante humanista).
         El conocimiento por parte de los cronistas de los modelos textuales –tanto historiográficos como novelescos– era mínimo, pues su preparación cultural no se lo permitía. Pero además, uno de los modelos de ficción en boga, la novela de caballerías, tenía sorprendentes similitudes con las crónicas de Indias debido a la rareza, extrañeza y novedad de la tierra americana (algo parecida a los brumosos territorios donde se desarrollaba la acción de las novelas de caballerías, cuyos héroes guardaban un aire de familia con los conquistadores españoles). De ahí proceden las firmes protestas de los cronistas (sobre todo de Bernal Díaz) de que no escriben libros de caballerías, sino libros que cuentan hechos verdaderos, aunque parezcan fantásticos, pero es que la exploración del Nuevo Mundo era algo realmente fantástico.
         ¿Acaso podía optar Cabeza de Vaca por otro género que no fuera el historiográfico para dejar constancia real y verdadera de lo que vivió y experimentó en su viaje a la Florida? Si quería ser creído, evidentemente no podía elegir otro modelo de escritura.
         Sin embargo, Cabeza de Vaca tenía que hacer frente a la descripción de una naturaleza desbordante y a la narración de unos hechos inauditos, mas no falsos. Utilizó los recursos literarios (conocidos por el conquistador de sus lecturas de los «amadises») más útiles y conocidos que estas lecturas le proporcionaban. De hecho, en el proemio a los Comentarios se localiza un párrafo donde Cabeza de Vaca expone sus ideas sobre las condiciones de la escritura: que lo que se escriba «deleyte a los lectores», y para eso no mejor tema que el de «las variedades de las cosas y tiempos y las vueltas de la fortuna, las quales aunque en en el tiempo que se experimentan no son gustosas, quando las traemos a la memoria y leemos, son agradables». Parecería que estamos ante el ars poetica particular de Cabeza de Vaca, que, hemos visto, gira en torno a la variedad de temas, el deleite y lo gustoso de la escritura, objetivos bastante distanciados de los que pretendía en texto historiográfico.
         En breve recorrido, veamos los recursos estilísticos que utiliza Cabeza de Vaca. Maneja la descripción para pintar paisajes imposibles, como éste que él llama Apalache: «El edificio es de paja, y están cercadas de muy espeso monte y grandes árboles y muchos piélagos de agua, donde hay tantos y tan grandes árboles caídos, que embarazan…» (521).
         No desdeña el estilo desenvuelto e impactante, que había de impresionar al lector, plagado de contrastes y agudas antítesis: «y como vimos que la sed crescía y el agua nos mataba [pues era salada], aunque la tormenta no era cesada, acordamos de encomendarnos a Dios Nuestro Señor, y aventurarnos antes al peligro de la mar que esperar la certinidad de la muerte que la sed nos daba» (524).
         Las imágenes más atrevidas y plásticas aparecen con frecuencia: «Los que quedamos escapados, desnudos como nascimos, y perdido todo la que traíamos; y aunque todo valía poco, para entonces valía mucho. Y como entonces era por noviembre, y el frío muy grande, y nosotros tales, que con poca dificultad nos podían contar los huesos, estábamos hechos propia figura de la muerte» (526).
         Apela al lector Cabeza de Vaca para involucrar a aquel en la valoración de lo vivido: «Después que vimos rastros claros de cristianos, y entendimos que tan cerca estábamos de ellos, dimos muchas gracias a Dios Nuestro Señor por querernos sacar de tan triste y miserable captiverio, y el placer que de esto sentimos, júzguelo cada uno cuando pensare el tiempo que en aquella tierra estuvimos, y los peligros y trabajos por que pasamos» (544).
         No faltan tampoco rasgos de humor (macabro, dadas las circunstancias): «… y cinco cristianos que estaban en rancho en la costa llegaron a tal extremo que se comieron los unos a los otros, hasta que quedó uno solo, que por ser solo no hubo quien se lo comiese» (527). En fin, pondera Cabeza de Vaca tanto sus desventuras (captatio benevolentiae) que utiliza hipérboles de hondo efecto en el lector del siglo XVI, como ésta: «De estos nos partimos, y anduvimos por tantas suertes de gentes y de tan diversas lenguas, que no basta memoria a poderlos contar» (540).
         Este sucinto recorrido por la estilística de los Naufragios y Comentarios manifiesta las deudas contraídas con los modelos al uso de la escritura literaria, y como tal son impensables en una composición de carácter histórico; con todo, hay que admitir que era muy difícil contar estos hecho de otra manera. Si a esto añadimos que a veces los conquistadores buscaban desesperadamente lugares más ficticios que reales (se trata, en el caso de la expedición de Pánfilo de Narváez, de «Apalache» -519 y ss.- y de «Aute» -522 y ss.-); añadimos asimismo escenas fantásticas y fantasiosas (como el «gran sonido de cascabeles y de flautas y tamborinos y otros instrumentos, que duraron hasta la mañana, que con la tormenta cesó» (518); y, finalmente, la historia de una mujer, esposa de uno de los miembros de la armada, que sabía por una mora de Hornachos que la expedición tendría un fin desastrado (548), relato que Cabeza de Vaca coloca estratégicamente en el capítulo final, como para ratificar la imposibilidad y esterilidad de la lucha contra la fortuna, parecería que con estos elementos narrativos estamos leyendo una novela de caballerías y no un texto cuyo autor, en el prólogo, clamaba escribir sólo la verdad.
         Y que  estas palabras no eran mero trámite lo muestran, por ejemplo, el hecho de que el mismo autor realizó una probanza (lo que implicaba escribano y testigos) del gran ruido de cascabeles, flautas, tamborinos «y otros instrumentos» que la armada, espantada, escuchó en una noche de tormenta, en la isla de Cuba. La probanza, naturalmente, fue remitida por Cabeza de Vaca a su rey, Carlos V.
   Con la argumentación precedente, hemos querido aclarar que:
a) Es muy difícil sostener que las crónicas de Indias, y los Naufragios y Comentarios entre ellas, son escritos que se remiten sólo al modelo historiográfico, tal y como se entendía en el siglo XVI y lo alica Walter D. Mignolo. Es poco verosímil que, a excepción de los escasos cronistas de formación humanista, los demás relatores conociesen siquiera la posibilidad de elegir varios modelos de escritura historiográfica para escribir sucesos pasados y verdaderos, o modelos de literatura parara plasmar hechos verosímiles. Conociesen estas opciones o no, los cronistas querían tomar la pluma para contar sucesos verdaderos y reales, si bien extraños y muy poco creíbles, por lo que recurrían los cronistas a todo tipo de recursos estilísticos a su alcance (procedentes de sus lecturas literarias, entre las que sobresalen los libros de caballerías), según la formación educativa de cada cronista, que le ayudaba en el asedio por la palabra de una realidad antes ni siquiera soñada.  
b) En el esfuerzo lingüístico que suponía escribir sobre sucesos inauditos, los cronistas desplegaban todos sus recursos y saberes. La mayoría de ellos, como Cabeza de Vaca, habían recibido una educación bastante modesta; conocían muy bien, con todo, los libros de caballerías y entonces utilizaban recursos propios de esta literatura, de ahí las protestas de un Bernal Díaz del Castillo de que él no escribía patrañas como las de los «amadises» o las aclaraciones de Cabeza de Vaca en el prólogo, donde afirma rotundamente escribir sólo la verdad.
c) Si relatar hechos verdaderos, observando las reglas de unidad temática y homogeneidad del discurso, era, en los cánones del humanismo, escribir historia, entonces Cabeza de Vaca y otros cronistas eran considerados historiadores por los humanistas, pero creemos que los conquistadores-cronistas ni se tenían por historiadores ni por literatos (excepto la minoría humanista: Gómara, Mártir de Anglería, Fernández de Oviedo, etc.) pues ni escribían sólo para dejar memoria de lo experimentado ni para agradar a los lectores. Por eso nos parece una opinión incompleta la de Estuch, cuando dice de los Naugrafios que «el relato no tiene, pues, una intención literaria, sino informativa y documental» (1982:13). Creemos que poseen una intención historiográfica otra literaria y otra pragmática (relativa a alcanzar «honra y fama»: recompensa económica por sus hechos de conquista y posición social.
         Además de para estos objetivos, tomaban la pluma los conquistadores-cronistas sobre todo para obtener mercedes de su rey, y también para lograr reconocimiento público de su valor, ingenio e industria; es decir, para lograr las tan perseguidas «honra y fama», como tan bien explicita Cabeza de Vaca en el prólogo citado.
         Así pues, las crónicas de Indias ¿son historia o son literatura? Cuando leemos las crónicas y vemos cuán lejos están de la definición clásica de «relación», o de «diario», o de, en fin, «historia», acaso debamos pensar que, en general, los cronistas intentaban escribir bajo tipos narrativos historiográficos, cada uno abandonado a su suerte, a sus propias fuerzas y saberes. Sin embargo, por la materia, que trataban (era, recordemos, el primer asedio lingüístico a una inaudita realidad, la del Nuevo Mundo, muy extraña a la mente europea) y por el tipo de recursos literarios que utilizan en sus relatos (los esperables en la prosa de ficción popular de la época) sus crónicas se escoran desde la tipología histórica a la literaria, de modo que ya no constituyen «historia», pero tampoco «literatura» convencional.
         Acaso el marbete de «crónica de Indias» intenta recoger esta especificidad que hacen que estas relaciones abracen en sí el rigor de lo verdadero histórico pero inaudito y el deleite de la prosa de ficción popular, por lo que sería una etiqueta correcta. Ellos decían escribir “verdades” con estilo “apacible”. Recoge dos paradojas: contar verdades, pero inverosímiles y sólo similares a las imaginadas en los libros de caballerías; y escribir en estilo llano y humilde, propio de esa literatura, pero sólo por desconocimiento de otro más elevado; aunque tenía una ventaja: facilitaba su lectura por el lector común.
3. La búsqueda de la fama y mercedes en los conquistadores-cronistas del Nuevo Mundo: ¿signo paradigmático de la mentalidad renacentista?
         Es una verdadera lástima que las ediciones modernas de las obras de Cabeza de Vaca no incluyan el proemio del autor, que sí apareció en la primera edición de los Naufragios (1542), y este mismo proemio y otro nuevo que procede de la edición conjunta de los Naufragios y los Comentarios (1555), pues en ellos se hallan la clave de lectura de las obras del jerezano, así como las motivaciones más íntimas del porqué y para qué  de la composición de sus obras. Hemos decidido incluir el primer proemio (que precedió a los Naufragios) dada su relevancia; es de este tenor:
                                                   «Sacra, Cesárea, Cathólica Magestad:
            Entre quantos príncipes sabemos aya avido en el mundo, ninguno pienso se podría hallar a quien con tanta verdadera voluntad y con tan gran diligencia y desseo ayan procurado los hombres servir, como vemos que a vuestra magestad lo hazen oy. Bien claro se podrá aquí conoscer que esto no será sin gran causa y razón: ni son tan ciegos los hombres, que a ciegas y sin fundamentos todos siguiesen este camino, pues vemos que no sólo los naturales y a quienes la fe y subjeción obliga a hacer esto, mas aun los extraños trabajan por hazerle ventaja. Mas ya que el desseo y voluntad de servir a todos en esto haga conformes, allende las ventajas que cada uno puede hazer, ay una muy gran differencia no causada por culpa dellos: sino solamente de la fortuna: o más cierto sin culpa de nadie, mas por sola voluntad y juizio de dios: donde nasce que no salga con más señalados servicios que pensó, y a otro le suceda todo tan al revés, que no pueda mostrar de su propósito más testigo que a su diligencia: y aun esta queda a las vezes tan encubierta, que no puede volver por sí. De mí puedo dezir, que en la jornada que por mandado de vuestra magestad hize de tierra firme, bien pensé que mis obras y servicios fueran tan claras y manifiestas, como fueron los de mis antepasados: y que no tuviera yo necesidad de hablar para ser contado entre los que con entera fe y gran cuidado administran y tratan los cargos de vuestra magestad, y les haze merced. Mas como ni mi consejo ni diligencia aprovecharon para que aquello a lo que éramos ydos fuesse ganado conforme al servicio de vuestra magestad, y por nuestros pecados permitiese dios que de quantas armadas a aquellas tierras han ido, ninguna se viesse en tan grandes peligros ni tuviesse tan miserable y desastrado fin, no me quedó lugar para hazer más servizio deste, que es traer a vuestra magestad relación de lo que en diez años que por muchas y muy extrañas tierras que anduve perdido y en cueros, pudiesse saber y ver, ansí en el sitio de las tierras y provincias y distancias dellas, como en los mantenimientos y animales que en ella se crían, y las diversas costumbres de muchas y muy bárbaras naciones con quienes conversé y viví, y todas las otras particularidades que pude alcançar y conoscer, que dello de alguna manera vuestra magestad será servido; porque aunque la esperança que de salir de entre ellos tuve, siempre fue muy poca, el cuidado y diligencia siempre fue muy grande de tener particular memoria de todo, para que si en algún tiempo Dios nuestro señor quissiere traerme a donde agora estoy, pudiesse dar testigo de mi voluntad y servir a vuestra magestad. Como la relación dello es aviso a mis parescer no liviano, para los que en su nombre fueren a conquistar aquellas tierras, y juntamente traerlos a conosmiento de la verdadera fee y verdadero señor, y servicio de vuestra magestad. Lo qual yo escribí con tanta certinidad, que aunque en ellas se lean algunas cosas muy nuevas, y para algunos muy difficiles de creer, pueden sin dubda creerlas: y creer por muy cierto, que antes soy en todo más corto que largo: y bastara para esto haberlo yo offrescido a vuestra magestad por tal. A lo qual suplico la resciba en nombre de servicio: pues este solo es el que un hombre que salió desnudo pudo sacar consigo.
         No era nada torpe, en verdad, Cabeza de Vaca cuando se afana en mover el ánimo de su rey en tan breves y enjundiosas palabras. Primero le da noticia de su «persona», y para aquilatar su nobleza le hace saber al Monarca que sus descendientes ya estuvieron involucrados en la conquista de tierras extrañas (se trataba de su abuelo, Pedro de Vera, uno de los conquistadores de las Islas Canarias), de modo que no es un «don nadie» quien se dirige a Carlos V.
         A continuación expone las «causas» de haber compuesto esta su relación: primero, para recobrar su honra y fama de hombre leal y servidor de su rey y de su señor, perdida por el «miserable y desastrado fin» de la armada en que participó. A continuación expone más sutilmente, pero con eficacia, la segunda causa: la petición de mercedes al rey por los peligros pasados en su servicio: «… y que no tuviera yo necesidad de hablar para ser contado entre los que con entera fe y gran cuidado administran y tractan los cargos de vuestra magestad, y les haze mercedes«. La tercera causa por la que decidió hacer relación de su jornada es la de proporcionar a su rey un informe geográfico y humano de las tierras en que se halló («… así en el sitio de las tierras y provincias y distancias dellas, como en los mantenimientos y animales que en ellas se crían, y las diversas costumbres de muchas y muy bárbaras naciones con quienes conversé y viví…»). Estos cronistas son, sin duda, los pioneros de la etnografía moderna.
         A renglón seguido, declara Cabeza de Vaca la «finalidad» de esta su relación: en primera instancia, quiere ponerse al servicio de su rey («… pudiesse dar testigo de mi voluntad y servir a vuestra magestad»); y asimismo, para que sus informes sirvieran de aviso para la futuras expediciones a la Florida. Finalmente, manifiesta Cabeza de Vaca el «modo» de composición de su relación: siempre escribiendo la verdad, y «… en todo más corto que largo»; parecería que Cabeza de Vaca quisiera imprimir así un sello de seriedad y crédito para su obra.
         ¿Hubiera sido posible encontrarse un proemio como éste en las letras españolas antes del descubrimiento y conquista de América? Es decir, nos preguntamos si podemos columbrar una mentalidad renacentista en los escritos de Cabeza de Vaca o más bien corresponde a una conducta de otro tipo. Creemos se puede responder negativamente a la cuestión planteada, esto es, nos parece detectar en Cabeza de Vaca una clara expresión de la mentalidad renacentista española.
         La búsqueda afanosa de honra y fama ya es de por sí un rasgo revelador de esta personalidad que, insatisfecha con su posición socio-económica heredada, se embarca hacia la nueva frontera que, en el siglo XVI es el Nuevo Mundo, en demanda de honra, fama y mercedes de su rey; lograr estos objetivos parece más fácil en América que en España, por eso se embarcan.
         Mas he aquí que las «vueltas de la fortuna» –tema tan genuinamente renacentista, que se arrastra de la Edad Media– tenía otros planes muy distintos y la armada acaba desbaratada y destruida por los temporales y los indios. No se amilana por ello Cabeza de Vaca y ahora trata de obtener lo mismo (recordemos: honra, fama y mercedes) dejando la espada y tomando la pluma. Y aquí está el bello rasgo del hombre renacentista que se hace a sí mismo, que, no satisfecho con el estado de cosas heredado, está decidido a transformarlo por la fuerza de su brazo o el ingenio de su pluma.
         Y así se lo hace saber a su monarca en un bello y conmovedor exordio que, a juzgar por lo ocurrido posteriormente, causó los efectos apetecidos por el autor, pues tres años después de su llegada, en 1540, Cabeza de Vaca fue nombrado gobernador, capitán general y adelantado del Río de la Plata, a donde se dirigió con otra armada cuyo fin no fue tan desbaratado como el de la primera, pero de seguro más amargo y triste para Cabeza de Vaca, pues lo enviaron en son de prisionero a España. No parece que se entienda muy bien cómo se puede afirmar de Cabeza de Vaca –como lo hace C. Zubizarreta (1957)– que es «un mistificador de la realidad objetiva» (101), o que posee «una mórbida mística alucinada» (123); antes bien, nos parece el conquistador un personaje de formidable voluntad y con los pies bien apegados a la tierra, calculando posibilidades de actuación y éxito con unos medios que sopesa bien antes de entrar en acción.
         En el prólogo de Cabeza de Vaca a los Comentarios hallamos asimismo otras ideas del conquistador-cronista muy propagadas en los ambientes peninsulares involucrados en la conquista y colonización de América. Consigna Cabeza de Vaca en el párrafo más ilustrativo:
         Para los quales [reyes de España] ha descubierto tantas y tan nuevas provincias, abundantísimas de todos los bienes de naturaleza, y de innumerables pueblos y gentes, y tan pobres de humanidad y de leyes mansas y suaves, como son las del Evangelio que sus MTT. [Magestades] con tanta diligencia y zelo siempre procuran enseñarles, como elegidos por Dios para executores e instrumentos de la predicación Evangélica en todo el Occidente, dond acrescentando el reyno del Evangelio: se acresciende sus reinos y señoríos, títulos y fama: la qual han ganado inmortal, por aver crescido en su tiempo, y por su industria y cuidado la religión cristiana en el mundo, y los Españoles les devemos mucho por havernos hecho  ministros y participantes de tan divina negociación, y de tan singular merescimiento.
         Conviene destacar, en una primera instancia, el tono nacionalista del texto transcrito. También el providencialismo explícito que le hace a Cabeza de Vaca contemplar a su nación como un nuevo pueblo elegido por Dios («como elegidos por Dios para executores e instrumentos de la predicación Evangélica de todo el Occidente…»). Asimismo, es llamativa la justificación de la conquista que realiza Cabeza de Vaca por la propagación del Evangelio y la doctrinación de los indios en el cristianismo. Y, finalmente, se nos ofrece como rasgo muy relevante la asociación de la predicación evangélica con la acumulación de poder y riqueza por parte de la Corona de España, a modo de compensación o resarcimiento así determinado por Dios («… dond acrescentando el reyno del Evangelio: se acresciende sus reinos y señoríos, títulos y fama»).
         No oculta Cabeza de Vaca que el fin último del conquistador es enriquecerse, ascender en la escala social, y por eso van a América. Aquí y allá en los Naufragios y en los Comentarios se deslizan párrafos que así lo confirman: «… señaláronnos que muy lejos de allí había una provincia que se decía Apalache, en la cual había mucho oro, y hacían seña de haber muy gran cantidad de todo lo que nosotros estimamos en algo» (519). Mas a renglón seguido localizamos juicios que parecen sinceros y favorables hacia los naturales, junto con la defensa de una evangelización pacífica.
         Traigamos aquí tal vez el texto más conocido de los Naufragios: «Mas como Dios nuestro Señor fue servido de traernos hasta ellos, comenzáronnos a temer y acatar como los pasados y aun algo más, de que no quedamos poco maravillados: por donde claramente se ve que estas gentes todas, para ser atraídos a ser cristianos y obediencia a la imperial magestad, han de ser llevados con buen tratamiento, y que este camino es muy cierto, y otro no» (544). Enriquecerse y cristianizar, ambos impulsos sinceros, nos parecen los móviles que laten en el conquistador español renacentista.
         Finalmente, estimamos relevante como propio de una mentalidad renacentista la importancia que el yo adquiere en la narración y en la acción. Desde muy pronto, Cabeza de Vaca nos relata cómo su decisión, fuerza y maña son los factores decisivos para salvar las situaciones más comprometidas de la armada. Al contrario de Pánfilo de Narváez, que hace dejación de sus responsabilidades como capitán general de la armada: «Él [Narváez] me respondió que ya no era tiempo de mandar unos a otros; que cada uno hiciese lo que mejor le pareciese para salvar la vida; que él así lo entendía de hacer; y diciendo esto, se alargó con su barca» (525). Y vuelve a añadir unas líneas más abajo Cabeza de Vaca, relatando el desbarate de la armada a causa de las tormentas y los indios: «Y después que el maestre tomó cargo de la barca, yo reposé un poco muy sin reposo, ni había cosa más lejos de mí entonces que el sueño» (525). El contraste remarca más la valoración positiva de su actitud, frente a los demás.
         El punto culminante de esta potenciación del yo, del subjetivismo individualista, en la Relación de Cabeza de Vaca se alcanza en el momento en que él se atribuye una curación milagrosa: «… y a la noche se volvieron a sus casas y dijeron que aquel que estaba muerto, y yo había curado en presencia de ellos, se había levantado bueno y se había paseado, y comido y hablado con ellos, y que todos cuantos había curado quedaban sanos y muy alegres» (534). Nos las habemos aquí con el héroe solitario, «el yo como organizador» y el «discriminante textual», según L Crovetto (1984: 20).
         Se podrían aducir más ejemplos, mas nos parecen estos suficientes para ilustrar el fuerte subjetivismo que impregna todo el relato, uno de los índices, entre otros ya expuestos -como el nacionalismo, el afán de riqueza, la utilización de todos los medios posibles (espada y pluma, señalábamos) para lograrla, etc.-, de la expresión y configuración de la mentalidad renacentista en las aventuras y desventuras de Cabeza de Vaca en el Nuevo Mundo.
 4. Bibliografía citada
CROVETTO, Pier L. (1984): V. Alvar Núñez Cabeza de Vaca (1984).
DOWLING, Lee H. (1984): «Story vs. discourse in the chronicle of the Indies: Alvar Núñez Cabeza de Vaca’s Relación«, Hispanic Journal, vol. 5, n. 2, pp. 89-99.
ESTRUCH, Joan (1982): V. Alvar Núñez Cabeza de Vaca (1982).
LEWIS, Robert E. (1982): «Los Naufragios de Alvar Núñez: historia y ficción», Revista Iberoamericana, n. 120-21, pp. 681-94.
MIGNOLO, Walter D. (1981): «El metatexto historiográfico y la historiografía indiana», MLN, marzo, vol. 96, n. 2, pp. 358-402.
NUÑEZ CABEZA DE VACA, Álvar (1542): Naufragios, Zamora.
—– (1555): Naufragios y Comentarios, Valladolid.
—– (1946): Naufragios y Comentarios (B.A.E. n. 22), pp. 517-600, Atlas, Madrid.
—– (1982): Naufragios, ed. de J. Estruch, Fontamara, Barcelona.
—– (1984): Naufragios, ed. de P.L. Crovetto, Cisalpino-Goliardica, Milano.
SANCHO DE SOPRANIS, Hipólito (1963): «Notas y documentos sobre Alvar Núñez Cabeza de Vaca», Revista de Indias, n. 91-2, pp. 207-41.
ZUBIZARRETA, Carlos (1957): Capitanes de la aventura. Ed. Cultura Hispánica, Madrid.
[Un análisis similar, mutatis mutandis, sobre todos los cronistas de Indias, comprendidos entre 1492 y 1600, se puede encontrar en  el volumen Las crónicas de Indias, entre la fascinación y el vértigo del Nuevo Mundo, del autor de este blog, disponible en Amazon, en papel o versión electrónica].
5. Selección de textos significativos
NAUFRAGIOS
Capítulo XIV. «Cómo se partieron los cuatro cristianos»
Partidos estos cuatro cristianos, dende a pocos días sucedió tal tiempo de fríos y tempestades, que los indios no podían arrancar las raíces, y de los cañales en que pescaban ya no había provecho ninguno, y como las casas desabrigadas, comenzóse a morir la gente; y cinco cristianos que estaban en rancho en la costa llegaron a tal extremo, que se comieron los unos a los otros, hasta que quedó uno solo, que por ser solo no quien lo comiese. Los nombres de ellos son estos: Sierra, Diego López Coral, Palacios, Gonzalo Ruiz. De este caso se alteraron tanto los indios, y hobo entre ellos tan gran escándalo, que sin duda si al principio ellos lo vieran, los mataran, y todos nos viéramos en grande trabajo. Finalmente, en muy poco tiempo, de ochenta hombres que de ambas partes allí llegamos, quedaron vivos solos quince; y después de muertos estos, dio a los indios de la tierra una enfermedad del estómago, de que murió la mitad de la gente de ellos, y creyeron que nosotros éramos los que los matábamos; y teniéndolo por muy cierto, concertaron entre sí de matar a los que habíamos quedado ya que lo venían a poner en efecto, un indio que a mí me tenía les dijo que no creyesen que nosotros éramos los que los matábamos, porque si nosotros tal poder tuviéramos, excusáramos que no murieran tantos de nosotros como ellos vían que habían muerto sin que les pudiéramos poner remedio; y que ya no quedábamos sino muy pocos, y que ninguno hacía daño sin perjuicio; que lo mejor era que nos dejasen y quiso nuestro Señor que los otros siguiesen ese consejo y parecer, y ansí se estorbó su propósito. A esta isla pusimos por nombre isla del Mal Hado [cerca de Galvestón]. La gente que allí hallamos  son grandes y bien dispuestos [indios caravaucas, en la costa de Texas]; no tienen otras armas sino flechas y arcos, en que son por extremos diestros Tienen los hombres la una teta horadada, por una parte a otra, y algunos hay que las tienen ambas, y por el agujero que hacen traen una caña atravesadas tan larga como dos palmos y medio, y tan gruesa como dos dedos; traen también horadado el labio de abajo, y puesto en él un pedazo de caña delgada como medio dedo. Las mujeres son para mucho trabajo. La habitación que en esta isla hacen es desde octubre hasta en fin de hebrero. El su mantenimiento es las raíces que he dicho, sacadas de bajo el agua or noviembre y diciembre. Tienen cañales, y no tienen más peces de para este tiempo de ahí adelante comen las raíces. En fin de hebrero van a otras partes a buscar con qué mantenerse porque entonces las raíces comienzan a nascer, y no son buenas. Es la gente del mundo que más aman a sus hijos y mejor tratamiento les hacen; y cuando acaesce que a alguno se le muere el hijo, llóranle los padres y los parientes, y todo el pueblo, y el llanto dura un año cumplido, que cada día por la mañana antes que amanezca comienzan primero a llorar los padres, y tras esto todo el pueblo; y esto mismo hacen al mediodía y cuando anochece; y pasado un año que los han llorado, hácenles las honras del muerto, y lávanse y límpianse del tizne que traen. A todos los defuntos lloran de esta manera, salvo a los viejos, de quien no hacen caso, porque dicen que ya han pasado su tiempo, y de ellos ningún provecho hay; ante ocupan la tierra y quitan el mantenimiento a los niños. Tienen por costumbre de enterrar los muertos, si no son los que entre ellos son físicos, que a estos quémanlos; y mientras el fuego arde, todos están bailando y haciendo muy gran fiesta, y hacen polvo los huesos; y pasado un año, cuando se hacen sus hornas, todos se sajan en ellas; y a los parientes dan aquellos polvos a beber, de los huesos en agua. Cada uno tiene una mujer, conoscida Los físicos son los hombres más libertados; pueden tener dos, y tres, y entre estas hay muy gran amistad y conformidad Cuando viene que alguno casa a su hija, el que la toma por mujer, dende el día que con ella se casa, todo lo que matase cazando pescando, todo lo trae la mujer a la casa de su padre, sin osar tomar ni comer alguna cosa de ello, y de casa del suegro le llevan a él de comer; y en todo este tiempo el suegro ni la suegra no entran en su casa, ni él ha de entrar en casa de los suegros ni cuñados; y si acaso se toparen por alguna parte, se desvían un tiro de ballesta el uno del otro, y entretanto que así van apartándose, llevan la cabeza baja y los ojos en tierra puestos porque tienen por cosa mala verse ni hablarse. Las mujeres tienen libertad para comunicar y conversar con los suegros y parientes, y esta costumbre se tiene desde la isla hasta más de cincuenta leguas por la tierra adentro.
Otra costumbre hay, y es que cuando algún hijo o hermano muere, en la casa donde muriere, tres meses no buscan de comer, antes se dejan morir de hambre, y los parientes y los vecinos les proveen de lo que han de comer. Y como en el tiempo que aquí estuvimos murió tanta gente de ellos, en las más casas había muy gran hambre, por guardar también su costumbre y ceremonia; y los que lo buscaban, por mucho que trabajaban, por ser tiempo tan recio, no podían sino muy poco; y por esta causa los indios que a mí me tenían se salieron de la isla, y en unas canoas se pasaron a Tierra Firme, a unas bahías adonde tenían muchos ostiones, y tres meses del año no comen otra cosa, y beben muy mala agua. Tienen gran falta de leña, y de mosquitos muy grande abundancia. Sus casas son edificadas de esteras sobre muchas cáscaras de ostiones, y sobre ellos duermen en cueros, y no tienen sino es acaso; y así estuvimos hasta en fin de abril, que fuimos a la costa de la mar, a do comimos moras de zarzas todo el mes, en el cual no deja de hacer sus areitos [cantos y bailes propios de los indígenas antillanos] y fiestas.
Capítulo XXXVII. «De cómo nos mudamos y fuimos bien rescebidos»
Después que nos partimos de los que dejamos llorando, fuímonos con los otros a sus casas, y de los que en ellas estaban fuimos bien rescebidos y trujeron sus hijos para que les tocásemos las manos y dábannos mucha harina de mezquiquez. Este mequiquez es una fruta que cuando está en el árbol es muy amarga [Inga Fagifolia], y es de la manera de algarrobas, y cómese con tierra, y con ella está dulce y bueno de comer. La manera que tienen con ella es ésta: que hacen un hoyo en el suelo, de la hondura que cada uno quiere, y después de echada la fruta en este hoyo, con un palo tan gordo como la pierna y de braza y media en largo, la mueles hasta muy molida; y demás que se le pega de la tierra del hoyo, traen otros puños y échanla en el hoyo y tornan otro rato a moler, y después échanla en una vasija de manera de una espuerta, y échale tanta agua que basta a cubrirla, de suerte que quede agua por cima, y el que la ha molido pruébala, y si le parece que no está dulce, pide tierra y revuélvela todos alrededor y cada uno mete la mano y saca lo que puede, y las pepitas de ella tornan a echar sobre unos cueros y las cáscaras; y el que lo ha molido las coge y las torna a echar en aquella espuerta, y echa agua como de primero, y tornan a exprimir el zumo y agua que de ello sale, y las pepitas y cáscaras tornan a poner en el cuero, y de esta manera hacen tres o cuatro veces cada moledura; y los que en este banquete, que para ellos es muy grande, se hallan, quedan las barrigas muy grandes, de la tierra y agua que han bebido; y de esto nos hicieron los indios muy gran fiesta, y hobo entre ellos muy grandes bailes y areitos en tanto que allí estuvimos. Y cuando de noche dormíamos, a la puerta del rancho donde estábamos nos velaba a cada uno de nosotros seis hombres con gran cuidado, sin que nadie nos osase entrar dentro hasta que el sol era salido. Cuando nosotros nos quisimos partir de ellos, llegaron allí unas mujeres de otros que vivían adelante; y informados de ellas dónde estaban aquellas casas, nos partidos para allá, aunque ellos nos rogaron mucho que por aquel día nos detuviésemos, porque las casas adonde íbamos estaban lejos, y no había camino para ellas, y que aquellas mujeres venían cansadas, y descansando, otro día se irían con nosotros y nos guiarían, ansí nos despedimos; y dende a poco las mujeres que habían venido, con otras del mismo pueblo, se fueron tras nosotros; mas como por la tierra no había caminos, luego nos perdimos, y ansí anduvimos cuatro leguas, y al cabo de ellas llegamos a beber a un agua adonde hallamos las mujeres que nos seguían, y nos dijeron el trabajo que habían pasado por alcanzarnos. Partimos de allí llevándolas por guía, y pasamos un río cuandoya vino la tarde que nos daba el agua a los pechos [Río Gable]; sería tan ancho como el de Sevilla, y corría muy mucho, y a puesta del sol llegamos a cien casas de idios; y antes que llegásemos salió toda la gente que en ellas había a recebirnos con tanta grita que era espanto; y dando en los muslos grandes palmadas; traían las calabazas horadadas, con piedras dentro, que es la cosa de mayor fiesta, y no las sacan sino a bailar o para curar, ni las osa nadie tomar sino ellos; y dicen que aquellas calabazas tienen virtud y que vienen del cielo, porque por aquella tierra no las hay, ni saben dónde las haya, sino que las traen los ríos cuando vienen de avenida. Era tanto el miedo y turbación que estos tenían, que por llegar más prestos los unos que los otros a tocarnos, nos apretaron tanto que por poco nos hobieran de matar; y sin dejarnos poner los pies en el suelo, nos llevaron a sus casa, y tantos cargaban sobre nosotros y de tal manera nos apretaban, que nos metimos en las casas que nos tenían hechas, y nosotros no consentimos en ninguna maera que aquella noche hiciesen más fiesta con nosotros. Toda aquella noche pasaron entre sí en areitos y bailes, y otro día de mañana nos trajeron toda la gente de aquel pueblo para que los tocásemos y santiguásemos, como habíamos hecho a los otros, con quien habíamos estado, Y después de esto hecho, dieron muchas flechas a las mujeres del otro pueblo que habían venido con las suyas Otro día partimos de allí y toda la gente del pueblo fue con nosotros, y como llegamos a otros indios, fuimos bien recebidos, como de los pasados; y ansí nos dieron de lo que tenían y los venados que aquel día habían muerto; y entre estos vimos una nueva costumbre, y es que los que venían a curarse, los que con nosotros estaban les tomaban el arco y las flechas; y zapatos y cuentas, si las traían, y después de haberlas tomado nos las traían delante de nosotros para que los curásemos; y curados, se iban muy contentos, diciendo que estaban sanos. Así nos partimos de aquellos y nos fuimos a otros, de quien fuimos muy bien recebidos, y nos trajeron sus enfermos, que santiguándolos decían que estaban sanos; y el que no sanaba creía que podíamos sanarle, y con o que los otros que curábamos les decían, hacían tantas alegrías y bailes que no nos dejaban dormir. 
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Capítulo X. «Del miedo que los indios tienen a los caballos»
A los 14 días del mes de enero yendo caminando por entre lugares de indios de la generación de los guaraníes, todos los cuales los rescibieron con mucho placer, y los venían a ver y traer maíz, gallinas y miel y de los otros mantenimientos; y como el gobernador se lo pagaba tanta a su voluntad, traíanle tanto, que lo dejaban sobrado por los caminos.
Toda esta gente anda desnuda en cueros así los hombres como las mujeres tenían muy gran temor de los caballos, y rogaban al gobernador que les dijese a los caballos que no se enojasen, por los tener contentos los traían de comer: y así llegaron a un río ancho y caudaloso que se llama Iguatu [Guazu, afluente del Paraná], el cual es muy bueno y de buen pescado y arboledas, en la ribera del cual está un pueblo de indios de la generación de los guaraníes, los cuales siembra su maíz y cazabi como en todas las otras partes por donde habían pasado, y los dos salieron a recebir como hombres que tenían noticia de su venida y del buen tratamiento que les hacían; y les trujeron muchos bastimentos, porque los tienen. En toda aquella tierra hay muy grandes piñales de muchas maneras, y tienen las piñas como ya está dicho atrás. En toda esta tierra los indios servían, porque siempre el gobernador les hacía buen tratamiento. Este Iguatu está de la banda del Oeste en 25 grados; serán tan ancho como el Gualdalquivir. En la riber del cual, según la relación hobieron de los naturales, y por lo que vio por vista de ojos, está muy poblado, y es la más rica gente de toda aquella tierra y provincia, de labrar y criar, porque crían muchas gallinas, patos y otras aves, y tienen mucha caza de puercos y venados, y dantas [auta, tapir americano] y perdices, codornices y faisanes, y tienen en el río gran pesquería y siembran y cogen mucho maíz, batatas, cazabi, mandubíes [cacahuetes], y tienen otras muchas grutas, y de los árboles cogen gran cantidad de miel. Estando en este pueblo, el gobernador acordó de escribir a los oficiales de Su Majestad, y capitanes y gentes que residían en la ciudad de Ascensión, haciéndoles saber cómo por mandado de Su Majestad os iba a socorrer, y envió dos indios naturales de la tierra con la carta. Estando en este río del Piqueri [afluente del Uruguay], una noche mordió un perro en una pierna a un Francisco Orejón, vecino de Ávila, y también allí le adolescieron otros catorce españoles, fatigados del largo camino; los cuales se quedaron con el Orejón que estaba mordido del perro, para venirse poco a poco; y el gobernador les encargó a los indios de la tierra que los favoresciesen y mirasen por ellos, y los encaminasen para que pudiesen venirse en su seguimiento estando buenos; y porque tuviesen voluntad de lo hacer dio al principal del pueblo y a otros indios naturales de la tierra y provincia muchos rescates, con que se quedaron muy contentos los indios y su principal. En todo este camino y tierra por donde iba el gobernador y su gente haciendo el descubrimiento, hay grandes campiñas de tierras, y muy buenas aguas, ríos, arroyos y fuentes, y arboledas y sombras, y la más fértil tierra del mundo, muy aparejada para labrar y criar, y mucha parte de ella para ingenios de azúcar, y tierra de mucha caza, y la gente que vive en ella,, de la generación de los guaraníes, comen carne humana, y todos son labradores y criadores de patos y gallinas, y toda gente muy doméstica y amiga de cristianos, y que con poco trabajo vernán en conoscimiento de nuestra santa fe católica, como se ha visto por experiencia; y según la manera de la tierra, se tiene por cierto que si minas de plata de haber, ha de ser allí.
Capítulo LX. «De cómo volvieron las lenguas de los xarayes»
Estos indios xarayes alcanzan grandes pesquerías, así del río como de lagunas, y mucha caza de venados. Habiendo estado los españoles con el indio principal todo el día, le dieron los rescates y bonete de grana que el gobernador le enviaba, con lo cual se holgó mucho, y lo recibió con tanto sosiego, que fue cosa de ver y maravillar; y luego el indio principal mandó traer allí muchos penachos de plumas de papagayos y otros penachos, y los dio a los cristianos para que los trujesen al gobernador; los cuales eran muy galanes, y luego se despidieron de Camire para venirse, el cual mandó a veinte de los suyos que acompañasen a los cristianos; y así se salieron y los acompañaron hasta los pueblos de los indios artaneses, y de allí se volvieron a su tierra y quedó con ellos el día que el principal les dio; el cual el cual el gobernador recebió y le mostró cariño; y luego con intérpretes de la guía guaraní quiso preguntar e interrogar al indio, para saber si sabía el camino de las poblaciones de la sierra, y le preguntó de qué generación era y de dónde era natural.
Dijo que era de la generación de los guaraníes y natural de Itati, que es en el río del Paraguay; y que siendo él muy mozo, los de su generación hicieron gran llamamiento y junta de indios de toda la tierra, y pasaron a la tierra y población de la tierra adentro, y él fue con su padre y parientes para hacer guerra a los naturales de ella, y les tomaron y robaron las planchas y joyas que tenían de oro y plata; y habiendo llegado a las primeras poblaciones, comenzaron luego a hacer guerra y mar muchos indios, y se despoblaron muchos pueblos y se fueron huyendo a recogerse a los pueblos de más adentro; y luego se juntaron las generaciones de toda aquella tierra y vinieron contra los de su generación, y desbarataron y mataron muchos de ellos, y otros se fueron huyendo por muchas partes y los indios enemigos los siguieron y tomaron los pasos y mataron a todos, que no escaparon (a lo que señaló) doscientos indios de tantos como eran, que cubrían los campos, y que entre los que escaparon se salvó este indio, y que la mayor parte se quedaron en aquellas montañas por donde habían pasado, para vivir en ellas, porque no habían osado pasar por temor que los matarían los guaxarapos y guatos y otras generaciones que estaban por donde habían de pasar; y que este indio no quiso quedar con estos, y se fue con los que quisieron pasar adelante, a su tierra, y que en el camino habían sido sentidos de las generaciones, y una noche habían dado en ellos y los habían muerto a todos, y que este indio se había escapado por lo espeso de los montes, y caminando por ellos había venido a tierra de los xarayes, los cuales lo habían tenido en su poder y lo habían criado mucho tiempo, hasta que, teniéndole mucho amor, y él a ellos, le habían casado con una mujer de su generación.
Fue preguntado que si sabían bien el camino por donde él y los de su generación fueron a las poblaciones de la tierra adentro. Dio que había mucho tiempo que anduvo por el camino, y cuando los de su generación pasaron, que iban abriendo camino y cortando árboles y desmontando la tierra, que estaba muy fragosa, y que ya aquellos caminos les paresce que serán tornados a cerrar del monte y yerba porque nunca más los tornó a ver, ni andar por ellos; pero que le paresce que comenzando a ir por el camino lo sabrá seguir e ir por él, y que dende una montaña alta, redonda, que está a la vista de este puerto de los Reyes, se toma el camino. Fue preguntado en cuántos días de camino podrán llegar a la primera población. Dijo que, a lo que se acuerda, en cinco días se llegará a la primera tierra poblada, donde tienen mantenimientos muchos; que son grandes labradores, aunque cuando los de su generación fueron a la guerra los destruyeron y despoblaron muchos pueblos; pero que ya estaban tornados a poblar. Y fuéle preguntado si en el camino hay ríos caudalosos o fuentes. Dijo que vio ríos, pero que no son muy caudalosos, y que hay otros muy caudalosos, y fuentes, lagunas y cazas de venados y anteas, mucha miel y fruta. Fue preguntado si al tiempo que los de su generación hicieron guerra a los naturales de la tierra, si vio que tenían oro o plata Dijo que en los pueblos que saquearon había habido muchas planchas de plata y oro, y barbotes [batoques], y orejeras, y brazaletes, y coronas, y hachuelas, y vasijas pequeñas, y que todos se lo tornaron a tomar cuando los desbarataron, y que los que se escaparon trujeron algunas planchas de plata, y cuentas y barbotes, y se lo robaron los guaxarapos cuando pasaron por su tierra, y los mataron, y los que quedaron en las montañas tenían, y les quedó asimismo alguna cantidad de ello, y que ha oído decir que lo tienen los xarayes, y cuando los xarayes van a la guerra contra los indios, les ha visto sacar planchas de plata de las que trujeron y les quedó de la tierra adentro. Fue preguntado si tiene voluntad de irse en su compañía. Dijo que sí, que de buena voluntad lo quiere hacer, y que para lo hacer lo envió su principal. El gobernador le apercibió y dijo que mirase que dijese la verdad de lo que sabía del camino, y no dijese otra cosa, porque de ello le podría venir mucho daño; y diciendo la verdad, mucho bien provecho; el cual dijo que él había dicho la verdad de lo que sabía del camino, y que para lo enseñar y descubrir a los cristianos quería irse con ellos.

Miguel de Cervantes: la aventura de los molinos de viento («Don Quijote», 1ª. parte, cap. 8); análisis y propuesta didáctica

MIGUEL DE CERVANTES: EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA. LA AVENTURA DE LOS MOLINOS DE VIENTO (1ª. PARTE, CAP. 8)
Capítulo VIII Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación
En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:
—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
 —¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.
—Aquellos que allí ves —respondió su amo— de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
—Bien parece —respondió don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y diciendo esto dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas:
—¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete!
Levantose en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:
—Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo me lo habéis de pagar.
Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante, y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.
—¡Válame Dios! —dijo Sancho—. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?
—Calla, amigo Sancho —respondió don Quijote—, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza; cuanto más que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo al cabo, han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
—Dios lo haga como puede —respondió Sancho Panza.
Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba, y hablando en la pasada aventura siguieron el camino del Puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero; sino que iba muy pesaroso por haberle faltado la lanza, y diciéndoselo a su escudero, le dijo:
 —Yo me acuerdo haber leído que un caballero español llamado Diego Pérez de Vargas, habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó de una encina un pesado ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día y machacó tantos moros, que le quedó por sobrenombre Machuca, y así él como sus descendientes se llamaron desde aquel día en adelante Vargas y Machuca.  Hete dicho esto porque de la primera encina o roble que se me depare pienso desgajar otro tronco tal y tan bueno como aquel que me imagino, y pienso hacer con él tales hazañas que tú te tengas por bien afortunado de haber merecido venir a verlas y a ser testigo de cosas que apenas podrán ser creídas.
—¡A la mano de Dios! —dijo Sancho—. Yo lo creo todo así como vuestra merced lo dice; pero enderécese un poco, que parece que va de medio lado, y debe de ser del molimiento de la caída.
—Así es la verdad —respondió don Quijote—, y si no me quejo del dolor es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella.
—Si eso es así, no tengo yo qué replicar —respondió Sancho—; pero sabe Dios si yo me holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le doliera. De mí sé decir que me he de quejar del más pequeño dolor que tenga, si ya no se entiende también con los escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse.
No se dejó de reír don Quijote de la simplicidad de su escudero, y así, le declaró que podía muy bien quejarse como y cuando quisiese, sin gana o con ella, que hasta entonces no había leído cosa en contrario en la orden de caballería.
Díjole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondiole su amo que por entonces no le hacía menester, que comiese él cuando se le antojase. Con esta licencia se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento, y sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto iba caminando y comiendo detrás de su amo muy de su espacio, y de cuando en cuando empinaba la bota, con tanto gusto, que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga. Y en tanto que él iba de aquella manera menudeando tragos no se le acordaba de ninguna promesa que su amo le hubiese hecho, ni tenía por ningún trabajo, sino por mucho descanso, andar buscando las aventuras, por peligrosas que fuesen.
En resolución, aquella noche la pasaron entre unos árboles, y del uno dellos desgajó don Quijote un ramo seco que casi le podía servir de lanza, y puso en él el hierro que quitó de la que se le había quebrado. Toda aquella noche no durmió don Quijote pensando en su señora Dulcinea, por acomodarse a lo que había leído en sus libros cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados entretenidos con las memorias de sus señoras. No la pasó ansí Sancho Panza; que como tenía el estómago lleno, y no de agua de chicoria, de un sueño se la llevó toda, y no fueran parte para despertarle, si su amo no lo llamara, los rayos del sol, que le daban en el rostro, ni el canto de las aves, que muchas y muy regocijadamente la venida del nuevo día saludaban. Al levantarse dio un tiento a la bota y hallola algo más flaca que la noche antes, y afligiósele el corazón, por parecerle que no llevaban camino de remediar tan presto su falta. No quiso desayunarse don Quijote, porque, como está dicho, dio en sustentarse de sabrosas memorias. Tornaron a su comenzado camino del Puerto Lápice, y a obra de las tres del día le descubrieron.
—Aquí —dijo en viéndole don Quijote— podemos, hermano Sancho Panza, meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras. Mas advierte que aunque me veas en los mayores peligros del mundo no has de poner mano a tu espada para defenderme, si ya no vieres que los que me ofenden es canalla y gente baja, que en tal caso bien puedes ayudarme; pero si fueren caballeros, en ninguna manera te es lícito ni concedido por las leyes de caballería que me ayudes, hasta que seas armado caballero.
—Por cierto, señor —respondió Sancho—, que vuestra merced sea muy bien obedecido en esto; y más, que yo de mío me soy pacífico y enemigo de meterme en ruidos ni pendencias. Bien es verdad que en lo que tocare a defender mi persona no tendré mucha cuenta con esas leyes, pues las divinas y humanas permiten que cada uno se defienda de quien quisiere agraviarle.
—No digo yo menos —respondió don Quijote—; pero en esto de ayudarme contra caballeros has de tener a raya tus naturales ímpetus.
—Digo que así lo haré —respondió Sancho—, y que guardaré ese precepto tan bien como el día del domingo.
Miguel de Cervantes: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, 1ª. parte, cap. VIII
 1. ANÁLISIS
  1. Resumen
Estamos ante uno de los pasajes más conocidos del Quijote. Se halla en la segunda salida de don Quijote, por primera vez acompañado de su escudero Sancho Panza; ocupa la primera parte del capítulo VIII de la primera parte de la novela. Caminan por el campo manchego y, de pronto, aparecen en el horizonte un grupo de molinos de viento. Don Quijote decide que son gigantes de brazos largos; por tanto, enemigos que conviene eliminar y, de paso, enriquecerse con sus “despojos”, es decir, pertenencias del vencido. Sancho le replica que son molinos, pero don Quijote no cambia de opinión. Arremete contra ellos y sale malparado y muy descalabrado, pues un aspa derriba a él y a su caballo. Sancho acude a su ayuda y le reprocha no haberle hecho caso. Don Quijote replica que el sabio Frestón los había transfigurado en molinos, del mismo modo que hizo desaparecer su biblioteca. Siguen camino de Puerto Lápice. Sancho come y duerme a placer, en tanto que don Quijote se alimenta de sus pensamientos hacia Dulcinea. Al día siguiente, emprenden su ruta. El caballero le prohíbe a Sancho que entre en batalla contra enemigos suyos hasta que no sea armado caballero. El escudero, hombre pacífico, promete cumplir fielmente ese mandato.
2. Tema
En un texto relativamente breve, la riqueza temática es elevada. El tema más importante es la confusión entre realidad e imaginación en la mente de don Quijote, que paga con descalabraduras físicas. También aparecen la ridiculización del mundo caballeresco y el perfil de los protagonistas: idealismo frente a realismo.
3. Apartados temáticos
El fragmento seleccionado presenta algunas secciones de contenido bien delimitadas:
-La lucha contra los molinos de viento y sus consecuencias.
-Recuperación del camino de Puerto Lápice e Intercambio de pareceres sobre quejarse de los dolores y la necesidad de poseer una lanza por parte de don Quijote.
-Estadía de una noche en el campo, durmiendo al cielo raso.
-Reinicio de la ruta con buen ánimo. Plática sobre si Sancho debe entrar en batalla para ayudar a don Quijote; este se lo veda y aquel lo aprueba muy contento, pues es hombre pacífico.
4. Personajes
En este pasaje aparecen los dos personajes centrales, opinando y actuando, de manera paradigmática, como harán en el conjunto de la novela. Así:
-Don Quijote: ya sabemos de él que es un hidalgo manchego próximo a los cincuenta, alto y enjuto, con vestiduras antiguas y estrafalarias. Sufre, o parece sufrir, algún tipo de trastorno en lo tocante a la caballería. Confunde la realidad con la imaginación y los deseos. Se muestra valiente, noble, arrojado con un punto de temerario y generoso con su criado. Es una persona moderada en cuanto a sus necesidades básicas.
-Sancho Panza: este labriego metido a escudero sabemos que es corpulento y de estatura moderada. En sus opiniones se muestra juicioso, realista, de buen conformar con las opiniones ajenas y aborrecedor de la violencia. Por otro lado, le encanta comer y beber a placer.
5. Lugar y tiempo de la diégesis
La acción discurre en los campos manchegos, no lejos de la aldea de don Quijote. Se dirigen a Puerto Lápice, cerca de Villafranca de los Caballeros, Consuegra, etc., en lo que hoy es provincia de Ciudad Real. La acción discurre en campo abierto, sin que aparezcan poblaciones, cosa que evitan los dos andariegos.
El tiempo de la escritura lo conocemos bien: los años previos a 1605, fecha de la publicación de la primera parte de la inmortal novela. El tiempo de la acción narrada es contemporáneo al de la escritura: primeros años del siglo XVII. La duración de la acción se limita a dos días con la noche de por medio. El tiempo, en este caso, está muy acotado.
6. Figura del narrador
En este texto se manifiesta un narrador en tercera persona, externo (heterodiegético), más o menos objetivo, más o menos distante de la acción narrada y más o menos total. Evidentemente, es una figura inteligente y juguetona que a veces nos confunde. Pretende que el lector se pronuncie sobre la supuesta locura de don Quijote y la simplicidad de Sancho. Por eso juega a la confusión, a la ambigüedad y hasta a las contradicciones.
Le gusta crear situaciones cómicas que generan humor e interés en el lector. Maneja el foco narrativo con mano maestra y lo mueve de un personaje a otro intencionadamente para crear contrastes y situaciones risibles. Su manejo del lenguaje lo aproximan mucho al estilo indirecto libre. Parece que toma las palabras de los personajes para expresar los pensamientos de estos, pero como ridiculizándolos, para resaltar la comicidad.
7. Análisis estilístico
Cervantes maneja la lengua española con una soltura y maestría realmente asombrosa. Ciertamente, raya lo inaudito. Recogemos los recursos estilísticos más llamativos –que no agotan, ni con mucho, el catálogo–, solo para dar una idea de su abrumadora riqueza:
-Personificación metaforizada y símil (“La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear”). En una sola oración, se crea un intenso significado, muy expansivo en sí mismo. Don Quijote muestra su lado más aventurero, su expresivo modo de hablar y su deseo de aventuras.
-El epíteto hiperbolizante (“desaforados gigantes”). Indica, con algo de malévola intención por parte del narrador, el trastorno mental de don Quijote.
-Metáforas y metonimias (“Es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra”). Se expresa muy bien el sentido religioso del comportamiento de don Quijote y su deseo de justicia, al querer matar gigantes y eliminarlos de la Tierra. Los “despojos” es un término muy clásico para referirse al botín de guerra, esto es, los bienes capturados al enemigo, que pasaban a ser propiedad del vencedor.
-Paradoja (“Que esta es buena guerra”). No se veía así tanto en su época, pero desde nuestra perspectiva, resulta chocante y algo contradictorio distinguir entre guerras buenas y malas.
-Elipsis (“¿Qué gigantes?”). El lenguaje rápido, con la supresión de algunos elementos de la oración dotan de viveza y gracia al discurso narrativo.
-Bimembración y epítetos, con efectos de ironía (“En fiera y desigual batalla”, “cobardes y viles criaturas”, etc.). Este modo de hablar, retórico y grandilocuente, provoca humor porque todos sabemos que esta batalla no es así.
-Antítesis y repetición retórica (“eran molinos de viento, y no gigantes”). El contraste en la visión de los objetos contemplados, molinos de viento, que don Quijote transforma en gigantes, se repite con sus términos exactos en varias ocasiones. Esta insistencia de estos dos elementos contrarios crea una potente expresividad y ampliación connotativa de la significación, además de abrir el significado. ¿Por qué actúa así el hidalgo? ¿Tendrá algo de razón en sus maquinaciones?
-Arcaísmos (“Non fuyades”). Aunque en sí no es procedimiento estilístico, aquí funciona totalmente. Caracteriza el modo de hablar, pensar y actuar de nuestro caballero. Nos dice mucho de él: influido por sus lecturas caballeresacas, se siente imbuido del valor y determinación de los héroes de sus novelas.
-Derivación o políptoton (“al caballo y al caballero”). Genera nuevas connotaciones y, en este caso, mucho humor. Nos dice muy poco del porte y robustez de ambos seres.
-Exclamación retórica (“¡Valame el cielo!”). Aparecen en boca de Sancho y expresan su modo de pensar y sentir, tradicional y simple. También expresa la sorpresa por el proceder de su amor.
-Las interrogaciones retóricas (“¿No le dije yo…?”), junto con las apóstrofes (“Calla, amigo Sancho…”) aportan viveza y verosimilitud; además, crean una atmósfera familiar.
-Personificaciones (“ni el canto de las aves, que muchas y muy regocijadamente la venida del nuevo día saludaban…”). Podemos apreciar un cierto tono retórico zumbón. La parodia del estilo caballeresco implica este estilo florido.
-Hipérble (“aunque se le salgan las tripas por ellas”). Es un recurso bastante frecuente que aporta mucho humor, tanto verbal como conceptual. Don Quijote suele hablar en un nivel culto caballeresco, pero de vez en cuando desciende al coloquial y familiar; el choque entre ambos genera frescura y una sonrisa al lector.
-Lítote (“que como tenía el estómago lleno, y no de agua de chicoria, de un sueño se la llevó toda”). La afirmación negando es un recurso tradicional que aporta sabor expresivo y aumenta la complicidad lectora. Obsérvese en el mismo ejemplo la personificación hiperbolizante.
-Ironía (“has de tener a raya tus naturales ímpetus”). Sancho acaba de declarar que no es amigo de pendencias y que es de natural pacífico. Bien sabemos que aborrece la violencia, así que no necesita tener a raya sus atrevidos impulsos naturales. La ironía del narrador (y no sabemos si también de don Quijote) genera inmediatamente humor y significados connotativos que enriquecen la lectura.
Sólo hemos presentado una pequeña muestra para que se pueda apreciar la inteligencia compositiva y la maestría estilística de Cervantes. Muchos de los procedimientos se repiten con bastante frecuencia. Nótese, asimismo, el esfuerzo juguetón e intelectualizado que el narrador obliga a realizar al lector: ha de estar interpretando constantemente lo que dicen y hacen los personajes, pero también lo que él mismo afirma, pues el lector no se puede fiar de nadie. Todos deslizan medias verdades, deforman con más o menos intención lo que dicen hacer o pensar, etc. El juego metaliterario del narrador es especialmente interesante y jugoso: leer es un reto permanente para el lector, que ha de ir discerniendo entre realidad literaria y ficción postiza, etc.
8. Contextualización
Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, Madrid, 1547 – Madrid, 1616) es nuestro más grande novelista. Sin duda, el mayor genio literario de todos los tiempos en cualquier lengua. Es el creador de la novela moderna, que hoy leemos con fruición. Algunas características de esta son: variedad temática, diversidad estilística, verosimilitud esencial, carga metaliteraria, reflejo del mundo real, incitación al pensamiento crítico, elementos humorísticos y, en fin, ambigüedad interpretativa.
Es evidente que reunir todas estas características en un texto narrativo es muy difícil, lo que nos da la medida de la enorme maestría cervantina. Algunos autores posteriores se le han acercado, ninguno lo ha superado.
9. Interpretación
Este aparentemente sencillo texto guarda un tesoro literario. Contiene aventura, diversión, humor, risa, reflexión y un goce estético maravillosos y a raudales. Los dos personajes se manifiestan con autenticidad y frescura; incluso el narrador desliza señales de que no se le tome al pie de la letra, porque puede engañarnos, más o menos voluntariamente.
Un asunto principal en la interpretación del Quijote es la parodia. La imitación burlesca de los libros de caballerías es un primer marco conceptual muy útil para entender la obra, pero muchas veces es transcendido y está traspasado de ambigüedad. La autoconciencia de don Quijote de su imitación es un asunto muy fértil y llamativo. Controla, o parece controlar, sus acciones caballerescas, entre ridículas y conmovedoras. Y todo por una serie de objetivos nobles e inalcanzables: vivir aventuras, merecer el amor de una mujer que no existe, administrar justicia y socorrer a los desvalidos.
El ejemplo de los molinos de viento es un caso bien llamativo. Cuando Sancho le advierte, tras el descalabre, que eran molinos, don Quijote le replica que fue el sabio Frestón quien transmutó los gigantes en molinos. Es decir, realiza dos veces la operación mental de cambiar la realidad para acomodarla a sus intereses: de molinos a gigantes y vuelta a molinos. Este personaje no tiene nada de tonto y sí mucho de inteligente, soñador y con un punto de temerario. La aventura nos muestra la nobleza de corazón de don Quijote y su inteligencia rápida y bien equipada –y hasta intoxicada—de lecturas caballerescas. También nos presenta a un Sancho realista, amigo del buen comer y beber, nada pendenciero y bien dispuesto con todo y todos.
10. Valoración
El texto que estamos comentando exhibe con toda su potencia la maravilla narrativa cervantina. Lo que parece una mera aventura de un cincuentón algo trastornado y un sirviente materialista nos muestra pliegues de esos personajes mucho más profundos y graves: nobleza de espíritu, lealtad a uno mismo, etc. Del narrador nos permite ver su juego intelectual, su ambigüedad calculada, su socarronería a duras penas escondida, etc.
La lectura no defrauda en absoluto. Nos permite disfrutar con placer y una sonrisa contenida de algunos de los sabrosos frutos de esta bellísima e inmortal novela.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Estas actividades se pueden desarrollar y realizar de modo oral o escrito, en el aula o en casa, de modo individual o en grupo. Algunas de ellas, sobre todo las creativas, requieren material o herramientas complementarias, como las TIC).
2.1. Comprensión lectora
1) Resume el fragmento (100 palabras, aproximadamente).
2) Señala su tema principal y los secundarios.
3) Delimita los apartados temáticos o secciones de contenido.
4) Analiza los personajes y establece su relevancia argumental.
5) Explica los aspectos de lugar y tiempo en los que se desenvuelve la acción narrada.
6) Describe la figura del narrador a lo largo de la novela.
7) Explica la importancia del sabio Frestón en este fragmento.
8) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado.
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
1) ¿Qué rasgos propios de la novela moderna aparecen en este texto?
2) ¿Se puede decir que don Quijote está loco, tras la lectura del fragmento? Razona la respuesta.
3) ¿Qué importancia posee el deseo de aventura en este texto?
4) ¿A quién se encomienda don Quijote antes de entrar en batalla? ¿Por qué y para qué lo hace?
5) El narrador mantiene una actitud ambigua y algo sarcástica respecto de los personajes. Ejemplifica esta afirmación.
6) ¿De qué se alimenta don Quijote? ¿Coincide con Sancho? ¿Qué efecto provoca en el lector?
2.4. Fomento de la creatividad
1) Escribe un cuento, en prosa o en verso o forma dramática, con un contenido más o menos inspirado en este fragmento de El ingenioso hidalgo….
2) ¿Sería posible alguien actuara hoy como don Quijote? Razona tu respuesta en un texto argumentativo, señalando las dificultades con que se encontraría el personaje.
3) Realiza una exposición sobre Miguel de Cervantes, sus obras y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc.
4) Aporta o crea imágenes de la vida española a principios del siglo XVII (lugares, ambientes, etc.), en los que se pudo desarrollar esta novela y comenta su significación.
5) Se puede leer algún fragmento del texto, de forma dramatizada, en grupos, ante la clase, acompañada la declamación de música e imágenes apropiadas.

Juan de Timoneda: Patraña novena (historia de Ciberino y Rosina); análisis y propuesta didáctica

JUAN DE TIMONEDA: EL PATRAÑUELO  Patraña novena 
 
Ceberino cautivaron 
Y fue llevado a Turquía; 
Después con mucha alegría, 
Rosina y él se casaron.
 
Un mercader de Barcelona llamado Hilario, envió a Nápoles a un hijo suyo, Ceberino, para que le cobrase cinco mil ducados que allí le debían. Cobrado que los hubo, diose tan buena diligencia, que en breve tiempo se los ganaron otros mercaderes de la misma tierra. Quedando sin blanca y sabiendo que estaba una nave que hacía vela para Barcelona, embarcóse en ella, y surgida después de su navegación en el puerto que deseaba, desembarcó Ceberino y entróse en la ciudad de Barcelona; y como fuese muy de noche y no hallase posada, determinó de recogerse debajo de un banco que estaba cerca de casa de su padre, porque no le quitasen la capa, si por caso se durmiese. Estando allí puesto, sintió que de la calle tiraron una piedra a una ventana de la misma casa, y salió una mujer que dijo: 
–Señor, a las doce vendrá vuestra merced, que ahora no hay sazón. 
Ido el hombre que tiró la piedra, cerca de las doce salió Ceberino debajo el banco donde estaba, y tirando su piedra, salió la mujer a su ventana, y dijo: 
–Tome, señor. 
Él, parando la capa, echole un lío de ropa con riquísimas joyas revueltas con él, y diciendo: 
–Ya bajo. 
A cabo de rato viola salir por la puerta, y no fue salida tan presto cuanto se abrazó con él diciendo: 
–Vamos, señor mío. 
Tomándola de la mano, saliéronse de la ciudad caminando hacia Valencia. Cuando fueron bien lejos y ella viese con la claridad del día que no era el que pensaba, maldecíase, haciendo grandísimos extremos, a lo cual respondió Ceberino: 
–No os maldigáis, señora, antes os habéis de tener por dichosa en haber caído en mi poder, porque sabed que soy hijo de Hilario, mercader riquísimo de esta ciudad. 
Conociéndole, y que ya no había remedio en lo hecho, siguieron su camino, y por la presencia del día, por no ser descubiertos, metieronse en un bosque adonde se dieron palabra y fe de marido y mujer, y efectuaron con mucho regocijo el matrimonio. 
Pues, como en el bosque no hubiese agua para beber, determinó Ceberino de llegarse a la marina, tanto por buscar agua como por si vería algún bajel para poderse embarcar con Rosina, que asina se decía. Fue su desdicha tan grande que, en llegando a la mar, fue preso de moros. Ella, conociendo que se tardaba, subióse sobre un recuesto y vio cómo se lo llevaban cautivo. Conociendo que la Fortuna la perseguía, usó de ánimo varonil, y es que se hizo un talegoncillo, en el cual puso todas las joyas que llevaba, y cosido, se lo ciñó junto a la carne, y mirando a qué parte la guiaría la ventura, vio muy lejos de allí una casa, y aguijando hacia ella, por estar cerrada y llamar y nadie no responder, determinó de entrar dentro por una pared bajuela que había. 
Entrada, halló (por ser majada de ganaderos) en un retrete todo un aderezo de pastor, por donde luego, en un instante se despojó de sus ropas y se vistió a modo de zagal y determinando de llamarse Ceberino, el nombre propio de su amado marido, caminó para la ciudad de Valencia, y allegándose al Grau para holgarse algunos días, dijole un mesonero que si quería estar con él. Contenta, preguntóle que cómo se llamaba; diciendo que Ceberino, hicieron su afirmamiento. 
Dejemos ahora a Rosina en hábitos de hombre, y vamos a Ceberino, el cual, como se viese cautivo, dijo que se llamaba Rosino, el nombre de su señora. Traído en Constantinopla, por ser los moros cosarios de Turquía, vino por parte al Gran Turco, el cual, por parecerle bien, le hizo ataviar y que sirviese en su palacio. Rosino, como fuese muy servicial, y que en extremo trabajaba de agradar a todos, y gran músico de vihuela, de muchos era querido y amado, especialmente del Turco, porque las más noches le hacía tañer y cantar en su presencia.  
Y con esta conversación la hija del Gran Turco, que Madama se llamaba, se enamoró de él, y no sabiendo de qué modo manifestarle su deseo, suplicó al padre que a Rosino se lo diese por maestro, para que le mostrase de tañer. Contento el Gran Turco, en la conversación y tratamiento tuvo noticia Rosino cómo Madama estaba presa de amores de él, el cual disimulaba sabia y discretamente por no perder lo que hasta entonces había ganado, no dejando de recibir algunos dones y mercedes que de cada día le hacía en cuenta de maestro. En este tiempo llegó una nave de Barcelona en Constantinopla, sobre seguro. Sabiéndolo Rosino fuese a los marineros de ella, rogándoles que, si les preguntaban de quién era hijo, que dijesen que era de gran linaje, que no perderían nada por ello. 
Pues como Madama supiese que aquella nave era de la ciudad de su maestro, secretamente envió que se informasen de Rosino su maestro, de qué linaje y estado era. Habida relación que era hombre de estado, muy más se le acrecentó el amor que le tenía, y sabiendo que estaba la nave de partida, diole Madama a Rosino una cajuela de riquísimas joyas, para que enviase a su padre y madre, y más, un anillo, para que desechase el que llevaba, el cual era el que Rosina le dio en señal de casamiento en el bosque, y trajese aquel en su servicio.  
Recibidas las joyas, y vistas cuán riquísimas y sin precio eran, estuvo muy maravillado de su liberalidad, y cerrando la cajuela, puso juntamente con ella el anillo de Rosina, y cerrada y sellada cual convenía, diola a los marineros, entrenándoles muy bien, diciéndoles que diesen aquella cajuela de bálsamo en Barcelona a su padre Hilario. Despedidos los marineros, hicieron su viaje bueno y salvo, sino que no pudiendo tomar puerto en Barcelona, los trajo la fortuna a la playa de Valencia, y aun allí hubieron de echar ropa en mar, y por salvar la cajuela tan encomendada, salió un marinero a tierra con ella, la cual dio a guardar a un mesonero del Grau, y por dicha vino a caer en manos de Rosina, que Ceberino se llamaba. 
Pasado el mal tiempo, adobaron su nave los marineros, y teniendo viento natural de su navegación, hicieron vela, olvidándose la cajuela. Rosina, viendo que se habían descuidado, hizo leer un albarán que estaba escrito y fijado en ella que decía: 
“Sea dada a Hilario en Barcelona”. 
Calló, y disimuladamente a la noche, viniendo a abrirla por ver lo que podía haber dentro, a la primera vista que vio fue el anillo que había dado a su querido Ceberino, por donde, maravillada de tal cosa y más de las riquísimas joyas que con él venían, dijo: 
–¡Santa María, Señora! ¿Qué señal o vestigio puede ser este? ¿Es quizá, por desdicha mía, muerto mi amado y esposo Ceberino? 
Y cuanto pudo de presto, tornó a cerrar la cajuela, y continuando sus oraciones, que Dios le diese nuevas de su vida o de su muerte, pasaba sus días y noches tristes, con mil sobresaltos que la combatían. 
Volviendo a Ceberino, de cómo era molestado de los amores de Madama, y él no queriendo conceder en ellos, proveyó Dios de remedio, y fue que llegó en Constantinopla una nave española, y, habiendo despedido toda su mercadería con el salvoconducto que tenía del Gran Turco, y estando para hacerse a la vela, Madama suplicó a Rosino que los dos se fuesen con aquella nave que estaba de partida, que ella le daría gran cantidad de dineros y joyas. Fingiendo que era contento, recibido que hubo lo que le había prometido, embarcóse sin ella, y tuvieron tan buen tiempo, que en breves días llegaron en España y vino a aportar a la playa de Valencia, adonde desembarcado con todas sus riquezas, vino a posar adonde estaba Rosina en hábitos de hombre.  
Y como sintiese que se llamaba Ceberino y estuviese muy ahincadamente mirándola estaba dudando si era o no era ella, y por mejor certificarse de ello, apartóla en puridad, por donde se vinieron a conocer y a abrazarse del gozo que concibieron. Y ella le manifestó cómo la cajuela estaba en su poder, de las joyas que enviaba a su padre con el anillo que ella le había dado en el bosque.  
Ceberino, muy alegre de ello, manifestó al mesonero cómo Ceberino se llamaba Rosina por otro nombre, y era su mujer y esposa amada suya, y que por haberle hecho tan buen tratamiento en su casa, se lo agradecía en grandísima manera; y sin eso le dio algunas joyas. Y ataviando a Rosina de riquísimas ropas y joyas, se embarcaron para Barcelona, adonde, dándose a conocer a sus padres, fueron muy bien recibidos, y de allí a pocos días celebradas sus bodas con alegre y suntuoso regocijo. 
De El Patrañuelo, 1567 
  1. ANÁLISIS 
  1. Resumen 
Ceberino y Rosina son dos jóvenes barceloneses que se conocen por casualidad. Ceberino es hijo de un comerciante adinerado de la ciudad, aunque manirroto, pues dilapida una deuda que había cobrado en Nápoles. Se hace pasar, casi en broma, por el novio de Rosina en un encuentro nocturno. Se enamoran de veras, se casan informalmente y hacen un viaje a Valencia. A él lo secuestran unos piratas turcos y lo llevan, supuestamente, a Constantinopla. Por su apostura y habilidad para tañer la vihuela con virtud, Madama, la hija del Gran Turco, se aficiona y, finalmente, se enamora perdidamente de Ceberino, que ahora se hace llamar Rosino. A todo esto, Rosina vive disfrazada de chico en Valencia bajo el nombre de Ceberino. Este introduce el anillo de compromiso con su amada en una caja con joyas que acaba en manos de Rosina, quien inmediatamente reconoce el anillo que le había entregado a su novio. Al fin, Ceberino se embarca para Valencia sin Madama; allí coincide con Rosina, se reconocen, confirman su amor, sus familias lo ratifican y se casan, ahora sí, con todas las de la ley, felizmente. 
 
2. Tema 
La casualidad y la perseverancia colaboran para que un amor espontáneo termine felizmente. También lo podemos enunciar de otra manera: los caprichos del amor juegan malas pasadas, subsanables con astucia y firmeza de ánimo. Otro modo de enunciarlo: si aceptas el juego de la casualidad, ésta puede acarrear buenas y malas consecuencias para tu vida. 
 
3. Apartados temáticos 
El cuento mantiene un ritmo vivaz; va derecho al asunto central, sin digresiones ni meandros. Presenta una estructura lineal, temporalmente ordenada y lógica, dando la alternativa en la acción, unas veces en Valencia, cuando Rosina es la protagonista; otras veces en Estambul, si Ceberino es el foco de la acción. De este modo, tenemos: 
-Redondilla inicial donde Timoneda comprime el contenido aguda y llanamente. 
-Introducción o planteamiento: se presentan los personajes en un marco espacio-temporal determinado (Barcelona, de noche, al lado de la casa de ella) y una acción que, producto del azar, promete sorpresas agradables. Ocupa los ocho primeros párrafos, desde el comienzo hasta “Vamos, señor mío”. 
-Nudo o desarrollo: aquí se despliegan las aventuras que viven ambos juntos y, luego, separados, en Valencia y Constantinopla. Ocupa desde el párrafo noveno hasta el penúltimo, que se cierra con “Vino a posar donde estaba Rosina en hábitos de hombre”. 
-Desenlace o resolución: ocupa los dos últimos párrafos. La trama encuentra un final, feliz para todos, y la totalidad los hilos narrativos convergen en una solución satisfactoria. 
 
4. Personajes 
Los personajes principales, es decir, los protagonistas, son Ceberino y Rosina. Al muchacho se le pinta como joven, guapo, atrevido y un sí es no es irresponsable (dilapida el dinero de su padre, engaña a Rosina haciéndose pasar por su novio, deja que Madama se enamore de ella y luego la manipula, manda las joyas y el anillo en condiciones poco seguras, etc.). Rosina, por el contrario, aparece ante nosotros como determinada, firme y consecuente con sus decisiones (abandona la casa de sus padres a hurtadillas para huir con el novio, acepta su enamoramiento súbito de Ceberino, se disfraza de hombre para sobrevivir sin perder su virtud, etc.). Es evidente que ella alcanza una talla moral superior a la de él, que solo se libra de las calamidades gracias a la suerte. 
El resto de los personajes son secundarios y, en general, les toca bailar con la más fea: Madama, que queda sin novio de mala manera, los marineros de Valencia y el tabernero de la misma ciudad, con apenas papel que desarrollar. 
 
5. Lugar y tiempo de la acción narrativa 
Este cuento es puramente mediterráneo: Barcelona, Valencia y Constantinopla –lugar donde reside el Gran Turco– son las tres ciudades en las que transcurre la acción. Dos grandes urbes, antes y ahora, españolas, y una euro-asiática. Le proporciona al relato un sabor europeo e internacional, en un marco marítimo meridional a la vez familiar y agradable al lector. Dentro de estos entornos, la acción discurre tanto en un ambiente puramente urbano –Barcelona–, como de arrabales, casi campo -–Valencia–, como palaciego y de lujo –en el caso de Constantinopla–. 
El tiempo de la escritura se sitúa en los años previos a 1567, momento de la publicación de la obra en Valencia. El tiempo de la acción narrada es contemporáneo al de la escritura. El rapto de cristianos por piratas berberiscos y de otros lugares para pedir recompensa y así lucrarse era una práctica común en el Mediterráneo por esa época. Recordemos, a modo de ejemplo, la terrible suerte de Cervantes sólo unos años después de publicada la obra de Timoneda, cuando fue secuestrado por los piratas berberiscos y pasó cinco años de su vida cautivo en Argel (1575 – 1580). La duración de la acción está difuminada porque no interesa al núcleo narrativo. Bien se puede deducir que ocupa un año o más, pues un secuestro por piratas y los consiguientes viajes no es cosa que se despache en días ni meses. 
 
6. Narrador 
El narrador aparece en tercera persona, externo, objetivo y con omnisciencia total. Conoce a sus personajes en su totalidad y expone sus entresijos emocionales. Sin embargo, en varias ocasiones renuncia a ese conocimiento completo. Por ejemplo, al principio, cuando Ceberino se hace pasar por el novio de Rosina, prefiere omitir pensamientos y sentimientos de ambos y se centra en los hechos: se conocen, se gustan, se aman y se prometen fidelidad. El lector ha de deducir lo que los personajes sentían y pensaban. En la parte final de la obra la omnisciencia del narrador pesa más y se hace más visible: cuenta en el último párrafo el desenlace feliz con la aquiescencia de las familias. 
También se le puede ver cuando anuncia el cambio de lugar donde ocurre la acción: “Dejemos ahora…”. Involucra al lector para crear un lazo afectivo y una complicidad literaria entre ambos. 
 
7. Figuras retóricas o recursos estilísticos 
Timoneda emplea los tres procedimientos narrativos al uso: la descripción (poco presente, sólo cuando se enumeran las joyas del arca enviada a Barcelona), la narración (ocupa casi la totalidad del cuento) y el diálogo (bien visible al principio, en la primera conversación entre Ceberino y Rosina). 
A Timoneda le gusta el relato corto, rápido, reconcentrado y desarrollo breve. La limitada extensión de los cuentos exige una limitación importante del lenguaje retórico. Con todo, nuestro autor valenciano, muy diestro en el uso de la lengua castellana, emplea bastantes procedimientos narrativos que, a continuación, ejemplificamos y explicamos: 
-Ironía: “Cobrado que los hubo, diose tan buena diligencia, que en breve tiempo se los ganaron otros mercaderes de la misma tierra”. Para anunciarnos que Ceberino era un tanto manirroto o torpe en los negocios, emplea esta ironía acerca de la “buena diligencia” que tuvo en perder el dinero que poco antes había cobrado. La ironía provoca humor casi instantáneamente. 
-Metáfora: “y efectuaron con mucho regocijo el matrimonio”. Es un modo de afirmar que se dieron palabra solemne de amor eterno y lo consumaron. 
-Elipsis: es muy común en el cuento, lo cual resulta lógico con la tendencia a la brevedad que el autor impone en todo momento. Se aprecia bien en: “Fue su desdicha tan grande que, en llegando a la mar, fue preso de moros”. Se suprime el sujeto y otras circunstancias colaterales de la acción narrada. 
-Repetición retórica (“conociendo”), derivación o políptoton (“saber”-”sabía”) y otros recursos de repetición aportan expresividad narrativa. 
-Empleo de diminutivos afectivos (“talegoncillo”, “bajuela”, “cajuela”). Aportan un sabor familiar, espontáneo y cercano al lector. 
-Personificación o prosopopeya: “y mirando a qué parte la guiaría la ventura”, “los trajo la fortuna a las playas de Valencia”. Este procedimiento imprime alas a la imaginación lectora y aviva las imágenes. 
-Bimembraciones y paralelismo: “tañer y cantar”, “dones y mercedes”. Este tipo de procedimientos aportan expresividad y fuerza narrativa. 
-Polisíndeton: aunque ligeramente atenuado, sobrevuela todo el texto: “para que enviase a su padre y madre, y más un anillo…”. El efecto de acumulación y, en este caso, de énfasis de la liberalidad de Madama es bien evidente. 
-Interrogaciones y exclamaciones retóricas aportan énfasis expresivo, como cuando Rosina habla para sí al abrir la caja con las joyas: “–¡Santa María, Señora! ¿Qué señal o vestigio puede ser este? ¿Es quizá, por desdicha mía, muerto mi amado y esposo Ceberino?”. 
-Antítesis: “días y noches”, “vida o muerte”. Estamos ante una herramienta que, en su polarización, imprime dramatismo y viveza a la acción narrada. 
-Hipérbole: “con mil sobresaltos que la combatían”. La exageración es un procedimiento que aporta expresividad y aviva la imaginación lectora; en este caso, no hace comprender la angustia en la que vivía Rosina pensando que Ceberino la buscaba y no debía de andar muy lejos. 
-Epíteto o adjetivo embellecedor: “con alegre y suntuoso regocijo”. No es muy abundante; este ejemplo, con que se cierra el texto, resulta especialmente llamativo porque crea un efecto sinestésico muy agradable al lector, que puede imaginar la boda oficial de los jóvenes con más viveza. 
Del breve recorrido que hemos realizado, se puede comprender cómo Timoneda utiliza con mano diestra y buen tiento los procedimientos retóricos para crear un cuento muy agradable, vivaz y apacible, como ellos gustaban de decir. 
 
8. Contextualización autorial y socio-cultural 
Juan de Timoneda (Valencia, hacia 1518 – 1583) es un escritor muy importante en el contexto de la literatura española renacentista. Sus mayores aportaciones caen en el campo del teatro, pero como narrador tampoco es desdeñable sus tres libros de relatos cortos, cuentos propiamente, y a veces solo facecias. Los dos primeros títulos, curiosos en sí mismos, son Sobremesa y alivio de caminantes (1563) y Buen aviso y portacuentos (1564) El texto que estamos comentando procede del tercer título El Patrañuelo (Valencia, 1567), una veintena de cuentos de origen diverso, sobre todo italiano, pero también latino y de otros ámbitos. Timoneda los adaptó al castellano en cuanto a ambientación, estilo y lenguaje. La obra tuvo bastante éxito, haciendo honor a la segunda acepción de la palabra “patraña”: relato corto de carácter novelesco. 
Introduce pequeñas novedades argumentales, los reescribe en un castellano familiar, propio de un estilo humilde y rebaja la carga retórica notablemente. Estos rasgos, unidos a la brevedad, dan como resultado historias amenas, divertidas, entretenidas y con un cierto fondo reflexivo interesante. El relato corto, la “novella” italiana, ejerció un notable influjo en la literatura española. Los cuentos de Boccaccio en el Decameron se tradujeron, adaptaron e imitaron en muchas ocasiones a lo largo de los siglos, a partir del Renacimiento. 
La ambientación local aporta un plus de verosimilitud que enriquece el relato notablemente. En el cuento vemos, por ejemplo, que en Barcelona roban las capas a los desavisados, que un ventero contrata de inmediato a Rosina disfrazada de hombre porque necesita sus servicios, que los barcos comerciales surcaban en Mediterráneo, que la piratería era un asunto cotidiano, peligroso y desagradable en las costas españolas, etc. 
 
9. Interpretación 
La principal finalidad de esta “patraña” es la de entretener o deleitar al lector, para que disfrute de un texto literario lleno de imaginación, buen estilo e ingenio. También se deja entrever cierta carga moral, pero bastante atenuada. Timoneda escribe este cuento desde unos presupuestos totalmente estéticos. La lectura reconforta al lector, lo evade y le hace admirar la inventiva del autor. 
La ambientación local aporta un plus de verosimilitud que seguro que complacía a los lectores de la época. Todo el relato goza de una familiaridad de fondo y forma, contenido y expresión que contribuye, sin duda, a una lectura entretenida y provechosa. La dosificación de la intriga, la ligereza de estilo y la brevedad argumental son valores que enriquecen notablemente el texto de Timoneda. 
El hecho de que Rosina se disfrace de hombre y se llame como su prometido, y él, a su vez, también se cambie de nombre y adopte el de ella, convenientemente masculinizado, es un rasgo original y divertido que aporta intriga y variedad argumental. 
 
10. Valoración 
Esta patraña novena es un buen ejemplo del cuento español renacentista. Timoneda cuaja un relato fresco, familiar, entretenido y de composición armónica y equilibrada. El conjunto de peripecias, variadas y sorprendentes, junto con un final feliz bastante aleccionador conforman un cuento de hermosa factura.  
 
2. PROPUESTA DIDÁCTICA 
(Estas actividades se pueden desarrollar y realizar de modo oral o escrito, en el aula o en casa, de modo individual o en grupo. Algunas de ellas, sobre todo las creativas, requieren material o herramientas complementarias, como las TIC). 
2.1. Comprensión lectora  
1) Resume el cuento o patraña (100 palabras, aproximadamente).  
2) Señala su tema principal y los secundarios.  
3) Delimita los apartados temáticos o secciones de contenido.  
4) Analiza los personajes y establece su relevancia argumental.  
5) Explica los aspectos de lugar y tiempo en los que se desenvuelve la acción narrada.  
6) Describe la figura del narrador en este cuento.  
7) Explica por qué este texto es un cuento renacentista.  
8) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado.  
 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico  
1) ¿Qué rasgos propios del cuento aparecen en este texto?  
2) ¿Se puede decir que el amor marca el destino de las personas? Razona la respuesta.  
3) ¿Qué importancia posee la perseverancia en este cuento? 
4) ¿Cómo se aprecia en el texto el engaño y la traición?  
5) En el cuento aparece el juego de una mujer que se disfraza de hombre y un joven que cambia de nombre. ¿Te parece adecuado desde el punto de vista racional y literario? Razona la respuesta. 
6) ¿Cómo podemos juzgar la actitud de Ceberino con Madama?  
7) Explica el papel del azar y la suerte en este relato, aportando ejemplos. 
8) Compara el modo de actuar de los jóvenes en sus relaciones amistosas y amorosas tal como aparecen en el cuento y se viven hoy. Señala las diferencias y similitudes e indica las ventajas e inconvenientes de cada uno. 
  
2.3. Fomento de la creatividad 
1) Escribe un cuento, en prosa o en verso, con un contenido más o menos inspirado en la patraña novena. 
2) ¿Es razonable creer en el amor y los vaivenes del destino tal como aparece en este cuento? Razona tu respuesta e imagina cómo pueden afectar a las personas. Puedes cambiar el final del cuento para hacerlo, a tu juicio, más verosímil. 
3) Realiza una exposición sobre Juan de Timoneda, sus obras y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc.  
4) Aporta o crea imágenes de la vida renacentista (lugares, ambientes, etc.), en los que se pudo desarrollar este cuento, conociendo las tres ciudades en las que se ambienta. 
5) Leed el cuento, de forma dramatizada, en grupos, ante la clase, acompañada la declamación de música e imágenes apropiadas. 
 

Santa Teresa de Jesús: “Vivo sin vivir en mí”; análisis y propuesta didáctica

SANTA TERESA DE JESÚS: “VIVO SIN VIVIR EN MÍ”
(1) Vivo sin vivir en mí,                   1
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.
(2) Vivo ya fuera de mí
después que muero de amor;        5
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puse en él este letrero:
que muero porque no muero.    10
(3) Esta divina prisión
del amor con que yo vivo
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión                 15
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.
(4) ¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros               20
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.
(5) ¡Ay, qué vida tan amarga         25
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga.
Quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,              30
que muero porque no muero.
(6) Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo, el vivir
me asegura mi esperanza.             35
Muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.
(7) Mira que el amor es fuerte,
vida, no me seas molesta;            40
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.     45
(8) Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;      50
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.
(9) Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti                 55
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.
  1. ANÁLISIS
1. Resumen
Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada, más conocida por Santa Teresa de Jesús (Ávila, 1515 – Alba de Tormes, Salamanca,1582) es una de las principales figuras de la literatura mística española, junto con San Juan de la Cruz. Además de sus tratados espirituales y libros autobiográficos sobre su vida y fundaciones de conventos, Santa Teresa nos dejó un respetable, sincero y fresco poemario de temática religiosa. Su vida, agitada y extraña, es en sí misma un caso único. La extremosidad de su vida se percibe muy bien en que pasó por varios trances de salud muy delicados, llegando al borde de la muerte, a causa de paroxismos difusos; luego, con los años, gozaba de arrobamientos, éxtasis o visiones intelectuales-emocionales con la Divinidad. En el poema que comentamos se translucen estas experiencias y emociones. Sus intentos, inicialmente frustrados, de alcanzar la felicidad y el sentido de su vida forman un relato extraordinario y asombroso. No es de extrañar que, incluso en sus días, las opiniones sobre su vida estuvieran divididas entre la admiración y el rechazo.
Hemos elegido para nuestro comentario el hermoso poema “Vivo sin vivir en mí”, de datación incierta, que sepamos. Bástenos con saber que se inscribe en la literatura religiosa, de tendencia mística, muy en boga en el siglo XVI. Un buen número de creadores de vida eclesial adoptaron y adaptaron los temas y formas de la literatura laica o civil hacia su vertiente religiosa.
El yo poético, trasunto de Santa Teresa, anhela la muerte porque es una liberación y la vía segura para su fusión espiritual con Dios. Vive inundada de amor, entregada a él, pues es lo que dota de sentido a su vida. Y lo dice a los cuatro vientos, colgando un cartel en su cuerpo que anuncia «que muero porque no muero». Desde el descubrimiento del amor celestial, la vida es una prisión, pero bien aceptada porque su carcelero es Dios. La vida se le antoja larga y desdichada porque no pasa pronto y la espera la impacienta y le produce amargura. Se dirige a la muerte esperando pronto su llegada, que es su liberación terrenal. Apostrofa también a la vida, advirtiéndole que no piensa dejarse engañar porque sabe muy bien que la vida verdadera es «la de arriba», y no esta. La muerte le va a permitir gozar de su amado, así que es lógico que desee su llegada cuanto antes.
2. Tema
El tema del poema se puede enunciar así: expresión vehemente del deseo urgente de morir porque es el único modo de acceder a la vida verdadera y dichosa, celestial, al fusionar amorosamente su alma con Dios.
3. Apartados temáticos
El poema presenta una estructura muy unitaria, lo cual es lógico si pensamos que la forma estrófica anuda el contenido de cada una de ellas a través del estribillo. Existen, sí, pequeñas modulaciones, pero todo el conjunto se centra en la expresión vehemente del deseo de morir cuanto antes para vivir en la dicha eterna, divina y celestial.
4. Análisis métrico y de la rima
El poema presenta la estructura de un villancico: versos octosílabos, con rima consonante, distribuidos en estrofas que se cierran con un verso final, el estribillo (“que muero porque no muero”). En cada estrofa, fuera de la primera, que sirve para establecer el tema y el estribillo, encontramos: la mudanza, que se compone de una redondilla –los cuatro primeros versos (abba)–; la sigue dos versos de enlace, el primero rima con el primero y último de la redondilla, y el segundo con el estribillo, que viene a continuación, cerrando la estrofa; cada una de ellas consta, pues, de siete versos. La ejecución formal resulta, pues, impecable.
5. Comentario estilístico
El recurso esencial del poema es la paradoja, la expresión de una idea contradictoria y antitética en sí misma, es decir, alógica. En la primera estrofa se repite dos veces, en una estructura consecutiva. “Vivo sin vivir en mí / y de tal manera espero, / que muero porque no muero”. A ellos se añade la antítesis triple que se establece entre “vivir”, “esperar” y “morir”. El poema se centra en la subjetividad, o intimidad, del yo poético, como lo declara muy bien los verbos en primera persona del singular de la primera estrofa. La relación en una idea de dos realidades tan contrarias como vivir sin vivir y morir por no morir es de una gran audacia y originalidad expresiva.
La segunda estrofa es una explicación clara y directa de su angustiosa situación existencial, estamos tentados de decir agónica, de su anhelo de desear morir cuanto antes para vivir otra realidad más dichosa y eterna. El Señor, Dios, es la causa de sus desvelos, por quien “muero de amor” (v. 5). Una imagen muy natural, expresiva y espontánea nos explica su reacción: puso un cartel en ella que afirma que “muero porque no muero”. Como un hombre-anuncio que proclama su dicha y su deseo de unirse pronto con Dios.
La estrofa 3 toma la imagen clásica de la poesía occidental del amor concebido como una prisión en la que se entra gustoso y voluntariamente, pero de la que no se sale de ningún modo porque la llave la posee el ser amado. En el siglo XV, Diego de San Pedro, con su novela simbólico-alegórica Cárcel de amor, desarrollo este tópico ampliamente. Sin embargo, la poeta abulense trastoca los términos clásicos: es Dios quien está en su prisión, lo que puede sonar a herejía si nos olvidamos del sentido último de la imagen. La Divinidad entró en ella y no lo deja escapar, porque es su dicha lo que está en juego. “Divina prisión” (v. 11) y “ver a Dios mi prisionero” (v. 16) son dos nuevas paradojas para expresar el efecto liberador de la comunicación divina con la poeta.
La estrofa 4 pierde el carácter más deliberativo y expositivo de las anteriores. Las dos exclamaciones iniciales imprimen un tono dramático y emotivo que aportan gran intensidad significativa. Las exclamaciones encierran antítesis y paradojas en línea con las de las estrofas anteriores: el yo poético lamenta la extensión de la vida, que se torna un “destierro” una “cárcel”, un “hierro” porque lo priva del contacto con la divinidad. La enumeración o gradación insiste en su incierto y agónico estado espiritual. Sólo la mera espera se le hace intolerable y la califica de “dolor tan fiero” (v. 23) que desea la inmediata muerte. Como se puede apreciar, el giro conceptual respecto de la estrofa anterior es evidente y crea una nueva paradoja: antes la prisión era dulce, ahora es dolorosa; antes era Dios el prisionero, ahora es ella.
La estrofa 5 posee también un tono exclamativo, aunque no tan marcado como en la estrofa anterior (ahora solo aparece una oración exclamativa). Tres hermosas sinestesias metaforizadas, bordeando lo paradójico, nos transmiten la idea de la vida como una espera amarga. Son “vida amarga”, “dulce el amor” y “esperanza larga”; en ellas apreciamos muy bien el dolor interno, apenas mitigado por el amor divino, de esperar mucho tiempo la fusión con la divinidad. Se cierra la estrofa con un símil muy expresivo que nos transmite muy bien la vida como una pesada carga, más que el “acero”; difícil, pues, de llevar; de modo que el yo poético desea el pronto fin de la vida, como reza el estribillo.
La estrofa 6 posee un carácter deliberativo en la primera parte: morir garantiza la vida dichosa. Al morir, se vive, así que muramos cuanto antes. Otra vez la antítesis vida / muerte y la paradoja de que muriendo se vive más y mejor se explican poéticamente con delicadeza. La segunda parte de la estrofa presenta un tono exhortativo: el yo poético apremia a la muerte para que se dé prisa “no te tardes, que te espero” (v. 36). Tal es la urgencia que siente para volar a las regiones celestiales.
La estrofa 7 completa a la anterior. Ahora el yo poético se dirige a la vida y le recuerda que pronto la dejará atrás, pero para “ganarla”. La paradoja se entiende muy bien si pensamos que la primera vida es la terrenal y la segunda, la celestial; la primera, breve; la segunda, eterna. La segunda parte de la estrofa expresa su anhelo, ya conocido, de que la muerte venga pronto. La califica de “dulce”, pero ahora ya sabemos que es así porque es la “salida” (v. 22) para la eternidad dichosa. La prosopopeya o personificación visible en “el morir venga ligero” (v. 44) insiste vehementemente en su deseo de morir expresado en la redondilla previa.
La estrofa 8 comienza con una perífrasis espacial: “aquella vida de arriba” (v. 46), para referirse a la celestial, la verdadera; se transforma en metáfora en el sentido de que es la eterna y auténtica. En los dos versos siguientes establece el contraste con “esta vida”, la terrenal, que es un impedimento para acceder a la otra. Estas dos elusiones, escamoteando algo el sentido, aportan variedad conceptual y cierta ligereza textual. Inmediatamente, el yo poético se dirige a la muerte, rogándole que no sea “esquiva” con él. Otra vez la misma paradoja insiste en que para vivir de verdad, antes haya que morir: “viva muriendo primero” (v. 51).
La estrofa 9 y última tiene un carácter recopilatorio y sintético, cerrando la significación total del poema. El yo poético se dirige a la vida, a través de una interrogación retórica, para advertirle que ha de perderla para poder ganar a su Dios y poder “gozarle” (v. 56). Se trata, pues, de una cuestión de amor celestial, que da sentido a sus deseos de muerte para vivir en la dicha eterna. Los versos 57 y 58 forman un quiasmo imperfecto con “quiero” al principio y al final de cada uno de los versos. No es nuevo que nos anuncie que su muerte es por amor, porque así puede alcanzar a Dios, la fuente de la felicidad. Y como cierra el estribillo, muy bien conocido por el lector, queda justificado y explicado que “muero porque no muero”.
El poema, con todos los verbos en presente de indicativo, excepto los seis subjuntivos de deseo y orden dirigidos el primero a Dios y el resto a la vida y a la muerte, poseen un tono deliberativo-exhortativo muy marcado. Se expresa un anhelo y se razona a continuación por qué y cómo surgió: la querencia de la pronta muerte para vivir el amor divino eterno en la vida celestial. El léxico sencillo y transparente, aludiendo a la vida cotidiana, ayudan a la inmediata comprensión de la paradoja en principio difícil de aceptar por el lector no avisado. La sintaxis también discurre por el camino de la normalidad: algunas encabalgamientos suaves y construcciones oracionales con el orden de los elementos apenas trastocados, sin la presencia llamativa del hipérbaton, confirman la llaneza expresiva y la intención comunicativa directa y hasta incisiva.
Otro elemento de carácter popular es la conjunción “que”, partícula que abre el verso del estribillo. Dota al mismo de un aire próximo al lenguaje coloquial y familiar. Es como si Santa Teresa deseara hablar de las cosas más sublimes con el lenguaje más llano y cotidiano, lo que en sí ya es una contradicción que se resuelve felizmente en frescura de significado.
6. Contextualización
Teresa de Jesús es una excelente escritora que nos legó hermosos textos literarios. Sus textos memorísticos y narrativos (Libro de las fundaciones), los de carácter más religioso o teológico (Libro de las moradas), en prosa, gozan de claridad, expresividad y frescura. Nuestra escritora escribe con cierta intención didáctica y persuasiva, para sus hermanas de orden. Se esfuerza por ser clara a base del empleo de un lenguaje entreverado de coloquialismos y léxico familiar. Ello no debe trivializar su contenido teológico y rigor expositivo, denso y profundo.
Su poesía, de carácter místico, se centran en la expresión de la fusión del alma con Dios. Las tres etapas de acceso a esa identificación (purgativa, iluminativa y unitiva) se expresan con claridad y coherencia. El celo religioso, el amor ardiente, la pasión espiritual desenfranada que siente es el motor que mueve su pluma. Santa Teresa opta por formas poéticas populares y tradicionales como forma de comunicación literaria preferida.
7. Valoración
El conjunto del poema nos transmite un mensaje espiritual de elevado vuelo desde una perspectiva muy subjetiva –los verbos en primera persona así lo confirman— y con un lenguaje poético profano, bastante sencillo. Y todo ello ahormado bajo una estrofa tradicional, el villancico, que dota al conjunto de impacto comunicativo, sencillez expresiva y viveza emocional-espiritual. Desde la perspectiva del siglo XXI, puede resultar lejano o distante para el lector poco avisado. Sin embargo, si nos ponemos en su situación, entendemos perfectamente su poesía vehemente e incisiva: su deseo de gozar de Dios inunda su alma, de ahí su anhelo de dejar esta vida para acceder a «la de arriba», la eterna y feliz para siempre.
Leyendo este poema nos llega nítidamente una pulsión espiritual profunda, sincera y apremiante. Su expresión literaria directa y clara nos permite compartir su anhelo espiritual y admirar su talento literario.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Estas actividades se pueden desarrollar y realizar de modo oral o escrito, en el aula o en casa, de modo individual o en grupo. Algunas de ellas, sobre todo las creativas, requieren material o herramientas complementarias, como las TIC).
2.1. Comprensión lectora
1) Resume el contenido del poema (100 palabras, aproximadamente).
2) Indica su tema o motivo central en una frase compendiosa más o menos larga.
3) Señala los apartados temáticos que se pueden apreciar.
4) Realiza un análisis métrico y de la rima del poema.
5) Señala e interpreta los recursos estilísticos más llamativos.
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
1) Relaciona el contenido con la vida de Santa Teresa de Jesús, para lo que tendrás que documentarte previamente.
2) Explica si lo que desea el yo poético es fácilmente alcanzable.
3) ¿Por qué desea morir de modo tan insistente y rápido?
4) ¿Por qué la vida se le convierte en una cárcel? ¿Tiene razón, según tu punto de vista?
5) ¿Cómo apreciamos que su amor es espiritual, y no humano?
6) Santa Teresa era judeoconversa, es decir, sus antepasados se habían convertido del judaísmo al cristianismo: ¿fue importante para su literatura? ¿Es un elemento significativo de su personalidad?
2.3. Fomento de la creatividad
1) Realiza un cartel, acompañado de una exposición ante la clase o la comunidad educativa, sobre la fascinante vida de Santa Teresa de Jesús. Puedes ayudarte de medios TIC.
2) Imagina un encuentro con Santa Teresa: pregúntale lo que te parezca interesante y trata de responder como ella lo haría.
3) Escribe un ensayo sobre la experiencia mística de la unión del alma con Dios. Valora la posibilidad de que le acontezca a alguna persona en nuestros días.
4) ¿Cuántos monasterios fundó Santa Teresa? Documéntate y explica dónde y cuándo los fundó. Así se puede hacer una idea de su actividad y de las regiones de España donde desarrolló su actividad.

Fray Luis de León: «Oda a la vida retirada»; análisis y propuesta didáctica

FRAY LUIS DE LEÓN: “Oda a la vida retirada” (hacia 1583)
[1] ¡Qué descansada vida                                            1
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;          5
[2] Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!                    10
[3] No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.                         15
[4] ¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca deste viento,
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?                 20
[5] ¡Oh monte, oh fuente, oh río!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.                        25
[6] Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.               30
[7] Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.                    35
[8] Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.                         40
[9] Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.              45
[10] Y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.                       50
[11] Y luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.                   55
[12] El aire del huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruïdo
que del oro y del cetro pone olvido.                    60
[13] Téngase su tesoro
los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.                   65
[14] La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.                              70
[15] A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla,
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.                     75
[16] Y mientras miserable-
mente se están los otros abrazando
con sed insacïable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.                  80
[17] A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.                        85
  1. ANÁLISIS
1. Resumen
Fray Luis de León (Belmonte, Cuenca, 1527 – Madrigal de las Altas Torres, Ávila, 1591) es uno de los más altos poetas en lengua castellana. Se le ubica en la poesía religiosa renacentista, en su vertiente ascética (frente a la mística de San Juan de la Cruz y Santa Teresa, por ejemplo). Verdadero sabio polígrafo, en los temas donde aplicó su pluma nos dejó rastro de su hondo saber y de su excelso dominio de la lengua castellana.
La literatura religiosa ascética nos muestra un camino y una aspiración, más bien de ámbito humano, aunque transcendido por una intensa religiosidad cristiana. Nos muestra un anhelo de vida acorde a la ética cristiana de desprendimiento, sencillez, humildad y sabiduría para saber distinguir lo importante de la vida terrenal –salvar el alma para la vida eterna— de lo accesorio –disfrutar atolondradamente de ciertos placeres mundanos, en sí mismos efímeros.
Fray Luis toma la estrofa de la oda, estructura poética de gran resonancia clásica y cultivo asiduo en la Antigüedad. Como nos recuerda el Diccionario de la Lengua Española, la oda es una “composición poética lírica de tono elevado y grave que generalmente ensalza algo o a alguien”. Si nos fijamos en el título, podemos comprobar que fray Luis alaba la vida retirada, es decir, un modo de vida sencillo, alejado de ambiciones y pasiones, y atento a las necesidades espirituales del hombre en su itinerario vital. Rechaza el poder, la riqueza y la gloria porque son como señuelos que desvían al hombre de los auténticos valores éticos y del camino que debe conducir nuestra vida, que desemboca en la salvación de nuestra alma. En la última estrofa, podemos descubrir que Dios late en el fondo de la vida sencilla y natural. La meta radica, pues, en saber apreciar la presencia divina en la vida diaria, tarea tanto más dable cuanto más sencilla y virtuosa sea la vida que se lleve. En cierto modo, fray Luis realiza su versión del tópico de aurea mediocritas: anhelo de buscar la felicidad con una vida sencilla pero plena; materialmente pobre, pero espiritualmente rica.
2. Apartados temáticos
Esta oda presenta las siguientes secciones de contenido:
-Las tres primeras estrofas (vv. 1-15): Presentación laudatoria de la vida tranquila y alejada de las pasiones humanas, alabando la sabiduría de esa elección por parte de un hombre sabio al que no le afectan las lisonjas interesadas. Los verbos en tercera persona indican que se habla de alguien indefinido.
-Las estrofas 4-6 (vv. 16-30) forman una segunda sección en la que el yo poético establece un espacio físico y emocional en el que vive o desea vivir: naturaleza sencilla, paz y equilibrio personal.
-Las estrofas 7-12 (vv. 31-60) desarrollan el tópico del locus amoenus; se trata de un lugar natural sencillo, armonioso, equilibrado y apacible. Las aves, el huerto, la fuente y el aire son los elementos que refescan al yo poético y le transmiten paz y certezas de orden espiritual.
-Las estrofas 13-14 (vv. 61-70) establecen una alegoría antitética respecto de lo anterior. Frente a la vida serena previa, ahora se presenta a las personas ambiciosas y codiciosas. Bregan en sus vidas como un marino en una tormenta. Son muchos los que encaminan su vida por estos pasos y acaban mal, llenando el mar con sus cadáveres. Hemos de realizar una lectura espiritual, no física. Los hombres naufragan en su proyecto de vida y en la búsqueda de la virtud; su muerte es espiritual, no necesariamente física.
-Las estrofas 15-17 (vv. 71-85) forman la última sección de contenido. Posee un carácter recopilatorio y conclusivo. Establece el contraste entre la vida serena y feliz del «sabio» que ha sabido armonizar su vida con la naturaleza y con la divinidad frente al hombre ambicioso que lucha por adquirir riqueza y poder. Este sufre, el otro goza; este perece, el otro se deleita con la armonía celestial que la naturaleza emite.
3. Temas del poema
Los asuntos de esta rima se puede establecer así:
-Loa o alabanza de la existencia serena, armoniosa y en equilibrio con la naturaleza y con los mensajes celestiales que esta emite.
-Exhorto a la vida natural  y éticamente adecuada, en conexión con Dios y atentos a los objetivos éticos (humildad, autenticidad y adquisición de sabiduría moral) de que deben guiar nuestra vida terrena, para ganar la eterna tras nuestra muerte.
-Para establecer este mensaje, se vale de un tópico y dos alegorías, una la del hombre de vida natural y otra la de los que sufren una tormenta marina en la que zozobran.
4. Análisis métrico y de la rima
Fray Luis utiliza la estrofa conocida por lira (7a, 11B, 7a, 7b, 11B). Esta armónica combinación de versos heptasílabos y endecasílabos, con rima consonante, gozan de una rara musicalidad. Esta estrofa, propia de la poesía italiana, había sido introducida en castellano por el clásico Garcilaso de la Vega unas décadas antes; el nombre se debe precisamente a que  el primer verso de la canción V de Garcilaso dice: «Si de mi baja lira…».
Para establecer correctamente la medida de los versos se han de tener en cuenta las cuatro licencias poéticas (sinalefa, diéresis, sinéresis y palabra final según sea aguda –sumamos una sílaba-, llana o esdrújula –restamos una sílaba–), pues fray Luis las utiliza con bastante frecuencia.
5. Análisis estilístico
Las dos primeras estrofas forman una unidad sintáctica y semántica. Se trata de una loa a una persona indefinida que ha elegido una vida apartada del poder, lujo y riqueza (expresado a través de tres metáforas muy visuales y vistosas) y sencilla. Pero esa elección no es fácil, pues estamos ante una “escondida senda” (v. 3) que solo unos pocos sabios han sabido recorrer. La estrofa 3 recuerda que el sabio no es sensible a la lisonja, en general, falsa e interesada. La hermosa personificación de la fama, cantando al hombre lisonjeado, expresa muy bien lo fácil que es caer en esa tentación de vanidad.
La estrofa 4 se resuelve en una interrogación retórica que nos advierte sobre la congoja que provoca perseguir sin descanso la riqueza, el poder o la gloria, de por sí efímero e inasible (lo metaforiza identificando estos rasgos con el viento). Agravado todo ello porque siempre habrá alguien con más poder que apretará la vida del hombre. El expresivo quiasmo del verso 20 (“con ansias vivas, con mortal cuidado”) nos advierte sobre la vida agitada y angustiada del codicioso y perseguidor de la gloria.
En la estrofa 5 se ensalza a la naturaleza, a través de tres elementos metonímicos (monte, fuente y río), que se descubren como un puerto seguro, un refugio donde la nave de la vida (el hombre es como un barco realizando una travesía en un mar con tormenta) puede llegar a tierra en medio de los sinsabores de una vida agitada, expresado a través de la metáfora de “mar tempestuoso” (v. 25).
La estrofa 6 nos deja ver por fin al yo poético en su totalidad: habla con el verbo “querer”, conjugado en primera persona, dos veces. Ya no habla de alguien indeterminado, sino de sí mismo, y nos expresa sus deseos más íntimos: desea para él esa vida tranquila y serena, expresada a través de dos hondas metáforas: “un no rompido sueño” y un “un día puro, alegre, libre”. La sinestesia de los tres adjetivos calificativos muestran muy bien la intensidad del anhelo del yo póetico para alcanzar la sabiduría de la sencillez en plenitud espiritual y en comunión con la naturaleza. Por cierto, en viva antítesis con el ceño malhumorado de la persona que corre tras la gloria mundana, o ya cubierto de falsa honra por su origen familiar o por su fortuna acumulada, como se expresa en los versos finales de esta lira.
La estrofa 7 presenta una estructura de significación igual a la anterior: primero, los elementos positivos y después los negativos. Ahora comunica su intención de que desea comenzar el día despertado por las aves con su canto “no aprendido”; esta litote nos muestra muy bien su preferencia por lo natural y espontáneo. La sinestesia de “cantar sabroso” no hace sino profundizar en la felicidad que aporta lo natural.
La estrofa 8 repite el verbo “quiero” dos veces, como en la 6, lo que nos recuerda que el yo poético desea remarcar muy bien que habla de sus querencias más profundas, para seguir “a los pocos sabios que en el mundo han sido” (v. 5). Busca la soledad aparente, pues vive feliz consigo mismo gracias al regalo del “cielo”, es decir, Dios. A continuación, en una enumeración de cinco elementos, nos comunica los elementos negativos de los que se desprende: amor, celo, odio, esperanza y recelo. Está hablando, evidentemente, de las pasiones amorosas humanas que tanto atormentan al hombre común y que provocan congoja y malestar. Simplemente, no le interesan esos asuntos humanos porque no aportan felicidad verdadera.
La estrofa 9, 10, 11 y 12 forman una unidad temática muy compacta: es el dibujo de un locus amoenus, el lugar deleitoso, apacible, sereno y relajante. Es el marco ideal para que el alma del hombre sabio encuentre su equilibrio y desarrolle su estado de sosiego. Los elementos de ese espacio de felicidad son claros: monte, huerto, flores, fuente, árboles, hierba y viento. Es un cuadro dinámico, con vida, en movimiento. Casi podemos oír, ver y sentir sus elementos, que aportan frescor y paz. Se ha identificado con el huerto que su orden agustina poseía a las afueras de Salamanca, cerca del Tormes, La Flecha. El “manso ruido” que provoca esta naturaleza armónica tiene un efecto inmediato sobre el yo poético: lo aleja de las riquezas y del poder, manifestados ambos elementos por dos bellas metonimias: el oro y el cetro (v. 60).
Las estrofas 13 y 14 funcionan, juntas, como una alegoría de la vida de zozobra, angustia y peligros de las personas ambiciosas y codiciosas (que son muchas, porque llenan el mar con sus cadáveres a mansalva): su vida, que es el leño o la nave en un mar tormentoso, pronto se rompe y perece en las tormentas de la vida, más fuertes que el hombre. La alegoría es viva y dinámica: nos presenta a los hombres naufragados en medio de una gran tormenta, con gran griterío, con vientos feroces y una tormenta infernal (“en negra noche el claro día se torna”); los elementos auditivos y visuales ayudan a formar un cuadro estremecedor. Esta metáfora antitética nos desea transmitir cómo la vida del ignorante codicioso: un tormento y una congoja con mal final.
La estrofa 15 crea un vivo contraste con la anterior. Se expresa esta contraposición a través del diminutivo “pobrecilla” y de la metonimia “mesa”: eso es todo lo que necesita para vivir, una mesa humilde. Y en la mesa, ¿qué hay? Pues solo “amable paz”, es decir, sosiego, calma espiritual. No le interesan las riquezas ni la ostentación de los que tienen “vajillas de oro bien labradas” que no temen los peligros de la vida, o de la vida mal encaminada, conviene matizar (“quien la mar no teme airada”); de nuevo la metáfora, envuelta en una hermosa perífrasis o circunloquio, del mar como representación de los peligros de la travesía existencial.
La estrofa 16 plantea otra antítesis llamativa y plástica: los ambiciosos se abrazan al mando, pero él está cantando a la sombra. Ahora el contraste es de acciones, no de elementos ni de valores; esta acción se nos presenta desarrollándose a nuestros ojos, a través de la perífrasis del gerundio, que estira la acción y nos la presenta en su desarrollo.
La estrofa 17, la última, enlaza directamente a través de una concatenación muy hábil con la palabra “tendido”, anudando así el hilo lógico y semántico entre ambas. Esta estrofa cierra el locus amoenus de las antes citadas. El poeta, en actitud relajada, solo está atento a escuchar la música oculta que emana de la divinidad, la melodía universal que mueve y envuelve toda la creación y que surge del plectro (o púa, o inspiración, pues las dos acepciones encajan aquí muy bien) del sumo hacedor, que es quien crea el “son dulce, acordado”. Esta maravillosa metáfora final, envuelta en una sinestesia doble, nos proporciona la clave de en qué consiste la “escondida senda”, es decir, el camino de la vida, del hombre sabio: saber escuchar en paz y felicidad el mensaje de la divinidad que nos proporciona el sentido de la vida.
6. Contextualización
En los primeros párrafos del resumen se ha enmarcado la figura de nuestro poeta y su época renacentista. Fray Luis de León (Belmonte, Cuenca, 1527 – Madrigal de las Altas Torres, Ávila, 1591) es uno de los más importantes poetas españoles de todos los tiempos, a pesar de su breve obra. Hombre de una inteligencia y formación superior, miembro de la orden religiosa  agustina, ejerció la cátedra de Sagradas Escrituras en la Universidad de Salamanca. Sus posiciones aperturistas y tolerantes le costaron un largo y doloroso proceso inquisitorial que incluyó una estancia en la cárcel. Su grandeza de espíritu se aprecia muy bien en la famosa anécdota que recoge su saludo a los alumnos tras abandonar la prisión: “como decíamos ayer…”.
Tradujo al castellano, con glosa explicativa el libro bíblico Cantar de los cantares. En De los nombres de Cristo explica eruditamente todos los vocablos usados para referirse a Jesucristo. La perfecta casada deviene en un tratado del perfecto y cristiano comportamiento dentro del matrimonio de la mujer cristiana; sus posiciones son de total respeto y consideración hacia la mujer; y también prescribe las correspondientes reglas de respeto para el hombre, en justa reciprocidad. En Forma de vivir de los frailes agustinos descalzos realiza una síntesis del modo, usos y costumbres más convenientes para su orden religiosa, buscando la autenticidad y el modelo de vida monástica más sencillo y acorde con la religión cristiana. Sus poseías gozaron de amplia divulgación en manuscritos ya en vida del autor. La primera edición impresa se debe a Francisco de Quevedo, en el año 1631; las publicó como modelo que contrarrestara la influencia culterana en la literatura española. La «Oda a Francisco Salinas» fue compuesta por fray Luis hacia 1583.
Su literatura religiosa ascética se desarrolla dentro de un marco cultural excepcionalmente rico y fructífero a efectos literarios. Es muy llamativa la apropiación de los temas y las técnicas poéticas de la poesía profana y su hábil y original empleo para transmitir asuntos espirituales de hondo calado.
7. Interpretación y valoración
El poema, un diamante verbal que fulge puro y limpio, es muy virtuoso: fray Luis utiliza una enorme cantidad de recursos estilísticos para crear belleza verbal. Para no caer en la pesadez y lo farragoso, hemos obviado la mayoría de ellos. Metáforas, metonimias, antítesis, encabalgamientos, concatenaciones, símiles y un largo etcétera van jalonando este maravilloso poema en el fondo y en la forma. Vale la pena parar mientes en la fuerza que imprimen los adjetivos, muchos de ellos epítetos, como se aprecia muy bien, por ejemplo en la lira 14: “combatida antena”, “ciega noche”, “claro día” y “confusa vocería”. Es una adjetivación muy feliz que imprimen plasticidad, expresividad y hondura de significación. También conviene recordar que la atemporalidad de la temática y del tratamiento viene dada por los verbos en presente; estas formas verbales sitúan al poema en un nivel de pensamiento algo abstracto, teórico, digamos, que se ve complementado con las imágenes concretas, naturales y sensitivas que jalonan la composición.
Esta “Oda a la vida retirada” es un prodigio de belleza y emoción contenida. Su perfección verbal, su temática atemporal y atinadamente tratada y su estupenda compenetración de fondo y forma hacen que al lector nos siga llegando puro y limpio el “dulce son” que, en efecto, sus versos nos permiten verificar que es “acordado”: cuerdo, sensato, prudente. El poeta establece un diálogo subterráneo con el lector, lo exhorta y trata de convencer (de ahí cierto tono discursivo del poema) para que siga sus consejos de vida sencilla y éticamente adecuada. Su mensaje, podemos ver, es atemporal y su validez, imperecedera.
 2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Estas actividades se pueden desarrollar y realizar de modo oral o escrito, en el aula o en casa, de modo individual o en grupo. Algunas de ellas, sobre todo las creativas, requieren material o herramientas complementarias, como las TIC).
2.1. Comprensión lectora
1) Resume el contenido del poema.
2) Señala sus apartados temáticos y su tema.
3) Analiza la rima y la medida de los versos y establece el tipo de estrofa y de composición utilizada.
4) Localiza y analiza algunos recursos estilísticos y explica sus efectos estéticos sobre el poema.
5) Indica el tono del poema: qué y cómo pretende comunicar el mensaje.
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
1) Explica con tus palabras el ideal de vida de fray Luis de León.
2) ¿Por qué rehúye el poder, la gloria y la riqueza?
3) ¿Qué tipo de naturaleza nos presenta el poeta? ¿Agradable o desagradable?
4) ¿Cómo apreciamos su sentido espiritual de la vida a lo largo del poema?
5) ¿Qué papel juega la naturaleza en la consecución de una vida feliz?
2.3. Fomento de la creatividad
1) Realiza un póster o presentación TIC, con texto, imagen y música, si es preciso, que explique la vida y la obra de fray Luis de León en su contexto.
2) Transforma el contenido del poema en un relato donde los personajes encarnen los tipos de vida que se presentan en el poema y su final, desgraciado o feliz.
3) Imagina una entrevista o conversación de la clase con fray Luis de León. ¿Qué le preguntarías? ¿Por qué?
4) Recita el poema, con imágenes o con música, ante la clase o la comunidad educativa, en la que se aprecie su belleza.

Bernal Díaz del Castillo: «Historia verdadera de la conquista de la Nueva España»; extracto y análisis

  1. TEXTO 

Ofrecemos a continuación seis capítulos de la “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”, de Bernal Díaz del Castillo. Es un libro fundamental en las letras españolas por su contenido, sus aciertos compositivos y la calidad de su prosa. Hemos elegido los capítulos centrales del relato, que coinciden con la llegada a la ciudad de México. El lector puede apreciar la frescura de su prosa, la honestidad de su planteamiento textual, el acierto compositivo y la belleza latente en todas sus líneas. 

 

CAPÍTULO LXXXVII. CÓMO EL GRAN MONTEZUMA NOS ENVIÓ OTROS EMBAJADORES CON UN PRESENTE DE ORO Y MANTAS  
Ya que estábamos de partida para ir nuestro camino a Méjico, vinieron ante Cortés cuatro principales mejicanos que envió Montezuma y trajeron un presente de oro y mantas, y después de hecho su acato, como lo tenían de costumbre, dijeron: “Malinche, este presente te envía nuestro señor el gran Montezuma, y dice que le pesa mucho por el trabajo que habéis pasado en venir de tan lejanas tierras a verle, y que ya te ha enviado a decir otra vez que te dará mucho oro y plata y chalchihuís en tributo para vuestro emperador y para vos y los demás teúles que traéis, y que no vengas a Méjico, y ahora nuevamente te pide por merced que no pases de aquí adelante, sino que te vuelvas por donde viniste, que él te promete enviarte al puerto mucha cantidad de oro y plata y ricas piedras para ese vuestro rey, y para ti te dará cuatro cargas de oro, y para cada uno de tus hermanos una carga, porque ir a Méjico, es excusada tu entrada dentro, que todos sus vasallos están puestos en armas para no dejaros entrar”. Además de esto, que no tenía camino, sino muy angosto, ni bastimentos que comiésemos. Y dijo otras muchas razones de inconvenientes para que no pasásemos de allí.  
Cortés, con mucho amor, abrazó a los mensajeros, aunque le pesó de la embajada, recibió el presente, y les respondió que se maravillaba del señor Montezuma, habiéndose dado por nuestro amigo y siendo tan gran señor, tener tantas mudanzas, que unas veces dice uno y otras envía a mandar al contrario, y que en cuanto a lo que dice que dará el oro para nuestro señor el emperador y para nosotros, que se lo tiene en merced, y por aquello que ahora le envía, que en buenas obras se lo pagará el tiempo andando. Que si le parecerá bien que, estando tan cerca de su ciudad, será bueno volvernos del camino sin hacer aquello que nuestro señor nos manda. Que si el señor Montezuma hubiese enviado sus mensajeros y embajadores a algún gran señor como él es, ya que llegasen cerca de su casa aquellos mensajeros que enviaba se volviesen sin hablarle y decirle a lo que iban, desde que volviesen ante su presencia con aquel recaudo, ¿qué mercedes les haría, no tenerles por cobardes y de poca calidad? Que así haría nuestro señor el emperador con nosotros, y que de una manera o de otra habíamos de entrar en su ciudad, y desde allí adelante que no le envíe más excusas sobre aquel caso, porque le ha de ver y hablar y dar razón de todo el recaudo a que hemos venido, y ha de ser a su sola persona; y desde que lo haya entendido, si no les estuviese bien nuestra estada en su ciudad, que nos volveremos por donde venimos.  
El gran Montezuma, como llegaron sus mensajeros y oyó la respuesta que Cortés le envió, luego acordó enviar a un sobrino suyo, que se decía Cacamatzin, señor de Tezcuco, con muy gran fausto, a dar el bienvenido a Cortés y a todos nosotros. Vino uno de nuestros corredores a avisar que venían por el camino muy gran copia de mejicanos de paz, y que al parecer venían de ricas mantas vestidos. Cuando esto pasó era muy de mañana, y queríamos caminar, y Cortés nos dijo que reparásemos en nuestras posadas hasta ver qué cosa era. En aquel instante vinieron cuatro principales, y hacen a Cortés gran reverencia, y le dicen que allí cerca viene Cacamatzin, gran señor de Tezcuco, sobrino del gran Montezuma, y que nos pide por merced que aguardemos hasta que venga.  
No tardó mucho, porque luego llegó con el mayor fausto y grandeza que ningún señor de los mejicanos habíamos visto traer. Ya que llegaron cerca del aposento donde estaba Cortés, le ayudaron a salir de las andas, y le barrieron el suelo, y le quitaban las pajas por donde había de pasar, y cuando llegaron ante nuestro capitán le hicieron grande acato, y el Cacamatzin le dijo: “Malinche, aquí venimos yo y estos señores a servirte y hacerte dar todo lo que hubieres menester para ti y tus compañeros, y meteros en vuestras casas, que es nuestra ciudad, porque así nos es mandado por nuestro señor el gran Montezuma, y dice que le perdones porque él mismo no viene a lo que nosotros venimos, y porque está mal dispuesto lo deja, y no por falta de muy buena voluntad que os tiene”. Como Cacamatzin hubo dicho su razonamiento, Cortés le abrazó y le hizo muchas caricias a él y a todos los más principales, y le dio tres piedras que se llaman margaritas, que tienen dentro de sí muchas pinturas de diversos colores, y a los demás principales se les dio diamanteas azules, y les dijo que se lo tenía en merced y que cuándo pagaría al señor Montezuma las mercedes que cada día nos hace.  
Otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha y vamos camino de Estapalapa. Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblaciones, y aquella calzada tan derecha y por nivel cómo iba a Méjico, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro en el agua, y todos de calicanto. Algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían, si era entre sueños, y no es de maravillar que yo escriba aquí de esta manera, porque hay mucho que ponderar en ello que no sé cómo lo cuente, ver cosas nunca oídas, ni vistas, ni aun soñadas, como veíamos.  
Pues desde que llegamos cerca de Estapalapa, ver la grandeza de otros caciques que nos salieron a recibir, que fue el señor de aquel pueblo, que se decía Coadlavaca, y el señor de Culuacán, que entrambos entre deudos muy cercanos de Montezuma. Después de bien visto todo aquello, fuimos a la huerta y jardín, que fue cosa muy admirable verlo y pasearlo, que no me hartaba de mirar la diversidad de árboles y los olores que cada uno tenía, y andenes llenos de rosas y flores, y muchos frutales y rosales de la tierra, y un estanque de agua dulce. Otra cosa de ver: que podían entrar en el vergel grandes canoas desde la laguna por una abertura que tenían hecha, sin saltar en tierra.  
CAPÍTULO LXXXVIII. DEL GRANDE Y SOLEMNE RECIBIMIENTO QUE NOS HIZO EL GRAN MONTEZUMA  
Luego otro día de mañana partimos de Estapalapa, muy acompañados de aquellos grandes caciques que atrás he dicho. Íbamos por nuestra calzada adelante, la cual es ancha de ocho pasos, y va tan derecha a la ciudad de Méjico, que me parece que no se torcía poco ni mucho, y aunque es bien ancha, toda iba llena de aquellas gentes que no cabían, unos que entraban en Méjico y otros que salían, y los indios que nos venían a ver, que no nos podíamos rodear de tantos como vinieron.  
Desde que vimos cosas tan admirables, no sabíamos qué decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que por una parte en tierra había grandes ciudades, y en la laguna otras muchas, y veíamoslo todo lleno de canoas, y en la calzada muchos puentes de trecho a trecho, y por delante estaba la gran ciudad de Méjico; y nosotros aun no llegábamos a cuatrocientos soldados, y teníamos muy bien en la memoria las pláticas y avisos que nos dijeron los de Huexocingo, Tlascala y Tamanalco, y con otros muchos avisos que nos habían dado para que nos guardásemos de entrar en Méjico, que nos habían de matar desde que dentro nos tuviesen. Miren los curiosos lectores si esto que escribo si había bien que ponderar en ello. ¿Qué hombres ha habido en el universo que tal atrevimiento tuviesen?  
Pasemos adelante y vamos por nuestra calzada. Ya que llegamos donde se aparta otra calzadilla que iba a Cuyuacán, que es otra ciudad, donde estaban unas como torres que eran adoratorios, vinieron muchos principales y caciques con muy ricas mantas sobre sí, con galanía de libreas diferenciadas las de los unos caciques de los otros, y las calzadas llenas de ello. Aquellos grandes caciques enviaba el gran Montezuma adelante a recibirnos, y así como llegaban antes Cortés decían en su lengua que fuésemos bienvenidos. Desde allí se adelantaron Cacamatzin, señor de Tezcuco, y el señor de Estapalapa, y el señor de Tacuba, y el señor de Cuyuacán a encontrarse con el gran Montezuma, que venía cerca, en ricas andas, acompañado de otros grandes señores y caciques que tenían vasallos.  
Ya que llegábamos cerca de Méjico, adonde estaban otras torrecillas, se apeó el gran Montezuma de las andas, y traíanles del brazo aquellos grandes caciques, debajo de un palio muy riquísimo a maravilla, y la color de plumas verdes con grandes labores de oro, con mucha argentería y perlas y piedras chalchihuís, que colgaban de unas como bordaduras, que hubo mucho que mirar en aquello. El gran Montezuma venía muy ricamente ataviado, según su usanza, y traía calzados unas como cotaras, que así se dice lo que se calzan, las suelas de oro, y muy preciada pedrería por encima de ellas. Venían, sin aquellos cuatro señores, otros cuatro grandes caciques que traían el palio sobre sus cabezas, y otros muchos señores que venían delante del gran Montezuma barriendo el suelo por donde había de pisar, y le ponían mantas porque no pisase la tierra. Todos estos señores ni por pensamiento le miraban en la cara, sino los ojos bajos y con mucho acato, excepto aquellos cuatro deudos y sobrinos suyos que lo llevaban del brazo.  
Como Cortés vio y entendió y le dijeron que venía el gran Montezuma, se apeó del caballo, y desde que llegó cerca de Montezuma, a una se hicieron grandes acatos. Montezuma le dio el bien venido, y nuestro Cortés le respondió con doña Marina que él fuese muy bien estado. Paréceme que Cortés, con la lengua doña Marina, que iba junto a él, le daba la mano derecha, y Montezuma no la quiso y se la dio él a Cortés. Entonces sacó Cortés un collar que traía muy a mano de unas piedras de vidrio, que ya he dicho que se dicen margaritas, que tienen dentro de sí muchas labores y diversidad de colores, y venía ensartado en unos cordones de oro con almizcle porque diesen buen olor, y se lo echó al cuello al gran Montezuma, y cuando se lo puso le iba a abrazar, y aquellos grandes señores que iban con Montezuma detuvieron el brazo a Cortés que no le abrazase, porque lo tenían por menosprecio. Luego Cortés, con la lengua doña Marina, le dijo que holgaba ahora su corazón en haber visto un tan gran príncipe, y que le tenía en gran merced la venida de su persona a recibirle y las mercedes que le hace a la continua. Entonces Montezuma le dijo otras palabras de buen comedimiento, y mandó a dos de sus sobrinos de los que le traían del brazo, que eran el señor de Tezcuco y el señor de Cuyuacán, que se fuesen con nosotros hasta aposentarnos. Montezuma con los otros dos sus parientes, Cuedlavaca y el señor de Tacuba, que le acompañaban, se volvió a la ciudad, y también se volvieron con él todas aquellas grandes compañías de caciques y principales que le habían venido a acompañar.  
Quiero ahora decir la multitud de hombres, mujeres y muchachos que estaban en las calles y azoteas y en canoas en aquellas acequias, que nos salían a mirar. Era cosa de notar, que ahora que lo estoy escribiendo se me representa todo delante de mis ojos como si ayer fuera cuando esto pasó. Dejemos palabras, pues las obras son buen testigo de lo que digo, y volvamos a nuestra entrada en Méjico, que nos llevaron a aposentar a unas grandes casas donde había aposentos para todos nosotros, que habían sido de su padre del gran Montezuma, que se decía Axayaca, adonde en aquella sazón tenía Montezuma sus grandes adoratorios de ídolos y una recámara muy secreta de piezas y joyas de oro, que era como tesoro de lo que había heredado de su padre Axayaca, que no tocaba en ello. Nos llevaron a aposentar a aquella casa porque, como nos llamaban teúles y por tales nos tenían, estuviésemos entre sus ídolos. Sea de una manera o sea de otra, allí nos llevaron, donde tenían hechos grandes estrados y salas muy entoldadas de paramentos de la tierra para nuestro capitán, y para cada uno de nosotros otras camas de esteras y unos toldillos encima.  
Como llegamos y entramos en un gran patio, luego tomó por la mano el gran Montezuma a nuestro capitán, que allí le estuvo esperando, y le metió en el aposento y sala a donde había de posar, que le tenía muy ricamente aderezada para según su usanza. Tenía aparejado un muy rico collar de oro de hechura de camarones, obra muy maravillosa, y el mismo Montezuma se lo echó al cuello a nuestro capitán Cortés, que tuvieron bien que mirar sus capitanes del gran favor que le dio. Cuando se lo hubo puesto, Cortés le dio las gracias con nuestras lenguas, y dijo Montezuma: “Malinche, en vuestra casa estáis vos y vuestros hermanos. Descansad”. Luego se fue a sus palacios, que no estaban lejos. Nosotros repartimos nuestros aposentos por capitanías, y nuestra artillería asestada en parte conveniente, y muy bien platicado la orden que en todo habíamos de tener, y estar muy apercibidos, así los de caballo como todos nuestros soldados. Fue ésta nuestra venturosa y atrevida entrada en la gran ciudad de Tenustitlán Méjico, a ocho días del mes de noviembre, año de Nuestro Salvador Jesucristo de 1519.  
CAPÍTULO LXXXIX. CÓMO EL GRAN MONTEZUMA VINO A NUESTROS APOSENTOS, CON MUCHOS CACIQUES QUE LO ACOMPAÑABAN, Y LA PLÁTICA QUE TUVO CON NUESTRO CAPITÁN  
Como el gran Montezuma hubo comido y supo que nuestro capitán y todos nosotros hacía buen rato que habíamos hecho lo mismo, vino a nuestro aposento con gran copia de principales, todos deudos suyos, y con gran pompa. Como a Cortés le dijeron que venía, le salió a mitad de la sala a recibir, y Montezuma le tomó por la mano. Trajeron unos como asentadores hechos a su usanza, muy ricos y labrados de muchas maneras con oro. Y Montezuma dijo a nuestro capitán que se sentase, y se asentaron entrambos cada uno en el suyo. Luego comenzó Montezuma un muy buen parlamento, y dijo que en gran manera se holgaba de tener en su casa y reino unos caballeros tan esforzados como era el capitán Cortés y todos nosotros. Que hacía dos años que tuvo noticia de otro capitán que vino a lo de Champotón; y también el año pasado le trajeron nuevas de otro capitán que vino con cuatro navíos, que siempre los deseó ver, y que ahora que nos tiene ya consigo para servirnos y darnos de todo lo que tuviese, y que verdaderamente debe de ser cierto que somos los que sus antecesores, muchos tiempos pasados, habían dicho que vendrían hombres de donde sale el sol a señorear estas tierras. Cortés le respondió con nuestras lenguas que consigo siempre estaban, en especial la doña Marina, y le dijo que no sabe con qué pagar él ni todos nosotros las grandes mercedes recibidas de cada día, y que ciertamente veníamos de donde sale el sol, y somos vasallos y criados de un gran señor que se dice el emperador don Carlos, que tiene sujetos a sí muchos y grandes príncipes, y que teniendo noticias de él y de cuán gran señor es, nos envió a estas partes a verle y a rogar que sean cristianos, como es nuestro emperador y todos nosotros, que salvarán sus ánimas él y todos sus vasallos.  
Acabado este parlamento, tenía apercibido el gran Montezuma muy ricas joyas de oro y de muchas hechuras, que dio a nuestro capitán, y asimismo a cada uno de nuestros capitanes dio cositas de oro y tres cargas de antas de labores ricas de pluma; y entre todos los soldados también nos dio a cada uno a dos cargas de mantas, con alegría y en todo bien parecía gran señor. Cuando lo hubo repartido, preguntó a Cortés si éramos todos hermanos y vasallos de nuestro gran emperador; y dijo que sí, que éramos hermanos en el amor y amistad, personas muy principales, y criados de nuestro gran rey y señor. Había mandado Montezuma a sus mayordomos que, a nuestro modo y usanza, de todo estuviésemos proveídos, que es maíz, piedras e indias para hacer pan, gallinas y fruta, y mucha hierba para los caballos.  
CAPÍTULO XC. CÓMO LUEGO, OTRO DÍA, FUE NUESTRO CAPITÁN A VER AL GRAN MONTEZUMA, Y DE CIERTAS PLÁTICAS QUE TUVIERON  
Otro día acordó Cortés ir a los palacios de Montezuma, y primero envió a saber qué hacía y que supiese cómo íbamos. Llevó consigo cuatro capitanes, que fueron Pedro de Alvarado, Juan Velásquez de León, Diego de Ordaz y Gonzalo de Sandoval, y también fuimos cinco soldados. Como Montezuma lo supo, salió a recibirnos a mitad de la sala, muy acompañado de sus sobrinos, porque otros señores no entraban ni comunicaban adonde él estaba si no era a negocios importantes. Cortés les comenzó a hacer un razonamiento con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar y dijo que ahora que había venido a ver y hablar con un tan gran señor como era, estaba descansando y todos nosotros, pues ha cumplido el viaje y mandado que nuestro gran rey y señor la mandó.  
Lo que más le viene a decir de parte de nuestro señor Dios es que ya su merced habrá entendido de sus embajadores Tendile, Pitalpitoque y Quintalbor, cuando nos hizo las mercedes de enviarnos la luna y el sol de oro al arenal, cómo le dijimos que éramos cristianos y adoramos a un solo Dios verdadero, y que aquellos que ellos tienen por dioses, que no lo son, sino diablos, que son cosas muy malas, y cuales tienen las figuras, que peores tienen los hechos, y que mirasen cuán malos son y de poca valía, que adonde tenemos puestas cruces como las que vieron sus embajadores, con temor de ellas no osan parecer delante, y que el tiempo andando lo verán. Que ahora le pide por merced que esté atento a las palabras que le quiere decir.  
Y luego le dijo, muy bien dado a entender, de la creación del mundo, y cómo todos somos hermanos, hijos de un padre y de una madre, que se decían Adán y Eva, y como tal hermano, nuestro gran emperador, doliéndose de la perdición de las ánimas que son muchas las que aquellos sus ídolos llevan al infierno, donde arden en vivas llamas, nos envió para que esto que ha oído lo remedien, y no adores aquellos ídolos y les sacrifiquen más indios ni indias, pues todos somos hermanos, ni consienta sodomías ni robos. Como pareció que Montezuma quería responder, cesó Cortés la plática, y dijo a todos nosotros que con él fuimos: “Con esto cumplimos, por ser el primer toque”.  
Montezuma respondió: “Señor Malinche, muy bien tengo entendido vuestras pláticas y razonamientos antes de ahora, que a mis criados, antes de esto, les dijisteis en el arenal eso de tres dioses y de la cruz, y todas las cosas que en los pueblos por donde habéis venido habéis predicado. No os hemos respondido a cosa ninguna de ellas porque desde ab initio acá adoramos nuestros dioses y los tenemos por buenos. Así deben ser los vuestros y no curéis más al presente de hablarnos de ellos. En eso de la creación del mundo, así lo tenemos nosotros creído muchos tiempos ha pasados, y a esa causa tenemos por cierto que sois los que nuestros antecesores nos dijeron que vendrían de adonde sale el sol. A ese vuestro gran rey yo le soy en cargo y le daré de lo que tuviere, porque, como dicho tengo otra vez, bien hace dos años tengo noticias de capitanes que vinieron con navíos por donde vosotros vinisteis, y decían que eran criados de ese vuestro gran rey. Querría saber si sois todos uno”.  
Cortés le dijo que sí, que todos éramos hermanos y criados de nuestro emperador, y que aquéllos, vinieron a ver el camino y mares y puertos, para saberlo muy bien y venir nosotros, como venimos. Decíalo Montezuma por lo de Francisco Hernández de Córdoba y Grijalva, cuando vinimos a descubrir la primera vez; y dijo que desde entonces tuvo pensamiento de haber alguno de aquellos hombres que venían, para tener en sus reinos y ciudades para honrarlos, y que pues sus dioses les habían cumplido sus buenos deseos, y ya estábamos en su casa, las cuales se pueden llamar nuestras, que holgásemos y tuviésemos descanso, que allí seríamos servidos. Que si algunas veces nos enviaba a decir que no entrásemos en su ciudad, que no era de su voluntad, sino porque sus vasallos tenían temor, que les decían que echábamos rayos y relámpagos, y con los caballos matábamos muchos indios, y que éramos teúles bravos y otras cosas de niñería.  
CAPÍTULO XCI. DE LA MANERA Y PERSONA DEL GRAN MONTEZUMA Y DE CUÁN GRANDE SEÑOR ERA  
Era el gran Montezuma de edad hasta de cuarenta años, e buena estatura y bien proporcionado, cenceño y de pocas carnes, y el color no muy moreno, sino propio color y matiz de indio. Traía los cabellos no muy largos, sino cuanto le cubrían las orejas, y pocas barbas, prietas, bien puestas y ralas. El rostro algo largo y alegre, los ojos de buena manera, y mostraba en su persona, en el mirar, por un cabo amor, y cuando era menester, gravedad. Era muy pulido y limpio, bañábase cada día una vez a la tarde. Tenía muchas mujeres por amigas, hijas de señores, aunque tenía dos grandes cacicas por sus legítimas mujeres, que cuando usaba con ellas era tan secretamente, que no lo alcanzaban a saber sino algunos de los que le servían. Era muy limpio de sodomías.  
Las mantas y ropas que se ponía un día no se las ponía sino de tres o cuatro días. Tenía sobre doscientos principales de su guarda en otras salas junto a la suya, y esto no para que hablasen todos con él, sino cuál y cuál, y cuando le iban a hablar se habían de quitar las mantas ricas y ponerse otras de poca valía, más habían de ser limpias, y habían de entrar descalzos y los ojos bajos puestos en tierra, y no mirarle a la cara, y con tres reverencias que le hacían, le decían en ellas: “Señor, mi señor, mi gran señor”, primero que a él llegasen. Desde que le daban relación a lo que iban, sin pocas palabras les despachaba. No le volvía las espaldas al despedirse de él, sino la cara y ojos bajos en tierra, hacia donde estaba, y no vueltas las espaldas hasta que salían de la sala.  
Otra cosa que vi, que cuando otros grandes señores venían de lejanas tierras a pleitos o negocios, cuando llegaban a los aposentos del gran Montezuma, habían de venir descalzos y con pobres mantas, y no habían de entrar derecho en los palacios, sino rodear un poco por un lado de la puerta del palacio, que entrar de rota batida teníanlo por desacato. En el comer, le tenían sus cocineros sobre treinta manera de guisados, hechos a su manera y usanza, y teníanlo puestos en braseros de barro chicos debajo, porque no se enfriasen, y que aquello que el gran Montezuma había de comer guisaban más de trescientos platos, sin más de mil para la gente de su guarda. Oí decir que le solían guisar carnes de muchachos de poca edad, y como tenía tantas diversidades de guisados y de tantas cosas, no lo echábamos de ver si era carne humana o de otras cosas, porque cotidianamente le guisaban gallinas, gallos de papada, faisanes, perdices de la tierra, codornices, patos mansos y bravos, venado, puerco de la tierra, pajaritos de caña, palomas, liebres y conejos, y muchas maneras de aves y cosas que se crían en estas tierras, que son tantas que nos las acabaré de nombrar tan presto.  
Dejemos de hablar de esto y volvamos a la manera que tenía en su servicio al tiempo de comer. Es de esta manera: que, si hacía frío, teníanle hecha mucha lumbre de ascuas de una leña de cortezas de árboles, que no hacían humo, y el olor de las cortezas de que hacían aquellas ascuas muy oloroso, y porque no le diesen más calor de lo que él quería, ponían delante una como tabla labrada con oro y otras figuras de ídolos, y él sentado en un asentadero bajo, rico y blando, y la mesa también baja, hecha de la misma manera de los asentaderos. Allí le ponían sus manteles de mantas blancas y unos pañizuelos algo largos de lo mismo, y cuatro mujeres muy hermosas y limpias le daban aguamanos en unos como a manera de aguamaniles hondos, que llaman xicales; ponían debajo, para recoger el agua, otras a manera de platos, y le daban sus toallas, y otras dos mujeres les traían el pan de tortillas.  
Ya que comenzaba a comer, echábanle delante una como puerta de madera muy pintada de oro, porque no le viesen comer, y estaban apartadas las cuatro mujeres; y allí se le ponían a sus lados cuatro grandes señores viejos en pie, con quien Montezuma de cuando en cuando platicaba y preguntaba cosas; y que mucho favor daba a cada uno de estos viejos un plato de lo que a él más le sabía. Servíase con barro de Cholula, uno colorado y otro prieto. Mientras que comía ni por pensamiento habían de hacer alboroto ni hablar alto los de su guarda, que estaban en las salas, cerca de la de Montezuma. Traíanle fruta de todas cuantas había en la tierra, mas no comía sino muy poca. De cuando en cuando traían unas como a manera de copas de oro fino con cierta bebida hecha del mismo cacao. Decían que era para tener acceso con mujeres, y entonces no mirábamos en ello; mas lo que yo vi es que traían sobre cincuenta jarros grandes, hechos de buen cacao, con su espuma, y de aquello bebía, y las mujeres le servían al beber con gran acato.  
Algunas veces, al tiempo de comer, estaban unos indios corcovados, muy feos, porque eran chicos de cuerpo y quebrados por medio los cuerpos, que entre ellos eran chocarreros, y otros indios que debían ser truanes, que le decían gracias, y otros que le cantaban y bailaban, porque Montezuma era aficionado a placeres y cantares. A aquéllos mandaba dar los relieves y jarros del cacao. Las mismas cuatro mujeres alzaban los manteles y le tornaban a dar aguamanos, con mucho acato que le hacían; y hablaba Montezuma a aquellos cuatro principales en cosas que le convenían, y se despedían de él con gran reverencia que le tenían, y él se quedaba reposando. Cuando el gran Montezuma había comido, luego comían todos los de su guarda y otros muchos de sus serviciales de casa, y me parece que sacaban sobre mil platos de aquellos manjares que dicho tengo. También le ponía en la mesa tres cañutos muy pintados y dorados, y dentro tenían liquidámbar revuelto con unas yerbas que se dice tabaco.  
Cuando acababa de comer, después que le habían bailado y cantado y alzado la mesa, tomaba el humo de uno de aquellos cañutos, y muy poco, y con ello se dormía. Acuérdome que eran en aquel tiempo su mayordomo mayor un gran cacique, que le pusimos por nombre Tapia, y tenía cuanta de todas las rentas que le traían a Montezuma con sus libros, hechos de su papel, que se dicen amal, y tenía destos libros una gran casa de ellos. Dejemos de hablar de los libros y cuentas pues va fuera de nuestra relación, y digamos cómo tenía Montezuma dos casas llenas de todo género de armas, y muchas de ellas ricas, con oro y pedrería, donde había rodelas grandes y chicas, y unas como macanas, y otras a manera de espadas de a dos manos, engastadas en ellas unas navajas de pedernal, que cortan mucho mejor que nuestras espadas, y otras lanzas más largas que no la nuestras, con una braza de cuchilla, engastadas en ella muchas navajas, que aunque den con ellas en un broquel o rodela no saltan, y cortan, en fin, como navajas, que se rapan con ellas las cabezas.  
Dejemos esto y vamos a la casa de aves, y por fuerza me he de detener en contar cada género de qué calidad era, desde águilas reales y otras águilas más chicas y otras muchas maneras de aves de grandes cuerpos hasta pajaritos muy chicos, pintados de diversos colores, y también donde hacen aquellos ricos plumajes que labran de plumas verdes. Las aves de estas plumas tienen el cuerpo a manera de las picazas que hay en nuestra España; llámanse en esta tierra quetzales. Otros pájaros que tienen la pluma de cinco colores, que es verde, colorado, blanco, amarillo y azul; éstos no sé cómo se llaman. Pues papagayos de otros diferenciados colores tenían tantos que no se me acuerdan los nombres.  
Dejemos esto y vayamos a otra gran casa donde tenían muchos ídolos y decían que eran sus dioses bravos, y con ellos todo género de alimañas, de tigres y leones de dos maneras, unos que son de hechura de lobos, que en esta tierra se llaman adives, y zorros, y otras alimañas chicas, y todas estas carnicerías se mantenían con carne. Las más de ellas criaban en aquella casa, y les daban de comer venados, gallinas, perrillos y otras cosas que cazaban, y aun oí decir que cuerpos de indios de los que sacrificaban. Pues también tenían en aquella maldita casa muchas víboras y culebras emponzoñadas que traen en la cola uno que suena como cascabeles. Éstas son las peores víboras de todas, y tenían las en unas tinajas y en cántaros grandes, y en ellos mucha pluma, y allí ponían sus huevos y criaban sus viboreznos. Les daban a comer de los cuerpos de los indios que sacrificaban y otras carnes de perros de los que ellos solían criar; y aun tuvimos por cierto que cuando nos echaron de Méjico y nos mataron sobre ochocientos cincuenta de nuestros soldados, que de las muertes mantuvieron muchos días aquellas fieras alimañas y culebras, según diré en su tiempo y sazón; y estas culebras y alimañas tenían ofrecidas a aquellos sus ídolos bravos para que estuviesen en su compañía.  
Pasemos adelante y digamos de los grande oficiales que tenían de cada oficio que entre ellos se usaban. Comencemos por lapidarios y plateros de oro y plata y todo vaciadizo, que en nuestra España los grandes plateros tienen que mirar en ello, y de éstos tenía tantos y tan primos en un pueblo que se dice Escapuzalco, una legua de Méjico. Pues labrar piedras finas y chalchihuís, que son como esmeraldas, otros muchos grandes maestros.  
Vamos adelante a los grandes oficiales de labrar y asentar de pluma y pintores y entalladores muy sublimados, que por lo que ahora hemos visto la obra que hacen, tendremos consideración en lo que entonces labraban. Que tres indios hay ahora en la ciudad de Méjico tan primísimos en su oficio de entalladores y pintores, que se dicen Marcos de Aquino, Juan de la Cruz y el Crespillo, que si fueran en el tiempo de aquel antiguo y afamado Apeles, o de Miguel Ángel, o Berruguete, que son de nuestro tiempo, también les pusieran en el número de ellos.  
Pasemos adelante y vamos a las indias tejedores o labranderas, que le hacían tanta multitud de ropa fina con muy grandes labores de pluma. De donde más cotidianamente le traían era de unos pueblos y provincia que está en la costa del norte, que se decían Cotastán, muy cerca de San Juan de Ulúa. En su casa del mismo gran Montezuma todas las hijas de señores que él tenía por amigas siempre tejían cosas muy primas, y otras muchas hijas de vecinos mejicanos, que estaban como a manera de recogimiento, que querían parecer monjas, también tejían, y todo de pluma. Estas monjas tenían sus casas cerca del gran cu del Huichilobos, y por devoción suya o de otro ídolo de mujer, que decían que era su abogada para casamientos, las metían sus padres en aquella religión hasta que se casaban, y de allí las sacaban para casarlas.  
Pasemos adelante y digamos de la gran cantidad que tenía el gran Montezuma de bailadores y danzadores, y otros que traen un palo con los pies, y de otros que parecen como matachines, y éstos eran para darle placer. Digo que tenía un barrio de éstos, que no entendían en otra cosa. 
Pasemos adelante y digamos de los oficiales que tenía de canteros, albañiles y carpinteros, que todos entendían en las obras de sus casas; también digo que tenía tantas cuantas quería. No olvidemos las huertas de flores y árboles olorosos, y de los muchos géneros que de ellos tenía, y el concierto y paseaderos de ellas, y de sus albercas y estanques de agua dulce, cómo viene el agua por un cabo y va por otro, y de los baños que dentro tenían, y de la diversidad de pajaritos chicos que en los árboles criaban, y de qué hierbas medicinales y de provecho que en ellas tenía era cosa de ver; y para todo esto muchos hortelanos, y todo labrado de cantería y muy encalado, así baños como paseaderos, y otros retretes, y apartamentos como cenaderos, y también adonde bailaban y cantaban.  
CAPÍTULO XCII. CÓMO NUESTRO CAPITÁN SALIÓ A VER LA CIUDAD DE MÉXICO, Y EL TATELULCO, QUE ES LA PLAZA MAYOR, Y EL GRAN CU DE SU HUICHILOBOS, Y LO QUE MÁS PASÓ  
Como hacía ya cuatro días que estábamos en Méjico y no salía el capitán ni ninguno de nosotros de los aposentos, excepto a las casas y huertas, nos dijo Cortés que sería bien ir a la plaza mayor y ver el gran adoratorio de su Huichilobos, y que quería enviarlo a decir al gran Montezuma que lo tuviese por bien. Y Montezuma, como lo supo, envió a decir que fuésemos mucho en buena hora, y por otra parte temió no le fuésemos a hacer algún deshonor a sus ídolos, y acordó ir él en persona con muchos de sus principales. En sus ricas andas salió de sus palacios hasta la mitad del camino. Junto a unos adoratorios se apeó de las andas porque tenía por gran deshonor de sus ídolos ir hasta su casa y adoratorio de aquella manera, y llevábanle del brazo grandes principales. Iban delante de él señores de vasallos, y llevaban delante dos bastones como cetros, alzados en alto, que era señal que iba allí el gran Montezuma; y cuando iba en las andas llevaba una varita medio de oro y medio de palo, levantada, como vara de justicia. Así se fue y subió en su gran cu, acompañado de muchos papas, y comenzó a sahumar y hacer otras ceremonias al Huichilobos.  
Dejemos a Montezuma, que ya había ido adelante, y volvamos a Cortés y a nuestros capitanes y soldados, que como siempre teníamos por costumbre de noche y de día estar armados, y así nos veía estar Montezuma cuando le íbamos a ver, no lo tenía por cosa nueva. Digo esto porque a caballo nuestro capitán con todos los demás que tenían caballos, y la mayor parte de nuestros soldados muy apercibidos, fuimos al Tatelulco, e iban muchos caciques que Montezuma envió para que nos acompañasen. Cuando llegamos a la gran plaza, como no habíamos visto tal cosa, quedamos admirados de la multitud de gente y mercaderías que en él había y del gran concierto y regimiento que en todo tenían. Los principales que iban con nosotros nos lo iban mostrando. 
Cada género de mercaderías estaban por sí, y tenían situados y señalados sus asientos. Comencemos por los mercaderes de oro y plata y piedras ricas, plumas y mantas y cosas labradas, y otras mercaderías de indios esclavos y esclavas. Traían tantos de ellos a vender a aquella plaza como traen los portugueses los negros de Guinea, y traíanlos atados en unas varas largas con colleras a los pescuezos, porque no se les huyesen, y otros dejaban sueltos. Luego estaba otros mercaderes que vendían ropa más basta y algodón y cosas de hilo torcido, y cacahuateros que vendían cacao, y de esta manera estaban cuantos géneros de mercaderías hay en toda la Nueva España, puesto por su concierto, de la manera que hay en mi tierra, que es Medina del Campo, donde se hacen las ferias, que en cada calle están sus mercaderías por sí. Así estaban en esta gran plaza, y los que vendían mantas de henequén y sogas y cotaras, que son los zapatos que calzan y hacen del mismo árbol, y raíces muy dulces cocidas, y otras reposterías, que sacan del mismo árbol, todo estaba en una parte de la plaza; y cueros de tigres, de leones y de nutrias, y de adives y venados y de otras alimañas y tejones y gatos monteses, de ellos adobados y otros sin adobar, estaban en otra parte, y otros géneros de cosas y mercaderías.  
Pasemos adelante y digamos de los que vendían frijoles y chía y otras legumbres y hierbas a otra parte. Vamos a los que vendían gallinas, gallos de papada, conejos, liebres, venados y anadones, perrillos y otras cosas de este arte, a su parte de la plaza. Digamos de las fruteras, de las que vendían cosas cocidas, mazamorreras y malcacinado, también a su parte, pues todo género de loza, hecha de mil maneras, desde tinajas grandes y jarrillos chicos, que estaban por sí aparte; y también los que vendían miel y melcochas y otras golosinas que hacían como nuégados. Pues los que vendían madera, tablas, cunas, vigas, tajos y bancos, y todo por sí. Vamos a los que vendían leña ocote, y otras cosas de esta manera. ¿Qué quieren más que diga que, hablando con acato, también vendían muchas canoas llenas de yenda de hombres, que tenían en los esteros cerca de la plaza? Y esto era para hacer sal o para curtir cuerpos, que sin ella dicen que no se hacía buena. 
¿Para qué gasto yo tantas palabras de lo que vendían en aquella gran plaza? Porque es para no acabar tan presto de contar por menudo todas las cosas, sino que papel, que en esta tierra llaman amal, y unos cañutos de olores con liquidámbar, llenos de tabaco, y otros ungüentos amarillos y cosas de este arte, vendían mucha grana debajo de los portales que estaban en aquella plaza. Había muchos herbolarios y mercaderías de otra manera. Y tenían allí sus casas, adonde juzgaban tres jueces y otros como alguaciles ejecutores que miraban las mercaderías. Se me había olvidado la sal y los que hacían navajas de pedernal, y de cómo las sacaban de la misma piedra.  
Así dejamos la gran plaza sin más la ver y llegamos a los grandes patios y cercas donde estaba el gran cu. Tenía antes de llegar a él u gran circuito de patios, que me parece que era más que la plaza que hay en Salamanca, y con dos cercas alrededor de calicanto, y el mismo patio y sitio todo empedrado de piedras grandes de lozas blancas y muy lisas, y adonde no había de aquellas piedras estaba encalado y bruñido, y todo muy limpio, que no hallaron una paja ni polvo en todo él. Cuando llegamos cerca del gran cu, antes que subiésemos ninguna grada de él, envió el gran Montezuma desde arriba, donde estaba haciendo sacrificios, seis papas y dos principales para que acompañasen a nuestro capitán general. Como subimos a lo alto del gran cu, en una placeta que arriba se hacía, adonde tenían un espacio como andamios, y en ellos puestas unas grandes piedras, adonde ponían los tristes indios para sacrificar, allí había un gran bulto de como dragón, y otras malas figuras, y mucha sangre derramada de aquel día.  
Así como llegamos, salió Montezuma de un adoratorio, adonde estaban sus malditos ídolos, que era en lo alto del gran cu, y vinieron con él dos papas, y con mucho acato que hicieron a Cortés y a todos nosotros, le dijo: “Cansado estaréis, señor Malinche, de subir a este nuestro gran templo”. Cortés le dijo con nuestras lenguas, que iban con nosotros, que él ni nosotros no nos cansábamos en cosa ninguna. Luego Montezuma le tomó por la mano y le dijo que mirase su gran ciudad y todas las demás ciudades que había dentro en el agua, y otros muchos pueblos alrededor de la misma laguna en tierra, y que si no había visto muy bien su gran plaza, que desde allí la podría ver mucho mejor. Así lo estuvimos mirando, porque desde aquel grande y maldito templo estaba tan alto que todo lo señoreaba muy bien; y allí vimos las tres calzadas que entran en Méjico, que es la de Istapalapa, que fue por la que entramos cuatro días hacía, y la de Tacuba, que fue por donde después salimos huyendo la noche de nuestro gran desbarate, cuando Cuedlavaca, nuevo señor, nos echó de la ciudad, y la de Tepeaquilla.  
Y veíamos el agua dulce que venía de Chapultepec, de que se proveía la ciudad, y en aquellas tres calzadas, las puentes que tenían hechas de trecho en trecho, por donde entraba y salía el agua de la laguna de una parte a otra; y veíamos en aquella gran laguna tanta multitud de canoas, unas que venían con bastimentos y otras que volvían con carga y mercaderías; y veíamos que cada casa de aquella gran ciudad, y de todas las demás ciudades que estaban pobladas en el agua, de casa a casa no se pasaba sino por unas puentes levadizas que tenían hechas de madera, o de canoas; y veíamos en aquellas ciudades cúes y adoratorios a manera de torres y fortalezas, y todas blanqueando, que era cosa de admiración, y las casas de azoteas, y ellas calzadas otras torrecillas y adoratorios que eran como fortalezas. 
Después de bien mirado y considerado todo lo que habíamos visto, tornamos a ver la gran plaza y la multitud de gente que en ella había, unos comprando y otros vendiendo, que solamente el rumor y zumbido de las voces y palabras que allí sonaba más que de una legua. Entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, en Constantinopla y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien comparada y con tanto concierto y tamaña y llena de tanta gente no ha habían visto. Luego nuestro Cortés dijo a Montezuma, con doña Marina, la lengua: “Muy gran señor es vuestra merced, y de mucho más es merecedor. Hemos holgado de ver vuestras ciudades. Lo que os pido por merced es que, pues estamos aquí, en este vuestro templo, que nos mostréis vuestros dioses y teúles”. Montezuma dijo que primero hablaría con sus grandes papas.  
Y luego que con ellos hubo hablado dijo que entrásemos en una torrecilla y apartamiento a manera de sala, donde estaban dos como altares, con muy ricas tablazones encima del techo. En cada altar estaban dos bultos, como de gigante, de muy altos cuerpos y muy gordos, y el primero, que estaba a mano derecha, decían que era el de Huichilobos, su dios de la guerra. Tenía la cara y rostro muy ancho y los ojos disformes y espantables. En todo el cuerpo tanta de la pedrería, oro, perlas y aljófar pegado con engrudo, que hacen en esta tierra de unas como raíces, que todo el cuerpo y cabeza estaba lleno de ello, y ceñido al cuerpo unas a manera de grandes culebras hechas de oro y pedrería, y en una mano tenía un arco y en otra unas flechas. Otro ídolo pequeño que allí junto a él estaba. Que decían que era su paje, le tenía una lanza no larga y una rodela muy rica de oro y pedrería. Tenía puestos al cuello el Huichilobos unas caras de indio y otros como corazones de los mismos indios, y éstos de oro y algunos de plata, con muchas pedrerías azules.  
Estaban allí unos braseros con incienso, que es su copal, y con tres corazones de indios que aquel día habían sacrificado y se quemaban, y con el humo y copal le habían hecho aquel sacrificio. Y estaban todas las paredes de aquel adoratorio tan babadas y negras de costras de sangre, y asimismo el suelo, que todo hedía muy malamente. Luego vimos a otra parte, de la mano izquierda, estas el otro gran bulto, delator del Huichilobos, y tenía un rostro como de oso, y unos ojos que le relumbraban, hechos de sus espejos, que se dice tezcat, y el cuerpo con ricas piedras pegadas, según y de la manera del otro su Huichilobos, porque, según decían, entrambos eran hermanos. Este Tezcatepuca era el dios de los infiernos, y tenía cargo de las ánimas de los mejicanos, y tenía ceñido el cuerpo con unas figuras como diablillos chicos, y las colas de ellos como sierpes, y tenía en las paredes tantas costras de sangre y el suelo todo bañado de ello, que en los mataderos de Castilla no había tanto hedor. En lo más alto de todo el cu estaba otra concavidad muy ricamente labrada de madera de ella, y estaba otro bulto como de medio hombre y medio lagarto, todo lleno de piedras ricas y la mitad de él enmantado. Este decían que el cuerpo de él estaba lleno de todas las semillas que había en toda la tierra, y decían que era el dios de las sementeras y frutas; no se me acuerda el nombre.  
Dejemos esto y digamos de los grandes y suntuosos patios que estaban delante del Huichilobos, donde está ahora señor Santiago, que se dice el Tatelulco. Ya he dicho que tenían dos cercas de calicanto antes de entrar dentro, y que era empedrado de piedras blancas como losas, y muy encalado y bruñido y limpio, y sería de tanto compás y tan ancho como la plaza de Salamanca. Un poco apartado del gran cu estaba otra torrecilla, que también era casa de ídolos o puro infierno, porque tenía la boca de la una puerta una muy espantable boca de las que pintan que – 103 – dicen que están en los infiernos. Asimismo estaban unos bultos de diablos y cuerpos de sierpes junto a la puerta, y tenía un poco apartado un sacrificadero, y todo ello muy ensangrentado y negro de humo y costras de sangre, y tenían muchas ollas grandes y cántaros y tinajas dentro en la casa, llenas de agua, que era allí donde cocinaban la carnes de los tristes indios que sacrificaban y que comían los papas.  
Pasemos adelante del patio, y vamos a otro cu, donde había enterramientos de grandes señores mejicanos, que también tenía otros muchos ídolos, y todo lleno de sangre y humo, y tenía otras puertas y figuras de infierno. Luego junto de aquel cu estaba otro lleno de calaveras y zancarrones, puestos con gran concierto, que se podían ver, mas no se podrían contar. En cada casa o cu y adoratorio que he dicho estaban papas con sus vestiduras largas de mantas prietas y las capillas como de dominicos, que también tiraban un poco a las de los canónigos, y el cabello muy largo, que no se puede desparcir ni desenredar, y todos los más sacrificadas las orejas, y en los mismos cabellos mucha sangre.  
No quiero detenerme más en contar de ídolos, sino solamente diré que alrededor de aquel gran patio había muchas casas y no altas, que era donde posaban y residían los papas y otros indios que tenían cargo de los ídolos. También tenían otra muy mayor albarca o estanque de agua, y muy limpia, a una parte del gran cu. Era dedicada solamente para el servicio del Huichilobos y Tezcatepuca, y entraba el agua en aquella alberca por caños encubiertos que venían de Chapultepec. Allí cerca estaban otros grandes aposentos a manera de monasterio, donde estaban recogidas muchas hijas de vecinos mejicanos, como monjas, hasta que se casaban; y allí estaban dos bultos de ídolos de mujeres, que eran abogadas de los casamientos de las mujeres, y a aquéllas sacrificaban. Una cosa de reír es que tenían en cada provincia sus ídolos, y los de una provincia o ciudad no aprovechaban a los otros, y así tenían infinitos.  

 

  1. ANÁLISIS

Bernal Díaz del Castillo (Medina del Campo, Valladolid, 1482 – Antigua ciudad de Guatemala, Guatemala, 1584) es uno de los cronistas de Indias más importantes del Renacimiento español. Soldado de a pie, participó en muchas expediciones a Tierra Firme, fletadas desde Cuba por el ambicioso gobernador Diego Velázquez. Por supuesto, participó como soldado en la conquista de México, acción principal de su vida. Luego de vivir en varias ciudades, se estableció en Guatemala, donde murió siendo regidor de la ciudad. No estamos, por tanto, ante un mando militar que escribe la obligatoria relación de sus acciones descubridoras o conquistadoras. Él mismo transmite en el prólogo de su Historia verdadera de la conquista de Nueva España (manuscrito original finalizado en 1568) algunos datos biográficos muy pertinentes para conocer su personalidad y la naturaleza de su escritura. Y aclara muy bien el móvil de su escritura: fijar la verdad de los hechos, reivindicar el papel de los soldados rasos, sufridos y valientes, en la hazaña conquistadora; son, por tanto, merecedores de “mercedes” o premios económicos por parte de la Corona de Castilla. Más adelante volveremos sobre ello. 

1) La difusa etiqueta de “crónica de Indias”: entre la historia, la probanza y la etnografía 

El descubrimiento y colonización de América fue un hecho único en la historia: un país, España, se enfrentaba a una realidad geográfica y humana absolutamente desconocida y totalmente inabarcable en su magnitud física y humana, tanto en los aspectos naturales como morales, según la terminología de entonces. Escribir sobre ello, pues, era difícil, casi imposible al principio. Sin embargo, muchos sintieron la llamada de la pluma para dejar constancia de lo raro, lo peregrino y lo fascinante que estaban viendo y en las acciones que estaban protagonizando. 

Los responsables militares, religiosos y civiles tenían la obligación de escribir la evolución de sus viajes, progresos, encuentros con pueblos indígenas, etc. Son las clásicas relaciones, muchas constituidas en extraordinarios documentos literarios de gran belleza y profundidad. Las Cartas de Relación de Hernán Cortés son un ejemplo contundente. Otros partícipes, dotados de una amplia perspectiva intelectual e histórica, escriben para dejar constancia de una realidad nueva y asombrosa. Es el caso de Cieza de León, de Fernández de Oviedo, etc. Aquí entran los historiadores profesionales, como López de Gómara, autores de textos estilísticamente elaborados, bellos, coherentes, sólidos y, sin embargo, alejados de la cercanía de quien vivió lo que escribe. Las motivaciones religiosas movieron a muchos misioneros, como el admirable fray Bernardino de Sahagún o el no menos cautivador José de Acosta, a elaborar auténticos y monumentales tratados etnográficos de gran fuste. Muchos participantes en las acciones de la conquista escribieron textos bien circunscritos a sus circunstancias personales, para obtener un premio económico: son “probanzas de méritos”; en el Archivo de Indias y de Simancas existen cientos, sino miles, de ellas, muchas todavía no publicadas. 

Las crónicas de Indias, en consecuencia, son variadas en su forma, aunque comparten el fondo: presentar al lector occidental una nueva realidad difícil de asimilar en la que todo es nuevo, extraño y, de algún modo, cautivador y fascinante porque las nuevas tierras y las nuevas civilizaciones muestran una originalidad asombrosa. 

2) La escritura reivindicativa de Díaz del Castillo: persiguiendo “mercedes” reales 

Bernal Díaz escribe ya de mayor: desea reivindicar su papel y el de otros soldados anónimos como él; sin ellos, viene a decir, no habría habido conquista. Él mismo declara que tras leer la historia de la conquista de México del humanista Francisco López de Gómara (a sueldo de Cortés, asunto importante), de Gonzalo de Illescas (su Historia pontifical tuvo muchas reediciones en los siglos XVI y SVII) y de Paulo Jovio, traducido al castellano por Antonio Juan Villafranca. Bernal Díaz utiliza las obras de estos escritores como una pauta, pero los va corrigiendo y enmendando allí donde él cree que es pertinente para ponderar las intervenciones suyas o de sus compañeros de armas. Resalta su valentía, fidelidad, profesionalidad, etc. Casi inevitable es rebajar la importancia de Hernán Cortés en la conquista de México, quien ya se había encumbrado en sus Cartas de relación y Gómara había ensalzado hasta las nubes. 

3) ¿Texto historiográfico o texto novelesco? La paradoja de las crónicas de Indias 

Bernal Díaz trata de escribir una historia. Evidentemente, no posee la formación letrada necesaria para esa empresa, propia de humanistas, que dominaban el latín y los resortes historiográficos y creativos. A cambio, se ve obligado a insistir en que él fue “testigo de vista” de lo que narra: lo que pierde en elegancia, lo gana en veracidad. Él cree que es argumento suficiente para acreditar su texto como un volumen histórico. 

Existe otro problema: lo que cuenta es, en muchas ocasiones, tan inverosímil, nuevo y extraño que los lectores tienen muchos motivos para dudar de la veracidad de lo que se relata. Es entonces cuando insiste en que él lo vio, participó y lo puede avalar con su testimonio. Muchas veces, parecen hazañas de libros de caballerías o de novelas de aventuras. Él mismo establece esta analogía en el extracto seleccionado. El conjunto del relato “suena” a novela, en su época y en la nuestra, de ahí sus frecuentes protestas de veracidad del contenido textual. 

4) Escritura “a las buenas llanas”: de debilidad compositiva a fortaleza estructural 

Bernal Díaz sabía que su estilo era inferior a elegancia y pulcritud al de Gómara y los demás. Debió de ser un torticero importante para nuestro cronista, pues él sabía que muchos lectores pensaban que un estilo humilde desvalorizaba el contenido, lo hacía sospechoso. De ahí que, en el propio prólogo admita que su educación no se eleva hasta la de los famosos humanistas historiadores. En consecuencia, afirma que escribe “a las buenas llanas”, es decir, con sencillez y llaneza, “sin aparato ni artificio”, como se afirma en el DEL. Hoy, su texto mantiene una ligereza y ritmo de lectura muy notable, agradable, continua, gracias a la fluidez narrativa y a la carencia de farragosidad, mal que aqueja a muchos textos del Renacimiento.  

Este estilo familiar no quiere decir pobre: Bernal posee un buen caudal léxico y acota mucho el significado de lo que desea expresar. Es decir, habla con propiedad, y ello a pesar de que muchas realidades indígenas se lo ponen difícil, pero lo solventa acudiendo a los mexicanismos directamente y a las expresiones “al modo de”, “parecido a”, etc. La sintaxis no presenta una elaboración alta, pero sí suficiente para que la lectura sea amena y serena: las oraciones se enlazan con coherencia y cohesión. En concreto, los nexos textuales son muy felices: “Dejemos…, sigamos…, tornemos a…, vayamos a…”. Imprimen una familiaridad muy grata al lector. 

El texto no está exento de delicadeza y comedimiento cuanto toca realidades comprometidas: asuntos sexuales, escatológicos, antropofágicos, etc. Por el contrario, cuando se trata de aspectos religiosos, le sale un cierto aire intransigente: al fin y al cabo, extirpar la idolatría y propagar el cristianismo era una de las justificaciones principales de la conquista del Nuevo Mundo. 

5) El narrador de omnisciencia parcial, testigo y protagonista, elemento textual clave 

Bernal Díaz se asoma a las páginas de su texto con mucha frecuencia. Fuera del prólogo, lo hace en primera persona del plural, para ensalzar la participación de los soldados de a pie, como él mismo. Ahí se deja ver con mucha frecuencia y nos transmite sus dificultades compositivas debido a la grandeza de las acciones narradas, a la falta de léxico para nombrar las nuevas realidades y al desbordamiento producido por la contemplación, por primera vez para los ojos occidentales, de una realidad natural y humana a todas luces inaudita, fascinante, pasmosa. 

El hecho de que, sobre todo cuando observa, cuenta en primera persona del singular: “vi, observé, sentí…” proporciona una cercanía lectora increíble. Cuando el lector actual lee su crónica, parece que acompaña a Bernal en sus evoluciones conquistadores, como si mirara por sus ojos y oyera por sus oídos. En fin, se produce una rara identificación entre la lectura y la escritura de un narrador próximo, con quien se comparte algo más que el idioma. 

6) La autenticidad de un texto fresco y diáfano 

La “Historia…” de Bernal Díaz no tiene ni trampa ni cartón: escribe con pretensión de establecer su verdad (para él, “la” verdad), en contra de la humanista, mejor escrita pero menos veraz. Así lo declara en varias ocasiones a lo largo del texto. Se presenta como testigo de vista, aunque ha de apoyarse muchas veces en el relato de los historiadores humanistas para imprimir orden y coherencia a su texto. Sin embargo, nunca pierde su contemplación: habla desde su yo de soldado, de escritor ocasional y de encomendero no satisfecho del todo con su suerte posterior. El lector percibe estas pulsiones desde el primer momento. Puede compartirlas o no, pero son veraces, claras y honestas. Automáticamente convierte el acto de lectura en una ponderación subliminal sobre las pretensiones de este viejo conquistador, algo gruñón, orgulloso y descontentadizo con las mercedes recibidas y, sobre todo, con la excesiva fama que se le concede a Cortés, en detrimento de sus soldados. 

7) Hoy, ¿qué leemos en Bernal, un texto historiográfico o un texto novelesco? 

Esta es la pregunta clave no fácil de contestar. Al lector actual le pasa lo que al escritor del siglo XVI. Todo lo que cuenta es tan raro e inverosímil que parece novela, pero no lo es en verdad. El narrador escribe como en un papel de cristal, dejando ver el tejido compositivo, y manipula la materia narrativa, según su leal entender, lo que lo acerca a la novela. En fin, podemos concluir que no importa el grado de veracidad histórica, sino el de coherencia textual. Así como hoy afirmamos que leemos una novela histórica, con la “Historia…” de Bernal Díaz podemos decir que leemos una novela de presente; en otras palabras, un texto testimonial que quiere ser histórico.  

8) La rebelión del personaje colectivo 

No todo lo que Bernal cuenta puede ser verdad porque, como testigo no lo pudo ver en su totalidad. Sin embargo, él estuvo allí como humilde personaje protagonizando hechos inauditos, que los historiadores humanistas atribuyen al héroe moderno. Leyendo a Bernal, asistimos a la rebelión del protagonista colectivo. Él, simple soldado raso, también sufrió, se maravilló, pasó miedo y participó de las alegrías con sus compañeros. Esta tensión entre el narrador omnisciente, en tercera persona, tomado de Gómara y otros autores, verosímil, y el narrador testigo en primera persona es, quizá, una de las grandes maravillas de este hermoso texto mitad historiográfico, mitad novelesco. El soldado raso no quiere hundirse en el anonimato, se reivindica, grita y gesticula para decirnos que él también estuvo allí y puede avalar la veracidad de su relato. Estos quiebros del narrador moderno nos llenan de perplejidad y nos señalan la increíble modernidad de la “Historia…” de Bernal Díaz del Castillo. 

«Vida de Lazarillo de Tormes, de sus fortunas y adversidades»; análisis y propuesta didáctica

ANÓNIMO: LAZARILLO DE TORMES
  1. ANÁLISIS
Vida del Lazarillo de Tormes, de sus fortunas y adversidades (1554) es uno de los libros más emblemáticos, bellos y significativos de la literatura española y universal. Los enigmas en torno a su autoría –aunque parece que el humanista y escritor Alfonso de Valdés es el candidato más probable— y su ambigua interpretación, al estilo de La Celestina, acrecientan su valor y aumenta nuestro interés por comprender a fondo una novelita tan corta, pero tan maravillosamente sustanciosa.
El argumento es bien conocido: Lázaro, un niño nacido a orillas del río Tormes, en Tejares, al lado de Salamanca, huérfano de padre desde corta edad, es entregado por su madre a un ciego para que le sirva de guía. El ciego le enseña cómo sobrevivir en una sociedad áspera, pero a costa de golpes y descalabraduras de todo tipo. Cuando Lázaro se siente algo seguro, se venga de él en Escalona (Toledo) y lo abandona. El segundo amo es el clérigo de Maqueda, hombre avaro y cínico que lo mata de hambre. El clérigo lo echa a la calle al comprobar que le roba migajas de pan. El tercer amo es un hidalgo pobreto de Toledo –ciudad en la que transcurrirá el resto de la vida de Lázaro– al que Lázaro ha de mantener a base de practicar la mendicidad.
El cuarto amo es un fraile mercedario del que apenas se cuenta nada, excepto insinuaciones de una vida licenciosa. El quinto amo resulta ser un buldero –vendedor de bulas, certificados religiosos que rebajaban los años de estancia en el purgatorio en proporción directa al importe pagado por el papel–. El sexto amo, con quien ya no vive Lázaro, es un hombre que lo contrata de aguador en la ciudad imperial. También sirve a un capellán, a un maestro de hacer panderos y a un alguacil. La séptima persona con quien mantiene una confusa relación es el arcipreste de la iglesia de San Salvador, en Toledo; Lázaro se casa con su sirvienta y trabaja de pregonero de Toledo –oficio bastante infamante porque publicitaban y acompañaban a los reos de la pena capital hasta el cadalso–.
El formato narrativo es de una inmensa novedad y originalidad. La novelita es una autobiografía ficticia en forma de carta, dirigida a un misterioso y nunca identificado V. M. (Vuestra Merced), aunque su condición social del grupo superior es patente por el tratamiento empleado. Lázaro de Tormes, ya adulto, con alrededor de treinta y tres años de edad, escribe a V. M. para relatarle «el caso» muy por extenso. ¿Cuál es el caso? El narrador juega al despiste: tal vez se refiera a su irregular vida marital, pues su esposa atiende en su hogar al arcipreste de San Salvador y algunas noches regresa a altas horas. Acaso Lázaro se refiera a su ascenso social, que él juzga como ejemplar y rápido, pues, como afirma en el prólogo, «con fuerza y maña remando» ha sabido llegar a buen puerto. Sin embargo, ¿hubo tal mejoría en su condición social?  Lázaro afirma que es indudable; el lector queda con una sombra de duda.
Al ser una autobiografía, es lógico que el relato esté escrito en primera persona, pues este es unas memorias de una vida ya pasada. Conviene recalcar que estamos en un mundo de ficción: Lázaro de Tormes no existió más que en la ficción. Lo que ocurre es que la narración posee un verismo esencial muy alto. Los topónimos son todos reales y bien conocidos por muchos lectores. Las anécdotas emanan realismo popular y cotidiano. El ambiente social era compartido por muchos lectores, lo que fortalece la sensación de realismo. Sin embargo, todo es ficción y sólo ficción.
Un rasgo muy importante es que estamos ante la primera obra en romance castellano donde un pobre hombre, un niño desvalido, es el protagonista. Se habla, en este sentido, de Lázaro como un «antihéroe», y con toda la razón. Nace en una familia deshonrada (su madre había sido paseada con capirote; su padre, condenado a galeras por ladrón), pasa mucha hambre y, de hecho, saciarla es uno de los principales móviles de su vida, roba y realiza otras picardías para sobrevivir, no pasa de ser un criado o sirviente de amos con una más que dudosa moralidad. En la carrera de la vida aprende maldades, cinismo y mañas para salir adelante entre el egoísmo y la farsa social. Ya no hay un protagonista de alta cuna, caballeroso, desprendido, valiente y fiel enamorado, sino todo lo contrario. En el prólogo Lázaro reivindica su derecho a contar su vida, pues teniendo todo en contra, supo alcanzar una posición socio-económica desahogada. En este sentido, hay que darle la razón y, como lectores, agradecer su valentía.
La novela posee una carga anticlerical muy elevada. Todos los miembros del estamento religioso que aparecen en el relato –el clérigo de Maqueda, el fraile de la Merced, el buldero y al arcipreste de San Salvador— son avaros, corruptos, cínicos y egoístas. Predican lo contrario de lo que hacen; tratan a Lázaro niño con una crueldad y frialdad muy duras; roban a la pobre gente todo lo que pueden. Se ha insistido en que el autor del texto hubo de ser un judío converso descontento con su posición social en una sociedad muy hipócrita; bien puede ser. Por otro lado, también se ha hecho hincapié en la influencia de las ideas erasmistas (reforma purificadora de la Iglesia y sus miembros; atención a los textos bíblicos y su espíritu, no su letra; rebaja de lo ritual exterior frente a la vivencia religiosa interior; etc.), por esa época muy visible entre miembros del humanismo español; también parece que influyen directamente.
El ataque al concepto de la honra también es muy fuerte. Se concentra en el tratado III, cuando sirve al hidalgo pobreto. Es un hombre de mediana edad que no ejerce ningún oficio porque su condición social se lo impide; pasa hambre, pero disimula y aparenta ostentar una posición económica muy lejos de sus posibilidades. Sólo le preocupa que los demás piensen que en un hombre honrado y que merece un tratamiento social propio de nobles. Cuando Lázaro conoce todo esto y mendiga para alimentar a su amo, comprende que la «negra honra» carcome a muchas personas y a toda la sociedad, podrida en su propio ser. Este mismo hidalgo no maltrata a Lázaro, pero un buen día abandona la casa y a su escudero, por no pagar el alquiler. El autor denuncia la farsa social, la hipocresía corrosiva y la obsesión por la pureza de sangre y la ostentación de un rango social que impide, por su código de conducta, trabajar con sus manos.
El autor hace que Lázaro escriba en stylus humilis, es decir, el propio de la coloquialidad, de la naturalidad del pueblo que no ha recibido suficiente instrucción para redactar su autobiografía en estilo sublime. Es lo lógico y lo coherente, de modo que así se refuerza la verosimilitud estructural de la novela. Eso no significa que el texto resulte pobre o árido; todo lo contrario. Los recursos estilísticos más variados están empleados con extraordinaria habilidad con el objeto de lograr expresividad, profundidad significativa y satisfacción lectora. El hecho de que muchas de las aventuras narradas ya existieran en forma de cuentos, facecias o anécdotas populares para nada afectan a su profunda originalidad compositiva. Todas ellas adquieren un nuevo sentido en un marco unitario superior. Es otro de los grandes aciertos de esta novela. En conjunto, al narrar una biografía desde la niñez hasta llegar a la madurez, nos permite hablar de una novela de formación, lo que luego se llamaría Bildungsroman. En efecto, al autor anónimo se adelantó a su tiempo con genial acierto.
Una novela tan sabiamente profunda y crítica no podía transitar libremente en una época en que la Inquisición vigilaba muy de cerca los contenidos tocantes a la estricta ortodoxia cristiana. Lo raro es que pudiera circular algunos lustros en su versión completa y original. Pero antes de acabar el siglo XVI la Inquisición mutiló el texto, eliminando las partes más críticas. Se hubo de esperar a la segunda mitad del S. XIX para poder leerlo en España en su edición íntegra y original. La novelita encierra tal virtuosismo narrativo que es la pieza fundacional de todo un subgénero narrativo en español: la novela picaresca, de larga vida y profunda influencia en la literatura española hasta nuestros días.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Estas actividades se pueden desarrollar y realizar de modo oral o escrito, en el aula o en casa, de modo individual o en grupo. Algunas de ellas, sobre todo las creativas, requieren material o herramientas complementarias, como las TIC).
2.1. Comprensión lectora
1) Enumera los amos que tiene Lazarillo.
2) ¿Con qué le pegó el ciego? ¿Cómo se vengó Lazarillo?
3) ¿Qué aprendió con el buldero acerca del ser humano?
4) Después de la hora de comer, al salir a la calle, ¿qué hacía el hidalgo pobre?
5) ¿En  qué consistía el oficio de aguador y en qué ciudad lo ejercía?
6) ¿Cómo se dio cuenta el ciego de que Lazarillo lo había engañado comiendo las uvas?
7) ¿En qué ciudad nació y quiénes eran sus padres?
8) De todos sus amos, ¿a quién dice Lazarillo que estimaba más?
9) Lázaro, ¿cuándo dejó de pasar hambre?
10) ¿Qué es el “caso” del Lazarillo?
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
1) Eres un niño pobre y huérfano, en el siglo XVI, en tu país. Imagina modos de ganarte la vida.
2) ¿Dónde apreciamos el anticlericalismo del autor? ¿Por qué actuaría así?
3) La honra es un concepto duramente criticado por el autor: señala dónde y con qué intención.
4) Analiza el papel del ciego. ¿Fue bueno o mano con Lázaro? Aporta razones.
5) ¿Cómo apreciamos en la novela que Lázaro es un «antihéroe»?
6) ¿Por qué la madre se desprende de Lázaro siendo muy niño? Teniendo en cuenta la época, ¿te parece razonable? Aporta razones.
2.3. Comentario de texto específico
En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole como era hijo de un buen hombre, el cual por ensalzar la fe había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. Él le respondió que así lo haría, y que me recibía no por mozo sino por hijo. Y así le comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo.
Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y ambos llorando, me dio su bendición y dijo: «Hijo, ya sé que no te veré más. Procura ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto. Válete por ti». Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba.
Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada della un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y allí puesto, me dijo: «Lázaro, llega el oído a este toro, y oirás gran ruido dentro dél». Yo simplemente llegué, creyendo ser ansí; y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome: «Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo», y rió mucho la burla. Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que como niño dormido estaba. Dije entre mí: «Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer».
Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos días me mostró jerigonza, y como me viese de buen ingenio, holgábase mucho, y decía: «Yo oro ni plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir muchos te mostraré». Y fue ansí, que después de Dios éste me dio la vida, y siendo ciego me alumbró y adestró en la carrera de vivir. Huelgo de contar a V. M. estas niñerías para mostrar cuánta virtud sea saber los hombres subir siendo bajos, y dejarse bajar siendo altos cuánto vicio.
a) Comprensión lectora
1) Resume el texto (100 palabras) e indica su tema.
2) Explica qué personajes intervienen y cómo son psicológica y físicamente.
3) Indica el lugar y el tiempo en que transcurre la acción.
4) Indica qué procedimientos narrativos aparecen (narración, descripción y diálogo) y qué partes abarcan cada uno de ellos.
5) ¿Existen muchos recursos estilísticos en este texto? Destaca los más notables y qué efecto estético crean.
b) Interpretación
1) ¿Por qué al sirviente de un ciego se le llama «lazarillo»?
2) ¿Qué métodos de aprendizaje utiliza el ciego? ¿Prácticos y duraderos? ¿A costa de qué?
3) Razona si la actitud de la madre es comprensible, explicable y/o justificable, teniendo en cuenta el momento histórico.
4) ¿Qué actitud muestra el niño hacia el ciego? ¿Lo odia?
2.4. Fomento de la creatividad
1) Eres el Primer Ministro de España en el siglo XVI: ¿Qué leyes harías para mejorar las condiciones de vida de los niños como Lazarillo?
2) Compara la infancia de Lazarillo con la tuya: señala las diferencias y similitudes que aprecies.
3) Pinta o dibuja un pasaje del Lazarillo. Con el conjunto de la clase, se puede realizar una exposición en un lugar del centro escolar (aula, pasillos, salón de actos, etc.).
4) ¿Existen lugares en el mundo donde los niños vivan en una situación similar a la de Lazarillo? Documéntate sobre qué es y qué hace Unicef.

Miguel de Cervantes: «Don Quijote de La Mancha», cap. LIII de la 2ª parte (‘Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza’); análisis y propuesta didáctica

 CAPÍTULO LIII (2ª PARTE): DEL FATIGADO FIN Y REMATE QUE TUVO EL GOBIERNO 
DE SANCHO PANZA
«Pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado es pensar en lo escusado, antes parece que ella anda todo en redondo, digo, a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua; sola la vida humana corre a su fin ligera más que el viento, sin esperar renovarse si no es en la otra, que no tiene términos que la limiten.» Esto dice Cide Hamete, filósofo mahomético, porque esto de entender la ligereza e instabilidad de la vida presente, y de la duración de la eterna que se espera, muchos sin lumbre de fe, sino con la luz natural, lo han entendido; pero aquí nuestro autor lo dice por la presteza con que se acabó, se consumió, se deshizo, se fue como en sombra y humo el gobierno de Sancho.
El cual, estando la séptima noche de los días de su gobierno en su cama, no harto de pan ni de vino, sino de juzgar y dar pareceres y de hacer estatutos y pragmáticas, cuando el sueño, a despecho y pesar de la hambre, le comenzaba a cerrar los párpados, oyó tan gran ruido de campanas y de voces, que no parecía sino que toda la ínsula se hundía. Sentóse en la cama y estuvo atento y escuchando por ver si daba en la cuenta de lo que podía ser la causa de tan grande alboroto, pero no solo no lo supo, pero añadiéndose al ruido de voces y campanas el de infinitas trompetas y atambores quedó más confuso y lleno de temor y espanto; y levantándose en pie se puso unas chinelas, por la humedad del suelo, y sin ponerse sobrerropa de levantar, ni cosa que se pareciese, salió a la puerta de su aposento a tiempo cuando vio venir por unos corredores más de veinte personas con hachas encendidas en las manos y con las espadas desenvainadas, gritando todos a grandes voces:
—¡Arma, arma, señor gobernador, arma, que han entrado infinitos enemigos en la ínsula, y somos perdidos si vuestra industria y valor no nos socorre!
Con este ruido, furia y alboroto llegaron donde Sancho estaba, atónito y embelesado de lo que oía y veía, y cuando llegaron a él, uno le dijo:
—¡Ármese luego vuestra señoría, si no quiere perderse y que toda esta ínsula se pierda!
—¿Qué me tengo de armar —respondió Sancho—, ni qué sé yo de armas ni de socorros? Estas cosas mejor será dejarlas para mi amo don Quijote, que en dos paletas las despachará y pondrá en cobro, que yo, pecador fui a Dios, no se me entiende nada destas priesas.
—¡Ah, señor gobernador! —dijo otro—. ¿Qué relente es ese? Ármese vuesa merced, que aquí le traemos armas ofensivas y defensivas, y salga a esa plaza y sea nuestra guía y nuestro capitán, pues de derecho le toca el serlo, siendo nuestro gobernador.
—Ármenme norabuena —replicó Sancho.
Y al momento le trujeron dos paveses, que venían proveídos dellos, y le pusieron encima de la camisa, sin dejarle tomar otro vestido, un pavés delante y otro detrás, y por unas concavidades que traían hechas le sacaron los brazos, y le liaron muy bien con unos cordeles, de modo que quedó emparedado y entablado, derecho como un huso, sin poder doblar las rodillas ni menearse un solo paso. Pusiéronle en las manos una lanza, a la cual se arrimó para poder tenerse en pie. Cuando así le tuvieron, le dijeron que caminase y los guiase y animase a todos, que siendo él su norte, su lanterna y su lucero, tendrían buen fin sus negocios.
—¿Cómo tengo de caminar, desventurado yo —respondió Sancho—, que no puedo jugar las choquezuelas de las rodillas, porque me lo impiden estas tablas que tan cosidas tengo con mis carnes? Lo que han de hacer es llevarme en brazos y ponerme atravesado o en pie en algún postigo, que yo le guardaré o con esta lanza o con mi cuerpo.
—Ande, señor gobernador —dijo otro—, que más el miedo que las tablas le impiden el paso: acabe y menéese, que es tarde y los enemigos crecen y las voces se aumentan y el peligro carga.
Por cuyas persuasiones y vituperios probó el pobre gobernador a moverse, y fue dar consigo en el suelo tan gran golpe, que pensó que se había hecho pedazos. Quedó como galápago, encerrado y cubierto con sus conchas, o como medio tocino metido entre dos artesas, o bien así como barca que da al través en la arena; y no por verle caído aquella gente burladora le tuvieron compasión alguna, antes, apagando las antorchas, tornaron a reforzar las voces y a reiterar el «¡arma!» con tan gran priesa, pasando por encima del pobre Sancho, dándole infinitas cuchilladas sobre los paveses, que si él no se recogiera y encogiera metiendo la cabeza entre los paveses, lo pasara muy mal el pobre gobernador, el cual, en aquella estrecheza recogido, sudaba y trasudaba y de todo corazón se encomendaba a Dios que de aquel peligro le sacase.
Unos tropezaban en él, otros caían, y tal hubo que se puso encima un buen espacio y desde allí, como desde atalaya, gobernaba los ejércitos y a grandes voces decía:
—¡Aquí de los nuestros, que por esta parte cargan más los enemigos! ¡Aquel portillo se guarde, aquella puerta se cierre, aquellas escalas se tranquen! ¡Vengan alcancías, pez y resina en calderas de aceite ardiendo! ¡Trinchéense las calles con colchones!
En fin, él nombraba con todo ahínco todas las baratijas e instrumentos y pertrechos de guerra con que suele defenderse el asalto de una ciudad, y el molido Sancho, que lo escuchaba y sufría todo, decía entre sí: «¡Oh, si Nuestro Señor fuese servido que se acabase ya de perder esta ínsula y me viese yo o muerto o fuera desta grande angustia!». Oyó el cielo su petición, y cuando menos lo esperaba oyó voces que decían:
—¡Vitoria, vitoria, los enemigos van de vencida! ¡Ea, señor gobernador, levántese vuesa merced y venga a gozar del vencimiento y a repartir los despojos que se han tomado a los enemigos por el valor dese invencible brazo!
—Levántenme —dijo con voz doliente el dolorido Sancho.
Ayudáronle a levantar, y, puesto en pie, dijo:
—El enemigo que yo hubiere vencido quiero que me le claven en la frente. Yo no quiero repartir despojos de enemigos, sino pedir y suplicar a algún amigo, si es que le tengo, que me dé un trago de vino, que me seco, y me enjugue este sudor, que me hago agua.
Limpiáronle, trujéronle el vino, desliáronle los paveses, sentóse sobre su lecho y desmayóse del temor, del sobresalto y del trabajo. Ya les pesaba a los de la burla de habérsela hecho tan pesada, pero el haber vuelto en sí Sancho les templó la pena que les había dado su desmayo. Preguntó qué hora era, respondiéronle que ya amanecía. Calló, y sin decir otra cosa comenzó a vestirse, todo sepultado en silencio, y todos le miraban y esperaban en qué había de parar la priesa con que se vestía. Vistióse, en fin, y poco a poco, porque estaba molido y no podía ir mucho a mucho, se fue a la caballeriza, siguiéndole todos los que allí se hallaban, y llegándose al rucio le abrazó y le dio un beso de paz en la frente, y no sin lágrimas en los ojos le dijo:
—Venid vos acá, compañero mío y amigo mío y conllevador de mis trabajos y miserias: cuando yo me avenía con vos y no tenía otros pensamientos que los que me daban los cuidados de remendar vuestros aparejos y de sustentar vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis días y mis años; pero después que os dejé y me subí sobre las torres de la ambición y de la soberbia, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil desasosiegos.
Y en tanto que estas razones iba diciendo, iba asimesmo enalbardando el asno, sin que nadie nada le dijese. Enalbardado, pues, el rucio, con gran pena y pesar subió sobre él, y encaminando sus palabras y razones al mayordomo, al secretario, al maestresala y a Pedro Recio el doctor, y a otros muchos que allí presentes estaban, dijo:
—Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad: dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas, que de dar leyes ni de defender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir que bien se está cada uno usando el oficio para que fue nacido. Mejor me está a mí una hoz en la mano que un cetro de gobernador, más quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un médico impertinente que me mate de hambre, y más quiero recostarme a la sombra de una encina en el verano y arroparme con un zamarro de dos pelos en el invierno, en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entre sábanas de holanda y vestirme de martas cebollinas. Vuestras mercedes se queden con Dios y digan al duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; quiero decir que sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas. Y apártense, déjenme ir, que me voy a bizmar, que creo que tengo brumadas todas las costillas, merced a los enemigos que esta noche se han paseado sobre mí.
—No ha de ser así, señor gobernador —dijo el doctor Recio—; que yo le daré a vuesa merced una bebida contra caídas y molimientos que luego le vuelva en su prístina entereza y vigor; y en lo de la comida, yo prometo a vuesa merced de enmendarme, dejándole comer abundantemente de todo aquello que quisiere.
¡Tarde piache! —respondió Sancho—. Así dejaré de irme como volverme turco. No son estas burlas para dos veces. Por Dios que así me quede en este ni admita otro gobierno, aunque me le diesen entre dos platos, como volar al cielo sin alas. Yo soy del linaje de los Panzas, que todos son testarudos, y si una vez dicen nones, nones han de ser, aunque sean pares, a pesar de todo el mundo. Quédense en esta caballeriza las alas de la hormiga, que me levantaron en el aire para que me comiesen vencejos y otros pájaros, y volvámonos a andar por el suelo con pie llano, que si no le adornaren zapatos picados de cordobán, no le faltarán alpargatas toscas de cuerda. Cada oveja con su pareja, y nadie tienda más la pierna de cuanto fuere larga la sábana; y déjenme pasar, que se me hace tarde.
A lo que el mayordomo dijo:
—Señor gobernador, de muy buena gana dejáramos ir a vuesa merced, puesto que nos pesará mucho de perderle, que su ingenio y su cristiano proceder obligan a desearle; pero ya se sabe que todo gobernador está obligado, antes que se ausente de la parte donde ha gobernado, dar primero residencia: déla vuesa merced de los diez días que ha que tiene el gobierno, y váyase a la paz de Dios.
—Nadie me la puede pedir —respondió Sancho— si no es quien ordenare el duque mi señor: yo voy a verme con él, y a él se la daré de molde; cuanto más que saliendo yo desnudo, como salgo, no es menester otra señal para dar a entender que he gobernado como un ángel.
—Par Dios que tiene razón el gran Sancho —dijo el doctor Recio— y que soy de parecer que le dejemos ir, porque el duque ha de gustar infinito de verle.
Todos vinieron en ello, y le dejaron ir ofreciéndole primero compañía y todo aquello que quisiese para el regalo de su persona y para la comodidad de su viaje. Sancho dijo que no quería más de un poco de cebada para el rucio y medio queso y medio pan para él, que pues el camino era tan corto, no había menester mayor ni mejor repostería. Abrazáronle todos, y él, llorando, abrazó a todos, y los dejó admirados, así de sus razones como de su determinación tan resoluta y tan discreta.
Fuente: (http://cvc.cervantes.es/literatura/clasicos/quijote/Edicion/parte2/cap53/cap53_02.htm).
  1. ANÁLISIS
1. Resumen
Nuestro genial literato Miguel de Cervantes (Alcalá de Henares, 1547 – Madrid, 1616) es el creador de la novela moderna. Superó los moldes medievales y renacentistas y ofreció un modelo nuevo basado en la polifonía, libertad creativa,  multiperspectivismo significativo, personajes complejos y una arquitectura narrativa más bien compleja. No es este el lugar de desarrollar estos rasgos, pero sí apuntar su radical originalidad.
El capítulo que hemos seleccionado para disfrutar y analizar es uno de los más hermosos de la novela. La reflexión inicial cervantina, puesta en la pluma del «filósofo mahomético» Cide Hamete es de gran calado: la vida es breve, todo pasa en un suspiro y aquí no queda nadie. Es una manera de recoger dos tópicos de gran resonancia en seis líneas: tempus fugit vita brevis.
Sancho ha de dirigir la defensa de un ataque a la ínsula. Los habitantes socarrones del lugar se burlan a fondo, hasta quedar Sancho apaleado y desmayado. Luego decide abandonar la ínsula. Le piden residencia y el médico le promete comida, pero Sancho no cede en su determinación. Argumenta que entró desnudo y así se va, no como otros gobernadores de ínsulas. Prepara su rucio, con quien mantiene un breve e inteligente monólogo. Pide algo de comer para su asno y para él mismo, se despide de todos sentidamente y abandona el pueblo, que funcionó como ínsula durante diez días.
2. Tema
El asunto de este capítulo se puede enunciar del siguiente modo: tras su aparente ignorancia, Sancho ofrece una lección de sabiduría y benevolencia renunciando a las posibles ganancias de ostentar la gobernación de una imaginaria ínsula.
3. Apartados temáticos
El capítulo ofrece una estructura clásica y lineal. De ahí que encontremos:
-Introducción: ocupa los dos primeros párrafos; el primero es una reflexión sobre el paso del tiempo, del narrador y del propio Cide Hamete. Luego, en el segundo párrafo, se presenta la acción narrativa en sí: Sancho es despertado inopinadamente a media noche.
-Nudo o desarrollo: Sancho ha de lidiar ante una «invasión» de la ínsula. Lo pertrechan para la guerra, los habitantes del pueblo lo patean a gusto y gana y luego lo liberan de unos caparazones que lo tenían inmovilizado. Ahí decide que no sigue con su puesto de gobernador.
-Desenlace o resolución del clímax narrativo: ocupa los cinco párrafos finales. Sancho habla con su burro mientras lo apareja. Ahí reflexiona sobre la libertad que, como campesino, tenía y que perdió por su codicia y su soberbia. Decide volver a su antigua vida, a pesar de los impedimentos que le ponen los isleños.
4. Lugar y tiempo de la acción narrativa
La acción se desarrolla en un pueblo zaragozano transformado en una isla gracias al engaño de los duques. El narrador no se detiene en describirlo, así que podemos suponerlo como una población rural común de la España renacentista.
El tiempo de la narración, como el de toda la primera parte, coincide con los años alrededor de 1600, pues esta se publicó en 1605; sabemos que Cervantes trabajaba con el texto quijotesco desde años antes del fin de siglo. El tiempo de la acción narrada es contemporáneo al de la escritura. La duración de la acción coincide con una noche, desde la madrugada hasta el amanecer.
5. Figura del narrador
El narrador se deja ver en el primer párrafo. Es un narrador omnisciente en tercera persona, pero de vez en cuando se deja ver en el texto, como en esta ocasión. Aparece también el autor arábigo original de las aventuras de don Quijote, Cide Hamete. Es, pues, un autor ficticio tras el que se esconde el narrador, que a su vez es parapeto del propio Cervantes. El juego de ficción autorial es magnífico y sorprendente.
6. Personajes
-Sancho Panza: el fiel escudero de don Quijote por fin ha accedido a su sueño de gobernador. Pero resulta ser una pesadilla por las pesadas bromas de los criados de los duques. Sancho se revela como un hombre paciente, digno y sabio. Primero aguanta los pateos e injurias procedentes del supuesto ataque a la isla. Luego decide dejar su gobernación para volver a su vida sencilla. El Sancho codicioso, glotón y simplón del principio de la novela quedó atrás. Ahora nos encontramos con un escudero que alaba el «beatus ille» y renuncia a la soberbia y la ambición.
-Pedro Recio y el mayordomo: son los líderes de los criados de los duques, diestros en martirizar a Sancho con todo tipo de pejigueras. Asoma en ellos una punta de maldad que nos deja un entrever su turbio carácter.
7. Comentario estilístico
El estilo del capítulo es un fiel reflejo del proceder narrativo cervantino: lenguaje muy apropiado, feliz, expresivo y significativo. El uso de los procedimientos retóricos y narrativos es inteligente y sutil: Cide Hamete habla en primera persona, el narrador nos lo recuerda; este, a su vez, lo hace en tercera, pero manipulando sutilmente la materia narrativa haciendo que duda de la opinión del «filósofo mahomético», pero dándole la razón en todo. El contraste entre la conducta de los isleños frente a Sancho es otro ejemplo de la sutil disposición de la materia narrativa; está recordando al lector que, frente a la tontería burlesca, se puede mantener la dignidad y buen hacer de un campesino como es Sancho.
El empleo de los recursos estilísticos es muy feliz:
Derivación: «anda todo en redondo, digo, a la redonda».
-Repetición: «… y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme…».
-Concatenación «a primavera sigue el verano, al verano el estío…».
-Paralelismo: «para el regalo de su persona y para la comodidad de su viaje.
-Metáforas: «quédense en estas caballerizas las alas de la hormiga, que me levantaron…».
-Hipérboles: «como volar al cielo sin alas…».
-Bimenbraciones: «emparadedado y emtablado».
-Polisíndetos: «levántese y menéese, que es tarde y los enemigos crece y las voces aumentan y el enemigo carga».
Y un largo etcétera de procedimientos y figuras literarias que nos muestran a un Cervantes en posesión y dominio de los resortes retóricos, al servicio de la creación de un maravilloso e inteligente texto narrativo. Es Cervantes, es su genialidad y su melancólica e inteligente capacidad de crear un texto inigualable en belleza y significación lo que se puede apreciar en este singular capítulo.
8. Contextualización
Cervantes es el más grande ingenio que ha producido la literatura española. No es momento ni ocasión de detenerse a ensalzar sus virtudes artísticas, lista interminable. Nos conformaremos con destacar cuatro rasgos esenciales:
-Cervantes es el creador de la novela moderna: su Quijote abre un camino desconocido y maravilloso en la narrativa universal. De las novelas planas, previsibles, a veces grotescas, pasamos al texto abierto, multisignifacativo y ambiguo; es el texto inteligente en diálogo con el lector.
-El humor y la sonrisa no faltan en sus libros; lo cómico es parte de la construcción narrativa. Aunque el asunto sea grave y hasta trágico, los momentos de humor no faltan porque los necesitamos en la vida y en la la lectura.
-La construcción metanarrativa planea sobre el texto; Cide Hamete, el narrador aparentemente omnisciente y objetivo, crean una tela de araña narrativa sobre la propia naturaleza del texto que obligan al lector a preguntarse constantemente. ¿Esto es serio o es una broma? Pregunta esencial en una novela, que nos obliga a practicar una intelección textual de primer orden.
-El juego intelectual de naturaleza verbal, narrativa y estética es un componente esencial: la lectura de esta maravillosa novela es un reto porque nos supone enfrentarnos con nuestros anhelos y frustraciones, alegrías y penas. Que no son, en efecto, sino las de nuestro caballero andante y su fiel escudero, «del linaje de los Panza».
9. Interpretación y valoración
En este capítulo se enfrentan dos polos de significación, de comportamiento y de valores éticos: la autenticidad, simplicidad y sabiduría antigua de Sancho frente a la farsa, las artimañas y la ignorancia grosera de los habitantes del pueblo. El rústico campesino sufre pacientemente todo tipo de atropellos, tirado en el suelo, entablado y bien pateado. Los habitantes disfrutan con sus burlas y patadas, lo que da indicio de baja estofa moral.
Por otro lado, las paradojas de significación son abundantes: la primera es que un pensamiento fácilmente compartible por cualquier lector avisado, de hondo calado existencial o filosófico –la vida es breve, el tiempo huye y todo pensamiento contrario a esta realidad es ilusorio o mal fundado–, está puesto en boca del menos confiable, Cide Hamete, «sin lumbre de fe». El narrador se permite unos comentarios irónicos y ambiguos sobre la fiabilidad del pensamiento, que por otro lado queda circunscrito a las circunstancias de Sancho y el fin de su gobierno.
La segunda paradoja se refiere al hecho de que la lección moral de honestidad en el comportamiento público y de sabiduría para encontrar el camino de la vida está ejemplificada en la figura de Sancho, el hombre de «poca sal en la mollera», según la presentación que de él había realizado el narrador en los capítulos iniciales. Sancho no se ha enriquecido ilícitamente desde su cargo de gobernador; asimismo comprende que es feliz en su casa, en su tierra y haciendo lo que sabe hacer y «para lo que ha nacido»: cultivar vides y cereales con buena mano. Todavía existe otra dimensión moral: la templanza de Sancho; lo entablan, lo patean, –sumado a las privaciones de comida del inefable doctor Pedro Recio–, pero lo aguanta todo con paciencia, se determina a abandonar la ínsula y, para marchar, pide algo de comida para su rucio y para él, en este orden. Las burlas a su costa tienen una dimensión moral, pero ahí Sancho vence de largo por su sentido común y su bonhomía.
En la despedida, Sancho llora y los abraza a todos, lo que deja a los paisanos «admirados»: es la última lección de Sancho, pues sabe perdonar a todos, olvidar las amarguras y mirar de frente con optimismo y determinación, «resoluta y tan discreta», es decir, acertada, firme y elegante.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Estas actividades se pueden desarrollar y realizar de modo oral o escrito, en el aula o en casa, de modo individual o en grupo. Algunas de ellas, sobre todo las creativas, requieren material o herramientas complementarias, como las TIC).
2.1. Comprensión lectora
1) Resume breve y sustancialmente el capítulo objeto de comentario (5-6 líneas, sobre 100 palabras).
2) Presenta los cuatro personajes que intervienen en él y gradúa su importancia; señala quién es el protagonista.
3) Analiza la figura del narrador (persona que emplea, si participa de la acción narrada, objetivo / subjetivo, testigo o coprotagonista, etc.).
4) Explica el juego aldea del duque y su identificación con la ínsula: origen de esta analogía, consecuencias para Sancho y los demás, etc.
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
Cervantes nos plantea un juego intelectual y literario sutil y hermoso. Parece contar unas cosas, pero nos comunica otras a través de insinuaciones, inferencias, ironías, dobles sentidos, etc. Vamos a tratar de desvelarlo:
a) Comencemos por la figura del narrador en el primer párrafo:
– ¿Qué piensa del paso del tiempo?
– La opinión de Cide Hamete, ¿es la suya?
– Entonces, ¿cuáles son los auténticos pensamientos del narrador?
– ¿Afirma, valora, interpreta lo que Hamete piensa?
– Entonces, ¿quién escribió El Quijote?
b) Analiza el comportamiento de la gente del pueblo respecto a Sancho:
– ¿Cobardes, violentos, sólo humoristas?
– ¿Por qué razones (sociales, económicas, culturales) actúan así?
– ¿Cómo perciben a Sancho: tontainas estúpido o más bien inteligente?
c) Sancho, la figura central del capítulo:
-¿Es consciente de su “papel” en la “ínsula”?
-¿Qué piensa de sí mismo? ¿Cómo se ve?
-¿Qué tipo de relación tiene con el “rucio”? ¿Normal o extraño?
-La despedida de los lugareños, ¿qué lección encierra para ellos respecto del proceder de Sancho?
d) Ahora, detengamos nuestra mirada en el propio Cervantes:
-¿Dónde podemos apreciar sus opiniones en este capítulo?
– ¿Qué piensa del paso del tiempo?
– ¿Cómo valora las bromas de los lugareños?
-¿Qué nos quiere decir respecto de la posición socio-económica de cada individuo?
– ¿Dónde reside la auténtica inteligencia?
e) Cuestiones metanarrativas y pensamiento analítico:
– Cervantes, cuando escribe, ¿cómo se comunica con el lector?
– Señala tres aspectos lúdicos del capítulo que el lector percibe si está atento a la lectura.
-Se denomina “mirada cervantina” a la valoración bondadosa, flexible y comprensiva con las debilidades de los hombres. ¿Se aprecia en este capítulo?
-¿Es un libro de una sola interpretación?
– El Quijote, ¿es un juego literario y conceptual?
2.3. Fomento de la creatividad
1) Transforma el capítulo en una breve obra teatral, o poética, respetando en contenido original.
2) Realiza una presentación, en cartel o por medios TIC, de Cervantes, o del Quijote.
3) Escribe un texto narrativo como el capítulo leído en un contexto actual.
4) Pasa a pintura, cómic o novela gráfica el capítulo leído.

Fernando de Rojas: «La Celestina»; análisis y propuesta didáctica

FERNANDO DE ROJAS: LA CELESTINA
1. ANÁLISIS
Fernando de Rojas (La Puebla de Montalbán, Toledo, h. 1474 – Talavera de la Reina, 1541) escribió una de las obras capitales de la literatura española: La Celestina (1499). Es un texto original y extraño porque no se ajusta a lo convención de los géneros literarios y porque su intención es bastante ambigua y hasta contradictoria. La obra posee una estructura muy bien definida y alcanza altas cotas literarias, de modo que su influjo se ha dejado sentir en la literatura española, y en otras, a lo largo de los siglos. A continuación recogemos los datos más importantes para trabajar con el texto.
Lo primero que se debe tener en cuenta es que estamos ante una obra a medio camino entre novela y teatro. No se sabe muy bien cuál fue el modelo que tomó Rojas, y si quiso seguirlo o no. Parece una novela dialogada, pero sin intervención de un narrador. Al mismo tiempo, parece un drama para ser representado, pero su extensión y los saltos de lugar y tiempo hacen muy difícil su representación. La crítica piensa que se ajusta al modelo de «comedia humanística», en boga en los ámbitos cultos y universitarios en los siglos XV y XVI. Por las indicaciones del propio Rojas, lo más probable es que sea una pieza dramática destinada a la lectura dramática, no a la representación. El propio autor la tituló «comedia» y luego la transformó en «tragicomedia», pues el contenido sangriento ocupa tanto lugar como el convencional y más risueño.
«La Celestina» es una obra realista: los personajes, los temas, el lugar y el tiempo en el que se desarrolla la acción es de total actualidad en su momento. La lectura nos permite conocer cómo eran las ciudades; dónde y cómo vivían los ricos, los pobres, los de mediano pasar; donde se ejercían los oficios, los curtidores, las prostitutas, los hombres de religión, etc.; qué hacían con su tiempo y presupuesto la gente urbana: nobles y criados, ricos y pobres hacen y hablan en la obra como si los hubieran filmado espontáneamente. Quizá este sea uno de los motivos de la atracción que siempre ha tenido sobre el público lector: realismo objetivista, sin moralizar, sin juzgar, sólo presentativo y expositivo de una sociedad que dejaba atrás el esquema medieval para adentrarse en el mundo renacentista.
La obra aborda temas diversos: el más importante es el amor; aparece como cortés desfigurado e ironizado (Calisto y Melibea), el amor carnal (ellos mismos, Pármeno y Sempronio con Alicia y Areúsa) y el amor mercenario (estas dos últimas mujeres y los encuentros que propicia Celestina). Todos acaban en muerte; de aquí se ha deducido lógicamente el pesimismo existencial del autor de la obra. Hasta los deseos más nobles acaban corrompidos y envilecidos por los vicios inherentes al hombre. El segundo tema es la radiografía amarga que ofrece de la sociedad: todo es lucha, combate entre contrarios, enfrentamiento violento e inevitable con final amargo para todos, pues no se pueden ver vencedores. Los  ricos someten y explotan a los pobres, estos tratan de levantarse, engañar y obtener provecho personal de aquellos; los más sagaces (Celestina como ejemplo supremo) emplean sus armas para obtener provecho material de todos los demás, a los que engañan y manipulan impunemente; algunos hombres maltratan a las mujeres, y viceversa; además, en estas (Alicia y Areúsa), se suele percibir un tremendo nivel de odio hacia otras y otros. El tercer tema es la brujería: ciertas personas (Celestina) utiliza artes diabólicas para obtener su propio beneficio económico y de control de las personas. Los pactos infernales son bienvenidos con el fin de satisfacer las propias necesidades, aunque otros sufran consecuencias negativas. El cuarto tema es el desentendimiento de las cuestiones religiosas. Los personajes dejan a un lado sus creencias espirituales, como que no tienen relevancia ni aplicación en la vida cotidiana, y se concentran en la satisfacción de sus necesidades emocionales, sexuales, económicas, etc.
Los personajes están trazados con gran acierto. Todos ellos, en distinto grado, evolucionan a lo largo de la obra; en general, para peor, pues por el camino pierden sus principios morales de una conducta más o menos razonable. Celestina, cegada por su codicia, manipula a todo su entorno. Calisto, ciego por el apetito sexual, se envilece y envilece a los demás (como a Pármeno) para alcanzar su deseo con Melibea. Esta, a su vez, se transforma totalmente y también satisface sus deseos carnales con Calisto incluso a la vista de su criada Lucrecia, etc. Hasta los de menos relevancia argumental (Tristán y Sosia, por ejemplo) adquieren una corporeidad y densidad tal que nos los permite «ver» en acción. Todas las clases sociales están representadas, todas las edades, ambos géneros, etc. Es cierto que todos están llenos de vicios y defectos morales y existenciales. Cualquiera de ellos es un ejemplo de lo que no se debe hacer.
El estilo compositivo es rico y variado. Del modo de hablar cortés, elevado, propio de los nobles, al coloquial y familiar, llegando al vulgar, propio del hampa rufianesca, todos ellos están bien representados en la obra. Rojas maneja el lenguaje con soltura, acierto y propiedad. Metáforas, enumeraciones, bimembraciones, comparaciones e ironías abundan y enriquecen unos diálogos de por sí muy significativos e intencionados. En general, el realismo expresivo es tan brutal como el comportamiento de los personajes. Del latinismo más exquisito a la soecidad más vulgar tienen cabida en el texto, siempre justificado por el contexto y el personaje que habla.
 La intención de la obra es otro punto polémico. Rojas anuncia en el proemio que desea que el texto sirva de aviso contra alcahuetas y malos sirvientes. Sin embargo, de la lectura del texto se desprende más bien una lección de malas mañas para alcanzar fines moralmente dudosos y existencialmente rastreros. El hecho de haber transitado durante siglos sorteando la Inquisición y la censura invitan a pensar que los moralistas, aunque la criticaban, la toleraban. Rojas era judío converso; su condición de cristiano nuevo parece que influye en el tratamiento del tema amoroso, social y existencial: se desprende una lección llena de amargo pesimismo y desesperanza. Nada vale la pena y en la vida los enfrentamientos surgidos de la codicia, la lujuria y la envidia determinan nuestro penoso caminar por «este valle de lágrimas», como afirma Pleberio en su planto final.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Estas actividades se pueden desarrollar y realizar de modo oral o escrito, en el aula o en casa, de modo individual o en grupo. Algunas de ellas, sobre todo las creativas, requieren material o herramientas complementarias, como las TIC).
2.1. CONTROL LECTURA SOBRE LA CELESTINA (OBRA COMPLETA) 
 1) ¿Dónde se encontraron por primera vez Calisto y Melibea? 
2) Pármeno tuvo una infancia difícil: explícala. 
3) Cita cinco oficios de Celestina. 
4) ¿Qué quiere decir Calisto con “Melibeo soy, en Melibea creo, Melibea es mi dios”? 
5) Cuando los criados de Calisto mueren, ¿quiénes asisten a este? 
6) Explica la figura del “miles gloriosus” en el texto. 
7) Lucrecia, ¿cómo interviene en la obra? 
8) ¿Qué es el conjuro, quién lo hace, para qué, a quién convoca, qué lleva la sustancia? 
9) Melibea, ¿es consciente de lo que hace? 
10) Explica la intervención final que cierra la “Tragicomedia”. 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
1) ¿Existe amor como sentimiento en “La Celestina”, o sólo deseo lujurioso? Ejemplifica este sentimiento o similares en la pieza. 
2) Explica cinco características de la sociedad de la época  de “La Celestina” y compara con nuestros días; ¿hemos mejorado, empeorado, o todo sigue igual? 
3)  ¿Por qué Calisto no inicia un noviazgo formal con Melibea, siendo ambos de la misma condición social? 
4) ¿Cómo apreciamos en la pieza el egoísmo de las personas? 
5) La obra, ¿ofrece un marco rural o urbano? 
2.3. Comentario de texto específico
(Fragmento que coincide con el principio de la obra; procede, por tanto del Auto I. Es muy significativo en cuanto al planteamiento del tema principal y el dibujo de los dos personajes protagonistas, junto con Celestina).
CALISTO.- En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.
MELIBEA.- ¿En qué, Calisto?
CALISTO.- En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotase y hacer a mí, inmérito, tanta merced que verte alcanzase y en tan conveniente lugar que mi secreto dolor manifestarte pudiese. Sin duda incomparablemente es mayor tal galardón que el servicio, sacrificio, devoción y obras pías que por este lugar alcanzar tengo yo a Dios ofrecido, ni otro poder mi voluntad humana puede cumplir. ¿Quién vio en esta vida cuerpo glorificado de ningún hombre como ahora el mío? Por cierto los gloriosos santos, que se deleitan en la visión divina, no gozan más que yo ahora en el acatamiento tuyo. Más ¡oh triste!, que en esto diferimos: que ellos puramente se glorifican sin temor de caer de tal bienaventuranza y yo me alegro con recelo del esquivo tormento que tu ausencia me ha de causar.
MELIBEA.- ¿Por gran premio tienes esto, Calisto?
CALISTO.- Téngolo por tanto en verdad que, si Dios me diese en el cielo la silla sobre sus santos, no lo tendría por tanta felicidad.
MELIBEA.- Pues aun más igual galardón te daré yo, si perseveras.
CALISTO.- ¡Oh bienaventuradas orejas mías, que indignamente tan gran palabra habéis oído!
MELIBEA.- Mas desaventuradas de que me acabes de oír, porque la paga será tan fiera cual merece tu loco atrevimiento. Y el intento de tus palabras, Calisto, ha sido de ingenio de tal hombre como tú. ¿Haber de salir para se perder en la virtud de tal mujer como yo? ¡Vete! ¡Vete de ahí, torpe! Que no puede mi paciencia tolerar que haya subido en corazón humano conmigo el ilícito amor comunicar su deleite.
CALISTO.- Iré como aquel contra quien solamente la adversa fortuna pone su estudio con odio cruel.
a) Actividades de comprensión lectora 
1) Resume el texto (100 palabras).
2) Caracteriza física y psicológicamente los personajes que intervienen.
3) ¿Qué tema se plantea? ¿Tendrá consecuencias ulteriores en el desarrollo argumental?
4) Localiza recursos expresivos, interprétalos y valora la calidad literaria del texto.
5) Explica el nivel de habla que utilizan: ¿culto, medio o vulgar? ¿Dónde lo apreciamos?
6) Acota el lugar y el tiempo donde ocurre la acción.
7) A juzgar por el fragmento, ¿es teatro o es novela, u otra cosa?
b) Interpretación
1) ¿Cómo se aprecia en el fragmento el amor, su aparición, síntomas, modo de expresarlo, diferencias entre el hombre y la mujer, etc.?
2) Explica cómo Calisto mezcla aspectos religiosos con otros bien humanos.
3) ¿Existen acotaciones en este fragmento? ¿Qué deducimos de ello?
2.4. Fomento de la creatividad
1) Transforma en relato narrativo un fragmento de la obra y valora su grado de dificultad.
2) Realiza una puesta al día de un fragmento de la obra en cuanto a lenguaje y actitudes de los personajes. Luego, valora: ¿ha cambiado mucho la condición humana?
3) Documéntate sobre Fernando de Rojas y escribe una biografía clásica o a través de una línea del tiempo.
4) Recoge cuadros, esculturas y piezas musicales de la época y relaciónalos temática y estilísticamente con La Celestina.
5) Se puede realizar en clase una lectura dramatizada de un fragmento seleccionado, acompañado de música y atrezzo, para valorar la riqueza literaria del texto.