Antonio Machado: «A orillas del Duero» (de «Campos de Castilla»); análisis y propuesta didáctica

ANTONIO MACHADO – A Orillas del Duero
XCVIII
A ORILLAS DEL DUERO
Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día.              1
Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía,
buscando los recodos de sombra, lentamente.
A trechos me paraba para enjugar mi frente
y dar algún respiro al pecho jadeante;                          5
o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante
y hacia la mano diestra vencido y apoyado
en un bastón, a guisa de pastoril cayado,
trepaba por los cerros que habitan las rapaces
aves de altura, hollando las hierbas montaraces         10
de fuerte olor —romero, tomillo, salvia, espliego—.
Sobre los agrios campos caía un sol de fuego.
Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo
cruzaba solitario el puro azul del cielo.
Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo,                  15
y una redonda loma cual recamado escudo,
y cárdenos alcores sobre la parda tierra
—harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra—,
las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero
para formar la corva ballesta de un arquero               20
en torno a Soria. —Soria es una barbacana,
hacia Aragón, que tiene la torre castellana—.
Veía el horizonte cerrado por colinas
obscuras, coronadas de robles y de encinas;
desnudos peñascales, algún humilde prado               25
donde el merino pace y el toro, arrodillado
sobre la hierba, rumia; las márgenes del río
lucir sus verdes álamos al claro sol de estío,
y, silenciosamente, lejanos pasajeros,
¡tan diminutos! —carros, jinetes y arrieros,                30
cruzar el largo puente, y bajo las arcadas
de piedra ensombrecerse las aguas plateadas
del Duero.
El Duero cruza el corazón de roble
de Iberia y de Castilla.                                               
  ¡Oh tierra triste y noble,
la de los altos llanos y yermos y roquedas,                 35
de campos sin arados, regatos ni arboledas;
decrépitas ciudades, caminos sin mesones,
y atónitos palurdos sin danzas ni canciones            
que aun van, abandonando el mortecino hogar,
como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar!                 40
Castilla miserable, ayer dominadora,
envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora.
¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada    
recuerda, cuando tuvo la fiebre de la espada?
Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira;                45
cambian la mar y el monte y el ojo que los mira.
¿Pasó? Sobre sus campos aun el fantasma yerra
de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra.         
La madre en otro tiempo fecunda en capitanes,
madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes.       50
Castilla no es aquella tan generosa un día,
cuando Mio Cid Rodrigo el de Vivar volvía,
ufano de su nueva fortuna, y su opulencia,                
a regalar a Alfonso los huertos de Valencia;
o que, tras la aventura que acreditó sus bríos,              55
pedía la conquista de los inmensos ríos
indianos a la corte, la madre de soldados,
guerreros y adalides que han de tornar, cargados    
de plata y oro, a España, en regios galeones,
para la presa cuervos, para la lid leones.                        60
Filósofos nutridos de sopa de convento
contemplan impasibles el amplio firmamento;
y se les llega en sueños, como un rumor distante,   
clamor de mercaderes de muelles de Levante,
no acudirán siquiera a preguntar: ¿qué pasa?                 65
Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa.
Castilla miserable, ayer dominadora,
envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora. 
El sol va declinando. De la ciudad lejana
me llega un armonioso tañido de campana                       70
—ya irán a su rosario las enlutadas viejas—.
De entre las peñas salen dos lindas comadrejas;
me miran y se alejan, huyendo, y aparecen            
de nuevo, ¡tan curiosas!… Los campos se obscurecen.
Hacia el camino blanco está el mesón abierto                   75
al campo ensombrecido y al pedregal desierto.
De Campos de Castilla (1912-1915)
I. ANÁLISIS
1) Resumen
Antonio Machado es uno de los más excelsos poetas en lengua española. La profundidad y deslumbrante belleza de su poesía alcanza cotas muy altas. El poema que ahora comentamos oscila entre lo narrativo, lo descriptivo y lo intimista. Se trata de una interiorización del paisaje soriano. La acción se desarrolla en julio, en “un hermoso día” (v. 1). El yo poético realiza una excursión a las afueras de la ciudad de Soria; sube los peñascales y riscos a orillas del río Duero, que circunda la ciudad por su lado este. Observa, en su fatigante ascenso por la inclinación del terreno, hierbas salvajes y un buitre planeando en el cielo azul; hace mucho calor. En el verso 15 comienza una nueva fase contemplativa; divisa el yo poético “un monte algo y agudo” y una “redondeada loma”; es el típico paisaje castellano, descrito con precisión: “alcor”, “serrezuelas” y “colinas”, “peñascales” y “prado”, ya cerca del Duero. Introduce una reflexión histórica sobre la ciudad: es una “barbacana” (muro exterior) de Castilla hacia Aragón. Contempla animales (bueyes paciendo) y personas (arrieros, jinetes), cruzando el puente sobre el Duero, entrando o saliendo de la ciudad. El lugar es humilde, pobre y medio ruinoso, a juzgar por los adjetivos calificativos. 
En el verso 32 comienza una reflexión intimista sobre la tierra castellana. Comienza por el río y sigue por los paisajes desolados, ásperos, secos y bastante inhóspitos. Los habitantes están a tono con la tierra; son “palurdos” que caminan hacia el mar, dejando atrás el lugar que los ha visto nacer. Establece una primera conclusión, que luego se repetirá: “Castilla miserable, ayer dominadora, / envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora” (vv. 41-42). El yo poético reflexiona sobre el pasado de Castilla, glorioso y conquistador, pero hoy solo es una tierra hambrienta. No sabe si lo que ve es realidad o solo un ensueño. Hoy Castilla solo produce “ganapanes”, pero un tiempo ha sido tierra de conquistadores, guerreros esforzados y codiciosos que luchaban con ímpetu, ejemplo de los cuales es el Cid Campeador (vv. 47-60). Los pensadores de Castilla (“filósofos nutridos de sopa de convento”, v. 61) siguen la misma pauta: ensimismados entre la adusta tierra y el amplio cielo, desprecian la vida comercial y el movimiento del mundo, como si no existiera. Repite los versos 41-42 en los versos 67-68, como un estribillo, que resume muy bien el pensamiento del yo poético: Castilla es tierra pobre, aunque un día levantó un imperio; hoy, como un animal herido, mira para otro lado y desprecia los avances de la civilización. 
En el verso 69 comienza el cierre de la escena y, por tanto del poema. Cae la tarde, la oscuridad avanza. El yo poético escucha las campanas de la ciudad e imagina las viejas camino del rosario. Aparecen a su vista, por dos veces, una pareja de comadrejas. Observa el camino blanco, a cuyo lado observa un mesón abierto; la noche cae y solo quedan sombras y silencio.  
2) Tema
El poema aborda dos temas principales:
-Castilla es una tierra pobre y humilde, en contraste con su pasado glorioso, sin esperanzas de futuro.
-Pena y dolor del poeta por la tierra castellana, a la que ama, a pesar de sus abundantes miserias materiales y espirituales. 
3) Apartados temáticos
El poema presenta cuatro apartados temáticos, de sentido circular. De este modo, tenemos:
-Primer apartado (vv. 1-14): el yo poético se nos presenta haciendo una excursión por los alrededores de la ciudad de Soria. Su lento ascenso por las colinas y riscos que rodean a Soria, contemplando cielo y tierra, es el asunto principal. 
-Segundo apartado (vv. 15-32): contemplación e interiorización del paisaje soriano, en sus aspectos naturales y humanos (accidentes geográficos, animales y personas); se concentra la visión al lado del puente del río Duero, a la salida de Soria, camino de Aragón. 
-Tercer apartado (vv. 33-68): el yo poético reflexiona sobre el pasado de Castilla; la pobreza y miseria actual contrasta con las gestas pasadas, desde el Cid hasta el levantamiento de un imperio. Hoy, solo se puede ver gente humilde y derrotada que parece abandonar la tierra en busca de un futuro mejor. Los cortos pensadores, los intelectuales, tienen parte de la culpa de estos males, pues han dado la espalda al mundo y viven concentrados en sus quimeras.
-Cuarto y último apartado (vv.69-76): el yo poético finaliza su reflexión y vuelve sus ojos al entorno. Cae la noche, las sombras lo envuelven todo y es el momento de regresar. Observa una pareja de graciosas comadrejas y un mesón entre la oscuridad y el silencio.
4) Aspectos métricos y de rima
Este poema está compuesto por setenta y seis versos tetradecasílabos o alejandrinos. Nótese la partición de los versos. La rima general es la de pareados, con algunas excepciones. Los versos 11-14 son monorrimos; forman una cuaderna vía. Algunas se repiten, como é-o. Adviértase que los vv. 33-34 están divididos en dos líneas cada uno de ellos. Esta solo aparentemente sencilla rima aporta una poderosa musicalidad y un tono grave, firme y sostenido.     
5) Comentario estilístico
   El título del poema, “A orillas del Duero”, nos informa del lugar donde se sitúa la acción poética: cerca de la ciudad de Soria, con el río Duero a la vista. El esqueleto argumental del poema es sencillo: ascensión del yo poético a un risco elevado cerca de la ciudad de Soria, contemplación del paisaje desde allí arriba, reflexión intimista sobre Soria, Castilla y España y, con el oscurecer, se intuye la vuelta al hogar. El tono general del poema es sombrio y amargo. El yo poético no encuentra motivos, ni en la contemplación, ni en la reflexión, para ser optimistas.
La madurez estilística de este poema es asombrosa y admirable. La primera oración sitúa la acción en el tiempo: en pleno verano, “un hermoso dia” (v. 1); vemos que, en principio el optimismo reina. Ya en el segundo verso se presenta el yo poético; sube en solitario a una loma. Pero pronto vemos que el paisaje es adusto: las “quiebras del pedregal” no anuncian un lugar fértil o acogedor. El desnivel es acusado y el yo poético, nuestro caminante, ha de parar para tomar aire, o ha de apoyarse en su bastón que facilite el ascenso. 
Lo que el yo poético va salvando en sus ascensos son “cerros” habitados por rapaces / aves de altura” (vv. 8-9) y “hierbas montaraces” (v. 10), que son enumeradas con detalle de botánico. “Caía un sol de fuego” (v. 11) advierte con viveza el excesivo calor que hace en el ambiente. Aparece el primer ser vivo en movimiento: “un buitre de anchas alas”, haciendo vivo contraste con el “puro azul del cielo” (v. 14). Hasta ahora, el cuadro natural es neutral, ligeramente sombrío. 
De nuevo el yo poético se manifiesta explícitamente contemplando el paisaje. Lo que el poeta divisa es un monte, una loma, alcores, serrezuelas y el Duero haciendo curva en torno a Soria. Son accidentes geográficos humildes; esta impresión de sencillez la refuerza enormemente los adjetivos, casi todos de significación negativa. Los colores son oscuros y (“cárdenos”, “parda”) y las formas disformes e incluso desasosegantes, como la tierra cerca de Soria, metaforizada en “harapos” de un arnés guerrero. No hay aparente belleza. Realiza una anotación histórica, al recordar que Soria es como una avanzadilla o muro defensivo (“barbacana”) de Castilla en Aragón.
El yo poético sigue con su contemplación, cada vez más matizada, como declara muy bien el verso 23: “Veía el horizonte…”. Y lo que ve son “colinas obscuras” (v. 23-24) pobladas de robles y encinas, “desnudos peñascales, algún humilde prado”. Son lugares pobres, como desangelados. Aparecen animales de granja: un merino, un toro rumiando, en los prados próximos al río, rodeados de álamos. También aparecen ahora los primeros hombres, “jinetes y arrieros”, atravesando el puente del Duero. Hasta el verso 33, todo es una descripción, cada vez más contemplativa e intimista, del paisaje soriano. Destaca los colores apagados y marrones y la pobreza natural de esos lugares.
El yo poético ensalza el río Duero, a quien admira, por atravesar la adusta tierra castellana y española (“corazón de roble”, v. 33). En el verso 34 se abre una larga exclamación retórica (acaba en el verso 40), junto con una apóstrofe, dirigida a Castilla. Esta región es vista como “tierra triste y noble”, pero pobre y deshabitada, abandonada y en estado de descomposición. El yo poético se duele de esa situación, lamentando la pobreza castellana. Aparecen los primeros hombres: “atónitos palurdos sin danzas ni canciones” (v. 38). La descripción es terrible por su dureza y fiereza; los habitantes son rústicos e ignorantes, además de tristes. Abandonan sus tierras infértiles y se dirigen al “mar”, metáfora de la emigración a lugares más benignos. 
Los versos 41-42 son una síntesis de las reflexiones del yo poético. Sintetizan la visión amarga y desolada de Castilla. Lo que fue una tierra de valientes guerreros e intrépidos exploradores, no es hoy más que pura miseria. Y lo peor, esa tierra “desprecia cuanto ignora”, porque está retraída del mundo, como humillada y derrotada. Se pregunta el yo poético qué hace Castilla: “¿Espera, duerme o sueña?” (v. 43). Parece querer decirnos que las tres acciones se mezclan. Avisa el yo poético de que nada se detiene, “Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira” (v. 45). No es bueno quedar quieto y pensar que nada cambiará; eso es el principio de la derrota y del fin. Cambia el mundo y cambia el modo de mirarlo, por lo que entregarse a la nostalgia es tiempo perdido. 
¿Pasó el momento de gloria de Castilla? El yo poético afirma, algo indirectamente que, en efecto, así es. Castilla fue madre, hoy, solo madrastra; dio capitanes, ahora solo “ganapanes”, gente sin valía. Son metáforas y metonimias que advierten sobre el declive de la tierra castellana.
El yo poético contempla el pasado de Castilla. Recuerda la figura del valiente Cid, cuando la tierra era “generosa”. También recuerda el pasado imperial español, donde había riqueza y creencias, lo que producían personas valerosas, soberbias y ricas. El yo poético parece lamentar el fin de esos días gloriosos, pues solo queda ruina. En el verso 61 entra en las causas del declive castellano: los pensadores e intelectuales (“filósofos nutridos de sopa de convento”, v. 61), muy influidos por la Iglesia, no han sabido organizar un pensamiento nacional firme, vital e intrépido, que sirva de sustento a los ideales de las personas. Esos meditadores se han retraído en sus celdas y han dejado de comprender el mundo, al que desprecian, sobre todo en su desarrollo comercial (“clamor de mercaderes de muelles de Levante”, v. 64). Para agravar las cosas, la guerra ha llegado a Castilla, con la consiguiente destrucción.
Repite los dos versos que funcionan de estribillo (vv. 67-68), insistiendo en la ruina moral y física del solar castellano. En el verso 79,  y ya hasta el final, el yo poético vuelve a contemplar el paisaje, saliendo de su ensimismamiento. Comienza a oscurecer, el sol se pone y las campanas de Soria llaman al rosario. El yo poético observa “dos lindas comadrejas”, en vivo contraste con la oscuridad triste que se va imponiendo. Vuelve a mirar el campo a lo lejos, en los que queda poca claridad. En un “camino blanco” divisa un “mesón abierto” (v. 75), pero hacia un paisaje desolador: un “campo ensombrecido” y un “pedregal desierto”. Oscuridad y silencio cierran el poema. La visión castellana del yo poético es, de este modo, amarga, desolada y dolorosa. 
Trata de buscar elementos positivos para creer que hay futuro en Castilla, que no todo está perdido, pero no halla nada en que apoyarse. Estamos ante un poema melancólico, triste y como apesadumbrado. El yo poético es un contemplativo que ama profundamente a Castilla, lo que le provoca dolor inmenso, pues es una tierra desolada, pobre y destartalada. Al final, parece esbozar una pequeña solución: sacudirse la modorra de siglos, abandonar el pensamiento estático de pensadores encerrados en sí mismo y mirar al futuro de frente. Pero no es fácil, parece intuir. Como viene la noche, así parece que la pobreza castellana y su ruina están ahí para quedarse. 
     
6) Contextualización
Antonio Machado Ruiz (Sevilla, 1875 – Colliure, Francia, 1939) es uno de los más profundos y sublimes poetas en lengua española. Como ya expusimos en la presentación, Machado se casó con Leonor Izquierdo en 1909, profundamente enamorados, a pesar de los casi veinte años de diferencia entre los cónyuges. Sin embargo, el fallecimiento fulminante de Leonor, por tuberculosis, en 1912, truncó esa felicidad. Machado cayó en una duradera y honda etapa de dolor y melancolía. Su muerte en el exilio por la Guerra Civil puso fin a una vida realmente sobrecogedora, llena de tribulaciones y desgracias, que Machado supo encajar con paciencia y sabiduría.  
Su poesía, delicada, grave, armónica y dotada de una hermosura sobrecogedora, figura entre los frutos más granados de la poesía española. Citaremos, de entre sus obras, su primer libro de poesía, Soledades (1903), el bellísimo y profundo Campos de Castilla (1912); es, en nuestra opinión, uno de los libros más hermosos de creación poética en cualquier lengua, momento y lugar. Las siguientes composiciones poéticas se fueron sumando a las distintas ediciones de Poesías completas (1928, la primera edición). Machado también escribió teatro poético al alimón con su hermano Manuel (por ejemplo, la primera pieza compuesta: Desdichas de la fortuna, o Julianillo Valcárcel, 1926). En los últimos años de su vida, Machado se entregó a la prosa poética, filosófica y reflexiva, utilizando dos heterónimos, Abel Martín y Juan de Mairena. Los dos títulos más importantes son Juan de Mairena (1936) y el póstumo Los complementarios (1957). 
7) Interpretación y valoración
Este poema presenta una contemplación interiorizada y amarga de Soria, metonimia de Castilla. Aparentemente, el texto resume una excursión solitaria del yo poético, trasunto de Machado, a las afueras de la ciudad, al lado del Duero, en las altas colinas que lo rodean por oriente, hacia Aragón. Sin embargo, se trata de una reflexión histórica, diacrónica podríamos afirmar, sobre el pasado y el presente de Castilla.
El poeta nos expone una doliente realidad material y, diríamos, geográfica. Castilla es una tierra pobre, seca e inhóspita. Solo la presencia del río Duero permite que existan algunos campos y choperas que alivian la torridez general. Las personas no son mucho mejores que el terreno. Es gente miserable material y espiritualmente considerados; han perdido la energía de sus antepasados y se limitan a sobrevivir en condiciones de pobreza extrema. Muchos emigran a otros lugares en busca de mejor fortuna.
Sin embargo, Machado no presenta esta situación alegre o victoriosamente. Al contrario, le duele íntimamente este estado de postración. Interioriza el paisaje, lo hace suyo, es parte de su propio ser, pues, simplemente, lo ama. Acepta a Castilla como es, pobre y humilde; le gustaría que fuera de otra manera, pero no lo es. Mira hacia atrás y encuentra un pasado esplendoroso de Castilla y de España; piensa que, siguiendo el ejemplo de los antepasados, se podría recuperar el brillo antiguo y superar la postración actual. Señala un culpable: los filósofos que han perfilado una cultura sumisa, ensimismada y aislada. Tampoco hace leña del árbol caído. Se conforma y recupera el ánimo contemplando una pareja de comadrejas. Cae la noche, casi como metáfora del estado físico y económico de Castilla, acaso también del propio poeta. Machado acaba ahí su poema. El sentido final queda abierto, acaso algo esperanzado.
Este bellísimo poema muestra a un Machado embebido de la tierra castellana (recordemos su infancia sevillana, bastante distinta de la adusta Soria). Muestra un profundo amor dolorido por Castilla: comprende muy bien cómo es geográfica y humanamente; le gustaría que fuera de otra manera, pero no es posible; finalmente, lo acepta y deja entrever que acaso haya una solución para el secarral castellano. No es una descripción objetiva, ni una exposición de problemas socioeconómicos, sino una contemplación intimista y dolorida del impacto emocional de Castilla en el alma de una persona preocupada por el agotado corazón de España. Y, al fondo, como siempre en Machado: “palabra en el tiempo”, esencialidad de los sentimientos más auténticos perdurando más allá de nuestras vidas.
II. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Las siguientes actividades se pueden realizar de modo individual o en grupo; de manera oral o escrita; en clase o en casa; utilizando medios tradicionales o recursos TIC, según las circunstancias lo aconsejen).
1. Comprensión lectora 
1) Resume el poema (100 palabras, aproximadamente). 
2) Señala su tema principal y los secundarios. 
3) Delimita los apartados temáticos, atendiendo a las modulaciones de sentido. 
4) Analiza los aspectos métricos y de rima; deduce la estrofa empleada. 
5) ¿Qué tono tiene el poema: positivo, optimista, esperanzado, o todo lo contrario? 
6) Señala las imágenes más importantes que jalonan el poema, sobre todo referidas a los elementos de la naturaleza, y cómo impactan en el poeta. 
7) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado. 
2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Externamente, qué refiere el poema? 
2) El poeta, ¿dónde ubica la acción? ¿Es especial para él? 
3) ¿Qué colores predominan en el poema? ¿Qué sensación aportan? 
4) ¿Cómo se aprecia en el poema la sequedad y la pobreza del terreno? ¿De qué es metáfora?
5) ¿Qué seres vivos aparecen en el poema? Analiza los hombres que hacen acto de presencia. ¿Son hombres virtuosos? 
6) ¿Qué significación se encierra en “Castilla miserable, ayer dominadora, / envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora”. (vv. 67-68)?
7) ¿Cuál es el estado de ánimo de la poeta: alegre, optimista, o preocupado y pesimista?
 3. Fomento de la creatividad
1) Elabora un poema o texto en prosa que exprese una excursión y la contemplación de un paisaje.  Puedes imprimir un sentido intimista, como ha realizado Antonio Machado.
2) Imagina y transcribe una conversación o plática entre la clase y el poeta Antonio Machado a propósito de su poema y de su vida. 
3) Realiza una exposición sobre Antonio Machado, su poesía y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc. 
4) Aporta o crea imágenes de lugares o edificios, que sirvan de metáfora de un sentimiento especialmente relevante para ti, con intervención de la memoria, siguiendo el ejemplo de Antonio Machado.

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