Miguel Delibes: «Viejas historias de Castilla la Vieja»; análisis y propuesta didáctica

Miguel Delibes – “Viejas historias de Castilla la Vieja” (1964)
1. ANÁLISIS
1. Resumen
I — El pueblo en la cara
Isidoro se dispone a contar su vida. Hace cuarenta y ocho años que deja el pueblo y se va Iberoamérica, por Bilbao, en teoría a trabajar al Canal de Panamá, en construcción; no le gusta trabajo tan pesado; se desempeña con las radios y le va bien. Es de un pueblo de Castilla; su padre lo envía a la ciudad a estudiar el bachillerato, “en el año cinco” (acaso, 1905). Los compañeros de colegio se ríen de él y lo tildan de pueblerino. Un profesor le espeta delante de todos que lleva el pueblo escrito en la cara. Le duele; al principio, trata de diluirse entre los demás y no llamar la atención. En el pueblo lo califican de “señoritingo”. Cuando marcha, se encuentra con Aniano, el carretero o cosario; se despiden amablemente; afirma que no sabe ni a dónde va ni cuándo regresará.
II — Aniano, el Cosario
Camina con Aniano a coger el coche de línea, a la carretera, algo lejos, en Pozal de la Culebra. Contempla su pueblo a lo lejos, y le gusta: la iglesia, los palomares, el arroyo, los tesos calcinados; le gusta. De su padre, también llamado Isidoro, no se despide porque lo desnaturaliza por marchar; su madre había muerto años antes; se despide de las dos hermanas mellizas; a Clara le falta un ojo. El pueblo próximo más grande es Pozal de la Culebra.
III — Las nueces, el autillo y el abejaruco
Llega la luz eléctrica al pueblo. Pasa por encima de la nogala de la tía Bibiana; deja de comer sus nueces porque dicen que tienen electricidad. De nicho, apedreaban al autillo, de noche, cuando se posaba en la nogla. Le gustaba contemplar los abejarucos, con sus colores vivos. Don Justo del Espíritu Santo, el cura del pueblo, los comparaba con los arcángeles.
IV — La Pimpollada del páramo
Con catorce años, su padre lo sube al páramo, inmenso, desolado y estéril, solo atravesado por los postes de la luz que vienen de Navalejos. En el páramo plantaron pinos y cipreses, pero se secaron casi todos; pensaban que atraía la lluvia; en una zona donde algunos lograron sobrevivir le llaman La Pimpollada, “un poco fatuamente”. Le confiesa a su padre que no quiere estudiar, ni trabajar en el campo. Le da una buena zurra y lo ata a la cadena del perro dos días, sin comer ni beber, para que aprenda.
V — Los hermanos Hernando
El páramo de Lahoces tiene un cerro en el medio, y hay que bordearlo. Pertenece a los hermanos Hernando (son tres, el mayor se llama Hernando Hernando; lleva el bar del pueblo). Siembran trigo y recogen una cosecha descomunal. Guardan el secreto la fórmula de sus buenas cosechas. Silos, el pastor, roba los huevos de la perdiz. Antonio, el cazador, lo lleva mal porque lo deja sin perdices. Una vez Silos lleva doce huevos al bar de Hernando Hernando y manda hacer una tortilla. Antonio se la tira al aire; luego la come desde el suelo sin tocarla, como un perro. Protesta porque Antonio lo deja sin perdices que ponen huevos, pero él no puede coger los huevos porque no hay perdices para el otro.
VI — El teso macho de Fuentetoba
La tía Marcelina es de Fuentetoba, un pueblo a cuatro leguas del suyo; son iguales, excepto en un teso arisco y puntiagudo no de piedra calcárea, sino de otra mollar y blanda como el queso. La tía Marcelina es solterona, vive sola y tiene buen pasar; “en el año once cumplió noventa y dos”. Tiene un abejaruco disecado y una culebra que al narrador le gustan muchísimo. Isidoro padre la cuida porque piensa heredar, pero lo deja todo a las monjas de Pino. El padre se sube por las paredes, pero no puede hacer nada. El narrador se queda sin abejaruco ni culebra.
VII — Las cangrejadas de San Vito
«El arroyo Moradillo nace en la Fuente de la Salud, discurre por la chopera, que en mi pueblo llamamos los Encapuchados, y se lanza luego perezosamente entre dos murallas de carrizos y espadañas camino de Malpartida. Poco más allá tengo entendido que vierte en el arroyo Aceitero; las aguas de éste van a desembocar en las del Sequillo, cerca de Bellver de los Montes; las del Sequillo engrasan después las del Valderaduey, y las del Valderaduey, por último, se juntan con las del Duero justamente en la capital». Esa capital es Zamora, pero el pueblo más bien se sitúa en la provincia de Valladolid, por donde discurre el río Sequillo en su mayor parte . En San Vito las familias iban al arroyo Moradillo a pescar cangrejos, con retel o de otra manera. Luego los cocinaban y cada familia los comía. Los niños hacían pitos de las patas huecas. Isidoro padre empinaba el codo más de la cuenta y la cosa acababa mal. El clarete de Marchamalo es muy traicionero.
VIII — La Sisinia, mártir de la pureza
Sisinia, una chica de veintidós años, hija del Telesforo y la Herculana, es asesinada por un gañán abulense por no acceder a sus deseos carnales. Esto fue en el año nueve; el jornalero lo trajo don Benjamín para la cosecha de agosto. Don Justo hizo y plantó una cruz de madera en el lugar del crimen. Crecieron unas flores y el cura, don Justo, lo tiene por milagro, aunque le advirtieron que eran las propias del lugar, pero él no lo cree. La cruz era visitada por propios y extraños para pedir favores a Sisinia. Don Justo crea una Junta pro beatificación de la muchacha; está todo el pueblo excepto don Armando y el tío Tadeo. Da el nombre de su pueblo, Rolliza del Arroyo.
IX — Las murallas de Ávila
En la hoja de favores recibidos por intercesión de Sisinia, la gente del pueblo agradece haber logrado algo de dinero para comprar ocho tejas para un palomar, encontrar un hierro para el arado, sanar de una noche de molestias estomacales, etc. daban diez céntimos de donativo. Pero don Justo buscaba un milagro sonado que diera aire a la beatificación. Un día recibe un donativo de veinticinco pesetas, procedentes de Ávila, en diciembre del año doce. Don Justo va a allá y se entera; doña María encomendó su loro a Sisinia la mártir, y el animal volvió a hablar, después de quedar desahuciado. Desde entonces, don Justo comparaba todo lo bueno y noble con las murallas de Ávila; la gente adoptó el dicho, aunque nadie conocía Ávila.
X — Los nublados de Virgen a Virgen
En el año catorce, que es cuando el narrador, Isidoro hijo, se va del pueblo, de Virgen a Virgen, se cuentan veintiséis tormentas. Son muchas. En una de esas, un rayo le cae a Marcelino padre, que viene con su mula del Pozal de las Culebras. La mula queda carbonizada donde los chopos de los Enamorados; él sale vivo, pero chamuscado. La tía Marcelina dice que se salva por el trisagio que ella reza en ese momento; la vela se ha caído con el chasquido del rayo; la guarda como una reliquia, al lado del abejaruco y la culebra.
XI — A la sombra de los Enamorados
En los chopos de los Enamorados los chicos llevan a las chicas; es como proponer matrimonio; ellas contestan sí o no. Alguna sale preñada, pero don Justo celebra boda y bautizo sin problema. Su tía Marcelina insiste en que debe cortejar a la Rosa Mari porque es hacendosa y mujer de su casa. La lleva a los chopos dos veces, pero ya hay otras parejas. Iban hasta el majuelo y casi no hablan; espantan mosquitos. Cuando marcha del pueblo, el recuerdo de ella no se lo impide para nada. Habla de ahorrar pesos y plata, luego estuvo en Iberoamérica.
XII — El matacán del majuelo
Un matacán, una liebre resabiada, de años, lista, burla a los perros y a los cazadores. Encama en el majuelo del tío Saturio. Don Benjamín coge su galdo de Arabia y su caballo Hunter inglés y, con todo el pueblo tras él, va a cazarla, pero la liebre se escapa porque es lista. Al fin, entre don Benjamín, el Ponciano, el Antonio y los hermanos Hernando organizan una trampa y la matan a escopetazos. La guisan y no la pueden comer porque el sabor es fortísimo y desagradable.
XIII — Un chusco para cada castellano
«Conforme lo dicho, las tierras de mi pueblo quedan circunscritas por las de Pozal de la Culebra, Navalejos, Villalube del Pan, Fuentetoba, Malpartida y Molacegos del Trigo. Pozal de la Culebra es la cabeza y allí está el Juzgado, el Registro, la Notaría y la Farmacia. Pero sus tierras no por ello son mejores que las nuestras y el trigo y la cebada hay que sudarles al igual que por aquí. Los tesos, sin embargo, nada tienen que ver con la división administrativa, porque los tesos, como los forúnculos, brotan donde les place y no queda otro remedio que aceptarlos donde están y como son. Y de eso —de tesos— no andamos mal en mi pueblo, pues aparte el páramo de Lahoces, tenemos el Cerro Fortuna, el Otero del Cristo, la Lanzadera, el Cueto Pintao y la Mesa de los Muertos. Este de la Mesa de los Muertos también tiene sus particularidades y su leyenda. Pero iba a hablar de las tierras de mi pueblo que se dominan, como desde un mirador, desde el Cerro Fortuna. Bien mirado, la vista desde allí es como el mar, un mar gris y violáceo en invierno, un mar verde en primavera, un mar amarillo en verano y un mar ocre en otoño, pero siempre un mar. Y de ese mar, mal que bien, comíamos todos en mi pueblo. Padre decía a menudo: «Castilla no da un chusco para cada castellano», pero en casa comíamos más de un chusco y yo, la verdad por delante, jamás me pregunté, hasta que no me vi allá, quién quedaría sin chusco en mi pueblo. Y no es que Padre fuese rico, pero ya se sabe que el tuerto es el rey en el país de los ciegos y Padre tenía voto de compromisario por aquello de la contribución».
Las argayas del cereal de su pueblo son peligrosas y advierten a los niños. Algunos quedan tuertos. El cielo es muy caprichoso y todo depende de él; o frío en verano, o calor en invierno, o tormentas cuando no deben, o mucha agua en la época de la trilla. La gente trabaja la tierra con ahínco, pero miran al cielo más que a la tierra. Alcaravanes, cuervos y avutardas campan a sus anchas en determinadas épocas del año; es campo abierto y no se dejan sorprender.
XIV — Grajos y avutardas
Los grajos y las avutardas comen la sementera. Los cuervos son mal asunto. Olimpio dice que ve cómo unos grajos, en tribunal, juzgan a otro; al final, lo matan a picotazos; lo toman por fantasioso, pero el narrador luego lo contado en un libro de Hyatt Verrill, y ya duda. Las avutardas son desconfiadas y pronto huyen. Las matan desde las mulas, porque no desconfían. El padre del narrador mata una de seis kilos. El Valentín mata otra de trece kilos; duda si disecarla o comerla con los vecinos. Al fin, se decide por comerla, pero cuando la van a cocinar, el animal ya está podrido. 
XV — Las Piedras Negras
Hay un lugar en el pueblo con piedras negras, lo que es muy raro en su pueblo. El narrador tiene un tío cura, don Remigio (tiene un tic en una pierna y ha de moverla casi sin parar porque le dan calambres); va al pueblo a casar a Emérita, prima del narrador, con el veterinario de Malpartida. El narrador, con dieciséis años, espera la vocación y la llamada, pero su tío le dice que sea paciente. Su tío Remigio le cuenta cómo decide hacerse cura. Va con Patrocinio a cazar perdices con reclamo. Se acerca un macho a la jaula de la hembra, pero no puede disparar; lo hace Patrocinio y mata al macho. Remigio considera que lo mejor con las mujeres es poner “pared por medio”, para que las mujeres no lo dominen. Remigio es compañero de seminario, en Valladolid, de don Justo.
XVI — La Mesa de los Muertos
Es un teso escarpado, con seis metros verticales de desnivel. El tío Tadeo le pide a don Armando, el alcalde librepensador, que se lo deje cultivar; le regala la tierra. Una tradición local dice que el lo haga, morirá. El tío Tadeo no cree en ello. Monta una pluma para izar las caballerías. Obtiene una cosecha fabulosa, y así unos cuantos años, cosa rara en su pueblo, pues es tierra pobre y pide año y vez, y es necesario hacer barbecho. Don Justo no se mete en el asunto. La Esperanza, la mujer del tío Tadeo tiene muchos nervios porque piensa que el marido se le muere, pero no es así.
XVII — El regreso
Vuelve al pueblo, tras cuarenta y ocho años, coge un avión, el tren y un coche de línea. Se encuentra al Aniano y le dice las mismas palabras: “Voy a la capital. ¿Te se ofrece algo?”. Ve una yunta (“huebra”) y le pregunta a uno que iba a su paso si es el Hernando; le dice que es su nieto. Toda la orografía sigue allí, y las casas, tal cual las deja a su marcha. Lo emociona todo ello. Entra en casa y encuentra a sus hermanas, las Mellizas, durmiendo en la cama de hierro, como cuando las deja. Le da un beso a la Clara, que se despierta. Se ríen del reencuentro.
2. Temas de la novela
Este relato, casi novela corta, plantea temas muy interesantes:
-La defensa de la vida rural frente a la urbana. Ofrece seguridad, tranquilidad y un estilo de vida bien conocido.
-Exaltación del mundo campesino castellano, sufrido en lo económico y limitado y tranquilo en lo social.
-Alabanza a los lazos establecidos entre el hombre y la tierra; son indisolubles y duran para toda la vida. Dan un horizonte de permanencia y solidez.
-Apología del modo de vida tradicional, enmarcado en el respeto al prójimo, a la naturaleza y a un tipo de vida sereno y sufrido, entre ritos religiosos y resignación ante los infortunios de la naturaleza, muy frecuentes.
3. Apartados temáticos 
Esta novela es muy homogénea y compacta en su estructura externa. No existen apartados temáticos claramente discernibles. Su estructura es circular: comienza y acaba casi del mismo modo: la contemplación del pueblo desde una loma y el reconocimiento de las Mellizas, las hermanas del protagonista narrador. Los diecisiete capítulos o secciones desarrollan una anécdota, un asunto, casi un argumento, en favor de la vida en el pueblo. Es lógico que en el último asistamos al regreso al pueblo de Isidoro, tras una ausencia de casi medio siglo. 
4. Personajes
-Isidoro: es el protagonista. Lo conocemos de muchacho en la primera década del siglo XX. Debió de nacer justo al inicio del siglo. Es un muchacho algo distinto a los demás: no quiere estudiar, ni trabajar en el campo. Ante los correctivos de su padre (una buena tunda y dos días encadenado en lugar del perro Coqui), opta por abandonar el pueblo. Se va a la emigración, a Iberoamérica. Vuelve cuarenta y ocho años después. Es un hombre tranquilo, observador y con algo de retranca. No pierde su buen humor incluso en momentos embarazosos o desagradables.
-El resto de los personajes comparten un protagonismo compartido. Ahí están Aniano, el Cosario, don Justo, el cura del pueblo, los padres de Isidoro, sus hermanas, las Mellizas, la tía Marcelina, don Remigio, los hermanos Hernando, etc. Son “el prójimo”, los vecinos del pueblo, pero individualizados, con sus rasgos físicos y morales propios. El retablo es magnífico por su variedad y su autenticidad.
5. Lugar y tiempo narrativos
La acción ocurre, principalmente, en el pueblo de Isidoro, Rolliza del Arroyo. Es un pueblo castellano, seguramente de Tierra de Campos, pues el arroyo es afluente de otro afluente del río Sequillo; con su humilde caudal, atraviesa la Tierra de Campos, de norte a sur, casi en paralelo con el río Valderaduey, al que entrega sus aguas. Como el río Sequillo discurre principalmente por la provincia de Valladolid, parece lógico deducir que Rolliza del Arrroyo se ubica en esa provincia. Es una novela exterior, pues todo pasa de puertas afuera de la casa; el pueblo y sus paisajes campesinos predomina completamente, hasta casi ser el protagonista.
El tiempo de la escritura se sitúa, aproximadamente, en los años previos a 1964, fecha de la primera edición. El tiempo de la acción narrada coincide con el de la escritura. Isidoro cuenta su vida consciente, es decir, desde los cinco o seis años en adelante; cita “el año cinco” como primera fecha inicial. Eso significa que Isidoro nace hacia 1900. Como se va a los dieciocho años, aproximadamente, y vuelve cuarenta y ocho años después, a la emigración, estamos en 1964, fecha final. La duración de la acción es de medio siglo, más o menos. 
6. Figura del narrador
El relato lo cuenta su protagonista, Isidoro. Es, pues, un narrador en primera persona. En cierto modo, podemos hablar de autobiografía, pues cuenta su vida en cuanto depende del ambiente y del modo de vida de su pueblo. Sin embargo, el texto posee una dimensión colectiva, coral, muy relevante. Isidoro se siente como una más del pueblo; observa y narra, pero no se siente protagonista, o solo en cuanto a su desengaño de la vida urbana o alejada de su pueblo y, desengañado, vuelta a él para sentirse más feliz.
7. Notas estilísticas
Delibes es un auténtico maestro en el manejo de la lengua española. Recrea el español rural castellano con una pureza y propiedad asombrosas. El texto es bellísimo por la recreación de la vida campesina castellana. Aunque está algo idealizada (solo un poco, pues los aspectos más crudos no quedan apartados: la afición al vino de Isidoro padre, la tunda que le propina a su Isidoro hijo por no querer trabajar en el campo, etc.), el cuadro general es realista, sugerente y, seguramente lo más importante, auténtico. 
El ritmo de la novela es excelente por su fluidez, su fondo de verdad y de belleza, dentro de la áspera vida. El relato fluye con gran naturalidad y crea una belleza poética asombrosa. La selección léxica es impresionante; la propiedad y acierto en el manejo del léxico, tradicional y moderno, contribuye decisivamente en la creación de una realidad novelesca autónoma. Lo que parece un mero anecdotario se transforma en un canto bello y conmovedor de la vida campesina castellana en la primera mitad del siglo XX, en su humilde pobreza y su discreto pasar, con sus ritos y manías, con su milagrería
8. Contextualización
Miguel Delibes Setién (Valladolid, 1920 – 2010) es un formidable novelista de la posguerra española. Dueño de un estilo propio, logró que el rural castellano, la gente humilde y sencilla, pasara a primer plano narrativo. Novelas como El camino (1950), Viejas historias de Castilla la Vieja, la novela que ahora analizamos, Las ratas, etc. son ejemplo de este tipo de narrativa. También la ciudad provinciana, en este caso con una crítica muy dura a la burguesía acomodaticia, egoísta y avulgarada, forma parte de su arco novelístico. El príncipe destronado, Cinco horas con Mario y La hoja roja son algunos ejemplos de este tipo de relato. Su última obra, El hereje es una novela histórica de gran aliento y significación; recrea los tristes episodios en torno al auto de fe de Valladolid, contra los luteranos, en 1559.
9. Interpretación y valoración
Viejas historias de Castilla la Vieja es una novela divertida, pero al mismo tiempo, grave y densa. La articulación del texto es magistral y muy feliz. La ambientación, simplemente, excelente. Sus pequeñas dimensiones hacen de la lectura una inmersión estética de gran calado. Lo que parece un anecdotario, se transforma en una severa reflexión sobre el presente y el futuro de la vida rural castellana. Delibes crea un relato lleno de vida y verdad. El detallismo toponímico contribuye mucho a la verosimilitud de fondo. Contrasta, sin embargo, con la vaguedad cronológica, pues el texto va y viene por la primera mitad del siglo XX con libertad. Este texto se asemeja a La Odisea, del griego Ulises (S. VIII a. C.) porque ambos recogen el regreso al hogar tras una larga ausencia. Frente a la épica clásica, aquí tenemos la ternura de lo vulgar cotidiano; ninguno es superior al otro.
El manejo de la lengua española es magistral. La propiedad y exactitud en el uso del lenguaje y el acierto en el manejo de las herramientas retóricas son valores importantes en el haber de esta novela. Los diálogos son muy verosímiles, exactos, tendentes a la sobriedad y cierto laconismo expresivo.
La lectura de este texto no deja indiferente al lector, pues lo somete a una reflexión importante sobre la vida rural, su presente y su sombrío futuro. En conjunto, estamos ante una maravillosa novela corta, llena de verdad y de vida, como se espera de un magnífico texto literario. Este humilde y hermoso relato está entre lo más bello que ha salido de la pluma de Miguel Delibes.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Las siguientes actividades se pueden realizar de modo individual o en grupo; de manera oral o escrita; en clase o en casa; utilizando medios tradicionales o recursos TIC, según las circunstancias lo aconsejen).
2.1. Comprensión lectora 
1) Resume el contenido de la novela (150 palabras, aproximadamente). 
2) Señala su tema principal y los secundarios. 
3) Delimita los apartados temáticos, atendiendo a las modulaciones de sentido. 
4) Analiza los personajes, tanto ricos como pobres.
5) ¿Qué tono tiene la novela: positivo, optimista, esperanzado, o todo lo contrario? 
6) Señala el lugar y el tiempo en el que transcurre la acción narrativa. 
7) Observa y señala las características del narrador.
8) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado. 
9) Indica las características de un texto autobiográfico, tal y como se aprecian en el relato.
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Podemos decir que Isidoro tuvo suerte en la vida? 
2) Analiza la personalidad de Isidoro. ¿Es la típica del campesino castellano de su tiempo? 
3) ¿Cómo son las relaciones de Isidoro con su padre y sus hermanas? ¿Qué sentido le podemos atribuir a ese hecho?
4) ¿De qué se desengaña Isidoro en su medio siglo de vida fuera de su pueblo? 
5) ¿Qué simboliza Aniano, el Cosario? 
6) ¿Qué significación se encierra en el final de la  novela con el reencuentro con sus hermanas?  
7) Isidoro, al final de la novela, ríe mucho. ¿Por qué? ¿Qué alcance simbólico se le puede atribuir a esa manifestación de alegría?
2.3. Fomento de la creatividad
1) Elabora un texto literario, en prosa, en verso, o en forma dramática, que recree el regreso de un personaje a su antiguo modo de vida. Puedes imprimir un ritmo coloquial y familiar, como ha realizado Miguel Delibes.
2) Imagina y transcribe una conversación o plática entre la clase y el novelista Miguel Delibes a propósito de su poema y de su vida. 
3) Realiza una exposición sobre Miguel Delibes, su narrativa y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc. 
4) Aporta o crea imágenes del momento en que alguien regresa a su hogar, a su punto de origen, tras una larga ausencia. Puedes imprimir un tono humorístico y profundo, tierno y humano, siguiendo el ejemplo de Miguel Delibes.
2.4. Comentario de texto específico
II — Aniano, el Cosario 
El día que me largué, las Mellizas dormían juntas en la vieja cama de hierro y, al besarlas en la frente, la Clara, que sólo dormía con un ojo y me miraba con el otro, azul, patéticamente inmóvil, rebulló y los muelles chirriaron, como si también quisieran despedirme. A Padre no le dije nada, ni hice por verle, porque me había advertido: «Si te marchas, hazte la idea de que no me has conocido». Y yo me hice la idea desde el principio y amén. Y después de toparme con el Aniano, bajo el chopo del Elicio, tomé el camino de Pozal de la Culebra, con el hato al hombro y charlando con el Cosario de cosas insustanciales, porque en mi pueblo no se da demasiada importancia a las cosas y si uno se va, ya volverá; si uno enferma, ya sanará; y si no sana, que se muera y que le entierren. Después de todo, el pueblo permanece y algo queda de uno agarrado a los cuetos, los chopos y los rastrojos. En las ciudades se muere uno del todo; en los pueblos, no; y la carne y los huesos de uno se hacen tierra, y si los trigos y las cebadas, los cuervos y las urracas medran y se reproducen es porque uno les dio su sangre y su calor y nada más. El Aniano y yo íbamos por el camino y yo le dije al Aniano: «¿Tienes buena hora?». Y él miró para el sol, entrecerrando los ojos, y me dijo: «Aún no dio la media». Yo me irrité un poco: «Para llegar al coche no te fíes del sol». dije. Y él me dijo: «Si es por eso no te preocupes. Orestes sabe que voy y el coche no arranca sin el Aniano». Algo me pesaba dentro y dejé de hablar. Las alondras apeonaban entre los montones de estiércol, en la tierra del tío Tadeo, buscando los terrones más gruesos para encaramarse a ellos, y en el recodo volaron muy juntas dos codornices. El Aniano dijo: «Si las agarra el Antonio»; mas el Antonio no podía agarrarlas sino con red, en primavera, porque por una codorniz no malgastaba un cartucho, pero no dije nada porque algo me pesaba dentro y ya empezaba a comprender que ser de pueblo en Castilla era una cosa importante. Y así que llegamos al atajo de la Viuda, me volví y vi el llano y el camino polvoriento zigzagueando por él y, a la izquierda, los tres almendros del Ponciano y, a la derecha, los tres almendros del Olimpio, y detrás de los rastrojos amarillos, el pueblo, con la chata torre de la iglesia en medio y las casitas de adobe, como polluelos, en derredor. Eran cuatro casas mal contadas pero era un pueblo, y a mano derecha, según se mira, aún divisaba el chopo del Elicio y el palomar de la tía Zenona y el bando de palomas, muy nutrido, sobrevolando la última curva del camino. Tras el pueblo se iniciaban los tesos como moles de ceniza, y al pie del Cerro Fortuna, como protegiéndole del matacabras, se alzaba el soto de los Encapuchados donde por San Vito, cuando era niño y Madre vivía, merendábamos los cangrejos que Padre sacaba del arroyo y una tortilla de escabeche. Recuerdo que Padre en aquellas meriendas empinaba la bota más de la cuenta y Madre decía: «Deja la bota, Isidoro; te puede hacer mal». Y él se enfadaba. Padre siempre se enfadaba con Madre, menos el día que murió y la vio tendida en el suelo entre cuatro hachones. Aquel día se arrancó a llorar y decía: «No hubo mujer más buena que ella». Luego se abrazó a las Mellizas y las dijo: «Sólo pido al Señor que os parezcáis a la difunta». Y las Mellizas, que eran muy niñas, se reían por lo bajo como dos tontas y se decían: «Fíjate cuánta gente viene hoy por casa». Sobre la piedra caliza del recodo se balanceaba una picaza y es lo último que vi del pueblo, porque Aniano, el Cosario, me voceó desde lo alto del teso: «¿Vienes o no vienes? Orestes aguarda, pero se cabrea si le retraso».
ACTIVIDADES DEL COMENTARIO DE TEXTO O EXÉGESIS TEXTUAL
1) Resume el texto recogiendo su contenido esencial (100 palabras aprox., equivalentes a 10 líneas); 2) Indica los temas tratados en breves enunciados sintéticos; 3) Señala los apartados temáticos o secciones de contenido; 4) Localiza el lugar y tiempo en el que transcurre la acción (no en poesía lírica); 5) Analiza la figura del narrador (no en poesía lírica, donde aparece un sujeto lírico), ni en teatro; 6) Describe los personajes (no en poesía lírica); 7) Analiza la métrica, la rima y señala la estrofa empleada (solo en poesía o teatro en verso); 8) Analiza cómo los recursos estilísticos crean significado (doce distintos, mínimo); 9) Contextualiza al autor y su obra según su entorno social, histórico, cultural y personal; 8) Interpreta y discierne la intención y sentido del texto; 9) Valora personalmente tu apreciación lectora; 10) Transforma el texto con un lenguaje y en un contexto actual manteniendo su esencia, o escribe un texto literario inspirado en el original (optativo).

Deja un comentario