Antonio Machado: «Orillas del Duero» (de «Campos de Castilla»); análisis y propuesta didáctica

Claustro de profesores del instituto de Soria con Machado en el centro mirando hacia abajo.
(Antonio Machado —al fondo, de pie, en el centro, con la mirada baja— con los profesores claustrales del instituto de Soria)
ANTONIO MACHADO – Orillas del Duero
CII
ORILLAS DEL DUERO
      (1) ¡Primavera soriana, primavera                    1
humilde, como el sueño de un bendito,
de un pobre caminante que durmiera
de cansancio en un páramo infinito!
      (2) ¡Campillo amarillento,                                  5
como tosco sayal de campesina,
pradera de velludo polvoriento
donde pace la escuálida merina!
      (3) ¡Aquellos diminutos pegujales
de tierra dura y fría,                                           10
donde apuntan centenos y trigales
que el pan moreno nos darán un día!
      (4) Y otra vez roca y roca, pedregales
desnudos y pelados serrijones,
la tierra de las águilas caudales,                        15
malezas y jarales,
hierbas monteses, zarzas y cambrones.
      (5) ¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía!
¡Castilla, tus decrépitas ciudades!
¡La agria melancolía                                            20
que puebla tus sombrías soledades!
      (6) ¡Castilla varonil, adusta tierra.
Castilla del desdén contra la suerte,
Castilla del dolor y de la guerra,
tierra inmortal, Castilla de la muerte!                   25
(7) Era una tarde, cuando el campo huía
del sol, y en el asombro del planeta,
como un globo morado aparecía
la hermosa luna, amada del poeta.
(8) En el cárdeno cielo violeta                              30
alguna clara estrella fulguraba.
El aire ensombrecido
oreaba mis sienes, y acercaba
el murmullo del agua hasta mi oído.
(9) Entre cerros de plomo y de ceniza                  35
manchados de roídos encinares
y entre calvas roquedas de caliza,
iba a embestir los ocho tajamares
(10) del puente el padre río,
que surca de Castilla el yermo frío.                      40
(11) ¡Oh Duero, tu agua corre
y correrá mientras las nieves blancas
de enero el sol de mayo
haga fluir por hoces y barrancas,
(12) mientras tengan las sierras su turbante         45
de nieve y de tormenta,
y brille el olifante
del sol, tras de la nube cenicienta!…
(13) ¿Y el viejo romancero
fue el sueño de un juglar junto a tu orilla?              50
¿Acaso como tú y por siempre, Duero,
irá corriendo hacia la mar Castilla?
1. ANÁLISIS
1. Resumen
Estamos ante un poema descriptivo con un fuerte carácter emotivo. El yo poético (se nombra a sí mismo como “el poeta”) contempla la tierra castellana en un punto muy concreto, la ciudad de Soria, a orillas del Duero, en el puente que lo atraviesa camino del Moncayo. Describe la primavera en esos campos. Todo emana humildad, sencillez y pobreza. El campo está teñido de amarillo y acaso verde, casi marrón (“velludo polvoriento”). Las parcelas de cultivo son pequeñas; están cultivadas y ya se entrevén los cereales, de los que no se puede esperar mucho porque estamos en una tierra “dura y fría”. Levanta la vista el yo poético y solo ve “roca y roca” dispuestas en “serrijones” ásperos y estériles. Observa el cielo y ve águilas; se fija en la vegetación y contempla humildes hierbas. En ese momento, reacciona emocionalmente el yo poético: siente esa humilde tierra como suya, a pesar de ser “ingrata y fuerte”. Realiza un ejercicio de abstracción y recopilación; valora las ciudades castellanas como “decrépitas”, medio en ruinas, solas, malhumoradas y enfadadas consigo mismas. En un hermoso serventesio construido con paralelismos (vv. 22-25) valora el pasado glorioso castellano, el carácter firme y recio de su gente, con cierta propensión bélica, lo que también ha acarreado mucho dolor y muerte. De nuevo retoma su descripción explicando el momento de su contemplación: una tarde, cerca  del anochecer, surgiendo la luna por el cielo. Es un momento hermoso, con colores cárdenos; el yo poético se halla cómodo con la brisa que lo refresca y con el rumor del agua del río Duero discurriendo por su estrecha vega. El agua choca con  las bases del puente (“tajamares”). En ese momento, el yo poético contempla intensamente al río; le llama “padre” y lo invoca con admiración, cariño y respeto. Piensa que su agua correrá por su cauce para siempre, o al menos mientras lo alimenten las nevadas montañas. Siente estos elementos naturales como suyos, parte de su esencia espiritual. El último serventesio conecta la creación literaria popular, el romancero”, con un juglar que habitara a orillas del Duero. Asimismo, se pregunta (y desea) si Castilla estará volcada hacia el exterior, hacia un futuro incierto y acaso esplendoroso, como el agua del Duero camina hacia el mar.
  1. Tema
El poema aborda dos temas principales:
-Descripción intimista y emotiva de la dura y áspera tierra castellana, incluso en primavera, posicionado el yo poético al lado del Duero a su paso por Soria.
-El intenso amor que el yo poético siente por la tierra soriana, fría, inhóspita y poco fértil, pero dotada de una belleza singular, especialmente concentrada en el río Duero.
  1. Apartados temáticos
El poema presenta cinco apartados temáticos, de sentido ascendente. De este modo, tenemos:
-Primer apartado (vv. 1-17): descripción del paisaje rural a las afueras de Soria, en la estación primaveral. Todo es sencillez, pobreza, sequedad y humildad.
-Segundo apartado (vv. 18-25): El yo poético expresa su visión interiorizada de Castilla, en correspondencia con la descripción anterior. A pesar de la humildad de la tierra, la gente es valerosa, belicosa y decidida a luchar por sus ideales. Esto lo complace y lo admira. 
-Tercer apartado (vv. 26-40): el yo poético se introduce como un elemento más del poema y acota el tiempo: una tarde, al anochecer, al lado del Duero, cuya agua corre intrépida camino del mar.
-Cuarto apartado (vv.41-48): invocación sentimental en forma de apóstrofe al río Duero. De él destaca su eternidad, su permanencia, alimentado por las nieves de las montañas sorianas.
-Quinto y último apartado (vv. 49-52): el yo poético pregunta al río, y desea una respuesta afirmativa, si la poesía y el alma noble y aventurera de Castilla no habrán nacido justamente en ese lugar, a orillas del Duero. En ese caso, sobran motivos para amar y admirar a la tierra castellana. 
  1. Aspectos métricos y de rima
Este poema está compuesto por cincuenta y dos versos endecasílabos y heptasílabos; forman, pues, una silva. Sin embargo, si observamos bien la rima, descubrimos estructuras métricas clásicas; y se establece así (sin tener en cuenta el número de sílabas de cada verso): tres serventesios (ABAB) (vv. 1-12); un quinteto (vv. 13-17); tres serventesios (vv. 18-29); un quinteto (vv. 30-34); un serventesio (vv. 35-38); un pareado (vv. 39-40); y tres serventesios finales (vv. 41-52).
El ritmo creado es envolvente, sereno y armónico. El avance en el sentido se acompaña de una suave y firme musicalidad que refuerza la significación del conjunto poético.
  1. Comentario estilístico
Las tres primeras estrofas son muy similares en su estructura; forman un paralelismo extenso y musical. Todas las tres poseen una entonación exclamativa que abarca su contenido entero; y, finalmente, forman estructuras nominalizadas (como si se enunciara un sujeto y no completara la oración con un verbo). En la primera estrofa, el núcleo semántico principal es “primavera soriana”; en la segunda, “campillo amarillento” y “velludo polvoriento”; en la tercera, los “diminutos pegujales”, pequeñas parcelas de labradío. La primera ofrece un marco temporal y espacial: la primavera en Soria. En la segunda estrofa, sin embargo, el elemento principal es la tierra: pobre, humilde y medio seco, a pesar de ser primavera. 
El símil de la primera estrofa (“como el sueño de un bendito, / de un pobre caminante…”, vv. 2-3) es muy expresivo y bello; enfatiza en el hecho de la simplicidad de la naturaleza soriana. Establece un vivo contraste con la inmensidad del territorio (“páramo infinito!”, v. 4). Lo mismo ocurre con el símil de la segunda estrofa (“como tosco sayal de campesina”, v. 6). Sigue una metáfora que refuerza la humildad de la tierra castellana, al identificarla con una alfombra de poco valor (“velludo polvoriento”); allí se alimenta, sin mucho éxito, una oveja, delgada por falta de nutrientes. La tercera estrofa continúa con el tono emotivo y exaltado; se fija el yo poético en la pequeñas parcelas de cultivo (“pegujales”), no muy productivos, aunque ayudarán al alimento de esos esforzados campesinos que los laboran.
Eleva la vista y no ve nada nuevo que sea alentador. La repetición (“Y otra vez roca y roca”, v. 13) nos advierten de inhóspito paisaje. El quiasmo formado por los sustantivos que describen el paisaje es muy expresivo: “pedregales / desnudos y pelados serrijones” (v. 13-14). Luego presenta una enumeración de los vegetales que abundan por esos serrijones; son matorrales de poco valor que destacan por sobrevivir en condiciones extremas. Hasta aquí, no hay acción, solo contemplación, esencialidad desnuda.  Los adjetivos que acompañan a los sustantivos.
En las estrofas quinta y sexta apreciamos la repetición de oraciones exclamativas, indicio de un aumento de la emotividad e interiorización del paisaje captado. En efecto, esta impresión se ve confirmada con la expresión “tierra mía” (v. 19). El yo poético se identifica con Castilla, a la que nombra con este topónimo poco después. Aparece un adjetivo positivo (“fuerte”), frente a cuatro negativos (“ingrata”, “decrépitas”, “agria” y “sombrías”). Cambia ligeramente el paisaje, pues ahora rememora las ciudades, igual de inhóspitas que sus campos. La antítesis u oxímoron que se expresa en el verso inicial de esta estrofa marca el tono de la misma y de parte del poema: “¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía!” (v. 19). Son dos aseveraciones iniciales: la ingratitud y la fortaleza, contradictorias entre sí; y una valoración apasionada: el yo poético siente que Castilla es suya, forma parte de él. La implicación emocional del yo poético es total; no describe un paisaje ajeno, sino algo propio, íntimo. 
La sexta estrofa repite cuatro estructuras nominales en tono exclamativo, abiertas todas con la palabra “Castilla” (formando una viva anáfora en los tres primeros versos). Muestra el amor profundo del yo poético por esa tierra. Y no todo lo que descubre en ella es agradable, pero sí admirable. La presenta como una tierra sufrida, idealista, entregada a objetivos dolorosos y bélicos que suelen acabar catastróficamente, como manifiesta el sintagma final “Castilla de la muerte! (v. 25). 
La séptima y octava estrofas introducen una novedad respecto del tema y el tono. El yo poético explica el momento de su contemplación y rebaja la carga emocional. Por primera vez, aparece un verbo en pretérito imperfecto, describiendo un momento y un lugar: en el campo, al atardecer; el sol se va y la luna viene. Con la estrella y el satélite marca bellamente el momento del anochecer. Se permite el yo poético, en un arranque de sinceridad, comunicarnos que ama a la luna, calificada de “hermosa”. El yo poético describe con precisión efectos sensitivos visuales (“cielo cárdeno”), táctiles (“el aire… oreaba mis sienes”) y auditivos (“el murmullo del agua hasta mi oído”). Se siente, presumimos, tranquilo y sereno. Los adjetivos cromáticos aportan gran intensidad: “cárdeno”, “violeta”, “clara” y “ensombrecido”. Los ecos de la “Oda a la vida retirada”, de fray Luis de León, son evidentes.
Las estrofas nueve y diez suponen un giro en la contemplación del yo poético: el río Duero es el objeto de su mirada asombrada y amorosa. Lo denomina “padre río” (v. 39), expresión clara de su pasión por él. La fuerza del agua al chocar contra los tajamares muestra la fortaleza del cauce. El río adquiere categoría de símbolo porque recoge la idea de la energía de Castilla a lo largo de los siglos: una corriente firme caminando hacia el mar. 
Las dos estrofas siguientes (11 y 12) muestran el amor que el yo poético siente por el río Duero. Admira su permanencia a lo largo de los siglos y de la accidentada geografía. Las dos estrofas forman una sola oración exclamativa, que se cierra con una suspensión; deja abierta la expresión de su emoción positiva ante el río Duero. Las imágenes presentadas son muy bellas: aluden a la nieve de las montañas donde nace el río castellano, al sol que derretirá sus nieves y aumentará su cauce. Son fenómenos naturales rutinarios, pero se presentan como rituales, es decir, simbolizando el maravilloso ritmo natural de las nieves de invierno, el deshielo de la primavera y el consiguiente aumento del caudal del río. 
La última estrofa posee un fuerte carácter emotivo. El yo poético sospecha que justo el romancero (la colección de romances del folclore español) pudo haber nacido, exactamente a orillas del Duero. Es un modo de afirmar que el lugar contiene la poesía y el ensueño suficiente para inspirar inmediatamente. Contempla, asimismo, la posibilidad de que Castilla “irá corriendo hacia la mar” (v. 52), metáfora de la vocación épica de la tierra castellana. El mar se configura como metáfora de la aventura, la ilusión, pero también de la incertidumbre y el dolor. 
El conjunto del poema muestra una sólida estructura poética que sostiene la emoción por el río Duero y por Castilla por parte del yo poético. La cuidadosa selección léxica y el elaboradísimo empleo de los procedimientos retóricos producen un artefacto expresivo de una asombrosa belleza.
  1. Contextualización
Antonio Machado Ruiz (Sevilla, 1875 – Colliure, Francia, 1939) es uno de los más profundos y sublimes poetas en lengua española. Se casó con Leonor Izquierdo en 1909, profundamente enamorados a pesar de los casi veinte años de diferencia entre los cónyuges. Sin embargo, el fallecimiento fulminante de Leonor, por tuberculosis, en 1912, truncó esa felicidad. Machado cayó en una duradera y honda etapa de dolor y melancolía. Su muerte en el exilio por la Guerra Civil puso fin a una vida realmente sobrecogedora, llena de tribulaciones y desgracias, que Machado supo encajar con paciencia y sabiduría.  
Su poesía, delicada, grave, armónica y dotada de una hermosura sobrecogedora, figura entre los frutos más granados de la poesía española. Citaremos, de entre sus obras, su primer libro de poesía, Soledades (1903), el bellísimo y profundo Campos de Castilla (1912); es, en nuestra opinión, uno de los libros más hermosos de creación poética en cualquier lengua, momento y lugar. Las siguientes composiciones poéticas se fueron sumando a las distintas ediciones de Poesías completas (1928, la primera edición). Machado también escribió teatro poético al alimón con su hermano Manuel (por ejemplo, la primera pieza compuesta: Desdichas de la fortuna, o Julianillo Valcárcel, 1926). En los últimos años de su vida, Machado se entregó a la prosa poética, filosófica y reflexiva, utilizando dos heterónimos, Abel Martín y Juan de Mairena. Los dos títulos más importantes son Juan de Mairena (1936) y el póstumo Los complementarios (1957). 
  1. Interpretación y valoración
Este hermoso poema, de una increíble densidad significativa, muestra el profundo amor y respeto que Machado sentía por la tierra castellana. Es un poema objetivo y subjetivo al mismo tiempo; las descripciones iniciales son duras y feroces: la pobreza, la sequedad, la esterilidad de la tierra castellana son presentadas sin contemplaciones.
Y, sin embargo, el yo poético muestra sin reparos su enorme amor por ella. Tras la superficie más elemental, indaga en el pasado castellano y encuentra un espíritu aventurero, heroico incluso, y eso lo conmueve. Hace suyo estos valores y los devuelve a Castilla en forma de amor y de deseo de un futuro mejor, más próspero y noble, como en los siglos pasados. 
El poema presenta una construcción meditada, equilibrada y armónica. La mirada general, la posición del yo poético y la contemplación del río al caer la noche son los elementos generales que hace suyos, los interioriza con amor y respeto. He aquí, pues, un hermoso poema esencialista, entre naturalista y espiritualista, tal y como nos tiene acostumbrados Machado.
  1. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Las siguientes actividades se pueden realizar de modo individual o en grupo; de manera oral o escrita; en clase o en casa; utilizando medios tradicionales o recursos TIC, según las circunstancias lo aconsejen).
2.1. Comprensión lectora 
1) Resume el poema (100 palabras, aproximadamente). 
2) Señala su tema principal y los secundarios. 
3) Delimita los apartados temáticos, atendiendo a las modulaciones de sentido. 
4) Analiza los aspectos métricos y de rima; deduce la estrofa empleada. 
5) ¿Qué tono tiene el poema: positivo, optimista, esperanzado, o todo lo contrario? 
6) Señala las imágenes más importantes que jalonan el poema, sobre todo referidas a los elementos de la naturaleza, y cómo impactan en el poeta. 
7) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado. 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Qué sentimientos  nuclea el sentido del poema? 
2) El poeta, ¿dónde ubica la acción? ¿Es especial para él? 
3) ¿Qué órgano sensorial domina el poema? ¿Qué sensación aporta? 
4) ¿Cómo se aprecia en texto la importancia de la mirada? 
5) ¿Cómo es Castilla, atractiva o lo contrario, según el yo poético?
6) ¿Cómo aparece en el texto la historia de Castilla?
67 ¿Qué significación aporta la estrofa final en el conjunto del poema? 
2.3. Fomento de la creatividad
1) Elabora un poema o texto en prosa que exprese la contemplación de un paisaje especialmente emotivo. Puedes imprimir un sentido intimista, como ha realizado Antonio Machado.
2) Imagina y transcribe una conversación o plática entre la clase y el poeta Antonio Machado a propósito de su poema y de su vida. 
3) Realiza una exposición sobre Antonio Machado, su poesía y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc. 
4) Aporta o crea imágenes de lugares o edificios, que sirvan de metáfora de un sentimiento especialmente relevante para ti, con intervención de la memoria, siguiendo el ejemplo de Antonio Machado.

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