Emilia Pardo Bazán: «El xeste»; texto, análisis y propuesta didáctica

Pardo Bazán – “El xeste” (1907)
El xeste
Alborozados soltaron los picos y las llanas, se estiraron, levantaron los brazos al cielo nubloso, del cual se escurría una llovizna menudísima y caladora, que poco á poco había encharcado el piso. Antes de descender, deslizándose rápidamente de espaldas por la luenga escala, cambiando comentarios y exclamaciones, de gozo pueril, bromas de compañonaje —las mismas bromas con que desde tiempo inmemorial se festeja semejante suceso— uno, no diré el más ágil —todos eran ágiles—, sino el de mayor iniciativa, Matías, desdeñando las escaleras, se descolgó por los palos de los mechinales, corrió al añoso laurel, al fondo del primer término del paisaje, cortó con su navaja una rama enorme, se la echó al hombro, y trepando, por la escalera esta vez, a causa del estorbo que la rama hacía, la izó hasta el último andamio y allí la soltó triunfalmente. Los demás la hincaron de pie en la argamasa fresca aún y el penacho del «xeste» quedó gallardeándose en el remate de la obra. Entonces, en tropel, empujándose, haciéndose cosquillas, bajaron todos.
Eran obreros, no condenados, como los de la ciudad, á la eterna rueda de Ixión de un trabajo siempre el mismo. Mestizos de cantero y labriego, en verano sentaban piedra, en invierno atendían á sus heredades. Organizados en cuadrilla, iban á donde les llamasen, prefiriendo la labor en el campo, porque en las aldeas ¡retoño! se vive más barato que en el pueblo, se ahorra casi todo el jornal, para llevarlo, bien guardado en una media de lana, á la mujer, y mercar el ternero y el cerdo y las gallinas y la ropa y la simiente del trigo y algún pedacillo de terruño. No sentían la punzada del ansia de gozar como los ricos, que asalta al obrero en los grandes centros; el contacto de la tierra les conservaba la sencillez, las aspiraciones limitadas del niño; disfrutaban de un inagotable buen humor, y la menor satisfacción material les transportaba de júbilo. Sus almas eran todavía las transparentes y venturosas almas de los villanos medioevales.
Se atropellaban por la escala sonando en los travesaños húmedos la madera de los zuecos, y ya abajo hacían cabriolas, despreciando la frialdad insinuante de la llovizna triste y terca. ¿Qué importaba un poco de «friaje»? Ya se calentarían bien por dentro, con el mejor abrigo, el abrigo de Dios, que es la comida y la bebida. Allá lejos divisaban el humo, corona de la chimenea de la casa señorial, y el montón de leña ardiendo que producía aquel humo les guisaba su cena, la cena solemne del «xeste», el banquete extraordinario ofrecido desde la primavera para el día en que terminasen las paredes del nuevo edificio. ¡Daba gusto tratar con señores, no con contratistas miserables! El «xeste» del contratista… sabido: un cuarterón de aguardiente, una libra de pan «reseso». ¡En el obsequio del señor se vería lo que es rumbo! El agua se les venía á la boca. Se miraron, se hicieron guiños, saboreando la proximidad del placer, en el cual pensaban á menudo ya desde el instante en que los peones abrieron la zanja de los cimientos. Era temprano aún para que la cena estuviese lista, pero convinieron en dirigirse «cara allá» y Matías se ofreció á enjaretarse con cualquier pretexto en la cocina y adelantarles noticias del festín. 
Vistiéronse las chaquetas sobre las camisas mojadas, y la cuadrilla se puso en camino, zanqueando, aplastando la hierba sembrada de pálido aljófar. A pocos pasos de la casa, ante la tapia del huerto, se pararon, irresolutos; pero aquel enredante de Matías, como más despabilado, se fué muy serio hacia el abierto portón, lo cruzó, y al cabo de diez minutos volvió agitando las manos, bailando los piés. ¡Qué cena, recacho, qué convite! Aquello era lo nunca visto ni pensado. Unas cazuelas así… y que echaban un olorcillo! ¡El vino en ollas, para sacarlo con el cacillo de la herrada; y hasta postres, arroz con leche, manzanas asadas con azúcar! ¡Y orden del señor de que pedían entrar y calentarse á la lumbre mientras se acababa de alistar la comilona! Entrasen todos, canteros y peones, y el chiquillo carretón de los picos también… Matías, volviéndose algo contrariado, añadió:
—Tú no, Carracha… Tú, quédate…
Nadie protestó. Era un parásito esmirriado, un mendigo, que no formaba parte de la cuadrilla. Sin fuerzas para trabajar, medio tísico, se pegaba á los canteros, y como no hay pobre que no pueda socorrer á otro, le daban corruscos de pan de maíz, restos de su frugal comida. Carracha padecía hambre crónica; para pedir limosna alegaba males del corazón, mil alifafes, pero su verdadera enfermedad, el origen de su consunción, era el no comer, el haber carecid o de sustento desde la lactancia, pues estaba «seca» su madre… La cocinera de ios señores no quería a Carracha de puertas adentro, en razón de que una vez faltó una cuchara de plata, coincidiendo con haber dado al mendigo sopas en escudilla de barro y con cuchara de palo. Carracha quedó excluido; ni en ocasión tan señalada había indulgencia para él. Se le obscureció el semblante demacrado, lo mismo que si lo envolviesen en negro tul. ¡No ver el comidón! Sólo con verlo, sin catarlo, imaginaba que se le calentaría la panza floja y huera. . La cuadrilla, con alegre egoísmo, reía de la decepción del infeliz, y, á empellones, se precipitaba adentro, á aquel paraíso de la cocina… ¡Pues lo que es él, Carracha, no se movía de allí! Y se quedó fuera, hecho un can humilde… A las siete en punto sacaban, humeantes, las grandes tazas de caldo de pote, y el señor se aparecía un momento, risueño, longánimo.
«A comer, muchachos, a rebañarme bien esas tarteras; que no quede piltrafa; dénles cuánto necesiten… ¡Que nada les falte!» Desapareció, «para que comiesen con más libertad» y empezó el cuchareo, alrededor de la larga mesa de nogal bruñido por el uso. ¡Vaya un caldo, amigos, vaya un caldo de chupeta! Caldo lo comían diariamente los canteros: constituía su alimentación; pero era un agua chirle, unas patatas y unas berzas cocidas sin chiste ni gracia. Por real y medio diario de hospedaje, ¿qué manutención se le da á un cristiano, vamos á ver?
A este caldo no le faltaba requisito: su grasa, sus chorizos, su rabo, sus tajadas de carne… Y al elevar la cuchara á la boca, los canteros se estremecían de beatitud. Sólo en Nadal, y allá por Antruejo, y el día de la fiesta de la parroquia, les tocaba un caldo algo sabroso, ¿pero como este? ¡Los guisados de los señores tienen un sainete particular!—Cada cual despachó su tazón; muchos pidieron el segundo. Que viniese después gloria. No sería mejor que aquel caldo.—Y Matías, chistoso como siempre (¡condenado de Matías!) anunció á voz en cuello, jactándose:
—Yo, de cuanto venga, he de arrear tres raciones. Lo que coman tres, ¿oís? cómolo yo. 
— No eres hombre para eso —observó flemáticamente Eiroa, el viejo asentador de piedra, siempre esquinado con Matías.
Y este, que acababa de echarse al coleto dos cacillos de vino seguidos, respondió con chunga y sorna:
—¿Que no soy hombre? Pues aventura algo tú… Aventúrame siquiera un peso de los que llevas en la faja.
Hubo una explosión de carcajadas, porque la avaricia de Eiroa era proverbial; ¡jamás pagaba aquel roña un vasol Pero el asentador, echando á Matías una mirada de través, replicó, con igual tono sardónico:
—Bueno, pues se aventura¡retoño! Un peso te ganas ó un peso me gano. ¡Recacho, Dios!
¡Cerrada la apuesta! Los canteros patearon de satisfacción. ¡Cómo iban á divertirse! Eiroa, sin perder bocado, con la ojeada que tenía para notar si las piedras iban bien «de nivel»— se dedicó á vigilar á Matías. ¡No valen trampas!—Sí; en trampas estaba pensando Matías. A manera de corcel que siente el acicate, su estómago respondía al reto, abriéndose de par en par, acogiendo con fruición el delicioso lastre. Después de las tres tazas de caldo con tajada y otros apéndices, cayeron tres platos de bacalao á la vizcaína, de lamerse los dedos, según estaba blando, sin raspas, nadando en aceite, con el gustillo picón de los pimientos. Luego despojos de cerdo con habas «de manteca» y en pos la paella, ó lo que fuese: un arroz en punto, lleno de tropezones de tocino, que alternaban con otros de ternera frita; y los estipulados tres platos llenísimos, á «cogulo», fueron pasando —ya lentamente– por el tragadero de Matías. Sorbos continuos del rico tinto del Borde le ayudaban en la faena. Empezaba a sentir un profundo deseo de que el lance de la apuesta parase allí, de que no sirviese la cocinera más platos. La algazara de los compañeros le aviso: aparecía un nuevo manjar, tremendo, unas orondas rubias, majestuosas empanadas de sardina. A Matías le pareció que eran piedras sillares, y que sentía su peso en mitad del pecho, oprimiéndole, deshaciéndole las costillas. Una ojeada burlona del asentador le devolvió ánimos. ¡Aunque reventara! Y, fanfarroneando pidió, media empanada para sí. Mejor media ración.
–¡Media empanada! —un murmurio de asombro, halagador para su vanidad, corrió por la mesa. 
La cocinera reía, mirando con babosa ternura á aquel guapo muchacho de tan buen diente Y le partió la empanada, dejándole el trozo mayor. Principio á engullir despacio, auxiliándose con el tinto. Masticaba poderosamente, y la indigesta pasta descendía, descendía, revuelta con el craso y plateado cuerpo de las sardinas, con el encebollado y el tomate del pebre. Le dolían las mandíbulas, y hubo un momento en que lanzó un suspiro hondo, afanoso, y paseó por la cocina una mirada suplicante, de extravío. Eiroa soltó una pulla.
–¡No es hombre quien más lo parece!
—¡Recacho! ¡Eso quisieras! ¡Se gana el peso!
Y el cantero, con esfuerzo heroico, supremo, pasó el último bocado de empanada y tendió
el plato para que se lo llenasen de lo que á la empanada seguía: el arroz con leche y canela, al cual acompañaban unas tortas de huevo y miel, tan infladas, que metían susto… A la vez que los postres sirvióse el aguardiente, una «caña» de Cuba, especial. ¡Qué regodeo, qué fiesta, qué multiplicidad de sensaciones voluptuosas, refinadas! La cuadrilla estaba en el quinto cielo; perdido ya del todo el respeto á la cocina de los señores, hablaban á gritos, reían, comentaban la colosal apuesta. El desfallecimiento de Matías era visible. ¿A que no colaban los tres platazos de arroz? ¡Bah! ¡A fuerza de caña! El cantero, moviendo la cabeza abotargada, hacía señas de que sí, de que colarían, y pasaba cucharadas, dolorosamente, como quien pasa un vomitivo.
Allá fuera, Carracha, el excluido, se pegaba á la pared, á fin de percibir olores, escuchar
ruidos, participar con la exaltada imaginación del hartazgo. Sus narices se dilataban, sus fauces se colmaban de saliva. ¡Qué no diera él por verse á la vera del fogón! ¡Y cuánto duraba la comilona! Matías le había prometido traerle algo, la prueba, en un puchero… ¿Se acordaría?…
A todo esto el agua menuda de antes, el frío «orvallo», iba convirtiéndose en lluvia seria, y el hambrón sentía sus miembros entumecidos y bajo sus piés unas suelas de plomo helado. Temblaba, pero no se iba, ¡quiá! El mastín de guarda le ladró dos ó tres veces, enseñándole los dientes agudos, pero le conocía desde antes de aquello de la cuchara, y el ladrido fué sólo una especie de fórmula, cumplimiento de un deber.
¡Atención! ¿Qué clamor se alzaba de la cocina? ¿Reñían acaso? ¿Una desgracia? El hambriento vio que la puerta se abría con ímpetu y salían disparados dos de la cuadrilla, hechos unos locos. ¡El médico! ¡El médico!… dijeron al pasar… Carracha notó que la puerta no se cerraba, y con su timidez canina, haciéndose el chiquito, se coló dentro, mascando el aire espeso, saturado de emanaciones de guisos sustanciosos y bebidas fuertes. Nadie le hizo caso. Rodeaban á Matías; le habían arrancado la chaqueta, desabrochado la camisa; le echaban agua por la cara, y su pelo negro, empapado, se pegaba al rostro violáceo por la fulminante congestión. Y el cantero no volvía en sí… ni volvió nunca. Según el médico, que llegó dos horas después —vivía á legua y media de allí– de la congestión podría salvársele, pero había sido lo peor que al hincharse los alimentos, el estómago de Matías se abrió y se rajó, como un saco más lleno que su cabida máxima…
—El Señor nos dé una muerte tan dichosa —repetía Carracha, sinceramente, pasándose la lengua por los labios y recordando el hartazgo que gozó en un rincón, mientras todo el mundo se ocupaba de Matías.
1. ANÁLISIS
1) Resumen
En un entorno rural gallego, una cuadrilla de obreros de la construcción, a finales del siglo XIX, acaba su faena porque oscurece. En invierno atienden a sus casas, algunas tierras, animales y familia; en verano, se dedican a la construcción.  Justo ese día han acabado la obra mayor de la construcción, una casa de habitantes. Colocan arriba un ramo, símbolo del remate de la estructura; esa rama de laurel en gallego se llama “xeste”. La corta y coloca el obrero más osado y cabecilla del grupo, Matías. Todos están contentos porque el patrón, un señor rural, generoso (no como los de la ciudad, tacaños y avaros), los invita a una cena muy abundante, pantagruélica. Matías apuesta un peso con Eiroa, el asentador de piedras, que es capaz de comer tres raciones de cada plato. Los suculentos y sabrosos platos se suceden. Matías no puede más, pero con la ayuda del vino, va comiendo según lo apostado. Fuera espera Carracha, un joven esmirriado y disminuido, que utilizan como recadero; pasa mucha hambre, incluso desde su nacimiento, pues su madre apenas lo puede alimentar. No lo dejan pasar, pues no forma parte de la cuadrilla. De pronto, dos miembros de la cuadrilla salen disparados a buscar al médico, pues Matias se encuentra mal. Carracha entra disimuladamente y se pone a comer a dos carrillos, sin que nadie se percate, pues todos están atentos a la salud de Matías. Llega el médico unas horas después, pero no puede hacer nada por la vida del obrero: ha muerto de indigestión y reventado por los gases de tanto alimento ingerido en tan poco tiempo. Entre dientes, Carracha desearía para sí una muerte “tan dichosa” como la de Matías, por hartazgo. Él ciertamente, no sabe lo que es eso justo hasta ese día.
2) Temas del cuento
Los temas más importantes de El xeste son:
– La brutalidad y cabezonería de la gente embrutecida, sin cultura, conduce a la muerte por una apuesta absurda.
– Lo que debía ser motivo de felicidad se transforma en tragedia por una apuesta exagerada y temeraria: comer el triple de los demás. 
– Lo que para unos es desgracia, para otros, como Carracha, es suerte. Es la paradoja del hambriento.
3) Apartados temáticos 
Este cuento presenta una disposición clásica; se atiene a una lógica temporal de avance cronológico sucesivo. No presenta una división en secciones, dada su brevedad; se puede distinguir una rápida introducción (el primer párrafo), un desarrollo algo más lento, en el que plantea el nudo o médula narrativa, y un desenlace o final muy breve (los dos últimos párrafos, en el que el último es la intervención, a media voz, de Carracha), en el que la paradoja y la sorpresa asalta al lector: de felicidad también se muere, e incluso puede ser deseable.  
4) Personajes
Existe un doble protagonista, Matías, el obrero algo fanfarrón y atrevido, que se las da de más osado y capaz que el resto de sus compañeros, y Carracha, justo lo contrario; es un joven esmirriado, sin apenas vigor, despreciado por todos. El primero muere por fanfarrón y estúpido, el segundo desearía también esa muerte, pues ha pasado mucha hambre a lo largo de su vida (este mensaje irónico es nuclear en el texto; la necesidad empuja a la autodestrucción). El resto solo hacen de acompañamiento, pero tienen su relevancia. Jalean a Matías, mostrando cierto respeto; buscan diversión, a sabiendas del riesgo para la salud de su compañero, donde vemos su simpleza. Buscan al médico cuando se pone malo, señal de que lo aprecian. 
5) Lugar y tiempo narrativos
La acción se desarrolla en un entorno rural, claramente gallego. El tipo de comida, el modo de hablar, las expresiones interjectivas como muletillas, etc. remiten a un entorno gallego. Es un cuento que comienza en el exterior y acaba en el interior, en la cena abundante regalada por el señor rural, propietario de la casa en construcción. El juego entre el exterior y el interior es muy bonito e interesante: los que comen están dentro; Carracha, el desahuciado, fuera, con el perro, pasando frío y hambre.
El xeste se publicó en 1907; podemos deducir que Pardo Bazán la escribió ese mismo año o en los años previos. La acción narrativa se sitúa en el mismo tiempo que el de la creación: finales del siglo XIX y principios del siglo XX. La acción dura unas horas, pocas, lo que dura un banquete rural. Existe una analepsis en la que se cuenta la vida de Carracha. El resto del tiempo, muy condensado, va creando una sensación de agobio y angustia que desemboca en la tragedia final. 
6) Figura del narrador
La materia narrativa está contada por un narrador omnisciente, externo, bastante objetivo y en tercera persona. Se deja ver un poco cuando explica la vida del obrero de la construcción rural, distinto al urbano. Por lo demás, mantiene una objetividad irónica ejemplar. En general, focaliza a través de Matías; al final, sin embargo, “ve” a través de Carracha, para aumentar el factor sorpresa. Renuncia, por momentos, a una visión total.
Al fondo, se percibe claramente a la autora real, Pardo Bazán, detrás de ese narrador que suavemente introduce juicios valorativos, de orden moral: el comedimiento es necesario incluso en el disfrute.
7) Notas estilísticas
Pardo Bazán es una magnífica escritora realista; nos ha dejado memorables novelas y cuentos, como este que ahora comentamos, compuesto bajo el marco estilístico del cuento literario realista. La mirada narrativa y autorial no es exactamente objetiva y distante, sino teñida de cierta lección moral y social. 
Las descripciones son minuciosas y exactas, reflejo de su realismo observador. Las narraciones se atienen a una expresividad que busca la penetración psicológica y la ejemplificación. El dominio de la lengua castellana es altísimo. Se manifiesta muy bien en el empleo de un léxico variado, preciso y adecuado, tanto del registro formal , como del informal. Coloquialismos y vulgarismos, en boca de los humildes, salpican la narración.
El manejo de los recursos estilísticos también es muy afortunado. Metáforas, símiles, antítesis, sinestesias, personificaciones, bimembraciones y otros recursos aparecen con frecuencia, aportando belleza, potencia de imágenes y un significado más hondo del texto, mucho más allá de la anécdota narrativa. 
8) Contextualización
Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 1851 – Madrid, 1921) es una de las más significadas escritoras realistas españolas. Tras una fase de aprendizaje, asumió pronto las tesis artísticas del realismo; introdujo y divulgó el debate sobre el naturalismo (defendido en Francia por el novelista Émile Zola). El determinismo biológico y el peso de la herencia y del medio sobre el destino de las personas es uno de los pilares de este movimiento, también propenso a fijarse en los individuos más sórdidos y miserables de la sociedad; no ahorran en sus relatos las acciones más escabrosas y miserables del ser humano. Provocó controversia en toda Europa y muchos detractores lo atacaban. Pardo Bazán propugnaba un naturalismo español, heredero de la novela picaresca y de Cervantes; introducía una visión más humana y compasiva. El relato de las maldades se frena e insinúa más que explicita.
Nuestra escritora asumió y defendió con ardor en público las tesis de la defensa de los derechos de la mujer. Contribuyó eficazmente al reconocimiento de la aportación de las féminas a la sociedad, lo que es un aspecto muy importante. Escribió novelas, cuentos, artículos periodísticos, ensayos, etc. Sus obras completas suponen muchos tomos de buena literatura, seguramente no suficientemente reconocida.
Escribió, entre otros muchos textos importantes, tres novelas de gran calidad: La tribuna (1883), Los pazos de Ulloa (1886-1887) y La madre naturaleza (1887), continuación de la anterior. En ellas se manifiestan muy bien sus ideas sobre la novela y la sociedad, innovadoras y críticas, respectivamente. En los ensayos que componen La cuestión palpitante (1883) plantea, analiza y reflexiona sobre el realismo y el naturalismo en literatura y su acomodación en España. Creó gran controversia y le proporcionó fama, además de contribuir a la renovación de las letras españolas. También compuso cuentos de gran calidad y hondura, como “El fondo del alma”, unos de los mejores textos cortos del realismo español. Este texto que ahora comentamos “El xeste”, muestra a las claras una impresionante perfección y hermosura; revelan una novelista muy bien dotada; es un buen ejemplo de su calidad literaria, realmente elevada.
9) Interpretación y valoración
“El xeste” es un magnífico y delicioso cuento literario realista; no ha perdido un ápice de su actualidad e interés desde su publicación. El argumento es bastante original y distinto, dentro del molde del cuento realista. Aborda un asunto capital, vigente hoy como entonces: la fanfarronería desenfrenada e irreflexiva conduce a la muerte. Aboga por una moderación inteligente, sin dejarse llevar por bajas pasiones, como la gula o la vanagloria.
El cuento no es nunca una narración ñoña o insustancial. La sabia disposición de la materia reserva una sorpresa final enorme. Incluso en las celebraciones más rudas conviene mantener la prudencia para no autodestruirse, aunque Carracha, en su persistente desgracia, esté dispuesto a correr la misma suerte que el protagonista, e incluso parece que la busca comiendo a dos carrillos, sin moderación; es la única vez que ha podido hacerlo en su vida.
Pardo Bazán realiza un dibujo certero y verosímil del mundo rural, muy clasista y con muchas necesidades materiales, intelectuales y morales. Plantea un argumento coherente, verosímil y bien ambientado. El lector entra en su mundo posible con rapidez y avanza con la lógica interna bien cohesionada y firme en todo momento.  
El conjunto del cuento es una lección de vida; todos, ricos y pobres, cultivados o ignaros, debemos conducirnos por un principio de moderación y sencillez; las baladronadas se pagan caras, como aquí la apuesta de Matías. El estilo ágil, ceñido al detalle verosímil y la narración certera, contribuye también a la consecución de un cuento realmente magnífico. Sin duda, debe figurar entre lo mejor del cuento realista español. Una pequeña joya, lamentablemente desconocida para el público general.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Las siguientes actividades se pueden realizar de modo individual o en grupo; de manera oral o escrita; en clase o en casa; utilizando medios tradicionales o recursos TIC, según las circunstancias lo aconsejen).
2.1. Comprensión lectora 
1) Resume el contenido de la novela (150 palabras, aproximadamente). 
2) Señala su tema principal y los secundarios. 
3) Delimita los apartados temáticos, atendiendo a las modulaciones de sentido. 
4) Analiza los personajes, tanto ricos como pobres.
5) ¿Qué tono tiene la novela: positivo, optimista, esperanzado, o todo lo contrario? 
6) Señala el lugar y el tiempo en el que transcurre la acción narrativa. 
7) Observa y señala las características del narrador.
8) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado. 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Qué tipo de vida lleva Matias? ¿Es feliz? ¿Por qué? 
2) Analiza los rasgos de Eiroa y de Carracha. ¿Es una existencia fácil y regalada?
3) ¿Por qué sabemos que la acción ocurre en un entorno gallego y rural? Fíjate en los nombres de los lugares y de las personas para contestar correctamente. 
4) ¿Cómo se aprecia en el texto la importancia de la moderación? ¿Cómo se relaciona con la vanagloria? 
5) ¿Por qué este cuento es una reflexión sobre las ventajas del comedimiento? 
6) ¿Qué significación se desprende del personaje de Carracha?  
2.3. Fomento de la creatividad
1) Elabora un texto literario, en prosa, en verso, o en forma dramática que exprese los efectos sobre alguien de una excesiva vanagloria. Acaso alguien intente exhibir unas capacidades absurdas o exageradas ante los demás. Puedes utilizar el formato del cuento realista, como ha realizado Pardo Bazán.
2) Imagina y transcribe una conversación o plática entre la clase y la novelista Emilia Pardo Bazán a propósito de su cuento y de su vida. 
3) Realiza una exposición sobre Emilia Pardo Bazán, su narrativa y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc. 
4) Aporta o crea imágenes de momentos donde se aprecie los efectos negativos de la fanfarronería y la fatuidad. Puedes colocar a un individuo pobre en una situación donde se aprecie las consecuencias de una conducta exagerada, aparatosa y, al mismo tiempo, absurda, siguiendo el ejemplo de Pardo Bazán con el protagonista Matias.
2.4. Comentario de texto específico
Se puede realizar un comentario de texto de un fragmento del cuento conforme a la plantilla de exégesis textual que se ofrece a continuación.
ACTIVIDADES DEL COMENTARIO DE TEXTO O EXÉGESIS TEXTUAL
1) Resume el texto recogiendo su contenido esencial (100 palabras aprox., equivalentes a 10 líneas); 2) Indica los temas tratados en breves enunciados sintéticos; 3) Señala los apartados temáticos o secciones de contenido; 4) Localiza el lugar y tiempo en el que transcurre la acción (no en poesía lírica); 5) Analiza la figura del narrador (no en poesía lírica, donde aparece un sujeto lírico), ni en teatro; 6) Describe los personajes (no en poesía lírica); 7) Analiza la métrica, la rima y señala la estrofa empleada (solo en poesía o teatro en verso); 8) Analiza cómo los recursos estilísticos crean significado (12, mínimo); 9) Contextualiza al autor y su obra según su entorno social, histórico, cultural y personal; 8) Interpreta y discierne la intención y sentido del texto; 9) Valora personalmente tu apreciación lectora; 10) Transforma el texto con un lenguaje y en un contexto actual manteniendo su esencia, o escribe un texto literario inspirado en el original (optativo).

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