Emilia Pardo Bazán: «El príncipe Amado»; texto, análisis y propuesta didáctica

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Pardo Bazán – “El príncipe Amado” (1879)
I
El rey Bonoso y la reina Serafina gobernaban pacíficamente, hacía veinte años largos de talle, uno de los reinos más fértiles y ricos del continente Oceánido, que se llamaba el reino de Colmania. No aconsejo a los lectores, si estudian Geografía, que se molesten en buscar en mapa ni en atlas alguno este reino y este continente, porque hace tantos siglos que ocurrió lo que voy contando que, o mudarían de nombre aquellas regiones, o se las tragaría el mar, como aseguran que sucedió con otra muy grande que nombran Atlántida.
Pues, como digo, los vasallos del rey Bonoso eran muchos y vivían felices, porque el rey y la reina tenían el genio más dulce y la pasta mejor del mundo, y ni los agobiaban a contribuciones ni perdonaban medio de prodigarles beneficios. Colmania gozaba de un clima igual y templado, y era abundante en trigo, en vino, en toda clase de productos agrícolas, con lo cual los colmanienses no tenían que temer la miseria, y andaban alegres como unas Pascuas por aquellas ciudades y aquellos campos, cantando cada villancico y cada seguidilla que daba gusto.
Pero como no hay felicidad perfecta en este pícaro mundo, el rey Bonoso y la reina Serafina estaban de cuando en cuando tristes y de mal humor, y entonces el rey se ponía también compungido para acompañar en sus pesares a los buenos reyes. El motivo de la pena de éstos era que nos les había concedido Dios hijo alguno, y cada vez que la reina Serafina pasaba por delante de una cabaña y veía a la puerta jugar muchos niños descalzos, risueños y frescos, se le saltaban de envidia unos lagrimones como puños. No es posible contar las ofertas y rogativas que hizo la pobre reina para que el cielo le enviase una criatura que alegrase el palacio y fuese heredera del trono de Colmania; pero ya hacía veinte años que la reina pedía y la criatura no acababa de llegar. Los súbditos también deseaban mucho que viniese el heredero, porque temían que si los reyes Bonoso y Serafina morían sin tener hijos, el rey de un país vecino, que se llamaba el país de Malaterra, se empeñase en conquistar a Colmania, lo que haría sin duda alguna, porque era un rey muy emprendedor y ambicioso y muy aficionado a dar batallas. Así es que los habitantes de Colmania se morían porque a la reina Serafina le naciese un príncipe; y como a este príncipe le querían tanto aun antes que existiese, hablaban de él cual de una persona real y efectiva, y le pusieron el nombre de Príncipe Amado.
Un día, estando la reina Serafina solazándose en sus jardines y echando pan a los pececillos colorados que nadaban en el tazón de mármol de una fuente, sintió mucho sueño y pesadez en los párpados, y sin poder resistir al deseo de descabezar la siesta, se reclinó en un banco de césped cubierto con un toldo de jazmines, y se quedó dormida en un abrir y cerrar de ojos. Cuando estaba en lo mejor del sueño sintió que la tocaban en un hombro, alzó la vista y vio ante sí una dama muy linda, vestida con un traje de color extraño, que no era blanco ni azul, sino una mezcla de las dos cosas, algo parecida al matiz especial que tiene la luz de la luna. En la mano derecha llevaba una varita de plata, y la reina, que no era lerda, conoció por la varita que era un hada o maga benéfica aquella señora. La cual, con una vocecita de miel, dijo inmediatamente:
–Yo soy el hada del Deseo cumplido, y vengo a causarte gran alegría. Yo bajo rara vez de las cimas de mis hermosas montañas para visitar a los mortales; pero cuando éstos me envían allá tantos y tantos deseos juntos, no puedo resistir y los cumplo casi siempre. Los deseos de tus vasallos, de tu esposo y tuyos me están molestando continuamente: voy a ver si, cumpliéndolos, me dejáis en paz.
Y como la reina escuchase con la boca abierta, el hada extendió la varita y añadió:
–Tendrás un hijo.
Y se fue tan ligera, que la reina no pudo comprender por dónde. Excusado es decir lo contenta que quedó la reina Serafina con la promesa del hada, y mucho más cuando vio que salía cierta, y que le nacía un hijo varón, robusto como un pino y hermoso como el sol mismo. Las fiestas y regocijos que por tal acontecimiento celebró el reino de Colmania no pueden escribirse en veinte volúmenes. Baste decir que en las plazas públicas de las ciudades se pusieron unas fuentes de cinco caños de oro purísimo, y por un caño manaba vino generoso, por otro, leche azucarada, por otro, rubia miel; por los dos restantes, agua de olor y licor de guindas. De estas fuentes podía beber todo el mundo, y llenar jarros y barriles para llevárselos a su casa. Pero la diversión que más gustó a los colmanienses fueron unas luminarias monstruosas que se colocaron con gran dispendio en la cumbre de los altos montes, y que trazaban en letras de fuego los nombres de Bonoso y Serafina. Hasta en la superficie del mar se pusieron tales luminarias, valiéndose para ello de muchos barcos, que cada uno iba envuelto en un globo de luz de distinto color, y que se situaron de manera que dibujasen sobre las aguas tranquilas una gigantesca B y una S enorme. Pero ¿quién me mete a mí en narrar tales fiestas? No acabaría el año que viene. Dejémoslas, y vayamos a la alcoba de la reina Serafina, en donde se halla la cuna de marfil, incrustada en esmeraldas, del pequeño Amado (porque por unanimidad se dio al recién nacido este nombre). En aquel instante acababan de salir de la alcoba todos los ministros, títulos, generales, altos funcionarios y notabilidades de Colmania, que habían venido a cumplir la etiqueta besando respetuosamente la manecita que Amado, dormido como un santo, dejaba asomar por entre los ricos encajes de la sábana. Cuando desapareció en el umbral de la puerta el último faldón de frac bordado y el último uniforme, el rey Bonoso y la reina Serafina se dieron un abrazo para desahogar el júbilo, que no les cabía en el pellejo. Estaban así abrazados y llorando como unos bobos, cuando he aquí que de pronto se les presenta el hada del Deseo cumplido. Venía más guapa que nunca: su traje brillaba como la luna misma, y el pelo suelto y negrísimo flotaba por sus hombros y caía hasta sus pies; en la cabeza lucía una corona de estrellitas que no están quietas sino que temblaban, temblaban como tiemblan de noche las estrellas en el cielo. El rey Bonoso iba a hincarse de rodillas ante el hada, pues no ignoraba que le debía su dicha; pero el hada extendiendo la varita sobre la cuna, le dijo:
–Rey de Colmania, por aumento de bienes voy a dar a tu hijo hermosura, inteligencia y buen carácter, ahora a ti te toca educarle de manera que sea feliz.
Y el hada, bajándose, besó tres veces suavemente al príncipe en los ojos, en la frente y en el corazón. No se despertó el niño, y el hada desapareció otra vez de la vista del rey y de la reina.
Quedáronse los reyes medio atortolados, gozosos con los dones que el hada otorgara al niño, pero cavilando en aquello de educarle de manera que fuese feliz. El hada lo había dicho con un tono solemne que daba en qué pensar, y los reyes, que un momento antes no se acordaban sino de mimar a Amadito y comérselo a besos, ahora se quebraban la cabeza discurriendo métodos de educación.
El rey Bonoso, que no tenía la vanidad de creerse más ilustrado que todo el reino junto, abrió inmediatamente un concurso ofreciendo premios a los autores que más a fondo tratasen y mejor resolviesen la cuestión de cómo se debe educar a un niño para que sea feliz. Emborronáronse con tal motivo más de 8.000 resmas de papel, y se imprimieron arriba de 24.800 Memorias, llenas de preceptos higiénicos y de sistemas muy eruditos, muy elegantes, pero que no sacaron de dudas al rey. Éste convocó entonces a todos los sabios de Colmania y los reunió en su palacio a fin de que discutiesen y ventilasen el punto, prometiéndose atenerse a las decisiones de tan docta Asamblea. Allí se juntaron sabios de todos colores y clases: unos, sucios, vestidos de andrajos y con luengas barbas; otros, afeitados, peinaditos y con quevedos de oro, unos, viejos, amarillos, sin dientes, que todo lo hallaban difícil y malo; otros, jóvenes, petulantes, que para todo encontraban salida y respuesta. Abierto el debate sobre la educación del príncipe Amado, se emitieron los pareceres más diferentes: unos opinaban que, para hacerle feliz, convenía enseñar al príncipe a mandar desde la niñez, con lo cual no le pesaría más tarde la corona en las sienes; otros, que era preciso adiestrarle en las armas para que adquiriese renombre de invencible, y hasta hubo un sabio que propuso que, para la dicha del príncipe, lo mejor era estrellarle la cabeza contra un muro, pues, no teniendo pecados, se iría de patitas a la gloria; por cuyo dictamen la reina Serafina, mandó que sus criados arrojasen al sabio por las escaleras a empellones. En suma, el rey no sacaba más en limpio del congreso de sabios que de las Memorias del concurso, y entonces resolvió tentar el extremo opuesto, es decir, llamar a una porción de mujeres sencillas del pueblo y consultarlas acerca del caso. Esta vez no hubo discordia; todas las mujeres opinaron que la felicidad consistía en poseer cuanto se deseaba, sin restricción de ninguna especie, y que, por consiguiente, el modo de hacer dichoso al principito era cumplirle todos, todos los gustos, y bailarle el agua delante. El consejo satisfizo por completo al rey Bonoso, que estaba muerto por mimar a su hijo; a la reina, que ya lo mimaba desde que nació; a las damas, pajes y servicio de Palacio, que andaban bobos con las gracias del chiquitín, y a todos los colmanienses, que idolatraban en su príncipe Amado. Arreglada así la cosa, nadie volvió a acordarse de la advertencia del hada, y todo el mundo se entregó al placer de adivinarle los antojos al recién nacido, que pocos tenía aún.
II
Creció Amado en medio del cariño universal, y sus juegos y sus ocurrencias traían embelesado el reino entero. Por supuesto que, consecuentes con el programa de educación que adoptaron, sus padres prevenían los más mínimos caprichos del heredero; y si en la época de la lactancia no le dieron dos amas en vez de una, fue porque los médicos de Palacio declararon que tal exceso podría comprometer su salud. No bien el príncipe comenzó a interesarse por los objetos exteriores, le pusieron entre las manos cuanto señalaba con su dedito; y como llega una edad en que los niños quieren tocar todo, no hay que decir las preciosidades que hizo añicos, sin saberlo, el príncipe. En sólo una mañana destrozó la colección más rica de porcelanas y esmaltes que poseía Colmania, y que se guardaba en el museo de los reyes como tesoro artístico inestimable. También tuvo el placer de reducir a fragmentos unos abanicos delicadísimos de nácar y marfil, regalo de boda que estimaba mucho la reina Serafina, y unas sabonetas muy curiosas que el rey Bonoso se entretenía en arreglar y poner en hora diariamente; sin hablar de las flores exóticas que arrancó en el invernadero, ni de los libros raros y únicos que rasgó en la biblioteca. Al empezar la época de los juguetes, ya se comprenderá lo pronto que Amado se aburrió de trompos, pelotas, cuerdas, soldados de plomo, tambores y otras baratijas comunes; todos los días pedía juguetes nuevos y distintos, y he aquí que Colmania se puso en conmoción para idear novedades que distrajesen al príncipe. Llamados de real orden, acudieron a palacio los mecánicos más hábiles, y se dieron a discurrir creando muñecas que hablaban, cantaban y bailaban; bueyes que pacían, borricos que rebuznaban y multitud de artificios semejantes; pero sucedió que Amado hacía ya muecas de desdén a cada invención; y, por último, una noche, habiendo visto la luna, que apacible y majestuosa se reflejaba en un estanque, se empestilló en pedir aquel juguete, que le gustaba más que todos. Al verle patear y llorar, el rey Bonoso se puso casi de rodillas ante el mejor mecánico, rogándole que, por Dios, hiciese una luna falsa para aplacar a Amado con ella. El mecánico labró un lindo disco de plata muy reluciente, y haciendo como que se inclinaba al estanque para recogerlo, lo entregó al príncipe. Pero éste, según la promesa del hada, no tenía pelo de tonto, siguió gimiendo y asegurando que aquella luna era de mentirijillas y que no alumbraba como la otra. En semejante ocasión es fama que el mecánico, anticipándose mucho a los adelantos de la ciencia moderna, descubrió una aplicación de la luz eléctrica por medio de la cual logró que el disco esparciese una claridad suave como la de la luna, y contentó a Amado, haciéndole creer que poseía realmente el astro nocturno.
Pisando así sobre rosas, y viendo prevenidos sus deseos más leves, fue el príncipe haciéndose, de párvulo, niño, y de niño, mancebo, y cumpliendo los dieciocho años sin haber aprendido cosa de provecho; porque, es claro, como su primer movimiento fue negarse a trabajar y a estudiar, nadie soñó en insistir ni en molestarle. Por otra parte, su buena memoria y su natural despejo suplían un tanto a la instrucción que le faltaba; y como era, además de listo, muy guapo, rubio como unas candelas, con unos ojazos azules que daban gloria, toda Colmania consideraba a Amado el más perfecto de los príncipes.
Notábase, eso sí, que Amado tenía el rostro algo descolorido y los bellos ojos algo apagados y tristes, que no mostraba interés por cosa alguna de este mundo, y que después de una temporada en que tuvo gran afición a perros, y después a loros y pájaros, y por último a la caza de cetrería, que se hace con unas aves amaestradas que llaman halcones, el príncipe había caído en absoluta indiferencia, y su hermoso semblante revelaba un aburrimiento invencible. Temiose que su salud se hubiese alterado, y el reino hizo públicas plegarias por su restablecimiento, con tanto más motivo cuando que, hallándose el rey Bonoso muy cascadito y viejo, y la reina Serafina hecha una pasa, nadie dudaba de que presto pondrían ambos el cetro en manos de Amado, retirándose ellos del gobierno y del trono. Y es de advertir que los colmanienses deseaban muchísimo que así sucediese, porque desde hacía algunos años el reino andaba muy mal regido y los vasallos descontentos. El rey y la reina, buenos como siempre, pero embobados con su hijo, descuidaron los asuntos públicos, y un ministro orgulloso y audaz, el conde del Buitre, se hizo dueño del poder, cargando al pueblo de tributos, persiguiendo aquí, encarcelando acullá, y dándose tal maña en derrochar los fondos del erario, que, si en Colmania hubiese papel de tres, de fijo estaría casi tan por los suelos como el de España. Bonoso y Serafina se quejaban, pero no tenían resolución para coger al ministro y castigarle debidamente; y, entre tanto, en Colmania había muchas provincias cuyos habitantes perecían de hambre o se alimentaban con las hierbas y raíces del monte, no queriendo cultivar sus heredades, porque no les producían lo necesario para satisfacer las contribuciones inmensas que exigía el conde del Buitre. De manera que el pueblo, irritado y furioso, maldecía al ministro y hablaba de sublevarse y de arrojarlo por fuerza del poder.
El rey y la reina, aunque no dejaban de afligirse por lo que sabían del mal estado del país, por más que el conde del Buitre se lo ocultaba todo lo posible, pintándoles, al contrario, una situación muy halagüeña, pensaban principalmente en Amado, cuya apacible melancolía empezaba a inquietarlos. Si bien no imaginaban haber omitido nada para hacer a su hijo feliz, tenían barruntos de que no lo era, viéndole pálido y abatido. Consultaron al médico de cámara, el cual recetó una temporada de campo. Los reyes entonces se fueron con el príncipe a un magnífico sitio de recreo que se llamaba Lagoumbroso, y que estaba casi en las fronteras del reino, tocando con el país de Malaterra. Este lugar, que pocas veces visitaban los reyes, era amenísimo y de aspecto singular. Grandes bosques de árboles centenarios, cubiertos de musgo y liquen, rodeaban por todas partes un lago diáfano y sereno, en una de cuyas orillas, y sobre imponentes peñascos, se elevaba el castillo, residencia real; el castillo era ya muy antiguo y de arquitectura grandiosa; sus torres, cercadas de balconcillos calados de granito, se reflejaban en el lago; y la yedra, trepando por los muros, daba graciosísimo aspecto a la azotea, en cuyo borde unas estatuas de mármol, amarillosas ya con la intemperie, se inclinaban para mirarse en el lago también. Era tal la frondosidad de aquel parque, que parecía que jamás el pie humano pisara sus sendas. A Amado le gustó mucho el sitio, y mostró animarse paseando por él y recorriéndolo en todas direcciones, por más que a los pocos días volviese a mostrarse taciturno y alicaído como antes. Una tarde el rey y la reina salieron con Amado, dirigiéndose a un punto muy fragoso del bosque que no conocían aún. El rey Bonoso, aunque sus años y sus achaques no le hacían muy a propósito para sostén de nadie, daba el brazo a Amado porque éste no se fatigara, y detrás iban dos pajes dispuestos a reemplazar al rey y a servir de apoyo al príncipe. Más atrás venía un palafrenero llevando del diestro el caballo favorito de Amado, por si a éste se le ocurría montar, y después seguían lacayos con una silla de manos; otros, con blandos cojines; otros, cargados de refrescos y dulces, todo por si el príncipe experimentaba en la selva ganas de sentarse, o de comer, o de beber, Amado fue despacio y por su pie hasta el sitio marcado, que era un valle en que un torrente, saltando entre dos negras rocas, caía al borde de un prado de fresca y menuda hierba, bañando las raíces de álamos gigantescos que sombreaban la pradería. Ésta convidaba al descanso, y olía a manzanilla, a menta, recreando la vista con las mil flores silvestres y acuáticas que al lado del torrente abrían sus corolas. Amado se quiso tender sobre el tapiz de helechos y ranunclos; pero, por listo que anduvo, ya sus pajes le colocaron en el suelo dos o tres almohadones de terciopelo y seda, en los cuales quedó sentado. Estuvo así un rato sin hablar palabra, hasta que un espectáculo nuevo atrajo su atención. Al otro extremo de la pradería vio a un hombre que con un hacha estaba partiendo las ramas secas que alfombraban el piso, y juntándolas para reunir un haz de leña. Manejaba el hacha con tanto garbo, que Amado no apartaba la vista del leñador.
Amado se levantó y, escurriéndose entre los árboles, logró acercarse sin que el trabajador lo sintiese, y observarle. Era un mancebo de unos veinte años, pero robusto y vigoroso, con músculos de acero que se señalaban en su cuello y brazos a cada golpe del hacha. Su estatura era alta, y su rostro, noble y distinguido; y lo más extraño para Amado fue ver que el pobre leñador llevaba bajo un traje tosco una fina camisa de batista, y que los largos rizos de su cabello castaño oscuro relucían y eran suaves como si estuviesen ungidos de balsámico aceite. Amado salió de la espesura, y, llegándose al leñador, empezó a hacerle mil preguntas, a que éste contestó con respeto, pero sin turbarse. Dijo que se llamaba Ignoto; y como Amado se empeñase en que le había de mostrar su cabaña, el leñador le condujo a una próxima y muy pobre, en que sólo había un cántaro con agua, un banco de madera y tres o cuatro pucheros y escudillas de barro. Amado, que simpatizaba cada vez más con Ignoto, no paró hasta que le hizo comer de los exquisitos manjares y catar los vinos y helados que sus pajes traían, a lo cual se prestó el leñador con muy buen apetito, asegurando que pocas veces gustara tan delicadas golosinas. El rey y la reina se maravillaban de lo divertido que Amado parecía hallarse con el leñador, y propusieron a éste que entrase al servicio del príncipe; pero Ignoto, con gravedad que hizo reír a toda la comitiva, contestó que su clase no le permitía servir a nadie, ni aun al heredero de una corona. Con esto se despidieron y Amado prometió volver al otro día para pasar un rato con el leñador.
Pero aquella noche ocurrió una cosa muy terrible en Colmania. Y fue que el traidor conde del Buitre, sabiendo que el pueblo estaba decidido a aprovechar la ausencia de los reyes para vengarse de él, y conociendo que no podía resistir a la sublevación, porque hasta su misma guardia le quería mal, escribió una carta al rey de Malaterra ofreciéndose a entregarle el reino de Colmania si prometía hacerle a él primer ministro de ambos reinos juntos. El rey de Malaterra, que, como sabemos, era ambicioso y se moría por poseer a Colmania, aceptó en seguida, y a favor de la noche invadió el reino, sorprendiendo a las tropas descuidadas y penetrando en los cuarteles por medio de las llaves que el conde del Buitre poseía. Colmania se rindió por sorpresa, y un destacamento, mandado por el mismo rey de Malaterra, se dirigió al castillo de Lagoumbroso, a prender a los reyes. Sin dificultad lo consiguieron, pero Amado, a quien despertó el tumulto, pudo ocultarse dentro de un jarro enorme que contenía flores artificiales, con tal primor imitadas, que parecían verdaderas. Allí, cubierto de dalias y rosas de trapo, oyó el príncipe pasar a los que le buscaban, y les escuchó decir que, si a los reyes viejos se contentarían con llevarles a Malaterra cautivos, a él era preciso matarle, porque así no había que temer que hoy o mañana reclamase su trono. Cuando los perseguidores se alejaron después de registrar mucho, salió Amado de su escondite y, viendo la ventana abierta y la azotea delante, arrancó un grueso y largo cordón de seda que recogía el cortinaje de su lecho, lo ató al balaustre y se descolgó por él hasta el pie del castillo, desde donde, y como si tuviera alas en los talones, emprendió a correr y no paró hasta la cabaña de Ignoto.
III
Ignoto no estaba en la cabaña; pero hacía luna, la puerta se hallaba franca, y Amado pudo ver el pobre banco del leñador sobre el cual se tumbó muerto de fatiga. Lo que más admiraba a Amado, era que, en medio de tan terrible imprevista catástrofe, con sus padres presos y su reino perdido, no se sentía ni la mitad de fastidiado y triste que otras veces. Estaba rendido, eso sí, pero muy satisfecho, porque al fin, si no es por la destreza y el valor con que supo evadirse, a estas horas se encontraría en la eternidad. Pensando en esto, empezó a apoderarse de él el sueño; y aunque sus huesos, acostumbrados a colchón de pluma de cisne, extrañaban el duro banco de roble, ello es que se quedó dormido como un lirón.
Cuando despertó brillaba el sol, y al pronto no pudo Amado comprender cómo estaba en aquel sitio. Mas fue recordando los sucesos de la noche, y al mismo tiempo notó cierta presión de estómago que significaba hambre. Levántose esperezándose, y como viese en una escudilla unas sopas de leche y pan moreno, les hincó el diente con brío. ¡Qué plato para el príncipe de Colmania, habituado a desdeñar melindrosamente pechugas de faisán con trufas! En aquel momento entró Ignoto, y se mostró muy alegre al ver a Amado. En dos palabras le enteró éste de lo que ocurría y concluyó diciendo:
–Ayer era heredero de una corona, y hoy no tengo ni cama en que dormir. Partiré leña contigo.
–No –respondió Ignoto–, lo primero es que dejes estos alrededores, que son muy peligrosos para ti. Vente conmigo.
Y diciendo y haciendo, Ignoto tomó de la mano a Amado, y juntos se pusieron en camino al través de la selva. Ésta era muy espesa e intrincada, y Amado andaba trabajosamente; cuando llegó la noche, le sangraban los pies. Entonces Ignoto le descalzó los zapatos de raso que aún llevaba el príncipe, y con corteza de olmo le fabricó unas abarcas para que pudiese seguir marchando. Anduvieron muchos días, durante los cuales pudo Amado ver lo dispuesto y ágil que era en todo su compañero. El pobre Amado, criado entre algodones, no sabía saltar un charco, ni cruzar a nado un río, ni trepar a una montaña; en cambio, Ignoto servía para cualquier cosa, era fuerte como un toro, veloz como un gamo, y no cesaba de reírse de la torpeza de Amado, quien, a su vez, renegaba de su inutilidad. No obstante, al fin del viaje iba ya adquiriendo el príncipe algo de la soltura de su compañero; verdad es que estaba moreno como una castaña, y sus bucles rubios, enmarañados y llenos de polvo, parecían una madeja de lino.
Al cabo, un día, al ponerse el sol, divisaron ambos viajeros desde la cima de una colina una gran masa de edificios, o más bien un mar de cúpulas, techos, torres y miradores que, juntos, formaban una vasta ciudad. Amado preguntó a Ignoto el nombre de aquella, al parecer, rica metrópoli, y el leñador contestó:
–La capital de Malaterra.
–¡Cómo! –gritó el príncipe–. ¡Falso guía, así me conduces a meterme en la boca del lobo, en las uñas de mis enemigos!
–Mentira parece –respondió Ignoto– que te quejes cuando te traigo al sitio en que se hallan prisioneros tus padres. ¿No quieres verlos? ¿Quién te ha de reconocer con ese avío?
En efecto, ni sus mismos pajes podrían decir que aquél era el elegante príncipe de Colmania. Roto y destrozado, sin haber tenido en tantos días más espejo que el agua de las fuentes, que, por mucho que se diga, no es tan claro como una luna azogada, Amado parecía un mendigo. Entró, pues, sin temor en la ciudad, que era grande y magnífica. Ignoto, que conocía al dedillo las calles, le llevó por las más retiradas, hasta dar con una tapia enorme que les cerró el paso. Pero Ignoto sacó del bolsillo una llave y abrió una puertecilla medio oculta en el ancho muro. Por ella entraron en un jardín pequeño, pero cultivado con esmero extraordinariamente y cubierto de flores raras y olorosísimas.
–Espérame –dijo Ignoto–; vuelvo presto.
Y se escurrió entre los árboles, mientras Amado se sentaba en un banco para aguardar cómodamente. Media hora tardaría Ignoto, y al cabo de ella volvió acompañado de una mujer, que, a la dudosa claridad nocturna, le pareció a Amado joven y muy bonita. Su traje era sencillo y casi humilde, pero su voz muy dulce y su hablar distinguido.
–Señora –le dijo Ignoto, presentándole a Amado–, aquí tenéis el jardinero que os recomiendo. Es un joven muy honrado, y creo que con el tiempo aprenderá lo que ahora no sabe.
–Bien está –contestó la dama–. Si es así, consiento en tomarle a mi servicio para que cuide del jardín. Ahora, que duerma y descanse; mañana le iré enterando de su obligación.
La joven se retiró, y quedaron solos Ignoto y Amado, explicando aquél a éste que la joven era una señora noble de la ciudad, muy amiga de flores y plantas, y que necesitaba un jardinero, y que era preciso que Amado se resignase a pasar por tal para estar mejor oculto en Malaterra y poder informarse de la suerte de sus padres. Con esto le condujo a un pabelloncito en que había azadas, palas, almocafres y otros útiles de jardinería, y una cama grosera, pero limpia; y despidiéndose de él y ofreciendo volver a verle con frecuencia, le dejó que se entregase a un sueño reparador.
Blanqueaba apenas el alba, cuando sintió Amado que llamaban a su puerta; echose de la cama, se puso aprisa una blusa y un pantalón de lienzo que vio colgados de un clavo, y fue a abrir. Era la dueña del jardín, que lo llamaba para el trabajo. Cogió los chismes el príncipe y la siguió. Todo el día se lo pasaron injertando, podando y traspasando; es decir, estas cosas las hacía la señorita, que se llamaba Florina; ella era la que con mucha maña y actividad enseñaba a Amado, que estaba hecho un papanatas, avergonzado de su ignorancia. Hacia la tarde, Florina le dijo:
-Se me figura que entendéis poco de este oficio; pero sabréis algún otro, eso no lo dudo. ¿Qué sabéis?
Amado se quedó muy confuso, y no acertó a contestar. Quería decir: «Sé extender la mano para que me la besen, y sé hacer cortesías graciosísimas que todos los figurines de mi reino han copiado, y sé…». Pero no se atrevió a responder así, figurándose que Florina no apreciaría bien el mérito de tales habilidades. Ésta, como le vio callado, añadió:
-Sospecho que carecéis completamente de instrucción; procurad, pues, atender a mis pobres lecciones, y siquiera aprenderéis el oficio de jardinero, que es muy bonito, y nunca faltará quien os dé pan para cuidar de los jardines.
En efecto, Florina siguió viniendo todas las mañanas a enseñar a Amado la jardinería. De paso le dio unas nociones de Botánica y Astronomía, y le corrigió las faltas gordas que cometía en la lectura y en la escritura, para que pudiese leer bien los libros que trataban de plantas y flores. Florina vestía con mucha sencillez trajes cortos y lisos para no enredarse en las matas, zapatos flojos para correr y un sombrerillo de paja; pero era tan linda, que Amado la miraba con gusto. Amado no podía consentir en que Florina fuese de la misma especie que las damas de la reina Serafina, que eran las pobrecillas tontas como ánsares, que se pasaban el día abanicándose y murmurando y que lloraban como perdidas cuando el príncipe no les alababa mucho el peinado o el traje. Resultó de estos pensamientos que Amado se enamoró de Florina, y un día se lo dijo, ofreciéndose casarse con ella. Florina contestó echándose a reír; y entonces Amado, muy ofendido porque pensó que Florina le despreciaba por su pobreza, declaró con orgullo que era el heredero del trono de Colmania. Pero Florina siguió riendo, y dijo a Amado:
-¡El trono de Colmania! Ese trono ya no existe; y, aunque fuerais su heredero, habíais de reinar tan mal, que no me lisonjearía nada compartir con vos la corona.
Amado lloró, se afligió; se arrodilló delante de Florina, la cual entonces le dirigió este discurso:
-Si es cierto que sois el príncipe de Colmania, yo os declaro que es una fortuna para vuestros vasallos el que no los gobernéis, siendo, como sois, incapaz todavía de gobernaros a vos mismo. Ahora bien; si queréis, caro príncipe, casaros conmigo, idos por el mundo y no volváis hasta que podáis ofrecerme un pequeño caudal ganado por vos, una flor descubierta por vos, una relación de vuestros viajes escrita por vos. Esta puerta estará siempre abierta, y yo esperándoos siempre aquí. Adiós, buen viaje.
-¿Y mis padres? -contestó Amado-. ¿No os acordáis de mis padres? ¡Tengo que vengarlos! ¡Tengo que libertarlos!
-En cuanto a vengarlos -repuso Florina-, ya lo ha hecho el rey de Malaterra. Después de conceder al conde del Buitre el cargo de primer ministro permitiéndole desempeñarlo por espacio de veinticuatro horas, lo ha encerrado en una jaula, colgándole al cuello la carta en que el conde se ofrece a entregar a traición el reino de Colmania, y así enjaulado lo pasean por Colmania, y en cada aldea los chicos le arrojan lodo y piedras y le silban e insultan. Al rey de Malaterra no le agradan los traidores, aunque se valga de ellos como de un despreciable instrumento. Por lo que toca a libertar a vuestros padres, os advierto que están libres; que viven muy tranquilos en un palacio que les ha concedido el rey de Malaterra; que nadie se mete con ellos, y que yo me encargaré de decirles que su hijo está sano y salvo, y que viaja para completar su educación.
No quiso oír más Amado, y emprendió el camino. Embarcose en el primer puerto de Malaterra como grumete de un navío mercante, y este cuento sería el de nunca acabar si os contase una por una las peripecias que en sus excursiones le sucedieron. Básteos saber que al cabo de algunos años volvió siendo el dueño de un caudalito que había ganado con su trabajo; de una flor preciosa descubierta en unos montes inaccesibles, que en los tiempos modernos ha vuelto a encontrarse y se ha llamado camelia, y de una descripción exactísima de sus viajes, en que se revelaban los muchos conocimientos adquiridos con el estudio y la práctica de la vida. Al regresar a Malaterra supo que el rey había muerto en una batalla y que mandaba su hijo, mancebo muy querido del pueblo, porque, sin ser tan aficionado a guerras como su padre, era valeroso e instruido, y no se desdeñaba de trabajar por sus manos ni de aprender continuamente. Llegó Amado a la capital, y presto encontró abierta la puertecilla del jardín. No dio dos pasos por él sin tropezar a Florina sentada en su banco de costumbre. En un minuto la enteró de cómo volvía, habiendo cumplido las condiciones que ella le impusiera. Entonces Florina le tomó de la mano y, llevándole hasta la verja que dividía su jardín, la abrió y entraron en otro jardín más hermoso y ancho. Anduvieron largo rato por arboledas magníficas, dejando atrás fuentes, estatuas y estanques soberbios, y al fin entraron por el peristilo de un gran palacio, y los guardias que estaban en la escalera se apartaron con respeto, dejando pasar a Florina. Ante una puerta cubierta con rico tapiz de seda y oro estaba un ujier, que, inclinándose, dijo:
–Su majestad espera.
Atónito Amado, iba a preguntar qué era aquello; pero se encontró en una espléndida sala, colgada de terciopelo carmesí y baldosada de mármol rojo y negro, en donde vio sentados a una mesa y jugando al ajedrez a dos viejecitos, en quienes conoció a Bonoso y Serafina. Éstos, al verle, arrojaron un grito, y llorando se fueron a abrazarle. Amado no sabía lo que le pasaba; pero más se admiró cuando vio a un rey joven y hermoso con corona de oro abrirle también los brazos, y pudo reconocer en él a Ignoto, el leñador de la selva. Afortunadamente, las cosas agradables se explican pronto, y así no tardó Amado en enterarse de que Ignoto era el hijo del rey de Malaterra que, disfrazado de leñador, estaba próximo a la frontera para ayudar a su padre en la sorpresa de Lagoumbroso; que había salvado a Amado porque le tomó cariño en aquella tarde en que Amado le vio cortar leña; que después de salvarle había querido instruirle, y para eso le había colocado en aquel jardín donde recibiese las lecciones de Florina; que Florina era hermana de Ignoto, y que, al casarla con Amado, le daba en dote el reino de Colmania. Me parece inútil añadir que con tan felices sucesos Bonoso y Serafina, que estaban ya algo chochitos, lloraban a más y mejor; que Florina y Amado no cabían en sí de gozo, y que todo era júbilo en el palacio. Para colmo de alegría, aquella noche el hada del Deseo cumplido vino a honrar con su presencia una cena ostentosísima y un baile mágico que se celebró en aquellos salones. El hada dijo a Bonoso y Serafina que, aunque habían hecho lo posible por que su hijo fuese infeliz, ella, ayudada del hada de la Necesidad, lograra educarlo algo para la Dicha. Los pobres reyes confesaron que eran unos bobos, y su buena intención hizo que el hada les perdonase, no sin encargarles que, cuando tuviesen nietos, no se mezclasen en su educación, por amor de Dios.
Aquí tenéis cómo el reino de Colmania volvió a ser regido por su legítimo príncipe Amado, a quien tanto querían. Los habitantes de aquel reino no se cansaban de admirar la metamorfosis que había experimentado el príncipe, que salió hecho un rapazuelo encanijado y medio bobo, y que volvía hombre robusto, inteligente y muy capaz de mandar él solo, sin necesidad de recurrir a ministros, que a veces pueden ser tan malos como el conde del Buitre.
1. ANÁLISIS
1) Resumen
La acción se sitúa en un reino fantástico, Colmania, en el continente Oceánido, perdido en lugares ignotos o caso desaparecido, como la Atlántida. Los reyes son Bonoso y Serafina, buenos regidores, atentos y serviciales con sus súbditos, para los que desean. No pueden tener hijos, lo que les apena. Un buen día, aparece el hada del Deseo; a petición de la madre, le anuncia que tendrá un hijo, heredero del reino. El niño nace y lo nombran Príncipe Amado. El hada vuelve a aparecer y le pide a los padres que se encarguen de proporcionar al niño una buena educación, “de manera que sea feliz”; ella, por su parte, lo dota de hermosura, inteligencia y buen carácter. El niño crece en la holganza y el capricho; todo lo que desea se lo dan al instante; sin querer, rompe vajillas y objetos de valor.
Uno de los ministros, el del Buitre, grava a la gente con impuestos, extorsiona y roba a los súbditos impunentemente; los reyes no tienen empuje para pararle los pies. El reino vecino se llama Malaterra; su rey es belicoso y expansivo; siempre piensa en ganar nuevos territorios. Un buen día, Amado, que no es feliz, pues está como triste y apagado, ya en la adolescencia, paseando por un bosque umbroso y frondoso, en Lagoumbroso, cerca de la frontera con Malaterra, se encuentra con un leñador que le cae bien, llamado Ignoto. Es pobre, pero feliz. Los días pasan sin pena ni gloria. De pronto, llegan noticias de que Colmania ha sido invadida por el rey de Malaterra. Amado logra huir, cuando lo persiguen para matarlo. Sus padres caen prisioneros. Amado se dirige a la cabaña de Ignoto, que lo acoge con cariño. Le ayuda a huir; lo lleva a Malaterra y lo deja bajo la protección de Florina, una mujer noble y rica. Esta le enseña a ser jardinero; poco a poco, aprende el oficio. Amado se enamora de ella y se lo dice. Floria le anuncia que para corresponderle ha de hacer cuatro cosas: emprender un viaje, ahorrar algún dinero, descubrir una flor hasta ese momento desconocida y escribir un relato pormenorizado de su viaje. Amado acepta. Tiempo después, regresa con los cuatro retos cumplidos. Florina lo lleva a un palacio y le descubre al rey, que no es otro que Ignoto, pues era el príncipe de Malaterra y había protegido a Amado porque vio en él un buen corazón. Florina es su hermana. Se casa con Amado y la dote es el reinado de Colmania. Le devuelve a sus padres con vida. Le explica su esposa que todo es necesario para que madure y no se malograra como persona. Aparece el hada y le explica que hubo de recurrir al hada de la Necesidad para que Amado alcanzase la Virtud. Perdona a los padres, pero les prohíbe que se entrometan en la educación de los nietos. Amado, “que salió hecho un rapazuelo encanijado y medio bobo, y que volvía hombre robusto, inteligente y muy capaz de mandar él solo” es ahora un hombre feliz.
2) Temas de la novela
Los temas más importantes de El príncipe Amado son:
– La felicidad se alcanza tras un proceso donde los sacrificios y privaciones son necesarios. 
– La posesión de riqueza y todo tipo de bienes no garantizan la virtud ni la dicha, sino más bien todo lo contrario.
– Es necesario pasar por un proceso de maduración personal, existencial y sentimental para comprender los verdaderos valores de la vida humana. El viaje, el ahorro, el descubrimiento de la flor y el relato de sus experiencias: son las cuatro patas de la persona forjada y poseedora de valores morales recios y adecuados.
– La educación de los niños ha de ser flexible y exigente, pues la permisividad traen la infelicidad y la abulia.
3) Apartados temáticos 
Este cuento presenta una disposición clásica; se atiene a una lógica temporal de avance cronológico sucesivo. Posee una división en secciones, que corresponden con los tres bloques de contenido. Por eso, encontramos:
Una introducción (sección I) en la que conocemos a los personajes principales, sus vidas, sus contextos. Amado es un regalo del hada del Deseo a unos reyes buenos y virtuosos. 
Un desarrollo o nudo (sección II) permite avanzar la acción hacia objetivos insospechados y peligrosos para los personajes. Se crea un conflicto personal en el interior de Amado, pues es una persona inútil, sin educación y sin un sentido de la realidad. Al desaparecer su reino, se encuentra desvalido. Solo Ignoto lo salva de perecer, junto con Florina. 
La resolución o final (última sección) es algo más breve. Amado cumple correctamente con sus cuatro cometidos y recibe una inesperada y hermosa recompensa: se casa con su amada, es rey de Colmania y convive con sus padres.
4) Personajes
El protagonista es el Príncipe Amado. Es un chico inteligente y bueno, pero la mala educación lo estropea. Ha de intervenir el hada de los Deseos y pedir ayuda a la de Necesidad para enderezar la situación catastrófica provocada por el permisivismo exagerado de los padres. Que el muchacho es noble lo muestra en que cumple con los cuatro objetivos que le plantea Florina si realmente quiere casarse con ella.
Florina es el segundo personaje más importante. Sabe reconducir la situación con suavidad y astucia, de modo que rescata a Amado de una vida miserable e infeliz. Es una mujer resolutiva y firme que no duda en imponer retos a su novio para hacerle madurar.
El hada del Deseo tiene bastante relevancia en la obra porque es la que obra ciertos prodigios. Sin embargo, no es bobalicona, ni excesivamente condescendiente. Al comprobar que la situación se le va de las manos, pide ayuda al hada de la Necesidad y así el príncipe puede madurar y comprender cómo es el mundo y él mismo.
Ignoto parece un leñador perdido en el bosque, pero en realidad es el auténtico protector de Amado en los momentos más delicados. Tiene buen corazón, a pesar de que padre es violento y malo, y colabora activamente en la reconducción hacia el buen camino de Amado.
Los padres del príncipe, Bonoso y Serafina, son buenos y condescendientes con todos, por eso los súbditos los aman. Sin embargo, su buenismo exagerado los lleva a fallar gravemente en la educación del príncipe. Enmendar una vida regalada, floja, sin principios morales ni desarrollo de habilidades intelectuales o físicas hacen del príncipe Amado un ser inútil e incapaz de desarrollar el papel que le estaba reservado.
El ministro del Buitre es el único antagonista que aparece bien explicitado. Es un tipo avaricioso y malvado que abusa de su poder para acumular riqueza. Su deslealtad pasa a traición cuando facilita la invasión de su reino. Lo paga más adelante, como debe ser.
5) Lugar y tiempo narrativos
La acción se desarrolla en el reino de Colmania, un país feliz que, como dice su nombre, está colmado o lleno de riquezas y bienes para todos; se sitúa en el continente de Oceánido, de localización imprecisa. Es como un reino de Jauja o Utopía, donde todos son felices porque reina el bien y la armonía. Para el mal ya existe el reino de Malaterra; su topónimo ya indica que es una tierra infeliz.
El príncipe Amado se publicó en 1879; podemos deducir que Pardo Bazán la escribió ese mismo año o en los años previos. La acción narrativa se sitúa en un tiempo mítico, borroso, más o menos medieval. La acción dura años, tantos como la vida del príncipe Amado; en conjunto, podemos pensar en veinte o veinticinco años.
6) Figura del narrador
La materia narrativa está contada por un narrador omnisciente, externo, bastante objetivo y en tercera persona. A menudo, se deja ver, sobre todo en los juicios sobre el comportamiento de algún personaje. Se dirige al lector llamándole la atención sobre algún particular de los hechos narrados. De este modo, crea un lazo de complicidad con los lectores. En general, focaliza a través de Amado, aunque la tercera sección es más externo, para aumentar el factor sorpresa. Renuncia, por momentos, a una visión total.
Al fondo, se percibe claramente a la autora real, Pardo Bazán, detrás de ese narrador que suavemente introduce juicios valorativos, de orden moral, u otro, sobre todo a través del hada del Deseo.
7) Notas estilísticas
Pardo Bazán es una magnífica escritora realista; nos ha dejado memorables novelas y cuentos, como este que ahora comentamos, compuesto bajo el marco estilístico del relato infantil tradicional y ancestral. La mirada narrativa y autorial no es exactamente objetiva y distante, sino teñida de cierta lección moral y social. 
Las descripciones son minuciosas y exactas, reflejo de su realismo observador. Las narraciones se atienen a una expresividad que busca la penetración psicológica y la ejemplificación. El dominio de la lengua castellana es altísimo. Se manifiesta muy bien en el empleo de un léxico variado, preciso y adecuado, tanto del registro formal , como del informal. Coloquialismos y vulgarismos, en boca de los humildes, salpican la narración.
El manejo de los recursos estilísticos también es muy afortunado. Metáforas, símiles, antítesis, sinestesias, personificaciones, bimembraciones y otros recursos aparecen con frecuencia, aportando belleza, potencia de imágenes y un significado más hondo del texto, mucho más allá de la anécdota narrativa. 
8) Contextualización
Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 1851 – Madrid, 1921) es una de las más significadas escritoras realistas españolas. Tras una fase de aprendizaje, asumió pronto las tesis artísticas del realismo; introdujo y divulgó el debate sobre el naturalismo (defendido en Francia por el novelista Émile Zola). El determinismo biológico y el peso de la herencia y del medio sobre el destino de las personas es uno de los pilares de este movimiento, también propenso a fijarse en los individuos más sórdidos y miserables de la sociedad; no ahorran en sus relatos las acciones más escabrosas y miserables del ser humano. Provocó controversia en toda Europa y muchos detractores lo atacaban. Pardo Bazán propugnaba un naturalismo español, heredero de la novela picaresca y de Cervantes; introducía una visión más humana y compasiva. El relato de las maldades se frena e insinúa más que explicita.
Nuestra escritora asumió y defendió con ardor en público las tesis de la defensa de los derechos de la mujer. Contribuyó eficazmente al reconocimiento de la aportación de las féminas a la sociedad, lo que es un aspecto muy importante. Escribió novelas, cuentos, artículos periodísticos, ensayos, etc. Sus obras completas suponen muchos tomos de buena literatura, seguramente no suficientemente reconocida.
Escribió, entre otros muchos textos importantes, tres novelas de gran calidad: La tribuna (1883), Los pazos de Ulloa (1886-1887) y La madre naturaleza (1887), continuación de la anterior. En ellas se manifiestan muy bien sus ideas sobre la novela y la sociedad, innovadoras y críticas, respectivamente. En los ensayos que componen La cuestión palpitante (1883) plantea, analiza y reflexiona sobre el realismo y el naturalismo en literatura y su acomodación en España. Creó gran controversia y le proporcionó fama, además de contribuir a la renovación de las letras españolas. También compuso cuentos de gran calidad y hondura, como “El fondo del alma”, unos de los mejores textos cortos del realismo español. Este texto que ahora comentamos es el único cuento infantil que compuso Pardo Bazán. Su impresionante perfección y hermosura revelan una novelista muy bien dotada; es un buen ejemplo de su calidad literaria, realmente elevada.
9) Interpretación y valoración
El príncipe Amado es un magnífico y delicioso cuento infantil; no ha perdido un ápice de su actualidad e interés desde su publicación. El argumento es bastante original y distinto, dentro del molde del cuento de hadas. Aborda un asunto capital, vigente hoy como entonces: la educación de los niños y jóvenes. Aboga por una combinación equilibrada de rigor y flexibilidad, de sacrificio y descanso. 
El cuento no es nunca una narración ñoña o insustancial. La sabia disposición de la materia reserva una sorpresa final enorme. Todos han colaborado en la educación del príncipe, especialmente, quienes más lo quieren: Florina e Ignoto. Los aspectos psicológicos del relato se atienen a los del cuento infantil: están suficientemente desarrollados para lo que importa: la lección de vida y algo de moral que subyace en el texto. Toda educación ha de ser exigente y rigurosa en ciertas dosis, pues de lo contrario el fracaso es estrepitoso; y el niño, la principal víctima. 
Pardo Bazán realiza un dibujo certero y verosímil, hasta donde es posible en un cuento de hadas, de una situación coherente, verosímil y bien ambientada. El lector, infantil o adulto, entra en su mundo posible con rapidez y avanza con la lógica interna bien cohesionada y firme en todo momento.  
El conjunto del cuento es una lección de vida; plantea una reflexión viva y sin tapujos sobre el camino de la buena educación. Los cuatro elementos que Florina le exige a Amado para que madure y aprenda lo que necesita para ser una persona fiable y sólida son muy significativas. Se simbolizan en el viaje, en el ahorro de algo de dinero, el descubrimiento de una flor y en el relato completo de todo ese camino. Como vemos, le solicita acción, reflexión, originalidad y capacidad de comunicación coherente y convincente.  El estilo ágil, ceñido al detalle verosímil y la narración certera, contribuye también a la consecución de un cuento realmente magnífico. Sin duda, debe figurar entre lo mejor del cuento de hadas español. Una pequeña joya, lamentablemente desconocida para el público general.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Las siguientes actividades se pueden realizar de modo individual o en grupo; de manera oral o escrita; en clase o en casa; utilizando medios tradicionales o recursos TIC, según las circunstancias lo aconsejen).
2.1. Comprensión lectora 
1) Resume el contenido de la novela (150 palabras, aproximadamente). 
2) Señala su tema principal y los secundarios. 
3) Delimita los apartados temáticos, atendiendo a las modulaciones de sentido. 
4) Analiza los personajes, tanto ricos como pobres.
5) ¿Qué tono tiene la novela: positivo, optimista, esperanzado, o todo lo contrario? 
6) Señala el lugar y el tiempo en el que transcurre la acción narrativa. 
7) Observa y señala las características del narrador.
8) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado. 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Qué tipo de vida lleva el príncipe Amado? ¿Es feliz? ¿Por qué? 
2) Analiza los rasgos de la personalidad de Bonoso y Serafina. ¿Cumplen con el mandato del hada del Deseo sobre la educación del príncipe?
3) ¿Por qué sabemos que la acción ocurre en un reino fantástico? Fíjate en los nombres de los lugares y de las personas para contestar correctamente. 
4) ¿Cómo se aprecia en el texto la importancia de la educación? ¿Cómo se relaciona con el amor? 
5) ¿Por qué esta novela es una reflexión sobre las ventajas de la buena educación? 
6) ¿Qué significación se desprende del personaje de Ignoto?  
2.3. Fomento de la creatividad
1) Elabora un texto literario, en prosa, en verso, o en forma dramática que exprese los efectos sobre alguien de una mala educación. Acaso alguien intente ser razonable o habilidoso y no lograrlo por el tipo de educación. Puedes utilizar el formato del cuento de hadas, como ha realizado Pardo Bazán.
2) Imagina y transcribe una conversación o plática entre la clase y la novelista Emilia Pardo Bazán a propósito de su obra  literaria y de su vida. 
3) Realiza una exposición sobre Emilia Pardo Bazán, su narrativa y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc. 
4) Aporta o crea imágenes de momentos donde se aprecie los efectos negativos de una educación pésima. Puedes colocar a un individuo pobre en una situación donde se aprecie las desventajas de no haber desarrollado habilidades necesarias para lo que quiere ser, siguiendo el ejemplo de Pardo Bazán con el protagonista Amado.
2.4. Comentario de texto específico
Se puede realizar un comentario de texto de un fragmento del cuento conforme a la plantilla de exégesis textual que se ofrece a continuación.
ACTIVIDADES DEL COMENTARIO DE TEXTO O EXÉGESIS TEXTUAL
1) Resume el texto recogiendo su contenido esencial (100 palabras aprox., equivalentes a 10 líneas); 2) Indica los temas tratados en breves enunciados sintéticos; 3) Señala los apartados temáticos o secciones de contenido; 4) Localiza el lugar y tiempo en el que transcurre la acción (no en poesía lírica); 5) Analiza la figura del narrador (no en poesía lírica, donde aparece un sujeto lírico), ni en teatro; 6) Describe los personajes (no en poesía lírica); 7) Analiza la métrica, la rima y señala la estrofa empleada (solo en poesía o teatro en verso); 8) Analiza cómo los recursos estilísticos crean significado (12, mínimo); 9) Contextualiza al autor y su obra según su entorno social, histórico, cultural y personal; 8) Interpreta y discierne la intención y sentido del texto; 9) Valora personalmente tu apreciación lectora; 10) Transforma el texto con un lenguaje y en un contexto actual manteniendo su esencia, o escribe un texto literario inspirado en el original (optativo).

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Acerca de Simón Valcárcel Martínez

Profesor de Lengua Castellana y Literatura. En este blog se puede encontrar: - Filología: artículos y monografías sobre temas y autores de la literatura española. - Didáctica de la Lengua y la Literatura: reflexiones, pautas y sugerencias para mejorar la enseñanza de la lengua y la literatura, dirigidas a maestros y profesores de la materia. - Creación literaria: novelas y cuentos originales del autor, dirigidos especialmente a niños y jóvenes, pero también a adultos. - Actividades de aprendizaje de lengua y literatura: análisis textuales realizados acompañados de propuestas didácticas para mejorar y perfeccionar la competencia comunicativa.
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