Benito Pérez Galdós: «El equipaje del rey José» (1875); análisis y propuesta didáctica

BENITO PÉREZ GALDÓS- EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ (“EPISODIO NACIONAL», 2.ª SERIE, VOLUMEN 1) (1875)
I. ANÁLISIS
1. Resumen
I
Es el 17 de marzo de 1813. Un grupo variopinto de hombres ociosos y chismorreadores  en Madrid charlan sobre la posible caída de José Bonaparte, rey francés de España. Ven salir del Palacio Real un buen número de carrozas con el rey, hermano de Napoleón Bonaparte, a bordo. Plantean hipótesis sobre su destino, pero sin fundamento. Casi todos desean que se vaya de España cuanto antes, pues les parece una ofensa ser reinados por un francés; vienen a robar y saquear el país. Un militar, Salvador Monsalud, chico joven, les informa que se dirige a Valladolid a ponerse al frente de las tropas contra los rebeldes españoles y la ayuda inglesa de lord Wellington.
II
Salvador Monsalud es un joven soldado, ya sargento, de veintiún años, procedente de Puebla de Arganzón. Es pobre, ha ido a Madrid a ganarse la vida y entró en un regimiento de José Bonaparte, llamados los jurados, odiados por el pueblo. No es afrancesado, ni nada; lo hace para sobrevivir. Lo protege su tío Andrés. Tiene un amigo de su pueblo, Juan Bragas, algo menos pobre que él. Es “covachuelista”, trabaja de oficinista en una oficina. Pasean por El Retiro contándose sus ilusiones. Monsalud está enamorado de una chica de su pueblo, Generosa, más rica que él; el abuelo de ella le dijo que nunca se casaría con su nieta. Monsalud es soñador, idealista; no tiene ideas políticas. Bragas es materialista, no quiere oír hablar de amor, solo de dinero y de cosas concretas. Se ven cuando pueden y hablan de su vida en el pueblo y de sus ilusiones de futuro. José le informa a Monsalud que Generosa se va a casar con Carlos Garrote, el hijo de Fernando Garrote, un hombre rico y poderoso de su pueblo. Monsalud no lo cree.
III
De vuelta a la ciudad, todo son corrillos de gente intercambiándose noticias. Por entonces no había periódicos, y la gente se enteraba de las noticias importantes por el boca a boca. Llega a los oídos de los dos jóvenes que al día siguiente los franceses abandonan Madrid, a escape. Wellington se ha enterado y, con la ayuda de otros generales españoles del norte peninsular, se dirigen a Vitoria y Burgos para cortar la fuga de José Bonaparte. Charlatanes, curas, nobles, covachuelistas, gente de todo tipo opinan, a cual más disparatado, sobre la noticia. La van deformando hasta acabar en una deformación grotesca e irreal.
IV
Los amigos quedan intranquilos. Monsalud seguirá al ejército francés en su retirada, pues no le gusta cambiar de opinión y juró lealtad a Bonaparte. Lo admite serenamente y no se arrepiente. Su amigo José Bragas niega haber sido bonapartista, aunque su amigo sabe que tiene su oficio gracias al conde de Cabarrús, partidario de los franceses. Ambos han sobrevivido gracias al gobierno francés. José Bonaparte ya está en Vitoria. Es 27 de mayo de 1813. Monsalud y Bragas se dirigen a casa de su tío, que vive cerca de la Cava Baja. Los ven un grupo de chicos y revoltosos; al ver el uniforme jurado de Monsalud, los insultan y les tiran bolas de barro. Los rodean; el militar saca su espada y reparte puñadas. Una madre se le encara por perseguir a su mocoso. Se acerca más gente y se repiten los insultos y las bolas de inmundicia. Bragas dice que él es patriota y que no conoce al uniformado. De pronto, aparece su tío Monsalud. Lo mete en el portal y lo encierra en casa. El sale y arenga a la gente, vendiéndose como gran patriota, cosa falsa, pues es un gran afrancesado. En Salamanca los franceses le golpearon por robar secretos para Wellington; la gente queda convencida y la trifulca acaba ahí.
V
Andrés, hombre desarreglado y tramposo, y Serafina, mujer de ínfulas y fatua, son los tíos de Salvador Monsalud. Tras la tragedia de Babilafuente, se instalaron en Madrid. Un caballero francés intervino para que le dieran un puesto en Visita de Propios. Desde entonces se pavonean como si fueran ricos de veras. No tienen hijos, tras trece años de matrimonio. Se han separado y vuelto a juntar varias veces. Han tenido altercados violentos en el matrimonio. Hacen tertulia todas las noches en casa del matrimonio Ambrosia de Linos y sus dos hijas; la mayor, Dominguita, ya casada; la pequeña, Serafinita, es linda. También acuden Mauro Requejo y Gil Carrascosa. Andrés Monsalud se las de de españolista rabioso, junto con los demás, aunque en voz baja admiten que tienen trabajo gracias a los franceses. Le recomiendan a Salvador que se quite el uniforme y se esconda en esa casa o en la de algún vecino, por si los franceses o los patriotas, llamados los empecinados, vienen a buscarlo. Se niega a ser traidor, se lo llama a su tío y a los otros y se va de la casa. La hija joven de doña Ambrosia, Serafinita, llora, porque lo ama. Le afean a Bragas que no salga a defenderlo.
VI
Al día siguiente, sale el general francés Hugo de Madrid, con los últimos franceses y afrancesados. Antes, habían empaquetado y almacenado en cuatro iglesias todo lo que pudieron robar los franceses en dineros, joyas, estatuas, muebles, cuadros, documentos de Simancas, Toledo, Valladolid, El Escorial, etc. Vajillas, cuberterías, colecciones mineralógicas fueron llevados. Confiscaron todos los carros, galeras y coches de Madrid y salieron con todo. Fueron a Segovia, Valladolid, Burgos, Miranda y Vitoria. Pero cruzaron el Ebro las tropas de Wellington y las de Bonaparte al mismo tiempo y casi fueron a encontrarse en Puebla de Arganzón el 19 de junio, con la inmensa caravana de carruajes. Los poderosos y famosos escriben la historia, pero también los humildes, hasta el más bajo, tiene su historia, y es tan digna como las otras.
VII
Monsalud llega a su pueblo. Algunos vecinos lo reconocen y critican que sea jurado, soldado al servicio del rey francés, pero él, medio escondido, se dirige a la humilde casa de su madre. Entra sin llamar y sorprende a su madre, Fermina, con las labores domésticas, acompañado de un perro. Sabemos que Monsalud es hijo de soltera, lo que la gente bien del pueblo, como el boticario, critica. Cuando la madre lo ve, se funde en un abrazo con él. Le llama “francés” y cae desmayada.
VIII
La madre, Fermina, vuelve en sí y le reprocha amargamente a su hijo Monsalud que sirva a los franceses. Hay una vieja que también se lo reprocha; tiene aire solemne y grave; es alta y delgada; ya tiene cien años; es doña Perpetua, medio beata, contadora de historias, herborista, consejera en el pueblo; la gente la respeta. Entra de la calle un hombre fuerte y enérgico, con sotana. Es el párroco de Puebla, don Aparicio Respaldiza. Anima al chico a que deje a los franceses y se haga patriota. La madre le implora vivamente que no traicione a su patria. Doña Perpetua lo presiona en esa dirección. El cura le anuncia que están formando una partida, dirigida por Fernando Garrote, para hostigar a los franceses; le anima a que se una. Monsalud titubea; no quiere ser traidor, pero desea mantener la lealtad, por honor, a los franceses, que le dieron de comer en Madrid cuando lo necesitaba. El chico nace en una aldea próxima llamada Pipaón. 
IX
Su madre era de Pipaón. Años antes, un hermano de la madre funde el dinero en Madrid y ella cae en la deshonra por quedar embarazada. Por eso se ha ido a vivir a la villa. Monsalud deambula por Puebla, confuso y aturdido. Por la tarde va al campamento y no hay novedades. A la noche va a la tapia del huerto de la casa de Generosa, su medio novia; vive ella con el abuelo y una madrastra. Ella, morena y jovial, baja y, a través de una empalizada de tablas, hablan por una rendija y se declaran su amor, que es ardiente y potente. Ella le advierte que si es soldado de los franceses, dejará de quererlo. Él la miente y no le dice la verdad, lo que a ella le entusiasma. Dice que lo quiere más ahora, sabiendo que es patriota y defiende España. Quiere estar con él a toda costa en ese momento, amenazando con romper la empalizada, o ir a buscar la llave de la puerta del huerto, pero él lo impide porque está con su uniforme francés, de color verde, y ella vería que la ha mentido.
X
Al fin, la contiene, entre promesas de amor. A tal tiempo, un hombre se acerca en la oscuridad y escucha a lo lejos. Ella le confiesa que le agrada Carlos Navarro, que ha peleado bravamente contra los franceses. Monsalud se corroe de celos y da un golpe a la empalizada, que cruje; se acerca Navarro por el crujido de la empalizada; es Carlos Navarro, el hijo de Fernando Garrote; destacado guerrillero contra los franceses. Se amenazan y se tratan de traidores y miserables. Carlos lo alumbra con una linterna; Monsalud saca el sable. Generosa rompe la empalizada y sale; se interpone entre ellos; al ver a Monsalud con el traje francés queda estupefacta; entra corriendo a su huerto y le pide a Carlos que mate a Monsalud por traidor y mentiroso.
XI
La chica, Generosa, o Genara, pide a gritos desde la puerta de su casa a Carlos que lo mate por traidor y embustero. Carlos, sereno, se niega a un duelo a muerte. Le pide a Salvador Monsalud que se vaya, pero este no lo hace. Llega un grupo de gente dispuesto a matarlo por afrancesado, pero Carlos, con palabras y mamporros, los calma. Salen fuera de la villa. En las callejuelas finales, Carlos le advierte que, como vuelva a acercarse a Generosa, le cortará las orejas. De pronto, ambos tiran de navaja y se van a matar por Genara. Aparece un grupo de soldados franceses borrachos, camino de la taberna. Hay tirantez y, al fin, Carlos se va y se conjura a un duelo con el otro la próxima vez que se vean.
XII
Monsalud va a la taberna, se emborracha. A las once de la noche se dirige a casa de su madre. La mesa está puesta y lo esperan la beata doña Perpetua y el cura don Aparicio. Monsalud grita a cada poco “Guerrillero él, yo francés”. No piensa bien. Su madre trata de calmarlo. El cura y la vieja le recriminan su traición. Come algo groseramente. Se oye un clarín. El joven amenaza al cura y a la vieja y se va dando tumbos, se entiende que al campamento francés.
XIII
El narrador decide contar la vida de don Fernando Navarro, conocido como Garrote. Viene de una familia algo noble, hombres grandes y fieros, amigos de la pelea y el abuso a los débiles. De ahí el apodo, que le cae muy bien. Fue un don Juan en su juventud. Doña Perpetua habla con él, en su casa de la Puebla, y le pide que, antes de ir a la guerra, aunque tiene sesenta años pasados, debe arreglar su conciencia, en concreto por el asunto de Fermina, la hija de Pablo el Riojano, la madre de Salvador. La vieja sabe que es hijo de don Fernando; este no le da más importancia al asunto. Se sulfura cuando le cuenta la vieja que Salvador es afrancesado. Carlos, que había sido un joven tranquilo, en 1812 se unió a los guerrilleros, ganando fama de valiente y astuto. Su padre decide meterse por algo de envidia contra su hijo.
XIV
Llega su hijo y no puede decir nada. Luego el cura. Hablan sobre la importancia de aniquilar franceses y restaurar la religión y al rey legítimo. Son muy cristianos católicos. Don Fernando, entre bravuconerías y gritos de odio a los franceses, los afrancesados y los liberales de las Cortes de Cádiz, reconoce pecadillos, pero el cura Respaldiza le asegura que con una confesión todo se arregla. Parten camino de Treviño, por los montes, a la guerrilla, para unirse al general Morillo, hacia Miranda.
XV
En el atardecer, por el camino de Uralde, don Fernando trata de confesarse con el cura don Aparicio Respaldiza. Pero el cura va más atento a localizar franceses que a las confidencias del viejo, que se arrepiente de su pasado pecaminoso en cuanto a mujeres. Divisan un francés. Respaldiza le dispara y lo hiere. Llega un destacamento francés, pelean algo, pero los detienen y se los llevan prisioneros. Toda la heroicidad del cura y el bravucón acaban en esto. Se han perdido del grupo principal. Carlos había dado la vuelta para buscarlos, pero es tarde.
XVI
Los encierran en el patio de una casa donde funcionaba una fragua, en el pueblo de Aríñez. Están bajo el mando del general Gazán. Don Fernando piensa en el suicidio, pero no se decide a arrojarse al pozo que allí había. Les obligan a tirar de un fuelle; don Fernando se niega, pero el cura Respaldiza lo hace, muerto de miedo, tratando cariñosamente a los franceses. Ven pasar, por encima de la albarda, muchos carruajes de todo tipo camino de Francia. Los llevan a una casa de labranza y los encierran en una habitación, separados. Los vigila Monsalud; dice quién es a don Fernando, que queda preocupado. El chico les anuncia que al día siguiente los fusilarán.
XVII
Es un monólogo interior de don Fernando. Reconoce a su hijo, Salvador. Se arrepiente de todas sus fechorías. Se considera un gran pecador, indigno de salvación. Ha sido un gran calavera, lo admite. Y hasta lo podría fusilar su propio hijo, sin que este lo supiera. Se atormenta. A tal tiempo entra Salvador y le trae una botella de vino. Viene algo borracho, lo que le afea el viejo.
XVIII
Monsalud conversa largamente con don Fernando. Este no bebe, el joven sí, y se emborracha. El viejo le dice que abandone a los franceses porque son malvados y ateos. Monsalud le replica con lo contrario. Ataca a los curas, a los conservadores, y se muestra muy avanzado en ideas políticas. Don Fernando le insinúa lejanamente que es su hijo y quiere ayudarlo, pero el joven, borracho, no entiende nada. Lo deja en la habitación, gritando y gruñendo cosas que no entiende. Se va a sus cosas
XIX
Capítulo grotesco y tragicómico. Don Fernando, a través del tabique medio roto, habla con el cura Respaldiza. Este está muerto de miedo. El otro quiere confesarse y hace una especie de arrepentimiento, pero el cura solo atiende a salvar su vida; tiene mucho miedo. Don Fernando lamenta su pasado de abusos. Le dice al cura que Salvador es su hijo, que él ha engañado a su madre Fermina, sin mirar nunca para ella. El cura no le aconseja que desvele a Salvador que él es su padre. Entra una turba de soldados franceses y le cortan las orejas al cura Respaldiza. Don Fernando se muere de miedo. Ambos son cobardes y se envuelven en retórica conservadora de religión y patria para justificar su conducta.
XX
Jean-Jean, el sargento francés, le dice a Salvador que se van con el convoy grande a Vitoria. Se oye un tiro de cañon. El 22 de junio de 1813 habrá una gran batalla, pronostica un soldado francés llamado Plobertin. La mayoría de la tropa francesa está borracha y quieren ejecutar a los dos prisioneros. Salvador se interpone. No puede evitar que el cura Respaldiza, con las orejas cortadas, muera ahorcado en un árbol. Entra en la sala de don Fernando. Este le confiesa llanamente que es su padre; Salvador no lo cree. Le deja una pistola para que se suicide y no lo humillen. En efecto, el joven se va y don Fernando se da un tiro. 
XXI
El narrador lamenta la pulsión fraticida de los españoles; se matan entre ellos, sin reparar. Son estúpidos, ignorantes y fanáticos de su religión y sus creencias. Los sargentos Monsalud y Jean-Jean van en la retaguardia del gran convoy, camino de Vitoria. Doña Pepita, una mujer rica, aparatosa y creída, acompañada de su marido el barón, de mucha más edad, llama por la ventana a Monsalud; lo lisonjea y le pide información. Este la calma y le dice que el camino está expedito. Rompe el día del todo; se oyen cañonazos; todos piensan que ha comenzado una gran batalla entre Wellington y los franceses. Jean-Jean habla contra la guerra, la farsa que supone; la muerte terrible de miles de anónimos soldados; los generales se llevan la gloria y el dinero. El convoy se detiene; el camino es malo, siguiendo el curso del río Zadorra. Doña Pepita le pide a Monsalud que le hable de cualquier cosa para no pensar en la batalla que se desarrolla. Tiene miedo.
XXII
El día 21 hay refriegas de ambos ejércitos; los aliados, ingleses, portugueses y españoles guerrilleros, toman puntos altos, alrededor de Treviño y Puebla. El general Graham y el guerrillero Longa cortan el camino de Vitoria a Francia. La comitiva, con el rey José en la cabeza, toma el camino de Pamplona. Este escapa, pero el grueso del convoy, con artillería e impedimenta, queda atrapado, en una ratonera. El botín que los franceses llevaban expoliado de España era enorme. Avanza penosamente, pero a pocos kilómetros de Vitoria ya no pudo seguir. Allí se detuvo para siempre. Desde el convoy se veían los cañones y los ejércitos moverse y escupir fuego. Mandan bajar de los carros y dejarlo todo, joyas y alhajas, y seguir a pie. Doña Pepita le suplica ayuda a Monsalud; su marido, el oidor Urbano, gordo y flojo, se pierde entre la gente. Doña Pepita adula a Monsalud para que la proteja; el joven la calma. Ella teme morir. Hay gran alboroto, ruido y desbandada.
XXIII
Doña Pepita es de la familia de los Sanahúja. Caminan doña Pepa y Monsalud abriéndose paso entre el gentío, buscando a Urbano, que no aparece. Comienza a llegar en tropel los soldados en retirada, la artillería y la infantería. Muchos soldados heridos reciben auxilio; amputan extremidades sin anestesia de ningún tipo. Gritos y confusión. El camino de Salvatierra, hacia Pamplona, también es cortado con zanjas y obstáculos por los guerrilleros de Mina y Longa. Siete carruajes de lujo pasan Vitoria, pero han de dar la vuelta porque Graham y Longa les cortan el paso. Ahí va el rey José. A las tres de la tarde, la masa de soldados en retirada es enorme, al lado de Vitoria. Los soldados en retirada asaltan los víveres del ejército y de los particulares y se esparcen por el campo, huyendo del Zadorra, río mortal allí. Veinte o treinta grandes piezas de artillería avanzan a gran paso, arrastradas por caballos, en retirada, para que los enemigos no las cojan. Pasan por encima de todo lo que pillan para no detenerse. Un pequeño destacamento a caballo abre eun pasillo al grito de “¡Paso al Rey!”; reparten sablazos y golpes sin piedad. Es José Bonaparte, demudado, sin sombrero,seguido del general Jourdan y otros, que huyen a caballo desesperadamente. Por una colina bajan los ingleses y los guerrilleros; la gente huye como puede, dejándolo todo atrás. Doña Pepita y Monsalud encuentran a Urbano. El joven se quita su uniforme de jurado, con la ayuda de Pepita y se pone ropa de civil tomada de un baúl.
XXIV
Los soldados ingleses se entregan al atropello y al botín sin vergüenza alguna. Roban todo lo que pueden. Dinero, alhajas, cuadros, ropas, papeles, etc. Después, los guerrilleros hacen lo propio. El populacho de Vitoria y las aldeas cercanas se entrega al pillaje. Roban y matan e inducen a matar a los jurados y a los afrancesados. Muchas mujeres, por afrenta, que han perdido a sus hijos guerrilleros, piden venganza. También abusan de mujeres. Doña Pepa se presenta ante un grupo de mujeres e implora agua. Dice que lleva a Francia un mensaje para Fernando VII; su marido es el secretario del virrey del Perú y su hermano (Monsalud, en realidad) el veedor de Zaragoza; las mujeres se apiadan y le dan agua y alimentos. Todo esto, ya de noche. Muchas familias de La Rioja y Vitoria se han hecho ricas con el pillaje de esa noche, pues es mucho lo robado; son bienes fabulosos.
XXV
Al día siguiente, mucha gente de Vitoria acude al campo de batalla por curiosidad. Cogen águilas imperiales y botones de los jurados, como recuerdos. Entierran a cuatro mil soldados muertos, de ambos bandos. Más de diez mil heridos. Algunos carruajes con cuadros logran salir, pero vuelven tres años después a España. Un viejo, llamado Miguel de Baraona, acude con su nieta, Generosa, a contemplar el espectáculo, que es terrible. Muestran una ideología muy conservadora y fervientes cristianos. Saludan a Carlos Navarro, o Garrote y le dan el pésame por la muerte de su padre en trágicas circunstancias. El joven llora. El viejo le insinúa que se case con Genara, pero el joven replica que ella no lo quiere; la joven calla. Van a merendar juntos, con familiares del viejo, gente importante de Vitoria, con cargos relevantes. Ven cómo hacen una fosa común de afrancesados. Genara mira con aflicción.
XXVI
Comen abundantemente a la sombra de unos árboles. Baraona hace un discurso exaltado de defensa de Dios y la Patria; los demás, un canónigo, un capellán de monjas y el secretario de la Inquisición, junto con Generosa y Carlos, escuchan atentamente y asienten. Son tradicionalistas y viven bien. Carlos cuenta refriegas y la batalla del día anterior. Todos escuchan atentamente. Duermen la siesta a la sombra, excepto Carlos y Genara, o Generosa, que hablan sin parar como dos enamorados. Se acerca una señora de mediana edad vestida estrafalariamente. Dice que es es esposa del alcalde de Bailén y está con su esposo y su hermano, seminarista, guerrillero de la partida del Fraile. Les pide algo de beber y comer y se lo dan. Genara y Carlos la acompañan de vuelta a su rancho, entre carrozas destrozadas.
XXVII
Le llevan comida a la señora “alcaldesa” (falso, es doña Pepita) a su rancho. De camino, Carlos le pide la mano de esposa a Generosa, y esto lo abraza. Al llegar, ven a Monsalud, el “seminarista”. Tienen una agria disputa los dos jóvenes hermanastros, aunque no saben que lo son. Los sigue Monsalud hasta la carroza imponente de Baraona. Montan todos para volver a Vitoria, excepto Carlos. La noche cae.
XXVIII
Monsalud y Carlos Navarro se alejan solos. Se van a batir, pero el renegado está muy débil y apenas puede caminar. Lo lleva a su campamento Carlos; le dan de comer y beber y se entona. Carlos le llama Soldevilla, originario de Nájera, para que nadie lo reconozca. Hablan indirectamente, retándose, delante de otros soldados. Al fin, salen del campamento, a la noche, con un sable cada uno. Salvador le pide a Carlos esperar al día siguiente, pero este lo rechazo. Chocan los sables. De pronto, Carlos cae, herido, y aparentemente muere. Unos hombres se acercan. Salvador está estupefacto.
Madrid, junio-julio de 1875.
2. Temas de la novela
Este “Episodio Nacional” aborda los siguientes temas:
-La derrota final de los franceses en la invasión española, tras cinco años de reinado de José Bonaparte, tras una dura y sangrienta guerra que finaliza en junio de 1813.
-La pulsión española de enfrentamiento fratricida es tan profunda que resulta muy difícil erradicarla o, cuando menos, controlarla.
-La guerra conlleva miseria, dolor, muerte y empobrecimiento material y moral, como se vio en la Independencia de España.
-El destino vital de cada persona es impredecible y, muchas veces, irónico. Más parece un castigo por los excesos cometidos que un premio por los buenos actos realizados.
3. Apartados temáticos
La novela que analizamos exhibe una estructura clásica, basada en el respeto al orden cronológico y lógico de los hechos narrados. De este modo, encontramos:
-Introducción o presentación de los personajes y el conflicto: ocupa los cinco primeros capítulos. Conocemos a Monsalud, el sargento “jurado” del ejército de José Bonaparte, sus penosas circunstancias familiares y personales, etc. También aquí se presenta la huida hacia el norte, camino de Francia, de José Bonaparte, rey de España por la voluntad de su hermano Napoleón.
-Desarrollo o nudo: es la parte más extensa y abarca desde el capítulo VI hasta el XXVII (penúltimo). El general Hugo abandona Madrid, últimos restos del poder francés en la capital. Camino de la frontera francesa, el ejército y la corona de Bonaparte, con cientos de carretas, galeras, etc. confiscadas huyen con un enorme botín expoliado en Madrid y otras partes de España. La acción se centra en Salvador Monsalud; vuelve a su pueblo, Puebla de Arganzón. Sus antiguos amores con Generosa ocupan una parte importante de las vicisitudes, así como la situación de su madre, arrastrando una penosa vida. La batalla de Vitoria ocupa un lugar principal, pero visto desde la retaguardia.
-Desenlace o resolución de la tensión narrativa; ocupa solo el capítulo XXVIII y final. Se centra en el conflicto amoroso de Generosa, que juega a dos bandas. Los hermanastros se enfrentan por ella y Salvador Monsalud, aparentemente, mata a Carlos Navarro.
  1. Figura del narrador
El narrador se manifiesta en tercera persona en la mayoría del relato. Sin embargo, de vez en cuando se deja ver, opinando sobre la organización narrativa, los hechos históricos que novela, etc. Se trata de un narrador parcialmente omnisciente, externo al relato, pero bastante subjetivo, en el sentido de que critica duramente al ejército invasor francés, lamenta que muchos se hayan hecho afrancesados y, sobre todo, irónicamente, ofrece una estampa desoladora de los conservadores sublevados. La estampa de los curas, los nobles y los ricos es ferozmente satírica. Son gente santurrona agarrada a principios antiguos, inmovilistas y violentos, pero que en  el fondo protege sus intereses materiales y su cómoda vida. 
En  varios capítulos (por ejemplo, el XXI), el narrador reflexiona sobre la estupidez humana, las dificultades de los españoles para organizar la convivencia, la enorme hipocresía que guarda la gente en su interior, la pobreza moral e intelectual de muchos personajes que por su posición social deberían ser más sólidos, etc. No es un narrador objetivo y distante, sino que, de algún modo, sufre con lo que cuenta.
  1. Personajes
Galdós alterna entre personajes redondos (complejos, cambiantes, que evolucionan en sus pensamientos, sentimientos y valoraciones), como Monsalud, con otros planos (previsibles, desempeñando siempre el mismo papel), como Baraona.  Las prosopografías y etopeyas (al fin, retratos) que realiza el novelista son exactos, expresivos y plásticos. Pronto el lector se hace una idea de ellos y los asume como elementos clave de la narración. Analicemos los personajes principales:
-Salvador Monsalud: es un joven de veintiún años natural de Pipaón, en Álava. Es noble y de buen corazón, pero su pobreza e ingenuidad lo empujan a circunstancias terribles. Al hacerse soldado al servicio de José Bonaparte, queda marcado para siempre. Quiere ser patriota y no ser traidor al ejército, lo que lo coloca en una difícil tesitura. Está enamorado de Generosa, que le corresponde a medias, pues coquetea con Carlos. Esto le provoca mucho sufrimiento al joven; su madre, Fermina, no está casada; el chico lleva el estigma de la bastardía. Algo impetuoso, se muestra, sin embargo, firme en ciertos principios morales.
-Carlos Navarro o Garrote: es el hijo noble de don Fernando Garrote, el rico de Puebla de Arganzón. Es un chico noble; se hace guerrillero antifrancés, lo que le da templanza y valentía. Está enamorado de Generosa, aunque esta no le corresponde del todo. Acepta el duelo a muerte con su hermanastro (sin saber la relación familiar que lo une) por el sentido del honor; ello le cuesta la vida. 
-Generosa, o Genara: es una joven guapa, impulsiva y calculadora. Maneja muy bien sus circunstancias amorosas, jugando con los dos chicos según las circunstancias. Tiene poco protagonismo, pero mucha relevancia en cuanto a la explicación del sangriento desenlace de la novela.
-El cura Respaldiza: es el ejemplo del clero ultraconservador y trabucaire. De ideas muy retrógradas, influye grandemente en todos los personajes de su alrededor para que los afrancesados sean aniquilados. Él mismo coge el fusil y mata a un soldado francés. Su triste final es uno de los episodios más horripilantes de la novela. Es cobarde, farsante y muy hipócrita en cuanto a sus aptitudes éticas.
-Fernando Navarro, o Garrote: es un hombre ya mayor; antiguo señor de la tierra, rico y poderoso, se aprovecha de las chicas y comete todo tipo de atropellos sin consecuencias para él. Ultraconservador, no repara en su vida inicua hasta que se ve con la soga al cuello. Pero al fin, comprende todo el mal que ha hecho y, a su manera, se arrepiente. Su suicio es un acto incluso noble, algo reparador de todo el mal que ha esparcido por la comarca.
-Fermina, madre de Monsalud: representa muy bien esa parte doliente y sufrida de la población que sufre las iniquidades de los demás. Al haber quedado embarazada y el padre del niño, Fernando Navarro, no admitir su paternidad, ella queda totalmente desprotegida. Lleva una vida miserable y doliente. El cura y la beatilla del lugar le han inculcado una ideología conservadora e inmovilista. Rechaza a su hijo por hacerse afrancesado.
-Miguel de Baraona, abuelo de Genara: otro representante de la ideología ultramontana e inmovilista. Defiende su estatus con ímpetu y odia a los enemigos de la religión católica y de la Monarquía española.  
  1. Lugar y tiempo de la acción narrada
Madrid es el lugar donde se desarrollan los primeros cinco capítulos de la acción narrada. Galdós la pinta como una ciudad bastante destartalada, poco agraciada, más bien inhóspita (barro, suciedad, frío, lluvia helada, etc.). Al mismo tiempo, resulta un lugar familiar, heterogéneo y, a pesar de su suciedad, benevolente con sus habitantes. El resto de la acción ocurre en Puebla de Arganzón y en las cercanías de Vitoria. Es una novela, pues, eminentemente rural.
El tiempo de la escritura lo declara la última línea del texto: 1875, coincidiendo con la madurez artística de Galdós. El tiempo de la acción narrada es muy preciso: primavera-verano de 1813. Se trata de la huida definitiva de España de José Bonaparte, Pepe Botella, camino de Francia. La acción se nuclea en torno a la batalla de Vitoria, ocurrida el 21 de junio de 1813.
La duración de la acción, por lo dicho, se puede deducir que es aproximadamente de tres meses, de marzo a junio. Sin embargo, la acción principal se reconcentra en los tres días antes y uno después de la batalla. 
  1. Rasgos estilísticos
El equipaje del rey José es una magnífica novela, muy bien concebida y mejor escrita. Las notas estilísticas más importantes son:
-Rapidez y viveza en la narración. El ritmo narrativo avanza con firmeza; la acción no se detiene, ni se demora más de lo debido, sino que se progresa con armonía y cierta rapildez.
-Combinación de datos históricos con otros de ficción para transmitir una idea exacta de los acontecimientos históricos. La mezcla es muy feliz; todos los personajes, reales o inventados, son sólidos y creíbles, de modo que aumentan notablemente la verosimilitud textual.
-El narrador juega un pape importante porque aporta actualidad y un punto de vista subjetivo, pero razonable. Actúa como un contrapunto a la objetividad general.
-El dominio estilístico de la lengua española es muy alto. Galdós maneja diversos procedimientos narrativos y poéticos con gran eficacia. Emplea con acierto recursos retóricos (metáfora, símil, personificación, ironía, hipérbole, etc.), dotando al texto de una profunda y bella subjetividad.
8. Contextualización
Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843 – Madrid, 1920) constituye un auténtico regalo imperecedero para las letras españolas. Y no sólo por su estupenda literatura, sino por su compromiso con ideales y valores de progreso, liberalismo, justicia social, atención a las clases abandonadas de la sociedad, etc. en un momento de graves turbulencias políticas en  España. Y lo hubo de pagar muy caro, por ejemplo, sufriendo boicot desde España como candidato más que probable para recibir el Premio Nobel. 
Pérez Galdós pasó por varias etapas literarias dentro de su amplio recorrido:
-Primero asistimos a una etapa inicial de aprendizaje y de novelas de tesis, desde una posición progresista y liberal (1870-1878); Doña Perfecta es la mejor novela de este período de tanteos y aproximaciones bajo una intención política liberal más o menos clara. 
-La segunda etapa se denomina “novelas españolas contemporáneas; ciclo de la materia” (1880-1879); de esta época data su mejor novela, Fortunata y Jacinta; otro título muy relevantes es Miau. Aquí Galdós alcanza un gran nivel narrativo en forma y fondo, en expresión y contenido.
-La tercera etapa es la de  “novelas españolas contemporáneas; ciclo espirituralista” (1890-1905); deja novelas de gran fuste y narrativamente perfectas; algunos títulos son Tristana y Misericordia. 
-La última fase creativa se ha dado en llamar “etapa mitológica” (1909-1915); un título representativo de este período es La razón de la sinrazón
Dentro de su descomunal proyecto  de los Episodios nacionales, Galdós se propuso novelar con sentido y sensibilidad la historia de España del siglo XIX, en cinco series de diez capítulos cada una (escribió y publicó 46; desgraciadamente, no le alcanzó la vida para completarlos todos, aunque dejó borradores y bocetos de los inconclusos). El equipaje del rey José (1875) es el primer volumen de la segunda serie. Estamos ante uno de los títulos más perfectos de una sustanciosa colección; Galdós aborda unos acontecimientos tristes y violentos que muestran los infinitos problemas de los españoles para vivir en paz y concordia. Como siempre, funde ficción y realidad con gran maestría; introduce la reflexión sobre la historia y crea una ficción de hondo significado, dentro de un marco literario impecable.
Galdós es, junto con Clarín y Pardo Bazán, el máximo novelista del realismo español. El realismo, que se desarrolla en la segunda mitad del siglo XIX, se basa en los siguientes postulados:
-Observación minuciosa de la realidad social y cotidiana. Se intenta una reproducción fiel, como una fotografía, de la misma.
-Atención a todo tipo de personajes: hombres y mujeres, niños, adultos y ancianos, ricos y pobres, tontos y listos, etc., circulan por las novelas realistas.
-Carga reflexiva (y reformista) importante sobre las miserables condiciones de vida de un porcentaje muy amplio de la población.
-El burgués y su ideología burguesa es el foco principal del relato realista.
  1. Interpretación y valoración 
El equipaje del rey José es uno de los “Episodios Nacionales” galdosianos de más feliz realización y contenido; se trata del primer título de la segunda serie. Galdós nos presenta una España desguazada en lo material, lo intelectual y lo moral. La polarización ideológica y cultural es extrema; ambos bandos justifican la violencia para imponer su estilo de vida; afecta, sobre todo, a la religión, a la forma de gobierno y a las costumbres. La denuncia del expolio del patrimonio artístico y cultural llevado a cabo por José Bonaparte y sus secuaces es un elemento central de esta novela. La rapiña y codicia de los franceses llega a unos límites insultantes y feroces, en parte consentido por los españoles, así que la crítica se reparte entre ambos elementos.
Aparece una población un tanto inculta y conformista. Son inmovilistas y conservadores por rutina y por una religiosidad acaso mal entendida. En la segunda parte y el final de la novela, la guerra lo invade todo, incluso a pesar de personajes serenos, como el propio Monsalud. La gente de edad son los que más jalean e incitan a la guerra, aunque ellos no van. Los dos únicos que lo hacen, mueren patéticamente en ella, sin gloria alguna.
Apenas hay personajes que encarnen cierta templanza y serenidad. Todos son del bando conservador, que desean el restablecimiento de la monarquía borbona porque es como volver a las viejas costumbres. Monsalud es indeciso, dentro de su marco moral de lealtad, de ahí que choque con todos los demás, de un modo u otro.
El papel del narrador es otro punto de gran interés. Aquí se percibe inmediatamente la influencia cervantina en Galdós. Comenta cómo ha compuesto su obra, su apego a la verosimilitud esencial; lamenta también la incuria de los españoles y el fanatismo entre los conservadores; en general, es un modo de esconder su avaricia y su defensa de su desahogada posición económica y social. En varias ocasiones, con sus declaraciones, se muestra escéptico sobre las posibilidades de mejorar la patria, pues la clase dirigente está llena de mequetrefes. 
El equipaje del rey José es una estupenda novela, densa, significativa y rica. Su composición resulta equilibrada y feliz: el fondo y la forma se alían para crear un relato de ambiente histórico que nos ayuda a comprender la terrible historia de España en el momento decisivo de la derrota y huida de los franceses en 1813. No pudieron rematar el expolio, pero muchos objetos y obras de arte cayeron en manos privadas y su rastro se evaporó.
  1. PROPUESTA DIDÁCTICA
1. Comprensión lectora
1) Resume la novela (200-250 palabras).
2) ¿Cómo reaccionan los madrileños ante el aparente movimiento de carrozas que salen del Palacio Real? 
3) ¿Podemos decir que a Monsalud le interesa la lealtad a las personas e instituciones?
4) ¿Por qué Monsalud se cita con Generosa? ¿Se corresponden?
5) ¿Por qué tienen tanta rivalidad Monsalud y Carlos Navarro? ¿Qué podemos colegir de su carácter?
6) Generosa, chica hábil y decidida, muestra un comportamiento ante los jóvenes un tanto equívoco: explícalo y justifícalo.
7) ¿Todos los soldados franceses son perversos y malvados? ¿Cómo podemos valorar su actuación?
8) ¿De qué se preocupaban las personas de las carrozas cuando comprenden que la batalla está perdida para ellos? Razona tu respuesta.
9) ¿Qué mueve a doña Pepita a adular a Monsalud? ¿Qué busca con esta actitud?
10) Fíjate en don Fernando Garrote y el cura Respaldiza, ¿qué ideología y estilo de vida representan?
11) ¿Por qué se enfrentan a muerte Monsalud y Carlos? ¿Lo mueve su ideología y su religión –como él dice– u otros motivos?
2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Por qué los franceses y afrancesados huyen precipitadamente de España? ¿Es lógico y moral la formación del “equipaje” con el robo de miles de obras de arte, joyas, etc.?
2) Analiza la figura del narrador: ¿por quién toma partido?
3) La bondad y justicia parece un bien escaso en el mundo novelesco de este relato: ¿por qué Galdós ha tomado una posición tan pesimista?
4) Observa los nombres de los personajes: ¿están en correspondencia con su carácter?
5) Fíjate en las muertes de la novela (el cura Respaldiza y don Fernando Garrote: ¿cuáles son las causas? ¿Parece lógico este argumento?
  1. Comentario de texto específico
Capítulo  XXVII 
Indudablemente el guerrillero y Genara deseaban pretexto cualquiera para alejarse un trechito y perder de vista por breve momento al abuelo y compañeros de mesa. Disimulando su gozo marcharon tras la desconocida; pero como no tenían prisa de llegar a donde ella iba, la dejaron ir delante y que se alejase todo lo que quisiera. Principiaba a oscurecer. Viéndose solos, reanudaron su coloquio con mayor vehemencia al pie de los olmos, siendo Genara la que con más calor se expresaba. Tomándose las manos, dejáronse ir vagabundos, abandonados a la dulce corriente que de sus mismas palabras y de sus propios movimientos se derivaba.
–Genara de mi vida –decía el guerrillero cuando ya llevaban algunos minutos de paseo, de conversación, de miradas tiernas y de apretones de manos– si es cierto lo que me dices, te perdono, y seré para ti lo que siempre he sido, un esclavo. Día de luto es este para mí, pero si algún consuelo debo recibir, consistirá en palabras de tu boca, Genara de mi corazón; mi vida y mi persona te pertenecen. Te adoro desde que te conocí y te idolatraré hasta la muerte.
–Carlos –repuso la joven con ardor–, si no me crees lo que te he dicho, me enojaré, me pondré enferma, me consumiré de tristeza, me moriré de pesadumbre. Carlos, no lo dudes ni un momento. Si bajé aquella noche a la empalizada de la huerta, fue porque confundí a Salvador contigo… hizo la misma señal… No había dicho dos palabras el traidor, cuando llegaste tú… ¿Lo crees, Carlos? Dime que lo crees, dime que no queda en tu alma una chispa de recelo, y seré la mujer más feliz de la tierra.
–Bien, Genara –dijo Navarro–. Aunque no fuera verdad, debería creerlo. ¿Oíste lo que dijo tu abuelo cuando nos encontramos hace poco? Su deseo era el mismo de mi desgraciado padre, y también el mismo que ha sido por mucho tiempo y es hoy la más cara, la más dulce, la más risueña ilusión de mi vida. Dime una palabra y nuestro destino quedará fijado para siempre, y la noble pasión de mi alma satisfecha, y la elección suprema de la vida santificada por un leal juramento, ante las miradas de Dios que desde el cielo nos está mirando y nos bendice. ¿Genara, quieres ser mi mujer?
Genara contestó arrojándose en los brazos del guerrillero, que la estrechó en ellos amorosamente. Casi en el mismo instante, ambos jóvenes hicieron un movimiento de sorpresa y temor. Alguien les miraba; frente a ellos y a distancia como de cuatro varas estaba una figura delgada y sombría, un hombre completamente vestido de negro, con la cabeza descubierta. Después de dar algunos pasos, se detuvo. Tras él veíase una especie de choza formada por cajas vacías, y en el angosto recinto, de tal manera formado, clareaba la llama de un hogar y se oían algunas voces.
–Aquí es –dijo Navarro viendo la barraca–. Entra y da a esas pobres gentes lo que les traes.
Genara después de dar algunos pasos, lanzó un grito de espanto.
–Navarro, Navarro, defiéndeme –exclamó con angustiosa voz, corriendo a arrojarse en los brazos del guerrillero y dejando caer en el suelo las viandas que llevaba.
–¿Quién es, quién va? –dijo Navarro con turbación en el breve momento que tardó  en conocer a la sombría figura que tenía delante.
–Defiéndeme –gritó Genara dando diente con diente-; ese hombre me quiere matar.
El aparecido no había hecho movimiento alguno. Llegose a él Navarro, dejando atrás y a regular trecho a la atemorizada joven y le observó con calma.
–¡Ah!… es Monsalud… poca cosa, poca cosa… No temas, Genara… Esto ni pincha ni corta… A fe que no esperaba verte, Salvador. Creí que habías muerto.
–Hubiera hecho muy mal en morirme –dijo Monsalud– sin cobrar una deuda que tengo contigo.
–¿Conmigo?… ¡ah, ya! –añadió Navarro flemáticamente–. Cuando quieras… ¿Era para ti para quien pedía esa mujer, llamándote seminarista y guerrillero del Fraile?
–¿Qué dices? –preguntó Monsalud, ajeno a las jerarquías inventadas por doña Pepita.
–¡Que eres un farsante, un embustero! –exclamó Navarro perdiendo la serenidad.
–Sí, un embustero, un farsante –repitió Genara alejándose más.
–Pero observo aquí la mano de Dios –añadió Carlos con petulancia–. Con tu disfraz y tu cambio de nombre te has ocultado de todo el ejército, pero no te has ocultado de mí.
–Es verdad –dijo Monsalud con enérgica ira–. Pues aquí me tienes. Puedes delatarme, denunciarme, llevarme arrastrado por los cabellos a donde tus salvajes jefes están haciendo cuentas por ver si algún jurado se escapó de la carnicería de anoche. Yo me salvé; pero ahora te proporciono ocasión de ganar un elogio, quizás un grado… Anda, llévame; di que me has descubierto, que me has cogido, y quizás te den un cigarro.
–Si yo fuera tú, te delataría… –dijo Navarro dando un paso hacia adelante–. Puedes vivir y engañar hasta dentro de un rato… Pero me olvidaba de que te hemos traído de comer.
Navarro, recogiendo del suelo lo que había caído, lo arrojó a los pies de Monsalud, que no hizo ademán alguno, dando a entender que no recibía limosna.
–¿Hasta dentro de un rato? –dijo Salvador–. ¿Por qué no ahora mismo?
Doña Pepita atraída por las voces, presenciaba la singular escena sin comprender una palabra; mas no se le ocultaba que allí había peligro para Monsalud, y llegándose al otro, le dijo con amargura:
–Señor militar, no delate Vd. a mi pobre hermano… No, ¿para qué mentir? no es mi hermano, es mi amigo… Es un muchacho honrado y leal. Ya que escapó, déjele Vd. vivir.
Una figura macilenta y oscura se arrastraba a cuatro pies por el suelo, semejándose por la oscuridad de la noche a un gran perro de Terranova. Era el oidor que recogía los restos de la comida.
–¡Yo delatar! –exclamó Navarro–. Señora, esté Vd. tranquila. No haremos ningún daño a su…
–A su amigo –murmuró Genara acercándose al grupo y clavando sus ojos con ansiedad profunda en el semblante de la desconocida señora.
–No le haremos ningún daño –añadió con ironía Navarro, tomando la mano de Genara, como para retirarse con ella–, pero el amiguito se muere de hambre y de miedo: cuídele Vd.
Volvieron la espalda Navarro y Genara. Después de una breve disputa con doña Pepita, Salvador se separó de esta para seguir a los prometidos esposos.
–Detengámonos –dijo Navarro a su presunta consorte–. Viene detrás, y puede herirnos por la espalda.
–¡Pero aquella mujer, aquella mujer! –exclamó Genara apretando los puños y temblando de ira–. ¿La viste? ¿Has oído insolencia igual? ¿Pues no dijo que era su?…
–Su cortejo… Salvador es muchacho de muy malas costumbres.
–¡Cuando tal dijo…! –añadió Genara con la exaltación propia de su carácter en determinadas ocasiones–. ¡Oh! Navarro, no tienes alma… ¿por qué no abofeteaste a esa infame mujer?
Baraona y los tres amigos, viendo la tardanza de los dos jóvenes, se adelantaban a su encuentro.
–Vamos, que es muy tarde. Aprisa, niños… ¿qué habláis ahí?… Hombre, ¡como si no tuvieran tiempo de charlar hasta que se les seque la lengua!…
–Aprisita, aprisita –dijo el capellán, arropándose con su manteo–. La noche está fresca.
–Ya se ve… Como ellos están en la flor de su edad y conservan todo el calor de la vida –murmuró el canónigo con cierta expresión envidiosa.
Genara y Navarro llegaron al fin.
–¿Qué tienes, hijita? –dijo Baraona advirtiendo mucha palidez y trastorno en el semblante de su nieta.
–No es nada –replicó Carlos–. Hemos visto escenas muy lastimosas en la barraca. ¡Cuánta desgracia y miseria en este triste campo, señor Baraona!
–Sí, lo comprendo; pero la guerra es guerra.
–La guerra tiene que ser guerra, es claro –repitió el capellán.
–Pues claro: ¿qué ha de ser la guerra sino guerra? –murmuró el canónigo.
–Evidentemente la guerra es y será siempre guerra –añadió el secretario de la Inquisición.
–Al coche, pronto al coche.
Un vehículo, del cual no se podía decir fijamente si era coche o catedral, se acercó al sitio donde estaban los amigos.
–Carlos, supongo que no podrás venir con nosotros –indicó Baraona, subiendo penosamente con el auxilio de un criado.
–Me es imposible.
–¡Ah! no había visto a esa persona que te acompaña, buenas noches, Sr… –dijo D. Miguel saludando a Monsalud, el cual siguiendo a Carlos, había quedado a cierta distancia.
–Es un amigo a quien casualmente acabo de encontrar.
–¡Ah! muy señor mío… –dijo Baraona.
–Por muchos años… –gruñó el capellán.
–¡En marcha, en marcha! –exclamó el canónigo.
–Hasta mañana –dijo Navarro a Genara  cuando subía y se internaba dentro de la máquina–. Hasta mañana.
Genara miraba hacia fuera con estupor.
–¿No me contestas? Te he dicho que hasta mañana –añadió Navarro ofendido de la profunda abstracción de su futura esposa.
–¡Si Dios quiere! –repuso al fin Genara.
Y el monumental coche partió arrastrado por poderosas mulas.
Fuente: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-equipaje-del-rey-jose–0/html/ff35502e-82b1-11df-acc7-002185ce6064_6.html#I_33_
EXÉGESIS TEXTUAL
1. Comprensión lectora
1) ¿Cómo es el lugar donde se desarrolla la acción? ¿Qué efecto provoca en el lector y en Genara?
2) ¿Qué le pide Carlos a Genara? ¿Cómo reacciona esta?
3) ¿Cómo reacciona Genara cuando ve a Monsalud en la tienda?
4) ¿Cómo reaccionan los jóvenes cuando se reconocen? ¿Por qué?
5) ¿Baraona, por qué está exultante?
6) Localiza en el texto media docena de recursos estilísticos que sirven para hacer más expresivo y bello el relato.
2. Interpretación y pensamiento analítico
1) ¿Cómo apreciamos el amor, el honor y la venganza en este relato?
2) ¿Por qué los jóvenes desean estar a solas? ¿Es razonable?
3) ¿Cómo actúan los eclesiásticos en este capítulo? ¿Por qué el narrador los ha creado así?
3. Fomento de la creatividad
1) ¿Qué harías tú si hubieras sido Monsalud o Genara? Explica y razona con detalle.
2) Transforma el final de la novela, de modo que te parezca más justo o razonable.
3) Realiza una exposición con un panel o con medios TIC sobre la vida y la obra de Pérez
Galdós. Puede ir acompañado de música, proyecciones de imágenes de la época, cuadros de pintores del momento, etc.
4) Escribe un relato más o menos inspirado en la batalla de Vitoria, que hemos conocido, pero ambientado en nuestros días, abordando los mismos temas.

H. C. Andersen: «El intrépido soldadito de plomo»; análisis y propuesta didáctica

ANDERSEN, H. C.: “El intrépido soldadito de plomo”
Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, hermanos todos, ya que los habían fundido en la misma vieja cuchara. Fusil al hombro y la mirada al frente, así era como estaban, con sus espléndidas guerreras rojas y sus pantalones azules. Lo primero que oyeron en su vida, cuando se levantó la tapa de la caja en que venían, fue: “¡Soldaditos de plomo!”. Había sido un niño pequeño quien gritó esto, batiendo palmas, pues eran su regalo de cumpleaños. Enseguida los puso en fila sobre la mesa.
Cada soldadito era la viva imagen de los otros, con excepción de uno que mostraba una pequeña diferencia. Tenía una sola pierna, pues al fundirlos, había sido el último y el plomo no alcanzó para terminarlo. Así y todo, allí estaba él, tan firme sobre su única pierna como los otros sobre las dos. Y es de este soldadito de quien vamos a contar la historia.
En la mesa donde el niño los acababa de alinear había otros muchos juguetes, pero el que más interés despertaba era un espléndido castillo de papel. Por sus diminutas ventanas podían verse los salones que tenía en su interior. Al frente había unos arbolitos que rodeaban un pequeño espejo. Este espejo hacía las veces de lago, en el que se reflejaban, nadando, unos blancos cisnes de cera. El conjunto resultaba muy hermoso, pero lo más bonito de todo era una damisela que estaba de pie a la puerta del castillo. Ella también estaba hecha de papel, vestida con un vestido de clara y vaporosa muselina, con una estrecha cinta azul anudada sobre el hombro, a manera de banda, en la que lucía una brillante lentejuela tan grande como su cara. La damisela tenía los dos brazos en alto, pues han de saber ustedes que era bailarina, y había alzado tanto una de sus piernas que el soldadito de plomo no podía ver dónde estaba, y creyó que, como él, sólo tenía una.
“Ésta es la mujer que me conviene para esposa”, se dijo. “¡Pero qué fina es; si hasta vive en un castillo! Yo, en cambio, sólo tengo una caja de cartón en la que ya habitamos veinticinco: no es un lugar propio para ella. De todos modos, pase lo que pase trataré de conocerla.”
Y se acostó cuan largo era detrás de una caja de tabaco que estaba sobre la mesa. Desde allí podía mirar a la elegante damisela, que seguía parada sobre una sola pierna sin perder el equilibrio.
Ya avanzada la noche, a los otros soldaditos de plomo los recogieron en su caja y toda la gente de la casa se fue a dormir. A esa hora, los juguetes comenzaron sus juegos, recibiendo visitas, peleándose y bailando. Los soldaditos de plomo, que también querían participar de aquel alboroto, se esforzaron ruidosamente dentro de su caja, pero no consiguieron levantar la tapa. Los cascanueces daban saltos mortales, y la tiza se divertía escribiendo bromas en la pizarra. Tanto ruido hicieron los juguetes, que el canario se despertó y contribuyó al escándalo con unos trinos en verso. Los únicos que ni pestañearon siquiera fueron el soldadito de plomo y la bailarina. Ella permanecía erguida sobre la punta del pie, con los dos brazos al aire; él no estaba menos firme sobre su única pierna, y sin apartar un solo instante de ella sus ojos.
De pronto el reloj dio las doce campanadas de la medianoche y -¡crac!- se abrió la tapa de la caja de rapé… Mas, ¿creen ustedes que contenía tabaco? No, lo que allí había era un duende negro, algo así como un muñeco de resorte.
–¡Soldadito de plomo! -gritó el duende–. ¿Quieres hacerme el favor de no mirar más a la bailarina?
Pero el soldadito se hizo el sordo.
–Está bien, espera a mañana y verás –dijo el duende negro.
Al otro día, cuando los niños se levantaron, alguien puso al soldadito de plomo en la ventana; y ya fuese obra del duende o de la corriente de aire, la ventana se abrió de repente y el soldadito se precipitó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caída terrible. Quedó con su única pierna en alto, descansando sobre el casco y con la bayoneta clavada entre dos adoquines de la calle.
La sirvienta y el niño bajaron apresuradamente a buscarlo; pero aun cuando faltó poco para que lo aplastasen, no pudieron encontrarlo. Si el soldadito hubiera gritado: “¡Aquí estoy!”, lo habrían visto. Pero él creyó que no estaba bien dar gritos, porque vestía uniforme militar.
Luego empezó a llover, cada vez más y más fuerte, hasta que la lluvia se convirtió en un aguacero torrencial. Cuando escampó, pasaron dos muchachos por la calle.
–¡Qué suerte! –exclamó uno–. ¡Aquí hay un soldadito de plomo! Vamos a hacerlo navegar.
Y construyendo un barco con un periódico, colocaron al soldadito en el centro, y allá se fue por el agua de la cuneta abajo, mientras los dos muchachos corrían a su lado dando palmadas. ¡Santo cielo, cómo se arremolinaban las olas en la cuneta y qué corriente tan fuerte había! Bueno, después de todo ya le había caído un buen remojón. El barquito de papel saltaba arriba y abajo y, a veces, giraba con tanta rapidez que el soldadito sentía vértigos. Pero continuaba firme y sin mover un músculo, mirando hacia adelante, siempre con el fusil al hombro.
De buenas a primeras el barquichuelo se adentró por una ancha alcantarilla, tan oscura como su propia caja de cartón.
“Me gustaría saber adónde iré a parar”, pensó. “Apostaría a que el duende tiene la culpa. Si al menos la pequeña bailarina estuviera aquí en el bote conmigo, no me importaría que esto fuese dos veces más oscuro.”
Precisamente en ese momento apareció una enorme rata que vivía en el túnel de la alcantarilla.
–¿Dónde está tu pasaporte? –preguntó la rata–. ¡A ver, enséñame tu pasaporte!
Pero el soldadito de plomo no respondió una palabra, sino que apretó su fusil con más fuerza que nunca. El barco se precipitó adelante, perseguido de cerca por la rata. ¡Ah! Había que ver cómo rechinaba los dientes y cómo les gritaba a las estaquitas y pajas que pasaban por allí.
–¡Deténgalo! ¡Deténgalo! ¡No ha pagado el peaje! ¡No ha enseñado el pasaporte!
La corriente se hacía más fuerte y más fuerte y el soldadito de plomo podía ya percibir la luz del día allá, en el sitio donde acababa el túnel. Pero a la vez escuchó un sonido atronador, capaz de desanimar al más valiente de los hombres. ¡Imagínense ustedes! Justamente donde terminaba la alcantarilla, el agua se precipitaba en un inmenso canal. Aquello era tan peligroso para el soldadito de plomo como para nosotros el arriesgarnos en un bote por una gigantesca catarata.
Por entonces estaba ya tan cerca, que no logró detenerse, y el barco se abalanzó al canal. El pobre soldadito de plomo se mantuvo tan derecho como pudo; nadie diría nunca de él que había pestañeado siquiera. El barco dio dos o tres vueltas y se llenó de agua hasta los bordes; se hallaba a punto de zozobrar. El soldadito tenía ya el agua al cuello; el barquito se hundía más y más; el papel, de tan empapado, comenzaba a deshacerse. El agua se iba cerrando sobre la cabeza del soldadito de plomo… Y éste pensó en la linda bailarina, a la que no vería más, y una antigua canción resonó en sus oídos:
¡Adelante, guerrero valiente!
¡Adelante, te aguarda la muerte!
En ese momento el papel acabó de deshacerse en pedazos y el soldadito se hundió, sólo para que al instante un gran pez se lo tragara. ¡Oh, y qué oscuridad había allí dentro! Era peor aún que el túnel, y terriblemente incómodo por lo estrecho. Pero el soldadito de plomo se mantuvo firme, siempre con su fusil al hombro, aunque estaba tendido cuan largo era.
Súbitamente el pez se agitó, haciendo las más extrañas contorsiones y dando unas vueltas terribles. Por fin quedó inmóvil. Al poco rato, un haz de luz que parecía un relámpago lo atravesó todo; brilló de nuevo la luz del día y se oyó que alguien gritaba:
–¡Un soldadito de plomo!
El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido, y se encontraba ahora en la cocina, donde la sirvienta lo había abierto con un cuchillo. Cogió con dos dedos al soldadito por la cintura y lo condujo a la sala, donde todo el mundo quería ver a aquel hombre extraordinario que se dedicaba a viajar dentro de un pez. Pero el soldadito no le daba la menor importancia a todo aquello.
Lo colocaron sobre la mesa y allí… en fin, ¡cuántas cosas maravillosas pueden ocurrir en esta vida! El soldadito de plomo se encontró en el mismo salón donde había estado antes. Allí estaban todos: los mismos niños, los mismos juguetes sobre la mesa y el mismo hermoso castillo con la linda y pequeña bailarina, que permanecía aún sobre una sola pierna y mantenía la otra extendida, muy alto, en los aires, pues ella había sido tan firme como él. Esto conmovió tanto al soldadito, que estuvo a punto de llorar lágrimas de plomo, pero no lo hizo porque no habría estado bien que un soldado llorase. La contempló y ella le devolvió la mirada; pero ninguno dijo una palabra.
De pronto, uno de los niños agarró al soldadito de plomo y lo arrojó de cabeza a la chimenea. No tuvo motivo alguno para hacerlo; era, por supuesto, aquel muñeco de resorte el que lo había movido a ello.
El soldadito se halló en medio de intensos resplandores. Sintió un calor terrible, aunque no supo si era a causa del fuego o del amor. Había perdido todos sus brillantes colores, sin que nadie pudiese afirmar si a consecuencia del viaje o de sus sufrimientos. Miró a la bailarina, lo miró ella, y el soldadito sintió que se derretía, pero continuó impávido con su fusil al hombro. Se abrió una puerta y la corriente de aire se apoderó de la bailarina, que voló como una sílfide hasta la chimenea y fue a caer junto al soldadito de plomo, donde ardió en una repentina llamarada y desapareció. Poco después el soldadito se acabó de derretir. Cuando a la mañana siguiente la sirvienta removió las cenizas lo encontró en forma de un pequeño corazón de plomo; pero de la bailarina no había quedado sino su lentejuela, y ésta era ahora negra como el carbón.
FIN
1. ANÁLISIS
El danés Hans Christian Andersen (Odense, 1805 – Copenhague, 1875) es un escritor fundamental de la literatura internacional. Aunque sus textos se suelen etiquetar como cuentos de hadas para niños, en realidad estamos ante textos literarios de mucha profundidad, dirigidos, leídos y degustados por cualquier lector, sea infantil o adulto. Sus aportaciones son de máxima calidad por su originalidad, su densidad narrativa y significativa y su bello estilo.
Si echamos una ojeada a sus cuentos, encontramos rasgos comunes en todos ellos: presencia de lo fantástico y mágico; recreación de una realidad dura y áspera, conviviendo con otra más amable; atención a los valores espirituales como sustento de la vida; cierto tono de tristeza y melancolía que parece ser invencible; tensión o combate entre el bien, o las fuerzas del bien, y el mal, las pulsiones malignas, con resultado indeciso; y, finalmente, una visión elevada que busca en el cielo, el más allá, la otra vida, la región de los espíritus, o como queramos llamarle, el consuelo, las respuestas a las angustias y el sufrimiento y el amor que en la vida humana terrenal no parecen tener cabida satisfactoriamente. 
Andersen invita al lector a trascender la vida diaria, sórdida y mezquina, para fijarse en la espiritual o religiosa, donde sí hay puerto seguro a las zozobras humanas. Sin embargo, siempre deja una sombra de titubeo, de duda, un sí es no es sobre si nuestra lucha vale la pena, sobre si la rectitud moral y la entrega tienen realmente recompensa en algún lugar y momento…
1) Resumen
De un grupo de veinticinco soldaditos de plomo, fundidos todos con el metal de una cuchara, hay uno tullido, pues le falta una pierna porque no alcanzó el metal para completarlo. Por lo demás, es como todos los demás compañeros: elegantes, valientes, firmes y determinados. Ese soldadito se fija en otro juguete para él cautivador: una bailarina danzando. Inmediatamente se enamora de ella. Un duende negro se enemista con el soldadito tullido porque le ordena que no mire a la bailarina, pero no le obedece; el juguete de resorte piensa que lo menosprecia; le agura un fatal destino, como venganza. El soldadito reposa en el alféizar de la ventana. Al llegar la noche, una ráfaga de viento lo arrastra y cae por la ventana. Lo encuentran unos niños. Construyen un barco de papel, introducen al soldadito y le hacen navegar corriente abajo. Al llegar a una alcantarilla tenebrosa, una rata le pide sus papeles y le exige un tributo, pero el soldadito no reacciona y sigue su viaje. La rata lo persigue dando voces, pero no lo alcanza. El soldadito cae a un gran canal. Un gran pez se lo come. A la mañana siguiente, la cocinera de la casa lo extrae de la barriga del pez, por lo que entendemos que fue pescado esa misma noche. El soldadito contempla a la bailarina y se siente feliz de haber vuelto al mismo hogar. De pronto, un niño lo toma y lo arroja al fuego; acaso lo hizo inducido por el duende negro. Alguien abre una puerta, lo que provoca una corriente de aire, que empuja a la bailarina al fuego. Allí se miran por última vez. El soldadito se derrite y la bailarina se carboniza. A la mañana siguiente, la sirviente, al remover la lumbre, solo vio de él un trozo de plomo en forma de corazón; de ella solo sobrevivió una lentejuela metálica, ahora negra. 
2) Tema
Los temas abordados en este cuento son:
-La existencia del hombre es pura incertidumbre y el destino nos puede reservar un fin amargo.
-El amor justifica los reveses y dolores de la vida, por lo que su existencia es benéfica.
-El capricho y fatalidad, provocada por un niño, por una corriente de aire o por ser cruel, acarrean dolores y tragedias sucesivas. Una ráfaga de viento aniquila a la bailarina, y, antes, había arrojado a la calle al soldadito.
-La vida es poco más que una sucesión de hechos absurdos, sin conexión ni justicia, que se suceden sin orden ni concierto, ante la indiferencia de los demás.
3) Apartados temáticos
“La última perla” es un relato breve. Todo el contenido está comprimido y a presión. Este se dispone en las tres secciones clásicas:
-Introducción o presentación: aparecen ante el lector unos personajes, un lugar, un tiempo y una acción o acontecimiento generador de un conflicto, una intriga. Ocupa los tres primeros párrafos.
-Nudo o desarrollo: abarca desde que el soldadito tullido conoce y se enamora de la bailarina hasta su fatal destino. Abarca desde el cuarto hasta el penúltimo párrafo, ambos inclusive. 
-Desenlace o final: coincide con el último párrafo. Narra el trágico fin del soldadito y la bailarina: extinguidos para siempre por el capricho de un niño y una absurda corriente de aire. 
4) Personajes
Como ocurre en muchos cuentos de Andersen, las cosas no son lo que parecen. Los destinados a ser protagonistas no vuelven a aparecer; y viceversa, alguien que irrumpe en el texto al final adquiere mucho relieve. Todos ellos dotan de un sentido superior al relato, en el cual no existe un protagonista como tal. El sentido final es el auténtico protagonista, como luego veremos. Por orden de aparición, tenemos los siguientes personajes:
-Un soldadito de plomo, intrépido y tullido. Piensa, pero no habla. Y razona conforme a su condición, o lo que se espera de él: impasible, hierático, valiente e intrépido. También da su vida por el amor de la bailarina, de la que, por cierto, ni siquiera llega a preguntarle si está de acuerdo con él. Sea de ello lo que fuere, muere carbonizado por la fatalidad.
-La bailarina: no habla, tampoco piensa; no sabemos qué puede sentir sobre su condición, o si siente atracción por el soldadito. Su papel es pasivo, pero catalizador para el soldadito. Le aguarda el mismo fin trágico que al soldadito.
-El duende negro de la caja de resorte: es malvado y vengativo. Intenta intervenir en el negro destino del soldadito; no sabemos si lo logra; él y el narrador insinúan que así es. Y todo porque sentía como celos del soldadito por fijarse en la bailarina. Una pasión fea y bien humana, por cierto. En cuanto a comportamiento, está cerca de él la rata que exige dinero por circular por la calle. Es la encarnación de la codicia.
-El niño que arroja al soldadito al fuego: no sabemos nada de él, y esto es justamente lo más chocante. Actúa por un impulso irreflexivo y caprichoso. Tira al fuego al soldadito tullido simplemente porque le apetecía, sin reparar en las consecuencias, porque le da igual. Y en este grupo está el viento. Primero arroja al soldadito a la calle, después, a la bailarina al fuego.
5) Lugar y tiempo en los que se desenvuelven la acción
Como ocurre en los cuentos de hadas, también en los de Andersen, los aspectos cronoespaciales están muy difuminados y carecen de interés. La acción discurre en un lugar desconocido, en una casa noble y rica de una ciudad cualquiera, eso es todo. Una parte de la acción ocurre en la calle y en las alcantarillas; ahí la vida es difícil y sórdida, tanto como en la propia casa, pero disimuladamente.
El tiempo tampoco ofrece una concreción exacta. Parece que Andersen nos quiere decir que no importa cuándo ocurrieron las cosas. Sin embargo, la duración temporal es muy original: todo dura un día nada más. Desde la llegada del soldadito a la casa de los niños hasta su extinción solo pasa un día. Al soldadito le da tiempo a experimentar el destino cruel, la avaricia de la rata, el capricho del niño, la venganza del duende negro, etc.
Entre la vida y la muerte hay una fina línea que se rompe con frecuencia. Y todo producto del azar más absurdo. Veinticuatro horas vivió el soldadito; una vida breve para un soldado abnegado y cumplidor. Pero la vida es cruel, y hay que aceptarlo; de hecho, el soldadito lo asume sin pestañear.
6) Narrador
El relato es contado por un narrador en tercera persona, omnisciente y externo, algo objetivo y aparentemente distante. Sin embargo, bien analizado, vemos que desliza un claro mensaje de escepticismo amargo: las cosas pasan porque sí; los inocentes pagan el pato; los envidiosos y codiciosos triunfan. Y, finalmente, el destino maneja a los seres como si fueran hojas arrastradas por el viento. No importa su destino; este se cumple con total indiferencia y ya está. El narrador no opina, ni valora abiertamente, pero nos llega su desalentador mensaje del absurdo de la existencia y de la injusticia que entraña, sobre todo en lo referido a la muerte, que llega injustamente a quien menos la merece.
Se deja ver en una ocasión explícitamente, hablando en un plural mayestático: “Y es de este soldadito de quien vamos a contar la historia”.
7) Procedimientos retóricos y recursos estilísticos
Andersen emplea los tres recursos narrativos disponibles. Con la descripción el narrador explica cómo son las cosas y los seres; con los personajes nos trasmite qué y cómo pasan las acciones; con el diálogo los personajes opinan, valoran, declaran, preguntan, etc., es decir, nos hacen ver sus sentimientos, emociones, motivaciones, etc., aunque muy moderadamente. Los ejemplificamos brevemente para comprender que, sin ellos, no hay cuento:
-Descripción, muy visible en el primer párrafo del texto: “Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, hermanos todos, ya que los habían fundido en la misma vieja cuchara. Fusil al hombro y la mirada al frente, así era como estaban, con sus espléndidas guerreras rojas y sus pantalones azules. Lo primero que oyeron en su vida, cuando se levantó la tapa de la caja en que venían, fue: “¡Soldaditos de plomo!”. Había sido un niño pequeño quien gritó esto, batiendo palmas, pues eran su regalo de cumpleaños.
-Narración: también se puede percibir en el ejemplo anterior, en “Lo primero que oyeron en su vida, cuando se levantó la tapa de la caja en que venían…”.
-Diálogo: “-¡Deténgalo! ¡Deténgalo! ¡No ha pagado el peaje! ¡No ha enseñado el pasaporte!”.
Los recursos estilísticos son muy abundantes. No podía ser de otro modo, pues el texto está sometido a una fuerte comprensión del significado y a una poetización también importante. Recogemos los más importantes, por orden de aparición; muchos de ellos se repiten varias veces, pero nosotros no los mencionaremos sino una vez, para comprobar el efecto literario e imaginativo que producen:
1) Repetición retórica (junto con anáfora y quiasmo): “Miró a la bailarina, lo miró ella”. Estos recursos de repetición son muy eficaces para crear sensaciones en el lector de acumulación o carencia, o de opresión y felicidad, según el caso. En estos ejemplos, se potencia la significación de un ambiente aparentemente feliz.
3) Epíteto y adjetivo embellecedor: “el mismo hermoso castillo con la linda y pequeña bailarina”. Es un modo de aportar plasticidad y visibilidad a los objetos descritos.
4) Símil o comparación: “la bailarina, que voló como una sílfide hasta la chimenea y fue a caer junto al soldadito”; en este caso se crea una sensación visual agradable identificable con la ligereza y el movimiento.
5) Símbolo: el soldadito es símbolo de la firmeza y el optimismo; afronta su destino sin rechistar, viendo la cara positiva de las cosas. La bailarina es símbolo de lo deseado sin saber si consiente o participa en ese deseo. La rata simboliza la codicia. El duende negro simboliza la maldad y la venganza. Y, finalmente, el niño que lo arroja al fuego, el caprichismo irresponsable.
La maestría literaria de Andersen es bien visible. Con breves pinceladas crea ambientes misteriosos, enigmáticos, simbólicos, que sirven para incitar a una reflexión superior. El acierto en el empleo de las herramientas retóricas ayuda mucho a “revivir” el cuento en nuestra mente. Parece que todo cobra vida en nuestra mente, que todo lo sobrenatural es parte de la natural de manera sencilla y, valga la paradoja, lógica.
8) Contextualización
Hans Christian Andersen es un escritor romántico de formación. Cuando él desarrolla su carrera, el Romanticismo está en plena expansión; es, por tanto, hijo del tiempo romántico, movimiento artístico de hondas y duraderas huellas en el arte occidental. Andersen tuvo una infancia y una juventud duras y poco felices. Pasó hambre, fue marginado, fracasó como actor y músico… Sólo gracias a la protección de gente poderosa de su tiempo pudo completar sus estudios. Su biografía, en alemán, recoge muchos de sus sinsabores y su andar errático por Copenhague siendo un jovenzuelo sin oficio ni beneficio. Seguramente ni él mismo era consciente de su potencia creativa literaria. Cuando esta estalló, probablemente él fue el primer sorprendido, pero luego comprendió muy bien cómo desarrollar sus habilidades artísticas y por eso nos dejó unas de las obras más importantes y completas de la literatura romántica europea.
Recordamos esquemáticamente cómo se manifiestan en este cuento los rasgos románticos:
-Gusto por lo misterioso, lo sobrenatural y lo inexplicable, como se aprecia muy bien en “La última perla” a través de las hadas y los ángeles custodios.
-Presencia de una naturaleza sintonizada con los sentimientos de los personajes. Compárese la que aparece al principio con la de la casa de la madre difunta y vemos el vivo contraste que se crea.
-Gusto por el claro-oscuro, por los contrastes agudos e irreconciliables. Se puede ver en la actitud del ángel protector con la del custodio, o en la significación de las perlas, excepto la última, la Aflicción.
-El destino juega un papel importante en la vida de las personas. Más allá de la voluntad personal, ciertas fuerzas más o menos identificables con el fatum están presentes en la vida de las personas. Y las desgracias acechan constantemente, sea uno rico o pobre.
-Los sentimientos y emociones forman parte muy relevante de la vida y el carácter de las personas. Más allá de otras consideraciones –físicas, de carácter, etc.–, la alegría y la pena, la dicha y el dolor, son vectores de la vida que marcan y dirigen a las personas en su peregrinar humano.
-La muerte y lo trágico están presentes como parte inherente de la vida. Eso, unido a una ambientación medieval, antigua, devienen en relatos misteriosos, intrigantes, donde existen más cosas de las que vemos, donde vivir es un reto de comprensión de fuerzas secretas y subterráneas que no se ven, pero están y operan.
9) Interpretación
Este magnífico relato de Andersen es mucho más que un cuento de hadas para niños. Posee una densidad significativa realmente asombrosa, como a continuación explicaremos. Con apenas unas pinceladas, Andersen nos desliza mensajes de suma gravedad: el destino es cruel, caprichoso y absurdo. Solo queda aceptarlo con resignación. Los seres vivos con los que se ha de compartir la existencia ostentan muchos vicios y defectos: codicia, caprichismo, celos, etc.
¿Y realmente existe el amor? Está por ver. La bailarina nunca habla, ni sabemos lo que piensa. Acaso correspondía al soldadito, o solo eran ilusiones de este, o de los dos, pues solo podían mirar siempre de frente, sin desvíos de ningún tipo. El texto es amargo y desolador porque la esperanza cae pulverizada y abrasada en el fuego. Los dos seres más inocentes, el soldadito y la bailarina, acaban en llamas. ¿Es justo? No, pero es la dura y áspera realidad.
¿Existe el destino? Si lo hay, es cruel. Si no, cada uno de nosotros contribuye al propio y al de los demás de manera inconsciente, pero implacable. En conjunto, todo es imprevisible y absurdo, de modo que da igual ser bueno que malo, tonto que listo, honesto que deshonesto. La reflexión de lectura es realmente desoladora.
10) Valoración
“El intrépido soldadito de plomo” es un maravilloso cuento muy bien escrito e ideado. Andersen establece un simbolismo perfecto entre los juguetes y la vida de los humanos. Todo discurre de manera misteriosa, cruel e inexplicable. El destino se abalanza sobre nosotros de modo implacable, bueno o malo, pero ciego. Una ráfaga de aire o un duende negro busca la ruina de los demás. La vida sigue, sin apenas diferencias. Pero cada uno tendrá el suyo, sin duda.
Andersen es un magnífico escritor de cuentos de hadas que nos transmiten las ilusiones y miedos del hombre en su peregrinar humano. Con sencillez, claridad y suma belleza literaria, la lectura nos interroga sobre nuestros anhelos y miedos más oscuros, pero acechantes.
  1. PROPUESTA DIDÁCTICA
2.1. Comprensión lectora 
1) Resume el cuento (cien palabras, aproximadamente). 
2) Señala su tema principal y los secundarios. 
3) Analiza la figura del narrador.
4) Delimita los apartados temáticos o secciones de contenido. 
5) Analiza los personajes y establece su relevancia. 
6) Explica los aspectos de lugar y tiempo en los que se desenvuelve la acción narrada. 
7) Explica por qué este texto es un cuento de hadas. 
8) Localiza y explica algunos recursos estilísticos y cómo crean significado. 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Qué rasgos propios de los cuentos de hadas aparecen en este texto? 
2) ¿Se puede decir que la alegría y la pena son partes inseparables del hombre? Razona la respuesta. 
3) ¿Qué importancia posee el destino sobre el hombre, independientemente de su actitud y sentimientos? 
4) ¿Cómo se aprecia en el texto el amor? 
5) En el cuento aparecen dos niños. Sobre ellos, ¿qué podemos deducir del protagonismo y de la presencia de la muerte? 
6) ¿Qué simbolizan cada uno de los personajes en este cuento? 
7) En el último párrafo, vemos que el soldadito es solo un trozo de plomo fundido en forma de corazón; de la bailarina solo queda una lentejuela. ¿Cómo lo podemos interpretar? 
2.3. Fomento de la creatividad
1) Escribe un cuento de hadas con un contenido más o menos inspirado en el cuento de “El intrépido soldadito de plomo”.
2) ¿Nuestro destino depende de nuestros sentimientos, nuestro comportamiento y nuestra virtud? Razona tu respuesta e imagina cómo pueden intervenir. 
3) Realiza una exposición sobre Hans Christian Andersen, sus cuentos y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc. 
4) Aporta o crea imágenes de paisajes simbólicos: la casa rica de los niños, la calle mojada de los niños pobres, las alcantarillas de la rata, el agua turbulenta del pez, etc., siguiendo el ejemplo de Andersen. ¿Se puede decir que es cierto que somos según donde vivimos?

 

Ramón de Campoamor: «¡Quién supiera escribir!»; análisis y propuesta didáctica

RAMÓN DE CAMPOAMOR – “¡Quién supiera escribir!”
I
–Escribidme una carta, señor cura.                       1
–Yá sé para quién es.
–¿Sabéis quién es, porque una noche oscura
nos visteis juntos? –Pues.
–Perdonad; mas… –No extraño ese tropiezo        5
La noche… La ocasión…
Dadme pluma y papel. Gracias; Empiezo:
Mi querido Ramón:
–¿Querido?… Pero, en fin, ya lo habéis puesto…
–Si no queréis… –¡Sí, sí!                                   10
–¡Qué triste estoy! ¿No es eso? –Por supuesto
–¡Qué triste estoy sin tí!
Una congoja, al empezar, me viene…
–¿Cómo sabéis mi mal?…
–Para un viejo, una niña siempre tiene               15
el pecho de cristal.
¿Qué es sin ti el mundo? Un valle de amargura.
¿Y contigo? –Un edén.
–Haced la letra clara, señor cura;
que lo entienda eso bien.                                   20
–El beso aquel que de marchar a punto
te dí… –¿Cómo sabéis?…
–Cuando se va y se viene y se está junto,
siempre… No os afrentéis.
Y si volver tu afecto no procura,                          25    
tanto me harás sufrir…
–¿Sufrir y nada más? No, señor cura,
¡que me voy a morir!
–¿Morir? ¿Sabéis que es ofender al cielo?…
–Pues, sí señor ¡morir!                                        30
–Yo no pongo morir. –¡Qué hombre de hielo!
¡Quién supiera escribir!
II
¡Señor rector, señor rector! en vano
me queréis complacer,
si no encarnan los signos de la mano                   35
todo el ser de mi ser.
Escribidle, por Dios, que el alma mía
ya en mí no quiere estar;
que la pena no me ahoga cada día…
Porque puedo llorar.                                           40
Que mis labios las rosas de su aliento,
no se saben abrir;
que olvidan de la risa el movimiento
a fuerza de sentir.
Que mis ojos, que él tiene por tan bellos,           45
cargados con mi afán,
como no tienen quien se mire en ellos,
cerrados siempre están.
Que es, de cuantos tormentos he sufrido,
la ausencia el más atroz;                                    50
que es un perpetuo sueño de mi oído
el eco de su voz…
Que siendo por su causa, el alma mía
¡goza tanto en sufrir!…
Dios mío, ¡cuántas cosas le diría                          55
si supiera escribir!…
III
EPÍLOGO 
–Pues señor, ¡bravo amor! Copio y concluyo;
A don Ramón… En fin,
que es inútil saber para esto arguyo
ni el griego ni el latín.                                         60


1. ANÁLISIS
1) Resumen
Una mujer analfabeta, profundamente enamorada de un hombre ausente, se acerca al cura de su parroquia (acaso en una aldea; el ambiente es rural) para que le escriba una carta dirigida a su novio. La chica se sorprende de que el sacerdote sepa tantas cosas de su relación amorosa; confiesa que los ha visto en momentos de confidencias amorosas. La joven insta al cura a que escriba que, si el novio no vuelve, ella morirá de amor; el clérigo se niega a escribir tal cosa porque le parece herejía. Desearía saber escribir para expresar toda la pasión que lleva dentro. La novia se desahoga, no sabemos si dictando la carta, o acaso en una especie de monólogo, acerca de sus sentimientos hacia el joven ausente. Lo ama profundamente, lamenta su ausencia y reconoce su tristeza y decaimiento por la soledad forzada. Recuerda la voz de su novio y sus momentos de dicha. Todo eso le contaría en la carta, si supiera escribir, pero no sabe. En una tercera parte, titulada “Epílogo”, el cura admite que estamos ante un “bravo amor”. Se dispone a escribir la dirección del novio, que se llama Ramón (como el propio poeta). Cierra el poema la intervención del clérigo, quien afirma que, dada la naturaleza apasionada del amor, es difícil pasar a palabras esos sentimientos. Así que no ayuda saber “ni griego ni latín”. El colofón resulta, pues, algo cómico y, al mismo tiempo, sincero y alegre.
2) Tema
Se puede contemplar el contenido desde distintas perspectivas para enunciar su tema:
– Lamento de la joven enamorada por ser analfabeta, pues no puede expresar sus sentimientos amorosos al amado ausente a través de una carta.
– La fuerza del amor es tan grande que provoca intensos sentimientos en quienes lo sienten, hasta el punto de coquetear con la idea de la muerte.
– Diálogo festivo, humorístico y alegre, entre la joven que ama y no puede expresarlo en letra escrita y el cura que sí puede escribirlo, pero no lo siente, lo que provoca un efecto paradójico.
3) Apartados temáticos
El poema presenta una estructura tripartita bien reconocible, pues cada sección viene separada por número s romanos (y la tercera lleva título, “Epílogo”). Tenemos, pues:
-La primera estrofa (vv. 1-32) forma un primer apartado. Se produce el encuentro y la petición de la joven al cura para que le escriba la carta. Ella expresa toda la pasión exaltada que lleva dentro, en tanto que el cura da muestras de saber de sobra la relación de los dos jóvenes, pues los ha observado. Ella desearía saber escribir para expresar la tormenta emocional que lleva dentro.
-La segunda estrofa (vv. 33-56) constituye el segundo apartado temático. Es una especie de monólogo interior de la chica, o acaso el dictado que le hace al cura; se mantiene en una zona ambigua. Ella declara que está profundamente enamorada de su novio ausente. Se siente triste y abatida porque le falta su presencia. Alberga deseos de morir si él no vuelve, porque la ausencia se le hace insoportable e insufrible. Ella afirma que, en su sufrimiento de amor, es feliz. Se cierra con la expresión del lamento por no saber escribir.
– La tercera estrofa (vv. 57-60) constituye el cierre. Ahora solo interviene el cura; declara que es un amor tan intenso y fuerte que es difícil, si no imposible, expresar con palabras.
4) Aspectos métricos y de rima
Este poema está compuesto por sesenta versos agrupados en tres estrofas o secciones. Campoamor “inventa” una estrofa realmente singular: los versos impares son endecasílabos y los pares heptasílabos. Riman como si fueran un serventesio o cuarteta: AbAb. El efecto musical que produce es inmediato. Se crea un extraño ritmo que se acerca al habla popular, al tono conversacional, lo que, en efecto, así sucede, pues el poema es dialógico, al menos en su primera parte.
5) Comentario estilístico
El poema posee un tono dialógico muy importante. La joven enamorada y el clérigo conversan a la par que aquella le dicta una carta y este escribe. Las expresiones coloquiales, las oraciones cortas, elípticas, llenas de sobreentendidos, etc., son frecuentes. El tono conversacional y ligeramente confidencial es claro. Ella no lo desea así, pero ha de hacerlo si quiere escribir una carta de amor. Se escandaliza de que el cura sepa ciertos encuentros furtivos entre los novios, pero es un poco como de pose, obligada por las circunstancias y la categoría social del escribiente, nada menos que el cura de quien depende su vida religiosa.
Apóstrofes, interrogaciones retóricas, elipsis, suspensiones, alusiones, etc. aparecen en los cuatro primeros versos. La chica se mosquea y escandaliza de que el clérigo sepa tantos de sus sentimientos; él se justifica con una hermosa metáfora; una joven tiene “el pecho de cristal” (v. 16) para un viejo con mucha experiencia, como es él. Las exclamaciones retóricas que emplea la chica expresan muy bien su estado de agitación amorosa. Se dan la réplica, se sobreentienden perfectamente, lo que provoca un efecto de lectura entre lo amable y lo risueño. “¡Quién supiera escribir!” (v. 32) es el último verso de la primera parte. Ahí la joven manifiesta su anhelo por poder pasar sus sentimientos ardientes a papel, sin necesidad de depender del cura, que se le hace pesado por momentos.
La segunda parte continúa con el tono de la primera, exclamativo, exaltado y agónico, desde el punto de vista de la mujer enamorada. Ella no entiende los “signos de la mano” (v. 35) que él está escribiendo y sospecha que no transcribe lo que ella le dicta. Le ruega al cura que “por Dios” (v. 37) que está ahogada por la pena, que no puede llorar, que no sabe sonreír sin él, que su mirada está apagada; en fin, que languidece sin su presencia. Al fin, reconoce que la ausencia de él es el “tormento más atroz” (vv. 49-50). Sigue una bella metáfora para evocar el sonido de las palabras de él en su oído: es un “perpetuo sueño de mi oído / el ecos de su voz…” ( vv. 51-52). Se cierra la sección con una hermosa paradoja: el alma de la chica “¡goza tanto en sufrir!” (v. 54). Y de nuevo la exclamación retórica y la suspensión (muy abundante en esta parte) expresan la tormenta amorosa que la joven está sufriendo, y cuánto desearía saber escribir para verterla en palabras.
El epílogo está ocupado por la última intervención del cura. Admite que está ante un amor “bravo” (v. 56). Se dispone a escribir la dirección del novio; casualmente, se llama como el poeta, Ramón; es un guiño humorístico al lector; como diciendo, ojalá fuera yo ese novio, pero… Su razonamiento final es alegre y festivo: para una pasión tan encendida, no hay palabras bastantes para expresarla. Así que el deseo de ella de saber leer y escribir, aunque se cumpliera, no sería suficiente para declarar en sus justos términos la profundidad de ese amor incendiario.
6) Contextualización
Ramón de Campoamor (Navia, Asturias, 1817 – Madrid, 1901) es uno de los más importantes poetas y dramaturgos del Realismo español.  Antirromántico convencido, practica un realismo discreto y tranquilo, de sesgo conservador. Él mismo dividía su poesía en tres moldes distintos: humorada, dolora y pequeño poema. Las define: “¿Qué es una humorada? Un rasgo intencionado ¿Y dolora? Una humorada convertida en drama ¿Y pequeño poema? Una dolora amplificada”. Su estilo poético es sencillo, natural, popular y lejos de toda estridencia. En 1846 publica su primera edición de Doloras; iría ampliando su contenido en sucesivas ediciones.
Alcanzó prestigio como dramaturgo con obras realistas como  La fineza del querer (1840) y El hijo de todos (1841). Su obra dramática más célebre es la pieza Guerra a la guerra (1870). Fue un literato muy leído y respetado en su tiempo, a lo que ayudaba su carácter tranquilo e íntegro. Hoy, sin embargo, su literatura se valora como demasiado simplota y poco elaborada.
7) Interpretación y valoración
“¡Quién supiera escribir!” es un hermoso poema, lleno de ternura y sensibilidad. Tras un tono más bien humorístico y ligero, se esconde una reflexión más seria sobre la importancia del dominio de la lengua escrita para poder comunicarse con los demás. Es una necesidad cotidiana de mucha trascendencia. La joven enamorada acude al cura de su parroquia para poder enviarle una carta a su novio. Desea comunicarle que está total y profundamente enamorada de él y lleva mal su ausencia. Pero no puede, ya que es analfabeta. Ha de desvelar todos sus sentimientos al cura, lo que le incomoda en parte. De ahí su suspiro, dos veces, de “¡Quién supiera escribir!”. 
No es  solo enviar una carta, es la posibilidad de ordenar y clarificar unos sentimientos difíciles y turbulentos, con el alivio que supone. También, es un modo de racionalizar su volcánico corazón y un camino de comprenderse a sí misma. El comentario final del cura, desenfadado, advirtiendo que la naturaleza del amor es tal que de poco sirven las letras para poder expresarlo, es solo una broma que nos recuerdan las contradicciones del amor. 
El tono festivo del poema, con un diálogo chispeante, alegre, lleno de sobreentendidos, guiños y picardias, lo hace de lectura apacible y satisfactoria. Campoamor acertó, sin duda, en la composición de este poema aparentemente ingenuo, pero más serio y reflexivo de lo que indica su apariencia.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Las siguientes actividades se pueden realizar de modo individual o en grupo; de manera oral o escrita; en clase o en casa; utilizando medios tradicionales o recursos TIC, según las circunstancias lo aconsejen).
2.1. Comprensión lectora 
1) Resume el poema (100 palabras, aproximadamente). 
2) Señala su tema principal y los secundarios. 
3) Delimita los apartados temáticos, atendiendo a las modulaciones de sentido. 
4) Analiza los aspectos métricos y de rima; deduce la estrofa empleada. 
5) ¿Qué tono tiene el poema: positivo, optimista, esperanzado, o todo lo contrario? 
6) Señala las imágenes más importantes que jalonan el poema, sobre todo referidas a las percepciones sensoriales al mar, y cómo impactan en el poeta y, después, en el lector. 
7) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado. 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Por qué la chica joven desea escribir a su novio?
2) La chica es analfabeta, pero, ¿acaso es torpe o ignorante, a la vista de cómo razona y los  sentimientos que muestra? 
3) Localiza las imágenes naturales con las que se explica la naturaleza del amor y sus consecuencias en la persona enamorada. ¿Qué sensación aportan? 
4) ¿Cómo se aprecia en el texto la importancia de la alfabetización? ¿Ejerce una influencia positiva o negativa?
5) ¿Cuál es la actitud del cura? ¿Se muestra comprensivo o crítico con la joven? 
6) Interpreta la expresión “¡Quién supiera escribir!” en un sentido amplio, más allá de las circunstancias de la joven.
2.3. Fomento de la creatividad
1) Elabora un poema o texto en prosa, con diálogo, que exprese una pasión concreta y la frustración de no poderla expresar correctamente. Puedes imprimir un sentido festivo y alegre, como ha realizado Ramón de Campoamor.
2) Imagina y transcribe una conversación o plática entre el clase y el poeta Ramón de Campoamor a propósito de su poema y de su vida. 
3) Realiza una exposición sobre Ramón de Campoamor, su poesía y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc. 
4) Aporta o crea imágenes que sirvan para expresar un estado espiritual o pasional a través de un diálogo; serán reflejo de  un sentimiento especialmente relevante para ti, siguiendo el ejemplo de Ramón de Campoamor.

Emilia Pardo Bazán: «El xeste»; texto, análisis y propuesta didáctica

Pardo Bazán – “El xeste” (1907)
El xeste
Alborozados soltaron los picos y las llanas, se estiraron, levantaron los brazos al cielo nubloso, del cual se escurría una llovizna menudísima y caladora, que poco á poco había encharcado el piso. Antes de descender, deslizándose rápidamente de espaldas por la luenga escala, cambiando comentarios y exclamaciones, de gozo pueril, bromas de compañonaje —las mismas bromas con que desde tiempo inmemorial se festeja semejante suceso— uno, no diré el más ágil —todos eran ágiles—, sino el de mayor iniciativa, Matías, desdeñando las escaleras, se descolgó por los palos de los mechinales, corrió al añoso laurel, al fondo del primer término del paisaje, cortó con su navaja una rama enorme, se la echó al hombro, y trepando, por la escalera esta vez, a causa del estorbo que la rama hacía, la izó hasta el último andamio y allí la soltó triunfalmente. Los demás la hincaron de pie en la argamasa fresca aún y el penacho del «xeste» quedó gallardeándose en el remate de la obra. Entonces, en tropel, empujándose, haciéndose cosquillas, bajaron todos.
Eran obreros, no condenados, como los de la ciudad, á la eterna rueda de Ixión de un trabajo siempre el mismo. Mestizos de cantero y labriego, en verano sentaban piedra, en invierno atendían á sus heredades. Organizados en cuadrilla, iban á donde les llamasen, prefiriendo la labor en el campo, porque en las aldeas ¡retoño! se vive más barato que en el pueblo, se ahorra casi todo el jornal, para llevarlo, bien guardado en una media de lana, á la mujer, y mercar el ternero y el cerdo y las gallinas y la ropa y la simiente del trigo y algún pedacillo de terruño. No sentían la punzada del ansia de gozar como los ricos, que asalta al obrero en los grandes centros; el contacto de la tierra les conservaba la sencillez, las aspiraciones limitadas del niño; disfrutaban de un inagotable buen humor, y la menor satisfacción material les transportaba de júbilo. Sus almas eran todavía las transparentes y venturosas almas de los villanos medioevales.
Se atropellaban por la escala sonando en los travesaños húmedos la madera de los zuecos, y ya abajo hacían cabriolas, despreciando la frialdad insinuante de la llovizna triste y terca. ¿Qué importaba un poco de «friaje»? Ya se calentarían bien por dentro, con el mejor abrigo, el abrigo de Dios, que es la comida y la bebida. Allá lejos divisaban el humo, corona de la chimenea de la casa señorial, y el montón de leña ardiendo que producía aquel humo les guisaba su cena, la cena solemne del «xeste», el banquete extraordinario ofrecido desde la primavera para el día en que terminasen las paredes del nuevo edificio. ¡Daba gusto tratar con señores, no con contratistas miserables! El «xeste» del contratista… sabido: un cuarterón de aguardiente, una libra de pan «reseso». ¡En el obsequio del señor se vería lo que es rumbo! El agua se les venía á la boca. Se miraron, se hicieron guiños, saboreando la proximidad del placer, en el cual pensaban á menudo ya desde el instante en que los peones abrieron la zanja de los cimientos. Era temprano aún para que la cena estuviese lista, pero convinieron en dirigirse «cara allá» y Matías se ofreció á enjaretarse con cualquier pretexto en la cocina y adelantarles noticias del festín. 
Vistiéronse las chaquetas sobre las camisas mojadas, y la cuadrilla se puso en camino, zanqueando, aplastando la hierba sembrada de pálido aljófar. A pocos pasos de la casa, ante la tapia del huerto, se pararon, irresolutos; pero aquel enredante de Matías, como más despabilado, se fué muy serio hacia el abierto portón, lo cruzó, y al cabo de diez minutos volvió agitando las manos, bailando los piés. ¡Qué cena, recacho, qué convite! Aquello era lo nunca visto ni pensado. Unas cazuelas así… y que echaban un olorcillo! ¡El vino en ollas, para sacarlo con el cacillo de la herrada; y hasta postres, arroz con leche, manzanas asadas con azúcar! ¡Y orden del señor de que pedían entrar y calentarse á la lumbre mientras se acababa de alistar la comilona! Entrasen todos, canteros y peones, y el chiquillo carretón de los picos también… Matías, volviéndose algo contrariado, añadió:
—Tú no, Carracha… Tú, quédate…
Nadie protestó. Era un parásito esmirriado, un mendigo, que no formaba parte de la cuadrilla. Sin fuerzas para trabajar, medio tísico, se pegaba á los canteros, y como no hay pobre que no pueda socorrer á otro, le daban corruscos de pan de maíz, restos de su frugal comida. Carracha padecía hambre crónica; para pedir limosna alegaba males del corazón, mil alifafes, pero su verdadera enfermedad, el origen de su consunción, era el no comer, el haber carecid o de sustento desde la lactancia, pues estaba «seca» su madre… La cocinera de ios señores no quería a Carracha de puertas adentro, en razón de que una vez faltó una cuchara de plata, coincidiendo con haber dado al mendigo sopas en escudilla de barro y con cuchara de palo. Carracha quedó excluido; ni en ocasión tan señalada había indulgencia para él. Se le obscureció el semblante demacrado, lo mismo que si lo envolviesen en negro tul. ¡No ver el comidón! Sólo con verlo, sin catarlo, imaginaba que se le calentaría la panza floja y huera. . La cuadrilla, con alegre egoísmo, reía de la decepción del infeliz, y, á empellones, se precipitaba adentro, á aquel paraíso de la cocina… ¡Pues lo que es él, Carracha, no se movía de allí! Y se quedó fuera, hecho un can humilde… A las siete en punto sacaban, humeantes, las grandes tazas de caldo de pote, y el señor se aparecía un momento, risueño, longánimo.
«A comer, muchachos, a rebañarme bien esas tarteras; que no quede piltrafa; dénles cuánto necesiten… ¡Que nada les falte!» Desapareció, «para que comiesen con más libertad» y empezó el cuchareo, alrededor de la larga mesa de nogal bruñido por el uso. ¡Vaya un caldo, amigos, vaya un caldo de chupeta! Caldo lo comían diariamente los canteros: constituía su alimentación; pero era un agua chirle, unas patatas y unas berzas cocidas sin chiste ni gracia. Por real y medio diario de hospedaje, ¿qué manutención se le da á un cristiano, vamos á ver?
A este caldo no le faltaba requisito: su grasa, sus chorizos, su rabo, sus tajadas de carne… Y al elevar la cuchara á la boca, los canteros se estremecían de beatitud. Sólo en Nadal, y allá por Antruejo, y el día de la fiesta de la parroquia, les tocaba un caldo algo sabroso, ¿pero como este? ¡Los guisados de los señores tienen un sainete particular!—Cada cual despachó su tazón; muchos pidieron el segundo. Que viniese después gloria. No sería mejor que aquel caldo.—Y Matías, chistoso como siempre (¡condenado de Matías!) anunció á voz en cuello, jactándose:
—Yo, de cuanto venga, he de arrear tres raciones. Lo que coman tres, ¿oís? cómolo yo. 
— No eres hombre para eso —observó flemáticamente Eiroa, el viejo asentador de piedra, siempre esquinado con Matías.
Y este, que acababa de echarse al coleto dos cacillos de vino seguidos, respondió con chunga y sorna:
—¿Que no soy hombre? Pues aventura algo tú… Aventúrame siquiera un peso de los que llevas en la faja.
Hubo una explosión de carcajadas, porque la avaricia de Eiroa era proverbial; ¡jamás pagaba aquel roña un vasol Pero el asentador, echando á Matías una mirada de través, replicó, con igual tono sardónico:
—Bueno, pues se aventura¡retoño! Un peso te ganas ó un peso me gano. ¡Recacho, Dios!
¡Cerrada la apuesta! Los canteros patearon de satisfacción. ¡Cómo iban á divertirse! Eiroa, sin perder bocado, con la ojeada que tenía para notar si las piedras iban bien «de nivel»— se dedicó á vigilar á Matías. ¡No valen trampas!—Sí; en trampas estaba pensando Matías. A manera de corcel que siente el acicate, su estómago respondía al reto, abriéndose de par en par, acogiendo con fruición el delicioso lastre. Después de las tres tazas de caldo con tajada y otros apéndices, cayeron tres platos de bacalao á la vizcaína, de lamerse los dedos, según estaba blando, sin raspas, nadando en aceite, con el gustillo picón de los pimientos. Luego despojos de cerdo con habas «de manteca» y en pos la paella, ó lo que fuese: un arroz en punto, lleno de tropezones de tocino, que alternaban con otros de ternera frita; y los estipulados tres platos llenísimos, á «cogulo», fueron pasando —ya lentamente– por el tragadero de Matías. Sorbos continuos del rico tinto del Borde le ayudaban en la faena. Empezaba a sentir un profundo deseo de que el lance de la apuesta parase allí, de que no sirviese la cocinera más platos. La algazara de los compañeros le aviso: aparecía un nuevo manjar, tremendo, unas orondas rubias, majestuosas empanadas de sardina. A Matías le pareció que eran piedras sillares, y que sentía su peso en mitad del pecho, oprimiéndole, deshaciéndole las costillas. Una ojeada burlona del asentador le devolvió ánimos. ¡Aunque reventara! Y, fanfarroneando pidió, media empanada para sí. Mejor media ración.
–¡Media empanada! —un murmurio de asombro, halagador para su vanidad, corrió por la mesa. 
La cocinera reía, mirando con babosa ternura á aquel guapo muchacho de tan buen diente Y le partió la empanada, dejándole el trozo mayor. Principio á engullir despacio, auxiliándose con el tinto. Masticaba poderosamente, y la indigesta pasta descendía, descendía, revuelta con el craso y plateado cuerpo de las sardinas, con el encebollado y el tomate del pebre. Le dolían las mandíbulas, y hubo un momento en que lanzó un suspiro hondo, afanoso, y paseó por la cocina una mirada suplicante, de extravío. Eiroa soltó una pulla.
–¡No es hombre quien más lo parece!
—¡Recacho! ¡Eso quisieras! ¡Se gana el peso!
Y el cantero, con esfuerzo heroico, supremo, pasó el último bocado de empanada y tendió
el plato para que se lo llenasen de lo que á la empanada seguía: el arroz con leche y canela, al cual acompañaban unas tortas de huevo y miel, tan infladas, que metían susto… A la vez que los postres sirvióse el aguardiente, una «caña» de Cuba, especial. ¡Qué regodeo, qué fiesta, qué multiplicidad de sensaciones voluptuosas, refinadas! La cuadrilla estaba en el quinto cielo; perdido ya del todo el respeto á la cocina de los señores, hablaban á gritos, reían, comentaban la colosal apuesta. El desfallecimiento de Matías era visible. ¿A que no colaban los tres platazos de arroz? ¡Bah! ¡A fuerza de caña! El cantero, moviendo la cabeza abotargada, hacía señas de que sí, de que colarían, y pasaba cucharadas, dolorosamente, como quien pasa un vomitivo.
Allá fuera, Carracha, el excluido, se pegaba á la pared, á fin de percibir olores, escuchar
ruidos, participar con la exaltada imaginación del hartazgo. Sus narices se dilataban, sus fauces se colmaban de saliva. ¡Qué no diera él por verse á la vera del fogón! ¡Y cuánto duraba la comilona! Matías le había prometido traerle algo, la prueba, en un puchero… ¿Se acordaría?…
A todo esto el agua menuda de antes, el frío «orvallo», iba convirtiéndose en lluvia seria, y el hambrón sentía sus miembros entumecidos y bajo sus piés unas suelas de plomo helado. Temblaba, pero no se iba, ¡quiá! El mastín de guarda le ladró dos ó tres veces, enseñándole los dientes agudos, pero le conocía desde antes de aquello de la cuchara, y el ladrido fué sólo una especie de fórmula, cumplimiento de un deber.
¡Atención! ¿Qué clamor se alzaba de la cocina? ¿Reñían acaso? ¿Una desgracia? El hambriento vio que la puerta se abría con ímpetu y salían disparados dos de la cuadrilla, hechos unos locos. ¡El médico! ¡El médico!… dijeron al pasar… Carracha notó que la puerta no se cerraba, y con su timidez canina, haciéndose el chiquito, se coló dentro, mascando el aire espeso, saturado de emanaciones de guisos sustanciosos y bebidas fuertes. Nadie le hizo caso. Rodeaban á Matías; le habían arrancado la chaqueta, desabrochado la camisa; le echaban agua por la cara, y su pelo negro, empapado, se pegaba al rostro violáceo por la fulminante congestión. Y el cantero no volvía en sí… ni volvió nunca. Según el médico, que llegó dos horas después —vivía á legua y media de allí– de la congestión podría salvársele, pero había sido lo peor que al hincharse los alimentos, el estómago de Matías se abrió y se rajó, como un saco más lleno que su cabida máxima…
—El Señor nos dé una muerte tan dichosa —repetía Carracha, sinceramente, pasándose la lengua por los labios y recordando el hartazgo que gozó en un rincón, mientras todo el mundo se ocupaba de Matías.
1. ANÁLISIS
1) Resumen
En un entorno rural gallego, una cuadrilla de obreros de la construcción, a finales del siglo XIX, acaba su faena porque oscurece. En invierno atienden a sus casas, algunas tierras, animales y familia; en verano, se dedican a la construcción.  Justo ese día han acabado la obra mayor de la construcción, una casa de habitantes. Colocan arriba un ramo, símbolo del remate de la estructura; esa rama de laurel en gallego se llama “xeste”. La corta y coloca el obrero más osado y cabecilla del grupo, Matías. Todos están contentos porque el patrón, un señor rural, generoso (no como los de la ciudad, tacaños y avaros), los invita a una cena muy abundante, pantagruélica. Matías apuesta un peso con Eiroa, el asentador de piedras, que es capaz de comer tres raciones de cada plato. Los suculentos y sabrosos platos se suceden. Matías no puede más, pero con la ayuda del vino, va comiendo según lo apostado. Fuera espera Carracha, un joven esmirriado y disminuido, que utilizan como recadero; pasa mucha hambre, incluso desde su nacimiento, pues su madre apenas lo puede alimentar. No lo dejan pasar, pues no forma parte de la cuadrilla. De pronto, dos miembros de la cuadrilla salen disparados a buscar al médico, pues Matias se encuentra mal. Carracha entra disimuladamente y se pone a comer a dos carrillos, sin que nadie se percate, pues todos están atentos a la salud de Matías. Llega el médico unas horas después, pero no puede hacer nada por la vida del obrero: ha muerto de indigestión y reventado por los gases de tanto alimento ingerido en tan poco tiempo. Entre dientes, Carracha desearía para sí una muerte “tan dichosa” como la de Matías, por hartazgo. Él ciertamente, no sabe lo que es eso justo hasta ese día.
2) Temas del cuento
Los temas más importantes de El xeste son:
– La brutalidad y cabezonería de la gente embrutecida, sin cultura, conduce a la muerte por una apuesta absurda.
– Lo que debía ser motivo de felicidad se transforma en tragedia por una apuesta exagerada y temeraria: comer el triple de los demás. 
– Lo que para unos es desgracia, para otros, como Carracha, es suerte. Es la paradoja del hambriento.
3) Apartados temáticos 
Este cuento presenta una disposición clásica; se atiene a una lógica temporal de avance cronológico sucesivo. No presenta una división en secciones, dada su brevedad; se puede distinguir una rápida introducción (el primer párrafo), un desarrollo algo más lento, en el que plantea el nudo o médula narrativa, y un desenlace o final muy breve (los dos últimos párrafos, en el que el último es la intervención, a media voz, de Carracha), en el que la paradoja y la sorpresa asalta al lector: de felicidad también se muere, e incluso puede ser deseable.  
4) Personajes
Existe un doble protagonista, Matías, el obrero algo fanfarrón y atrevido, que se las da de más osado y capaz que el resto de sus compañeros, y Carracha, justo lo contrario; es un joven esmirriado, sin apenas vigor, despreciado por todos. El primero muere por fanfarrón y estúpido, el segundo desearía también esa muerte, pues ha pasado mucha hambre a lo largo de su vida (este mensaje irónico es nuclear en el texto; la necesidad empuja a la autodestrucción). El resto solo hacen de acompañamiento, pero tienen su relevancia. Jalean a Matías, mostrando cierto respeto; buscan diversión, a sabiendas del riesgo para la salud de su compañero, donde vemos su simpleza. Buscan al médico cuando se pone malo, señal de que lo aprecian. 
5) Lugar y tiempo narrativos
La acción se desarrolla en un entorno rural, claramente gallego. El tipo de comida, el modo de hablar, las expresiones interjectivas como muletillas, etc. remiten a un entorno gallego. Es un cuento que comienza en el exterior y acaba en el interior, en la cena abundante regalada por el señor rural, propietario de la casa en construcción. El juego entre el exterior y el interior es muy bonito e interesante: los que comen están dentro; Carracha, el desahuciado, fuera, con el perro, pasando frío y hambre.
El xeste se publicó en 1907; podemos deducir que Pardo Bazán la escribió ese mismo año o en los años previos. La acción narrativa se sitúa en el mismo tiempo que el de la creación: finales del siglo XIX y principios del siglo XX. La acción dura unas horas, pocas, lo que dura un banquete rural. Existe una analepsis en la que se cuenta la vida de Carracha. El resto del tiempo, muy condensado, va creando una sensación de agobio y angustia que desemboca en la tragedia final. 
6) Figura del narrador
La materia narrativa está contada por un narrador omnisciente, externo, bastante objetivo y en tercera persona. Se deja ver un poco cuando explica la vida del obrero de la construcción rural, distinto al urbano. Por lo demás, mantiene una objetividad irónica ejemplar. En general, focaliza a través de Matías; al final, sin embargo, “ve” a través de Carracha, para aumentar el factor sorpresa. Renuncia, por momentos, a una visión total.
Al fondo, se percibe claramente a la autora real, Pardo Bazán, detrás de ese narrador que suavemente introduce juicios valorativos, de orden moral: el comedimiento es necesario incluso en el disfrute.
7) Notas estilísticas
Pardo Bazán es una magnífica escritora realista; nos ha dejado memorables novelas y cuentos, como este que ahora comentamos, compuesto bajo el marco estilístico del cuento literario realista. La mirada narrativa y autorial no es exactamente objetiva y distante, sino teñida de cierta lección moral y social. 
Las descripciones son minuciosas y exactas, reflejo de su realismo observador. Las narraciones se atienen a una expresividad que busca la penetración psicológica y la ejemplificación. El dominio de la lengua castellana es altísimo. Se manifiesta muy bien en el empleo de un léxico variado, preciso y adecuado, tanto del registro formal , como del informal. Coloquialismos y vulgarismos, en boca de los humildes, salpican la narración.
El manejo de los recursos estilísticos también es muy afortunado. Metáforas, símiles, antítesis, sinestesias, personificaciones, bimembraciones y otros recursos aparecen con frecuencia, aportando belleza, potencia de imágenes y un significado más hondo del texto, mucho más allá de la anécdota narrativa. 
8) Contextualización
Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 1851 – Madrid, 1921) es una de las más significadas escritoras realistas españolas. Tras una fase de aprendizaje, asumió pronto las tesis artísticas del realismo; introdujo y divulgó el debate sobre el naturalismo (defendido en Francia por el novelista Émile Zola). El determinismo biológico y el peso de la herencia y del medio sobre el destino de las personas es uno de los pilares de este movimiento, también propenso a fijarse en los individuos más sórdidos y miserables de la sociedad; no ahorran en sus relatos las acciones más escabrosas y miserables del ser humano. Provocó controversia en toda Europa y muchos detractores lo atacaban. Pardo Bazán propugnaba un naturalismo español, heredero de la novela picaresca y de Cervantes; introducía una visión más humana y compasiva. El relato de las maldades se frena e insinúa más que explicita.
Nuestra escritora asumió y defendió con ardor en público las tesis de la defensa de los derechos de la mujer. Contribuyó eficazmente al reconocimiento de la aportación de las féminas a la sociedad, lo que es un aspecto muy importante. Escribió novelas, cuentos, artículos periodísticos, ensayos, etc. Sus obras completas suponen muchos tomos de buena literatura, seguramente no suficientemente reconocida.
Escribió, entre otros muchos textos importantes, tres novelas de gran calidad: La tribuna (1883), Los pazos de Ulloa (1886-1887) y La madre naturaleza (1887), continuación de la anterior. En ellas se manifiestan muy bien sus ideas sobre la novela y la sociedad, innovadoras y críticas, respectivamente. En los ensayos que componen La cuestión palpitante (1883) plantea, analiza y reflexiona sobre el realismo y el naturalismo en literatura y su acomodación en España. Creó gran controversia y le proporcionó fama, además de contribuir a la renovación de las letras españolas. También compuso cuentos de gran calidad y hondura, como “El fondo del alma”, unos de los mejores textos cortos del realismo español. Este texto que ahora comentamos “El xeste”, muestra a las claras una impresionante perfección y hermosura; revelan una novelista muy bien dotada; es un buen ejemplo de su calidad literaria, realmente elevada.
9) Interpretación y valoración
“El xeste” es un magnífico y delicioso cuento literario realista; no ha perdido un ápice de su actualidad e interés desde su publicación. El argumento es bastante original y distinto, dentro del molde del cuento realista. Aborda un asunto capital, vigente hoy como entonces: la fanfarronería desenfrenada e irreflexiva conduce a la muerte. Aboga por una moderación inteligente, sin dejarse llevar por bajas pasiones, como la gula o la vanagloria.
El cuento no es nunca una narración ñoña o insustancial. La sabia disposición de la materia reserva una sorpresa final enorme. Incluso en las celebraciones más rudas conviene mantener la prudencia para no autodestruirse, aunque Carracha, en su persistente desgracia, esté dispuesto a correr la misma suerte que el protagonista, e incluso parece que la busca comiendo a dos carrillos, sin moderación; es la única vez que ha podido hacerlo en su vida.
Pardo Bazán realiza un dibujo certero y verosímil del mundo rural, muy clasista y con muchas necesidades materiales, intelectuales y morales. Plantea un argumento coherente, verosímil y bien ambientado. El lector entra en su mundo posible con rapidez y avanza con la lógica interna bien cohesionada y firme en todo momento.  
El conjunto del cuento es una lección de vida; todos, ricos y pobres, cultivados o ignaros, debemos conducirnos por un principio de moderación y sencillez; las baladronadas se pagan caras, como aquí la apuesta de Matías. El estilo ágil, ceñido al detalle verosímil y la narración certera, contribuye también a la consecución de un cuento realmente magnífico. Sin duda, debe figurar entre lo mejor del cuento realista español. Una pequeña joya, lamentablemente desconocida para el público general.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Las siguientes actividades se pueden realizar de modo individual o en grupo; de manera oral o escrita; en clase o en casa; utilizando medios tradicionales o recursos TIC, según las circunstancias lo aconsejen).
2.1. Comprensión lectora 
1) Resume el contenido de la novela (150 palabras, aproximadamente). 
2) Señala su tema principal y los secundarios. 
3) Delimita los apartados temáticos, atendiendo a las modulaciones de sentido. 
4) Analiza los personajes, tanto ricos como pobres.
5) ¿Qué tono tiene la novela: positivo, optimista, esperanzado, o todo lo contrario? 
6) Señala el lugar y el tiempo en el que transcurre la acción narrativa. 
7) Observa y señala las características del narrador.
8) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado. 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Qué tipo de vida lleva Matias? ¿Es feliz? ¿Por qué? 
2) Analiza los rasgos de Eiroa y de Carracha. ¿Es una existencia fácil y regalada?
3) ¿Por qué sabemos que la acción ocurre en un entorno gallego y rural? Fíjate en los nombres de los lugares y de las personas para contestar correctamente. 
4) ¿Cómo se aprecia en el texto la importancia de la moderación? ¿Cómo se relaciona con la vanagloria? 
5) ¿Por qué este cuento es una reflexión sobre las ventajas del comedimiento? 
6) ¿Qué significación se desprende del personaje de Carracha?  
2.3. Fomento de la creatividad
1) Elabora un texto literario, en prosa, en verso, o en forma dramática que exprese los efectos sobre alguien de una excesiva vanagloria. Acaso alguien intente exhibir unas capacidades absurdas o exageradas ante los demás. Puedes utilizar el formato del cuento realista, como ha realizado Pardo Bazán.
2) Imagina y transcribe una conversación o plática entre la clase y la novelista Emilia Pardo Bazán a propósito de su cuento y de su vida. 
3) Realiza una exposición sobre Emilia Pardo Bazán, su narrativa y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc. 
4) Aporta o crea imágenes de momentos donde se aprecie los efectos negativos de la fanfarronería y la fatuidad. Puedes colocar a un individuo pobre en una situación donde se aprecie las consecuencias de una conducta exagerada, aparatosa y, al mismo tiempo, absurda, siguiendo el ejemplo de Pardo Bazán con el protagonista Matias.
2.4. Comentario de texto específico
Se puede realizar un comentario de texto de un fragmento del cuento conforme a la plantilla de exégesis textual que se ofrece a continuación.
ACTIVIDADES DEL COMENTARIO DE TEXTO O EXÉGESIS TEXTUAL
1) Resume el texto recogiendo su contenido esencial (100 palabras aprox., equivalentes a 10 líneas); 2) Indica los temas tratados en breves enunciados sintéticos; 3) Señala los apartados temáticos o secciones de contenido; 4) Localiza el lugar y tiempo en el que transcurre la acción (no en poesía lírica); 5) Analiza la figura del narrador (no en poesía lírica, donde aparece un sujeto lírico), ni en teatro; 6) Describe los personajes (no en poesía lírica); 7) Analiza la métrica, la rima y señala la estrofa empleada (solo en poesía o teatro en verso); 8) Analiza cómo los recursos estilísticos crean significado (12, mínimo); 9) Contextualiza al autor y su obra según su entorno social, histórico, cultural y personal; 8) Interpreta y discierne la intención y sentido del texto; 9) Valora personalmente tu apreciación lectora; 10) Transforma el texto con un lenguaje y en un contexto actual manteniendo su esencia, o escribe un texto literario inspirado en el original (optativo).

Emilia Pardo Bazán: «El fondo del alma»; texto, análisis y propuesta didáctica

Pardo Bazán – “El fondo del alma” (1907)
El día era radiante. Sobre las márgenes del río flotaba desde el amanecer una bruma sutil, argéntea, pronto bebida por el sol.
Y como el luminar iba picando más de lo justo, los expedicionarios tendieron los manteles bajo unos olmos, en cuyas ramas hicieron toldo con los abrigos de las señoras. Abriéronse las cestas, salieron a luz las provisiones, y se almorzó, ya bastante tarde, con el apetito alegre e indulgente que despiertan el aire libre, el ejercicio y el buen humor. Se hizo gasto del vinillo del país, de sidra achampañada, de licores, servidos con el café que un remero calentaba en la hornilla.
La jira se había arreglado en la tertulia de la registradora, entre exclamaciones de gozo de las señoritas y señoritos que disfrutaban con el juego de la lotería y otras igualmente inocentes inclinaciones del corazón no menos lícitas. Cada parejita de tórtolos vio en el proyecto de la excelente señora el agradable porvenir de un rato de expansión; paseo por el río, encantadores apartes entre las espesuras floridas de Penamoura. El más contento fue Cesáreo, el hijo del mayorazgo de Sanín, perdidamente enamorado de Candelita, la graciosa, la seductora sobrina del arcipreste.
Aquel era un amor, o no los hay en el mundo. No correspondido al principio, Cesáreo hizo mil extremos, al punto de enfermar seriamente: desarreglos nerviosos y gástricos, pérdida total del apetito y sueño, pasión de ánimo con vistas al suicidio. Al fin se ablandó Candelita y las relaciones se establecieron, sobre la base de que el rico mayorazgo dejaba de oponerse y consentía en la boda a plazo corto, cuando Cesáreo se licenciase en Derecho. La muchacha no tenía un céntimo, pero… ¡ya que el muchacho se empeñaba! ¡Y con un empeño tan terco, tan insensato!
–Allá él, señores… –así dijo el mayorazgo a sus tertulianos y tresillistas, otros hidalgos viejos, que sonrieron aprobando, y hasta clamando «enhorabuena», fácilmente benévolos para lo que no les «llegaba el bolsillo»… Al cabo, ellos no habían de dar biberón a lo que naciese de la unión de Cesáreo y Candelita.
La felicidad del noviazgo la saboreó Cesáreo desatadamente. Loco estaba antes de rabia, y loco estaba ahora de júbilo; las contadas horas que no pasaba al lado de su novia las dedicaba a escribirle cartas o a componer versos de un lirismo exaltado. En el pueblo no se recordaba caso igual: son allí los amoríos plácidos, serenos, con algo de anticipada prosa casera entre las poesías del idilio. Envidiaron a Candelita las niñas casaderas, encubriendo con bromas el despecho de no ser amadas así; y cuando, al preguntarle chanceras qué hubiese sucedido si Candelita no le corresponde, contestaba Cesáreo rotundamente: «me moriría», las muchachas se mordían el labio inferior. ¡Qué tenía la tal Candelita más que las otras, vamos a ver!…
En la jira a Penamoura estuvo hasta imprudente, hasta descortés, el hijo del mayorazgo: de su proceder se murmuraba en los grupos. Todo tiene límite; era demasiada cesta. Aquellos ojos que se comían a Candelita; aquellos oídos pendientes del eco de su voz; aquellos gestos de adoración a cada movimiento suyo… francamente, no se podían aguantar. Mientras la parejita se aislaba, adelantándose castañar arriba, a pretexto de coger moras, el sayo se cortó bien cumplido; sólo el viejo capitán retirado, don Vidal, que dirigía la excursión, opinó con bondad babosa que eran «cosas naturales», y que si él se volviese a sus veinticinco, atrás se dejaría en rendimiento y transporte a Cesáreo…
Habían decidido emprender el regreso a buena hora, porque, en otoño, sin avisar se echa encima la noche; pero ¡estaba tan hermoso el pradito orlado de espadañas! ¡Si casi parecía que acababan de comer! ¡Si no habían tenido tiempo de disfrutar la hermosura del campo! Daba lástima irse… Además, tenían luna para la navegación. Fue oscureciendo insensiblemente, y con la puesta del sol coincidió una niebla, suave y ligera al pronto, como la matinal, pero que no tardó en cerrarse, ya densa y pegajosa, impidiendo ver a dos pasos los objetos. Don Vidal refunfuñó entre dientes:
–Mal pleito para embarcarse. Vararemos.
Y ello es que no había otro recurso sino regresar a la villa…
Al acercarse a la barca los expedicionarios, no parecían ni patrón ni remeros. La registradora empezó a renegar:
–¡Darles vino a esos zánganos! ¡Bien empleado nos está si nos amanece aquí!
Por fin, al cabo de media hora de gritos y búsqueda, se presentaron sofocados y tartajosos los remerillos. Del patrón no sabían nada. Se convino en que era inútil aguardar al muy borrachín; estaría hecho un cepo en alguna cueva del monte; y el remero más mozo, en voz baja, se lo confesó a don Vidal:
–Tiene para la noche toda. No da a pie ni a pierna.
–¿Sabéis vosotros patronear? –preguntó Cesáreo, algo alarmado.
–Con la ayuda de Dios, saber sabemos –afirmaron humildemente. Se conformaron los expedicionarios, y momentos después la embarcación, a golpe de remo, se deslizaba lentamente por el río. Asía don Vidal la caña del timón y guiaba, obedeciendo las indicaciones de los prácticos.
Hacía frío, un frío sutil, pegajoso. La gente joven empezó a cantar tangos y cuplés de zarzuela. El boticario, para lucir su voz engolada, entonó después el Spirto. Las señoras se arropaban estrechamente en sus chales y manteletas, porque la húmeda niebla calaba los huesos. Cesáreo, extendiendo su ancho impermeable, cobijaba a Candelita, y confundiendo las manos a favor de la oscuridad y del espeso tul gris que los aislaba, los novios iban en perfecto embeleso.
–Nadie ha querido como yo en el mundo –susurraba el hijo del mayorazgo al oído de su amada.
–Esto no es cariño, es delirio, es enfermedad. ¡Soy tan feliz! ¡Ojalá no lleguemos nunca!
–¡Ciar, ciar, pateta! -gritó, despertándole de su éxtasis, la voz vinosa de un remero–. ¡Que vamos cara a las peñas! ¡Ciar!
Don Vidal quiso obedecer… Ya no era tiempo. La barca trepidó, crujió pavorosamente; cuantos en ella estaban, fueron lanzados unos contra otros. La frente de Cesáreo chocó con la de Candelita. En el mismo instante empezó a sepultarse la barca. El agua entraba a borbollones y a torrentes por el roto y desfondado suelo. Ayes agónicos, deprecaciones a santos y vírgenes, se perdían entre el resuello del abismo que traga su presa. Era el río allí hondo y traidor, de impetuosa corriente. Ningún expedicionario sabía nadar, y se colaban apelotados en los abrigos y chales que los protegían contra la penetrante niebla, yéndose a pique rectos como pedruscos.
Aturdido por el primer sorbo helado, Cesáreo se rehízo, braceó instintivamente, salió a la superficie, se desembarazó a duras penas del impermeable y exclamó con suprema angustia:
–¡Candela! ¡Candelita!
Del abismo negro del agua vio confusamente surgir una cara desencajada de horror, unos brazos rígidos que se agarraron a su cuello.
–¡No tengas miedo, hermosa! ¡Te salvo!
Y empezó a nadar con torpeza, a la desesperada. Sentía la corriente, rápida y furiosa, que le arrastraba, que podía más.
–Suelta… No te agarres… Échame sólo un brazo al cuello… Que nos vamos a fondo…
La respuesta fue la del miedo ciego, el movimiento del animal que se ahoga: Candelita apretó doble los brazos, paralizando todo esfuerzo, y por la mente de Cesáreo cruzó la idea: «Moriremos juntos».
El peso de su amada le hundía, efectivamente; el abrazo era mortal. Se dejó ir; el agua le envolvió. Su espinilla tropezó con una piedra picuda, cubierta de finas algas fluviales. El dolor del choque determinó una reacción del instinto; ciegamente, sin saber cómo, rechazó aquel cuerpo adherido al suyo, desanudó los brazos inertes; de una patada enérgica volvió a salir a flote, y en pocas brazadas y pernadas de sobrehumana energía arribó a la orilla fangosa, donde se afianzó, agarrándose a las ramas espesas de los salces. Miró alrededor: no comprendía. Chilló, desvariando:
–¡Candelita! ¡Candela!
La sobrina del arcipreste no podía responder: iba río abajo, hacia el gran mar del olvido.
1. ANÁLISIS
1) Resumen
Un grupo de gente elegante y de buen pasar económico, jóvenes en general, se van de excursión al campo, a Penamoura, un lugar apartado, agradable y con mucha vegetación; ha organizado la salida la registradora. Entre las parejas de jóvenes está la formada por Cesáreo, heredero del mayorazgo de Sanín, y Candela, la sobrina del arcipreste. Han de cruzar un río bastante caudaloso, con rápidos. La pareja de Cesáreo y Candela es célebre en la comarca por sus amores románticos, acaso exagerados. Él confiesa que si ella la hubiera rechazado, acariciaba la idea de la muerte. Ahora, él confirma públicamente su felicidad. A la vuelta de la excursión llega la niebla y algo de lluvia. El barquero se duerme, borracho, y ya no lo esperan. Los remeros afirman que saben dirigir la barca. En un momento, esta se dirige contra unas peñas y se destroza. Todos van al agua. Cesáreo distingue a Candela y la coge, con la intención de salvarla, pero van los dos al fondo. El novio se desase de los brazos de la novia y, con un fuerte impulso, emerge y se dirige a la orilla. Allí grita el nombre de ella, como para ayudarla; pero Candela no puede contestar; su cuerpo yerto lo arrastra el río, corriente abajo.
2) Temas del cuento
Los temas más importantes de El fondo del alma son:
– La felicidad se esfuma rápidamente por imprevistos dramáticos de la vida. 
– Las ideas de amor y entrega, cuando se ponen a prueba, pueden resultar falsas. 
– De las palabras a la realidad, del dicho al hecho, hay un gran trecho, que incluso nosotros mismos ignoramos. 
– La cobardía, el miedo y el instituto de supervivencia nos empujan a tomar decisiones terribles, para uno mismo y para los demás. 
3) Apartados temáticos 
Este cuento presenta una disposición clásica; se atiene a una lógica temporal de avance cronológico sucesivo. Al principio, aparece una pequeña analepsis, donde se aclara cómo surge la idea y la planificación de la excursión a Penamoura. El resto del cuento se somete a un hilo temporal lógico y coherente, que coincide con un día, desde el amanecer hasta el anochecer. 
4) Personajes
El protagonista es Cesáreo, un joven de buena familia, estudiante de Derecho, locamente enamorado de Candela, la sobrina del arcipreste. Él cree que no puede vivir sin el amor de ella, pero cuando la vida lo somete a una prueba mortal, decide salvarse, mientras ella muere al no recibir ayuda. Sus gritos finales muestran la desesperación que lo invade.
Candela es una joven que corresponde al amor de su novio. Muy poco sabemos de ella, salvo su normalidad de dama de pueblo, en un ambiente gallego. El resto de los personajes no llegan a adquirir protagonismo relevante; acaso el barquero, por su borrachera, responsable indirecto de la catástrofe, posee una cierta importancia, irónica, pues es ajeno al mundo romántico y elegante de sus transportados. 
5) Lugar y tiempo narrativos
La acción se desarrolla en un entorno rural, cerca de una villa o pueblo grande, del que no se facilita el nombre Penamoura es el único topónimo que aparece, lo que lo sitúa en un ámbito gallego. 
El fondo del alma se publicó en 1907; podemos deducir que Pardo Bazán la escribió ese mismo año o en los años previos. La acción narrativa se sitúa en esa época: principios del siglo XX. Un joven estudia Derecho; su novia es sobrina del arcipreste; la excursión es organizada por la registradora, etc., son datos de la vida de esa época. La acción dura un día exactamente, desde la mañana a la noche. Algunas analepsis explican hechos pasados, como quién organiza la excursión y cómo surgió el noviazgo de Cesáreo y Candela.
6) Figura del narrador
La materia narrativa está contada por un narrador omnisciente, externo, bastante objetivo y en tercera persona. Focaliza a través de Cesáreo, aunque se muestra externo y objetivo. 
Al fondo, se percibe una intencionalidad crítica por parte de la autora real, Pardo Bazán. Incita a una reflexión ardua y comprometida: ¿qué haríamos nosotros, lectores, en una situación semejante?
7) Notas estilísticas
Pardo Bazán es una magnífica escritora realista; nos ha dejado memorables novelas y cuentos, como este que ahora comentamos, compuesto bajo el marco estilístico del relato infantil tradicional y ancestral. La mirada narrativa y autorial no es exactamente objetiva y distante, sino teñida de cierta lección moral y social. 
Las descripciones son minuciosas y exactas, reflejo de su realismo observador. Las narraciones se atienen a una expresividad que busca la penetración psicológica y la ejemplificación. El dominio de la lengua castellana es altísimo. Se manifiesta muy bien en el empleo de un léxico variado, preciso y adecuado, tanto del registro formal , como del informal. Coloquialismos y vulgarismos, en boca de los humildes, salpican la narración. 
El manejo de los recursos estilísticos también es muy afortunado. Metáforas, símiles, antítesis, sinestesias, personificaciones, bimembraciones y otros recursos aparecen con frecuencia, aportando belleza, potencia de imágenes y un significado más hondo del texto, mucho más allá de la anécdota narrativa.
 8) Contextualización
Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 1851 – Madrid, 1921) es una de las más significadas escritoras realistas españolas. Tras una fase de aprendizaje, asumió pronto las tesis artísticas del realismo; introdujo y divulgó el debate sobre el naturalismo (defendido en Francia por el novelista Émile Zola). El determinismo biológico y el peso de la herencia y del medio sobre el destino de las personas es uno de los pilares de este movimiento, también propenso a fijarse en los individuos más sórdidos y miserables de la sociedad; no ahorran en sus relatos las acciones más escabrosas y miserables del ser humano. Provocó controversia en toda Europa y muchos detractores lo atacaban. Pardo Bazán propugnaba un naturalismo español, heredero de la novela picaresca y de Cervantes; introducía una visión más humana y compasiva. El relato de las maldades se frena e insinúa más que explicita.
Nuestra escritora asumió y defendió con ardor en público las tesis de la defensa de los derechos de la mujer. Contribuyó eficazmente al reconocimiento de la aportación de las féminas a la sociedad, lo que es un aspecto muy importante. Escribió novelas, cuentos, artículos periodísticos, ensayos, etc. Sus obras completas suponen muchos tomos de buena literatura, seguramente no suficientemente reconocida.
Escribió, entre otros muchos textos importantes, tres novelas de gran calidad: La tribuna (1883), Los pazos de Ulloa (1886-1887) y La madre naturaleza (1887), continuación de la anterior. En ellas se manifiestan muy bien sus ideas sobre la novela y la sociedad, innovadoras y críticas, respectivamente. En los ensayos que componen La cuestión palpitante (1883) plantea, analiza y reflexiona sobre el realismo y el naturalismo en literatura y su acomodación en España. Creó gran controversia y le proporcionó fama, además de contribuir a la renovación de las letras españolas. También compuso cuentos de gran calidad y hondura, como “El fondo del alma”, que ahora comentamos, unos de los mejores textos cortos del realismo español. Este texto que ahora comentamos es de magnífica calidad. Su impresionante perfección y hermosura revelan una novelista muy bien dotada; es un buen ejemplo de su calidad literaria, realmente elevada.
9) Interpretación y valoración
El fondo del alma es un magnífico y delicioso cuento realista; no ha perdido un ápice de su actualidad e interés desde su publicación. El argumento es original y distinto, dentro del molde del cuento de hadas. Aborda un asunto capital, vigente hoy como entonces: la reacción imprevisible del hombre ante una situación mortal.
El cuento plantea una situación terriblemente angustiosa: ¿a quién salvar, a la persona amada, o a uno mismo? La construcción es perfecta: el dibujo de los personajes es muy intencionado, el ritmo de la intriga asciende, el desenlace es trágicamente sorprendente e inesperado.
Pardo Bazán realiza un dibujo certero y verosímil; la vida rural de la clase acomodada se deja entrever en su rutina de molicie y diversión.  El lector, infantil o adulto, entra en su mundo posible con rapidez y avanza con la lógica interna bien cohesionada y firme en todo momento.  
El conjunto del cuento es una incitación a la reflexión sobre la realidad y la apariencia, la vigencia de ciertos sentimientos amorosos exacerbados, en los que aparentamos creer hasta que la dura realidad nos somete a una prueba decisiva. Tras la máscara, aparece la miseria.  El estilo ágil, ceñido al detalle verosímil y la narración certera, contribuye también a la consecución de un cuento realmente magnífico. Sin duda, debe figurar entre lo mejor del cuento literario español. Una pequeña joya, lamentablemente desconocida para el público general.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Las siguientes actividades se pueden realizar de modo individual o en grupo; de manera oral o escrita; en clase o en casa; utilizando medios tradicionales o recursos TIC, según las circunstancias lo aconsejen).
2.1. Comprensión lectora 
1) Resume el contenido de la novela (150 palabras, aproximadamente). 
2) Señala su tema principal y los secundarios. 
3) Delimita los apartados temáticos, atendiendo a las modulaciones de sentido. 
4) Analiza los personajes, tanto ricos como pobres.
5) ¿Qué tono tiene la novela: positivo, optimista, esperanzado, o todo lo contrario? 
6) Señala el lugar y el tiempo en el que transcurre la acción narrativa. 
7) Observa y señala las características del narrador.
8) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado. 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Qué tipo de vida lleva el protagonista, Cesáreo y sus acompañantes? ¿Es feliz? ¿Por qué? 
2) Analiza los rasgos de la personalidad de Cesáreo y Candela.
3) ¿Por qué el amor apasionado de él se somete a una dura prueba? ¿Existe algún responsable del naufragio?
4) ¿Cómo se aprecia en el texto la importancia del compromiso moral? ¿Cómo se relaciona con el amor? 
5) ¿Por qué este cuento es una reflexión sobre los duros dilemas que se plantean en la vida? 
6) ¿Qué significación se desprende del personaje de Cesáreo?  
2.3. Fomento de la creatividad
1) Elabora un texto literario, en prosa, en verso, o en forma dramática que expresa una dura decisión ante un dilema mortal, donde se puede perder la vida. Puedes utilizar el formato del cuento literario, como ha realizado Pardo Bazán.
2) Imagina y transcribe una conversación o plática entre la clase y la novelista Emilia Pardo Bazán a propósito de su obra literaria y de su vida. 
3) Realiza una exposición sobre Emilia Pardo Bazán, su narrativa y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc. 
4) Aporta o crea imágenes de momentos donde se aprecie una situación donde se ha de elegir entre salvarse o morir por una causa, un sentimiento, una idea, etc. Puedes colocar a un individuo en una situación crítica donde se aprecie la angustia de la situación, siguiendo el ejemplo de Pardo Bazán con el protagonista Cesáreo.
2.4. Comentario de texto específico
Se puede realizar un comentario de texto de un fragmento del cuento conforme a la plantilla de exégesis textual que se ofrece a continuación.
ACTIVIDADES DEL COMENTARIO DE TEXTO O EXÉGESIS TEXTUAL
1) Resume el texto recogiendo su contenido esencial (100 palabras aprox., equivalentes a 10 líneas); 2) Indica los temas tratados en breves enunciados sintéticos; 3) Señala los apartados temáticos o secciones de contenido; 4) Localiza el lugar y tiempo en el que transcurre la acción (no en poesía lírica); 5) Analiza la figura del narrador (no en poesía lírica, donde aparece un sujeto lírico), ni en teatro; 6) Describe los personajes (no en poesía lírica); 7) Analiza la métrica, la rima y señala la estrofa empleada (solo en poesía o teatro en verso); 8) Analiza cómo los recursos estilísticos crean significado (12, mínimo); 9) Contextualiza al autor y su obra según su entorno social, histórico, cultural y personal; 8) Interpreta y discierne la intención y sentido del texto; 9) Valora personalmente tu apreciación lectora; 10) Transforma el texto con un lenguaje y en un contexto actual manteniendo su esencia, o escribe un texto literario inspirado en el original (optativo).

Emilia Pardo Bazán: «El príncipe Amado»; texto, análisis y propuesta didáctica

Pardo Bazán – “El príncipe Amado” (1879)
I
El rey Bonoso y la reina Serafina gobernaban pacíficamente, hacía veinte años largos de talle, uno de los reinos más fértiles y ricos del continente Oceánido, que se llamaba el reino de Colmania. No aconsejo a los lectores, si estudian Geografía, que se molesten en buscar en mapa ni en atlas alguno este reino y este continente, porque hace tantos siglos que ocurrió lo que voy contando que, o mudarían de nombre aquellas regiones, o se las tragaría el mar, como aseguran que sucedió con otra muy grande que nombran Atlántida.
Pues, como digo, los vasallos del rey Bonoso eran muchos y vivían felices, porque el rey y la reina tenían el genio más dulce y la pasta mejor del mundo, y ni los agobiaban a contribuciones ni perdonaban medio de prodigarles beneficios. Colmania gozaba de un clima igual y templado, y era abundante en trigo, en vino, en toda clase de productos agrícolas, con lo cual los colmanienses no tenían que temer la miseria, y andaban alegres como unas Pascuas por aquellas ciudades y aquellos campos, cantando cada villancico y cada seguidilla que daba gusto.
Pero como no hay felicidad perfecta en este pícaro mundo, el rey Bonoso y la reina Serafina estaban de cuando en cuando tristes y de mal humor, y entonces el rey se ponía también compungido para acompañar en sus pesares a los buenos reyes. El motivo de la pena de éstos era que nos les había concedido Dios hijo alguno, y cada vez que la reina Serafina pasaba por delante de una cabaña y veía a la puerta jugar muchos niños descalzos, risueños y frescos, se le saltaban de envidia unos lagrimones como puños. No es posible contar las ofertas y rogativas que hizo la pobre reina para que el cielo le enviase una criatura que alegrase el palacio y fuese heredera del trono de Colmania; pero ya hacía veinte años que la reina pedía y la criatura no acababa de llegar. Los súbditos también deseaban mucho que viniese el heredero, porque temían que si los reyes Bonoso y Serafina morían sin tener hijos, el rey de un país vecino, que se llamaba el país de Malaterra, se empeñase en conquistar a Colmania, lo que haría sin duda alguna, porque era un rey muy emprendedor y ambicioso y muy aficionado a dar batallas. Así es que los habitantes de Colmania se morían porque a la reina Serafina le naciese un príncipe; y como a este príncipe le querían tanto aun antes que existiese, hablaban de él cual de una persona real y efectiva, y le pusieron el nombre de Príncipe Amado.
Un día, estando la reina Serafina solazándose en sus jardines y echando pan a los pececillos colorados que nadaban en el tazón de mármol de una fuente, sintió mucho sueño y pesadez en los párpados, y sin poder resistir al deseo de descabezar la siesta, se reclinó en un banco de césped cubierto con un toldo de jazmines, y se quedó dormida en un abrir y cerrar de ojos. Cuando estaba en lo mejor del sueño sintió que la tocaban en un hombro, alzó la vista y vio ante sí una dama muy linda, vestida con un traje de color extraño, que no era blanco ni azul, sino una mezcla de las dos cosas, algo parecida al matiz especial que tiene la luz de la luna. En la mano derecha llevaba una varita de plata, y la reina, que no era lerda, conoció por la varita que era un hada o maga benéfica aquella señora. La cual, con una vocecita de miel, dijo inmediatamente:
–Yo soy el hada del Deseo cumplido, y vengo a causarte gran alegría. Yo bajo rara vez de las cimas de mis hermosas montañas para visitar a los mortales; pero cuando éstos me envían allá tantos y tantos deseos juntos, no puedo resistir y los cumplo casi siempre. Los deseos de tus vasallos, de tu esposo y tuyos me están molestando continuamente: voy a ver si, cumpliéndolos, me dejáis en paz.
Y como la reina escuchase con la boca abierta, el hada extendió la varita y añadió:
–Tendrás un hijo.
Y se fue tan ligera, que la reina no pudo comprender por dónde. Excusado es decir lo contenta que quedó la reina Serafina con la promesa del hada, y mucho más cuando vio que salía cierta, y que le nacía un hijo varón, robusto como un pino y hermoso como el sol mismo. Las fiestas y regocijos que por tal acontecimiento celebró el reino de Colmania no pueden escribirse en veinte volúmenes. Baste decir que en las plazas públicas de las ciudades se pusieron unas fuentes de cinco caños de oro purísimo, y por un caño manaba vino generoso, por otro, leche azucarada, por otro, rubia miel; por los dos restantes, agua de olor y licor de guindas. De estas fuentes podía beber todo el mundo, y llenar jarros y barriles para llevárselos a su casa. Pero la diversión que más gustó a los colmanienses fueron unas luminarias monstruosas que se colocaron con gran dispendio en la cumbre de los altos montes, y que trazaban en letras de fuego los nombres de Bonoso y Serafina. Hasta en la superficie del mar se pusieron tales luminarias, valiéndose para ello de muchos barcos, que cada uno iba envuelto en un globo de luz de distinto color, y que se situaron de manera que dibujasen sobre las aguas tranquilas una gigantesca B y una S enorme. Pero ¿quién me mete a mí en narrar tales fiestas? No acabaría el año que viene. Dejémoslas, y vayamos a la alcoba de la reina Serafina, en donde se halla la cuna de marfil, incrustada en esmeraldas, del pequeño Amado (porque por unanimidad se dio al recién nacido este nombre). En aquel instante acababan de salir de la alcoba todos los ministros, títulos, generales, altos funcionarios y notabilidades de Colmania, que habían venido a cumplir la etiqueta besando respetuosamente la manecita que Amado, dormido como un santo, dejaba asomar por entre los ricos encajes de la sábana. Cuando desapareció en el umbral de la puerta el último faldón de frac bordado y el último uniforme, el rey Bonoso y la reina Serafina se dieron un abrazo para desahogar el júbilo, que no les cabía en el pellejo. Estaban así abrazados y llorando como unos bobos, cuando he aquí que de pronto se les presenta el hada del Deseo cumplido. Venía más guapa que nunca: su traje brillaba como la luna misma, y el pelo suelto y negrísimo flotaba por sus hombros y caía hasta sus pies; en la cabeza lucía una corona de estrellitas que no están quietas sino que temblaban, temblaban como tiemblan de noche las estrellas en el cielo. El rey Bonoso iba a hincarse de rodillas ante el hada, pues no ignoraba que le debía su dicha; pero el hada extendiendo la varita sobre la cuna, le dijo:
–Rey de Colmania, por aumento de bienes voy a dar a tu hijo hermosura, inteligencia y buen carácter, ahora a ti te toca educarle de manera que sea feliz.
Y el hada, bajándose, besó tres veces suavemente al príncipe en los ojos, en la frente y en el corazón. No se despertó el niño, y el hada desapareció otra vez de la vista del rey y de la reina.
Quedáronse los reyes medio atortolados, gozosos con los dones que el hada otorgara al niño, pero cavilando en aquello de educarle de manera que fuese feliz. El hada lo había dicho con un tono solemne que daba en qué pensar, y los reyes, que un momento antes no se acordaban sino de mimar a Amadito y comérselo a besos, ahora se quebraban la cabeza discurriendo métodos de educación.
El rey Bonoso, que no tenía la vanidad de creerse más ilustrado que todo el reino junto, abrió inmediatamente un concurso ofreciendo premios a los autores que más a fondo tratasen y mejor resolviesen la cuestión de cómo se debe educar a un niño para que sea feliz. Emborronáronse con tal motivo más de 8.000 resmas de papel, y se imprimieron arriba de 24.800 Memorias, llenas de preceptos higiénicos y de sistemas muy eruditos, muy elegantes, pero que no sacaron de dudas al rey. Éste convocó entonces a todos los sabios de Colmania y los reunió en su palacio a fin de que discutiesen y ventilasen el punto, prometiéndose atenerse a las decisiones de tan docta Asamblea. Allí se juntaron sabios de todos colores y clases: unos, sucios, vestidos de andrajos y con luengas barbas; otros, afeitados, peinaditos y con quevedos de oro, unos, viejos, amarillos, sin dientes, que todo lo hallaban difícil y malo; otros, jóvenes, petulantes, que para todo encontraban salida y respuesta. Abierto el debate sobre la educación del príncipe Amado, se emitieron los pareceres más diferentes: unos opinaban que, para hacerle feliz, convenía enseñar al príncipe a mandar desde la niñez, con lo cual no le pesaría más tarde la corona en las sienes; otros, que era preciso adiestrarle en las armas para que adquiriese renombre de invencible, y hasta hubo un sabio que propuso que, para la dicha del príncipe, lo mejor era estrellarle la cabeza contra un muro, pues, no teniendo pecados, se iría de patitas a la gloria; por cuyo dictamen la reina Serafina, mandó que sus criados arrojasen al sabio por las escaleras a empellones. En suma, el rey no sacaba más en limpio del congreso de sabios que de las Memorias del concurso, y entonces resolvió tentar el extremo opuesto, es decir, llamar a una porción de mujeres sencillas del pueblo y consultarlas acerca del caso. Esta vez no hubo discordia; todas las mujeres opinaron que la felicidad consistía en poseer cuanto se deseaba, sin restricción de ninguna especie, y que, por consiguiente, el modo de hacer dichoso al principito era cumplirle todos, todos los gustos, y bailarle el agua delante. El consejo satisfizo por completo al rey Bonoso, que estaba muerto por mimar a su hijo; a la reina, que ya lo mimaba desde que nació; a las damas, pajes y servicio de Palacio, que andaban bobos con las gracias del chiquitín, y a todos los colmanienses, que idolatraban en su príncipe Amado. Arreglada así la cosa, nadie volvió a acordarse de la advertencia del hada, y todo el mundo se entregó al placer de adivinarle los antojos al recién nacido, que pocos tenía aún.
II
Creció Amado en medio del cariño universal, y sus juegos y sus ocurrencias traían embelesado el reino entero. Por supuesto que, consecuentes con el programa de educación que adoptaron, sus padres prevenían los más mínimos caprichos del heredero; y si en la época de la lactancia no le dieron dos amas en vez de una, fue porque los médicos de Palacio declararon que tal exceso podría comprometer su salud. No bien el príncipe comenzó a interesarse por los objetos exteriores, le pusieron entre las manos cuanto señalaba con su dedito; y como llega una edad en que los niños quieren tocar todo, no hay que decir las preciosidades que hizo añicos, sin saberlo, el príncipe. En sólo una mañana destrozó la colección más rica de porcelanas y esmaltes que poseía Colmania, y que se guardaba en el museo de los reyes como tesoro artístico inestimable. También tuvo el placer de reducir a fragmentos unos abanicos delicadísimos de nácar y marfil, regalo de boda que estimaba mucho la reina Serafina, y unas sabonetas muy curiosas que el rey Bonoso se entretenía en arreglar y poner en hora diariamente; sin hablar de las flores exóticas que arrancó en el invernadero, ni de los libros raros y únicos que rasgó en la biblioteca. Al empezar la época de los juguetes, ya se comprenderá lo pronto que Amado se aburrió de trompos, pelotas, cuerdas, soldados de plomo, tambores y otras baratijas comunes; todos los días pedía juguetes nuevos y distintos, y he aquí que Colmania se puso en conmoción para idear novedades que distrajesen al príncipe. Llamados de real orden, acudieron a palacio los mecánicos más hábiles, y se dieron a discurrir creando muñecas que hablaban, cantaban y bailaban; bueyes que pacían, borricos que rebuznaban y multitud de artificios semejantes; pero sucedió que Amado hacía ya muecas de desdén a cada invención; y, por último, una noche, habiendo visto la luna, que apacible y majestuosa se reflejaba en un estanque, se empestilló en pedir aquel juguete, que le gustaba más que todos. Al verle patear y llorar, el rey Bonoso se puso casi de rodillas ante el mejor mecánico, rogándole que, por Dios, hiciese una luna falsa para aplacar a Amado con ella. El mecánico labró un lindo disco de plata muy reluciente, y haciendo como que se inclinaba al estanque para recogerlo, lo entregó al príncipe. Pero éste, según la promesa del hada, no tenía pelo de tonto, siguió gimiendo y asegurando que aquella luna era de mentirijillas y que no alumbraba como la otra. En semejante ocasión es fama que el mecánico, anticipándose mucho a los adelantos de la ciencia moderna, descubrió una aplicación de la luz eléctrica por medio de la cual logró que el disco esparciese una claridad suave como la de la luna, y contentó a Amado, haciéndole creer que poseía realmente el astro nocturno.
Pisando así sobre rosas, y viendo prevenidos sus deseos más leves, fue el príncipe haciéndose, de párvulo, niño, y de niño, mancebo, y cumpliendo los dieciocho años sin haber aprendido cosa de provecho; porque, es claro, como su primer movimiento fue negarse a trabajar y a estudiar, nadie soñó en insistir ni en molestarle. Por otra parte, su buena memoria y su natural despejo suplían un tanto a la instrucción que le faltaba; y como era, además de listo, muy guapo, rubio como unas candelas, con unos ojazos azules que daban gloria, toda Colmania consideraba a Amado el más perfecto de los príncipes.
Notábase, eso sí, que Amado tenía el rostro algo descolorido y los bellos ojos algo apagados y tristes, que no mostraba interés por cosa alguna de este mundo, y que después de una temporada en que tuvo gran afición a perros, y después a loros y pájaros, y por último a la caza de cetrería, que se hace con unas aves amaestradas que llaman halcones, el príncipe había caído en absoluta indiferencia, y su hermoso semblante revelaba un aburrimiento invencible. Temiose que su salud se hubiese alterado, y el reino hizo públicas plegarias por su restablecimiento, con tanto más motivo cuando que, hallándose el rey Bonoso muy cascadito y viejo, y la reina Serafina hecha una pasa, nadie dudaba de que presto pondrían ambos el cetro en manos de Amado, retirándose ellos del gobierno y del trono. Y es de advertir que los colmanienses deseaban muchísimo que así sucediese, porque desde hacía algunos años el reino andaba muy mal regido y los vasallos descontentos. El rey y la reina, buenos como siempre, pero embobados con su hijo, descuidaron los asuntos públicos, y un ministro orgulloso y audaz, el conde del Buitre, se hizo dueño del poder, cargando al pueblo de tributos, persiguiendo aquí, encarcelando acullá, y dándose tal maña en derrochar los fondos del erario, que, si en Colmania hubiese papel de tres, de fijo estaría casi tan por los suelos como el de España. Bonoso y Serafina se quejaban, pero no tenían resolución para coger al ministro y castigarle debidamente; y, entre tanto, en Colmania había muchas provincias cuyos habitantes perecían de hambre o se alimentaban con las hierbas y raíces del monte, no queriendo cultivar sus heredades, porque no les producían lo necesario para satisfacer las contribuciones inmensas que exigía el conde del Buitre. De manera que el pueblo, irritado y furioso, maldecía al ministro y hablaba de sublevarse y de arrojarlo por fuerza del poder.
El rey y la reina, aunque no dejaban de afligirse por lo que sabían del mal estado del país, por más que el conde del Buitre se lo ocultaba todo lo posible, pintándoles, al contrario, una situación muy halagüeña, pensaban principalmente en Amado, cuya apacible melancolía empezaba a inquietarlos. Si bien no imaginaban haber omitido nada para hacer a su hijo feliz, tenían barruntos de que no lo era, viéndole pálido y abatido. Consultaron al médico de cámara, el cual recetó una temporada de campo. Los reyes entonces se fueron con el príncipe a un magnífico sitio de recreo que se llamaba Lagoumbroso, y que estaba casi en las fronteras del reino, tocando con el país de Malaterra. Este lugar, que pocas veces visitaban los reyes, era amenísimo y de aspecto singular. Grandes bosques de árboles centenarios, cubiertos de musgo y liquen, rodeaban por todas partes un lago diáfano y sereno, en una de cuyas orillas, y sobre imponentes peñascos, se elevaba el castillo, residencia real; el castillo era ya muy antiguo y de arquitectura grandiosa; sus torres, cercadas de balconcillos calados de granito, se reflejaban en el lago; y la yedra, trepando por los muros, daba graciosísimo aspecto a la azotea, en cuyo borde unas estatuas de mármol, amarillosas ya con la intemperie, se inclinaban para mirarse en el lago también. Era tal la frondosidad de aquel parque, que parecía que jamás el pie humano pisara sus sendas. A Amado le gustó mucho el sitio, y mostró animarse paseando por él y recorriéndolo en todas direcciones, por más que a los pocos días volviese a mostrarse taciturno y alicaído como antes. Una tarde el rey y la reina salieron con Amado, dirigiéndose a un punto muy fragoso del bosque que no conocían aún. El rey Bonoso, aunque sus años y sus achaques no le hacían muy a propósito para sostén de nadie, daba el brazo a Amado porque éste no se fatigara, y detrás iban dos pajes dispuestos a reemplazar al rey y a servir de apoyo al príncipe. Más atrás venía un palafrenero llevando del diestro el caballo favorito de Amado, por si a éste se le ocurría montar, y después seguían lacayos con una silla de manos; otros, con blandos cojines; otros, cargados de refrescos y dulces, todo por si el príncipe experimentaba en la selva ganas de sentarse, o de comer, o de beber, Amado fue despacio y por su pie hasta el sitio marcado, que era un valle en que un torrente, saltando entre dos negras rocas, caía al borde de un prado de fresca y menuda hierba, bañando las raíces de álamos gigantescos que sombreaban la pradería. Ésta convidaba al descanso, y olía a manzanilla, a menta, recreando la vista con las mil flores silvestres y acuáticas que al lado del torrente abrían sus corolas. Amado se quiso tender sobre el tapiz de helechos y ranunclos; pero, por listo que anduvo, ya sus pajes le colocaron en el suelo dos o tres almohadones de terciopelo y seda, en los cuales quedó sentado. Estuvo así un rato sin hablar palabra, hasta que un espectáculo nuevo atrajo su atención. Al otro extremo de la pradería vio a un hombre que con un hacha estaba partiendo las ramas secas que alfombraban el piso, y juntándolas para reunir un haz de leña. Manejaba el hacha con tanto garbo, que Amado no apartaba la vista del leñador.
Amado se levantó y, escurriéndose entre los árboles, logró acercarse sin que el trabajador lo sintiese, y observarle. Era un mancebo de unos veinte años, pero robusto y vigoroso, con músculos de acero que se señalaban en su cuello y brazos a cada golpe del hacha. Su estatura era alta, y su rostro, noble y distinguido; y lo más extraño para Amado fue ver que el pobre leñador llevaba bajo un traje tosco una fina camisa de batista, y que los largos rizos de su cabello castaño oscuro relucían y eran suaves como si estuviesen ungidos de balsámico aceite. Amado salió de la espesura, y, llegándose al leñador, empezó a hacerle mil preguntas, a que éste contestó con respeto, pero sin turbarse. Dijo que se llamaba Ignoto; y como Amado se empeñase en que le había de mostrar su cabaña, el leñador le condujo a una próxima y muy pobre, en que sólo había un cántaro con agua, un banco de madera y tres o cuatro pucheros y escudillas de barro. Amado, que simpatizaba cada vez más con Ignoto, no paró hasta que le hizo comer de los exquisitos manjares y catar los vinos y helados que sus pajes traían, a lo cual se prestó el leñador con muy buen apetito, asegurando que pocas veces gustara tan delicadas golosinas. El rey y la reina se maravillaban de lo divertido que Amado parecía hallarse con el leñador, y propusieron a éste que entrase al servicio del príncipe; pero Ignoto, con gravedad que hizo reír a toda la comitiva, contestó que su clase no le permitía servir a nadie, ni aun al heredero de una corona. Con esto se despidieron y Amado prometió volver al otro día para pasar un rato con el leñador.
Pero aquella noche ocurrió una cosa muy terrible en Colmania. Y fue que el traidor conde del Buitre, sabiendo que el pueblo estaba decidido a aprovechar la ausencia de los reyes para vengarse de él, y conociendo que no podía resistir a la sublevación, porque hasta su misma guardia le quería mal, escribió una carta al rey de Malaterra ofreciéndose a entregarle el reino de Colmania si prometía hacerle a él primer ministro de ambos reinos juntos. El rey de Malaterra, que, como sabemos, era ambicioso y se moría por poseer a Colmania, aceptó en seguida, y a favor de la noche invadió el reino, sorprendiendo a las tropas descuidadas y penetrando en los cuarteles por medio de las llaves que el conde del Buitre poseía. Colmania se rindió por sorpresa, y un destacamento, mandado por el mismo rey de Malaterra, se dirigió al castillo de Lagoumbroso, a prender a los reyes. Sin dificultad lo consiguieron, pero Amado, a quien despertó el tumulto, pudo ocultarse dentro de un jarro enorme que contenía flores artificiales, con tal primor imitadas, que parecían verdaderas. Allí, cubierto de dalias y rosas de trapo, oyó el príncipe pasar a los que le buscaban, y les escuchó decir que, si a los reyes viejos se contentarían con llevarles a Malaterra cautivos, a él era preciso matarle, porque así no había que temer que hoy o mañana reclamase su trono. Cuando los perseguidores se alejaron después de registrar mucho, salió Amado de su escondite y, viendo la ventana abierta y la azotea delante, arrancó un grueso y largo cordón de seda que recogía el cortinaje de su lecho, lo ató al balaustre y se descolgó por él hasta el pie del castillo, desde donde, y como si tuviera alas en los talones, emprendió a correr y no paró hasta la cabaña de Ignoto.
III
Ignoto no estaba en la cabaña; pero hacía luna, la puerta se hallaba franca, y Amado pudo ver el pobre banco del leñador sobre el cual se tumbó muerto de fatiga. Lo que más admiraba a Amado, era que, en medio de tan terrible imprevista catástrofe, con sus padres presos y su reino perdido, no se sentía ni la mitad de fastidiado y triste que otras veces. Estaba rendido, eso sí, pero muy satisfecho, porque al fin, si no es por la destreza y el valor con que supo evadirse, a estas horas se encontraría en la eternidad. Pensando en esto, empezó a apoderarse de él el sueño; y aunque sus huesos, acostumbrados a colchón de pluma de cisne, extrañaban el duro banco de roble, ello es que se quedó dormido como un lirón.
Cuando despertó brillaba el sol, y al pronto no pudo Amado comprender cómo estaba en aquel sitio. Mas fue recordando los sucesos de la noche, y al mismo tiempo notó cierta presión de estómago que significaba hambre. Levántose esperezándose, y como viese en una escudilla unas sopas de leche y pan moreno, les hincó el diente con brío. ¡Qué plato para el príncipe de Colmania, habituado a desdeñar melindrosamente pechugas de faisán con trufas! En aquel momento entró Ignoto, y se mostró muy alegre al ver a Amado. En dos palabras le enteró éste de lo que ocurría y concluyó diciendo:
–Ayer era heredero de una corona, y hoy no tengo ni cama en que dormir. Partiré leña contigo.
–No –respondió Ignoto–, lo primero es que dejes estos alrededores, que son muy peligrosos para ti. Vente conmigo.
Y diciendo y haciendo, Ignoto tomó de la mano a Amado, y juntos se pusieron en camino al través de la selva. Ésta era muy espesa e intrincada, y Amado andaba trabajosamente; cuando llegó la noche, le sangraban los pies. Entonces Ignoto le descalzó los zapatos de raso que aún llevaba el príncipe, y con corteza de olmo le fabricó unas abarcas para que pudiese seguir marchando. Anduvieron muchos días, durante los cuales pudo Amado ver lo dispuesto y ágil que era en todo su compañero. El pobre Amado, criado entre algodones, no sabía saltar un charco, ni cruzar a nado un río, ni trepar a una montaña; en cambio, Ignoto servía para cualquier cosa, era fuerte como un toro, veloz como un gamo, y no cesaba de reírse de la torpeza de Amado, quien, a su vez, renegaba de su inutilidad. No obstante, al fin del viaje iba ya adquiriendo el príncipe algo de la soltura de su compañero; verdad es que estaba moreno como una castaña, y sus bucles rubios, enmarañados y llenos de polvo, parecían una madeja de lino.
Al cabo, un día, al ponerse el sol, divisaron ambos viajeros desde la cima de una colina una gran masa de edificios, o más bien un mar de cúpulas, techos, torres y miradores que, juntos, formaban una vasta ciudad. Amado preguntó a Ignoto el nombre de aquella, al parecer, rica metrópoli, y el leñador contestó:
–La capital de Malaterra.
–¡Cómo! –gritó el príncipe–. ¡Falso guía, así me conduces a meterme en la boca del lobo, en las uñas de mis enemigos!
–Mentira parece –respondió Ignoto– que te quejes cuando te traigo al sitio en que se hallan prisioneros tus padres. ¿No quieres verlos? ¿Quién te ha de reconocer con ese avío?
En efecto, ni sus mismos pajes podrían decir que aquél era el elegante príncipe de Colmania. Roto y destrozado, sin haber tenido en tantos días más espejo que el agua de las fuentes, que, por mucho que se diga, no es tan claro como una luna azogada, Amado parecía un mendigo. Entró, pues, sin temor en la ciudad, que era grande y magnífica. Ignoto, que conocía al dedillo las calles, le llevó por las más retiradas, hasta dar con una tapia enorme que les cerró el paso. Pero Ignoto sacó del bolsillo una llave y abrió una puertecilla medio oculta en el ancho muro. Por ella entraron en un jardín pequeño, pero cultivado con esmero extraordinariamente y cubierto de flores raras y olorosísimas.
–Espérame –dijo Ignoto–; vuelvo presto.
Y se escurrió entre los árboles, mientras Amado se sentaba en un banco para aguardar cómodamente. Media hora tardaría Ignoto, y al cabo de ella volvió acompañado de una mujer, que, a la dudosa claridad nocturna, le pareció a Amado joven y muy bonita. Su traje era sencillo y casi humilde, pero su voz muy dulce y su hablar distinguido.
–Señora –le dijo Ignoto, presentándole a Amado–, aquí tenéis el jardinero que os recomiendo. Es un joven muy honrado, y creo que con el tiempo aprenderá lo que ahora no sabe.
–Bien está –contestó la dama–. Si es así, consiento en tomarle a mi servicio para que cuide del jardín. Ahora, que duerma y descanse; mañana le iré enterando de su obligación.
La joven se retiró, y quedaron solos Ignoto y Amado, explicando aquél a éste que la joven era una señora noble de la ciudad, muy amiga de flores y plantas, y que necesitaba un jardinero, y que era preciso que Amado se resignase a pasar por tal para estar mejor oculto en Malaterra y poder informarse de la suerte de sus padres. Con esto le condujo a un pabelloncito en que había azadas, palas, almocafres y otros útiles de jardinería, y una cama grosera, pero limpia; y despidiéndose de él y ofreciendo volver a verle con frecuencia, le dejó que se entregase a un sueño reparador.
Blanqueaba apenas el alba, cuando sintió Amado que llamaban a su puerta; echose de la cama, se puso aprisa una blusa y un pantalón de lienzo que vio colgados de un clavo, y fue a abrir. Era la dueña del jardín, que lo llamaba para el trabajo. Cogió los chismes el príncipe y la siguió. Todo el día se lo pasaron injertando, podando y traspasando; es decir, estas cosas las hacía la señorita, que se llamaba Florina; ella era la que con mucha maña y actividad enseñaba a Amado, que estaba hecho un papanatas, avergonzado de su ignorancia. Hacia la tarde, Florina le dijo:
-Se me figura que entendéis poco de este oficio; pero sabréis algún otro, eso no lo dudo. ¿Qué sabéis?
Amado se quedó muy confuso, y no acertó a contestar. Quería decir: «Sé extender la mano para que me la besen, y sé hacer cortesías graciosísimas que todos los figurines de mi reino han copiado, y sé…». Pero no se atrevió a responder así, figurándose que Florina no apreciaría bien el mérito de tales habilidades. Ésta, como le vio callado, añadió:
-Sospecho que carecéis completamente de instrucción; procurad, pues, atender a mis pobres lecciones, y siquiera aprenderéis el oficio de jardinero, que es muy bonito, y nunca faltará quien os dé pan para cuidar de los jardines.
En efecto, Florina siguió viniendo todas las mañanas a enseñar a Amado la jardinería. De paso le dio unas nociones de Botánica y Astronomía, y le corrigió las faltas gordas que cometía en la lectura y en la escritura, para que pudiese leer bien los libros que trataban de plantas y flores. Florina vestía con mucha sencillez trajes cortos y lisos para no enredarse en las matas, zapatos flojos para correr y un sombrerillo de paja; pero era tan linda, que Amado la miraba con gusto. Amado no podía consentir en que Florina fuese de la misma especie que las damas de la reina Serafina, que eran las pobrecillas tontas como ánsares, que se pasaban el día abanicándose y murmurando y que lloraban como perdidas cuando el príncipe no les alababa mucho el peinado o el traje. Resultó de estos pensamientos que Amado se enamoró de Florina, y un día se lo dijo, ofreciéndose casarse con ella. Florina contestó echándose a reír; y entonces Amado, muy ofendido porque pensó que Florina le despreciaba por su pobreza, declaró con orgullo que era el heredero del trono de Colmania. Pero Florina siguió riendo, y dijo a Amado:
-¡El trono de Colmania! Ese trono ya no existe; y, aunque fuerais su heredero, habíais de reinar tan mal, que no me lisonjearía nada compartir con vos la corona.
Amado lloró, se afligió; se arrodilló delante de Florina, la cual entonces le dirigió este discurso:
-Si es cierto que sois el príncipe de Colmania, yo os declaro que es una fortuna para vuestros vasallos el que no los gobernéis, siendo, como sois, incapaz todavía de gobernaros a vos mismo. Ahora bien; si queréis, caro príncipe, casaros conmigo, idos por el mundo y no volváis hasta que podáis ofrecerme un pequeño caudal ganado por vos, una flor descubierta por vos, una relación de vuestros viajes escrita por vos. Esta puerta estará siempre abierta, y yo esperándoos siempre aquí. Adiós, buen viaje.
-¿Y mis padres? -contestó Amado-. ¿No os acordáis de mis padres? ¡Tengo que vengarlos! ¡Tengo que libertarlos!
-En cuanto a vengarlos -repuso Florina-, ya lo ha hecho el rey de Malaterra. Después de conceder al conde del Buitre el cargo de primer ministro permitiéndole desempeñarlo por espacio de veinticuatro horas, lo ha encerrado en una jaula, colgándole al cuello la carta en que el conde se ofrece a entregar a traición el reino de Colmania, y así enjaulado lo pasean por Colmania, y en cada aldea los chicos le arrojan lodo y piedras y le silban e insultan. Al rey de Malaterra no le agradan los traidores, aunque se valga de ellos como de un despreciable instrumento. Por lo que toca a libertar a vuestros padres, os advierto que están libres; que viven muy tranquilos en un palacio que les ha concedido el rey de Malaterra; que nadie se mete con ellos, y que yo me encargaré de decirles que su hijo está sano y salvo, y que viaja para completar su educación.
No quiso oír más Amado, y emprendió el camino. Embarcose en el primer puerto de Malaterra como grumete de un navío mercante, y este cuento sería el de nunca acabar si os contase una por una las peripecias que en sus excursiones le sucedieron. Básteos saber que al cabo de algunos años volvió siendo el dueño de un caudalito que había ganado con su trabajo; de una flor preciosa descubierta en unos montes inaccesibles, que en los tiempos modernos ha vuelto a encontrarse y se ha llamado camelia, y de una descripción exactísima de sus viajes, en que se revelaban los muchos conocimientos adquiridos con el estudio y la práctica de la vida. Al regresar a Malaterra supo que el rey había muerto en una batalla y que mandaba su hijo, mancebo muy querido del pueblo, porque, sin ser tan aficionado a guerras como su padre, era valeroso e instruido, y no se desdeñaba de trabajar por sus manos ni de aprender continuamente. Llegó Amado a la capital, y presto encontró abierta la puertecilla del jardín. No dio dos pasos por él sin tropezar a Florina sentada en su banco de costumbre. En un minuto la enteró de cómo volvía, habiendo cumplido las condiciones que ella le impusiera. Entonces Florina le tomó de la mano y, llevándole hasta la verja que dividía su jardín, la abrió y entraron en otro jardín más hermoso y ancho. Anduvieron largo rato por arboledas magníficas, dejando atrás fuentes, estatuas y estanques soberbios, y al fin entraron por el peristilo de un gran palacio, y los guardias que estaban en la escalera se apartaron con respeto, dejando pasar a Florina. Ante una puerta cubierta con rico tapiz de seda y oro estaba un ujier, que, inclinándose, dijo:
–Su majestad espera.
Atónito Amado, iba a preguntar qué era aquello; pero se encontró en una espléndida sala, colgada de terciopelo carmesí y baldosada de mármol rojo y negro, en donde vio sentados a una mesa y jugando al ajedrez a dos viejecitos, en quienes conoció a Bonoso y Serafina. Éstos, al verle, arrojaron un grito, y llorando se fueron a abrazarle. Amado no sabía lo que le pasaba; pero más se admiró cuando vio a un rey joven y hermoso con corona de oro abrirle también los brazos, y pudo reconocer en él a Ignoto, el leñador de la selva. Afortunadamente, las cosas agradables se explican pronto, y así no tardó Amado en enterarse de que Ignoto era el hijo del rey de Malaterra que, disfrazado de leñador, estaba próximo a la frontera para ayudar a su padre en la sorpresa de Lagoumbroso; que había salvado a Amado porque le tomó cariño en aquella tarde en que Amado le vio cortar leña; que después de salvarle había querido instruirle, y para eso le había colocado en aquel jardín donde recibiese las lecciones de Florina; que Florina era hermana de Ignoto, y que, al casarla con Amado, le daba en dote el reino de Colmania. Me parece inútil añadir que con tan felices sucesos Bonoso y Serafina, que estaban ya algo chochitos, lloraban a más y mejor; que Florina y Amado no cabían en sí de gozo, y que todo era júbilo en el palacio. Para colmo de alegría, aquella noche el hada del Deseo cumplido vino a honrar con su presencia una cena ostentosísima y un baile mágico que se celebró en aquellos salones. El hada dijo a Bonoso y Serafina que, aunque habían hecho lo posible por que su hijo fuese infeliz, ella, ayudada del hada de la Necesidad, lograra educarlo algo para la Dicha. Los pobres reyes confesaron que eran unos bobos, y su buena intención hizo que el hada les perdonase, no sin encargarles que, cuando tuviesen nietos, no se mezclasen en su educación, por amor de Dios.
Aquí tenéis cómo el reino de Colmania volvió a ser regido por su legítimo príncipe Amado, a quien tanto querían. Los habitantes de aquel reino no se cansaban de admirar la metamorfosis que había experimentado el príncipe, que salió hecho un rapazuelo encanijado y medio bobo, y que volvía hombre robusto, inteligente y muy capaz de mandar él solo, sin necesidad de recurrir a ministros, que a veces pueden ser tan malos como el conde del Buitre.
1. ANÁLISIS
1) Resumen
La acción se sitúa en un reino fantástico, Colmania, en el continente Oceánido, perdido en lugares ignotos o caso desaparecido, como la Atlántida. Los reyes son Bonoso y Serafina, buenos regidores, atentos y serviciales con sus súbditos, para los que desean. No pueden tener hijos, lo que les apena. Un buen día, aparece el hada del Deseo; a petición de la madre, le anuncia que tendrá un hijo, heredero del reino. El niño nace y lo nombran Príncipe Amado. El hada vuelve a aparecer y le pide a los padres que se encarguen de proporcionar al niño una buena educación, “de manera que sea feliz”; ella, por su parte, lo dota de hermosura, inteligencia y buen carácter. El niño crece en la holganza y el capricho; todo lo que desea se lo dan al instante; sin querer, rompe vajillas y objetos de valor.
Uno de los ministros, el del Buitre, grava a la gente con impuestos, extorsiona y roba a los súbditos impunentemente; los reyes no tienen empuje para pararle los pies. El reino vecino se llama Malaterra; su rey es belicoso y expansivo; siempre piensa en ganar nuevos territorios. Un buen día, Amado, que no es feliz, pues está como triste y apagado, ya en la adolescencia, paseando por un bosque umbroso y frondoso, en Lagoumbroso, cerca de la frontera con Malaterra, se encuentra con un leñador que le cae bien, llamado Ignoto. Es pobre, pero feliz. Los días pasan sin pena ni gloria. De pronto, llegan noticias de que Colmania ha sido invadida por el rey de Malaterra. Amado logra huir, cuando lo persiguen para matarlo. Sus padres caen prisioneros. Amado se dirige a la cabaña de Ignoto, que lo acoge con cariño. Le ayuda a huir; lo lleva a Malaterra y lo deja bajo la protección de Florina, una mujer noble y rica. Esta le enseña a ser jardinero; poco a poco, aprende el oficio. Amado se enamora de ella y se lo dice. Floria le anuncia que para corresponderle ha de hacer cuatro cosas: emprender un viaje, ahorrar algún dinero, descubrir una flor hasta ese momento desconocida y escribir un relato pormenorizado de su viaje. Amado acepta. Tiempo después, regresa con los cuatro retos cumplidos. Florina lo lleva a un palacio y le descubre al rey, que no es otro que Ignoto, pues era el príncipe de Malaterra y había protegido a Amado porque vio en él un buen corazón. Florina es su hermana. Se casa con Amado y la dote es el reinado de Colmania. Le devuelve a sus padres con vida. Le explica su esposa que todo es necesario para que madure y no se malograra como persona. Aparece el hada y le explica que hubo de recurrir al hada de la Necesidad para que Amado alcanzase la Virtud. Perdona a los padres, pero les prohíbe que se entrometan en la educación de los nietos. Amado, “que salió hecho un rapazuelo encanijado y medio bobo, y que volvía hombre robusto, inteligente y muy capaz de mandar él solo” es ahora un hombre feliz.
2) Temas de la novela
Los temas más importantes de El príncipe Amado son:
– La felicidad se alcanza tras un proceso donde los sacrificios y privaciones son necesarios. 
– La posesión de riqueza y todo tipo de bienes no garantizan la virtud ni la dicha, sino más bien todo lo contrario.
– Es necesario pasar por un proceso de maduración personal, existencial y sentimental para comprender los verdaderos valores de la vida humana. El viaje, el ahorro, el descubrimiento de la flor y el relato de sus experiencias: son las cuatro patas de la persona forjada y poseedora de valores morales recios y adecuados.
– La educación de los niños ha de ser flexible y exigente, pues la permisividad traen la infelicidad y la abulia.
3) Apartados temáticos 
Este cuento presenta una disposición clásica; se atiene a una lógica temporal de avance cronológico sucesivo. Posee una división en secciones, que corresponden con los tres bloques de contenido. Por eso, encontramos:
Una introducción (sección I) en la que conocemos a los personajes principales, sus vidas, sus contextos. Amado es un regalo del hada del Deseo a unos reyes buenos y virtuosos. 
Un desarrollo o nudo (sección II) permite avanzar la acción hacia objetivos insospechados y peligrosos para los personajes. Se crea un conflicto personal en el interior de Amado, pues es una persona inútil, sin educación y sin un sentido de la realidad. Al desaparecer su reino, se encuentra desvalido. Solo Ignoto lo salva de perecer, junto con Florina. 
La resolución o final (última sección) es algo más breve. Amado cumple correctamente con sus cuatro cometidos y recibe una inesperada y hermosa recompensa: se casa con su amada, es rey de Colmania y convive con sus padres.
4) Personajes
El protagonista es el Príncipe Amado. Es un chico inteligente y bueno, pero la mala educación lo estropea. Ha de intervenir el hada de los Deseos y pedir ayuda a la de Necesidad para enderezar la situación catastrófica provocada por el permisivismo exagerado de los padres. Que el muchacho es noble lo muestra en que cumple con los cuatro objetivos que le plantea Florina si realmente quiere casarse con ella.
Florina es el segundo personaje más importante. Sabe reconducir la situación con suavidad y astucia, de modo que rescata a Amado de una vida miserable e infeliz. Es una mujer resolutiva y firme que no duda en imponer retos a su novio para hacerle madurar.
El hada del Deseo tiene bastante relevancia en la obra porque es la que obra ciertos prodigios. Sin embargo, no es bobalicona, ni excesivamente condescendiente. Al comprobar que la situación se le va de las manos, pide ayuda al hada de la Necesidad y así el príncipe puede madurar y comprender cómo es el mundo y él mismo.
Ignoto parece un leñador perdido en el bosque, pero en realidad es el auténtico protector de Amado en los momentos más delicados. Tiene buen corazón, a pesar de que padre es violento y malo, y colabora activamente en la reconducción hacia el buen camino de Amado.
Los padres del príncipe, Bonoso y Serafina, son buenos y condescendientes con todos, por eso los súbditos los aman. Sin embargo, su buenismo exagerado los lleva a fallar gravemente en la educación del príncipe. Enmendar una vida regalada, floja, sin principios morales ni desarrollo de habilidades intelectuales o físicas hacen del príncipe Amado un ser inútil e incapaz de desarrollar el papel que le estaba reservado.
El ministro del Buitre es el único antagonista que aparece bien explicitado. Es un tipo avaricioso y malvado que abusa de su poder para acumular riqueza. Su deslealtad pasa a traición cuando facilita la invasión de su reino. Lo paga más adelante, como debe ser.
5) Lugar y tiempo narrativos
La acción se desarrolla en el reino de Colmania, un país feliz que, como dice su nombre, está colmado o lleno de riquezas y bienes para todos; se sitúa en el continente de Oceánido, de localización imprecisa. Es como un reino de Jauja o Utopía, donde todos son felices porque reina el bien y la armonía. Para el mal ya existe el reino de Malaterra; su topónimo ya indica que es una tierra infeliz.
El príncipe Amado se publicó en 1879; podemos deducir que Pardo Bazán la escribió ese mismo año o en los años previos. La acción narrativa se sitúa en un tiempo mítico, borroso, más o menos medieval. La acción dura años, tantos como la vida del príncipe Amado; en conjunto, podemos pensar en veinte o veinticinco años.
6) Figura del narrador
La materia narrativa está contada por un narrador omnisciente, externo, bastante objetivo y en tercera persona. A menudo, se deja ver, sobre todo en los juicios sobre el comportamiento de algún personaje. Se dirige al lector llamándole la atención sobre algún particular de los hechos narrados. De este modo, crea un lazo de complicidad con los lectores. En general, focaliza a través de Amado, aunque la tercera sección es más externo, para aumentar el factor sorpresa. Renuncia, por momentos, a una visión total.
Al fondo, se percibe claramente a la autora real, Pardo Bazán, detrás de ese narrador que suavemente introduce juicios valorativos, de orden moral, u otro, sobre todo a través del hada del Deseo.
7) Notas estilísticas
Pardo Bazán es una magnífica escritora realista; nos ha dejado memorables novelas y cuentos, como este que ahora comentamos, compuesto bajo el marco estilístico del relato infantil tradicional y ancestral. La mirada narrativa y autorial no es exactamente objetiva y distante, sino teñida de cierta lección moral y social. 
Las descripciones son minuciosas y exactas, reflejo de su realismo observador. Las narraciones se atienen a una expresividad que busca la penetración psicológica y la ejemplificación. El dominio de la lengua castellana es altísimo. Se manifiesta muy bien en el empleo de un léxico variado, preciso y adecuado, tanto del registro formal , como del informal. Coloquialismos y vulgarismos, en boca de los humildes, salpican la narración.
El manejo de los recursos estilísticos también es muy afortunado. Metáforas, símiles, antítesis, sinestesias, personificaciones, bimembraciones y otros recursos aparecen con frecuencia, aportando belleza, potencia de imágenes y un significado más hondo del texto, mucho más allá de la anécdota narrativa. 
8) Contextualización
Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 1851 – Madrid, 1921) es una de las más significadas escritoras realistas españolas. Tras una fase de aprendizaje, asumió pronto las tesis artísticas del realismo; introdujo y divulgó el debate sobre el naturalismo (defendido en Francia por el novelista Émile Zola). El determinismo biológico y el peso de la herencia y del medio sobre el destino de las personas es uno de los pilares de este movimiento, también propenso a fijarse en los individuos más sórdidos y miserables de la sociedad; no ahorran en sus relatos las acciones más escabrosas y miserables del ser humano. Provocó controversia en toda Europa y muchos detractores lo atacaban. Pardo Bazán propugnaba un naturalismo español, heredero de la novela picaresca y de Cervantes; introducía una visión más humana y compasiva. El relato de las maldades se frena e insinúa más que explicita.
Nuestra escritora asumió y defendió con ardor en público las tesis de la defensa de los derechos de la mujer. Contribuyó eficazmente al reconocimiento de la aportación de las féminas a la sociedad, lo que es un aspecto muy importante. Escribió novelas, cuentos, artículos periodísticos, ensayos, etc. Sus obras completas suponen muchos tomos de buena literatura, seguramente no suficientemente reconocida.
Escribió, entre otros muchos textos importantes, tres novelas de gran calidad: La tribuna (1883), Los pazos de Ulloa (1886-1887) y La madre naturaleza (1887), continuación de la anterior. En ellas se manifiestan muy bien sus ideas sobre la novela y la sociedad, innovadoras y críticas, respectivamente. En los ensayos que componen La cuestión palpitante (1883) plantea, analiza y reflexiona sobre el realismo y el naturalismo en literatura y su acomodación en España. Creó gran controversia y le proporcionó fama, además de contribuir a la renovación de las letras españolas. También compuso cuentos de gran calidad y hondura, como “El fondo del alma”, unos de los mejores textos cortos del realismo español. Este texto que ahora comentamos es el único cuento infantil que compuso Pardo Bazán. Su impresionante perfección y hermosura revelan una novelista muy bien dotada; es un buen ejemplo de su calidad literaria, realmente elevada.
9) Interpretación y valoración
El príncipe Amado es un magnífico y delicioso cuento infantil; no ha perdido un ápice de su actualidad e interés desde su publicación. El argumento es bastante original y distinto, dentro del molde del cuento de hadas. Aborda un asunto capital, vigente hoy como entonces: la educación de los niños y jóvenes. Aboga por una combinación equilibrada de rigor y flexibilidad, de sacrificio y descanso. 
El cuento no es nunca una narración ñoña o insustancial. La sabia disposición de la materia reserva una sorpresa final enorme. Todos han colaborado en la educación del príncipe, especialmente, quienes más lo quieren: Florina e Ignoto. Los aspectos psicológicos del relato se atienen a los del cuento infantil: están suficientemente desarrollados para lo que importa: la lección de vida y algo de moral que subyace en el texto. Toda educación ha de ser exigente y rigurosa en ciertas dosis, pues de lo contrario el fracaso es estrepitoso; y el niño, la principal víctima. 
Pardo Bazán realiza un dibujo certero y verosímil, hasta donde es posible en un cuento de hadas, de una situación coherente, verosímil y bien ambientada. El lector, infantil o adulto, entra en su mundo posible con rapidez y avanza con la lógica interna bien cohesionada y firme en todo momento.  
El conjunto del cuento es una lección de vida; plantea una reflexión viva y sin tapujos sobre el camino de la buena educación. Los cuatro elementos que Florina le exige a Amado para que madure y aprenda lo que necesita para ser una persona fiable y sólida son muy significativas. Se simbolizan en el viaje, en el ahorro de algo de dinero, el descubrimiento de una flor y en el relato completo de todo ese camino. Como vemos, le solicita acción, reflexión, originalidad y capacidad de comunicación coherente y convincente.  El estilo ágil, ceñido al detalle verosímil y la narración certera, contribuye también a la consecución de un cuento realmente magnífico. Sin duda, debe figurar entre lo mejor del cuento de hadas español. Una pequeña joya, lamentablemente desconocida para el público general.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Las siguientes actividades se pueden realizar de modo individual o en grupo; de manera oral o escrita; en clase o en casa; utilizando medios tradicionales o recursos TIC, según las circunstancias lo aconsejen).
2.1. Comprensión lectora 
1) Resume el contenido de la novela (150 palabras, aproximadamente). 
2) Señala su tema principal y los secundarios. 
3) Delimita los apartados temáticos, atendiendo a las modulaciones de sentido. 
4) Analiza los personajes, tanto ricos como pobres.
5) ¿Qué tono tiene la novela: positivo, optimista, esperanzado, o todo lo contrario? 
6) Señala el lugar y el tiempo en el que transcurre la acción narrativa. 
7) Observa y señala las características del narrador.
8) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado. 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Qué tipo de vida lleva el príncipe Amado? ¿Es feliz? ¿Por qué? 
2) Analiza los rasgos de la personalidad de Bonoso y Serafina. ¿Cumplen con el mandato del hada del Deseo sobre la educación del príncipe?
3) ¿Por qué sabemos que la acción ocurre en un reino fantástico? Fíjate en los nombres de los lugares y de las personas para contestar correctamente. 
4) ¿Cómo se aprecia en el texto la importancia de la educación? ¿Cómo se relaciona con el amor? 
5) ¿Por qué esta novela es una reflexión sobre las ventajas de la buena educación? 
6) ¿Qué significación se desprende del personaje de Ignoto?  
2.3. Fomento de la creatividad
1) Elabora un texto literario, en prosa, en verso, o en forma dramática que exprese los efectos sobre alguien de una mala educación. Acaso alguien intente ser razonable o habilidoso y no lograrlo por el tipo de educación. Puedes utilizar el formato del cuento de hadas, como ha realizado Pardo Bazán.
2) Imagina y transcribe una conversación o plática entre la clase y la novelista Emilia Pardo Bazán a propósito de su obra  literaria y de su vida. 
3) Realiza una exposición sobre Emilia Pardo Bazán, su narrativa y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc. 
4) Aporta o crea imágenes de momentos donde se aprecie los efectos negativos de una educación pésima. Puedes colocar a un individuo pobre en una situación donde se aprecie las desventajas de no haber desarrollado habilidades necesarias para lo que quiere ser, siguiendo el ejemplo de Pardo Bazán con el protagonista Amado.
2.4. Comentario de texto específico
Se puede realizar un comentario de texto de un fragmento del cuento conforme a la plantilla de exégesis textual que se ofrece a continuación.
ACTIVIDADES DEL COMENTARIO DE TEXTO O EXÉGESIS TEXTUAL
1) Resume el texto recogiendo su contenido esencial (100 palabras aprox., equivalentes a 10 líneas); 2) Indica los temas tratados en breves enunciados sintéticos; 3) Señala los apartados temáticos o secciones de contenido; 4) Localiza el lugar y tiempo en el que transcurre la acción (no en poesía lírica); 5) Analiza la figura del narrador (no en poesía lírica, donde aparece un sujeto lírico), ni en teatro; 6) Describe los personajes (no en poesía lírica); 7) Analiza la métrica, la rima y señala la estrofa empleada (solo en poesía o teatro en verso); 8) Analiza cómo los recursos estilísticos crean significado (12, mínimo); 9) Contextualiza al autor y su obra según su entorno social, histórico, cultural y personal; 8) Interpreta y discierne la intención y sentido del texto; 9) Valora personalmente tu apreciación lectora; 10) Transforma el texto con un lenguaje y en un contexto actual manteniendo su esencia, o escribe un texto literario inspirado en el original (optativo).

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Emilia Pardo Bazán: «La dama joven»; análisis y propuesta didáctica

Pardo Bazán – “La dama joven” (1885)
1. ANÁLISIS
1) Resumen
Dolores y Charo son dos hermanas costureras o modistas. Viven en Marineda (trasunto de La Coruña); llevan una vida esforzada y humilde, pues sus ingresos apenas dan para comer; viven juntas, compartiendo una buhardilla pequeña y oscura. Son huérfanas desde tierna edad. Dolores es engañada por un hombre, años atrás; da a luz un crío, que muere al poco por enfermedades y falta de cuidados. La diferencia de edad con su hermana es importante: doce años. Las monjas de San Vicente de Paul le ayudan económicamente; salvan del hambre a su hermana y ella logra trabajar en un taller de costura. Dolores lleva a su hermana Charo siempre consigo, para protegerla, como si fuera una hija. Se confiesa con un jesuita que la orienta espiritualmente. Su única afición es el teatro, donde Charo disfruta; se aprende de memoria pasajes enteros. 
Charo es elegida para interpretar el papel principal de protagonista en el Casino de Industriales. Se ha organizado para recaudar fondos que libren de la mili a un hijo del intendente del casino, donde tienen su propio salón de actos. La obra es la muy aclamada Consuelo (1878), de Adelardo López de Ayala (Guadalcanal, Sevilla, 1828 – Madrid, 1879). La selecciona Manuel Gormaz, un antiguo actor de fama, ahora ya mayor, de vida tranquila y ordenada. Un ebanista, Ramón, se declara a Concha; establecen un noviazgo formal, férreamente vigilado por Dolores. Eligen a Concha para el papel y avanza rápidamente en los ensayos. Sufre las envidias de otras chicas de la ciudad, de mejor posición económica y, por tanto, más estatus social. El propio día de la representación consiente que su novio le dé un beso en la mejilla, cosa peligrosa. A la representación acude Estrella, un antiguo actor de gran prestigio, que regenta su compañía y está actuando en Marineda.
A pesar de los nervios y las tensiones, pues Ramón se va a media representación para no escuchar comentarios soeces de los hombres sobre Concha, que lleva escote en el tercer acto, la representación es un gran éxito. Le va a regalar una corona como símbolo de su éxito, pero la rompe. Estrella le propone un contrato de un año de aprendiz como de “dama joven”, un prototipo de personaje que se repite en los dramas. Dolores acude a su confesor, que le recomienda que deje a solas a los novios un buen rato, para que clarifiquen sus sentimientos. Llegan a casa a la vez Dolores y los dos actores. Ramón y Charo están en casa, solos desde hace un buen rato. Finalmente, Concha rechaza el trabajo; se entiende que pronto se casará con Ramón, a pesar de que ella no pensaba en el matrimonio. La estratagema del confesor ha dado resultado. Los dos viejos actores le adivinan a Charo un futuro cargada de hijos y, acaso, alguna paliza del marido.
2) Temas de la novela
Los temas más importantes de La Tribuna son:
-Arduo dilema entre la vocación, peligrosa e incierta, aunque tentadora, como actriz dramática, y la vida tranquila, rutinaria, de costurera y madre de hijos en una familia pobre y tradicional.
– Mirada crítica de las clases sociales, muy rígidas, y los abusos económicos sobre los humildes por parte de los ricos en la Galicia urbana. 
– Exposición satírica y feroz, aunque suavizada, de una sociedad muy clasista, segregacionista y rígida. Apenas se producen mejoras sociales que hagan la vida más tolerable para los pobres. Los ricos, muy egoístas, se preocupan, sobre todo, de exhibir lo que tienen y amasar más todavía.
– Encontronazo entre el instinto natural y las normas sociales (la relación entre Charo y Ramón), entre la tradición y la ruptura. Charo puede tener un futuro brillante como actriz, pero su entorno la conduce a continuar con su oficio y su destino humilde: formar una familia con el ebanista Ramón. 
– Reflexión amarga y pesimista sobre las posibilidades de desarrollo personal, a pesar de poseer talento, de las personas pobres. Además de la hostilidad de los poderosos, su propio entorno social la conduce al acatamiento de un destino sufrido y, acaso, poco feliz. 
3) Apartados temáticos 
La novela corta presenta una disposición bastante clásica; se atiene a una lógica temporal de avance cronológico sucesivo. No posee división en  capítulos, así que todo el texto forma un continuo apretado y denso. Por eso, encontramos:
Una introducción (en las dos primeras páginas, pero en analepsis) en la que conocemos a los personajes principales, sus vidas, sus contextos. Dolores y Charo llevan una vida humilde de costureras, pero todo cambia por el teatro.
Un desarrollo o nudo (el resto del texto, excepto la página final) permite avanzar la acción hacia objetivos insospechados y peligrosos para los personajes. Se crea un conflicto amoroso y personal, en la persona de Charo.
La resolución o final (última página) es muy breve. Charo opta por una vida tranquila y rutinaria de pobre, pues, al parecer, ha descubierto el amor y su prometedor futuro en la charla a solas con su novio Ramón. Estamos ante un desenlace  pesimista y desalentador, muy típico de Pardo Bazán; la protagonista, una mujer, paga los platos rotos.
4) Personajes
Charo es la protagonista. Una joven guapa y con talento teatral; se gana la vida de modista, tutelada por su hermana Dolores. Aquella es soñadora y de talante abierto, pero la manipulación de su hermana y el descubrimiento del amor la inducen a optar por una vida poco halagüeña. Dolores, su hermana, refleja en ella su odio a los hombres y su miedo a ser deshonrada, como a ella le ocurrió. Sigue las directrices de su confesor, que la maneja en la sombra y acierta con la fórmula para que Charo no opte por el teatro.
Ramón es su novio. Un joven ebanista de ideas claras y actitud conservadora. Le importa mucho la honra, es decir, la opinión de los demás sobre su novia. Lo mortifica mucho, de ahí que abandone la representación de Consuelo a la mitad. Es un hombre clásico y rudo, pero leal a sí mismo y a su novia. Es trabajador y formal, de modo que el pronóstico de Estrella sobre la desgraciada futura vida de Charo parece excesivo y poco fundado.
Manuel Gormaz, el director de escena, es un personaje interesante. Confiesa las duras presiones que recibe de los poderosos y ricos de la ciudad para que elija a sus hijas para los mejores papeles. Ha de mantener un equilibrio delicado entre sus convicciones teatrales y la satisfacción de los adinerados, que al fin y al cabo lo mantienen en su puesto de trabajo.
5) Lugar y tiempo narrativos
La acción se desarrolla en Marineda, una ciudad costera del norte de España, en la cornisa cantábrica. Tradicionalmente, se ha identificado esa urbe con La Coruña, pues Pardo Bazán vivió en ella su infancia, juventud y primera madurez. Es una ciudad de provincias bastante clasista e inmovilista. Esto provoca las dificultades de progreso de la gente humilde. La vida aparece como tranquila y rutinaria, con bastante control eclesiástico.
La dama joven se publicó en 1885; podemos deducir que Pardo Bazán la escribió en los años previos. Es algo posterior a La tribuna, lo que explica que el marco espacial sea el mismo. Por la representación de la obra de López de Ayala, podemos concluir que la acción se desarrolla hacia 1880. La acción dura solo un día, pero las analepsis nos remiten a diez o quince años atrás.  
6) Figura del narrador
La materia narrativa está contada por un narrador omnisciente, externo, poco objetivo y en tercera persona. A menudo, se deja ver, sobre todo en los juicios sobre el comportamiento de los personajes y del contexto político y social español de la segunda mitad del siglo XIX. En general, focaliza a través de Dolores o de Charo, las hermanas. Renuncia a una visión total.
A duras penas el narrador mantiene la objetividad sobre la materia narrativa. Adopta posiciones muy críticas contra los defectos, los vicios y la estolidez general. Si con alguien es comprensivo, es con el pueblo llano, las humildes costureras que trabajan de firme para poder mantenerse. 
Charo recibe las simpatías del narrador por su frescura, su belleza y su talento teatral. Sin embargo, no comparte la decisión de la protagonista de continuar con su vida de costurera, como deja ver en el diálogo final de Gormaz y Estrella. 
Se percibe claramente a la autora real, Pardo Bazán, detrás de ese narrador que no duda en ridiculizar los comportamientos individuales y colectivos, tanto de los humildes, como de los poderosos. Lamenta el papel de la mujer, relegada y maltratada:
      Dolores, la mayor, cavilaba. Tenía doce años más que su hermana, y contaba apenas trece cuando quedaron huérfanas. Se veía tan chiquilla aún, calentando el biberón por la mañanita, antes de salir para el taller donde trabajaba, y metiendo el pezón artificial, tibio y blando, en la boca del pobre angelito, para que no llorase. Los domingos era dichosa, porque podía tener en brazos todo el día á la nené. Por fin, el rollo de carne con patas echaba á andar, y Dolores, hecha ya una mujer, un tanto relevada de sus tempranas obligaciones maternales, empezaba á dejarse tentar, alguna vez qué otra, á ir á los bailes de los Circos. En Carnaval asistía á tres seguidos, con flores en el pelo y guantes prestados. Después… un episodio que Dolores no quería recordar, pero cuyos menores detalles tenía grabados, como en bronce, allá en no sé qué rincones del cerebro donde habita la memoria de las cosas tristes… Unos amoríos breves, la seducción, la deshonra, el desengaño… Historia vulgar y tremenda. La enfermedad trajo de la mano la miseria; el fruto de las entrañas de Dolores, mal nutrido por una leche escasa y pobre, languideció y sucumbió pronto, dejando contagiada á la niña de cuatro años, á Concha, con la horrible tos ferina, tos que arrancaba de sus tiernos pulmones estrías de sangre. No tuvo Dolores tiempo de llorar á su hijo: era preciso cuidar á su hermana, hacerla mudar de aires en seguida… Y no poseía un céntimo, y había empeñado hasta sus botas de salir á la calle y su único mantón. No olvidaría, no, la tarde en que á cuerpo, tiritando de frío, entró en la iglesia de San Efrén, á rezar una salve á la Virgen del Amparo. Al lado del camarín clareaba la reja de un confesonario: tras de la reja un sacerdote. Arrodillada, con inexplicable consuelo, refirió todas sus cuitas. Al otro día la visitaban dos socias de san Vicente de Paul: al final de la semana le daban bonos de pan, chocolate y carne: de allí á medio mes le colocaban á Concha en casa de una lechera que vivía á dos leguas, en una aldehuela alegre y sana: al mes y medio, la niña regresaba robustecida, curada de su tos y acostumbrada á comerse una libra de pan de maíz en un cuartillo de leche. Dolores la adoraba: ya no tenía más pensamiento que aquella criatura. Anhelaba borrar lo pasado y proteger á Concha. Aborrecía á los hombres: que no la hablasen de bailes ni de jaleos. Confesábase primero cada mes, luégo cada domingo. Ya no necesitaba el socorro de los paúles, y se había apresurado á decírselo, redimiéndose, no sin cierto vanidoso contentamiento, de una protección que el artesano laborioso juzga siempre humillante, por lo que trasciende á limosna. Mas le restaba el auxilio moral, la recomendación de las socias, que jamás la consintió carecer de trabajo. Prefería las casas al taller, porque en las cocinas le permitían dar de comer á Concha, y aun le rogaban que la llevase, enamorados de la hermosura y despejo de la rapaza. Así que ésta fué creciendo y pudo coser también, se hizo preciso mudar de sistema y volver á los talleres: no era fácil que en las casas facilitasen labor á dos modistas á un tiempo, y antes se dejaría Dolores cortar una mano, que apartarse una pulgada de su chiquilla, alta ya y formada, tentadora como el fruto que empieza á madurar. ¡Eso sí que no! Para desgraciada bastaba ella: á Concha que no la tocase ni el aire: corría de su cuenta defenderla con dientes y uñas. Todo cuidado era poco en aquella ciudad de Marineda, donde chicos del comercio, calaveras y señoritos ociosos no pensaban más que en seguir la pista á las muchachas guapas. Temía Dolores, en particular, á los señoritos: ¿por qué no se dedicaban á las de su clase? ¡Tanta señorita sin novio, y las artesanas obsequiadas, perseguidas, cazadas como perdices!
7) Notas estilísticas
Pardo Bazán es una magnífica escritora realista; nos ha dejado memorables novelas, como esta que ahora comentamos, compuesta bajo el marco estilístico del realismo y del naturalismo. Se trata de ofrecer una fotografía interpretativa de la realidad de un modo completo y minucioso. 
La mirada no es exactamente objetiva y distante, sino teñida de crítica moral y social. Las descripciones son minuciosas y exactas, reflejo de un realismo observador. Las narraciones se atienen a una expresividad que busca la penetración psicológica y la ejemplificación. El dominio de la lengua castellana es altísimo. Se manifiesta muy bien en el empleo de un léxico variado, preciso y adecuado, tanto del registro formal , como del informal. Coloquialismos y vulgarismos, en boca de los humildes, salpican la narración.
El manejo de los recursos estilísticos también es muy afortunado. Metáforas, símiles, antítesis, sinestesias, personificaciones, bimembraciones y otros recursos aparecen con frecuencia, aportando belleza, potencia de imágenes y un significado más hondo del texto, mucho más allá de la anécdota narrativa. He aquí un ejemplo extraído del principio de la novela:
Era una declaración amorosa, y al través de las frases, tomadas indudablemente de algún libro de fórmulas epistolario-amatorias, de los volcanes que ardían en el corazón , las amorosas llamas y otras simplezas por el estilo, percibió Dolores así como un olor de honradez, que se exhalaba de la gruesa letra, del tosco papel y sobre todo del párrafo final, que contenía una proposición de casamiento y una afirmación de limpios y sanos propósitos. Respiró. Al menos, no era un señorito, sino un artesano, un igual suyo, resuelto á casarse. ¡Casar á Concha, ante el cura, con un hombre de bien, era el ensueño de Dolores! Creyó no obstante que su dignidad le imponía el deber de enojarse un poco, y de exclamar:   
—¿Y cuándo te han dado este papelito, vamos á ver? 
—Hoy… Cuando pasé al cuarto para vestirme, allí detrás de la decoración me lo dió. 
—¡Valiente papamoscas! ¿Y tú, qué dices? 
—Mujer… ¿y qué he de decir? Si me pide que le conteste, le diré que hable contigo antes. 
—Eso es, eso es, las cosas derechitas —murmuró Dolores del todo satisfecha. 
Y así sucedió. Dolores no cabía en sí de júbilo. Fué á contar al confesor el caso, y le ponderó las prendas del mozo, un chico honrado, formal, ebanista, que tardaría en casarse lo que tardase en poder establecer por cuenta propia un almacén de muebles. Nadie le conocía una querida: ni jugador, ni borracho. Vivía con su madre, muy viejecita. En fin, sin duda la Virgen del Amparo había oído las oraciones de Dolores. Otras andaban tras de los señoritos, de los empleaditos, de los dependientes de comercio: ¿y para qué? Para salir engañadas, como había salido ella.
—Cada oveja con su pareja, hija, confirmó tranquilamente el Padre.—¿Sólo que… á pesar de todas las bondades del novio… conviene no descuidarse, eh? Tu obligación es no perderlos de vista, hasta que tengan encima las bendiciones.
8) Contextualización
Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 1851 – Madrid, 1921) es una de las más significadas escritoras realistas españolas. Tras una fase de aprendizaje, asumió pronto las tesis artísticas del realismo; introdujo y divulgó el debate sobre el naturalismo (defendido en Francia por el novelista Émile Zola). El determinismo biológico y el peso de la herencia y del medio sobre el destino de las personas es uno de los pilares de este movimiento, también propenso a fijarse en los individuos más sórdidos y miserables de la sociedad; no ahorran en sus relatos las acciones más escabrosas y miserables del ser humano. Provocó controversia en toda Europa y muchos detractores lo atacaban. Pardo Bazán propugnaba un naturalismo español, heredero de la novela picaresca y de Cervantes; introducía una visión más humana y compasiva. El relato de las maldades se frena e insinúa más que explicita.
Nuestra escritora asumió y defendió con ardor en público las tesis de la defensa de los derechos de la mujer. Contribuyó eficazmente al reconocimiento de la aportación de las féminas a la sociedad, lo que es un aspecto muy importante. Escribió novelas, cuentos, artículos periodísticos, ensayos, etc. Sus obras completas suponen muchos tomos de buena literatura, seguramente no suficientemente reconocida.
Escribió, entre otros muchos textos importantes, tres novelas de gran calidad: La tribuna (1883), Los pazos de Ulloa (1886-1887) y La madre naturaleza (1887), continuación de la anterior. En ellas se manifiestan muy bien sus ideas sobre la novela y la sociedad, innovadoras y críticas, respectivamente. En los ensayos que componen La cuestión palpitante (1883) plantea, analiza y reflexiona sobre el realismo y el naturalismo en literatura y su acomodación en España. Creó gran controversia y le proporcionó fama, además de contribuir a la renovación de las letras españolas. También compuso cuentos de gran calidad y hondura, como “El fondo del alma”, unos de los mejores textos cortos del realismo español. Este texto que ahora comentamos, más novela corta que cuento, es un buen ejemplo de su calidad literaria, realmente elevada.
9) Interpretación y valoración
La dama joven es una magnífica y potente novela corta que no ha perdido un ápice de su actualidad e interés desde su publicación. El argumento es bastante original y distinto. Aborda la materia política y el conflicto social con determinación y claridad, en un ámbito urbano, casi de ambiente proletario. Pardo Bazán se centra en una muchacha joven y bella, Concha.
Pardo Bazán crea un fuerte contraste entre la clase favorecida y los humildes. Crea relaciones entre ellas, casi con la intención de demostrar que no es fácil el entendimiento y que el fracaso es la conclusión más esperable. La novelista presenta un análisis algo melancólico y doliente, cargado de ironía y sátira, sobre una sociedad medio enferma.
Los aspectos psicológicos del relato son de gran relevancia. La personalidad de Concha (la ironía de su nombre es clara; en realidad, está desamparada; lo mismo ocurre con Dolores) es el eje temático dominante. Lo crea con cariño y respeto, pero es implacable respecto de las debilidades sentimentales de los humildes: son los que pagan los platos rotos, y doblemente si es mujer. Pardo Bazán realiza un dibujo certero y verosímil de esta mujer cigarrera, utópica e idealista, pero poco  práctica para manejar sus sentimientos amorosos. Renunciar a los sueños es un camino igual de peligroso que seguirlos.
El conjunto de la novela es una lección de vida, una fotografía verosímil, honda y crítica, de una sociedad deficiente. El análisis de los sentimientos y su desarrollo en un ambiente urbano, algo industrial y degradado es magistral.  El estilo ágil, ceñido al detalle verosímil y la narración certera, contribuye también a la consecución de una novela magnífica. Sin duda, debe figurar entre lo mejor del realismo español, en su casilla del naturalismo.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Las siguientes actividades se pueden realizar de modo individual o en grupo; de manera oral o escrita; en clase o en casa; utilizando medios tradicionales o recursos TIC, según las circunstancias lo aconsejen).
2.1. Comprensión lectora 
1) Resume el contenido de la novela (150 palabras, aproximadamente). 
2) Señala su tema principal y los secundarios. 
3) Delimita los apartados temáticos, atendiendo a las modulaciones de sentido. 
4) Analiza los personajes, tanto ricos como pobres.
5) ¿Qué tono tiene la novela: positivo, optimista, esperanzado, o todo lo contrario? 
6) Señala el lugar y el tiempo en el que transcurre la acción narrativa. 
7) Observa y señala las características del narrador.
8) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado. 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Qué tipo de vida lleva Concha y Dolores? ¿Existe mucho contraste? ¿Por qué? 
2) Analiza los rasgos de la personalidad de Concha. ¿Qué significa su hermana para ella?
3) ¿Cómo aparece el mundo del teatro en la segunda mitad del siglo XIX)? ¿Es importante en el conjunto de la misma?
4) ¿Cómo se aprecia en el texto la importancia del amor? ¿Cómo se relaciona con la honra? 
5) ¿Por qué esta novela es una fotografía verosímil de la España de la segunda mitad del siglo XIX? 
6) ¿Qué significación se encierra en el final de la  novela, con la elección de Charo?  
2.3. Fomento de la creatividad
1) Elabora un texto literario, en prosa, en verso, o en forma dramática que exprese una situación sentimental y laboral complicada y de difícil solución. Acaso alguien intente rebelarse y  acaba en fracaso. Puedes utilizar la narración realista y la descripción pormenorizada, como ha realizado Pardo Bazán.
2) Imagina y transcribe una conversación o plática entre la clase y la novelista Emilia Pardo Bazán a propósito de su poema y de su vida. 
3) Realiza una exposición sobre Emilia Pardo Bazán, su narrativa y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc. 
4) Aporta o crea imágenes de momentos donde se aprecie un dilema entre el deseo y la obligación, entre la esperanza y el miedo. Puedes colocar a un individuo pobre en una situación de elección de un nuevo destino prometedor, pero incierto, en el contexto una sociedad cerril y violenta, en los aspectos espirituales, educativos, culturales, políticos, etc., siguiendo el ejemplo de Pardo Bazán con la protagonista Concha.
2.4. Comentario de texto específico
Aquí la sorpresa de Ramón se convirtió en pasmo. ¡Dolores encargaba que le esperasen los dos en casa! ¡Le permitía subir al cuarto de Concha, ella que jamás le consintió pasar del primer tramo de la escalera! Como el permiso era grato y cuadraba de todo en todo con los deseos de Ramón, guardóse bien de protestar, y murmuró haciéndose el resignado: 
—Corriente. 
Dolores se remangó el traje, apretó el manto y salió del portal. Al poner el pié en la calle, sintió un escrúpulo de devota, y medio volviendo la cabeza, dijo al novio: 
—¡Que haya juicio! Vuelvo en seguida. 
Echó á correr, lo mismo que si alguien la apremiase. Tomó por una calle retirada, la estrecha de San Efrén, y para entretener el tiempo y divertir la impaciencia, metióse en una tienda de zarazas y pañolería, é hizo que le enseñasen todas las variedades de madapolán, llagostera y grano de oro, distintas encarnaciones de un solo algodón verdadero. Frotó las telas á ver si tenían poca ó mucha cal; revolvió también las percalinas para forros, y escogió entre varias docenas de carretes, de hilo, todos del mismo número, uno que era idéntico á los restantes. Molió á la tendera pidiéndole agujas de las más finas, y retractándose después, eligió unas medianas. 
Se quejó del lodo y del agua, y acarició á un chiquillo sucio y mocoso que criaba la tendera. En todas estas ocupaciones no pudo invertir más de un cuarto de hora á lo sumo, y le parecía poco tiempo. ¿Para qué? Ni ella misma lo sabía. Otras veces se le figuraba, al contrario, que había transcurrido mucho. ¿Mucho? ¿Y porqué? No se lo explicaba tampoco. Sin embargo, esta última idea prevaleció, y envolviendo en un papel sus compras, tomó hacia su casa. 
Para llegar á ella tenía que cruzar por delante de la iglesia de San Efrén: allá en lo alto del pórtico, vió vagamente la figura de piedra del santo: recordó los consejos del confesor, y, tranquilizada, anduvo más despacio, y aun se paró en otro tenducho á comprar cera para la plancha y no sé qué otras fruslerías. Cuando llegó á su lóbrego portal habría pasado cosa de una hora. Al empezar á apechugar con la escalera, que ya por costumbre recorría á oscuras, oyó, un tramo más arriba, el restallido de un fósforo, y le pareció que delante de ella subían dos personas. 
Aceleró el paso á fin de aprovechar la luz, y un ejemm! muy caracterizado le reveló inmediatamente la presencia de Gormaz, que solícito y quemándose los dedos, alumbraba aquellas tenebrosidades para que los setenta y pico de años del insigne Estrella no se estrellasen contra un escalón. En seguida conoció Gormaz á Dolores, mas no había olvidado el episodio de la mañana. Dirigióse á la modista con dignidad, y procurando sostener la cerilla quieta un momento, le preguntó si estaba su hermana, como dándole á entender que sólo á Concha correspondía el honor de aquella visita. Fiel á su sistema de diplomacia, Dolores contestó que ya debía Concha estar de vuelta, porque era muy hora de que hubiese regresado del taller; y añadió unas cuantas frases de sentimiento por lo oscuro de la escalera, la molestia que se tomaban, y lo cansado que era subir tanto. Añadió por vía de consuelo: 
—Ya faltan sólo dos pisos. 
Subiéronlos como pudieron, á puñados, á fuerza de cerillas y de ejemm! cada vez más fatigosos por parte de Gormaz: Estrella no revelaba el peso de la vejez, sino en la resonancia del pié, tardo en volver á alzarse después de que se sentaba en un peldaño. Á la puerta de las modistas, Dolores dijo á Gormaz que buscaba la campanilla á tientas: 
—No hay necesidad… Aún está puesto el llavín. 
En efecto, la llave olvidada en la cerradura probaba una distracción notoria en la persona que había entrado primero. Bastó con hacer girar el picaporte para que pudieran entrar los visitantes, y encontrarse al punto en el único salón de aquel palacio modistil. El quinqué, bien despabilado, ardía con clara luz sobre la mesilla de la máquina: la habitación arregladita, con sus dos camas limpias, revelaba cierto bienestar humilde; y en el sofá, libre á la sazón de todo estorbo de trajes, una pareja se hablaba muy de cerca, casi al oído, en esa estrecha proximidad que sólo origina un estado del alma; actitud elocuente, que con ninguna otra se confunde. 
Separáronse y levantáronse de pronto al ver entrar gente, ella confusa, encendida y casi sin habla, él serio y sorprendido. No era Gormaz hombre de pararse en tales fruslerías, ni menos Estrella; y ambos, en su agitada vida de comediantes, habían visto hartas cosas, para que les asustase un coloquio amoroso, así es que Gormaz, haciendo caso omiso de Ramón, se adelantó hacia la chica, y sin preámbulos. 
—Conchita —dijo— aquí está el señor Estrella en persona, y viene á saber la respuesta de lo que hablamos esta mañana. 
No sabía Concha qué cara poner, y se desvivía ofreciendo á los dos actores sitio en el sofá, y balbuciendo mil disculpas por recibirlos de aquel modo, como si ella pudiese recibirlos de otro. Gormaz cortó el hilo de sus cumplimientos, repitiendo: 
—No se moleste Vd., hija… Estamos perfectamente… Sólo queremos saber la contestación, nada más. 
—Eso es— añadió Estrella con su campechana cortesía…
—Hable Vd., hija, porque sentiríamos mucho molestarla. 
Concha lanzó á Dolores una mirada oblicua, implorando socorro: pero Dolores, firme en la senda emprendida, no pestañeó. 
—Qué sé yo…— murmuró la niña—. Lo que quiera mi hermana. 
Ramón, de pié, presenciaba la escena sin comprenderla. 
—Tome Vd. asiento, joven— indicó Gormaz. 
—Mil gracias, estoy bien. 
Dolores, haciéndose la desentendida, contestó apaciblemente: 
—No, hija, quien debe decidir eres tú… Yo no tengo vela en este entierro. Al fin se trata de una cosa para toda la vida… Me lavo las manos. 
—Su hermanita de Vd. piensa muy acertadamente— afirmó Gormaz…
—Con que Vd., Conchita, Vd. ha de resolver… Sea Vd. franca. Concha miró al suelo, retorció la mano izquierda con la derecha, exhaló un leve suspiro, y al fin declaró: 
—Pues yo… á la verdad… confieso que… que no me gusta, vamos, que no pienso… trabajar… para el teatro. No señor, he reflexionado, y no me resuelvo á eso. 
Estrella y Gormaz se levantaron, á un tiempo, algo mohínos. Los dos comprendían que era ocioso y desairado insistir. Pidieron mil disculpas, como gente cortés que eran, y no tardaron en bajar la escalera que tan trabajosamente habían subido, alumbrándoles esta vez, con un encendido cabo de vela, Dolores, que no los soltó hasta verlos en el portal. 
Cuando ambos actores salieron á la calle, la hermana mayor, que acababa de murmurar un «vayan Vds. con Dios» muy melifluo, alzó la mano y les hizo enérgicamente la cruz, diciendo entre dientes:
—Y que nunca más parezcáis por aquí, amén. Gormaz y Estrella caminaron silenciosos breves instantes: de pronto, volviéndose, se encararon el uno con el otro, seguros de expresar un mismo pensamiento. Gormaz meneó la cabeza: 
—Con el novio hemos tropezado, Juanillo. 
—No hay peor tropiezo— afirmó Estrella sacando la petaca…
—¡Y qué lástima de chica! Decir que tiene la voz de Concepción Rodríguez! Voto á sanes! no se vería dentro de un año otra dama joven como ella! Juraría que se le pasaban ganas de venirse… Ahí se queda para siempre, sepultada, oscurecida… 
—Bah! —murmuró Gormaz—. ¡Y quién sabe si la acierta, hijo! Á veces en la oscuridad se vive más sosegado… Acaso ese novio, que parece un buen muchacho, le dará una felicidad que la gloria no le daría. 
—¿Ese? —exclamó Estrella cortando con los dientes la punta del puro—. Lo que le dará ese bárbaro será un chiquillo por año… y si se descuida, un pié de paliza
ACTIVIDADES DEL COMENTARIO DE TEXTO O EXÉGESIS TEXTUAL
1) Resume el texto recogiendo su contenido esencial (100 palabras aprox., equivalentes a 10 líneas); 2) Indica los temas tratados en breves enunciados sintéticos; 3) Señala los apartados temáticos o secciones de contenido; 4) Localiza el lugar y tiempo en el que transcurre la acción (no en poesía lírica); 5) Analiza la figura del narrador (no en poesía lírica, donde aparece un sujeto lírico), ni en teatro; 6) Describe los personajes (no en poesía lírica); 7) Analiza la métrica, la rima y señala la estrofa empleada (solo en poesía o teatro en verso); 8) Analiza cómo los recursos estilísticos crean significado (12, mínimo); 9) Contextualiza al autor y su obra según su entorno social, histórico, cultural y personal; 8) Interpreta y discierne la intención y sentido del texto; 9) Valora personalmente tu apreciación lectora; 10) Transforma el texto con un lenguaje y en un contexto actual manteniendo su esencia, o escribe un texto literario inspirado en el original (optativo).

Emilia Pardo Bazán: «La tribuna»; análisis y propuesta didáctica

Pardo Bazán – “La tribuna” (1883)
1. ANÁLISIS
1) Resumen
I. Barquillos
El señor Rosendo, ya algo mayor, es barquillero desde hace años. Los fabrica en una humilde y pequeña vivienda de Marineda (ciudad costera, en el norte de España, Galicia probablemente), en la calle de los Castros. Comienza muy pronto por la mañana. Es un arte de hacer dulces difícil; el señor Rosendo se considera un buen repostero. Le ayuda su hija Amparo, una adolescente de pelo engreñado. Es domingo, antes de ir a misa le prepara el desayuno y le deja la comida al fuego a una vieja protestona que la maltrata de palabra. Se prepara la niña para ir a misa. El señor Rosendo sale a la calle con un gran bote o tubo lleno de barquillos, son cerca de cinco mil. El padre y la hija apenas se cruzan palabra. La ciudad se llama Marineda y es “cantábrica”.
II. Padre y madre
La que está en la cama es la madre. Trabaja muchos años en la Fábrica de Tabacos. Tres años antes, una noche de invierno va a jabonar ropa al lavadero público, le da un aire, coge frío y queda tullida de las caderas. La Hermandad de la Fábrica le da un real al día, que no llega para nada. No se levanta más de la cama porque no está para trabajar. A la hija la maltrata de palabra; la considera vaga y holgazana. La visita una vecina, muy gorda, la matrona, Pepa, señora Porreta, por mal nombre; le cuenta chismes, le adecenta la cama y dicen que beben anís, pero Rosendo nunca lo pudo verificar.  Amparo sabe leer y escribir, pero le encanta la calle. El padre es un antiguo soldado reenganchado. Habla muy poco. Trabaja mucho para sostener a la familia. 
III. Pueblo de nacimiento
Amparo pasa por casa de su amiga Carmela, costurera, para que la acompañe a misa, pero no puede por el trabajo. En la misa, los ricos se exhiben. Las ropas de calidad o humildes marcan la diferencia. Tras la misa, el paseo en “Las Filas”. Cada uno por su derecha, manteniendo la distancia social y de sexos. Un grupo de militares de uniforme, bien bruñido, ocupan un banco. Juegan con niñas. Uno de ellos, el alférez y el alférez Borrén, invitan a barquillos a las niñas, que vende el padre de Amparo. Borrén le propone a la chica que la invita a barquillos si le da un beso. Echa a correr.
IV. Que los tenga muy felices
Un año después, en enero, con vendaval y cierzo mezclado; es 6 de enero. Dos barrios en la ciudad, separado por el descampado de Solares. El teniente Baltasar celebra su santo en su casa. Es hijo de los Sobrado, una familia pudiente de comerciantes; doña Dolores es la madre; Lola, una de las hijas. Allí se juntan las amistades, también está el alférez Borrén, la viuda de García con sus hijas; una de ellas, Josefina, toca el piano. 
V. Villancico de Reyes
Estalla una tormenta. Un grupo de niños cantan villancicos. Los llama Lola para que suban. Los lidera Amparo y Carmela, junto con otros niños, hasta diez. El capitán Borrén reconoce a Amparo, y viceversa. Este promete hablar con la mujer del contable de la Fábrica de Tabacos para que metan a Amparo, pues dice que sabe liar, ya que su madre lo era. Cantan unos villancicos para la concurrencia. Les dan las sobras de los postres, lo que enfada a doña Dolores, que los echa.
VI. Cigarros puros
La cogen para trabajar en la Fábrica tras las gestiones de Borrén. Está situada en la vieja “Granera”; es un edificio viejo e imponente. Sabe algo, pero menos de lo que cree. Trata de liar puros perfectos, pero el primer día no lo logra. Su padre mete de ayudante a Jacinto, Chinto, un chico muy feo, para los barquillos. Celebran el contrato con una comida en casa. Sus compañeras le dan consejos, a veces contradictorios. Pronto le coge el tranquillo. Echa de menos la calle, su reinado anterior; se acomoda y viste ya como una cigarrera, con su pañuelo de seda, mantón y falda de percal.
VII. Preludios
Chinto es patizambo y habla con mucho acento, también es medio gangoso. Es un aldeano bruto y asilvestrado. Espera a Amparo todas las tardes cuando sale de la fábrica y le lleva pequeños obsequios. Un día, ésta logra esquivarlo y se va hacia el cuartel. Se cruza con Baltasar, ya teniente, Borrén, Lola y Josefina, además de la niña pequeña. Baltasar y Amparo se miran intensamente. Josefina la desprecia, Lola la alaba. Amparo empieza a tratar mal de palabra a Chinto; antes era lo contrario. Los señoritos dan un paseo en burro de alquiler.
VIII. La chica  vale un Perú
A cambio de leerle periódicos progresistas al barbero de frente a su casa, recibe en pago cremas y peines ya en mal uso. Se lava y se acicala con ellos. Mejora mucho. Es una joven hermosa, del “tipo moreno”. A Borrén lo destinan a Ciudad Real y Baltasar queda como aislado. Ahorra algo y le da un porcentaje a sus padres; como va a destajo, no saben lo que gana en realidad.
IX. La Gloriosa
En septiembre de 1868 estalla la revolución, esta vez sí, definitiva. Amparo lee periódicos a las compañeras de la Fábrica. España, siete años después, sigue revuelta. Las tabaqueras son progresistas, partidarias de la República federal; no entienden mucho de lo que Amparo lee, pero les gusta. Lee declamando, con expresividad y gusto. Las compañeras le abonan lo que hubiera trabajado. Su lectura conmueve a sus oyentes hasta el tuétano. Ironía contra el mal estilo y la vacuidad de ideas de los periódicos.
X. Estudios históricos y políticos
Amparo lee los periódicos y comenta noticias. Sus oyentes la siguen a pies juntillas. Pide echar del poder a todos los abusones, trepadores y aprovechados. La maestra de esas mujeres pide tranquilidad y trabajo.
XI. Pitillos
Amparo sube a la primera planta a liar cigarrillos. Es como un ascenso; más luz, se ve el mar. Hay menos mujeres, no tanto calor. Se hace amiga de Guardiana, huérfana que cuida a tres hermanos desde niños porque los padres murieron jóvenes y casi a la vez; y de Comadreja, una pelirroja de unos treinta años que conoce todos los chismorreos de la ciudad. Le informa a Amparo que la familia de los Sobrado son avaros, excepto Lola. Baltasar le echa los tejos a Josefina, la mayor de la viuda García, que está a la espera de una herencia en Madrid. Borrén habla mucho, pero en el fondo tiene miedo a las mujeres. También sabe Comadreja, Ana de nombre, que Chinto bebe los vientos por Amparo, pero esta lo trata de animal.
XII. Aquel animal
Un buen día Chinto bebe un vaso de vino con un amigo del pueblo que va de soldado. Amparo lo nota rápidamente y, con su madre, lo tratan de borracho y perdulario. Lo echan de la habitación. Sin embargo, lleva el negocio prácticamente él solo, pues Rosendo va viejo. Limpia la casa y atiende a la tullida a las mil maravillas. Está enamorado de Amparo, pero no sabe ni expresarlo, con lo bien que habla ella.
XIII. Tirias y troyanas
Las cigarreras que venían de la aldea son muy trabajadoras y cumplidoras. No creen tanto en la revolución, son conservadoras por instinto. Las de Marineda son más liberales y todas republicanas. Tienen riñas entre ellas fuera de la fábrica. Dentro, como malvas. Ya ha pasado un año de la revolución y Prim busca un rey fuera de España, expulsados los borbones. Amparo es conocida en el barrio y la ciudad por su oratoria suelta y sus ideas federalistas.
XIV. Sorbete
Josefina y Baltasar se gustan y se pasan un papel, en el paseo. La madre de él, Dolores, lo nota y no le gusta. Piensa que la viuda va mal de dinero y se dice que pierde el pleito por unas acciones del marido muerto. Entran a un bar a tomar un sorbete y la viuda y su hija se van, pues es mucho gasto. Lola y Clara, las hermanas pequeñas de Baltasar, se hacen las desentendidas de la conversación. El chico afea a su madre su actitud de caza dotes.
XV. Himno de Riego, de Garibaldi. Marsellesa
Baltasar es un chico educado y tranquilo. Le gusta vivir bien y que lo dejen en paz. Sigue la carrera militar por empeño familiar. No es muy guapo. Vuelve Borrén de Ciudad Real. Pasea de noche con Baltasar; este le confiesa que le gusta Amparo. La ven en una cafetería brindando por la república con unos delegados del norte de Cantabria, a favor de la república. Una banda de música toca el himno de Riego y la Marsellesa. Los dos militares temen que los manden al frente carlista.
XVI. Revolución y reacción mano a mano
Conversación de Amparo con su amiga Carmela, la encajera y costurera. Aquella cree en la liberación de las personas y en los ideales fraternales de la república federal. Esta, más desconfiada, quisiera entrar en un convento, pero no tiene para pagar la dote. Amparo irá a recibir unos políticos de visita junto con otros, con hachones para iluminar el camino. Ana la Comadreja no va porque espera a su novio. La Guardesa tampoco porque está dedicada a sus hermanos y solo cree en la Virgen de la Guardia, donde vive.
XVII. Altos impulsos de la heroína
Llegan los políticos. Los reciben en procesión, con hachas, los miembros del Circulo Rojo. Allí está Amparo, radiante. Está dispuesta a inmolarse por la causa de la libertad y la justicia. Quiere participar en algo grande, pasar a la historia, como Mariana Pineda. Entre el público están Baltasar y Borrén. A saber qué requiebros le dijeron. Prohíben la lectura de periódicos en la Fábrica. A Amparo y otras revoltosas las suspenden de empleo y sueldo. 
XVIII. Tribuna del pueblo
Gran banquete en el Círculo Rojo. Han de empeñar los muebles, cubertería, etc. para poder pagarlo. El patriarca, un hombre mayor, de aspecto bonachón, recibe un ramo de rosas de la mano de Amparo. Esta habla en público, un discurso de fraternidad e igualdad, y el otro la nombra como tribuna del pueblo. Recibe la aprobación de los presentes. Ambos están emocionados. Algunos se ríen por lo bajo.
XIX. La Unión del Norte
Se crea en una asamblea cerca del puerto la Unión del Norte, un partido político para traer la república federal. Hace mucho calor. Han creado un estrado de madera. Allí está el patriarca, el presidente, el director del Círculo. Se leen los estatutos y se aprueban. Cohetes y fanfarria. Al barquillero, el padre de Amparo, le da un “accidente”, un infarto, parece ser, y lo sacan de allí a la carrera. Los dos militares observan la escena y denuncian la hipocresía y doblez de los políticos tarambanas y reprimidos.
XX. Zagal y zagala
Entierran a Rosendo. Chinto le pide matrimonio a Amparo, que lo desdeña con insultos. Se pelean, pero Amparo se defiende a zapatazos. Se lo cuenta a su madre; le aconseja que se case con él, pero la Tribuna, como le llaman en la ciudad, no cede. Cuando Amparo llega a la noche a casa, le comunica a Chinto que no puede dormir más en casa. Este patea y destroza los aparejos de hacer barquillos y se va sin mirar atrás.
XXI. Tabaco picado
Chinto pasa a trabajar en la sala sótano donde se pica el trabajo. El trabajo es tremendo. Hay que saltar sobre una tabla, que mueve una cuchilla, que pica el trabajo. El ambiente es de sudor y agotamiento. Lo visita Amparo con la Comadreja y hacen las paces.
XXII. El carnaval de las cigarreras
Fiesta de Carnaval en la Fábrica. Cuatro mil mujeres lo festejan el jueves de comadre. Se disfrazan de tipos de la zona. Hacen cinco comparsas. A Amparo le toca la de los grumetes. Bailan en el patio. A lo lejos, Baltasar y Borrén las divisan desde una colina; a aquel le maravilla la belleza de Amparo, que exhibe despreocupadamente toda su belleza sin saber que la están observando.
XXIII.El tentador
A Baltasar le gusta la chica. Borrén lo incita. Él es un fracasado sentimental y no se le conoce ninguna aventura, pero incita a los demás. Es como un celestino que jamás falla, azuzando el fuego del amor. A Baltasar lo destinan a Navarra, donde la cosa no anda bien. Once candidatos al trono de España. A Isabel II ya la dan en el exilio. Es pesimista Baltasar sobre el presente y el futuro de España, pues los carlistas aprietan.
XXIV. El conflicto religioso
La “Píntiga” (salamandra, en dialecto) es una mujer que se hace protestante. Las compañeras la boicotean. El ambiente general de España es de desasosiego y malestar. Las federales tabaqueras no ver llegar el nuevo orden.
XXV. Primera hazaña de la Tribuna
Fiesta de “las Comiditas”, a las afueras de la ciudad. Las cigarreras llevan comida en tarteras y comen y beben, chismorreando y cantando. Hay ciegos y todo un desfile de niños monstruos: sin extremidades, con la cabeza hidrocefalia, deformes. Todo es terrible y, a la vez, festivo. Llega un hombre alto y otro bajo, bien vestidos. Distribuyen propaganda protestante. Los descubren y los echan de allí entre insultos y lanzándoles todo tipo de restos de comida. Con la devoción popular no se juega. Amparo es la que dirige el choque y rechifla contra el andaluz (que habla con ceceo y mucho acento) y el inglés predicador.
XXVI. Lados flacos
Al final del baile, Ana, la Comadreja, se va con Raimundo, su novio, capitán de barco. No se casan, pero es por los inconvenientes. Ella lo prefiere así a casarse con un zapatero o cualquier “artista” de la ciudad. A Amparo le da algo de tristeza todo eso, cosa nueva en ella. Amparo quisiera un buen novio, pero no es fácil; ella es honrada, pero los demás deben creerlo. Ana le aconseja que cuidado con los ricos, que las engañan y las deshonran. Amadeo de Saboya ya está en el trono.
XXVII. Boda de los pajaritos
Quedan juntos para pasear la pitillera, Amparo, y Baltasar. Aquella se ha mudado y ahora vive algo a las afueras. Ven la caída del sol. Él trata de propasarse algo, pero Amparo lo corrige. Cogidos de la mano, se despiden, pues es una noche fresca, la Candelaria, cuando los pájaros se casan para formar sus familias.
XXVIII. Consejera y amiga
A Carmela le toca la lotería. Paga la dote y entra en el convento de las concepcionistas, de monja, en Portomar. Se despide de su amiga Amparo. Le dice que le llaman Tribuna y que anda con un oficial. La previene. Solo las buscan para aprovecharse, no para casarse. 
XXIX. Un delito
Amadeo I reina en España. Las cigarreras no lo quieren, pues esperan la federal. A una cigarrera, Rita de la Riberilla, la pillan robando puros y la expulsan para siempre. Hacen registros manuales a la salida de la fábrica. Realizan cuestaciones para auxiliar a las más necesitadas, cargadas de hijos, a veces con maridos abusadores. Amparo entrega unos pendientes de oro que había comprado con ahorros hace poco. Se siente ya, un poco, “señora de Sobrado”. Ha perdido el entusiasmo revolucionario de antes, está más retraída.
XXX. Dónde vivía la protagonista
La Olmeda es el barrio donde vive la Tribuna. A las afueras, a la orilla del mar. Es gente pobre y humilde, pero honrada. Se prestan entre ellos, se cuidan los niños, de los que hay muchísimos, todos desarrapados, se comparte la vida con puertas y ventanas abiertas con el buen tiempo. La madre tullida recibe visitas y la atienden en alguna necesidad. A Amparo la respetan algo más sabiendo que es novia de uno del barrio de Abajo, el de los ricos.
XXXI. Palabra de casamiento
Salen al campo Baltasar y Amparo, Borrén y Ana, la Comadreja. Hay huertos, cerca del camino real. Comen algunas fresas. Ana vomita y se marea y se va a casa. Se quedan solos Baltasar y Amparo. Él promete por todo lo que le pide ella que se casará con Amparo. Se abrazan; nadie pasa por allí.
XXXII. La Tribuna se forja ilusiones
Amparo cree que Baltasar se casará con ella. Se imagina en casa de doña Dolores, de las García, de tú a tú, llevando una vida regalada. Pero saludaría a todo el mundo, pues era afable. Se compra regalos y ropa para aparentar ante las compañeras que son regalos de su novio. Le lía cigarrillos perfectos. Algunas auguran mal final para ese noviazgo porque él tira algo para atrás y no se deja ver en público con ella de ninguna manera. Chinto se pasa por casa todos los días y vuelve a trabajar para la madre tullida como antes. 
XXXIII. Las hojas caen
Se juntan en un merendero, bajo una parra, para que nadie los vea. La madre de Amparo le propina una gran bofetada y la insulta por lo que ha hecho. Ella le da la noticia a Baltasar, que queda impávido. Le pide matrimonio, pero él da largas. Dolores, la madre, le informa que las García van a ganar el pleito y se embolsarán cien mil y pico duros. Al final, la Tribuna lo amenaza con cogerlo del brazo en “las Filas”, el paseo de la ciudad y proclamar su noviazgo. Él la esquiva. Piensa marcharse de Marineda una temporada, pero Josefina, la de los García, está allí. Tiene un dilema.
XXXIV. Segunda hazaña de la Tribuna
Amparo vuelve a las andadas de su agitación política. Protesta  contra el nuevo rey Amadeo, contra la explotación, contra el abuso laboral. Las demás le siguen la corriente y ella adquiere mucha fama. Ya se le nota la barriga de embarazada. Un día, bloquean la entrada de la fábrica para reclamar las mensualidades que les deben. Las echan del patio,  a la calle. Tratan de echar la puerta abajo para entrar, pero ante el rumor de que viene la tropa, se disuelven.
XXXV. La Tribuna se porta como quien es
La reina, esposa de Amadeo I, da a luz un bebé, pero nadie lo recibe bien; ni los obispos quieren bautizarla. El país está muy mal. Llega el invierno. La Tribuna está sola y triste. Nadie la entiende. Su embarazo avanza. Cita a Baltasar, vía Ana y Borrén, y este contesta que ya la verá. Da largas y calcula su futuro con Josefina. Amparo escribe una carta de delación a la García, Josefina, informándole, como un anónimo, que Baltasar está comprometido con otra. Le ayuda a redactarla Ana, la Comadreja. Es breve, con muchas faltas de ortografía. Al llegar al buzón, no la echa. Se acerca al muelle, rompe la carta en pedazos y la tira al agua.
XXXVI. Ensayo sobre la literatura dramática revolucionaria
Amparo acude al teatro con su amiga Ana a ver “Valencianos con honra”; es un drama que toca el tema de los republicanos enfrentados a los monárquicos. Es emotiva y trepidante. En el paraíso, incómoda por el calor y el apretujamiento, se emociona con el contenido. Ve en un palco a Baltasar galantear con Josefina, la mayor de las García; ahora que tienen casi asegurado el dinero del pleito por el padre muerto, se pavonean con todo su esplendor. La Tribuna los odia. Se propone una gran venganza, pero luego se desinfla. Acude a la puerta de su casa, acompañada de Ana, de noche, tras el teatro, para apedrear los cristales. Coge un adoquín y pinta una gran cruz roja en la puerta. 
XXXVII. Lucina plebeya
Un día de invierno, la Tribuna se pone de parto. La atiende la señora Pepa, la partera de la ciudad. Chinto hace los recados a toda velocidad: vela, aceite, anís, hierbas, vino, etc.La cosa no avanza bien. Pepa, la Porreta, como una mole, exige que llamen a un médico. Este viene y atiende a la parturienta. Alaba su fortaleza y hechura. Hacia media noche, nace el niño.
XXXVIII. ¡Por fin llegó!
Amparo manda a Chinto a que localice a Baltasar en el cuartel y preguntarle si reconoce al hijo. Chinto vuela; en el cuartel no está. Va a su casa y le anuncian que el día previo había marchado para Madrid. La Tribuna se desespera, se mesa los cabellos, se araña la cara. Chinto le propone reconocer al niño como hijo suyo y, si ella quiere, pueden casarse, o no, a su gusto. Lo echa con cajas destempladas, llamándole “bruto”. Trata de levantarse de la cama, pero no puede. Ana le arrima el bebé a los senos de Amparo, que llora. Fuera se oye a un grupo de cigarreras “¡Viva la república federal!”. 
Granja de Meirás, octubre de 1882
2) Temas de la novela
Los temas más importantes de La Tribuna son:
– Retrato vivo y realista, además de pormenorizado, de la vida en una ciudad mediana española en la segunda mitad del siglo XIX, donde las tensiones políticas, sociales y sentimentales, en una sociedad clasista, complican la convivencia, de modo que suele acabar en la amargura existencial de los pobres. 
– Mirada crítica de los abusos económicos sobre los humildes por parte de los ricos en la Galicia urbana. Las cigarreras son mano de obra barata que trabajan de sol a sol para ganar un salario misérrimo que no cubre las necesidades diarias. Empresarios (en este caso, el propio Estado), comerciantes y militares, ejercen con impunidad y desvergüenza un poder social, político y económico que se manifiesta en el control social y económico de la masa ignara. Los intentos de rebelión menudean, en un ambiente de revolución social y política, en el contexto español de La Gloriosa (1868).
– Exposición satírica y feroz, aunque suavizada, de una sociedad muy clasista, segregacionista y rígida. Apenas se producen mejoras sociales que hagan la vida más tolerable para los pobres. Los ricos, muy egoístas, se preocupan, sobre todo, de exhibir lo que tienen y amasar más todavía.
– Encontronazo entre el instinto natural y las normas sociales (la relación entre Amparo y Baltasar), entre distintas generaciones (Amparo y sus padres, o Lola y los suyos) e ideologías (Amparo y los republicanos federalistas y las fuerzas conservadoras, en general identificadas con los ricos, el ejército y la Iglesia).
– Reflexión analítica amarga y pesimista sobre las posibilidades de desarrollo de una sociedad sin educación, sin apenas progreso material y con hirientes diferencias sociales entre los favorecidos (comerciantes y militares) y la inmensa mayoría (masa proletaria, o gente de oficios muy humildes: cigarreras, peluqueros, barquilleros, parteras, etc.), sometida a duras condiciones de vida. 
3) Apartados temáticos 
La novela presenta una disposición clásica; se atiene a una lógica temporal de avance cronológico sucesivo. Por eso, encontramos:
Una introducción (capítulos I-V) en la que conocemos a los personajes principales, sus vidas, sus contextos. Amparo, sus padres, el barquillero, Rosendo, y su madre, tullida en la cama, el peluquero, la partera, etc., acaparan la atención narrativa. También se introduce la familia Sobrado, los militares y la viuda de García y sus hijas.
Un desarrollo o nudo (capítulos VI-XXXVI) permite avanzar la acción hacia objetivos insospechados y peligrosos para los personajes. Se crea un conflicto amoroso y moral de alta tensión entre varios de ellos, mostrando lo inevitable de un desenlace violento. Lo acompaña el enfrentamiento político general y las reyertas por motivos laborales, pues las cigarreras no cobran su sueldo.
La resolución o final (capítulo XXXVII) es muy breve. Baltasar, definitivamente, abandona a Amparo, que ha de dar a luz asistida por la partera del barrio, doña Rosa. Justamente ese día llega la Primera República a España (11 de febrero de 1873). Estamos ante un desenlace amargo, pesimista y desalentador.
4) Personajes
Amparo, la Tribuna, es la protagonista. Su apodo procede de su habilidad para discursear y leer en público con expresividad y eficacia. Mitinea a sus compañeras cigarreras con ardor y entusiasmo; también les lee el periódico con mucho ánimo. Al principio de la novela, es una preadolescente; se caracteriza por su carácter abierto y muy amiga de la calle, de los espacios abiertos; le gusta ver gente, escaparates, pasear y callejear sin pausa. Es hija única y en su casa hay poca comunicación; su padre es barquillero y posee un carácter adusto y lacónico; su madre, tullida en la cama, grita, manda y exige cuidados sin cesar. Su mejor amiga es la costurera Carmela; se va a un convento cuando tiene dinero para pagar la dote. Amparo queda sola, pero pronto lo supera. Sus creencias políticas, simples y algo manoseadas, pero firmes, determinan su actuación pública. Es republicana federalista; pide igualdad y ayuda para los pobres, como ella misma. No le afecta en lo sentimental, porque se enamora de Baltasar, capitán del ejército, procedente de las clases altas. Rechaza a Jacinto, que la idolatra; esta paradoja también marca su destino oscuro y doloroso, al constatar que Baltasar la abandona, a pesar de tener un hijo suyo.Su carácter oscila entre lo ingenuo y lo ardoroso, referido, respectivamente, al amor y a la política; de ahí procede su descalabro. En el fondo, desea ascender de clase social, pero sus planteamientos inocentes y bondadosos la despeñan. Su medio social y biológico es negativo, pero hasta dónde influye en su destino es una cuestión abierta que la novelista somete a reflexión sin imponer conclusiones.
Baltasar es el segundo personaje más relevante. Procede de una familia adinerada, los Sobrado. Su carácter prevenido, calculador y algo avaricioso lo ha heredado de su madre. Engaña a Amparo vilmente, pero no lo perturba lo más mínimo. Miente bellacamente sobre sus sentimientos y, al fin, se inclina por Josefina, la primogénita de los García, en buena posición económica tras ganar un juicio. Antes había dudado, pero por la falta de recursos de esta muchacha superficial y calculadora. En cierto modo, Baltasar actúa de antagonista, pues acarrea la desgracia de Amparo, y no sin premeditación. Las ventajas de ser hombre y rico se muestran de una manera apabullante, incluso dolorosa.
Rosendo es el padre de la Tribuna. Es un hombre trabajador y lacónico (acaso, por haber sido muchos años soldado en Cuba y otros lugares); no habla mucho, pero sí le propina un bofetón a su hija, si considera que lo merece; su profesión de barquillero es exigente; la desempeña con dedicación y perseverancia; es el sustento de la familia. La madre yace en la cama, tullida por un mal frío lavando ropa de noche en el lavadero público. Es protestona y caprichosa. Cuando se entera del embarazo de su hija, la abofetea sin rubor, llena de rabia y decepción. Ella no había dado ese ejemplo, afirma.
Borrén, el teniente, muy amigo de Baltasar, es un tipo superficial y cínico. Instiga a los demás a escarceos amorosos, aviva el deseo intrépido, pero él se echa a un lado y es cobarde en el trato sentimental. Es responsable, al menos en los inicios, de que Baltasar se embarcara en su relación con Amparo. Ana, la Comadreja, amiga de Amparo, ocupa el papel de confidente de Amparo. Es realista y precavida; aconseja bien a su amiga, pero no le hace caso. Es la típica mujer más bien pobre que calcula hasta dónde puede llegar sin romper el rol social que cada uno arrastra. Voluntariosa, ayuda a su amiga en el parto. Jacinto, Chinto, el joven pueblerino, rudo y algo retrasado, es un personaje muy interesante. Representa la lealtad a machamartillo, la buena voluntad y el amor rudo y simple, pero constante. Acepta trabajar en los puestos más rudos y agotadores de la Fábrica de Tabaco con tal de estar cerca de ella. La asiste, en la medida de sus posibilidades, en el parto. Acepta la paternidad del niño, aun siendo falsa, pero solo oye desprecios e insultos de boca de Amparo, que lo trata de bruto y “animal”.
La familia de Baltasar, de clase alta, interesa aquí como prototipo de gente empingorotada, avara, ostentosa y un tanto repugnante por su clasismo cerril y egoísta. Amparo piensa vengarse de ella, pero desiste por su debilidad y miedo.
Otros personajes secundarios son interesantes porque revelan la estructura social. Carmela, la costurera, es un ejemplo claro. Le toca la lotería e invierte su premio en pagar la dote para ingresar en un convento. No quiere saber nada del mundo ni de sus complicaciones. Prefiere una vida espiritual en la que los sinsabores cotidianos queden sublimados. La Guardiana es otro ejemplo tremendo. Cuida de tres hermanos con deficiencias mentales y físicas. Todos son huérfanos. Es una mujer abnegada, pero firme y fuerte en su compromiso fraternal. En su pobreza, brega con increíble tenacidad para dar de comer a esos niños desvalidos y abandonados.
5) Lugar y tiempo narrativos
La acción se desarrolla en Marineda, una ciudad costera del norte de España, en la cornisa cantábrica. Tradicionalmente, se ha identificado esa urbe con La Coruña, pues Pardo Bazán vivió en ella su infancia, juventud y primera madurez. En esta ciudad gallega existió una fábrica de tabaco, lo que es indicio plausible para reforzar esta identificación. Se trata de una ciudad mediana, con una fuerte diferencia entre los ricos y los pobres. Aquellos viven en barrios determinados (Barrio de Arriba); los humildes, en el Barrio de Abajo. Por lo demás, a la protagonista le encanta su ciudad, lo mismo que a los demás. Viven felices en ella, aunque la miseria material para una factura severa. Todos ellos miran por encima del hombro a los aldeanos, que acuden a la ciudad a trabajar o a sus obligaciones.
La Tribuna se publicó en 1883; podemos deducir que Pardo Bazán la escribió en los años previos. La cronología interna ratifica esta idea, pues el texto está firmado en octubre de 1882. La última acción narrativa es la proclamación de la república española, acontecimiento que tuvo lugar el 11 de febrero de 1873. La acción dura sobre diez años, más bien escasos, pues se inicia algo antes de la revolución de 1868, la Gloriosa.
 6) Figura del narrador
La materia narrativa está contada por un narrador omnisciente, externo, poco objetivo y en tercera persona. A menudo, se deja ver, sobre todo en los juicios sobre el comportamiento de los personajes y del contexto político y social español de la segunda mitad del siglo XIX. En general, focaliza a través de la Tribuna, esa joven bella y revolucionaria cuyos amores la conducen a la desgracia. Renuncia a una visión total, pues ve a través de un personaje, normalmente, la Tribuna.
A duras penas el narrador mantiene la objetividad sobre la materia narrativa. Adopta posiciones muy críticas contra los defectos, los vicios y la estolidez general. Si con alguien es comprensivo, es con el pueblo llano, las humildes cigarreras que trabajan de firme para poder mantener a su familia. Protestan ruidosamente y logran que les paguen las dos mensualidades atrasadas.
Amparo recibe las simpatías el narrador por su frescura, su belleza y su compromiso con los pobres y la república federal. Sin embargo, casi la ridiculiza cuando se determina a seguir con sus amores por Baltasar adelante, a sabiendas de que es probable de que acabe mal. Comerciantes y militares reciben la mirada satírica y censoria del narrador. La única mirada amable, fuera de las clases humildes, se dirige al mar y a la ciudad, vista con cariño.
Se percibe claramente a la autora real, Pardo Bazán, detrás de ese narrador que no duda en ridiculizar los comportamientos individuales y colectivos, tanto de los humildes, como de los poderosos. Este narrador ironiza mucho sobre la situación política de España, caótica y violenta. Políticos de un color y otro son vistos como mequetrefes egoístas y taimados que utilizan a la chusma para vivir a cuerpo de rey. También emplea la burla para recrear un ambiente social tenso y complicado. Veamos como ejemplo el final del capítulo XXXIV:
 XXXIV
Segunda hazaña de la Tribuna
Frío es el invierno que llega; pero las noticias de Madrid vienen calentitas, abrasando. La cosa está abocada, el italiano va a abdicar porque ya no es posible que resista más la atmósfera de hostilidad, de inquina, que le rodea. Él mismo se declara aburrido y harto de tanto contratiempo, de la grosería de sus áulicos, de la guerra carlista, del vocerío cantonal, del universal desbarajuste. No hay remedio, las distancias se estrechan, el horizonte se tiñe de rojo, la federal avanza.
La Fábrica ha recobrado su Tribuna. Es verdad que esta vuelve herida y maltrecha de su primer salida en busca de aventuras; mas no por eso se ha desprestigiado. Sin embargo, los momentos en que empezó a conocerse su desdicha fueron para Amparo de una vergüenza quemante. Sus pocos años, su falta de experiencia, su vanidad fogosa, contribuyeron a hacer la prueba más terrible. Pero en tan crítica ocasión no se desmintió la solidaridad de la Fábrica. Si alguna envidia excitaba antaño la hermosura, garbo y labia irrestañable de la chica, ahora se volvió lástima, y las imprecaciones fueron contra el eterno enemigo, el hombre. ¡Estos malditos de Dios, recondenados, que sólo están para echar a perder a las muchachas buenas! ¡Estos señores, que se divierten en hacer daño! ¡Ay, si alguien se portase así con sus hermanas, con sus hijitas, quién los oiría y quién los vería echársele como perros! ¿Por qué no se establecía una ley para eso, caramba? ¡Si al que debe una peseta se la hacen pagar más que de prisa, me parece a mí que estas deudas aún son más importantes, demontre! ¡Sólo que ya se ve: la justicia la hay de dos maneras: una a rajatabla para los pobres, y otra de manga ancha, muy complaciente, para los ricos!
Algunas cigarreras optimistas se atrevieron a indicar que acaso Sobrado se casaría, o por lo menos reconocería lo que viniese.
-Sí, sí… ¡esperar por eso, papalanatas! ¡Ahora se estará sacudiendo la levita y burlándose bien!
-No sabes… yo no quiero que ella lo oiga, ni lo entienda -decía la Comadreja a Guardiana-, pero ese descarado ya vuelve a andar tras de la de García.
-¡Bribón! -exclamaba Guardiana-. ¡Y quién lo ve, tan juicioso como parece!
-Pues conforme te lo digo.
-Amparo tampoco debió hacerle caso.
-Mujer, uno es de carne, que no es de piedra.
-¿Se te figura a ti que a cada uno le faltan ocasiones? -replicó la muchacha-. Pues si no hubiese más que… ¡Madre querida de la Guardia! No, Ana; la mujer se ha de defender ella. Civiles y carabineros no se los pone nadie. Y las chicas pobres, que no heredamos más mayorazgo que la honradez… Hasta te digo que la culpa mayor la tiene quien se deja embobar.
-Pues a mí me da lástima ella, que es la que pierde.
-A mí también. Lástima, sí.
Ya todo el mundo se la daba. ¡Quién hubiera reconocido a la brillante oradora del banquete del Círculo Rojo en aquella mujer que pasaba con el mantón cruzado, vestida de oscuro, ojerosa, deshecha! Sin embargo, sus facultades oratorias no habían disminuido; sólo sí cambiado algún tanto de estilo y carácter. Tenían ahora sus palabras, en vez del impetuoso brío de antes, un dejo amargo, una sombría y patética elocuencia. No era su tono el enfático de la prensa, sino otro más sincero, que brotaba del corazón ulcerado y del alma dolorida. En sus labios, la República federal no fue tan sólo la mejor forma de gobierno, época ideal de libertad, paz y fraternidad humana, sino período de vindicta, plazo señalado por la justicia del cielo, reivindicación largo tiempo esperada por el pueblo oprimido, vejado, trasquilado como mansa oveja. Un aura socialista palpitó en sus palabras, que estremecieron la Fábrica toda, máxime cuando el desconcierto de la Hacienda dio lugar a que se retrasase nuevamente la paga en aquella dependencia del Estado. Entonces pudo hablar a su sabor la Tribuna, despacharse a su gusto. ¡Ay de Dios! ¿Qué les importaba a los señorones de Madrid… a los pícaros de los ministros, de los empleados, que ellas falleciesen de hambre? ¡Los sueldos de ellos estarían bien pagados, de fijo! No, no se descuidarían en cobrar, y en comer, y en llenar la bolsa. ¡Y si fuesen los ministros los únicos a reírse del que está debajo! ¡Pero a todos los ricos del mundo se les daba una higa de que cuatro mil mujeres careciesen de pan que llevar a la boca!
7) Notas estilísticas
Pardo Bazán es una magnífica escritora realista; nos ha dejado memorables novelas, como esta que ahora comentamos, compuesta bajo el marco estilístico del realismo y del naturalismo. Se trata de ofrecer una fotografía interpretativa de la realidad de un modo completo y minucioso. 
La mirada no es exactamente objetiva y distante, sino teñida de crítica moral y social. Las descripciones son minuciosas y exactas, reflejo de un realismo observador. Las narraciones se atienen a una expresividad que busca la penetración psicológica y la ejemplificación. El dominio de la lengua castellana es altísimo. Se manifiesta muy bien en el empleo de un léxico variado, preciso y adecuado, tanto del registro formal , como del informal. Coloquialismos y vulgarismos, en boca de los humildes, salpican la narración.
El manejo de los recursos estilísticos también es muy afortunado. Metáforas, símiles, antítesis, sinestesias, personificaciones, bimembraciones y otros recursos aparecen con frecuencia, aportando belleza, potencia de imágenes y un significado más hondo del texto, mucho más allá de la anécdota narrativa. He aquí un ejemplo extraído del capítulo XXIV:
XXIV
El conflicto religioso
Desde que las Cortes Constituyentes votaron la monarquía, Amparo y sus correligionarias andaban furiosas. Corría el tiempo, y las esperanzas de la Unión del Norte no se realizaban, ni se cumplían los pronósticos de los diarios. ¡Que hoy!… ¡que mañana!… ¡que nunca, por lo visto! ¡En vez de la suspirada federal, un rey, un tirano de fijo, y tal vez un extranjero! Por estas razones en la Fábrica se hacía política pesimista y se anunciaba y deseaba que al Gobierno «se lo llevase Judas». Dos cosas sobre todo alteraban la bilis de las cigarreras: el incremento del partido carlista y los ataques a la Virgen y a los Santos. A despecho de la acusación de «echar contra Dios» lanzada por las campesinas a las ciudadanas, la verdad es que, con contadísimas excepciones, todas las cigarreras se manifestaban acordes y unánimes en achaques de devoción. Ella sería más o menos ilustrada; pero allí había mucha y fervorosa piedad. Es cierto que sobre el altar de pésimo gusto dórico existente en cada taller depositaban las operarias sus mantones, sus paraguas, el atillo de la comida; mas este género de familiaridad no revelaba falta de respeto, sino la misma costumbre de ver allí el ara santa, ante la cual nadie pasaba sin persignarse y hacer una genuflexión. Y es lo curioso que a medida que la revolución se desencadenaba y el republicanismo de la Fábrica crecía, aumentáronse también las prácticas religiosas. El cepillo colocado al lado del altar, donde los días de cobranza cada operaria echaba alguna limosna, nunca se vio tan lleno de monedas de cobre; el cajón que contenía la cera de alumbrar, estaba atestado de blandones y velas; más de sesenta cirios iluminaban los días de novena el retablo; primero les faltaría a las cigarreras agua para beber, que aceite a la lámpara encendida diariamente ante sus imágenes predilectas, una Nuestra Señora de la Merced de doble tamaño que los cautivos arrodillados a sus plantas, un San Antón con el sayal muy adornado de esterilla de oro, un Niño-Dios con faldellines huecos y un mundito azul en las manos. Nunca se realizó con más lucimiento la novena de San José, que todas rezaron mientras trabajaban, volviéndose de cara al altar para decir los actos de fe y la letanía, y berreando el último día los gozos con mucha unción, aunque sin afinación bastante. Jamás produjo tanto la colecta para la procesión del Santo Entierro y novena de los Dolores; y por último, en ocasión alguna tuvo el numen protector de la Fábrica, la Virgen del Amparo, tantas ofertas, culto y limosnas, sin que por eso quedase olvidada su rival Nuestra Señora de la Guardia, estrella de los mares, patrona de los navegantes por la bravía costa.
Bien habría en la Granera media docena de espíritus fuertes, capaces de blasfemar y de hablar sin recato de cosas religiosas; pero dominados por la mayoría, no osaban soltar la lengua. A lo sumo se permitían maldecir de los curas, acusarles de inmorales y codiciosos, o renegar de que se «metiesen en política» y tomasen las armas para traer el «escurantismo y la Inquisición»: cuestiones más trascendentales y profundas no se agitaban, y si a tanto se atreviese alguien, es seguro que le caería encima un diluvio de cuchufletas y de injurias.
-¡Está el mundo perdido! -decía la maestra del partido de Amparo, mujer de edad madura, de tristes ojos, vestida de luto siempre desde que había visto morir de viruelas a dos gallardos hijos que eran su orgullo-. ¡Está el mundo revuelto, muchachas! ¿No sabéis lo que pasa allá por las Cortes?
-¿Qué pasará?
-Que un diputado por Cataluña dice que dijo que ya no había Dios, y que la Virgen era esto y lo otro… Dios me perdone, Jesús mil veces.
-¿Y no lo mataron allí mismo? ¡Pícaro, infame!
-¡Mal hablado, lengua de escorpión! ¡No habrá Dios para él, no; que él no lo tendrá!
-No, pues otro aún dijo otros horrores de barbaridá, que ya no me acuerdan.
-¡Empecatao! ¡Pimiento picante le debían echar en la boca!
-¡Ay!, ¡y una cosa que mete miedo! Dice que por esas capitales toda la gente anda asustadísima, porque se ha descubierto que hay una compañía que roba niños.
-¡Ángeles de mi alma! ¿Y para qué?, ¿para degollarlos?
-No, mujer, que son los protestantes para llevarlos a educar allá a su modo en tierra de ingleses.
-¡Señor de la justicia! ¡Mucha maldad hay por el mundo adelante!
Conocido este estado de la opinión pública, puede comprenderse el efecto que produjo en la Fábrica un rumor que comenzó a esparcirse quedito, muy quedo, y como en el aria famosa de la Calumnia, fue convirtiéndose de cefirillo en huracán. Para comprender lo grave de la noticia, basta oír la conversación de Guardiana con una vecina de mesa.
-¿Tú no sabes, Guardia? La Píntiga se metió protestanta.
-¿Y eso qué es?
-Una religión de allá de los inglis manglis.
-No sé por qué se consienten por acá esas religiones. Maldito sea quien trae por acá semejantes demoniuras. ¡Y la bribona de la Píntiga, mire usted! ¡Nunca me gustó su cara de intiricia…
-Le dieron cuartos, mujer, le dieron cuartos: sí que tú piensas…
-A mí… ¡más y que me diesen mil pesos duros en oro! Y soy una pobre, repobre, que sólo para tener bien vestiditos a mis pequeños me venían… ¡juy!
-¡Condenar el alma por mil pesos! Yo tampoco, chicas -intervenía la maestra.
-Saque allá, maestra, saque allá… Comerá uno brona toda la vida, gracias a Dios que la da, pero no andará en trapisondas.
-Y diga… ¿qué le hacen hacer los protestantes a la Píntiga? ¿Mil indecencias?
-Le mandan que vaya todas las tardes a una cuadra, que dice que pusieron allí la capilla de ellos… y le hacen que cante unas cosas en una lengua, que… no las entiende.
-Serán palabrotas y pecados. ¿Y ellos, quiénes son?
-Unos clérigos que se casan…
-¡En el nombre del Padre! ¿Pero se casan… como nosotros?
-Como yo me casé… vamos al caso, delante de la gente… y llevan los chiquillos de la mano, con la desvergüenza del mundo.
-¡Anda, salero! ¿Y el arcebispo no los mete en la cárcel?
-¡Si ellos son contra el arcebispo, y contra los canónigos, y contra el Papa de Roma de acá! ¡Y contra Dios, y los Santos, y la Virgen de la Guardia!
-Pero esa lavada de esa Píntiga… ¡malos perros la coman! No, si se arrima de esta banda, yo le diré cuántas son cinco.
-Y yo.
-Y yo.
8) Contextualización
Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 1851 – Madrid, 1921) es una de las más significadas escritoras realistas españolas. Tras una fase de aprendizaje, asumió pronto las tesis artísticas del realismo; introdujo y divulgó el debate sobre el naturalismo (defendido en Francia por el novelista Émile Zola). El determinismo biológico y el peso de la herencia y del medio sobre el destino de las personas es uno de los pilares de este movimiento, también propenso a fijarse en los individuos más sórdidos y miserables de la sociedad; no ahorran en sus relatos las acciones más escabrosas y miserables del ser humano. Provocó controversia en toda Europa y muchos detractores lo atacaban. Pardo Bazán propugnaba un naturalismo español, heredero de la novela picaresca y de Cervantes; introducía una visión más humana y compasiva. El relato de las maldades se frena e insinúa más que explicita.
Nuestra escritora asumió y defendió con ardor en público las tesis de la defensa de los derechos de la mujer. Contribuyó eficazmente al reconocimiento de la aportación de las féminas a la sociedad, lo que es un aspecto muy importante. Escribió novelas, cuentos, artículos periodísticos, ensayos, etc. Sus obras completas suponen muchos tomos de buena literatura, seguramente no suficientemente reconocida.
Escribió, entre otros muchos textos importantes, tres novelas de gran calidad: La tribuna (1883), de la que ahora nos ocupamos, Los pazos de Ulloa (1886-1887) y La madre naturaleza (1887), continuación de la anterior. En ellas se manifiestan muy bien sus ideas sobre la novela y la sociedad, innovadoras y críticas, respectivamente. En los ensayos que componen La cuestión palpitante (1883) plantea, analiza y reflexiona sobre el realismo y el naturalismo en literatura y su acomodación en España. Creó gran controversia y le proporcionó fama, además de contribuir a la renovación de las letras españolas. También compuso cuentos de gran calidad y hondura, como “El fondo del alma”, unos de los mejores textos cortos del realismo español.
9) Interpretación y valoración
La tribuna es una magnífica y potente novela que no ha perdido un ápice de su actualidad e interés desde su publicación. El argumento es bastante original y distinto. Aborda la materia política y el conflicto social con determinación y claridad, en un ámbito urbano, casi de ambiente proletario. Pardo Bazán se centra en una muchacha joven y bella, Amparo, la Tribuna; su pobreza determina hasta cierto punto su vida, pues es rechazada por su pobreza por su falsario pretendiente, Baltasar.
Pardo Bazán crea un fuerte contraste entre la clase favorecida y los humildes. Crea relaciones entre ellas, casi con la intención de demostrar que no es fácil el entendimiento y que el fracaso es la conclusión más esperable. La novelista presenta un análisis algo melancólico y doliente, cargado de ironía y sátira, sobre una sociedad medio enferma.
Los aspectos psicológicos del relato son de gran relevancia. La personalidad de Amparo (la ironía de su nombre es clara; en realidad, está desamparada) es el eje temático dominante. Lo crea con cariño y respeto, pero es implacable respecto de las debilidades sentimentales de los humildes: son los que pagan los platos rotos, y doblemente si es mujer. Pardo Bazán realiza un dibujo certero y verosímil de esta mujer cigarrera, utópica e idealista, pero poco  práctica para manejar sus sentimientos amorosos. 
La Guardiana y Ana también están dibujadas con mano maestra. Son personajes convincentes en su verdad. Pobres, humildes, tratan de encontrar un modo de vida digno y coherente. No es fácil, pero a su manera lo logran.
La novela posee una carga analítica muy significativa. Se analiza la sociedad en sus aspectos laborales, sociales, materiales y sentimentales. Se introduce el bisturí también en los propios conflictos emocionales e internos. Amparo lo mezcla todo y fusiona su ideología con sus sentimientos. Es una de las causas de su desgracia final. No sabe, o no puede, o no quiere, someter sus sentimientos a un orden estricto. Prefiere un avance espontáneo que la empuja a un fracaso tremendo. 
No estamos ante una novela de tesis, aunque en algunos momentos se bordea. Amparo es libre para determinar su destino, pero, en la parte final, a veces se trasmite la sensación de que no hay nada que se pueda hacer para cambiar el destino. Para los pobres, negro; para los ricos, blanco.
Los aspectos espirituales son importantes en esta novela. Se diría que, entre los pobres, el sistema de creencias es más firme y sustancial que entre los ricos. Las cigarreras se muestran firmes creyentes cristianos que no toleran titubeos ni experiencias novedosas, como la llegada de los protestantes con ánimo proselitista. Como no podía ser de otra manera, perciben y rechazan los elementos eclesiásticos que no están a la altura. Aquí, Pardo Bazán alcanza altas cotas de calidad narrativa.
El conjunto de la novela es una lección de vida, una fotografía verosímil, honda y crítica, de una sociedad deficiente. El análisis de los sentimientos y su desarrollo en un ambiente urbano, algo industrial y degradado es magistral.  El estilo ágil, ceñido al detalle verosímil y la narración certera, contribuye también a la consecución de una novela magnífica. Sin duda, debe figurar entre lo mejor del realismo español, en su casilla del naturalismo.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Las siguientes actividades se pueden realizar de modo individual o en grupo; de manera oral o escrita; en clase o en casa; utilizando medios tradicionales o recursos TIC, según las circunstancias lo aconsejen).
2.1. Comprensión lectora 
1) Resume el contenido de la novela (150 palabras, aproximadamente). 
2) Señala su tema principal y los secundarios. 
3) Delimita los apartados temáticos, atendiendo a las modulaciones de sentido. 
4) Analiza los personajes, tanto ricos como pobres.
5) ¿Qué tono tiene la novela: positivo, optimista, esperanzado, o todo lo contrario? 
6) Señala el lugar y el tiempo en el que transcurre la acción narrativa. 
7) Observa y señala las características del narrador.
8) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado. 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Qué tipo de vida lleva Amparo y Baltasar? ¿Existe mucho contraste? ¿Por qué? 
2) Analiza los rasgos de la personalidad de Amparo. ¿Qué significa su amigo Chinto para ella?
3) ¿Cómo aparece el mundo de la amistad en esta novela (piensa en Carmela)? ¿Es importante en el conjunto de la misma?
4) ¿Cómo se aprecia en el texto la importancia del amor? ¿Cómo se relaciona con la honra? 
5) ¿Por qué esta novela es una fotografía verosímil de la España de la segunda mitad del siglo XIX? 
6) ¿Qué significación se encierra en el final de la  novela, coincidiendo el nacimiento del hijo de Amparo y de la primera república española?  
2.3. Fomento de la creatividad
1) Elabora un texto literario, en prosa, en verso, o en forma dramática que exprese una situación sentimental y laboral complicada y de difícil solución. Acaso alguien intente rebelarse y  acaba en fracaso. Puedes utilizar la narración realista y la descripción pormenorizada, como ha realizado Pardo Bazán.
2) Imagina y transcribe una conversación o plática entre la clase y la novelista Emilia Pardo Bazán a propósito de su poema y de su vida. 
3) Realiza una exposición sobre Emilia Pardo Bazán, su narrativa y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc. 
4) Aporta o crea imágenes de momentos donde se aprecie un deseo político y personal muy hondo. Puedes colocar a un individuo pobre en una situación de enfrentamiento ante una sociedad cerril y violenta, en los aspectos espirituales, educativos, culturales, políticos, etc., siguiendo el ejemplo de Pardo Bazán.
2.4. Comentario de texto específico
Capítulo  XXVII 
Bodas de los pajaritos
Regresó Baltasar de Navarra y las Provincias firmemente resuelto a estrujar la vida, como si fuese un limón, para exprimirle bien el zumo. Habiendo visto de cerca la guerra civil, comprendió que no hacía sino empezar y que prometía ser encarnizada y duradera, a pesar de que la Gaceta anunciaba diariamente la dispersión de las últimas partidas y la presentación del postrer cabecilla. Desde luego Baltasar traía un grado más, y ganas de precipitarse en algún abismo cubierto de flores, ya que las balas carlistas se lo toleraban. Vista de lejos, la opinión pública de su ciudad natal le pareció mucho menos temible, y resolviose a arrostrarla, en caso de necesidad, si bien con maña y no provocándola de frente.
Más de una vez, en la ligera tienda de campaña o en algún caserío vascongado, se acordó de la Tribuna y creyó verla con el rojo mantón de Manila o con el traje blanco y azul de grumete. Las mujeres que encontraba por aquellos países no le distrajeron, porque eran la mayor parte toscas aldeanas curtidas del sol, y si tropezó con alguna beldad éuskara, esta, en vez de sonreír al oficial amadeísta, le echó mil maldiciones. Además, Baltasar, frío y concentrado, no era de los que toman por asalto un corazón en un par de horas. De suerte que al volver a Marineda, en vez de rondar la Fábrica, como antes, se resolvió, desde el primer día, a acompañar a Amparo cuando la viese salir; y ejecutó el propósito con su serenidad habitual. Mucho le favoreció para estos acompañamientos el cambio de domicilio de la muchacha, que vivía cerca del alto de la cuesta de San Hilario, en una casita que daba a la Olmeda, desde que faltando el señor Rosendo y Chinto, el bajo de la calle de los Castros se hizo muy caro y muy lujoso para dos mujeres solas. Como la Olmeda puede decirse que es un rincón campestre, prestose al naciente idilio con el género de complacencia que hace de la naturaleza amiga perenne de todos los enamorados, hasta de los menos poéticos y soñadores.
Febrero vio la aurora de aquel amor en un día clásico, el de la Candelaria, en que, según el dicho popular, celebran los pajaritos sus bodas sobre las ramas todavía desnudas de los árboles, para que con la llegada de la primavera coincida la fabricación del nido. Las vísperas de la fiesta eran muy señaladas en la Fábrica: andaban esparcidos por las estanterías, sobre los altares, ocultos en los justillos de las mujeres, mezclados con la hoja, haces de rama de romero, y su perfume tónico y penetrante vencía al del tabaco mojado. En el centro de los haces se hincaban candelicas de blanca cera, y había de otras candelas largas y amarillas, compradas por varas y que se cortaban en trozos para hacer cuantas luces se quisiese; siendo el origen de traer estas candelas la creencia de que los niños muertos antes del bautismo y sepultados en las tinieblas del limbo sólo el día de la Candelaria ven un rayo de claridad, la de la luz que encienden, pensando en ellos, sus madres. Al día siguiente, en la iglesia, envueltas en el romero bendito, habían de arder todas las velitas microscópicas.
Ya se comprende que entre las cigarreras marinedinas -cuatro mil mujeres al fin y al cabo- había muchas que querían enviar a sus hijos difuntos aquella caricia de ultratumba, fundir el hielo de la muerte al calor de la pobre candelilla; por otra parte, aun las que no tenían niños vivos ni difuntos habían comprado romero gustándoles su olor, y propuestas a llevarlo a la misa de la Candelaria, que al fin, como decía la señora Porcona con tono sentencioso, era «un día de los más grandes, hiiiigas… porque fue cuando la Virgen sintió el primer dolorito, por razón de que un cura que le llamaban Simeón le anunció lo que tenía que pasar Cristo en el mundo». La tarde de la Candelaria, Amparo, llevando el romero bendito oculto en el pecho, despedía un aroma balsámico, que pudiera tomarse por suyo propio; tal era la lozanía y vigor de su organismo, cuya robustez, vencedora en la lucha con el medio ambiente, había crecido en razón directa de los mismos peligros y combates. Si la labor sedentaria, la viciada atmósfera, el alimento frío, pobre y escaso, eran parte a que en la Fábrica hiciesen estragos anemia y clorosis, el individuo que lograba triunfar de estas malas condiciones ostentaba doble fuerza y salud. Así le acontecía a la Tribuna.
Como era día festivo, Baltasar no la esperó a la salida de la Fábrica, sino en la Olmeda, a corta distancia de su casita. Había llegado Baltasar al mayor número de pulsaciones que determinaba en él la calentura amorosa. Su pasión, ni tierna, ni delicada, ni comedida, pero imperiosa y dominante, podía definirse gráfica y simbólicamente llamándola apetito de fumador que a toda costa aspira a fumar el más codiciadero cigarro que jamás se produjo, no ya en la Fábrica de Marineda, sino en todas las de la Península. Amparo, con su garganta tornátil gallardamente puesta sobre los redondos hombros, con los tonos de ámbar de su satinada, morena y suave tez, parecíale a Baltasar un puro aromático y exquisito, elaborado con singular esmero, que estaba diciendo: «Fumadme». Era imposible que desechase esta idea al contemplar de cerca el rostro lozano, los brillantes ojos, los mil pormenores que acrecentaban el mérito de tan preciosa regalía. Y para que la similitud fuese más completa, el olor del cigarro había impregnado toda la ropa de la Tribuna, y exhalábase de ella un perfume fuerte, poderoso y embriagador, semejante al que se percibe al levantar el papel de seda que cubre a los habanos en el cajón donde se guardan. Cuando por las tardes Baltasar lograba acercarse algún tanto a Amparo e inclinaba la cabeza para hablarle, sentíase envuelto en la penetrante ráfaga que se desprendía de ella, causándole en el paladar la grata titilación del humo de un rico veguero y el delicioso mareo de las primeras chupadas. Eran dos tentaciones que suelen andar aisladas y que se habían unido, dos vicios que formaban alianza ofensiva, la mujer y el cigarro íntimamente enlazados y comunicándose encanto y prestigio para trastornar una cabeza masculina.
El día espiraba tranquilamente en aquella alameda, que en hora y estación semejante era casi un desierto. Sentáronse un rato Baltasar y la Tribuna en el parapeto del camino, protegidos por el silencio que reinaba en torno, y animados por la complicidad tácita del ocaso, del paisaje, de la serenidad universal de las cosas, que los sepultaba en profundo caimiento de ánimo, que relajaba sus fibras infundiéndoles blanda pereza muy semejante a la indiferencia moral. El sol languidecía como ellos; la naturaleza meditaba. Hasta la bahía se hallaba aletargada; un gallardo queche blanco se mantenía inmóvil; dos paquetes de vapor, con la negra y roja chimenea desprovista de su penacho de humo, dormitaban, y solamente un frágil bote, una cascarita de nuez, venía como una saeta desde la fronteriza playa de San Cosme, impulsado por dos remeros, y el brillo del agua, a cada palada, le formaba movible melena de chispas. Por donde no alcanzaban el último resplandor solar, las olas estaban verdinegras y sombrías; al Poniente, dorada red de movibles mallas parecía envolverlas.
A medida que avanzaba la sombra, levantábase del mar una brisa fresca, que agitaba por instantes los picos del pañuelo de Amparo y los cabellos rubios de Baltasar, en los cuales se detenían las postreras luces del sol, haciendo de su cabeza una testa de oro. Presto la abandonaron sin embargo, y asimismo las montañas del horizonte empezaron a confundirse con el agua, mientras la concha blanca del caserío marinedino se destacaba aún, pero perdiéndose más cada vez, como si al ausentarse la claridad se llevase consigo el rosario de edificios y el encendido fulgor de los cristales en las galerías. Marineda, la Nautilia de los romanos, se envolvía en una clámide de tinieblas. En breve comenzaron a distinguirse algunas luces que oscilaban sobre la masa oscura de la población, y presto se cubrió toda ella de puntos lucientes como estrellas de oro en un celaje sombrío. La noche, que ya mostraba el cuerpo entero, era de esas lácteas, pero frías, en que el equinoccio de primavera se anuncia por no sé qué vaga trasparencia del cielo y del aire, y en modo alguno por la temperatura, que más bien parece recrudecerse. Baltasar y la muchacha, obligados quizá por el helado ambiente, se aproximaban el uno al otro, hablando no obstante de cosas indiferentes y poco importantes.
-No, Bilbao no es más bonito… ni tampoco Santander, digan lo que quieran los santanderinos, que son muy patriotas. ¿Sabe usted lo que ha mejorado Marineda? ¿Y lo que está llamada a mejorar todavía? Esto crece a cada paso; vamos a tener barrios nuevos, magníficos, a la americana, ahí donde usted ve aquella lucecita… todo por ahí, a lo largo del baluarte.
-¿Y Madrí? ¿Es mucho mejor que Marineda? -interrogó Amparo por decir algo, enrollando un cabo de su pañuelo.
-¡Ah! Madrid, ya ve usted… al fin y al cabo, es la corte… Sólo la calle de Alcalá…
Este apacible diálogo encubría en Baltasar tempestuosos pensamientos; pero como no carecía de penetración y sabía que la muchacha era honrada, y orgullosa, y vivía de su trabajo, comprendió que no debía tratarla como a cualquier criatura abyecta, sino empezar mostrándole cierta deferencia y aun respeto, género de adulación a que es más sensible todavía la mujer del pueblo que la dama de alto copete, habituada ya a que todos le manifiesten cortesía y miramientos. Lisonjeó mucho a la Tribuna el ver que se habían con ella lo mismo que con las señoritas, y auguró bien del rendido galán. Mas tan luego como la noche cauta señoreó absolutamente el escenario, Baltasar creyó poder apoderarse a hurto de una mano morena, hoyosa y suave al tacto como la seda. Amparo pegó un respingo.
-Estese usted quieto… Y va de dos veces que se lo digo, caramba.
-¿Por qué me trata usted así? -preguntó con pena fingida Baltasar, que en sus adentros renegaba de la virtud plebeya ¿Qué mal hay en…?
-¿Por qué? -repitió Amparo con sumo brío-. Porque no me conviene a mí perderme por usted ni por nadie. ¡Sí que es uno tan bobo que no conozca cuando quieren hacer burla de uno! Esas libertades se las toman ustedes con las chicas de la Fábrica, que son tan buenas como cualquiera para conservar la conducta. ¿A que no hace usted esto con la de García, ni con las señoritas de la clase de usted?
-¡Diantre! -pensó Baltasar-: no es boba.
Y al punto, mudando de táctica, habló con gran rapidez, diciendo que estaba enamorado, pero de veras; que para él no había categorías, distinciones ni vallas sociales, encontrándose el amor de por medio; que Amparo era tanto como la más encopetada señorita, y que su desliz no provenía de falta de respeto, sino de sobra de cariño: todo lo cual acompañó con mil dulces e insinuantes inflexiones de voz. Amparo respondió estableciendo su credo y sus principios: ella no quería ser como otras chicas conocidas suyas, que por fiarse de un pícaro allí estaban perdidas: ella bien sabía lo que pasaba por el mundo, y cómo los hombres pensaban que las hijas del pueblo las daba Dios para servirles de juguete: lo que es ella, bien se había de librar de eso; bueno que se hablase un rato, en lo cual no hay malicia; pero ciertas libertades, no; ya podía saberlo el que se arrimase a ella. Baltasar juró y perjuró que su amor era de la más probada y acendrada pureza, y que sólo limpios e hidalgos propósitos cabían en él; y en el calor de la discusión, los dos interlocutores se volvieron a hallar sentados en el parapeto, y la mano antes esquiva se mostró más tratable, consintiendo que la prendiesen dos manos ajenas.
-Hoy se casan los pajaritos -murmuró Baltasar después de un breve instante de silencio.
-Día de la Candelaria… Hoy se casan -repitió ella con turbada voz, sintiendo en la palma de la mano el calor de la diestra de Baltasar, que amorosamente la oprimía. Pero él fue discreto y no quiso abusar de la victoria, por temor de perder las ventajas adquiridas, y también porque empezaba a correr agudo frío en la solitaria alameda, y Amparo se levantó quejándose del relente y del aire, que cortaba como un cuchillo. Cruzaronse dos protestas de ternura, en voz baja, envueltas en el último apretón de manos, delante de la casa de la pitillera
ACTIVIDADES DEL COMENTARIO DE TEXTO O EXÉGESIS TEXTUAL
1) Resume el texto recogiendo su contenido esencial (100 palabras aprox., equivalentes a 10 líneas); 2) Indica los temas tratados en breves enunciados sintéticos; 3) Señala los apartados temáticos o secciones de contenido; 4) Localiza el lugar y tiempo en el que transcurre la acción (no en poesía lírica); 5) Analiza la figura del narrador (no en poesía lírica, donde aparece un sujeto lírico), ni en teatro; 6) Describe los personajes (no en poesía lírica); 7) Analiza la métrica, la rima y señala la estrofa empleada (solo en poesía o teatro en verso); 8) Analiza cómo los recursos estilísticos crean significado (12, mínimo); 9) Contextualiza al autor y su obra según su entorno social, histórico, cultural y personal; 8) Interpreta y discierne la intención y sentido del texto; 9) Valora personalmente tu apreciación lectora; 10) Transforma el texto con un lenguaje y en un contexto actual manteniendo su esencia, o escribe un texto literario inspirado en el original (optativo).

Emilia Pardo Bazán: «La madre naturaleza»; análisis y propuesta didáctica

Pardo Bazán – “La madre naturaleza” (1887)
1. ANÁLISIS
1) Resumen
Tomo I
I
Dos muchachos jóvenes, chico y chica, corretean por el campo, en verano. De pronto, estalla una tormenta. Se refugian bajo un castaño, pero al fin, se mojan. Salen corriendo, tapados con la falda remangada de ella. Se meten en una cueva artificial de una cantera de pizarra abandonada. Él ha venido de vacaciones de verano tras acabar el curso en el instituto de Orense. Ella vive en el pueblo. Son íntimos desde niños, pero ese verano sienten algo distinto entre ellos. Pasa la tormenta y aparece un gran arco iris, el Arco de la Vieja, por encima del Pico Modelo y hasta el río Avieiro. La madre naturaleza los acoge amorosamente.
II
Deja de llover y salen. Ven a lo lejos al señor Antón, algebrista o atador (curandero, componedor de huesos) de Boán. Se juntan con él y lo acompañan a curar un lobanillo de una vaca de María la Sabia. Esta tiene un bocio muy grande, que le cubre parte de su cara. Una mujer joven y dos rapazuelos completan la escena. Agarran la vaca con fuerza y le corta el lobanillo con una navaja de afeitar. Movida por el dolor, se libera y sale corriendo, pero Pedro, el chico, Perucho, la agarra y la devuelve a su sitio. Acaba la cirugía y la cura con pez hirviente. La vaca queda tranquila. Manuela, la chica, admira el atractivo físico de Pedro.
III
Antón cura un ternero, pero no puede con un buey porque carece de la pólvora para hacer su cura. Bebe, invitado, mucho, y queda bastante tocado. Es un curandero que anda por la aldea la mar de contento. Cura animales y personas. Lleva un libro consigo. Ha leído algunos tomos del Padre Feijoo y otros libros sueltos. Expone a los chicos su filosofía mientras caminan de vuelta. Es un panteísta tirando a nihilista; todos acabamos en nada, transformados en tierra y abono para otros seres. Los chicos van cogidos del dedo meñique.
IV
Pedro le confiesa su amor a Manuela, algo más que fraternal. Esta le corresponde. Es de noche y vuelven a los pazos. Ella siente una confusa emoción de dicha y alborozo, pues controla la situación sentimental.
V
En un coche de caballos, la diligencia de viajeros, coinciden el Trampeta, el abad de Loiro y un señor de mediana edad, con guantes, educado y culto, pues lee un libro en idioma extranjero. Trampeta le cuenta la historia de Nucha, su muerte; también la muerte de Primitivo; el pucherazo en las elecciones. Sabel se casa con Ángel, el gaitero de Naya. Viven en casa del marqués. Se encariña con el niño y le da estudios. No mira para la hija, Manuela. El viajero muestra interés intermitente. Trampeta, que es charlatán, le cuenta todo. El abad duerme; está viejo y obeso.
VI
Antes de entrar en Cebre, la caravana o diligencia vuelca en un una recurva de un puente que salva un arroyo. Juncal, que lee un periódico anticlerical, tumbado en un prado, lo ve. Acude al accidente. No hay muertos. Sacan con dificultad al abad. El viajero de guantes se identifica, es Gabriel Pardo de la Lage, hermano de Nucha. 
VII
Come Gabriel en casa de Juncal. Este está casado con Catalina, Catuxa, antes panadera. Es una moza joven, fresca y bonita. Espontánea en la conversación. Atiende bien a su marido y pasa horas en el molino que compraron donde los panaderos muelen su trigo. Gabriel tiene un codo lesionado y queda a dormir en casa del médico, tan anticlerical y radical en política como antes. Se dirige a Ulloa y al pazo. Es hombre discreto y regresa tras mucho tiempo fuera.
VIII
Tras la cena con Juncal, Gabriel sale a tomar el fresco, a solas, a un corral trasero. La noche es oscura. Recuerda y valora toda su vida. Su hermana mayor, Rita, le da una tunda por liberar un canario que come el gato; la hermana pequeña lo cura y lo protege. Estudia artillería en Segovia; sale de teniente, ya es comandante. Se enamora de una viuda y de una casada, y lo rechazan ambas ocasiones; lee mucha filosofía, geología y explosivos, pero se desencanta; se hace retraído y algo huraño. Participa en las guerras carlistas y acaba desencantado. Viaja por el extranjero, comisionado para aprender, y a la vuelta comprende la miseria española. Cuando muere su padre, vuelve a su casa de Santiago de Compostela. Encuentra una carta y una sortija de su hermana Marcelina, Nucha, muerta, pidiendo que él se encargue de la niña. Esto le hace reaccionar. Es un hombre ya metido en la treintena.
IX
Juncal siente una gran afición por Gabriel. Desayunan juntos. Este le confiesa que desea casarse con su sobrina, y cuanto antes. Juncal se asombra, pero lo entiende.
X
Juncal pone al día a Gabriel. Sabel se casa con el Gallo, el gaitero de Naya. Viven con don Pedro, que está gordo. El chico va al instituto de Orense y lo piensa enviar a la universidad. La chica viste pobremente y es montañesa de aire y educación. Gabriel lo ve mejor para su propósito de boda.
XI
Juncal y Gabriel ven a Antón, el algebrista, curar a las bestias de la diligencia y al muchacho que montaba el primer caballo. Se dirigen a los Pazos. Juncal no entra y da la vuelta un poco antes. Le cae muy bien Gabriel, que lo reputa como hombre fino, claro y firme. No cree que sea conservador.
XII
Gabriel se presenta a don Pedro, que está en la era, pues es otoño y se maja el centeno, amontonado en medas. Queda sorprendido de la llegada de su cuñado, pero lo acoge cordialmente, calculando qué querrá. Vienen en un carro lleno de mies Perucho y Manuela. Algo no le gusta a Gabriel, pero no sabe qué. 
XIII
Le presenta a Manolita; lo saluda y desaparece tras una meda o morena, torre de manojos de cereal. Los chicos suben y juegan con los manojos, mientras los colocan. Gabriel sigue sus juegos, mientras don Pedro le habla sin parar y le pregunta por su vida. Se vuelve a casa a cenar, aunque quisiera participar en el juego.
XIV
Cenan cumplidamente. Sabel ha perdido su belleza natural; como todas las aldeanas, ahora está fondona y como desfigurada. El marido, Ángel el Gallo se conserva muy bien. Es presumido y ostentoso. Compra ropa en Orense y no trabaja en el campo. Lee y escribe, aunque con muchos tropiezos. Sus habitaciones de la planta baja están limpias y nuevas. Las de don Pedro, en la primera planta, están viejas y destartaladas. En la loza se ve el escudo de armas de los Pardo de la Lage. Se preguntan a qué habrá venido el cuñado de don Pedro. Tienen dos hijas de unos siete años. Manuela y Perucho no cenan con ellos porque se quedan en la era con los campesinos.
XV
Conversación de don Pedro con Gabriel. Aquel le concede la mano de Manuela a cambio del dinero de la herencia de Nucha. Tío y sobrina dan un paseo por el soto, el castañar y los alrededores. Ella se muestra hosca y poco amigable. Viste algo mejor que el día anterior porque se lo ha mandado su padre.
XVI
Paseo de mañana de tío y sobrina, entre los castaños. Él le confiesa su amor, medio fraternal, medio platónico. Ella capta que algo raro pasa. Comienza de mal humor, pero se va componiendo. Gabriel le cuenta cosas de las guerras carlistas; ella, cómo vuela una mariquita de Dios y cómo muda una culebra. Él siente que va por el buen camino para enamorarla.
XVII
Visitan a la señora Andrea, la molinera. Un perro mastín atado vigila la casa. Vive en una casa pobre al lado del molino. La acompañan sus nietos, un niño de dos años y una niña de cuatro; el año que viene ya andará con la vaca y una cuerda. Lo invita a un trozo de pan de borona. El molino y la represa es un lugar fresco y apacible; contrasta con el día caluroso. La señora Andrea habla en “dialecto” (gallego) y castellano, mezclándolo. Le pide a Manuela que le ruegue a su padre para que le arregle las puertas, carcomidas y rotas. Gabriel piensa que progresa en su enamoramiento de su sobrina Manuela.
XVIII
Sobrina y tío visitan a Julián, el cura de Ulloa. Está delgado, como transfigurado, casi fantasmal. Come poco y vive en un estado espiritual. Cuando muere su madre, gasta el dinero heredado en pequeños préstamos, donativos y arreglos de la iglesia. Dos amas, ya mayores (pasan de sesenta, por exigencia de Julián) le roban y desgobiernan la casa. Hasta que entra Goros de amo de casa. Cultiva la tierra, cocina, cuida algunos animales, lava, cose. Es un hombre hacendoso, aunque habla mal de los curas y da pábulo a todos los chismes sobre ellos. Se complementan perfectamente. La visita es algo incómoda porque no tienen qué hablar. Al anochecer, se despiden y vuelven al pazo, donde están con la maja del centeno. En un aparte, Manuela le promete a Pedro que al día siguiente estará solo con él.
Tomo II
XIX
Salen de casa Manuela y Pedro a las seis de la mañana. Andan hasta la casa de la Sabia, solicitando leche para desayunar; dice que no tiene. Pedro ordeña una vaca y ambos beben sus cuencos. La vieja les echa maldiciones. Siguen caminando. Manuela está cansada, pero no para. Bordean al río Avieiro, muy hermoso. Se acercan a Naya, pero no visitan al abad. Siguen adelante, aunque ya es la hora de comer.
XX
Atraviesan el río y se acercan a una encina hueca. Él saca un panal de miel; los campesinos han llevado las abejas. Pedro le confiesa que la quiere; ella le corresponde y le promete que se casará con ella, aunque él le advierte que su tío la quiere, cosa que Manuela duda.
XXI
Suben a los Castros, en dos colinas, alejados del mundo. Allí ya no hay cultivos. El camino es casi invisible, solo un sendero de zorro. Comen moras y otros frutos. Se echan un rato a descansar y se besan apasionadamente. Están felices. Él, aún sin barba, le saca a ella cuatro o cinco años.
XXII
Gabriel, tras el día feliz con Manuela, se acuesta. Está insomne, a lo que ayudan mil ruidos, mil olores y mil tactos para él desconocidos. Mata un cínife en su cara. Lee la traducción de Fray Luis de León del Cantar de los cantares; le encanta el libro; admira su estilo elegante y cómo explica lo que supone el beso para los amantes. Al fin, contra el amanecer, se duerme.
XXIII
Gabriel se levanta algo tarde. Todos están en la maja del trigo, con los palos, los “mallos”. Don Pedro lo intenta, pero no tiene fuerzas y lo deja al poco. Es costumbre que el señor sea el primero y dé ejemplo a los majadores. Llama a Perucho, para que tome el majo y dé el ejemplo; es un modo implícito de reconocer que es un Ulloa y el descendiente de la casa. Lo busca Ángel, el Gallo, su supuesto padre, pero no aparece. Ha ido por los campos con la Manola, la señorita.
XXIV
Comen solos Gabriel y don Pedro. Este justifica que su hija ande por ahí; se endurece, no como las chicas de la ciudad (“pueblo”, le llaman los aldeanos), débiles y apocadas, que mueren al primer parto. Gabriel se irrita y le advierte al marqués que no consentirá que se repita esa desaparición de su futura esposa. Mucha tensión entre ambos.
XXV
Gabriel se refugia en la sombra de un castaño. Hace mucho calor. Todavía oye los gritos de su cuñado sobre sus últimas palabras. Reflexionando sobre la lectura que hizo de noche del “Cantar de los cantares”, comentado por Fray Luis de León, comprende que los chicos son hermanos y que habrán podido caer en la atracción mutua, porque entre la hermana y la amante no hay tanta diferencia, como se puede deducir de algún pasaje del “Cantar”. Se dispone a salir a buscarlos, a Perucho y a Manuela, aunque no sabe a dónde dirigirse.
XXVI
Anda Gabriel por los caminos, sin saber dónde está, pues no conoce el terreno. Atardece, ve una iglesia; piensa que es Naya, pero es Ulloa. Cae la noche, se acerca al cementerio. Negrura, soledad, armonía en el ambiente. Queda mirando el pobre mausoleo que adivina de su hermana Nucha. Oye algo, luego ve una sombra. Julían es quien sale de rezar del mausoleo; sospecha que sabe más de lo que a él le dice. Vuelve a casa, oye o intuye que alguien se acerca. Se esconde y ve pasar, agarrados por el talle, a Perucho y a Manuela. Arde de celos y de irritación pensando en lo que han podido hacer y resuelto a tomar medidas drásticas.
XXVII
Llega Gabriel de vuelta a los Pazos. Se encuentra con los hombres, en el huerto, que ahora hacen senado o asamblea don el Gallo en las veladas. Se junta con Goros, el criado de Julián, el sacristán de la misma iglesia, el peón caminero, Antón el componedor, con su panteísmo y su afición al aguardiente, y un campesino de mediano pasar, el tío Pepe de Naya, hablan de política y filosofía, sin entender nada. Se ríen del pastor porque se creen cultos. Le dicen que Perucho está en la era. Se retiran a la casa, a la sala de estar que  el Gallo ha adornado con la última moda de Orense, a hablar. Gabriel insulta gravemente al muchacho. Se pegan. Al fin, se separan y hablan. Perucho expone su amor y cuidado por Manuela desde que era muy niña. Él la ha cuidado siempre, e incluso le enseña las primeras letras. La quiere, lo quiere y dará su vida por ella. Se retiran a hablar al dormitorio de Gabriel, que ha cambiado de opinión.
XXVIII
Gabriel le anuncia que es hermano de Manola. El chico se desespera, grita, se coge el rostro, se envuelve en la concha; llora, lo lleva la ira. Gabriel le aconseja marchar lejos y olvidarse de ella, sin que Manola se entere nunca de la verdad. El artillero le promete al montañés pagarle los estudios. Le confiesa a este que si su sobrina quiere, se casará con ella. El chico empuja violentamente de la puerta a Gabriel y anuncia que va a preguntar a don Pedro si es su hijo. Quiere la verdad.
XXIX
Retrato del campesino gallego, perseverante, perspicaz, pero sin la resolución suficiente. El Gallo oye tras la puerta del dormitorio de don Pedro la conversación con su hijo Perucho. Reconoce el noble que es su hijo. El chico desespera. Lo maldice. El Gallo no puede oír toda la conversación porque don Pedro habla bajo; lo que el “sultán” oye es lo que nos llega a nosotros; una conversación entrecortada. Sale a trompicones el chico y casi atropella al Gallo.
XXX
Gabriel va en yegua a Cebra para requerir a Juncal que debe ir a los pazos a atender a don Pedro y a Manuela. Vence su promesa de no cruzar más la puerta de la casa y va. Gabriel  le cuenta a Juncal que Sabel, la vaca gorda, le suelta de sopetón a Perucho que es hijo de don Pedro. Manuela se entera y está con convulsiones y epilepsias en cama. Perucho desaparece el día antes y dice que no volverá.
XXXI
Antón, el algebrista, se deja caer por la casa de Julián. Lo recibe Goros, solo, porque el cura está diciendo misa. Hablan de lo que pasa en los pazos. El algebrista insinúa que don Pedro se muere y Manuela está mala. Dicen que el chico marcha de casa. Pide algo de comida, pero no le da. Goros tiene antipatía por Antón porque este es panteísta y vive alejado de la religión cristiana. Se refieren a Gabriel como “el cuatro ojos”.
XXXII
Se acerca Gabriel a la casa del abad de Ulloa, Julián. Está en misa, reza y tarda en llegar. Piensa en los graves acontecimientos ocurridos en los pazos. Goros le enseña una cerda con sus crías. Un hijo del año pasado ahora hace de padre. A Gabriel le impacta. La ley natural es distinta a la moral. Al fin, llega Julián, delgado, apagado y sin brillo en los ojos. 
XXXIII
Conversación íntima y abierta entre Gabriel y Julián. Ambos confiesan parte de culpa en el extravío de Manuela, en su escasa educación. No miran por ella en los momentos díficiles. Gabriel le confiesa que la quiere y que desea casarse con ella, sin reparar en la infamia cometida por la ignorancia. Julián parece reaccionar, pues el artillero le explica que él debe calmar a Manuela y hacerle ver que no es culpable. A Perucho lo envían a Madrid, a trabajar de empleado en una tienda.
XXXIV
Julián mantiene larga entrevista con Manuela. Hablan, mientras esperan, Juncal y Gabriel. Este, muy anticlerical, le cuenta historias grotescas de los arciprestes de Loiro, Boán, Naya y Cebre: comen y beben mucho, son holgazanes e hipócritas, etc. Don Pedro tampoco recupera la salud porque no se hace a vivir sin su Perucho.
XXV
Don Julián acaba su conferencia con Manuela. Anuncia a Gabriel que Manuela quiere hacerse monja porque sus remordimientos por su falta son muy grandes. Gabriel se opone, le pide ayuda para que influya sobre Manuela para que cambie de opinión y se case con él. Julián se opone, piensa que es buena idea que se haga monja. Se despide, pero Gabriel va a hablar con su sobrina, bastante agitado.
XXVI
Manuela rechaza el matrimonio con su tío, también seguir en el pazo, cuidado por este. Le hace prometer a Gabriel que irá a Madrid a buscar a Perucho y lo cuidará. Cuando ella se recupere y salga hacia el convento, él volverá al pazo. Va con la yegua camino de Cebre, acompañado de Juncal. Se para y mira el valle. Piensa que la naturaleza, en vez de ser madre, es madrastra 
2) Temas de la novela
Como ya vimos en Los pazos de Ulloa, los temas más importantes de esta novela son:
– Retrato vivo y crítico, además de pormenorizado, de la vida en un pazo gallego en la segunda mitad del siglo XIX, donde la tensión o lucha entre el hombre y sus instintos frente a la sociedad y las creencias es muy alta y acaba en tragedia. 
– Mirada crítica de los abusos económicos sobre los humildes por parte de los ricos en la Galicia rural. Abogados, secretarios de ayuntamientos, curas, nobles, o los restos de una nobleza rural, caciques, gobernadores, etc. ejercen con impunidad y desvergüenza un poder social, político y económico que se manifiesta en el control social y económico de la masa ignara. El campesino calla y aguanta como amor puede.
– Exposición satírica y feroz, aunque también comprensiva, de la degradación moral del hidalgo o noble gallego y del excesivo poder de la Iglesia. Los intentos de moderar y equilibrar los distintos intereses sociales acaban, casi siempre, en fracaso. Esto enlaza con la crítica feroz a la clase dirigente de la sociedad española, y gallega en particular, por su caciquismo, su avaricia y su falta de compromiso con el desarrollo social y cultural. Don Pedro, el marqués, es el ejemplo perfecto.
– Encontronazo entre el instinto natural y las normas sociales (la relación entre Manuela y Perucho), entre distintas generaciones (Gabriel y Perucho) e ideologías (Juncal, el médico, muy anticlerical, frente a los abades y arciprestes de la comarca).
– Reflexión amarga y pesimista sobre las posibilidades de desarrollo de una sociedad sin educación, sin progreso material y con hirientes diferencias sociales entre los favorecidos (antigua nobleza, miembros de la Iglesia, etc.) y la inmensa mayoría (campesinos sin tierras), sometida a duras condiciones de vida. 
3) Apartados temáticos 
La novela presenta una disposición clásica; se atiene a una lógica temporal de avance cronológico sucesivo. Por eso, encontramos:
Una introducción (capítulos I-III) en la que conocemos a los personajes principales, sus vidas, sus contextos. Gabriel, el hermano de Nucha, y Maximo Juncal acaparan la atención narrativa.
Un desarrollo o nudo (capítulos IV-XXXV) permite avanzar la acción hacia objetivos insospechados y peligrosos para los personajes. Se crea un conflicto amoroso y moral de alta tensión entre varios de ellos, mostrando lo inevitable de un desenlace violento.
La resolución o final (capítulo XXXVI) es muy breve. Perucho abandona Ulloa, amargado y trastornado. Manuela, algo recuperada, rechaza a su tío como marido y le impone a este que cuidará y hará que regrese Perucho al lugar. Ella se va al convento. El final es triste y melancólico, teñido por la amargura. 
4) Personajes
Estamos ante una novela en la que Gabriel Pardo de la Lage es el protagonista. Se enamora de su sobrina, por la que siente afecto y, a la vez, el deber de protección. Es un comandante de artillería, así que su posición social es elevada. Goza de educación y un pasar económico razonable. El enamoramiento platónico, en un principio, de su sobrina, es un instinto que lo supera y lo lleva hacia caminos más bien amargos. Es un hombre de cerca de cuarenta años, con poco pelo, aunque de aspecto juvenil. Ha acumulado mucha experiencia profesional y personal, incluidos dos fracasos amorosos que dejaron su huella. Su enamoramiento, algo insensato (como él mismo reconoce), se ve ratificado cuando conoce a su sobrina. Cierto ánimo de venganza, mezclado con la pasión y la mala conciencia, lo incitan a actuar aparentemente con calma; interiormente, con gran zozobra y no tanta justicia.
Máximo Juncal, el médico de Cebre, protagoniza bastantes episodios. Su situación profesional le permite ostentar una posición de dominio. Establece una profunda amistad con Gabriel, a quien admira entusiásticamente. Es un gran anticlerical y ha encontrado la felicidad casándose con una panadera, “Catuxa”. 
Manuela es la hija de Nucha (Marcelina) y don Pedro; la imaginamos de catorce o quince años. Apenas ha recibido educación porque su padre es muy irresponsable y caprichoso. Corretea por los campos, disfruta de la naturaleza, pero no adquiere una educación constructiva. Se ve inmersa en un terrible dilema sentimental (a quién amar, a su tío, o a Perucho), y moral (al fin, conoce que Perucho es su hermanastro). Es feliz en su mundo rural y apartado a pesar de no haber sido cuidada por nadie, excepto por Perucho. Su entrega amorosa final es la consecuencia lógica de su vida feliz, aunque sumida en cierto abandono intelectual y familiar.
Perucho está al mismo nivel emocional y protagónico de Manuela. Podemos pensar que tiene dieciséis o diecisiete años. Su padre lo prefiere a su hija, a pesar de que él no es hijo legítimo y, oficialmente, es hijo del Gallo.  Es un joven noble y fuerte; ama a Manuela y a la tierra casi a la par, pero el destino le reserva un quiebro insalvable. Cuando comprende su situación, se aleja y se va a Madrid. La desgracia lo persigue, aunque el auténtico responsable es su padre, el marqués don Pedro.
Julián, el abad de Ulloa, tuvo mucho protagonismo en la primera novela, pero no tanto en esa. Desengañado de la vida y de los hombres, lleva una vida discreta, humilde y se diría que torturada. Al final de la novela interviene con más ímpetu. Sabemos, por la primera parte, que es un hombre débil de carácter, apocado, afeminado, dubitativo y pacífico, casi cobarde. Trata de amoldarse a la situación de brutalidad e inmoralidad donde vive, pero con poco éxito. Se refugia en una bondad teórica, en algunas lectoras teológicas y en un escapismo que a veces irrita hasta a él mismo. Ahora ejerce de párroco discreto y sencillo, con una vida muy frugal, en la aldea de Ulloa.
Don Pedro, el noble, no interviene mucho en esta segunda parte. Sí de modo pasivo, pues es el responsable de que Manuela no reciba educación. Su obsesión por tener un heredero masculino para su “marquesado” hacen que anteponga a Perucho ante todos los demás. Admite que su antigua amante, Sabel, viva en su casa con su marido, Ángel el Gallo. Él está solo, gordo, obeso y como desentendido de la vida. Tiene una gran responsabilidad en el desenlace trágico de la novela, por omisión. Incluso parece conformarse con que los chicos se amen, aun a sabiendas de que son hermanos, pero le da igual.
Dos personajes secundarios adquieren un protagonismo efímero, pero muy interesante. Se trata de Antón, el algebrista (componedor, curandero de animales y personas) y Goros, el amo de la casa del cura. Ambos representan estupendamente dos oficios típicos de la época. Están trazados con mano maestra y su verosimilitud es total. Enriquecen poderosamente el fondo social del cuadro y aportan una gran amenidad y variedad. En la misma línea está Ángel, el Gallo, el padre de dos hijas que ha tenido con Sabel. Es un hombre fatuo y con pretensiones ridículas de nuevo rico. Asume su dudosa paternidad de Perucho con tal de llevar una vida acomodada. María la Sabia completa el cuadro; de aspecto repulsivo por un bocio desproporcionado, es una mujer que echa las cartas y coquetea con manejos casi brujeriles. Como todos los pobres, sobrevive como Dios le da a entender, engañando a todos los que puede.
Los curas (arcipreste, abad, etc.) y los políticos ya no ocupan un lugar importante. Aparece el arcipreste de Loiro, con su obesidad desproporcionada, y Julián, al que ya hemos caracterizado. Trampetán también hace acto de presencia en un capítulo. Triunfador de su enfrentamiento con los conservadores, dirigidos por Barbacana, se siente contento con su influencia. 
5) Lugar y tiempo narrativos
La acción se sitúa en un lugar muy preciso, los Pazos de Ulloa, propiedad noble, un marquesado, en el rural de la provincia de Orense, no muy lejos de la frontera con Portugal. Posee un pazo con otras construcciones auxiliares y muchas tierras de cultivo y caza por toda la comarca. Es un lugar bastante aislado, con malos caminos, montuoso, fragoso y aislado de la vida civil más urbana. Y sin embargo, posee una belleza natural, un encanto secreto que fascina a todo aquel que pasa por allí. Incluso el narrador se ve intensamente atraído por él. En el fondo, late el amor de Pardo Bazán por Galicia, intenso y profundo.
Cebre es la villa más próxima a los pazos de Ulloa, a la que se tarda dos o tres horas en llegar a lomo de bestias de herradura (mula, yegua o burra son los más comunes); ahí discurren varios  capítulos del principio del desarrollo. En esta segunda parte, la novela es más exterior y abierta. La naturaleza, los paisajes, los campos de labradío, las praderas de pastos, la ribera del río Aveiro, etc., adquieren una gran importancia. En realidad, funciona como un protagonista, y no menor. La belleza intrínseca de la naturaleza gallega se describe con enorme precisión, emoción y exactitud. Es uno de los más sólidos logros de este magnífico texto.
El tiempo de la escritura se remonta a 1887 (año de su publicación) y anteriores. Estamos en la segunda mitad del siglo XIX. Como sabemos que la primera parte se desarrolla hacia 1870, y en esta la acción dura sobre once años, que es el tiempo transcurrido entre la llegada de Julián como capellán en el pazo, los diez años en la aldea remota y la vuelta a Ulloa como párroco de la aldea, podemos deducir que los hechos ocurren, aproximadamente,  quince años después del marco temporal de la primera parte. Estamos, pues, hacia 1886. La acción dura diez días, como Gabriel dice al final, recordando su estancia en los pazos durante ese tiempo. Existen, sin embargo, bastantes analepsis que recrean la vida en las décadas previas, desde mediados del siglo XIX. En concreto, Gabriel recuerda su infancia en su casa de Santiago de Compostela, sus estudios en la Escuela de Artillería de Segovia y sus campañas contra los carlistas.
 6) Figura del narrador
La materia narrativa está contada por un narrador omnisciente, externo, bastante objetivo y en tercera persona. A veces, se deja ver, sobre todo en los juicios sobre el comportamiento de los personajes y del contexto político y social español de la segunda mitad del siglo XIX. En general, focaliza a través de Gabriel, el comandante de artillería y tío de la niña. Renuncia a una visión total, pues ve a través de un personaje, normalmente, Gabriel.
A duras penas el narrador mantiene la objetividad sobre la materia narrativa. Adopta posiciones muy críticas contra los defectos, los vicios y la estolidez general. Si con alguien es comprensivo, es con el pueblo llano, los humildes labriegos que trabajan de firme para mantener el regalado estilo de vida de los poderosos. También Manuela le merece más compasión que la media, pues está sometida a fuertes tensiones emocionales no buscadas. En la primera parte vimos cómo curas, nobles, mayordomo, murmuradores de casino, mujeres de mala vida, tipos torvos con asesinatos a sus espaldas, etc. reciben la mirada satírica y censoria del narrador. Ahora, se suaviza esa contemplación. Muestra una honda y sentida admiración por la naturaleza, el paisaje y el paisanaje gallego.
El conocimiento de la Galicia profunda, rural y aislada, doliente y melancólica, es muy amplio. Se percibe claramente a la autora real, Pardo Bazán, detrás de ese narrador que no duda en ridiculizar los comportamientos individuales y colectivos, sobre todo de los poderosos; ellos son los verdaderos responsables del atraso y la ignorancia generalizada. Utiliza la ironía a menudo, junto con la burla, pero referido a las personas, no a la naturaleza. Sin embargo, la “madre naturaleza” rebosa belleza y armonía, lo que llega al lector con la emoción contenida. Los personajes también se integran en ese equilibrio –no siempre feliz– de hombres y paisaje. Veamos como ejemplo el final del capítulo XXXI:
 
El sol había salido, y también el cura de Ulloa a celebrar el santo sacrificio de la misa. Goros, medio en cuclillas ante la piedra del hogar, con las manos fuertemente hincadas en las caderas, el cuerpo inclinado hacia delante, los carrillos inflados y la boca haciendo embudo, soplaba el fuego, al cual tenía aplicado un fósforo. Y a decir verdad, no se necesitaba tanto aparato para que ardiesen cuatro ramas bien secas.
Ladró el mastín en el patio, pero con ese tono falsamente irritado que indica que el vigilante conoce muy bien a la persona que llega, y ladra por llenar una fórmula. En efecto, cansado estaba el Fiel de contar en el número de sus conocidos al madrugador visitante. Como que, siendo aquel todavía cachorro, este se había encargado de la cruenta operación de cercenarle la punta del rabo y la extremidad de las orejas.
Venía el atador de Boán con el estómago ayuno de bebida, pues acababa de dejar la camada de paja fresca con que aquella noche le había obsequiado el pedáneo; y si esta narración ha de ser del todo verídica y puntual, conviene advertir que llevaba el propósito de matar el gusanillo en la cocina del cura. Lo cual prueba que el señor Antón no estaba muy al tanto de las costumbres severas y espartanas del incomparable Goros, incapaz de tener, como otros muchos de su clase, el frasquete del aguardiente de caña oculto en algún rincón. Es más: ni siquiera por cortesía ofreció un tente-en-pie, un taco de pan y algo de comida de la víspera, y se contentó  con responder secamente:
–Felices nos los dé Dios –al saludo del algebrista.
La razón de esta sequedad era una razón profunda, seria y digna del temple del alma de Goros. Allá en su conciencia de creyente a macha martillo y de persona bien informada en lo que respecta al dogma, Goros tenía al señor Antón por un endemoniado hereje, acusándole de que, merced al trato con las bestias, no diferenciaba a un cristiano de un animal, ni siquiera de una hortaliza, y para él era lo mismo una ristra de ajos, con perdón, que el alma de una persona humana. En las discusiones del ateneo de los Pazos, Goros tenía siempre pedida la palabra en contra, así que el algebrista se descolgaba con una de sus atrocidades, allí estaba el criado del cura hecho martillo de herejes, confutando las proposiciones panteísticas que el alcohol y el atavismo ponían en los sumidos labios del componedor de Boán.
-¿Vienes a ver a los animales? -preguntole aquella mañana desapaciblemente-. Están   bien lucidos. San Antón por delante. No tienen falta de médico.
-Vengo a me sentar… que el cuerpo del hombre no es de madera, y a las veces cánsase también.
7) Notas estilísticas
Pardo Bazán es una magnífica escritora realista; nos ha dejado memorables novelas, como esta que ahora comentamos, compuesta bajo el marco estilístico del realismo. Se trata de ofrecer una fotografía interpretativa de la realidad de un modo completo y minucioso. La mirada no es exactamente objetiva y distante, sino teñida de crítica moral y social. Las descripciones son minuciosas y exactas, reflejo de un realismo observador. Las narraciones se atienen a una expresividad que busca la penetración psicológica y la ejemplificación. El dominio de la lengua castellana es altísimo. Se manifiesta muy bien en el empleo de un léxico variado, preciso y adecuado. En este caso concreto, el manejo de galleguismos o de léxico gallego es muy alto; es un índice cabal del conocimiento del gallego, que Pardo Bazán, a través del narrador, denomina “dialecto”.
El manejo de los recursos estilísticos también es muy afortunado. Metáforas, símiles, antítesis, sinestesias, personificaciones, bimembraciones y otros recursos aparecen con frecuencia, aportando belleza, potencia de imágenes y un significado más hondo del texto, mucho más allá de la anécdota narrativa. He aquí un ejemplo extraído del capítulo XXVIII:
Como saliesen un poco más aprisa de lo justo, abriendo con ímpetu la puerta, estuvieron a punto de aplastar entre hoja y pared la nariz del Gallo, el cual, sin género de duda, atisbaba. Al impensado portazo, lejos de enfadarse, sonrió con dignidad y afabilidad, murmurando no sé qué fórmulas de cortesía: su gran civilización le obligaba a mostrarse atento con las personas que visitaban su domicilio. Pero Gabriel y Perucho cruzaron por delante de él como sombras chinescas, y no le hicieron maldito el caso. Lo cual, unido a otros singulares incidentes, la ira de Gabriel, su afán por encontrar a Perucho, lo extraño de la entrevista, la encerrona, le puso en alarma y despertó su aguda suspicacia labriega. Rascose primero detrás de la oreja, luego al través de las patillas, y estas operaciones le ayudaron eficazmente a deliberar y a dar desde luego no muy lejos del hito.
Al entrar Perucho y Gabriel en la habitación de este, se encontraron a oscuras: el montañés rascó un fósforo contra el pantalón, y encendió la bujía; el artillero acudió a echar la llave, prevención contra importunos y curiosos. Para mayor seguridad, acercose a la ventana, bastante desviada de la puerta. Ninguno de los dos pensó en sentarse. Recostado en la pared, con la izquierda metida en el seno, al modo de los oradores cuando reposan, el brazo derecho caído a lo largo del muslo, una pierna extendida y firme y otra cruzada y apoyada en la punta del pie, Perucho aguardaba, animoso y resuelto, como el que no ha de transigir ni renunciar por más que hagan y digan. Con las manos en los bolsillos de la cazadora, la cabeza caída sobre el pecho, y meneándola un poco de arriba abajo, los labios plegados, arrugada la frente, Gabriel Pardo se paseaba indeciso, tres pasitos arriba, tres abajo. Al fin hizo un movimiento de hombros como diciendo -pecho al agua- y, súbitamente, se enderezó, encarose con el montañés y articuló lo que sigue:
-Vamos claros… ¿Usted sabe o no sabe que es hermano de Manuela?
Si asestó la puñalada contando con los efectos de su rapidez, no le salió el cálculo fallido. El montañés abrió los brazos, la boca, los ojos, todas las puertas por donde puede entrar el estupor y el espanto; enarcó las cejas, ensanchó la nariz… fue, por breves momentos, una estatua clásica; el escultor que allí se encontrase lamentaría, de fijo, que estuviese vestido el modelo. Y sin lanzar la exclamación que ya se asomaba a los labios, poco a poco mudó de aspecto, se hizo atrás, bajó los  ojos, y se vio claramente en su fisonomía el paso del tropel de ideas que se agolpan de improviso a un cerebro, la asociación de reminiscencias que, unidas de súbito en luminoso haz, extirpan una ignorancia inveterada; la revelación, en suma, la tremenda revelación, la que el enamorado, el esposo, el creyente, el padre convencido de la virtud de la adorada hija, se resisten, se niegan a recibir, hasta que les cae encima, contundente, brutal y mortífera, como un mazazo en el cráneo.
-¡No! -balbuceó en ronca voz-. No, Jesús, Señor, no, no puede ser… usted… vamos a ver… ¿ha venido aquí para volverme loco? ¿Eh? ¡Pues diviértase… en otra cosa! Yo… no quiero loquear… ¡No se divierta conmigo! Jesús… ¡ay Dios!
Llevose ambas manos a los rizos, y los mesó con repentino frenesí, con uno de esos ademanes primitivos que suele tener la mujer del pueblo a vista del cuerpo muerto de su hijo. Al mismo tiempo quebrantaba un gemido doloroso entre los apretados dientes. Rehaciéndose a poco, se cruzó de brazos y anduvo hacia Gabriel, retándole.
-Mire usted, a mí no me venga usted con trapisondas… usted ha entrado aquí traído por el diablo, para engañarme y engañar a todo el mundo… Eso es mentira, mentira, mentira, aunque lo jure el Espíritu Santo… Malas lenguas, lenguas de escorpión inventaron esa maldad, porque… porque nací sirviendo mi madre en esta casa… Pero no puede ser… ¡Madre mía del Corpiño! No puede ser… ¡No puede ser! ¡Por el alma de quien tiene en el otro mundo, señor de Pardo… no me mate, confiéseme que mintió… para quitarme a Manola…!
Gabriel se acercó al bastardo de Ulloa y logró apoyarle la mano en el hombro; después le miró de hito en hito, poniendo en los ojos y en la expresión de la cara el alma desnuda.
-La mitad de mi vida daría yo -dijo con inmensa nobleza- por tener la seguridad de que en sus venas de usted no corre una gota de la sangre de Moscoso. Créame… ¿No me  cree? Sí, lo estoy viendo; me cree usted… Pues escuche; si usted fuese hijo del mayordomo de los Pazos… yo, Gabriel Pardo de la Lage, que soy… ¡qué diablos!, ¡un hombre de bien…!, me comprometía a casarlo a usted con mi sobrina. Porque he visto lo que usted la quiere… y porque… porque sería lo mejor para todos. ¿Cree usted esto que le aseguro?
Sin fuerzas para contestar, el montañés hizo con la cabeza una señal de aquiescencia. Gabriel prosiguió:
-No solamente mi cuñado le tiene a usted por hijo suyo, sino que le quiere entrañablemente, todo cuanto él es capaz de querer… más que a Manuela, ¡cien veces más!, y hoy, si se descuida, delante de todos los majadores le llama a usted… lo que usted es. Su propósito es reconocerle, y después de reconocido, dejarle de sus bienes lo más que pueda… Su padrastro de usted lo sabe; su madre… ¡figúrese usted!, y… ¡es inconcebible que no haya llegado a conocimiento de usted jamás!
-Me lo tienen dicho, me lo tienen dicho las mujeres en la feria y los estudiantes en Orense… Pero pensé que era guasa, por reírse de mí, y porque el… padrino… me daba carrera… ¡Estuve ciego, ciego! ¡Ay Dios mío, qué desdicha, qué desdicha tan grande! ¡Lo que me sucede… lo que me sucede! ¡Pobre, infeliz Manola!
8) Contextualización
Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 1851 – Madrid, 1921) es una de las más significadas escritoras realistas españolas. Tras una fase de aprendizaje, asumió pronto las tesis artísticas del realismo; introdujo y divulgó el debate sobre el naturalismo (defendido en Francia por el novelista Émile Zola). El determinismo biológico y el peso de la herencia y del medio sobre el destino de las personas es uno de los pilares de este movimiento, también propenso a fijarse en los individuos más sórdidos y miserables de la sociedad; no ahorran en sus relatos las acciones más escabrosas y miserables del ser humano. Provocó controversia en toda Europa y muchos detractores lo atacaban. Pardo Bazán propugnaba un naturalismo español, heredero de la novela picaresca y de Cervantes; introducía una visión más humana y compasiva. El relato de las maldades se frena e insinúa más que explicita.
Nuestra escritora asumió y defendió con ardor en público las tesis de la defensa de los derechos de la mujer. Contribuyó eficazmente al reconocimiento de la aportación de las féminas a la sociedad, lo que es un aspecto muy importante. Escribió novelas, cuentos, artículos periodísticos, ensayos, etc. Sus obras completas suponen muchos tomos de buena literatura, seguramente no suficientemente reconocida.
Escribió, entre otros muchos textos importantes, tres novelas de gran calidad: La tribuna (1883), Los pazos de Ulloa (1886-1887) y La madre naturaleza (1887), continuación de la anterior y objeto de nuestro actual análisis. En ellas se manifiestan muy bien sus ideas sobre la novela y la sociedad, innovadoras y críticas, respectivamente. En los ensayos que componen La cuestión palpitante (1883) plantea, analiza y reflexiona sobre el realismo y el naturalismo en literatura y su acomodación en España. Creó gran controversia y le proporcionó fama, además de contribuir a la renovación de las letras españolas. También compuso cuentos de gran calidad y hondura, como “El fondo del alma”, unos de los mejores textos cortos del realismo español.
9) Interpretación y valoración
La madre naturaleza es una magnífica novela que no ha perdido un ápice de su actualidad e interés desde su publicación. El argumento es bastante original y distinto (recuerda bastante a El sí de las niñas, de Fernández del Moratín): Pardo Bazán se centra en un hombre recto, Gabriel Pardo de la Lage, de buena posición y, a su manera, atormentado, pues no atendió a su hermana y sobrina como hubieran necesitado. Alrededor, aparece toda la sociedad rural gallega pintada con trazos negros y algo pesimistas. La novelista presenta un análisis melancólico y doliente, cargado de ironía y sátira, sobre una sociedad medio enferma.
Los aspectos psicológicos son de gran relevancia. La personalidad de Gabriel es el eje temático dominante. Aparenta un hombre maduro, equilibrado y sensato, pero también arrastra sus remordimientos y, en consecuencia, la mala conciencia. El amor por su sobrina lo asalta y a duras penas lo puede gobernar. Representa este personaje una idea de progreso y racionalismo en un país un tanto atávico y violento. Pardo Bazán realiza un dibujo certero y verosímil de este hombre educado y racional, pero con excesivas tormentas internas, producto del amor. 
Manuela, la montañesa y Perucho, el nuevo señorito, también son dibujados con mano maestra, en la medida de su protagonismo. La primera es víctima de un padre embrutecido y sin valores morales, debilitado en su fibra íntima. El segundo es un muchacho fuerte y alegre, enamorado de su hermanastra, sin saberlo. La naturaleza, madre acogedora, se muestra indiferente ante esta atracción; la vida sigue, pero el sufrimiento atormenta a las personas. 
La novela posee un tono reflexivo muy importante, en torno al gobierno de las emociones, a la casualidad y la responsabilidad de cada uno en el modo de afrontarlas. Podemos ver desde la indiferencia irresponsable (don Pedro) hasta la interesada (Ángel el Gallo), pasando por otros matices enriquecedores del conjunto.
Otro vector importante del texto es la pintura y la emoción que surgen del paisaje natural. Aquí Pardo Bazán alcanza una madurez y sabiduría asombrosas. El cuadro es verosímil, detallado, completo y, sobre todo, emocionado. Galicia aparece como una tierra profundamente conmovedora y extrañamente atractiva. En efecto, el lector, guiado por la magistral pluma de doña Emilia, es conducido a un disfrute literario que se entremezcla con las vivas imágenes, bien reales, de una Galicia algo atávica, aislada y, siempre, sentimental e impresionante.
Como en su predecesora, la Iglesia no sale bien parada de este texto. Julián, el abad de Ulloa, perfecto ejemplo de ascesis, desprendimiento y humildad, es un hombre inane y abúlico que huye de los problemas. Si hubiera tenido otra actitud, acaso no se hubiera llegado a los extremos trágicos que se alcanzan. Y sin embargo, en la propia Iglesia está la solución: Manuela se retirará a un convento para pagar su supuesto pecado de incesto.  
Repetimos aquí lo afirmado sobre Los pazos de Ulloa: el conjunto de la novela es una lección de vida, una fotografía verosímil, honda y crítica, de una sociedad deficiente. El análisis de los sentimientos y su desarrollo en un ambiente rural, atávico y algo aislado es magistral.  El estilo ágil, ceñido al detalle verosímil y la narración certera, contribuye también a la consecución de una novela magnífica. Sin duda, debe figurar entre lo mejor del realismo español.
  1. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Las siguientes actividades se pueden realizar de modo individual o en grupo; de manera oral o escrita; en clase o en casa; utilizando medios tradicionales o recursos TIC, según las circunstancias lo aconsejen).
2.1. Comprensión lectora 
1) Resume el contenido de la novela (150 palabras, aproximadamente). 
2) Señala su tema principal y los secundarios. 
3) Delimita los apartados temáticos, atendiendo a las modulaciones de sentido. 
4) Analiza los personajes, tanto ricos como pobres.
5) ¿Qué tono tiene la novela: positivo, optimista, esperanzado, o todo lo contrario? 
6) Señala el lugar y el tiempo en el que transcurre la acción narrativa. 
7) Observa y señala las características del narrador.
8) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado. 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Qué tipo de vida lleva Manuela y Perucho? ¿Existe mucho contraste? ¿Por qué? 
2) Analiza los rasgos de la personalidad de Gabriel Pardo de la Lage. ¿Qué significa su sobrina Manuela para él?
3) ¿Cómo aparece el mundo de la amistad en esta novela? ¿Es importante en el conjunto de la misma?
4) ¿Cómo se aprecia en el texto la importancia del amor’ ¿Cómo se relaciona con la honra? 
5) ¿Por qué esta novela es una fotografía verosímil de la España de la segunda mitad del siglo XIX? 
6) ¿Qué significación se encierra en el final de la  novela, con Gabriel alejándose de los Pazos y llamando a la naturaleza “madrastra”?  
2.3. Fomento de la creatividad
1) Elabora un texto literario, en prosa, en verso, o en forma dramática que exprese una situación sentimental complicada y de difícil solución. Acaso alguien intente rebelarse y  acaba en fracaso. Puedes utilizar la narración realista y la descripción pormenorizada, como ha realizado Pardo Bazán.
2) Imagina y transcribe una conversación o plática entre la clase y la novelista Emilia Pardo Bazán a propósito de su poema y de su vida. 
3) Realiza una exposición sobre Emilia Pardo Bazán, su narrativa y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc. 
4) Aporta o crea imágenes de momentos donde se aprecie una emoción especial hacia un paisaje y sus gentes. Puedes colocar a un individuo en una situación de enfrentamiento ante una sociedad cerril y violenta, en los aspectos espirituales, educativos, culturales, políticos, etc., siguiendo el ejemplo de Pardo Bazán.
2.4. Comentario de texto específico
Texto extraído del apartado final del capítulo XXXVI, que es el final de la novela.
Entró medio a tientas, porque el cuarto estaba casi a oscuras, a causa de que la jaqueca de la niña no le consentía ver luz. No tardaron sin embargo las pupilas de Gabriel en acostumbrarse a aquella penumbra lo bastante para distinguir, en el fondo del cuarto, la blancura de las sábanas y la cabeza de Manuela sobre el marco de su negrísimo pelo. Al acercarse el comandante, levantose Juncal y se retiró discretamente. La montañesa yacía inmóvil, con los ojos cerrados, y de la cama se alzaba ese olor especial que los enfermeros llaman olor a calentura, y que se nota por más ligera que sea la fiebre.
A la cabecera de la cama estaba vacante la silla que el médico había dejado; pero Gabriel la separó, e hincando una rodilla en tierra, puso la mano derecha sobre el embozo de la sábana.
-Manuela -cuchicheó.
La enferma abrió los ojos, sin responder.
-¿Qué tal te encuentras?
-Muy bien… algo cansada.
-¿Te incomodo?
-No señor… Siéntese, por Dios.
-Quiero estar así. ¿Me das la mano?
Sacó Manuela su mano morena, ardiente, abrasada, y la entregó como se la pedían. Gabriel la tomó y la rozó suavemente con los labios. La niña hizo un movimiento para retirarla. Gabriel silabeó en tono suplicante:
-No, hija mía, déjamela… Oye, Manuela… ¿Te molesta oír hablar?
-Bajito, no.
-¿Y podrás responderme? 
Inclinó la cabeza, diciendo que sí.
-Manuela… ¿Te ha dicho algo de mí el señor cura?
-Ya sé los favores que le merezco -articuló la montañesa.
-Ninguno. Ese es el error. ¡Favor! No disparates. Mira en qué postura estoy. Pues figúrate que en esa misma te lo pedía, ¿entiendes? Como favor para mí, para mí. Vivo muy solo en el mundo; no tengo a nadie, a nadie; y me hacías falta, y me darías la vida. Pero ya no se trata de eso. De otra cosa más pequeñita y más fácil. Anda, monina, no me lo niegues. ¿Verdad que no? Si es facilísimo; si no te cuesta trabajo ninguno. Que no pienses en rejas ni en conventos; ¡mira qué poco, y qué sencillo! Te quedas aquí, al lado de tu padre. Yo también me quedo. Si estás triste, te acompaño; si enferma, te cuido; verás cómo discurrimos maneras de distraerte. Y de aquello que te pedí primero, no se habla nada… Nada. Te lo juro por la memoria de tu pobre mamá: ¿a que así me crees? 
Manuela no abrió los labios. Con el balanceo suave de su cabecita pálida y porfiada, daba el no más redondo del mundo.
-¿No quieres? ¿Que no? ¿Qué te diré, qué te haré para convencerte y traerte a buenas? Terquita de mi alma… ¡pobrecita!, respóndeme con la boca, dime… ¿qué hago, cómo te conquisto? Pídeme tú algo… muy grande… ¡muy atroz! Verás cómo soy mejor que tú, cómo te doy gusto… Te me has vuelto muy mala.
Los lánguidos ojos de la montañesa resplandecieron un instante, entre el oscuro cerco que los rodeaba; alzó un poco la cabeza; apretó la mano de su tío, y dejó salir con afán:
-¿De veras me hará lo que yo le pida?
-Oro molido que fuese, monina… Di, di.
-¿Me da palabra?
-De honor, de caballero, de todo lo que exijas. ¿Qué es ello? Salga.
-Que se vaya por Dios, que se vaya a Madrid corriendo… antes que aquel que está allí solito… ¡y desesperado!, se desespere de vez, y… y… -No pudo proseguir: las lágrimas, de pronto, le nublaron las pupilas y le trabaron la voz en la garganta.
Aquel que ve el interior de los corazones sabe que Gabriel Pardo recibió el golpe como honrado y valiente, presentando el pecho y con animoso espíritu. Allá en el fondo, muy en el fondo de su conciencia, se alzó una voz que gritaba:
-Cura de Ulloa, ni tú ni yo… tú un iluso y yo un necio. Quien nos vence a los dos, es… el rey… ¡No, el tirano del mundo!
-Así se hará, hija mía -dijo en alta voz-. ¿Quieres que me marche hoy mismo?
-Pudiendo ser… ¡Dios se lo pague! Atienda, escuche… -silabeó acercando tanto su boca al oído de Gabriel, que este sentía en la mejilla un aliento enfermizo y volcánico-. Haga usted para que no se desconsuele mucho… y dígale que así que yo esté en el convento, él vuelve aquí, y mi padre queda satisfecho, y todos bien, todos bien.
-Adiós -respondió lacónicamente el artillero, que se levantó del suelo, se inclinó sobre la montañesa y le dio un beso a bulto, hacia la sien.
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Quiso ir a pie hasta Cebre, y Juncal, por supuesto, se empeñó en acompañarle. En lo alto de la cuesta, donde se domina a vista de pájaro el valle de los Pazos, se volvió, y estuvo buen trecho con los brazos cruzados, la vista clavada en el tejado de la solariega huronera, en el estanque del huerto que destellaba fuego a los últimos rayos del sol, en los lejanos picos y azuladas crestas que servían de corona al valle. Estas contemplaciones paran, y debiera callarse por sabido, en un suspiro muy hondo. Pardo llenó este requisito, y acordándose de todo lo que había venido a buscar allí diez días antes, pensó, con humorística tristeza:
-Otro caballo muerto.
Aquella tarde, el gran ardor de la canícula daba señales de aplacarse ya, y eran preludio y esperanza de frescura, y acaso de agua las nubes redondas y los finos rabos de gallo que salpicaban caprichosamente el cielo. Una brisa fresca, vivaracha, que columpiaba partículas de humedad, hacía palpitar el follaje. A lo lejos chirriaban los carros cargados de mies, y las ranas y los grillos empezaban a elevar su sinfonía vespertina, saludando a la lluvia y al viento antes de que hiciesen su aparición triunfal y refrigerasen la tostada campiña. Todo era vida, vida indiferente, rítmica y serena.
Gabriel Pardo se volvió hacia los Pazos por última vez, y sepultó la mirada en el valle, con una extraña mezcla de atracción y rencor, mientras pensaba:
-Naturaleza, te llaman madre… Más bien deberían llamarte madrastra.
ACTIVIDADES DEL COMENTARIO DE TEXTO O EXÉGESIS TEXTUAL
1) Resume el texto recogiendo su contenido esencial (100 palabras aprox., equivalentes a 10 líneas); 2) Indica los temas tratados en breves enunciados sintéticos; 3) Señala los apartados temáticos o secciones de contenido; 4) Localiza el lugar y tiempo en el que transcurre la acción (no en poesía lírica); 5) Analiza la figura del narrador (no en poesía lírica, donde aparece un sujeto lírico), ni en teatro; 6) Describe los personajes (no en poesía lírica); 7) Analiza la métrica, la rima y señala la estrofa empleada (solo en poesía o teatro en verso); 8) Analiza cómo los recursos estilísticos crean significado (12, mínimo); 9) Contextualiza al autor y su obra según su entorno social, histórico, cultural y personal; 8) Interpreta y discierne la intención y sentido del texto; 9) Valora personalmente tu apreciación lectora; 10) Transforma el texto con un lenguaje y en un contexto actual manteniendo su esencia, o escribe un texto literario inspirado en el original (optativo).

Emilia Pardo Bazán: «Los pazos de Ulloa»; análisis y propuesta didáctica

Pardo Bazán – «Los pazos de Ulloa» (1886)
1. ANÁLISIS
1) Resumen
Tomo I
I
Julián Álvarez es un cura joven destinado a servir al conde de Ulloa, como capellán. Estamos en otoño, en Galicia. Hace la parte final del camino a caballo, desde Cebre; lo lleva mal y sufre en la montura porque no tiene experiencia. Una cruz de madera negra en el suelo advierte de que alguien fue asesinado allí, lo que estremece al sacerdote Al lado de un crucero se encuentra con tres hombres, cazadores, con morral y escopeta; uno de ellos es el marqués; es un hombre joven, rudo y campechano, don Pedro Moscoso, el señorito, el marqúes; lo acompañan un sirviente, Primitivo, y el abad de Ulloa, un sacerdote montaraz y fornido. Andando, se dirigen al pazo. El pazo es una “huronera”, algo siniestro y atemorizador, en cierto estado de abandono.
II
Cenan los cuatro. A los perros los sirven casi como a personas. Sabel, la criada, una moza fuerte y atractiva, de ojos azules, dirige la cocina. Una vieja desaparece de repente. Emborrachan al niño Perucho, hasta quedar inconsciente. Primitivo es quien le obliga a beber. Julián se va a la cama con sensaciones contrarias. Le ha impresionado el ambiente embrutecido de la gente. Ya se lo ha advertido el señor de la Lage, tío del marqués, que su sobrino está embrutecido.
III
Al levantarse observa la amplia habitación: sucia, destartalada, con los cristales rotos. No hay donde lavarse. Entra Sabela con el chocolate de desayuno, sin llamar, y lo pilla en mangas de camisa, lo que lo azora. Le pide que le limpie la habitación, pues es aseado y remilgoso, pues así lo cría su madre. Carácter afeminado, ya incluso en el seminario. Su madre sirve en la casa del señor de Lage. Que no deje que emborrachen a su hijo Perucho; ella dice que no puede hacer nada, pues Primitivo es su abuelo. Ha sido ocupada por el abad de Ulloa hasta quince días antes; nunca consiente que le limpien la habitación. El paisaje es hermoso: gallego auténticamente. El marqués lo lleva al archivo de la casa, una habitación lúgubre llena de libros, papeles y documentos desordenados, por el suelo, deteriorados por la incuria. Uno es la ejecutoria de nobleza. Se proponen ordenarlo, pero el marqués abandona su entusiasmo inicial por la caza con Primitivo.
IV
Don Pedro no es marqués de verdad. El título lo ostenta un noble de Madrid. El pazo tiene una hipoteca. La madre de don Pedro queda viuda y un hermano, Gabriel, se va a vivir con ella y el sobrino, so color de protegerlos. En realidad, engaña a su hermana y le roba mucha hacienda. Unos ladrones le roban a Micaela, la madre, un arca con monedas de oro. Fray Venancio, el fraile que administra la propiedad, muere al poco del susto. Micaela dura algo más, pero pronto muere. Gabriel se va a vivir al pueblo, donde se descubre que está casado y tiene tres hijos. A su sobrino don Pedro no le deja nada de herencia. Vive así en una ruina inminente, sin cultura ni educación de ningún tipo. Primitivo es contratado por Gabriel porque es gran cazador.
V
Asea a Perucho y le enseña las primeras letras, pero el niño se resiste con uñas y dientes. Primitivo lo mira como acechándolo. Sabel se le insinúa, enseñando más de la cuenta. La echa con cajas destempladas y no vuelve a subir. Trata de ordenar la economía del pazo, pero sin conseguirlo. Los campesinos obedecen a Primitivo. A veces, sufre desaliento.
VI
Asiste en Naya a la fiesta de San Julián, ya en primavera. Con él hay otros diez clérigos. Se lleva bien con Eugenio el cura de Naya. Pero mal con el abad de Ulloa, que lo considera afeminado. Ofician la misa y luego se entregan a una comida pantagruélica, muy abundante, bien regada. Julián se acalora por unos comentarios y se enfada. Sale a pasear por el huerto, con  Eugenio. Este le informa que Sabel  es la amante del marqués, don Pedro. Perucho es hijo de ambos, lo que no impide que ella ande por las romerías flirteando.
VII
Vuelve al pazo de noche. Oye ruido y gemidos. Encuentra a don Pedro propinándole una gran paliza a Sabel, por haber ido a la fiesta. Tiene celos. Ella amaga con abandonar la casa, pero llega Primitivo y Sabel cambia de opinión. Conversan paseando por el pueblo el marqués y el cura. Este le sugiere que eche a Sabel y a Primitivo de casa, y se case decentemente; amaga con marchar por el ambiente de inmoralidad de la casa. Don Pedro admite que Primitivo domina a la gente del pueblo. Echa a Isabel una vez y las otras criadas se despiden. No puede vivir sin Primitivo, que controla su hacienda. Oyen un ruido. Don Pedro sospecha que Primitivo ha escuchado la conversación. Está harto de la situación.
VIII
Julián y don Pedro van a Cebre. Este quiere visitar a su tío y conocer a sus primas, que hace años que no las ve. Primitivo anuncia que el caballo está sin errar; la burra aparece con puñaladas; deciden ir andando. A medio camino don Pedro percibe que alguien los apunta. Él también lo hace; es Primitivo, que sale al descubierto, que pretexta estar cazando. Se une a los viajeros; don Pedro le dispara la escopeta y le ordena no volver a cargarla.
IX
En Compostela se hospeda en casa de su tío Manuel Pardo de la Lage; desea que sus hijas tengan matrimonios de calidad. Conoce a sus cuatro primas; comen juntos y toman café, entre risas y bromas. Le gusta Rita, la mayor; para él, la más atractiva.
X
Julián le aconseja que se ennovie con Marcelina porque es la más esforzada y seria, pero a don Pedro le atrae Rita. Tiene dudas sobre su honestidad, porque para él es muy importante. Un malsín del casino insinúa que hay algo turbio sobre la virtud de Rita; él mismo ve que hace chanzas con los chicos que la saludan. Lo pone nervioso.
XI
Coquetea con Rita, pero se casa con Nucha, Marcelina, la más joven de las cuatro hermanas; tiene veinte años; no es muy guapa y está delicada de salud, pero es una gran administradora y cuidó a su hermano Gabriel, que hace la carrera militar en Segovia, cuando murió la madre.
Tomo II
XII
Vuelve Julián al pazo con plenos poderes de organización. Encuentra a Primitivo manso y obediente de palabra, pero no de hechos. Sabel se casa pronto con el gaitero de Naya, el Gallo. La influencia de Primitivo trasciende el pazo y llega a toda la comarca, a cuatro leguas a la redonda. Conferencia con Eugenio, el abad de Naya, pero este le aconseja poco porque está nervioso por la situación política de España: acaban de echar a la reina y se ha exiliado en Francia. Sabemos que estamos en  1870, cuando ocurrió ese hecho.
XIII
Don Pedro se siente incómodo en Santiago, pues su incultura es grande y en el casino las conversaciones casi no puede seguirlas y teme quedar de ignorante. Los malsines descubren que don Pedro no tiene título alguno. En marzo se vuelve a su pazo con Nucha, en la diligencia; ha de hacerse con una burra para el trayecto de Cebra al pazo, pues primitivo le trajo una mula esquiva. Hace frío.
XIV
La cocinera de Santiago se despide del pazo y Sabel vuelve a la cocina. Nucha descubre a Perucho robando los huevos, para luego venderlos. Lo atrapa y se propone reformarlo. Está sucio y mal vestido. Julián, débil de carácter, promete que la ayudará en sus sanos propósitos. Le confiesa que es hijo de Sabel.
XV
Visitan a los nobles de la comarca. La mujer del juez atrabiliariamente adornada es ridícula. Ramón Limioso vive en un pazo medio derruido. Dos tías hilan, su padre está en cama. Todo suena a ruina. Visitan al arcipreste de Loiro, que vive con su hermana; ambos muy obesos. Filomena es la doncella que sirve y cuida a Nucha.
XVI
Nucha se pone de parto. Traen al médico de Cebre, don Máximo Juncal, de ideas progresistas y revolucionarias y amigo del ron. El parto se retrasa, pero el médico come y bebe bien. Los dos caciques locales, Barbacana, el conservador, y Trompeta, el progresista, las cosas van mal porque son ladrones e inmorales. Llega a última hora del día don Pedro con una chica madre soltera, hija de un aforado suyo, Felipe el casero, que vive en Castrodorna.
XVII
Julián pasa la noche rezando, de rodillas en el suelo, con los brazos en cruz, para que Nucha dé a luz con salud. Por la mañana, se desmaya. Nucha da a luz una niña, con ayuda del médico, para frustración del padre, que quiere niño a toda costa. El médico Juncal hace bromas al respecto. Desprecia a Julián por débil.
XVIII
La niña crece, la madre, Nucha, babea, aunque tiene celos de la nodriza; esta procede de un valle aislado, donde se halla Castrodorna, cerca de la frontera con Portugal; son mujeres fuertes y recias; los maridos emigran a Lisboa y vienen de vez en cuando; matan a los amantes de su mujer si es el caso. Julián babea con la niña y se pasa horas con Nucha y ella en devotas conversaciones. Don Pedro, por el contrario, cada vez desaparece más tiempo en sus cacerías. La Sabia, esas viejas mendigas de aldea, campa en la cocina. Un día Julián madruga y ve a Sabel salir del dormitorio de don Pedro, pues duerme en la planta baja desde el embarazo de su esposa. Llegan noticias de las hermanas de Nucha: Rita engatusa y se queda con la herencia de la tía solterona de Orense; Carmen chochea por un estudiante y parece que hará una locura si su padre no la deja; Manolita es abandonada por su novio, Víctor de la Formoseda, que se va con una menestral. Se lo cuenta misia Rosario, su madre, a Julián en una carta.
XIX
Julián hace la maleta para irse del pazo, pues no aguanta tanto pecado. A última hora la deshace, pensando en la niña, a quien adora. Confiesa que le atraen los niños y que es afeminado, como ya decían en el seminario. Oye un ruido a media noche y baja a la planta baja. Nucha se asusta por una araña grande. Don Pedro la espanta y se ríe de su debilidad, junto con la de don Julián, que asiste al lance. Tiene una horrible pesadilla donde lo lancean en el pazo, pero convertido en castillo medieval.
XX
Nucha y Julián bajan un día de gran tormenta al sótano del pazo. Busca un arcón Nucha, para guardar ropa. Manda que se lo suban. Se siente cobarde y asustadiza, como Julián. Los truenos y rayos los apocan, pero ella parece más fuerte. Ya en el salón, le da un ataque de terror. Los dos se confiesan superados por las circunstancias.
XXI
Se junta don Pedro en su casa con amigos cazadores para una gran batida. El cora de Boán, el de Naya, Hocico de ratón, un furtivo, y el señorito de Limioso, y otros más. Se cuentan anécdotas, exageraciones y cuentos de cazadores. Don Eugenio convence a Julían para que los acompañe siquiera un día.
XXII
Le dan escopeta y un buen perro perdiguero, Chonito, que levanta manadas de perdices, pero no logra matar ninguna. Hacen chacota en la cena. De noche, las hembras en celo salen a comer; la siguen varios machos. Los cazadores, en el suelo, escondidos, disparan a placer. Los machos no se asustan, deseosos de alcanzar la hembra. Donde pensaban encontrar amor, hallan la muerte.
XXIII
Perucho se encapricha de la niña, y viceversa. Para que la heredera de Moscoso se calme, dejan que el niño la coja. Se bañan juntos, y así la niña está feliz. Nucha sospecha que Perucho es hijo de su marido, pero Julian, mintiendo, lo niega. Todo eso le afecta a su poca salud tras el parto. Está consumida.
XXIV
Maria la Sabia, la hechicera, echa las cartas y las otras mujeres la temen. Otra es la política. Barbacana es el líder conservador, abogado; Trompeta, el liberal, es secretario del ayuntamiento; es puro teatro, defienden sus intereses particulares en Cebre; uno es abogado, el otro, secretario del ayuntamiento. Parece que a Trompeta le va algo mejor. Visitas a la capital a visitar al gobernador ante las próximas elecciones. Los conservadores retiran al candidato oficial y meten a Pedro Moscoso, lo que causa gran impacto. La Iglesia está detrás. Nucha decae a ojos vista. Julián adivina signos de maltrato física de la señorita a manos de su marido, envanecido por ser candidato. Restaura la capilla. Primitivo lo maneja todo por detrás, obteniendo pingües beneficios.
XXV
Trompeta y el gobernador de la provincia, progresistas o liberales, ven difícil ganar a Barbacana porque movilizan muchos votos desde la Iglesia. En viaje de retorno de Cebre a sus casas, el abad de Naya, don Eugenio, y el arcipreste de Loiro, ya mayor, pero enérgico y de ideología muy conservadora. Aquel viaja en yegua, este, en mula. Hablan de política y don Eugenio lo entera que todo el mundo en Cebra murmura del concubinato de don Pedro, del entendimiento entre Julián y Nucha y de que Primitivo prepara una traición en la fase final de las elecciones. 
XXVI
Julián no participa en el ajetreo político de la casa. Solo le importa la niña y Nucha. Los liberales ganan las elecciones, para disgusto de Barbacana. Reunidos en su despacho con el señorito de Loiro, Ramón, el cura de Boán y don Eugenio. Los vencedores les hacen una cencerrada con gentuza borracha. Bajan el señorito y los dos curas, sin el arcipreste, y los echan de allí a latigazos y bastonazos. Cada uno vuelve a su casa. Barbacana se queda con su vigilante, el Tuerto, hablando un rato.
XXVII
En una conversación privada, en la capilla restaurada, a solas, Nucha pide ayuda a Julián para huir de los Pazos con su hija porque es infeliz y porque temen que la maten. Nucha ya comprende la situación terrible de su matrimonio. Julián acepta la propuesta y se decide a marchar con ella, de madrugada, a Cebre (tres horas de camino) y luego a Santiago, con el padre de ella.
XXVIII
Perucho recuerda que su abuelo Primitivo le dice que le avise si ve a Julián y a Nucha a solas, con promesa de darle unos céntimos. Lo avisa en su guarida, llena de dinero y papeles. El abuelo habla con Sabel, pero el niño no entiende lo que hablan; roba unas obleas, que come inmediatamente, pero no dinero. Primitivo sale al campo a buscar a don Pedro, que está cazando. El niño va detrás, reclamando su recompensa. El abuelo se la promete doble si encuentra al señor y le dice lo mismo que le ha dicho a él. Lo hace; el señor vuelve a casa. Perucho regresa junto a su abuelo. Oye pisadas y espía. Es el tuerto de Castrodorna; este lleva trabuco, apunta a Primitivo y lo derriba de un disparo. Perucho sale a escape para los pazos. En la capilla encuentra a don Pedro a voces con Nucha, tirada en el altar, y Julián. Cree que atentarán contra la niña. Entra en el pazo, la recoge y la lleva al hórreo, para esconderla. Le hace gracias y la niña se duerme. Él también. Lo despierta la matrona; la niña ya no está. El narrador ve por el niño. Lo narra en clave de futuro, como si el niño adulto, recordara.
XXIX
Julián se va del pazo. Ve el cadáver de Primitivo y no se inmuta. En Santiago, se confiesa ante el arzobispo. Por la ciudad se habla de su lío amoroso con Nucha, del crimen de Primitivo, del adulterio de don Pedro con Sabel, etc. El arzobispo lo manda de cura a una aldea remota, entre pastores, sin pazos. A los seis meses le llega la noticia de la muerte de Nucha. Enseña a leer a los niños, adoctrina a las jóvenes; vida rústica y tranquila. Se siente triste y aliviado, en el cielo no sufrirá más. Diez años después, el obispo lo nombra cura de Ulloa, el pueblo. La verdad se impone y su nombre queda limpio.
XXX
Cebre se ha modernizado. Los liberales triunfan. Abren comercios. El pazo, la huronera que ha dejado atrás, sigue igual. Llega al pueblo. La iglesia es humilde y está destartalada. Entra en el cementerio. Ve la tumba de Primitivo, que no le conmueve, ni siquiera las faltas de ortografía. Un mausoleo rústico y basto adonde vuela una mariposa le permiten descubrir la tumba de Nela. Se arrodilla ante ella, la araña, arranca la cal, llora. Una virgen como ella no puede ser feliz en un mundo de zafios y malvados seres. Oye risas detrás; se vuelve; dos adolescentes lo observan. Uno es guapo y viste bien. La otra, once años, viste pobremente, con los zapatos rotos. Son Perucho y la hija de Nela, la en teoría heredera de Moscoso.
2) Temas de la novela
– Retrato vivo y crítico, además de pormenorizado, de la vida en un pazo gallego en la segunda mitad del siglo XIX, donde los débiles de carácter o de cuerpo tienen pocas posibilidades de sobrevivir. 
– Denuncia de la manipulación política y del abuso económico sobre los humildes por parte de los ricos en la Galicia rural. Abogados, secretarios de ayuntamientos, curas, nobles, o los restos de una nobleza rural, caciques, gobernadores, etc. ejercen con impunidad y desvergüenza un poder social, político y económico que se manifiesta en el control social y económico de la masa ignara.
– Exposición satírica y feroz de la degradación moral del hidalgo o noble gallego y del excesivo poder de la Iglesia.
– Crítica firme y amarga de la clase dirigente de la sociedad española, y gallega en particular, por su caciquismo, su avaricia y su falta de compromiso con el desarrollo social y cultural. 
– Reflexión amarga y pesimista sobre las posibilidades de desarrollo de una sociedad sin educación, sin progreso material y con hirientes diferencias sociales entre los favorecidos (antigua nobleza, miembros de la Iglesia, etc.) y la inmensa mayoría (campesinos sin tierras), sometida a duras condiciones de vida. 
3) Apartados temáticos 
La novela presenta una disposición clásica; se atiene a una lógica temporal de avance cronológico sucesivo. Por eso, encontramos:
Una introducción (capítulos I-III) en la que conocemos a los personajes principales, sus vidas, sus contextos. Julián y don Pedro acaparan la atención narrativa.
Un desarrollo o nudo (capítulos IV-XXIX) permite avanzar la acción hacia objetivos insospechados y peligrosos para los personajes. Se crea un conflicto de alta tensión entre varios de ellos, mostrando lo inevitable de un desenlace violento.
La resolución o final (capítulo XXX) es breve. En efecto, la muerte del mayordomo, la huida del capellán, la muerte de Nucha y el regreso de Julián al pueblo, como sacerdote, de alguna manera permite restablecer un equilibrio inestable, pero aceptable para los que viven en ese lugar, Ulloa, un tanto inquietante y siniestro.
4) Personajes
Estamos ante una novela casi de personaje colectivo. Podríamos pensar que Julián, el capellán de los Pazos, es el protagonista, pero, bien mirado, no es posible porque los otros personajes acaparan capítulos enteros del relato; por ejemplo, don Pedro, o los caciques, o los clérigos de la comarca, etc. El hecho de que el narrador focalice a través de Julián inducen a la falsa creencia de que este también protagoniza, pero no es cierto.
Julián, el capellán de los Pazos de Ulloa, es el personaje principal en muchos de los capítulos. Se trata de un cura de unos veintitrés años, aproximadamente, pues acaba de ordenarse sacerdote; es su primer destino. Es un hombre débil de carácter, apocado, afeminado, dubitativo y pacífico, casi cobarde. Trata de amoldarse a la situación de brutalidad e inmoralidad donde vive, pero con poco éxito. De ahí que tienda al escapismo y a la sublimación religiosa de sí mismo, de Nucha, de los niños, por quienes siente vivo afecto, etc. Su trayectoria narrativa es la de un individuo de contemplación –opuesto a la acción– que apenas entiende ni quiere entender los problemas de la vida cotidiana, de orden material y moral. Se refugia en una bondad teórica, en algunas lectoras teológicas y en un escapismo que a veces irrita hasta a él mismo.
Don Pedro, el noble, aunque le llaman marqués, no lo es en verdad. Casi es el antagonista de Julián: romo de inteligencia, brutal con los débiles (pero cobarde con su mayordomo, Primitivo, que lo mangonea a gusto y gana). Su falta de educación y su incuria, incluso para su propia hacienda, acarrea consecuencias negativas para todos, excepto para su amante Sabel y su padre, Primitivo. Hombre más bien de pocas palabras, piensa poco, y ello en los asuntos referentes a la caza, vive avulgaradamente desde cualquier punto de vista. Se ofrece de candidato a diputado provincial inducido por los mandamases y guiado por su vanagloria, que es mucha. Moralmente, es un hombre degenerado.
Nucha, Marcelina, la esposa y prima de don Pedro, es una joven de veinte años al contraer matrimonio. Paga los platos rotos de una sociedad envilecida y de un marido voluptuoso y bruto. Sin ser físicamente agraciada, es agradable de trato, responsable y consecuente. Los sinsabores de su vida matrimonial, incluido el maltrato físico, acaban en tristeza, neurosis y muerte. Su padre y sus hermanas, representantes de la vieja nobleza venida a menos, mantienen el tipo en Santiago; siguen su código de honor y conducta para quedar bien entre los murmuradores del casino.
Primitivo, el mayordomo de los Pazos, es un hombre siniestro, avaricioso, ambicioso, calculador y cruel. Tolera tranquilamente el concubinato de su hija con el marqués para obtener rédito económico y social. Controla a los campesinos de la comarca con mano de hierro. Es taimado y violento, lo que provoca que hasta el marqués lo respete y tema, pues lo cree capaz de cualquier cosa. Sabel, su hija, amante del marqués, es el reflejo de su padre. Mujer atractiva, no duda en utilizar sus encantos para afianzar su posición en los Pazos. En la escena final de la novela, vemos a su hijo Perucho bien vestido y atildado, y a la niña, hermanastra, pobremente aparejada, con zapatos rotos. Nos dice claramente que Sabel cuida de su hijo y maltrata a la niña, otra pagana de un mundo cruel y sórdido. Su destino no va a ser mejor que el de su madre, podemos atisbar.
Los curas (arcipreste, abad, etc.) ocupan un lugar importante. Los hay de todo tipo y condición, aunque comparten, fuera de Julián, su afición a manejar ideológicamente al pueblo y a la buena vida, dentro de su estado. La Iglesia sale bastante malparada del relato, pues es un agente activo del partido conservador e inmovilista, férreo sostén del viejo orden, aunque ellos mismos perciben como injusto.
Tampoco los políticos (Barbacana y Trampetán, junto con jueces, notarios y gobernadores) dejan una imagen positiva o amable. Tramposos, envilecidos, avariciosos y osados, manipulan al pueblo llano y no dudan en recurrir a la violencia para obtener triunfos electorales que afiancen su caciquismo inveterado.
5) Lugar y tiempo narrativos
La acción se sitúa en un lugar muy preciso, los Pazos de Ulloa, propiedad noble, un marquesado, en el rural de la provincia de Orense, no muy lejos de la frontera con Portugal. Posee un pazo con otras construcciones auxiliares y muchas tierras de cultivo y caza por toda la comarca. Es un lugar bastante aislado, con malos caminos, montuoso, fragoso y aislado de la vida civil más urbana. Cebre es la villa más próxima, a la que se tarda dos o tres horas en llegar a lomo de bestias de herradura (mula, yegua o burra son los más comunes). Algunos capítulos discurren en Santiago de Compostela (VIII-XI); se presenta como una ciudad algo tristona, pequeña, húmeda y dominada por el ambiente universitario y clerical.  
El tiempo de la escritura se remonta a 1886 (año de su publicación) y anteriores. Estamos en la segunda mitad del siglo XIX. Existe en el texto una referencia cronológica exacta, y es la salida al exilio de la reina Isabel II, cosa que ocurre en 1870. La acción dura sobre once años, que es el tiempo transcurrido entre la llegada de Julián como capellán en el pazo, los diez años en la aldea remota y la vuelta a Ulloa como párroco de la aldea. Existen bastantes analepsis que recrean la vida en las décadas previas, desde mediados del siglo XIX.
6) Figura del narrador
La materia narrativa está contada por un narrador omnisciente, externo, bastante objetivo y en tercera persona. A veces, se deja ver, sobre todo en los juicios sobre el comportamiento de los personajes y del contexto político y social español de la segunda mitad del siglo XIX. En general, focaliza a través de Julián, el capellán, pero en el capítulo XXVIII lo hace a través de Perucho, el niño. 
A duras penas el narrador mantiene la objetividad sobre la materia narrativa. Adopta posiciones muy críticas contra los defectos, los vicios y la estolidez general. Si con alguien es comprensivo, es el pueblo llano, los humildes labriegos que trabajan de firme para mantener el regalado estilo de vida de los poderosos. Curas, nobles, mayordomo, murmuradores de casino, mujeres de mala vida, tipos torvos con asesinatos a sus espaldas, etc. reciben la mirada satírica y censoria del narrador.
El conocimiento de la Galicia profunda, rural y aislada, doliente y melancólica, es muy amplio. Se percibe claramente a la autora real, Pardo Bazán, detrás de ese narrador que no duda en ridiculizar los comportamientos individuales y colectivos, sobre todo de los poderosos; ellos son los verdaderos responsables del atraso y la ignorancia generalizada. Utiliza la ironía casi constantemente, junto con la burla. Veamos como ejemplo el final del capítulo XVI:
Sin embargo, cuando regresó a la casa no había indicios de la susodicha ruptura de cadenas. En vez de las apresuradas idas y venidas de criados que siempre indican algún acontecimiento trascendental, notó una calma de mal agüero. El señorito no volvía: verdad es que Castrodorna distaba bastante de los Pazos. Fue preciso sentarse a la mesa sin él. El médico no intentó disputar más, porque a su vez empezaba a hallarse preocupado con la flema del heredero de los Moscosos. Hay que decir, en abono del discutidor higienista, que tomaba su profesión por lo serio, y la respetaba tanto como Julián la suya. Probábalo su misma manía de la higiene y su culto de la salud, culto infundido por librotes modernos que sustituyen al Dios del Sinaí con la diosa Higia. Para Máximo Juncal, inmoralidad era sinónimo de escrofulosis, y el deber se parecía bastante a una perfecta oxidación de los elementos asimilables. Disculpábase a sí propio ciertos extravíos, por tener un tanto obstruidas las vías hepáticas. 
En aquel momento, el peligro de la señora de Moscoso despertaba su instinto de lucha contra los males positivos de la tierra: el dolor, la enfermedad, la muerte. Comió distraídamente, y sólo bebió dos copas de ron. Julián apenas pasó bocado; preguntaba de tiempo en tiempo:
 —¿Qué ocurrirá por allí, don Máximo? 
Cesó de preguntar cuando el médico le hubo dado, a media voz, algunos detalles, empleando términos técnicos. La noche caía. Máximo apenas salía del cuarto de la paciente. Sintióse Julián tan triste y solo, que ya se disponía a subir y encender su altar, para disfrutar al menos la compañía de las velas y los cuadritos. Pero don Pedro entró impetuosamente, como una ráfaga de viento huracanado. Traía de la mano una muchachona color de tierra, un castillo de carne: el tipo clásico de la vaca humana.
7) Notas estilísticas
Pardo Bazán es una magnífica escritora realista; nos ha dejado memorables novelas, como esta que ahora comentamos, compuesta bajo el marco estilístico del realismo. Se trata de ofrecer una fotografía de la realidad de un modo completo y minucioso. La mirada no es exactamente objetiva y distante, sino teñida de crítica moral y social. Las descripciones son minuciosas y exactas, reflejo de un realismo observador. Las narraciones se atienen a una expresividad que busca la penetración psicológica y la ejemplificación. El dominio de la lengua castellana es altísimo. Se manifiesta muy bien en el empleo de un léxico variado, preciso y adecuado. En este caso concreto, el manejo de galleguismos o de léxico gallego es muy alto; es un índice cabal del conocimiento del gallego, que Pardo Bazán, a través del narrador, denomina “dialecto”.
El manejo de los recursos estilísticos también es muy afortunado. Metáforas, símiles, antítesis, personificaciones, bimembraciones y otros recursos aparecen con frecuencia, aportando belleza, potencia de imágenes y un significado más hondo del texto, mucho más allá de la anécdota narrativa. He aquí un ejemplo extraído del capítulo XXV:
Si unas elecciones durasen mucho, acabarían con quien las maneja, a puro cansancio, molimiento y tensión del cuerpo y del espíritu, pues los odios enconados, la perpetua sospecha de traición, las ardientes promesas, las amenazas, las murmuraciones, las correrías y cartas incesantes, los mensajes, las intrigas, la falta de sueño, las comidas sin orden, componen una existencia vertiginosa e inaguantable. Acerca de los inconvenientes prácticos del sistema parlamentario estaban muy de acuerdo la yegua y la borrica que, con un caballo recio y joven nuevamente adquirido por el mayordomo para su uso privado, completaban las caballerizas de los Pazos de Ulloa. ¡Buenas cosas pensaban ellos de las elecciones allá en su mente asnal y rocinesca, mientras jadeaban exánimes de tanto trotar, y humeaba todo su pobre cuerpo bañado en sudor! 
Pues qué diré de la mula en que Trampeta solía hacer sus excursiones a la capital! Ya las costillas le agujereaban la piel, de tan flaca como se había puesto. Día y noche estaba el insigne cacique atravesado en la carretera, y a cada viaje la elección de Cebre se presentaba más dudosa, más peliaguda, y Trampeta, desesperado, vociferaba en el despacho del Gobernador que importaba desplegar fuerza, destituir, colocar, asustar, prometer, y, sobre todo, que el candidato cunero del gobierno aflojase la bolsa, pues de otro modo el distrito se largaba, se largaba, se largaba de entre las manos. 
—¿Pues no decía usted—gritó un día el Gobernador con vehementes impulsos de mandar al infierno al gran secretario— que la elección no sería muy costosa; que los adversarios no podían gastar nada; que la Junta carlista de Orense no soltaba un céntimo; que la casa de los Pazos no soltaba un céntimo tampoco, porque a pesar de sus buenas rentas está siempre a la quinta pregunta? 
—Ahí verá usted, señor—contestó Trampeta—. Todo eso es mucha verdad; pero hay momentos en que el hombre…, pues… cambia sus auciones, como usted me enseña (Trampeta tenía esta muletilla). El marqués de Ulloa…. 
—¡Qué marqués ni qué calabazas!— interrumpió con impaciencia el Gobernador.
8) Contextualización
Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 1851 – Madrid, 1921) es una de las más significadas escritoras realistas españolas. Tras una fase de aprendizaje, asumió pronto las tesis artísticas del realismo y, destacadamente, e introdujo y divulgó el debate sobre el naturalismo (defendido en Francia por el novelista Émile Zola). El determinismo biológico y el peso de la herencia y del medio sobre el destino de las personas es uno de los pilares de este movimiento, también propenso a fijarse en los individuos más sórdidos y miserables de la sociedad; no ahorran en sus relatos las acciones más escabrosas y miserables del ser humano. Provocó controversia en toda Europa y muchos detractores lo atacaban. Pardo Bazán propugnaba un naturalismo español, heredero de la novela picaresca y de Cervantes; introducía una visión más humana y compasiva.
Nuestra escritora asumió y defendió con ardor en público las tesis de la defensa de los derechos de la mujer. Contribuyó eficazmente al reconocimiento de la aportación de las féminas a la sociedad, lo que es un aspecto muy importante. Escribió novelas, cuentos, artículos periodísticos, ensayos, etc. Sus obras completas suponen muchos tomos de buena literatura, seguramente no suficientemente reconocida.
Escribió, entre otros muchos textos importantes, tres novelas de gran calidad: La tribuna (1883), Los pazos de Ulloa (1886-1887), objeto de nuestro actual análisis, y La madre naturaleza (1887). En ellas se manifiestan muy bien sus ideas sobre la novela y la sociedad, innovadoras y críticas, respectivamente. En los ensayos que componen La cuestión palpitante (1883) plantea, analiza y reflexiona sobre el realismo y el naturalismo en literatura y su acomodación en España. Creó gran controversia y le proporcionó fama, además de contribuir a la renovación de las letras españolas.
9) Interpretación y valoración
Los pazos de Ulloa es una magnífica novela que no ha perdido un ápice de su actualidad. El argumento es original y distinto: Pardo Bazán se centra en un sacerdote pusilánime, una mujer fea y débil y un niño asilvestrado. Alrededor, aparece toda la sociedad rural gallega pintada con trazos negros y pesimistas. La novelista presenta un análisis pesimista, cargado de ironía y sátira, sobre una sociedad medio enferma.
Los aspectos psicológicos son de gran relevancia. La personalidad de Julián, el capellán de los pazos, es honda y amplia. Se trata de un hombre indeciso, frágil y más abúlico de lo que aparenta. Afeminado en alto grado, es objeto de burlas y eso lo tortura. Es lanzado a un mundo que apenas comprenda, o quiere comprender. Lleva su sufrimiento interno como mejor puede. Por contraste, sirve para comprender la sociedad embrutecida, avulgarada y violenta de la España rural de la segunda mitad del siglo XIX. Pardo Bazán realiza un dibujo certero y verosímil de este hombre que quiere y no puede, empeñado en sublimar la realidad hacia ideales religiosos que solo existen en su cabeza y en algunos libros (Imitación de Cristo, de Kempis, entre los más importantes que sirven para nutrir su espiritualidad etérea e insustancial).
Nucha y su marido don Pedro también son dibujados con mano maestra, en la medida de su protagonismo. La primera es víctima de una marido y una sociedad cruel y embrutecida. El segundo es verdugo, a veces con plena consciencia, a veces sin advertirlo, al fin y al cabo es un ser bastante romo y elemental; su principal víctima es su propia mujer. Primitivo, taimado y avaricioso, completa un trío de personajes patéticos y enredados en un estilo de vida del que no pueden salir, a pesar de que, los dos primeros, lo intentan con cierta voluntad.
La corrupción política es otro foco temático de envergadura. Unos y otros, conservadores y liberales, son inmorales, cínicos y muy egoístas. La visión que nos presenta la novela es desoladora: mentiras, pucherazos y mangoneos por doquier para alcanzar y conservar el poder a toda costa. Cada grupo protege sus intereses, no los de los demás, o cualquier tipo de ideales de cierto alcance colectivo. Esta novela advierte muy bien sobre la farsa y la doblez que esconden muchos políticos. Y al que va por libre, como Primitivo, lo paga con su vida; cuando lo único que hizo fue llevar el juego al extremo y por su cuenta.
La Iglesia no sale bien parada de este texto. Los clérigos son tan egoístas como todos los demás; protegen sus intereses materiales taimada y eficazmente; en fin, no descuidan manipular a su grey en términos políticos para mantener un estado de cosas que los favorece. Sin embargo, los tiempos que corren son de cambio y cierta animadversión contra la Iglesia, lo que les obliga a defenderse con ahínco, cosa que hacen bien, sin duda. 
El conjunto de la novela es una lección de vida, una fotografía verosímil, honda y crítica, de una sociedad deficiente. El estilo ágil, ceñido al detalle verosímil y la narración certera, contribuye también a la consecución de una novela magnífica. Sin duda, debe figurar entre lo mejor del realismo español.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Las siguientes actividades se pueden realizar de modo individual o en grupo; de manera oral o escrita; en clase o en casa; utilizando medios tradicionales o recursos TIC, según las circunstancias lo aconsejen).
2.1. Comprensión lectora 
1) Resume el contenido de la novela (150 palabras, aproximadamente). 
2) Señala su tema principal y los secundarios. 
3) Delimita los apartados temáticos, atendiendo a las modulaciones de sentido. 
4) Analiza los personajes, tanto ricos como pobres.
5) ¿Qué tono tiene la novela: positivo, optimista, esperanzado, o todo lo contrario? 
6) Señala el lugar y el tiempo en el que transcurre la acción narrativa. 
7) Observa y señala las características del narrador.
8) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado. 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Qué tipo de vida lleva Julián? ¿Es peligroso o beneficioso para los demás? 
2) Analiza los rasgos de la personalidad de Nucha  y su marido don Pedro. ¿Qué es el matrimonio para cada uno de ellos?
3) ¿Cómo aparece el mundo de la infancia en esta novela? Señala sus rasgos y contrastes. Emborrachar al nieto, por parte de Primitivo, es un detalle importante en este análisis.
4) ¿Cómo se aprecia en el texto la importancia de la manipulación de la mentalidad y las creencias de la gente común por intereses egoístas? 
5) ¿Por qué esta novela es una fotografía verosímil de la España de la segunda mitad del siglo XIX? 
6) ¿Qué significación se encierra en el final de la  novela, con Julián de rodillas ante la tumba de Nucha y los dos niños riéndose detrás?  
2.3. Fomento de la creatividad
1) Elabora un texto literario, en prosa, en verso, o en forma dramática que exprese una situación de una persona de poca voluntad que no encaje en su contexto social y cultural. Acaso intente rebelarse y  acaba en fracaso. Puedes utilizar la narración realista y la descripción pormenorizada, como ha realizado Pardo Bazán.
2) Imagina y transcribe una conversación o plática entre la clase y la novelista Emilia Pardo Bazán a propósito de su poema y de su vida. 
3) Realiza una exposición sobre Emilia Pardo Bazán, su narrativa y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc. 
4) Aporta o crea imágenes de momentos donde se aprecie una situación de enfrentamiento entre el individuo y una sociedad cerril y violenta, en los aspectos espirituales, educativos, culturales, políticos, etc., siguiendo el ejemplo de Pardo Bazán.
2.4. Comentario de texto específico
Texto extraído del apartado final del capítulo XXVI.
 
¡Qué elecciones aquéllas, Dios eterno! ¡Qué lid reñidísima, qué disputar el terreno pulgada a pulgada, empleando todo género de zancadillas y ardides! Trampeta parecía haberse convertido en media docena de hombres para trampetear a la vez en media docena de sitios. Trueques de papeletas, retrasos y adelantos de hora, falsificaciones, amenazas, palos, no fueron arbitrios peculiares de esta elección, por haberse ensayado en otras muchas; pero uniéronse a las estratagemas usuales algunos rasgos de ingenio sutil, enteramente inéditos. En un colegio, las capas de los electores del marqués se rociaron de aguarrás y se les prendió fuego disimuladamente por medio de un fósforo, con que los infelices salieron dando alaridos, y no aparecieron más. En otro se colocó la mesa electoral en un descanso de escalera; los votantes no podían subir sino de uno en uno, y doce paniaguados de Trampeta, haciendo fila, tuvieron interceptado el sitio durante toda la mañana, moliendo muy a su sabor a puñadas y coces a quien intentaba el asalto. Picardía discreta y mañosa fue la practicada en Cebre mismo. 
Acudían allí los curas acompañando y animando al rebaño de electores, a fin de que no se dejasen dominar por el pánico en el momento de depositar el voto. Para evitar que «se la jugasen», don Eugenio, valiéndose del derecho de intervención, sentó en la mesa a un labriego de los más adictos suyos, con orden terminante de no separar la vista un minuto de la urna. «¿Tú entendiste, Roque? No me apartas los ojos de ella, así se hunda el mundo». Instalóse el payo, apoyando los codos en la mesa y las manos en los carrillos, contemplando de hito en hito la misteriosa olla, tan fijamente como si intentase alguna experiencia de hipnotismo. Apenas alentaba, ni se movía más que si fuese hecho de piedra. Trampeta en persona, que daba sus vueltas por allí, llegó a impacientarse viendo al inmóvil testigo, pues ya otra olla rellena de papeletas, cubiertas a gusto del alcalde y del secretario de la mesa, se escondía debajo de ésta, aguardando ocasión propicia de sustituir a la verdadera urna. Destacó, pues, un seide encargado de seducir al vigilante, convidándole a comer, a echar un trago, recurriendo a todo género de insinuaciones halagüeñas. Tiempo perdido: el centinela ni siquiera miraba de reojo para ver a su interlocutor: su cabeza redonda, peluda, sus salientes mandíbulas, sus ojos que no pestañeaban, parecían imagen de la misma obstinación. Y era preciso sacarle de allí, porque se acercaba la hora sacramental, las cuatro, y había que ejecutar el escamoteo de la olla. Trampeta se agitó, hizo a sus adláteres preguntas referentes a la biografía del vigilante, y averiguó que tenía un pleito de tercería en la Audiencia, por el cual le habían embargado los bueyes y los frutos. Acercóse a la mesa disimuladamente, púsole una mano en el hombro, y gritó: «¡Fulano… ganaste el pleito!». Saltó el labriego, electrizado. «¡Qué me dices, hombre!». «Se falló en la Audiencia ayer». «Tú loqueas». «Lo que oyes». En este intervalo el secretario de la mesa verificaba el trueque de pucheros: ni visto ni oído. El alcalde se levantó con solemnidad. «¡Señores… se va a proceder al discutinio!». Entra la gente en tropel: comienza la lectura de papeletas; míranse los curas atónitos, al ver que el nombre de su candidato no aparece «¿Tú te moviste de ahí?», pregunta el abad de Naya al centinela. «No, señor», responde éste con tal acento de sinceridad, que no consentía sospecha. «Aquí alguien nos vende», articula el abad de Ulloa en voz bronca, mirando desconfiadamente a don Eugenio. Trampeta, con las manos en los bolsillos, ríe a socapa. 
Tales amaños mermaron de un modo notable la votación del marqués de Ulloa, dejando cincunscrita la lucha, en el último momento, a disputarse un corto número de votos, del cual dependía la victoria. Y llegado el instante crítico, cuando los ulloístas se juzgaban ya dueños del campo, inclinaron la balanza del lado del gobierno defecciones completamente impensadas, por no decir abominables traiciones, de personas con quienes se contaba en absoluto, habiendo respondido de ellas la misma casa de los Pazos, por boca de su mayordomo. Golpe tan repentino y alevoso no pudo prevenirse ni evitarse. Primitivo, desmintiendo su acostumbrada impasibilidad, dio rienda a una cólera furiosa, desatándose en amenazas absurdas contra los tránsfugas. 
Quien se mostró estoico fue Barbacana. La tarde que se supo la pérdida definitiva de la elección, el abogado estaba en su despacho, rodeado de tres o cuatro personas. Ahogándose como ballena encallada en una playa y a quien el mar deja en seco, entró el arcipreste, morado de despecho y furor. Desplomóse en un sillón de cuero; echó ambas manos a la garganta, arrancó el alzacuello, los botones de camisa y almilla; y trémulo, con los espejuelos torcidos y el fusique oprimido en el crispado puño izquierdo, se enjugó el sudor con un pañuelo de hierbas. La serenidad del cacique le sacó de tino.
—¡Me pasmo, caramelos! ¡Me pasmo de verle con esa flema! ¿O no sabe lo que pasa? 
—Yo no me apuro por cosas que están previstas. En materia de elecciones no se me coge a mí de susto. 
—¿Usted se esperaba lo que ocurre? 
—Como si lo viera. Aquí está el abad de Naya, que puede responder de que se lo profeticé. No atestiguo con muertos. 
—Verdad es —corroboró don Eugenio, harto compungido. 
—¿Y entonces, santo de Dios, a qué tenernos embromados? 
—No les íbamos a dejar el distrito por suyo sin disputárselo siquiera. ¿Les gustaría a ustedes? Legalmente, el triunfo es nuestro. 
—Legalmente…. ¡Toma, caramelos! ¡Legalmente sí, pero vénganos con legalidades! ¡Y esos Judas condenados que nos faltaron cuando precisamente pendía de ellos la cosa! ¡El herrero de Gondás, los dos Ponlles, el albéitar…! 
—Ésos no son Judas, no sea inocente, señor arcipreste: ésa es gente mandada, que acata una consigna. El Judas es otro. 
—¿Eeeeh? Ya entiendo, ya…. ¡Hombre, si es cierta esa maldad —que no puedo convencerme, que se me atraganta—, aún sería poco para el traidor el castigo de Judas! Pero usted, santo, ¿por qué no le atajó? ¿Por qué no avisó? ¿Por qué no le arrancó la careta a ese pillo? Si el señor marqués de Ulloa supiese que tenía en casa al traidor, con atarlo al pie de la cama y cruzarlo a latigazos…. ¡Su propio mayordomo! No sé cómo pudo usted estarse así con esa flema. 
—Se dice luego; pero mire usted: cuando la elección estriba en una persona, y no cabe cerciorarse de si está de buena o mala fe, de poco sirve revelar sospechas…. Hay que aguardar el golpe atado de pies y manos…, son cosas que se ven a la prueba, y si salen mal, se debe callar y guardarlas….
 Al pronunciar la palabra guardarlas, el cacique se daba una puñada en el pecho, cuya concavidad retumbó sordamente, lo mismo que debía retumbar la de san Jerónimo cuando el santo la hería con el famoso pedrusco. 
Y algo se asemejaba Barbacana al tipo de los san Jerónimos de escuela española, amojamados y huesudos, caracterizados por la luenga y enmarañada barba y el sombrío fuego de las pupilas negras.
—De aquí no salen—añadió con torvo acento—, y aquí no pierden el tiempo, que todavía nadie se la hizo a Barbacana sin que algún día se la pagase. Y respecto del Judas, ¿cómo quería usted que lo pudiésemos desenmascarar, si ahora, lo mismo que en tiempo de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, tenía la bolsa en la mano? A ver, señor arcipreste, ¿quién nos ha facilitado las municiones para esta batalla? 
—¿Que quién las ha facilitado? En realidad de verdad, la casa de Ulloa. 
—¿Las tenía disponibles? ¿Sí o no? Ahí está el toque. Como esas casas no son más que vanidad y vanidad, por no confesar que le faltaban los cuartos y no pedirlos a una persona de conocida honradez, pongo por ejemplo, un servidor, va y los recibe de un pillastre, de una sanguijuela que le está chupando cuanto posee. 
—Buenas cosas van a decir de nosotros los badulaques de la Junta de Orense. Que somos unos estafermos y que no servimos para nada. ¡Perder una elección! Es la primera vez de mi vida. 
—No. Que escogimos un candidato muy simple. Hablando en plata, eso es lo que dirá la Junta de Orense. 
—Poco a poco —exclamó el arcipreste dispuesto a romper lanzas por su caro señorito—. No estamos conformes…. 
Aquí llegaban de su plática, y el auditorio, que se componía, además del abad de Naya, del de Boán y del señorito de Limioso, guardaba el silencio de la humillación y la derrota. De repente un espantoso estruendo, formado por los más discordantes y fieros ruidos que pueden desgarrar el tímpano humano, asordó la estancia. Sartenes rascadas con tenedores y cucharas de hierro; tiestos de cocina tocados como címbalos; cacerolas, dentro de las cuales se agitaba en vertiginoso remolino un molinillo de batir chocolate; peroles de cobre en que tañían broncas campanadas fuertes manos de almirez; latas atadas a un cordel y arrastradas por el suelo; trébedes repicados con varillas de hierro, y, por cima de todo, la lúgubre y ronca voz del cuerno, y la horrenda vociferación de muchas gargantas humanas, con esa cavernosidad que comunica a la laringe el exceso de vino en el estómago. Realmente acababan los bienaventurados músicos de agotar una redonda corambre, que en la Casa Consistorial les había brindado la munificencia del secretario. Por entonces aún ignoraban los electores campesinos ciertos refinamientos, y no sabían pedir del vino que hierve y hace espuma, como algunos años después, contentándose con buen tinto empecinado del Borde. Al través de las vidrieras de Barbacana penetraba, junto con el sonido de los hórridos instrumentos y descompasada gritería, vaho vinoso, el olor tabernario de aquella patulea, ebria de algo más que del triunfo. El arcipreste se enderezaba los espejuelos; su rostro congestionado revelaba inquietud. El cura de Boán fruncía el cano entrecejo. Don Eugenio se inclinaba a echarlo todo a broma. El señorito de Limioso, resuelto y tranquilo, se aproximó a la ventana, alzó un visillo y miró. 
La cencerrada proseguía, implacable, frenética, azotando y arañando el aire como una multitud de gatos en celo el tejado donde pelean; súbitamente, de entre el alboroto grotesco se destacó un clamor que en España siempre tiene mucho de trágico: un muera.
—¡Muera el Terso! 
Un enjambre de mueras y vivas salió tras el primero. 
—¡Mueran los curas! 
—¡Muera la tiranía! 
—¡Viva Cebre y nuestro diputado! 
—¡Viva la Soberanía Nacional! 
—¡Muera el marqués de Ulloa! 
Más enérgico, más intencionado, más claro que los restantes, brotó este grito: 
—¡Muera el ladrón faucioso Barbacana! 
Y el vocerío, unánime, repitió: 
—¡Mueraaaa! 
ACTIVIDADES DEL COMENTARIO DE TEXTO O EXÉGESIS TEXTUAL
1) Resume el texto recogiendo su contenido esencial (100 palabras aprox., equivalentes a 10 líneas); 2) Indica los temas tratados en breves enunciados sintéticos; 3) Señala los apartados temáticos o secciones de contenido; 4) Localiza el lugar y tiempo en el que transcurre la acción (no en poesía lírica); 5) Analiza la figura del narrador (no en poesía lírica, donde aparece un sujeto lírico), ni en teatro; 6) Describe los personajes (no en poesía lírica); 7) Analiza la métrica, la rima y señala la estrofa empleada (solo en poesía o teatro en verso); 8) Analiza cómo los recursos estilísticos crean significado (12, mínimo); 9) Contextualiza al autor y su obra según su entorno social, histórico, cultural y personal; 8) Interpreta y discierne la intención y sentido del texto; 9) Valora personalmente tu apreciación lectora; 10) Transforma el texto con un lenguaje y en un contexto actual manteniendo su esencia, o escribe un texto literario inspirado en el original (optativo).
Esta novela se puede adquirir en tapa blanda o edición digital, acompañada de este análisis narratológico y su propuesta didáctica en: