Miguel Delibes: «Cinco horas con Mario»; análisis y propuesta didáctica

Miguel Delibes – “Cinco horas con Mario” (1966)
1. ANÁLISIS
1.Resumen
Analizamos una obra muy original, expresiva y de honda significación. «Cinco horas con Mario», de Miguel Delibes, es uno de los mejores textos narrativos de la novela española de posguerra. La esquela que abre la novela es de fundamental importancia: ahí se nos suministra toda la información esencial para comprender el texto. Mario Díez Collado ha muerto el 24 de marzo de 1966, a la edad de 49 años; deja viuda, Carmen Sotillo (los conocidos la llaman Menchu), y cinco hijos; también aparecen una hermana y dos cuñadas (lo que implica que tiene dos hermanos muertos, en la Guerra Civil; militaban en el bando republicano).
En el prólogo un narrador en tercera persona cuenta cómo Mario aparece muerto en su cama, al amanecer, como constata su esposa Carmen. Se hace saber la noticia, se instala el cuerpo presente en el despacho de Mario; los familiares y amigos acuden a presentar sus respetos. Muchos reaccionan con verdadera consternación, pero algunos exageran, o así lo percibe la viuda; por ejemplo, Encarna, la cuñada de Mario, viuda de Elviro (hermano, por tanto, de Mario), con sus gestos de dolor así lo aparenta. Todos transmiten su pésame y se van, hasta el día siguiente, donde se celebrará misa de funeral y conducción al camposanto. Los hijos se van a dormir.
Carmen se queda a solas ante el féretro de su marido. Toma el ejemplar de la Biblia que su marido tiene en su mesa de trabajo; frecuenta su lectura y tiene marcadas páginas con párrafos seleccionados. La viuda lee esos versículos subrayados por Mario, que son veintidós. Inmediatamente crea en ella una serie de asociaciones de ideas, recuerdos, pensamientos, anhelos, miedos, etc. que se amontonan en su cabeza. Eso es, justamente, lo que nos llega a nosotros; ese monólogo interior o fluir de conciencia de Carmen, durante cinco horas, leyendo las veintidós citas bíblicas de su marido. No es posible seguir un hilo argumental o de recuerdos porque Carmen mezcla y repite todo tipo de recuerdos, reproches, ilusiones y valoraciones sobre su marido y la vida en común. Los separamos por asuntos abordados:
-Envanecimiento narcisista:
Ella es de buena familia, rica y bien situada; llevan un ritmo de vida desahogado. Su padre escribe en ABC, es un hombre respetado y reputado. Sus círculos de amistad son selectos, tanto en Madrid como en la provincia, donde ella vive. Se cree más inteligente, elegante y atractiva, a pesar de su edad, lo cual es cierto, pues Paco, el amigo de infancia, triunfador social, se pasea con un “Tiburón” con gran pisto. De hecho, la recoge a ella en una ocasión e intercambian unas caricias apasionadas, sin pasar a mayores.
-Defensa de su ideología inmovilista, conservadora y franquista:
Carmen esgrime que el régimen franquista es modélico, de ahí que no entienda las reticencias y críticas de Mario y sus amigos. La guerra civil fue necesaria para poner orden.
-Clasismo social y económico:
Se siente parte de un grupo superior social y económicamente considerado. Desprecia a los pobres y humildes, a los que critica por sus reivindicaciones laborales y sus protestas políticas, e incluso por el hecho de emigrar a otros países buscando mejores perspectivas.
-Reproches a su marido Mario:
Le echa en cara que su familia era desafecta al régimen franquista, que su cuñada Encarna (viuda desde hace años) coquetea con él, que no le ha prestado la suficiente atención a lo largo de los años de matrimonio (entre veinte y veinticinco, aproximadamente), que no ha tenido maña para ganar algo más de dinero para comprar un piso más amplio, para adquirir un coche, aunque fuera un Seat 600 y para llevar un tren de vida en correspondencia con su estatus social. Como se ve, la lista es larga y atrabiliaria, pero efectiva.
-Petición de perdón:
Carmen se siente culpable por una infidelidad amorosa con su marido que no llegó a consumarse. Trata de explicar su desliz y suplica por su perdón. Su mala conciencia, no del todo justificada, pues, después de todo, no se completó su traición amorosa, la arrastra a un lamentable estado de postración emocional.
En realidad, en el final, Carmen pide perdón a su marido por su desliz (que no tal, en el fondo) y espera un milagro: que Mario vuelva a la vida, siquiera para mirarla un momento. El final es muy estremecedor:
que yo puedo llevar la cabeza bien alta, para que lo sepas, pero ¡escúchame, que te estoy hablando! ¡no te hagas el desentendido, Mario!, anda por favor, mírame, un momento, sólo un segundo, una décima de segundo aunque sólo sea, te lo suplico, ¡mírame!, que yo no he hecho nada malo, palabra, por amor de Dios, mírame un momento, aunque sólo sea un momentín, ¡anda!, dame ese gusto, qué te cuesta, te lo pido de rodillas si quieres, no tengo nada de qué avergonzarme, ¡te lo juro, Mario, te lo juro! ¡¡te lo juro, mírame!! ¡¡que me muera si no es verdad!!, pero no te encojas de hombros, por favor, mírame, de rodillas te lo pido, anda, que no lo puedo resistir, no puedo, Mario, te lo juro, ¡mírame o me vuelvo local ¡¡Anda, por favor…!!
Así pasan las cinco horas nocturnas de Carmen, a solas con el cuerpo yacente de su marido, hablándole como si estuviese vivo. Es un desahogo de conciencia, de sus miedos y frustraciones, que son muchos. Los temas no aparecen mezclados a lo largo de toda la novela. Al principio, predomina el reproche y la frustración de Menchu; a medida que avanza la novela, la petición de perdón ocupa más espacio.
El epílogo es la última sección, narrada en presente por un narrador omnisciente. Tras la noche, llega el nuevo día y se ha de celebrar el funeral. Mario hijo sorprende a su madre al lado del ataúd de Mario y le pide a su madre que repose y se recomponga, pues pronto vendrán los servicios funerarios para conducir al difunto al cementerio. 
2. Temas de la novela
– Retrato compasivo y completísimo de la vida de una mujer burguesa del franquismo, en vivo contraste con la de su marido, reticente a la aceptación de la ideología autoritaria al uso.
– Exposición reflexiva sobre las contradicciones, miedos y temores de la clase media más o menos burguesa. Las cicatrices de la guerra no están totalmente reparadas. El enorme esfuerzo de los perdedores (la familia de Mario) para ajustarse a la nueva realidad choca con la actitud de arrogancia satisfecha de los vencedores.
– Mirada compasiva sobre los intentos de apertura intelectual, social y cultural por parte de personas como Mario para hacer una sociedad más abierta y flexible. Estos esfuerzos chocan con las reticencias y suspicacias de los más conservadores, que protestan hasta del Concilio Vaticano II y sus nuevos aires de ecumenismo comprensivo y apertura hacia otras creencias y mentalidades.
3. Apartados temáticos 
Desde un punto de vista externo, la novela se divide en tres secciones: prólogo, cuerpo central (con veintidós subsecciones) y epílogo. Desde el punto de vista interno, se puede mantener esta división, con tal de insistir en la unidad esencial, dentro de su paradójica diversidad, del monólogo de Menchu.
4. Personajes
Carmen (Menchu, para los allegados): es la protagonista de la novela. Nosotros conocemos la sustancia del relato gracias a su monólogo interior. Es una mujer de mediana edad, en su cuarentena. Nos dice de sí misma que aún conserva la belleza de su juventud, lo que debe de ser cierto. Por su monólogo, podemos apreciar su frivolidad, su hipocresía, su clasismo y su preocupación por ostentar distinción social. Siente algunos celos de Esther, pero los disimula. También percibimos su laboriosidad doméstica, su entrega a la familia, pues al fin y al cabo, aunque con la sirvienta Doro como ayuda, ha de gestionar el día a día de un núcleo familiar de siete miembros. Es auténtica en su superficialidad intelectual y en su abnegación y resistencia a los sinsabores de la vida. Está frustrada, hasta cierto punto, pero lo lleva con naturalidad.
Mario, su marido: es catedrático del instituto de la ciudad. El hecho de ir en bici a su institución nos muestra su disconformidad con la sociedad en la que vive. En realidad, procede de una familia republicana (su padre era prestamista, lo que Carmen le echa en cara Carmen, pero no afectaba a su ideología política) con muertes por la guerra civil (Elviro y José María, hermanos, murieron durante la conflagración civil). Ha escrito dos libros de ficción, de poco recorrido; también colabora con la prensa local; su carácter idealista y poco práctico es evidente. Por Carmen, sabemos que es aperturista en sus posiciones sociales y políticas, pero apenas puede desarrollar sus ideales en el estrecho margen del franquismo. Aparece como un hombre bueno y pacífico (piensa que los pisos de protección oficial hay que dejarlos para los realmente necesitados, por ejemplo). Desde nuestra perspectiva, se puede ver como “machista” –según la jerga actual–, pues se desentiende de la vida doméstica y familiar.
Los hijos: Mario hijo es el mayor; es universitario.  María Aránzazu es la pequeña; acaso está ya en el instituto como bachiller. Apenas sabemos nada de ellos, pues su participación es fugaz. Se evidencia falta de sintonía con la madre. Reaccionan con serenidad ante la muerte del padre y rehúyen del exhibicionismo hueco del sentimiento de dolor, demasiado serio como para hacer espectáculo de él.
Valentina: es la mejor amiga de Carmen; en realidad, es su confidente más íntima; es la última en marchar del velatorio y la primera en regresar a la mañana siguiente. Le llama “bobina” a Carmen, en un tono afectivo y comprensivo; denota muy bien la enorme complicidad que las une. Comparte con su amiga la visión de la vida, ideología y posición social. Refuerza los argumentos y justifica la actitud de Carmen en la toma de decisiones. Su fidelidad constante la hacen muy valiosa a ojos de Carmen, que la cita con frecuencia para corroborar sus opiniones.
Los padres de Carmen (la madre ya está muerta): son personas conservadoras que inculcan a su hija una visión inmovilista y clasista de la sociedad. Ostentan una posición social y económica elevada, lo que Carmen reivindica con mucho orgullo. Los cita con frecuencia, orgullosamente, como fuente de autoridad de sus opiniones. Le hizo la Memoria para un acceso profesoral a Mario, y Carmen piensa que es tan buena, aunque árida, que hubiera merecido una publicación. Julia, su hermana, quedó embarazada de un italiano durante la guerra y, para evitar el descrédito social, se fue a Madrid. Ya vemos que no es oro todo lo que reluce en la familia Sotillo.
Los amigos de Mario (Pío, el impresor, Armando, Antonio, Moyano y Beltrán, el bedel del instituto que Carmen manda a la cocina, durante el velatorio, porque desentona con el resto de asistentes, Armando, Antonio y Esther, Aróstegui y don Nicolás, director del periódico donde colabora Mario, Oyarzun, envidioso de Mario, etc.): es gente normal y corriente, de clase media, pero, en general, de ideas aperturistas, que han de reprimir por la férrea censura franquista. 
Paco Álvarez: es un personaje secundario, pero con una importancia decisiva en un asunto central: la infidelidad de Carmen a su marido. De niño fue pobre y humilde, pero acertó en los negocios y ganó mucho dinero. Físicamente resulta muy atractivo para Carmen, que medio se enamora de él (a lo que ayuda su Citroen Tiburón), aunque sin consecuencias mayores.
5. Lugar y tiempo narrativos
La acción ocurre en una ciudad de provincias; bien puede ser Valladolid, donde vivió Delibes toda su vida. El ritmo de vida es tranquilo y rutinario. No se aprecian rasgos especialmente llamativos. Existe un equilibrio entre los espacios interiores (el hogar de Carmen y Mario) y la ciudad donde viven: periódicos, universidad, cafeterías, etc.
El tiempo está muy definido, gracias a la esquela inicial. Mario fallece el 24 de marzo de 1966, así que conocemos el momento crítico del hecho narrativo central: el monólogo interior de Carmen, que ocurre en esa fecha. Como Carmen acude a sus recuerdos con mucha frecuencia, tenemos que la novela se extiende a lo largo de toda la posguerra española. Es un cuarto de siglo, desde el fin de la contienda hasta el momento de la muerte de Mario. Este y su mujer habrían nacido hacia 1920, o unos años previos.
6. Figura del narrador
En el prólogo y en el epílogo aparece un narrador en tercera persona, parcialmente omnisciente, objetivo y externo. No se involucra en la acción y, en un tono presentativo, nos narra cómo llegan los amigos y familiares de Mario para dar el pésame a la familia del finado; en el epílogo, se cuentan los preparativos para la conducción del cadáver, con una sustanciosa conversación entre Carmen y Mario hijo. Este defiende el aperturismo, la flexibilidad y la necesidad de mirar el futuro con esperanza, superando viejos rencores guerracivilistas.
7. Notas estilísticas
Delibes es un auténtico maestro en el manejo de la lengua española. En esta obra predomina el registro coloquial, pues son los pensamientos de Carmen los que nos llegan. Frases hechas, coloquialismos, modismos, léxico propio del mundo familiar, etc. abundan muchísimo. Ello es un acierto literario de primer orden. Delibes imita cuidadosamente el modo de hablar de una mujer de mediana edad, burguesa, conservadora y provinciana. El nivel medio de la lengua campa a sus anchas. Hay muchas oraciones truncas, elipsis a cada paso, apóstrofes frecuentes, exclamaciones e interrogaciones retóricas cada poco, repeticiones por doquier, etc. La sensación de lectura es muy agradable, pues realmente parece que estamos escuchando a Carmen, hablando ante nosotros (es la misma que se disfruta en la adaptación teatral, llevada a las tablas por la gran actriz Lola Herrera: un trozo de verdad y de vida auténtica se expone ante nosotros). Carmen nos envuelve con su monodiálogo porque es, sencillamente, auténtica: es así y habla así, con sus defectos y virtudes, como cualquier hijo de vecino.
Carmen, en realidad, dialoga (o eso quiere creer) con su marido. Acaso busca la comunicación que no tuvo con él en vida. Lo interpela con mucha frecuencia, le pregunta, lo asevera, lo corrige previendo sus respuestas, etc. Esto hace que un diálogo trunco circule por todo el relato. Parece que Mario va a responder de un momento a otro, como realmente Carmen desea, pero eso ya no es posible.
El prólogo y el epílogo aparece en tiempo presente, para dar la sensación de inmediatez y simultaneidad con la lectura, como si pasara delante de nuestros ojos. Sin embargo, Carmen, que se apoya, sobre todo, en su memoria, mezcla pasado y presente constantemente, dada su espontaneidad de pensamiento.
8. Contextualización
Miguel Delibes Setién (Valladolid, 1920 – 2010) es un formidable novelista de la posguerra española. Dueño de un estilo propio, logró que el rural castellano, la gente humilde y sencilla, pasara a primer plano narrativo. Novelas como El camino (1950), Viejas historias de Castilla la Vieja, Las ratas, etc. son ejemplo de este tipo de narrativa. También la ciudad provinciana, en este caso con una crítica muy dura a la burguesía acomodaticia, egoísta y avulgarada, forma parte de su arco novelístico. El príncipe destronado, Cinco horas con Mario, que ahora comentamos, y La hoja roja son algunos ejemplos de este tipo de relato. Su última obra, El hereje es una novela histórica de gran aliento y significación; recrea los tristes episodios en torno al auto de fe de Valladolid, contra los luteranos, en 1559.
9. Interpretación y valoración
Estamos ante una obra realmente genial, de una originalidad y una perfección asombrosas. Es un trozo de vida la que nos llega, íntegra, real, sin maquillajes. Por eso Delibes no oculta las faltas y los aciertos de los personajes, especialmente de Carmen y Mario. Escuchamos a Carmen y comprendemos muy bien cómo se vivía en las primeras décadas de la posguerra española. Las miserias y las virtudes se muestran sin contemplaciones. La mirada bondadosa de Delibes, con este genial artefacto narrativo, se traspasa inmediatamente al lector; este también se ve impelido a juzgar con benevolencia y a valorar con cuidado unos años tristes y duros desde el punto de vista material y cultural, pero, al fin, parte de nuestra historia.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Las siguientes actividades se pueden realizar de modo individual o en grupo; de manera oral o escrita; en clase o en casa; utilizando medios tradicionales o recursos TIC, según las circunstancias lo aconsejen).
2.1. Comprensión lectora 
1) Resume el contenido de la novela (150 palabras, aproximadamente). 
2) Señala su tema principal y los secundarios. 
3) Delimita los apartados temáticos, atendiendo a las modulaciones de sentido. 
4) Analiza los personajes, tanto ricos como pobres.
5) ¿Qué tono tiene la novela: positivo, optimista, esperanzado, o todo lo contrario? 
6) Señala el lugar y el tiempo en el que transcurre la acción narrativa. 
7) Observa y señala las características del narrador.
8) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado. 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Qué tipo de vida llevan Carmen y Mario? ¿Coinciden mucho o poco? 
2) Analiza los rasgos morales de Carmen y Valentina, por un lado, y compáralos con los de Mario y Oyarzun, por el otro; ¿cómo se puede interpretar este contraste? 
3) ¿Existe un diálogo entre Carmen y Mario en las cinco horas de estar juntos? ¿Qué sentido le podemos atribuir a ese hecho?
4) ¿Cómo se aprecia en el texto la importancia del compromiso con los valores de concordia y apertura mental? 
5) ¿Por qué Carmen le suplica a su marido Mario que la perdone? ¿Existe una causa real para esa petición? 
6) ¿Qué significación se encierra en el final de la  novela?  
2.3. Fomento de la creatividad
1) Elabora un texto literario, en prosa, en verso, o en forma dramática que exprese un “diálogo” o monólogo con una persona recién fallecida, con la que se quiera despedirse. Puedes imprimir un ritmo coloquial y famliar, como ha realizado Miguel Delibes.
2) Imagina y transcribe una conversación o plática entre la clase y el novelista Miguel Delibes a propósito de su poema y de su vida. 
3) Realiza una exposición sobre Miguel Delibes, su narrativa y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc. 
4) Aporta o crea imágenes de momentos donde se aprecie una revisión de una relación entre personas en un momento crítico, siguiendo el ejemplo de Miguel Delibes.
2.4. Comentario de texto específico
XXVI
Toda revelación es para vosotros como libro sellado; se le da a leer a quien sabe leer, diciéndole: Lee esto, y responde: No puedo, el libro está sellado. O se da el libro a quien no sabe leer, diciéndole: Lee esto, y responde: No sé leer. Es lo mismo que tú, Mario que me hiciste reír, palabra, la seriedad con que dijiste en la entrevista aquella que hoy en España no se lee, que te crees que porque no te lean a ti a los demás les va a suceder lo mismo, que estoy cansada de decirte que tú, escribir, sabes escribir, que escribes con soltura y eso, pero, hijo mío, de unas cosas tan aburridas y de unos tipos tan poco apetecibles que tus libros se caen de las manos, la verdad. Y no es que lo diga yo, recuerda a papá, y papá en estas cosas es alguien, vamos, me parece a mí, pues ya le oíste, que no es que vacilase, «si escribe para distraerse, pase, pero si busca la gloria o el dinero que tire por otro camino», más rotundo no cabe, y papá, ya lo sabes, una autoridad, que en el ABC no saben dónde ponerle, que no es precisamente un indocumentado, que menuda Memoria te hizo, de libro, hijo, que a mí, que nunca me dio por ahí, me la tragué sin respirar, tres veces, no te creas, que recuerdo que me encantó todo aquello del método regresivo, eso de estudiar la Historia para atrás, como los cangrejos, porque todas las cosas tienen su porqué, como suele decirse, no pasan en balde. Prescindiendo de que fuera mi padre, debisteis editarle la Memoria en la Casa de la Cultura, fíjate, hubiera sido un exitazo, me juego la cabeza, porque aunque corta y así, que eso se arregla con una letra un poco más gorda, tenía mucha miga, que hoy la gente es lo que quiere, desengáñate, libros de amor o libros con sustancia, una de dos, pero para aburrirse o para perder el tiempo ten por seguro que nadie compra un libro, que es a lo que voy, borrico, ¿me quieres decir quién iba a leer tus cosas, y perdona mi franqueza, si tus protagonistas cuando no son pobres son tontos? Fíjate en «El Castillo de Arena», sin ir más lejos, que digo éste como podía decir el otro, un paleto al que le van robando sus tierras, una a una, hasta quedarse con lo puesto, un patán sucio que para acabar de arreglarlo tiene una mujer desdentada que no hace más que insultarle. Y todavía ése, vaya, que lo de «El Patrimonio» es todavía peor, hijo, figúrate a estas alturas a quién va a interesarle la historia de un sorche que va a la guerra en un país que no existe y no quiere matar a nadie, ni que le maten, y por si fuese poco le duelen los pies. Te digo, Mario, cariño, que ni buscados con candil, ni aposta encuentras unos protagonistas más estrafalarios, y precisamente ahora, ya ves, que sorches no son más que los patanes, figúrate, que los chicos de familia un poco así, con eso de las Milicias, son todos oficiales, que te prometo que al empezar «El Brazo Derecho», el día que me dijiste que el protagonista no era pobre, me llevé una alegría, te lo juro, que por un momento pensé, que parezco tonta, que ibas a escribir lo de Maximino Conde para darme una sorpresa, que te guste o no, era un argumento de película, ya ves, pero ya, ya… El Ciro Pérez ese, que tampoco podías encontrar un nombre más vulgar, hijo, es una especie de retrasado mental que lo poco que piensa lo piensa en chino, un tipo absurdo que ni sabe lo que quiere ni adonde  Miguel Delibes Cinco horas con Mario va, que aquello era de tal manera enrevesado, cariño, que no entendía ni jota, pero tuve la fuerza de voluntad de aprenderme trozos de memoria, pero largos, ¿eh?, y de carretilla, como un papagayo, para comentarlos luego con mis amigas, que uno era como aquél del labrador de Villaloma, el que escribió a Valen, sí hombre, que la conoció en una cacería, ya casada y todo, una carta tronchante que nos la aprendimos todas de memoria, que empezaba, «si el interés lo tiene por defecto, tal es así que no quiere contestarme, le suplico Valentina que me escuche aunque no sea más que por amistad», ¿te acuerdas?, graciosísima, bueno, pues hice igual, Mario, me eché al coleto una parrafada, una que decía, decía, verás, «en hacer el bien, Ciro encontraba una complacencia, una inconfesada satisfacción, con lo que automáticamente quedaba excluida toda interpretación meritoria de sus acciones y abierta la posibilidad de una reparación ulterior. De ahí, su tortura…», ¿qué te parece? ¿no te recuerda horrores a las cartas del tipo aquel de Villaloma? Dime tu verdad, Mario, vaya parrafito, no me digas, ni aposta, que Valen se mondaba, pero, hijo, Esther, sin venir a cuento, se enfurruñó, ya ves tú qué salida de tono, qué la iría a ella, y venga de explicar, pero de malos modos, ¿eh?, llamándonos de todo, que lo que quiere decir Ciro Pérez, que yo, oír Ciro Pérez y caerme de risa era todo uno, y Valen para qué te voy a contar, y Esther cada vez más furiosa, que si éramos unas analfabetas, bueno, pues que lo que quería decir Ciro Pérez, según Esther, es que cada vez que cedía la acera, o el asiento en el autobús, que hay que ver, aquí, para ínter nos, lo pesadito que se pone, Mario, siente una satisfacción y piensa «soy bueno», como con un poco de orgullo, ¿comprendes lo que quería decir Esther?, pues desde el momento que se envanece, ceder la acera deja de ser una acción meritoria y puede ser inclusive pecaminosa, ya ves qué líos, que a ti ni se te habrá ocurrido eso, lo más seguro, que Valen empezó a voces: «¡Pero ese hombre es tonto, hija!» y a mí me entró la risa, un ataque, Mario, como lo oyes, y Esther para qué te voy a contar, cada vez más excitada, hasta que de repente, toda roja, empezó a chillarme, «¡no te rías así, Carmen, no te rías así, que ese hombre puede ser tu marido!», ya ves qué sandez, por mortificarme, a ver, que yo, «oye, mona, por lo que más quieras», muerta de risa, que no me podía contener, Mario, me era imposible, ¡qué juerga, Dios mío!, y ella, que era inútil tratar de hacernos comprender a nosotras esas tensiones, me parece que dijo tensiones, que está en un plan redicho que no hay quien la aguante, y que en lugar de ceder el asiento pudiera negarse a firmar un acta o comprar un Carlitos en Madrid, como decía yo que tú hacías, que Valen saltó entonces: «Mario lo hará, pero no se plantea luego problemas idiotas», y Esther que qué sabíamos nadie de los conflictos íntimos de cada hombre, tú me dirás, vaya un conflicto, que lo que yo le dije, «Esther, mona, no desbarres, conozco a mi marido mejor que tú», pero Valen seguía riéndose y, entonces, Esther, cogió el portante y se marchó chillando que no teníamos ni pizca de sensibilidad, ya ves tú, que me molestó, qué sabrá ella, y otra cosa a lo mejor no, pero sensibilidad, Dios mío, si es una de mis peplas, tú lo sabes, cariño, pero si cuando estoy indispuesta ni mayonesa puedo hacer, toda se me corta, que bastante desgracia tengo, que Esther será muy buena amiga y todo lo que tú quieras, pero con eso de haber estudiado, adopta unos aires que no hay quien la aguante, que yo me hago de cruces pensando cómo congeniará con Armando, más opuestos no cabe, él con esa vitalidad, si sólo piensa en comer, pero lo cierto es que le tiene loco, a él que no le toquen a su mujercita, que hay que ver el trepe que armó la otra noche en El Atrio, total por nada, que si la miraron o la dejaron de mirar. Yo no sé, a veces me da por pensar que tú hubieses encajado con Esther, y otras que no, yo creo que demasiado parecidos tampoco resulta, no sé, es un lío, pero lo cierto, Mario, no nos engañemos, es que tu no eres un tipo de hombre de gustar a las mujeres, que físicamente vales bien poquito, seamos francos, pero algo debes de tener, alguna gracia oculta, que a la que gustas la trastornas, ¿eh?, las cosas como son, ahí tienes a Esther y a tu cuñada Encarna, que digas que yo no soy celosa, que si no… Me gustaría que oyeses a Esther en los tes de los jueves, si tus libros salen a colación, ya se sabe, el evangelio, símbolos, tesis, lo que quieras, menudo abogado, hijo, que no sé cómo los jueves no te zumbaban los oídos hasta quedarte sordo, vaya sermones, hasta donde no la importaba, válgame Dios, tú dirás, que no te animara a buscar otro empleo, ya ves, que eso sería destruir tus posibilidades, imagina, que yo no sé, la verdad, dónde te encontraba tales talentos, que lo que yo dije un día, que ella furiosa, claro como con la fábrica de Armando tiene el riñón cubierto, que lo que yo la dije, «si el talento no sirve para ganar dinero ya no es talento, guapina», porque es la pura verdad, Mario, no me digas, tanto incienso, tanto incienso, que me tiene harta. La pánfila de Esther presume de conocerte mejor que nadie pero no sabe de la misa la media, que me gustaría verla en mi caso, ni dos semanas, ya te lo aseguro yo, que una cosa son los libros y otra muy distinta la persona, que a testarudo no hay quien te gane, y no es que lo diga yo, que ya lo dijo, y bien claro, Gardenia, ¿recuerdas?, la grafóloga que hubo en «El Correo» antes de venir don Nicolás, cuando «El Correo» se podía leer, que daba gusto, pues la mandé una cuartilla tuya sin que lo supieras, y te retrató, hijo, en mi vida he visto una cosa igual, que yo pensaba «ésta le conoce, seguro», que no puede decirse más en menos palabras, la misma Valen, ya ves, «hija, es que le retrata», tronchada, y venga de leerlo, «perseverante, idealista y poco práctico; alimenta ilusiones desproporcionadas», ¿qué te parece?, tú pon testarudo, donde dice «perseverante», iluso donde dice «idealista» y holgazán donde pone «poco práctico» y tendrás tu ficha completa, que nadie diría, cariño, que de la letra de uno se puedan sacar tantas cosas. Pues todavía, la pánfila de Esther que me faltaba sensibilidad para apreciarte, ya ves qué sabrá ella, precisamente sensibilidad, si hubiera dicho otra cosa, que yo recuerdo a mamá, que en paz descanse, «hija mía eres como un barómetro», que me ponía a hacer mayonesa estando mala y ya se sabía, a arreglarla, y no me digas, Mario, que tú estabas a un paso, cuando se me cayó el diente a la piscina, temblaba y todo ¿eh?, tú lo viste, una temblorina como en pleno invierno, ¿eh?, que luego una semana en cama devolviendo, que me alteré toda, menudo disgusto, que al Chucho Prada dichoso le hubiera matado, «antes se te caen los tuyos que el que te he puesto», como para fiarse. Si eso no es sensibilidad, Esther dirá lo que es sensibilidad, que la muy sandia se cree que sensibilidad es leer, atiborrarse de libros, cuanto más rollos, mejor, que no es que yo vaya a decir que una sea muy cultivada, Mario, que ni tiempo, tú lo sabes, pero tampoco una analfabeta, Mario, ya ves, que tu Memoria, bueno, la de papá tres veces, y no era precisamente un libro divertido, y los de Cánido, que digáis lo que digáis a mí me encantan, y los tuyos, Mario, no digas, todos, uno detrás de otro, y aprendiéndome párrafos de carrerilla, de pe a pa, y antes de casarme, «La Pimpinela Escarlata» y por lo menos diez veces «Vendrá por el mar», que me chiflaba, nunca he disfrutado tanto con un libro, palabra, que tenía un encanto especial, que la pánfila de Esther se da unos aires como si sólo hubiera leído ella. Y ahora que me acuerdo, Mario, también me leí de cabo a rabo el libro de versos de aquel amigo tuyo, Barcés o Bornes, ¿te acuerdas?, el que encontramos en Madrid durante el viaje de novios, de Granada, me parece, que hablaba todo el tiempo de García Lorca, él un poco pelirrojo y ella llenita, muy morena, que le conocías, creo, de cuando la guerra, no me hagas mucho caso, él como muy cohibidín, bueno, es igual, pues me leí el libro de un tirón, que eran unos versos rarísimos, unos cortos cortos y otros largos largos, que no pegaban ni con cola, al buen tuntún, que al acabar me dio una jaqueca horrible, ¿recuerdas?, distinta de otras veces, como en mitad de la cabeza. ¿Cómo se llamaba aquel amigo tuyo, hombre, si lo tengo en la punta de la lengua, que él hablaba muy bajito, como si se estuviera confesando, con un poco de acento y os pasasteis la tarde diciéndoos versos uno al otro, sí, hombre, en un café de la Gran Vía que hacía  esquina, ¡qué cabeza!, todo lleno de espejos, que ibas a entrar y te dabas, que era como un laberinto? ¡Qué tardecita, Dios santo!, lo único, que recitaras el de ojos, que recuerdo que cada vez que empezabas un verso, yo pensaba: «Va a decir el de mis ojos», pero ya, ya, ilusiones, con lo que yo hubiera dado, que si Elviro no me lo dice, yo en la inopia, fíjate, «¿te lee Mario sus versos?», que yo, pasmada, «¿hace Mario versos?, es la primera noticia», y él, «desde que era así», que luego me dijo que habías dedicado uno a mis ojos y yo muerta de curiosidad, figúrate, el sueño de toda mujer, pero cuando te lo pedí, «debilidades, son blandos y sentimentales», que no había quien te sacara de ahí, y eso es algo que me pone enferma, Mario, porque escribir versos para nadie no tiene sentido, es como salir a la calle y empezar a dar voces al buen tuntún, cosa de locos. ¡Borres!, no, no era Borres, pero algo parecido, desde luego empezaba por B, ¿no sabes quién digo, Mario? Él, como muy desaseado, muy a la pata la llana, de tu escuela, y ella andaluza, morena, con el pelo recogido, que nos llamaba todo el tiempo de ustedes, «porque ustedes», «porque viniendo de ustedes», que contó aquello tan divertido de la feria de Sevilla, lo de la jaca, eso, una de las veces que te he visto reír con más ganas, ¿no te acuerdas?, sí hombre, ¡qué rabia!, estábamos sentados según se entra, así a mano derecha, en un diván rojo, todo corrido, él y tú, enfrente, que él se subía mucho el pantalón y luego, al salir, comentamos lo peludo, más bien soso… ¡Barnés! Eso es, Barnés, Joaquín Barnés, me parece que era Joaquín, Mario seguro, ¡qué gusto, ay qué peso se me ha quitado de encima!
ACTIVIDADES DEL COMENTARIO DE TEXTO O EXÉGESIS TEXTUAL
1) Resume el texto recogiendo su contenido esencial (100 palabras aprox., equivalentes a 10 líneas); 2) Indica los temas tratados en breves enunciados sintéticos; 3) Señala los apartados temáticos o secciones de contenido; 4) Localiza el lugar y tiempo en el que transcurre la acción (no en poesía lírica); 5) Analiza la figura del narrador (no en poesía lírica, donde aparece un sujeto lírico), ni en teatro; 6) Describe los personajes (no en poesía lírica); 7) Analiza la métrica, la rima y señala la estrofa empleada (solo en poesía o teatro en verso); 8) Analiza cómo los recursos estilísticos crean significado (12, mínimo); 9) Contextualiza al autor y su obra según su entorno social, histórico, cultural y personal; 8) Interpreta y discierne la intención y sentido del texto; 9) Valora personalmente tu apreciación lectora; 10) Transforma el texto con un lenguaje y en un contexto actual manteniendo su esencia, o escribe un texto literario inspirado en el original (optativo).

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