Miguel Delibes: «El disputado voto del señor Cayo»; análisis y propuesta didáctica

MIGUEL DELIBES – El disputado voto del señor Cayo (1978)
1. ANÁLISIS
1.1. Resumen
I
Estamos seguramente en 1977, en una capital de provincias, en plena campaña electoral, parece que la primera tras la recuperación de la democracia en España (1977). Víctor es el candidato de un partido político (de ideología progresista, de izquierda, pero no comunista) para el congreso de los diputados. No es de la provincia; fue enviado desde Madrid, como «paracaidista». Hace poco ha finalizado la dictadura franquista. Víctor no tiene buena salud. Es un hombre sereno y razonador. Al entrar en la sede del partido, charla con Arturo, trajeado y altivo, candidato al senado (luego sabremos que es el marido de Laly, al menos formalmente). Hacen publicidad a lo Kennedy, en plan escenas espontáneas y familiares. Cierta tensión entre ellos. Entra en la sede, un piso destartalado, pero lleno de gente, militantes que preparan carteles y sobres electorales. Actividad frenética. Saluda a Carmelo, un calvo fuerte que dirige el trabajo que allí se realiza. Rechazan el borrador de una carta a los electores porque es muy larga y está llena de sermones. Carmelo y Víctor piden algo más claro, breve y directo. Habla con Rafa, un cuadro medio activo y muy ideologizado; también con Laly, la atractiva mujer de Arturo. Critican a Alianza Popular y al Partido Comunista por oportunistas. Hay mucho ruido en el piso convertido en cuartel general; suena música y una tele; fragor continuo. Citan a Suárez, el presidente del gobierno con UCD; goza de una potente maquinaria electoral.
II
Dani es el jefe del partido en la provincia. Lidia por teléfono con los jefes de Madrid. Trata de imponer orden y concierto en la campaña electoral; mítines en pueblos, pegadas de carteles, distribución de folletines, entrevistas en los medios de comunicación, etc. Organiza una batida electoral para unos pueblos del norte. El “ plan es comer en Refico y, por la tarde, subir a Cureña, Quintanabad y Martos. A la hora de la cena podemos estar de vuelta”, dice Rafa. Van en 124 (se entiende, un Seat). A Rafa, algo acelerado e impertinente, le gusta Laly, que no le hace mucho caso; esta es feminista.
III
Víctor Velasco tiene 37 años, de los cuales siete los pasó en la cárcel. Es especialista en la Edad Media, o eso parece.  Rafa, Víctor y Laly toman el coche y se dirigen al norte de la provincia, a los pueblos perdidos y semiabandonados. Tras atravesar tras el páramo, inician un descenso a un valle. Escuchan en una casete zarzuela que pide Víctor; luego, Pink Floyd, de Rafa y Laly. Discusión acalorada y estéril sobre el feminismo; Laly es combativa; Rafa y Víctor, más conciliadores. Se cruzan con unos conocidos de otro partido, liderados por Agustín, aparcados al lado de la carretera; se insultan, amenazan y aceleran.  Al fondo, se divisan las montañas blancas por la nieve. Toman un vino en Berrueco. Dos viejos y el tabernero medio se ríen de ellos, medio desconfían y les contestan ambiguamente a la pregunta de si ha pasado por allí alguien del partido pegando carteles; se referían a Ángel el Cojo. Cogen el coche y se dirigen a Refico.
IV
Laly oposita sin mucho éxito; había estudiado Exactas. Rafa tiene 23 años y está en segundo de derecho, así que no avanza mucho en sus estudios. Es “hijo de viuda y cuatro hermanitos a su cargo”, dice él de sí, para completar el cuadro dramático. Rafa tontea insistentemente con Laly; le pide besitos, le pasa la mano por la cadera. Ella le llama “cacho puto”, ya un poco harta. Laly se casa a los diecinueve y su matrimonio ha fracasado. Rafa reniega del matrimonio. Quiere vivir bien y disfrutar de la vida; lo ve compatible con su ideología progresista. Se ven las contradicciones de una ideología “socialista” y las ganas de vivir placenteramente sin trabajar mucho, ni grandes esfuerzos. Víctor escucha a María Dolores Pradera y Cucho Sánchez. El paisaje empieza a ser montañoso. Paran a contemplar el paisaje de la hoz del río, los farallones, el bosque de robles al fondo. A Víctor le gusta mucho. También a Laly, casi nada a Rafa. Ya son las cinco y llegarán tarde a Cureña; los asistentes al mitin llevarán esperando media hora.
V
Cureña está aparentemente abandonando; casas desportilladas, tejados caídos, cristales rotos. Atraviesan el pueblo por una calle estrecha, en el coche; da a una plazuela, por donde pasa un arroyo. Los saluda el señor Cayo. Hay otro vecino, con el que no se habla, pue se llevan mal. Va a recoger un enjambre y meterlo en una colmena y lo acompañan. Se ayuda de un saco de paja (“escriño”) y un fuelle con humo. Baja el enjambre de la punta de un roble y las mete poco a poco en el “dujo” (colmena). Mata un lagarto con un palo, porque les gusta mucho la miel. Víctor le ayuda con el fuelle.
VI
Se dirigen a un huerto. Entresaca remolacha y la replanta en un trocito excavado. Le mete el agua. Se acerca a un remanso del arroyo, saca de un retel dos docenas de cangrejos. Va a cumplir ochenta y tres años. Tiene dos hijos, con coche; él vive en Baracaldo; ella, en Palacios, donde lleva la tienda y el bar. Les da el nombre de plantas y árboles, así como su uso. La malva sirve para aligerar el vientre. Rafa protesta por el tiempo que llevan allí, pues Dani se enfadará si no van a los otros pueblos, pero a Víctor le da igual. El pueblo se ha ido despoblando desde la guerra civil. A un vecino lo entierra allí cerca, porque él solo no puede subirlo al cementerio. Una pareja de cárabos anida dentro de una caseta, del horno de pan.
VII
Visitan la gruta escondida por la cascada, en un farallón. Es espaciosa; allí se refugian cuando vienen los soldados, de cualquier bando, durante la guerra; siguen el consejo del cura, un hombre prudente. Fusilan a los dos alcaldes en siete días. Paulino, un vecino, por los sesenta, extrae una fecha jugando con la baraja y se apuesta que muere ese día; en efecto, se suicida y el perdedor paga su funeral. Un soldado, en la guerra, deja a su hija (de Paulino) embarazada; le afecta mucho. Luego suben a la ermita románica, al lado del cementerio. Es coqueta, hermosa, noble y pura. Víctor y Laly la admiran y disfrutan; Rafa protesta con un lenguaje chabacano que ya está bien de visita y se quiere volver. De vuelta al pueblo, cae una tormenta y se mojan.
VIII
Vuelven a casa del señor Cayo. Los invita a cenar. Prende fuego en el lar  y cuelgan las ropas mojadas. Rafa está desnudo de torso. Comen chorizo y queso y unos roscos, todo hecho en casa. No lee (su mujer sí lo hace), tiene labor; si nieva mucho, ve cómo lo hace. Baja a Refico a las cosas importantes. Habla el quince de cada mes con Manolo “el de la Coca Cola”. Se casa en 1923. Se entera de la muerte de Franco tres semanas después, y, en el fondo, le da igual, porque su vida es la misma, con Franco o sin él. No sabe si irá a Refico a votar. Rafa se excita y le larga un pequeño mitin, pero el señor Cayo queda perplejo. No se considera pobre. Víctor arroja al fuego las papeletas de votar. Se acerca un coche.
IX
Es un tal Mauricio y Goyo, y otro más, de un partido de la derecha, casi extrema. Discuten. Le meten un pasquín en la boca al señor Cayo; otro a Víctor. Pegan un cartel encima de otro de Víctor. Al final, le dan una patada en las partes a Víctor y salen pitando. Los tres se despiden del señor Cayo. Es de noche, cerca de las once. Pasan Quintanabad. Llegan a Martos; la cantina está abierta, con una señora hermética que la atiende. Víctor y Rafa se emborrachan con coñac “Veterano”. Rafa acosa a Laly, que lo aparta llamándole “cacho puto”. Rafa se duerme en el coche. Víctor se siente mal. Paran y vomita. Se despeja y habla de su admiración por el señor Cayo. Él sí tiene una gran cultura, sabe nombres de animales y plantas, y su uso. 
X
Llegan a la ciudad, a la sede del partido. Al salir del coche vocean y trastabillando por el alcohol. La gente de una cafetería de al lado mira divertida la situación. Los suben a la sede. Dani se enfada al ver la situación. A Rafa, que ahora repite la frase de Víctor, “Hemos ido a redimir al redentor”, lo cogen y se lo llevan a casa. Víctor, muy borracho, habla del señor Cayo como un sabio, un hombre perfecto. Si no hubiera nada en el mundo, el señor Cayo podría sobrevivir con sus conocimientos naturales, pero los demás morirían, incluido él, Víctor. Lo llevan a casa de Laly, a hurtadillas, para que los periodistas no se enteren. Le dan dos valium y lo echa en la cama. Ángel Abad y Ayuso ayudan a la operación. Cuando ya está en la cama, los llama, se rasga la camisa y les enseña dos costurones en su pecho, todavía sanguinolentos, que le habían hecho los de Mauricio, de un partido de ultraderecha. Todos quedan petrificados. Víctor dice que “esto no tiene remedio. Es como una maldición”, refiriéndose al cainismo español.
1.2. Temas
Los temas que plantea la novela son:
-Defensa del mundo rural, olvidado de todos, pero digno en su vida miserable, con un sistema de valores firme y claro. Se denuncia la inmigración
-Alabanza de la vida natural del campesino, en compenetración con el campo. El señor Cayo no se siente pobre para nada.
-Crítica y burla del pensamiento ligero, fanático y expresado burdamente de los urbanitas, y en concreto, de los políticos.
-Necesidad del sosiego y la reflexión, junto con el diálogo, para establecer bases sólidas de una sociedad sana.
1.3. Apartados temáticos o estructura narrativa
El texto posee una estructura clásica:
-Introducción o presentación de los personajes, el contexto y el conflicto  (los dos primeros capítulos): España, en 1977, en plena campaña electoral. Un partido, parece que puede ser el PSOE, organizando y ejecutando su campaña electoral. Víctor y Laly son los cabezas de lista para el congreso. Van al día siguiente a hacer campaña a unos pueblos de la sierra, en la montaña, aislados y medio vacíos por la inmigración.
-Nudo o desarrollo (capítulos III-IX): Laly, Rafa y Victor se dirigen en coche a los pueblos elegidos. En Cureña se encuentran con el señor Cayo. De ese encuentro surge una profunda lección moral para los urbanitas políticos. El viejo campesino les enseña su modo de vida con sus pequeñas faenas agrícolas diarias. Cenan con él y su mujer y emprenden el camino de vuelta.
-Desenlace o resolución y cierre de la trama (capítulo X): se emborrachan los dos hombres por el camino, llegan a la ciudad y sus compañeros han de esconderlo para que nadie lo vea y salga en los periódicos con su borrachera. Reconocimiento de la superioridad moral del señor Cayo sobre los demás.
1.4. Personajes
-El señor Cayo: viejo campesino que va a cumplir ochenta y tres años en unos meses. Se ha dedicado a la agricultura y ganadería de subsistencia. Casado con una mujer muda, de la que no se dice el nombre. Dos hijos que han emigrado. Vive de su labor agrícola, sin mayores complicaciones. Posee el viejo pensamiento del campesino tranquilo y conforme con su destino. Dice que no es pobre; no lo es en saberes y conocimiento natural; sí lo es desde el punto de vista económico, pero le da igual. Vive muy aislado; ve al de la Coca Cola una vez al mes, pero no se siente solo. Tiene un vecino con el que no se habla. Su mujer y sus hijos ocupan un papel secundario en la novela, aunque importante en su universo; piensa que los hijos han de cuidar de los padres cuando son mayores.
-Víctor Velasco: venido de la capital, de Madrid, es candidato de un partido político innominado, pero parece el PSOE. Tiene sus años de cárcel por sus actividades antifranquistas. Es un hombre reflexivo. Al final, cae rendido ante los valores morales y existenciales del señor Cayo. Su borrachera es su derrota. Es educado y comedido con todos; se siente algo desplazado en un tiempo en que los jóvenes ya escuchan otra música y leen otras cosas. Digno, al final enseña las cuchilladas que le asestan los fanáticos de ultraderecha, hasta entonces escondidas. Cae en el fatalismo sobre la historia de España.
-Laly: es la segunda candidata de ese partido. Es una mujer guapa y atractiva, pero con un matrimonio roto con el candidato al senado, Arturo. Es feminista, lo que provoca cierta compasión de los hombres. Tiene un sentido práctico de las cosas y exhibe mucha paciencia para soportar a los dos hombres; Rafa, sobón; Víctor, patético.
-Rafa: joven militante del partido, muy comprometido. Abandona la carrera en la universidad en segundo y está entregado al partido. Su habla avulgarada, que él cree muy moderna, delata su superficialidad ignorante. Piensa que la bondad de sus ideas políticas perdonan todos los deslices, incluido su afición a la buena vida y a las mujeres; casi es sobón; Laly lo tilda de “cacho puto” en varias ocasiones.
-Dani: es el jefe del partido político. Manda sobre los demás para tratar de obtener rédito electoral en todas sus acciones. Es el típico político que trata de tenerlo todo controlado, pero se ve pillado por la presión de los jefes en Madrid, se entiende. Pide practicidad para salir adelante ante los reveses. Sus ayudantes, Ayuso y Ángel Abad son del mismo corte; gente más bien joven que se entregan a una causa política esperando también recibir sus beneficios.
1.5. Lugar y tiempo
El lugar está bien delimitado: en parte, una capital de provincias castellana, como Burgos, Palencia o León; las tres presentan la misma característica geográfica común: la provincia tiene una franja montañosa calcárea en el norte, con pueblos en la sierra. La mayoría de la novela discurre en el pueblo de Cureña (en León existe el río Curueño); un enclave semiabandonado, flanqueado por la montaña. Tranquilo por haber sido abandonado por sus viejos habitantes.
El tiempo de la acción narrativa se puede acotar alrededor de 1977, momento de las primeras elecciones democráticas libres en España. Se mientan políticos como Adolfo Suárez y José María de Areilza, personajes históricos que, en efecto, fueron protagonistas políticos de esos momentos. La duración de la acción se circunscribe a un día, desde el anochecer de una jornada, hasta la siguiente
1.6. Narrador
La acción nos llega a través de un narrador en tercera persona, no del todo omnisciente, ni objetivo, ni externo. El narrador focaliza a través de Víctor al principio y al final; a través del señor Cayo en la parte central de la novela. No disimula su admiración por la sabiduría natural del señor Cayo, ni por la flexibilidad de pensamiento de Víctor. Es mayor que Rafa y Laly, pero es quien mejor entiende al viejo campesino. Su modo de expresarse está empapado del léxico del señor Cayo, de modo que parece que es éste quien cuenta cuando están en el pueblo.
Ocurre como que el narrador renuncia a su rol de observar y contar para dejar que sean los dos personajes citados quienes entren en su conciencia y relaten como ellos desean. Es como si el narrador también apreciara la superioridad moral de los dos personajes y cediera gustoso su papel narrativo. El resultado es asombroso, original y muy convincente. Intensifica la verdad poética del texto.
1.7. Comentario estilístico
El autor, Miguel Delibes, utiliza los tres procedimientos narrativos: narración, descripción y diálogo, con extraordinario acierto y proporción. Los diálogos del señor Cayo, breves y sentenciosos, recogen muy bien el modo de ser y hablar del rural castellano: pocas palabras y con la claridad meridiana requerida.
Delibes emplea gran cantidad de recursos estilísticos con un extraordinario acierto. Veamos un extracto tomado del capítulo VIII como muestra:
La vieja, que se había sentado en una sillita de paja, un poco apartada, orilla de la alacena, les observaba, inmóvil, con sus ojillos afilados, cercados de patas de gallo. Aclaró el viejo:
    —Los roscos son de la fiesta del domingo.
    —¿Hicieron fiesta?
    —La Octava, de siempre, desde chiquito la recuerdo.
    —Octava, ¿de qué?
   —De Pentecostés, claroó. O sea, por mayor, bajamos todos a Refico en carros o en borricos, donde se tercie. Y a la puerta de la iglesia se subastan los roscos y los mojicones. Y lo que se saca, para la Virgen. No crea que tiene más ciencia.
    Hizo un alto el señor Cayo, que se había sentado en un tajuelo, cerrando el corro, y se quedó mirando fijamente para las llamas. Al cabo de una larga pausa, añadió:
    —De regreso de una de estas romerías, el año que llevé el pendón, o sea, el veintitrés, que ya ha llovido, nos comprometimos. Yo la aupé a ella al borrico y la dije: «Sube». Y ya se sabía, que así era la costumbre, si ella subía era que sí y si ella no subía era que no. Pero ella subió y para diciembre nos casamos.
    —Estaba por usted, vamos —dijo Rafa, prendiendo un cigarrillo con un ascua de la chimenea.
    —Mire.
    Volvió a llenar las tazas el señor Cayo. Luego se levantó, salió y volvió con una brazada de leña que depositó sobre las brasas, en el hogar:
    —¿Todavía tienen frío? —preguntó.
    Víctor se palpó los bajos de los pantalones, que humeaban:
    —Ya están casi secos —dijo.
    La llama rompió ruidosamente entre los sarmientos. Rafa apartó la cara. Laly miró en derredor y dijo:
    —¿No tienen ustedes televisión?
    El señor Cayo, acuclillado en el tajuelo, la miró de abajo arriba:
    —¿Televisión? ¿Para qué queremos nosotros televisión?
    Laly trató de sonreír:
    —¡Qué sé yo! ¡Para entretenerse un rato!
    Dijo Rafa, después de mirar en torno:
    —¿Y radio? ¿Tampoco tienen radio?
    —Tampoco, no señor. ¿Para qué?
    Rafa se alteró todo:
    —¡Joder, para qué! Para saber en qué mundo viven.
    Sonrió socarronamente el señor Cayo:
    —¿Es que se piensa usted que el señor Cayo no sabe en qué mundo vive?
    —Tampoco es eso, joder, pero no estar incomunicados, digo yo.
    Víctor seguía el diálogo con interés. Intervino, conciliador:
    —Entonces, señor Cayo, ¿pueden pasar meses sin que oiga usted una voz humana?
    —¡Quiá, no señor! Los días quince de cada mes baja Manolo.
    —¿Qué Manolo?
    —El de la Coca-Cola . Baja de Palacios a Refico, en Martos todavía hay cantina.
    —Y ¿entra en el pueblo?
    —Entrar, no señor, bajo yo al cruce y echamos un párrafo.
    Víctor se mordió el labio inferior. Dijo:
    —Pero vamos a ver, usted, aquí, en invierno, a diario ¿qué hace? ¿Lee?
    —A mí no me da por ahí, no señor. Eso ella.
    Rafa cogió el cabo de un palo sin quemar y lo colocó con las tenazas sobre las ascuas. Luego, sopló obstinadamente con el fuelle de cuero ennegrecido hasta que hizo saltar la llama. La vieja, junto a la alacena, ladeaba mecánicamente la cabeza, como para escuchar o para dormitar, pero en el instante de cerrársele los párpados, la enderezaba de golpe. Víctor bebió otra taza de vino y se la alargó, luego, al señor Cayo para que la llenara de nuevo. Añadió al cabo de un rato:
    —Pero si usted no lee, ni oye la radio, ni ve la televisión, ¿qué hace aquí en invierno?
    —Mire, labores no faltan.
    Insistió Víctor:
    —Y ¿si se pone a nevar?
    —Ya ve, miro caer la nieve.
    —Y ¿si se está quince días nevando?
    —¡Toó, como si la echa un mes! Agarro una carga y me siento a aguardar a que escampe.
    Víctor movió la cabeza de un lado a otro, desalentado. Laly tomó el relevo:
    —Pero, mientras aguarda, algo pensará usted —dijo.
    —¿Pensar? Y ¿qué quiere usted que piense?
    —Qué sé yo, en el huerto, en las abejas… ¡Algo!
    El señor Cayo se pasó su mano grande, áspera, por la frente. Dijo:
    —Si es caso, de uvas a brevas, que si me da un mal me muero aquí como un perro.
    —¿No tienen médico?
    —Qué hacer, sí señora, en Refico.
    Saltó Rafa:
    —¡Joder, en Refico, a un paso! Y ¿si la cosa viene derecha?
    El señor Cayo sonrió resignadamente:
    —Si la cosa viene por derecho, mejor dar razón al cura —dijo.
    A Rafa se le habían formado dos vivos rosetones en las mejillas que acentuaban su apariencia infantil. Hizo un cómico gesto de complicidad a Laly:
    —Alucinante —dijo.
    El señor Cayo aproximó un rosco a la muchacha:
    —Pruebe, están buenos.
    Laly partió un pedazo con dos dedos y lo llevó a la boca. Masticó con fruición, en silencio:
    —Tienen gusto a anís —dijo.
    La vieja asintió. Emitió unos sonidos guturales, acompañados de un desacompasado manoteo y sus manos, arrugadas y pálidas, con la toquilla negra por fondo, eran como dos mariposas blancas persiguiéndose. Al fin, de una forma repentina, se posaron sobre el halda. El señor Cayo, que no perdía detalle, dijo cuando la mujer cesó en sus aspavientos:
    —Ella dice que lo tienen. Y también huevos, harina, manteca y azúcar.
    —Ya —dijo Laly.
    Víctor volvió a la carga:
    —Díganos, señor Cayo, ¿cómo baja usted a Refico?
    —En la burra.
    —¿Siempre bajó en la burra?
  —No señor, hasta el cincuenta y tres, mientras hubo aquí personal, los martes bajaba una furgoneta de Palacios. Y, antes, hace qué sé yo los años, estuvo la posta —sonrió tenuamente—, donde Tirso cambiaba los caballos.
    Víctor apartó los pies de la lumbre:
    —Y ahora ¿quién le trae el correo?
    —¿Qué correo?
    —Las cartas.
    El hombre rompió a reír:
    —¡Qué cosas! —dijo—: Y ¿quién cree usted que le va a escribir al señor Cayo?
    —Los hijos, ¿no?
    Hizo un ademán despectivo:
    —Ésos no escriben —dijo—: Tienen coche.
Del texto anterior se pueden deducir los rasgos básicos del estilo delibeseano. El léxico es de una precisión asombrosa, muy visible en las descripciones y narraciones del mundo natural, referidas a las actividades agrícolas del señor Cayo. Los diálogos caracterizan con mucha contundencia a los personajes; quedan retratados con su modo de hablar, vulgar (como el de Rafa), excitado (cualquiera de ellos cuando se acaloran, hablando de política u otro tema), sereno y reflexivo o sentencioso (como Víctor cuando está sobrio, el del señor Cayo en todo momento), etc. 
Delibes emplea el lenguaje con una propiedad asombrosa. Las descripciones resultan exactas, vivas y plásticas. Sean referidas al mundo, sean al urbano, o a las personas, ofrecen una imagen significativa y potente del objeto pintado (la presentación del señor Cayo, por ejemplo, es muy feliz). A los objetos y seres se les llama por sus nombres exactos, casi siempre de uso reducido, o francos arcaísmos ya. Las narraciones cuentan acciones con viveza y precisión, sin rodeos ni omisiones. 
Un enorme acierto de este texto (y otros muchos de nuestro escritor) es que, bajo una estructura narrativa aparentemente sencilla, casi intranscendente por momentos, se atesoran trozos de vida, de verdad poética. Asimismo, la carga reflexiva es de una potencia ineludible. Aquí, se dirige hacia la defensa del mundo natural, el respeto a los mayores que viven medio apartados en pueblos semiabandonados, la crítica burlona a gente de la ciudad que piensa mal y habla peor, etc. 
1.8. Interpretación y valoración
El disputado voto del señor Cayo es una maravillosa y profunda novela que no deja indiferente al lector. Aborda varios temas de gran calado y significación: el abandono del mundo rural, la emigración masiva de posguerra, que dejó semidesértico muchos pueblos del rural español; la falta de diálogo constructivo entre los distintos partidos políticos (aquí, la pulsión cainita de los españoles se expone con toda crudeza, clamando por una respuesta colectiva); el papanatismo de muchos jóvenes que desprecian lo viejo o lo antiguo; el arribismo de políticos oportunistas que pronto adoptan las costumbres burguesas que critican en sus discursos políticos, etc. Como siempre en Delibes, prefiere la presentación a la demostración; deja que sus personajes hablen y actúen con libertad. La obra se erige en una defensa del mundo natural rural y tranquilo, en este caso, en el ámbito castellano. No es que todo allí sea perfecto, pues son dos vecinos en Cureña y no se hablan, pero se vive en  armonía con el mundo natural.  Sin embargo, quien aparece en la novela, el señor Cayo, vive equilibrio, con respeto, hacia el mundo natural.
La vida urbana se dibuja con tintes más bien negativos. El engreimiento y sentimiento de superioridad de los urbanitas cuando se acercan al mundo rural es notable y se hace desagradable para el lector; pronto comprendemos que la sentencia de Víctor: “el redimido es el redentor”, referido al señor Cayo, está lleno de verdad y belleza, que a él lo sobrecoge. El final de la novela es muy amargo, triste y preocupante. ¿No puede existir la concordia entre españoles? ¿Acaso la convivencia respetuosa y asentada en el diálogo y la transacción no es posible entre nosotros? Víctor ha sacado de su experiencia rural heridas físicas, pero, sobre todo, morales, comprimidas en la lección de dignidad del señor Cayo: para una vida plena y con sentido, no hace falta tanta parafernalia ni tramoya política, verbal, ideológica, etc.
Las dimensiones, más bien reducidas, de la novela hacen de ella una lectura muy amena y ligera; no existen digresiones ni rodeos, lo que permite abordar el asunto principal directa e incisivamente. El estilo concentrado y el magnífico empleo del registro coloquial (y hasta vulgar, en boca de los políticos urbanitas) frente al rural, depurado, claro y sentencioso transforman la lectura en un viaje a un mundo rural en vías de extinción.
Por eso la lectura nos deja un poso de amargura y nostalgia. Sabemos que los especímenes como el señor Cayo desaparecieron del todo. Pero vivían en su humilde verdad y en su sintonización serena y amable con la naturaleza. La novela, en efecto, es un prodigio narrativo.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Las siguientes actividades se pueden realizar de modo individual o en grupo; de manera oral o escrita; en clase o en casa; utilizando medios tradicionales o recursos TIC, según las circunstancias lo aconsejen).
2.1. Comprensión lectora 
1) Resume el contenido de la novela (150 palabras, aproximadamente). 
2) Señala su tema principal y los secundarios. 
3) Delimita los apartados temáticos, atendiendo a las modulaciones de sentido. 
4) Analiza los personajes, centrándote principalmente en el dúo formado por el señor Cayo y por Víctor. 
5) ¿Qué tono tiene la novela: positivo, optimista, esperanzado, o todo lo contrario? 
6) Señala el lugar y el tiempo en el que transcurre la acción narrativa. 
7) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado. 
2.2. Interpretación y pensamiento analítico 
1) ¿Qué idea de la vida del campesino rural nos llega de esta novela? 
2) El hecho de que los políticos de diferentes partidos se peleen entre sí, ¿cómo se puede interpretar desde el punto de vista social? 
3) ¿Qué actitudes de los urbanitas se observan ante la vida apartada del señor Cayo y su mujer?
4) ¿Cómo se aprecia en el texto la importancia de la armonía y equilibrio entre el mundo natural y el hombre? 
5) El tiempo, ¿discurre igual para los campesinos que para la gente de ciudad? Aporta ejemplos que corroboren tu opinión
6) ¿Qué significación se encierra en la embriaguez de Víctor y Rafa?  
2.3. Fomento de la creatividad
1) Elabora un texto literario, en prosa, en verso, o en forma dramática que exprese la vida natural y su contraste con la de la ciudad, de una persona corriente y moliente. Puedes imprimir un sentido crítico, como ha realizado Miguel Delibes.
2) Imagina y transcribe una conversación o plática entre la clase y el novelista Miguel Delibes a propósito de su poema y de su vida. 
3) Realiza una exposición sobre Miguel Delibes, su narrativa y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc. 
4) Aporta o crea imágenes de lugares o edificios, que sirvan de metáfora de una vida en armonía con la naturaleza, con respeto mutuo, siguiendo el ejemplo de Miguel Delibes.
2.4. Comentario de texto específico
(Extracto tomado del capítulo V)
Una voz levemente empañada, comedidamente cordial, les alcanzó desde el otro lado del riachuelo:
    —Buenas…
    Los tres se sobresaltaron. Un hombre viejo, corpulento, con una negra boina encasquetada en la cabeza y pantalones parcheados de pana parda, les miraba taimadamente, desde la puerta, bajo el emparrado de la casa. Víctor, al verle, franqueó la lancha que salvaba el arroyo y se dirigió resueltamente hacia él:
    —Buenas tardes —dijo al llegar a su altura—: Dígame. ¿Podríamos hablar un momento con el señor Alcalde?
    El hombre le miraba con sus azules ojos desguarnecidos en los que aparecía y desaparecía una remota chispa de perplejidad:
    —Yo soy el Alcalde —dijo jactanciosamente.
    Portaba una escriña en la mano derecha y una escalera en la izquierda. Víctor se aturdió:
    —¡Oh!, perdone —dijo—: Venimos por lo de las elecciones, ¿sabe?
    —Ya —dijo el hombre.
    —¿Sabrá usted que el día quince hay elecciones, verdad?
    —Algo oí decir en Refico la otra tarde, sí señor.
    Víctor observaba los bordes pardos, deslucidos por el viento y las lluvias, de la boina del hombre, su hablar mesurado y parsimonioso. Vaciló. Al fin se volvió atropelladamente hacia Laly y Rafa:
    —Éstos son mis compañeros —dijo.
    En el rostro del hombre, de ordinario impasible, se dibujó una mueca ambigua. Adelantó hacia ellos, a modo de justificación, la escriña y la escalera:
    —Tanto gusto —dijo—: Disculpen que no les pueda ni dar la mano.
    En la puerta de la casa apareció un perro descastado, la oreja derecha erguida, la izquierda gacha, el rabo recogido entre las patas y se dirigió a Víctor rutando imperceptiblemente.
    —¡Quita, chito! —dijo el hombre, moviendo enérgicamente la cabeza hacia un lado.
    El perro cambió de dirección y se parapetó tras él. El viejo apoyó los pies de la escalera en el suelo y penduleó la escriña. Dijo Víctor:
    —Diga usted, ¿no habrá por aquí un local donde reunir a los vecinos?
    —¿Qué vecinos? —preguntó el hombre.
    —Los del pueblo.
    —¡Huy! —dijo el viejo sonriendo con represada malicia—: Para eso tendrían ustedes que llegarse a Bilbao.
    —¿Es que sólo queda usted aquí?
    —Como quedar —dijo el viejo indicando con la escriña la calleja—, también queda «ése», pero háganse cuenta de que si hablan con «ése» no hablan conmigo. De modo que elijan.
    Rafa, tras Víctor, le dijo a Laly a media voz: «Ahora sí que la hemos cagado». Sacó del bolsillo del pantalón un paquete de tabaco y ofreció al hombre un cigarrillo:
    —Gracias, no gasto.
    Víctor insistió:
    —¿De modo que sólo quedan ustedes dos?
    —Ya ve, y todavía sobramos uno. Aquí contra menos somos, peor avenidos estamos.
    Víctor puso el pie derecho en el poyo de la puerta y se acodó en el muslo. Dijo forzadamente, con notoria incomodidad:
    —En realidad nosotros sólo pretendíamos charlar un rato con ustedes, informarles.
    Brilló de nuevo el asombro en las pupilas del viejo:
    —¡Tóo!, lo que es por mí, ya puede usted informarme.
    La cabeza de Víctor osciló de un lado a otro:
    —Bueno —dijo, al cabo—, así, en frío, mano a mano, no es fácil, compréndalo… Pero, en fin, lo primero que debemos decirle es que estas elecciones, las elecciones del día quince, son fundamentales para el país.
    —Ya —dijo lacónicamente el viejo.
    —O sea, que es una oportunidad, casi le diría «la» oportunidad, y si la desaprovechamos nos hundiremos sin remedio, esta vez para siempre.
    El rostro del viejo se ensombreció. Parpadeó por dos veces. Se tomó un poco de tiempo antes de preguntar:
    —Y ¿dónde vamos a hundirnos, si no es mala pregunta?
    Víctor se acarició las barbas:
    —Bueno —respondió— eso es largo de explicar. Nos llevaría mucho tiempo.
    Bajó el pie al suelo y dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo, desalentado. Laly se llegó al riachuelo y metió la mano en el agua. La sacó al instante, como si se hubiese quemado:
    —Está helada —dijo.
    El hombre miró a la gruta:
    —A ver, es agua de manantial.
    Laly se aproximó a él:
    —¿Es éste el arroyo que arma la cascada ahí abajo, a la entrada del pueblo?
    —¿Las Crines?
    —No sé, digo yo que serán las Crines.
    —Esta agua es —sentenció el hombre.
    En el hueco negro de la puerta, bajo la parra, apareció, una mujer vieja, de espaldas vencidas, enlutada, con un pañolón atado bajo la barbilla y una lata entre las manos temblorosas. El hombre ladeó la cabeza y dijo a modo de presentación:
    —Aquí, ella; es muda.
    Laly y Víctor sonrieron:
    —Buenas tardes.
    La vieja correspondió con una inclinación de cabeza, se adelantó hasta el borrico, bajo el nogal, y comenzó a emitir unos ásperos sonidos guturales, como carraspeos, al tiempo que desparramaba, a puñados, el grano de la lata. Las gallinas rojas de la cascajera acudieron presurosas a la llamada y comenzaron a picotear en torno a ella. Rafa miró a lo alto, a las chovas de los cantiles:
    —¿Y no les hacen nada los bichos ésos a las gallinas?
    En la boca del viejo se dibujó una mueca despectiva:
    —¿La chova? —inquirió burlonamente—: La chova, por lo regular, no es carnicera.
    Al concluir el grano, la mujer dio vuelta a la lata y sus dedos descarnados tamborilearon insistentemente en el envés, y dos gallinas rezagadas corrieron hacia ella desde la gruta. Víctor se sacudió una mano con otra. Le dijo al viejo:
    —Bueno, creo que estamos importunándole.
    —Por eso, no —replicó el hombre. Y añadió como justificándose—: Iba a coger un enjambre, si ustedes quieren venir…
    A Víctor se le iluminó la mirada:
    —¿De veras no le importa que le acompañemos?
    —¡Tóo! Y ¿por qué había de importarme?
    —En realidad —prosiguió Víctor, intentando de nuevo una aproximación—, todavía no nos hemos presentado. Yo me llamo Víctor, mi amiga Laly y mi amigo, Rafael. ¿Cuál es su nombre?
    —Cayo, Cayo Fernández, para servirles.
    —Pues nada, señor Cayo, si me permite, le echo una mano —asió la escalera por un larguero.
ACTIVIDADES DEL COMENTARIO DE TEXTO O EXÉGESIS TEXTUAL
1) Resume el texto recogiendo su contenido esencial (100 palabras aprox., equivalentes a 10 líneas); 2) Indica los temas tratados en breves enunciados sintéticos; 3) Señala los apartados temáticos o secciones de contenido; 4) Localiza el lugar y tiempo en el que transcurre la acción (no en poesía lírica); 5) Analiza la figura del narrador (no en poesía lírica, donde aparece un sujeto lírico), ni en teatro; 6) Describe los personajes (no en poesía lírica); 7) Analiza la métrica, la rima y señala la estrofa empleada (solo en poesía o teatro en verso); 8) Analiza cómo los recursos estilísticos crean significado (12, mínimo); 9) Contextualiza al autor y su obra según su entorno social, histórico, cultural y personal; 8) Interpreta y discierne la intención y sentido del poema; 9) Valora personalmente tu apreciación lectora; 10) Transforma el texto con un lenguaje y en un contexto actual manteniendo su esencia, o escribe un texto literario inspirado en el original (optativo).

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