Dulce María Loynaz: seis poemas representativos («Amor tardío», «Tiempo», «Hoja seca», «Lección primera», «La fuga inútil» y «La hija pródiga»); análisis y propuesta didáctica

DULCE MARÍA LOYNAZ – Seis poemas analizados (“Amor tardío”, “Tiempo”, “Hoja seca”, “Lección primera”, “La fuga inútil” y “La hija pródiga”) con propuesta didáctica
Contextualización y datos biográficos
Dulce María (originariamente, María Mercedes) Loynaz Muñoz (La Habana, 1902 — 1997) es una original y potente escritora cubana. Obtuvo el Premio Miguel de Cervantes en 1992. Fue hija de militar; recibió una esmerada educación en el seno de una familia próspera y con inclinación a las letras. Estudió Derecho en la Universidad de La Habana. Sin demasiada vocación, ejerció la abogacía hasta 1961.
Sus primeras composiciones aparecieron en el periódico La Nación a la edad de 17 años: Invierno de almas y Vesperal; en dicha publicación aparecieron otros textos entre 1920 y 1938. En 1929 Dulce María realiza un viaje por el Medio Oriente y Egipto. En algunas composiciones se percibe el impacto de la cultura egipcia. 
En 1947 publica el poemario Juegos de agua;  a partir de 1950 su obra se edita también en España. De esta época, específicamente de 1951, data la publicación de su única novela, Jardín (publicada en España en 1951); aparece como una precursora de los procedimientos y temas del recurso mágico. Le seguirían Carta de amor al rey Tut-Ank-Amen (1953), Poemas sin nombre (1958) y Un verano en Tenerife, (libro de viajes) que, según la autora, fue «lo mejor que he escrito». Estableció un vínculo duradero con España, como su segunda patria. Por esa época, colabora con la prensa cubana y de otros países. Dentro de su prosa también sobresale el texto autobiográfico Fe de vida.
A raíz del triunfo de la Revolución cubana, la poetisa se impuso un autoaislamiento por su posición neutral y lejos del fervor revolucionario. Ello le costó el desconocimiento en su propia tierra​. 
Sus últimas publicaciones en Cuba fueron Poemas escogidos (1985), Bestiarium (1991) y La novia de Lázaro (1991). La Diputación de Cádiz publicó, en 1992, Poemas náufragos, y la editorial Espasa Calpe una amplia antología de su obra. 
La poeta estuvo muy unida a la ciudad de Pinar del Río; financió en ella la construcción del «Centro de Promoción y Desarrollo de la Literatura Hermanos Loynaz». De entre los galardones recibidos, destaca el Premio Cervantes en 1992. Mantuvo una intensa vida cultural a lo largo de su vida. Por su casa pasaron Federico García Lorca y los premios Nobel de literatura, Gabriela Mistral y Juan Ramón Jiménez, la poetisa uruguaya Juana de Ibarbourou, etc. Falleció en abril de 1997, a los 94 años de edad.
En su poesía se aprecia una sensibilidad tardorromántica muy depurada, un tono reflexivo, de naturaleza existencial y el empleo de la naturaleza como correspondencia de su estado interior. Su poesía tiende a la transparencia; el empleo de formas clásicas más o menos flexibilizadas muestran un gran talento en el manejo de la lengua y de las técnicas poéticas.

1) Amor tardío
Amor que llegas tarde,
tráeme al menos la paz:
Amor de atardecer, ¿por qué extraviado
camino llegas a mi soledad?
Amor que me has buscado sin buscarte,
no sé qué vale más:
la palabra que vas a decirme
o la que yo no digo ya…
Amor… ¿No sientes frío? Soy la luna:
Tengo la muerte blanca y la verdad
lejana… —No me des tus rosas frescas;
soy grave para rosas. Dame el mar…
Amor que llegas tarde, no me viste
ayer cuando cantaba en el trigal…
Amor de mi silencio y mi cansancio,
hoy no me hagas llorar.
Exégesis
Este hermoso poema plantea un diálogo frustrado entre el yo poético y el amor (lo nombra anafóricamente en cada estrofa; es la primera palabra que abre cada una de ellas). El yo poético le pide al amor que, simplemente, la deje tranquila. Cuando quiso vivir el amor, no pudo (omite las razones). Reprocha al amor llegar tarde e importunarla en una edad o estado en que no desea más aventuras. La razón la expresa en los últimos versos: “silencio y cansancio”, pero miedo a caer en sus redes otra vez y fracasar (“hoy no me hagas llorar”). Le reclama la paz, puesto que otras cosas ya no las espera, dasa su perspectiva sombría y negativa; no desea rosas, sino mar, metáforas de la belleza juvenil impetuosa y de la extensión misteriosa propia de una edad ya avanzada. 
Por eso se identifica con la luna y el color blanco, símbolos de la muerte. El yo poético muestra un estado de abatimiento a primera vista insuperable. Recuerda que en su pasado reciente (“ayer”) fue alegre y divertido, pero ya pasó esa ocasión. El tono del poema es más bien elegíaco y pesimista. El poema exhibe silencios y elisiones por parte del yo poético, dotándolo de un aire de misterio melancólico (“la palabra que vas a decirme / o la que yo no digo ya…”). Las suspensiones, bastantes frecuentes, abonan esta naturaleza de tristeza reprimida, mejor para ser callada que publicada.
Los dieciséis versos del poema se agrupan en cuatro estrofas. Los versos son, en general, endecasílabos, pero pero alternan con algún heptasílabo (como el último). La rima es estable en todo el poema; los versos pares riman en á, quedando los impares libres (se trata, pues, de una rima romanceada).  

2) Tiempo
1
El beso que no te di
se me ha vuelto estrella dentro…
¡Quién lo pudiera tornar
—y en tu boca…— otra vez beso!
2
Quién pudiera como el río
ser fugitivo y eterno:
Partir, llegar, pasar siempre
y ser siempre el río fresco…
3
Es tarde para la rosa.
Es pronto para el invierno.
Mi hora no está en el reloj…
¡Me quedé fuera del tiempo!…
4
Tarde, pronto, ayer perdido…
mañana inlogrado, incierto
hoy… ¡Medidas que no pueden
fijar, sujetar un beso!…
5
Un kilómetro de luz,
un gramo de pensamiento…
(De noche el reloj que late
es el corazón del tiempo…)
6
Voy a medirme el amor
con una cinta de acero:
Una punta en la montaña
La otra… ¡clávala en el viento!
Exégesis
Este poema expresa tristeza y arrepentimiento por un beso que el yo poético no dio. En las dos primeras estrofas admite que una oportunidad perdida de la que ahora, pasado el tiempo, se arrepiente. Anhela ser como un río que siempre cambia, pero siendo el mismo; así, no siente el paso del tiempo, ni se van las oportunidades. En la tercera estrofa admite que el amor pasó, pero aún no ha llegado el “invierno” de su vida. Se siente, pues, en un estado de indefinición que no sabe cómo afrontar. La cuarta estrofa expresa su confusión y perplejidad ante el paso del tiempo. 
Sin embargo, en la quinta estrofa es capaz de poner límites a sus sentimientos y percepciones; tiene un kilómetro de “luz”, un gramo de “pensamiento”; el latido del corazón es el reloj del tiempo. De este modo, parece entenderse y comprender su situación. En la sexta y última estrofa encuentra el ánimo y las fuerzas para “medirme el amor”. Es tan grande que un cabo está en una montaña; el otro, en el viento; es decir, inmensurable. Sigue amando, a través de los días y sus vicisitudes, a esa persona a quien no dio un beso, pero que aún está presente en su corazón. 
El “beso” de las primeras estrofas es la metáfora del “amor” de las dos últimas. El poema desprende una cierta amargura por no haberse atrevido a vivir un amor que el yo poético nunca ha podido olvidar. Este se dirige a alguien desconocido “el beso que no te di”), objeto de su amor. Dialoga con él (aunque imperfectamente, pues este nunca responde). De ahí procede un tono confesional e intimista muy interesante. El título del poema, “Tiempo”, alude a cómo el amor ha sobrevivido a todas las vicisitudes.
Los veinticuatro versos heptasílabos se agrupan en seis estrofas de cuatro versos cada una. Riman en asonante los versos pares en é-o, quedando los impares libres. Estamos, pues, ante un romancillo distribuido en algo parecido a cuartetas. El ritmo del poema está muy logrado: cadencioso, melancólico, a mitad de camino entre el arrepentimiento y la esperanza. 

3) Hoja seca
A mis pies la hoja seca viene y va
con el viento;
hace tiempo que la miro,
hecho un hilo, de fino, el pensamiento…
Es una sola hoja pequeñita,
la misma que antes vino
junto a mi pie y se fue y volvió temblando…
¿Me enseñará un camino?
Exégesis
Este bello y delicado poema posee un tono reflexivo, intimista y melancólico muy marcado. La hoja se torna símbolo de los vaivenes de la vida, de los tumbos que el hombre da en ella y de la incertidumbre que nos aguarda en el futuro. El yo poético observa atentamente la hoja de árbol que cae a sus pies. Su pensamiento se afina buscando el sentido de la presencia de la hoja seca arrastrada por el viento. Las suspensiones con que se cierran las dos primeras estrofas expresan muy bien la incertidumbre de la vida, simbolizada en la hoja seca.
La última estrofa está formada por un solo verso que contiene una oración interrogativa: “¿Me enseñará un camino?”. El yo poético se pregunta a sí mismo, a la vez que dialoga con el lector, e incluso con la propia hoja, si la presencia de tan insignificante elemento natural será la señal de que emprenderá una ruta nueva en su vida. La identificación con el mundo natural, la observación atenta y la transformación en símbolos de aquel están muy logrados en este breve e intenso poema.
Los ocho versos se agrupan en tres estrofas; cuatro versos para la primera, tres para la segunda y uno para la tercera. Este ritmo decreciente puede simbolizar la incertidumbre del recorrido existencial del yo poético. En la primera estrofa los versos pares riman en asonante. En la segunda no aparece ninguna rima, pero el segundo verso de esta rima con el único de la tercera, en í-o. Se establece así una musicalidad de suavidad, cierta melancolía y abandono, a tono con el contenido del poema. Estamos ante un denso y hermoso poema en el que la correspondencia entre el mundo natural y el emocional del yo poético se armonizan magníficamente.
4) Lección primera
Tegernaria doméstica
(Araña común)
La Araña gris de tiempo y de distancia
tiende su red al mar quieto del aire,
pescadora de moscas y tristezas
cotidianas…
Sabe que el amor tiene
un solo precio que se paga
pronto o tarde: la Muerte.
Y Amor y Muerte con sus hilos ata…
Exégesis
Este poema toma como pretexto la observación de un animal cotidiano: la araña común. Pero pronto se transforma en símbolo del paso del tiempo y de las pérdidas de todo tipo, que se acumulan en el yo poético. La persona, en analogía con la araña, atrapa moscas, pero también “tristezas cotidianas”. 
En la segunda estrofa las imágenes son más duras y lúgubres. Los hilos de la tela de araña están hechos de Amor y Muerte (con mayúscula, resaltando su importancia). La araña conoce que el amor se paga con la muerte, pues ese es su precio. De este modo, nos presenta una visión pesimista y dolorosa de la existencia. La muerte se anuda con el dolor y todo sucede de modo inexorable. En realidad, el poema casi funciona como una fábula, o una parábola, o una alegoría: así la vida discurre como lo hace la araña en su paciente tejido de su red. Su tono es lúgubre y triste, a lo que contribuyen las dos suspensiones que cierran ambas estrofas.
Los ocho versos del poema se distribuyen en dos estrofas de cuatro versos cada una. En la primera, predomina el endecasílabo, pero no hay rima. En la segunda, la medida es más irregular, pero los versos pares riman en asonante en á-a. El conjunto forma un poema en verso libre. 

5) La fuga inútil
El agua del río va huyendo de sí misma: Tiene miedo de eternidad.
Exégesis
Este brevísimo poema, de un solo verso, posee una potente densidad significativa. Lo hemos elegido por su condensación expresiva. Funciona como un apotegma (“Dicho breve, sentencioso y feliz, especialmente el que tiene celebridad por haberlo proferido o escrito alguna personalidad o por cualquier otro concepto.”, DLE). También la podemos considerar una sentencia (“Dicho grave y sucinto que encierra doctrina o moralidad.”, DLE). Una vez más, Loynaz se preocupa por el paso del tiempo, inexorable, por la huida que produce la sensación de frenesí, pero todo eso es solo espejismo. El agua del río avanza precipitadamente porque teme a la eternidad, a lo permanente e inmutable, como es el propio río desde una perspectiva más general. 
Igualmente nosotros huimos hacia adelante para no pensar en lo esencial: no existe la eternidad, no se puede detener el tiempo y cada momento que pasa nos acerca a la muerte. En el fondo, es un poema muy duro y amargo. El hecho de suprimir el nexo por los dos puntos contribuye a adensar su inquietante significación. Es uno de los poemas breves más hermosos en lengua española. La paradoja implícita es incisiva: la huida del agua es la que garantiza su eternidad, aunque la teme. Formidable pensamiento y magnífica expresión se concentran en esta perla poética.

6) La hija pródiga
¿Qué me queda por dar, dada mi vida?
Si semilla, aventada a otro surco,
si linfa, derramada en todo suelo,
si llama, en todo tenebrario ardida.
¿Qué me queda por dar, dada mi muerte
también? En cada sueño, en cada día;
mi muerte vertical, mi sorda muerte
que nadie me la sabe todavía.
¡Que me queda por dar, si por dar doy
—y porque es cosa mía, y desde ahora
si Dios no me sujeta o no me corta
las manos torpes— mi resurrección…!
Exégesis
He aquí otro poema subjetivo, intimista, existencial y de tono sombrío. Se entiende muy bien fijándonos en el título: “La hija pródiga”. Las dos primeras estrofas son de naturaleza interrogativa y declarativa. La tercera, sin embargo, es exclamativa y reivindicativa. El yo poético ha entregado a los demás todo lo que tiene. En primer lugar, la vida. Como una semilla, como el agua o como el fuego: ha contribuido a que los demás tengan vida a su costa. Las oraciones de esta primera estrofa son muy elípticas (se ha suprimido el verbo). Insinúa también su sufrimiento, pues ha ardido en un candelabro de quince velas, que eso es un tenebrario, en momentos de pasión religiosa.
En segundo lugar, ha entregado también su muerte. Lo ha hecho en cada sueño y cada día. Su muerte ha sido “vertical” y “sorda”. Son dos metáforas que pueden aludir a su abandono en vida y a su clamor no oído por los demás. Su aislamiento e incomprensión, eso es lo que parece desprenderse de esos adjetivos sinestésicos, ha sido tan intenso que nadie sabe que está muerta. La paradoja insiste en su sombrío destino. 
La tercera estrofa va un paso más allá en el pensamiento y la expresión: el yo poético ha entregado su “resurrección”. Es la afirmación desesperada de la persona que ha sido muy generosa con todos los demás (ya ha donado su vida terrenal, de ultratumba y celestial), pero todavía le piden más. Como no lo puede dar, se desespera. ¿A quién ha entregado todo su ser? Lo ignoramos. El título, “La hija pródiga”, nos hace sospechar que se trata de su entorno familiar, pero no pasa de especulación. Lo que se evidencia claramente es el enfado desesperado del yo poético ante la insistencia para que dé más de sí misma.
La anáfora y paralelismo que abre las tres estrofas (“Qué me queda por dar”; en las dos primeras con entonación interrogativa, en la tercera, con exclamativa) es muy incisiva y crea un ritmo vivo de agitación y énfasis. La derivación o poliptoton repetido que se crea con el verbo “dar” insiste en el vaciamiento del yo poético en su relación con los demás. La estrofa final forma un epifonema muy eficaz para expresar la protesta y el enfado frente a las presiones ajenas. El poema es una magnífica muestra de poesía intimista, pero proyectada hacia los demás. Los doce versos endecasílabos del poema se agrupan en tres estrofas de cuatro versos. Por su rima, la primera es un cuarteto (con una variante en la rima del tercer verso); la segunda es un serventesio; la tercera, un cuarteto. El conjunto del poema posee una musicalidad firme y expresiva, contribuyendo a un tono de firmeza reivindicativa y asertiva.
  1. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Estas actividades se pueden desarrollar y realizar de modo oral o escrito, en el aula o en casa, de modo individual o en grupo. Algunas de ellas, sobre todo las creativas, requieren material o herramientas complementarias, como las TIC).
2.1. Comprensión lectora
1) Resume el poema (aproximadamente, 120 palabras).
2) Señala su tema y sus apartados temáticos. Para ello, contesta a la cuestión ¿de qué se habla y cómo se expresa?
3) Establece la métrica, la rima y la forma estrófica utilizada.
4) Distingue y aclara los núcleos semánticos del poema.
5) Localiza una docena de recursos estilísticos y explica su eficacia significativa y estética.
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
1) Explica cómo se percibe el contenido existencial y grave del poema. 
2) Indica cómo se percibe el tono reflexivo del poema.
3) Aparte del yo poético, ¿qué otras personas aparecen en el poema? ¿Qué sentido posee?
4)  ¿Estamos ante una poesía alegre o triste? Razona la respuesta.
2.3. Fomento de la creatividad
1) Documéntate sobre Dulce María Loynaz, Premio Cervantes 1992, y realiza una exposición en la clase con ayuda de medios TIC, creando un póster, etc., sobre su vida y obra literaria. 
2) Transforma el poema en un relato en prosa, o teatral, con cierto matiz reflexivo y existencial, como en el poema de Dulce María Loynaz.
3) Imagina un encuentro de Dulce María Loynaz con tu grupo de clase. Idea preguntas sobre su poesía; otros compañeros pueden dar las respuestas que podrían ser acordes con las de Loynaz.
4) Se puede realizar un recital poético o una declamación de poemas de Dulce María Loynaz, acompañado de imágenes alusivas y música, ante la clase o la comunidad educativa. Ahí se pondrá de manifiesto la enorme hondura expresiva y la gran musicalidad de los poemas de nuestra poeta.

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