José Zorrilla: «A buen juez, mejor testigo»; análisis y propuesta didáctica

José Zorrilla (1817-1893): “A buen juez, mejor testigo”
– I –
  Entre pardos nubarrones            1
pasando la blanca luna,
con resplandor fugitivo,
la baja tierra no alumbra.
La brisa con frescas alas                5
juguetona no murmura,
y las veletas no giran
entre la cruz y la cúpula.
Tal vez un pálido rayo
la opaca atmósfera cruza,            10
y unas en otras las sombras
confundidas se dibujan.
Las almenas de las torres
un momento se columbran,
como lanzas de soldados             15
apostados en la altura.
Reverberan los cristales
la trémula llama turbia,
y un instante entre las rocas
riela la fuente oculta.                 20
Los álamos de la vega
parecen en la espesura
de fantasmas apiñados
medrosa y gigante turba;
y alguna vez desprendida            25
gotea pesada lluvia,
que no despierta a quien duerme,
ni a quien medita importuna.
Yace Toledo en el sueño
entre las sombras confusas.        30
y el Tajo a sus pies pasando
con pardas ondas lo arrulla.
El monótono murmullo
sonar perdido se escucha,
cual si por las hondas calles        35
hirviera del mar la espuma.
¡Qué dulce es dormir en calma
cuando a lo lejos susurran
los álamos que se mecen,
las aguas que se derrumban!      40
Se sueñan bellos fantasmas
que el sueño del triste endulzan,
y en tanto que sueña el triste,
no le aqueja su amargura.
Tan en calma y tan sombría        45
como la noche que enluta
la esquina en que desemboca
una callejuela oculta,
se ve de un hombre que aguarda
la vigilante figura,                     50
y tan a la sombra vela
que entre las sombras se ofusca.
Frente por frente a sus ojos
un balcón a poca altura
deja escapar por los vidrios        55
la luz que dentro le alumbra;
mas ni en el claro aposento,
ni en la callejuela oscura,
el silencio de la noche
rumor sospechoso turba.            60
Pasó así tan largo tiempo,
que pudiera haberse duda
de si es hombre, o solamente
mentida ilusión nocturna;
pero es hombre, y bien se ve,    65
porque con planta segura
ganando el centro a la calle
resuelto y audaz pregunta:
-¿Quién va? -y a corta distancia
el igual compás se escucha         70
de un caballo que sacude
las sonoras herraduras.
-¿Quién va? -repite, y cercana
otra voz menos robusta
responde: -Un hidalgo, ¡calle!   75
-y el paso el bulto apresura.
-Téngase el hidalgo -el hombre
replica, y la espada empuña.
-Ved más bien si me haréis calle
(repitieron con mesura)              80
que hasta hoy a nadie se tuvo
Ibán de Vargas y Acuña.
-Pase el Acuña y perdone
-dijo el mozo en faz de fuga,
pues teniéndose el embozo        85
sopla un silbato, y se oculta.
Paró el jinete a una puerta,
y con precaución difusa
salió una niña al balcón
que llama interior alumbra.        90
-¡Mi padre! -clamó en voz baja.
Y el viejo en la cerradura
metió la llave pidiendo
a sus gentes que le acudan.
Un negro por ambas bridas        95
tomó la cabalgadura,
cerróse detrás la puerta
y quedó la calle muda.
En esto desde el balcón,
como quien tal acostumbra,      100
un mancebo por las rejas
de la calle se asegura.
Asió el brazo al que apostado
hizo cara a Ibán de Acuña,
y huyeron, en el embozo            105
velando la catadura.
– II –
   Clara, apacible y serena
pasa la siguiente tarde,
y el sol tocando su ocaso
apaga su luz gigante:                110
se ve la imperial Toledo
dorada por los remates,
como una ciudad de grana
coronada de cristales.
El Tajo por entre rocas               115
sus anchos cimientos lame,
dibujando en las arenas
las ondas con que las bate.
Y la ciudad se retrata
en las ondas desiguales,              120
como en prenda de que el río
tan afanoso la bañe.
A la lejos en la vega
tiende galán por sus márgenes,
de sus álamos y huertos              125
el pintoresco ropaje,
y porque su altiva gala
más a los ojos halague,
la salpica con escombros
de castillos y de alcázares.         130
Un recuerdo es cada piedra
que toda una historia vale,
cada colina un secreto
de príncipes o galanes.
Aquí se bañó la hermosa             135
por quien dejó un rey culpable
amor, fama, reino y vida
en manos de musulmanes.
Allí recibió Galiana
a su receloso amante                 140
en esa cuesta que entonces
era un plantel de azahares.
Allá por aquella torre,
que hicieron puerta los árabes,
subió el Cid sobre Babieca          145
con su gente y su estandarte.
Más lejos se ve el castillo
de San Servando o Cervantes,
donde nada se hizo nunca
y nada al presente se hace.        150
A este lado está la almena
por do sacó vigilante
el conde don Peranzules
al rey, que supo una tarde
fingir tan tenaz modorra,            155
que político y constante,
tuvo siempre el brazo quedo
las palmas al horadarle.
Allí está el circo romano,
gran cifra de un pueblo grande,    160
y aquí, la antigua basílica
de bizantinos pilares,
que oyó en el primer concilio
las palabras de los padres
que velaron por la Iglesia            165
perseguida o vacilante.
La sombra en este momento
tiende sus turbios cendales
por todas esas memorias
de las pasadas edades,               170
y del Cambrón y Visagra
los caminos desiguales,
camino a los toledanos
hacia las murallas abren.
Los labradores se acercan           175
al fuego de sus hogares,
cargados con sus aperos,
cansados de sus afanes.
Los ricos y sedentarios
se tornan con paso grave,           180
calado el ancho sombrero,
abrochados los gabanes,
y los clérigos y monjes
y los prelados y abades
sacudiendo el leve polvo             185
de capelos y sayales.
Quédase sólo un mancebo
de impetuosos ademanes,
que se pasea ocultando
entre la capa el semblante.        190
Los que pasan le contemplan
con decisión de evitarle,
y él contempla a los que pasan
como si a alguien aguardase.
Los tímidos aceleran                    195
los pasos al divisarle,
cual temiendo de seguro
que les proponga un combate;
y los valientes le miran
cual si sintieran dejarle               200
sin que libres sus estoques,
en riña sonora dancen.
Una mujer también sola
se viene el llano adelante,
la luz del rostro escondida          205
en tocas y tafetanes.
Mas en lo leve del paso
y en lo flexible del talle
puede, a través de los velos
una hermosa adivinarse.             210
Vase derecha al que aguarda
y él al encuentro le sale,
diciendo… cuanto se dicen
en las citas los amantes.
Mas ella, galanterías                   215
dejando severa aparte,
así al mancebo interrumpe,
en voz decisiva y grave:
-Abreviemos de razones,
Diego Martínez; mi padre,          220
que un hombre ha entrado en su ausencia,
dentro mi aposento sabe;
y así, quien mancha mi honra
con la suya me la lave;
o dadme mano de esposo,           225
o libre de vos dejadme.
Miróla Diego Martínez
atentamente un instante,
y echando a un lado el embozo,
repuso palabras tales:                  230
-Dentro de un mes, Inés mía,
parto a la guerra de Flandes;
al año estaré de vuelta
y contigo en los altares.
Honra que yo te desluzca,          235
con honra mía se lave,
que por honra vuelven honra
hidalgos que en honra nacen.
-Júralo -exclamó la niña.
-Más que mi palabra vale            240
no te valdrá un juramento.
-Diego, la palabra es aire.
-¡Vive Dios que estás tenaz!
Dalo por jurado y baste.
-No me basta, que olvidar          245
puedes la palabra en Flandes.
-¡Voto a Dios!, ¿qué más pretendes?
-Que a los pies de aquella imagen
lo jures como cristiano
del santo Cristo delante.             250
Vaciló un poco Martínez;
mas, porfiando que jurase,
llevóle Inés hacia el templo
que en medio la vega yace.
Enclavado en un madero,           255
en duro y postrero trance,
ceñida la sien de espinas,
decolorido el semblante,
velase allí un crucifijo
teñido de negra sangre,              260
a quien Toledo, devota,
acude hoy en sus azares.
Ante sus plantas divinas
llegaron ambos amantes,
y haciendo Inés que Martínez     265
los sagrados pies tocase,
preguntóle: -Diego, ¿juras
a tu vuelta desposarme?
Contestó el mozo: -¡Sí, juro!
Y ambos del templo se salen.    270
– III –
   Pasó un día y otro día,
un mes y otro mes pasó,
y un año pasado había;
mas de Flandes no volvía
Diego, que a Flandes partió.      275
   Lloraba la bella Inés
su vuelta aguardando en vano;
oraba un mes y otro mes
del crucifijo a los pies
do puso el galán su mano.          280
   Todas las tardes venía
después de traspuesto el sol,
y a Dios llorando pedía
la vuelta del español,
y el español no volvía.                285
   Y siempre al anochecer,
sin dueña y sin escudero,
en un manto una mujer
el campo salía a ver
al alto del Miradero.                    290
   ¡Ay del triste que consume
su existencia en esperar!
¡Ay del triste que presume
que el duelo con que él se abrume
al ausente ha de pesar!               295
   La esperanza es de los cielos
precioso y funesto don,
pues los amantes desvelos
cambian la esperanza en celos,
que abrasan el corazón.                300
   Si es cierto lo que se espera,
es un consuelo en verdad;
pero siendo una quimera,
en tan frágil realidad
quien espera desespera.               305
   Así Inés desesperaba
sin acabar de esperar,
y su tez se marchitaba,
y su llanto se secaba
para volver a brotar.                     310
   En vano a su confesor
pidió remedio o consejo
para aliviar su dolor;
que mal se cura el amor
con las palabras de un viejo.        315
   En vano a Ibán acudía,
llorosa y desconsolada;
el padre no respondía,
que la lengua le tenía
su propia deshonra atada.            320
   Y ambos maldicen su estrella,
callando el padre severo
y suspirando la bella,
porque nació mujer ella,
y el viejo nació altanero.              325
   Dos años al fin pasaron
en esperar y gemir,
y las guerras acabaron,
y los de Flandes tornaron
a sus tierras a vivir.                      330
   Pasó un día y otro día,
un mes y otro mes pasó,
y el tercer año corría;
Diego a Flandes se partió,
mas de Flandes no volvía.            335
   Era una tarde serena;
doraba el sol de Occidente
del Tajo la vega amena,
y apoyada en una almena
miraba Inés la corriente.              340
   Iban las tranquilas olas
las riberas azotando
bajo las murallas solas,
musgo, espigas y amapolas
ligeramente doblando.                  345
   Algún olmo que escondido
creció entre la yerba blanda,
sobre las aguas tendido
se reflejaba perdido
en su cristalina banda.                  350
   Y algún ruiseñor colgado
entre su fresca espesura
daba al aire embalsamado
su cántico regalado
desde la enramada oscura.          355
   Y algún pez con cien colores,
tornasolada la escama,
saltaba a besar las flores
que exhalan gratos olores
a las puntas de una rama.           360
   Y allá en el trémulo fondo
el torreón se dibuja
como el contorno redondo
del hueco sombrío y hondo
que habita nocturna bruja.          365
   Así la niña lloraba
el rigor de su fortuna,
y así la tarde pasaba
y al horizonte trepaba
la consoladora luna.                    370
   A lo lejos, por el llano,
en confuso remolino,
vio de hombres tropel lejano
que en pardo polvo liviano
dejan envuelto el camino.          375
   Bajó Inés del torreón,
y, llegando recelosa
a las puertas del Cambrón,
sintió latir, zozobrosa,
más inquieto el corazón.             380
   Tan galán como altanero,
dejó ver la escala luz
por bajo el arco primero
un hidalgo caballero
en un caballo andaluz.               385
   Jubón negro acuchillado,
banda azul, lazo en la hombrera,
y sin pluma al diestro lado
el sombrero derribado
tocando con la gorguera.             390
   Bombacho gris guarnecido,
bota de ante, espuela de oro,
hierro al cinto suspendido,
y a una cadena, prendido,
agudo cuchillo moro.                    395
   Vienen tras este jinete,
sobre potros jerezanos,
de lanceros hasta siete,
y en la adarga y coselete
diez peones castellanos.              400
   Asióse a su estribo Inés,
gritando: -¿Diego, eres tú?
Y él, viéndola de través,
dijo: -¡Voto a Belcebú,
que no me acuerdo quién es!     405
   Dio la triste un alarido
tal respuesta al escuchar,
y a poco perdió el sentido,
sin que más voz ni gemido
volviera en tierra a exhalar.         410
   Frunciendo ambas a dos cejas,
encomendóla a su gente
diciendo: -¡Malditas viejas
que a las mozas malamente
enloquecen con consejas!            415
   Y aplicando el capitán
a su potro las espuelas,
el rostro a Toledo dan,
y a trote cruzando van
las oscuras callejuelas.                   420
– IV –
   Así por sus altos fines
dispone y permite el cielo
que puedan mudar al hombre
fortuna, poder y tiempo.
A Flandes partió Martínez           425
de soldado aventurero,
y por su suerte y hazañas
allí capitán le hicieron.
Según alzaba en honores,
alzábase en pensamientos,        430
y tanto ayudó en la guerra
con su valor y altos hechos,
que el mismo rey a su vuelta
le armó en Madrid caballero,
tomándole a su servicio              435
por capitán de lanceros.
Y otro no fue que Martínez,
quien a poco entró en Toledo,
tan orgulloso y ufano
cual salió humilde y pequeño,   440
ni es otro a quien se dirige,
cobrado el conocimiento,
la amorosa Inés de Vargas,
que vive por él muriendo.
Mas él, que, olvidando todo,     445
olvidó su nombre mesmo,
puesto que Diego Martínez
es el capitán don Diego,
ni se ablanda a sus caricias,
ni cura de sus lamentos;             450
diciendo que son locuras
de gente de poco seso;
que ni él prometió casarse
ni pensó jamás en ello.
¡Tanto mudan a los hombres     455
fortuna, poder y tiempo!
En vano porfiaba Inés
con amenazas y ruegos;
cuanto más ella importuna,
está Martínez severo.               460
Abrazada a sus rodillas,
enmarañado el cabello,
la hermosa niña lloraba
prosternada por el suelo.
Mas todo empeño es inútil,        465
porque el capitán don Diego
no ha de ser Diego Martínez,
como lo era en otro tiempo.
Y así llamando a su gente,
de amor y piedad ajeno,             470
mandóles que a Inés llevaran
de grado o de valimiento.
Mas ella, antes que la asieran,
cesando un punto en su duelo,
así habló, el rostro lloroso           475
hacia Martínez volviendo:
-Contigo se fue mi honra,
conmigo tu juramento;
pues buenas prendas son ambas,
en buen fiel las pesaremos.         480
Y la faz descolorida
en la mantilla envolviendo,
a pasos desatentados
salióse del aposento.
– V –
   Era entonces de Toledo            485
por el rey gobernador
el justiciero y valiente
don Pedro Ruiz de Alarcón.
Muchos años por su patria
el buen viejo peleó;                     490
cercenado tiene un brazo,
mas entero el corazón.
La mesa tiene delante,
los jueces en derredor,
los corchetes a la puerta              495
y en la derecha el bastón.
Está, como presidente
del tribunal superior,
entre un dosel y una alfombra,
reclinado en un sillón,                 500
escuchando con paciencia
la casi asmática voz
con que un tétrico escribano
solfea una apelación.
Los asistentes bostezan               505
al murmullo arrullador;
los jueces, medio dormidos,
hacen pliegues al ropón;
los escribanos repasan
sus pergaminos al sol;                 510
los corchetes a una moza
guiñan en un corredor,
y abajo, en Zocodover,
gritan en discorde son
los que en el mercado venden       515
lo vendido y el valor.
   Una mujer en tal punto,
en faz de gran aflicción,
rojos de llorar los ojos,
ronca de gemir la voz,                520
suelto el cabello y el manto,
tomó plaza en el salón
diciendo a gritos: -Justicia,
jueces; justicia, señor!
Y a los pies se arroja, humilde,  525
de don Pedro de Alarcón,
en tanto que los curiosos
se agitan al derredor.
Alzóla cortés don Pedro
calmando la confusión                530
y el tumultuoso murmullo
que esta escena ocasionó,
diciendo:
-Mujer, ¿qué quieres?
-Quiero justicia, señor.
-¿De qué?
-De una prenda hurtada.          535
-¿Qué prenda?
-Mi corazón.
-¿Tú le diste?
-Le presté.
-¿Y no te le han vuelto?
-No.
-Tienes testigos?
-Ninguno.
-¿Y promesa?
-¡Sí, por Dios!                               540
Que al partirse de Toledo
un juramento empeñó.
-¿Quién es él?
-Diego Martínez.
-¿Noble?
-Y capitán, señor.
-Presentadme al capitán,            545
que cumplirá si juró.
Quedó en silencio la sala,
y a poco en el corredor
se oyó de botas y espuelas
el acompasado son.                    550
Un portero, levantando
el tapiz, en alta voz
dijo: -El capitán don Diego.
Y entró luego en el salón
Diego Martínez, los ojos              555
llenos de orgullo y furor.
-¿Sois el capitán don Diego
-díjole don Pedro- vos?
Contestó, altivo y sereno,
Diego Martínez:
-Yo soy.                                    560
-¿Conocéis a esa muchacha?
-Ha tres años, salvo error.
-¿Hicisteisla juramento
de ser su marido?
-No.
-¿Juráis no haberlo jurado?        565
-Sí juro.
-Pues id con Dios.
-¡Miente! -clamó Inés, llorando
de despecho y de rubor.
-Mujer, ¡piensa lo que dices!
-Digo que miente: juró.               570
-¿Tienes testigos?
-Ninguno.
-Capitán, idos con Dios,
y dispensad que, acusado,
dudara de vuestro honor.
Tornó Martínez la espalda          575
con brusca satisfacción,
e Inés, que le vio partirse,
resuelta y firme gritó:
-Llamadle, tengo un testigo.
Llamadle otra vez, señor.            580
Volvió el capitán don Diego,
sentóse Ruiz de Alarcón,
la multitud aquietóse
y la de Vargas siguió:
-Tengo un testigo a quien nunca    585
faltó verdad ni razón.
-¿Quién?
-Un hombre que de lejos
nuestras palabras oyó,
mirándonos desde arriba.
-¿Estaba en algún balcón?          590
-No, que estaba en un suplicio
donde ha tiempo que expiró.
-¿Luego es muerto?
-No, que vive.
-Estáis loca, ¡vive Dios!
¿Quién fue?
-El Cristo de la Vega                  595
a cuya faz perjuró.
   Pusiéronse en pie los jueces
al nombre del Redentor,
escuchando con asombro
tan excelsa apelación.              600
Reinó un profundo silencio
de sorpresa y de pavor,
y Diego bajó los ojos
de vergüenza y confusión.
Un instante con los jueces          605
don Pedro en secreto habló,
y levantóse diciendo
con respetuosa voz:
-La ley es ley para todos;
tu testigo es el mejor;                610
mas para tales testigos
no hay más tribunal que Dios.
Haremos… lo que sepamos;
escribano: al caer el sol,
al Cristo que está en la vega       615
tomaréis declaración.
– VI –
   Es una tarde serena,
cuya luz tornasolada
del purpurino horizonte
blandamente se derrama.           620
Plácido aroma las flores,
sus hojas plegando exhalan,
y el céfiro entre perfumes
mece las trémulas alas.
Brillan abajo en el valle             625
con suave rumor las aguas,
y las aves, en la orilla,
despidiendo al día cantan.
   Allá por el Miradero,
por el Cambrón y Visagra,           630
confuso tropel de gente
del Tajo a la vega baja.
Vienen delante don Pedro
de Alarcón, lbán de Vargas,
su hija Inés, los escribanos,        635
los corchetes y los guardias;
y detrás monjes, hidalgos,
mozas, chicos y canalla.
Otra turba de curiosos
en la vega les aguarda,               640
cada cual comentariando
el caso según le cuadra.
Entre ellos está Martínez
en apostura bizarra,
calzadas espuelas de oro,           645
valona de encaje blanca.
bigote a la borgoñesa,
melena desmelenada,
el sombrero guarnecido
con cuatro lazos de plata,            650
un pie delante del otro,
y el puño en el de la espada.
Los plebeyos de reojo
le miran de entre las capas:
los chicos, al uniforme,               655
y las mozas, a la cara.
Llegado el gobernador
y gente que le acompaña,
entraron todos al claustro
que iglesia y patio separa.           660
Encendieron ante el Cristo
cuatro cirios y una lámpara,
y de hinojos un momento
le rezaron en voz baja.
   Está el Cristo de la Vega            665
la cruz en tierra posada,
los pies alzados del suelo
poco menos de una vara;
hacia la severa imagen
un notario se adelanta,                670
de modo que con el rostro
al pecho santo llegaba.
A un lado tiene a Martínez;
a otro lado, a Inés de Vargas;
detrás, el gobernador                   675
con sus jueces y sus guardias.
Después de leer dos veces
la acusación entablada,
el notario a Jesucristo
así demandó en voz alta:             680
-Jesús, Hijo de María,
ante nos esta mañana
citado como testigo
por boca de Inés de Vargas,
¿juráis ser cierto que un día       685
a vuestras divinas plantas
juró a Inés Diego Martínez
por su mujer desposarla?
   Asida a un brazo desnudo
una mano atarazada                    690
vino a posar en los autos
la seca y hendida palma,
y allá en los aires «¡Sí juro!»,
clamó una voz más que humana.
Alzó la turba medrosa                  695
la vista a la imagen santa…
Los labios tenla abiertos
y una mano desclavada.
Conclusión
   Las vanidades del mundo
renunció allí mismo Inés,             700
y espantado de sí propio,
Diego Martínez también.
Los escribanos, temblando,
dieron de esta escena fe,
firmando como testigos                705
cuantos hubieron poder.
Fundóse un aniversario
y una capilla con él,
y don Pedro de Alarcón
el altar ordenó hacer,                   710
donde hasta el tiempo que corre,
y en cada año una vez,
con la mano desclavada
el crucifijo se ve.
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  1. ANÁLISIS
1. Resumen
La acción se desarrolla en la ciudad de Toledo, en el siglo XVI, en el Renacimiento. Diego Martínez, joven de poca fortuna, es novio de Inés de Vargas, muchacha de buena posición social, hija del noble Ibán de Vargas, padre celoso de los posibles amoríos de su hija por lo que toca a su honra. Diego se enrola de soldado camino de Flandes entre promesas de que cuando regrese desposará a Inés, realizadas ante el Cristo de la Vega, de la capilla del mismo nombre, a las afueras de la ciudad imperial. Pasan los meses y los años y el joven no retorna, para desesperación de la novia, que espera ansiosa a su amante para casarse. Al fin, un buen día aparece Martínez con grado de capitán, ensoberbecido y orgulloso de su posición social. Inés le reclama atención, pero él hace que la desconoce. La chica, desesperada, lo denuncia ante el gobernador de Toledo, don Pedro Ruiz de Alarcón. Este hombre, escéptico, organiza un juicio para sustanciar el agravio que Inés ha recibido, pero esta no tiene pruebas ni testigos que ratifiquen la promesa de matrimonio de Martínez, por lo que descarta su reclamación. Ella, de pronto, tiene una inspiración. Reclama que se realice un acto de confirmación ante el Cristo de la capilla de la Vega. Allá se dirigen todos los oficiales de justicia concernidos y el populacho, deseoso de acudir a tan peregrina acción. El notario le pregunta al Cristo si es cierto que Martínez le había prometido matrimonio a Inés tras su vuelta de Flandes. El Cristo posa su mano sobre la Biblia y se oye una voz “más que humana” que confirma que esa promesa sí se realizó (“Sí, juro”). Todos quedaron atónitos y espantados por el acontecimiento sobrenatural que habían presenciado. Los novios se retiraron del mundo y abrazaron la vida religiosa. Allí mismo se erigió una nueva capilla. Desde entonces, se puede contemplar el crucifijo con la mano desclavada en el aniversario de tal portento.
2. Tema
El tema o asunto principal de este poema narrativo es: contra la traición de algunas personas, Cristo interviene milagrosamente para restaurar la justicia y la verdad.
3. Apartados temáticos
El texto presenta una disposición de la materia narrativa clásica, ateniéndose, por tanto, a un desarrollo cronológico y lógico de los hechos. Así, encontramos:
-Introducción de la acción; presentación de los personajes, del marco espacial y temporal y de un conflicto. Ocupa los versos 1-270, es decir, los dos primeros apartados del texto, marcados con romanos.
-Nudo o desarrollo: es la sección más extensa. Diego Martínez se va a la guerra, Inés espera entre temores y presagios la vuelta de su amante. Regresa, pero la ignora y se retracta de su promesa. Ella reclama vía judicial, sin éxito. Se le ocurre poner como testigo al Cristo de la capilla de la Vega. Va del verso 271 al 616, que corresponde con las partes III, IV y V.
-Desenlace o resolución del clímax: ocupa la parte VI, de los versos 617 al 658. Se produce el milagro y queda claro que el capitán Martínez mentía y doña Inés tenía razón.
-La “Conclusión” que cierra el poema (vv. 699 – 714) es un epílogo del narrador en el que establece las consecuencias del milagro: los protagonistas abrazan la vida religiosa y el gobernador manda erigir una capilla, donde una vez al año se puede ver la mano desclavada del Cristo. Se abstiene de ofrecer una lección moral explícita, pero el lector la infiere fácilmente.
4. Lugar y tiempo de la acción narrada
La acción discurre en la ciudad de Toledo, en diferentes enclaves –principalmente, la casa de deña Inés, el palacio del gobernador y la capilla del Cristo de la Vega–. Se ofrece una visión optimista y alegre de la ciudad: alegre, bulliciosa, con sus oficios, sus ocios y sus negocios. Se citan los edificios y lugares más célebres de la ciudad (Zocodover, Cambrón, Visagra, etc.), e incluso se rememoran algunos episodios históricos más o menos reales de lo que pudo ocurrir en esos lugares, como el Cid ante Alfonso VI reclamando su honra. El río Tajo, con su vega, ocupa un lugar especial en este ambiente: se presenta a modo de locus amoenus, lleno de vida, colorido, cantos de aves y vegetación amena (al fondo, el magisterio de Garcilaso resuena en los oídos del autor y del lector).
El tiempo de la escritura se ajusta a los años previos a 1838, pues la obra vio la luz por primera vez en el volumen de José Zorrilla titulado Poesías, en 1838. El tiempo de la acción narrada se remonta casi trescientos años antes, es decir, la época imperial de España, con Felipe II en el trono. La duración de la acción, sin estar delimitada, pues el autor sólo ofrece una cronología vaga, puede ser de dos o tres años, el tiempo en que Martínez estuvo en la guerra de Flandes y alcanzó honores y títulos militares.
5. Personajes
Los personajes protagonistas son Inés y Diego; ella, de posición social elevada; él, de extracto humilde, supe encumbrarse por el valor de su brazo en el campo de batalla. Son en sí mismos antagónicos, aunque los une el amor y un extraño destino, al abrazar la vida religiosa.
Conviene resaltar que los personajes los conocemos no por sus pensamientos, sino por sus actuaciones. Jóvenes alegres, consuman su amor sin reparar en las consecuencias, sobre todo para ella, pues la deshonra sobre la familia sólo se lavaba con la sangre de la mujer causadora de la mancha social. Diego Martínez aparece como mentiroso y traidor, pues, a pesar de haberle jurado amor y matrimonio a Inés, lo niega todo y la condena a ella al ostracismo. Inés, más precavida, pero no menos apasionado, se le entrega, pero le hace jurar que se desposarán debidamente. Ella es quien sufre día a día la ausencia de su novio y la amargura posterior de que él negara el compromiso de boda. Sin embargo, los une un destino sorprendente: abandonan las veleidades mundanas y abrazan la vida religiosa.
El resto de los personajes, como el padre de ella, Ibán de Vargas, el gobernador de la ciudad, Ruiz de Alarcón, etc., no llegan a adquirir relieve propio porque su papel es secundario. Son más bien planos y hacen y dicen lo que se espera de ellos.
6. Figura del narrador
No nos debe engañar el hecho de que esta pieza esté escrita en verso. A todos los efectos, el texto es una leyenda, es decir, un relato fantástico con cierta base real que recrea un momento o una anécdota especial y significativa por sí misma. El narrador está en tercera persona; es objetivo, externo y omnisciente. En términos narratológicos, se trata de un narrador extradiegético. La sección final del texto, la “Conclusión” es donde más podemos adivinarlo. Resalta las consecuencias y realiza un ejercicio de prolepsis, pues se desplaza del siglo XVI al acto de la escritura, esto es, hacia 1836. Gramaticalmente no lo percibimos, pero la manipulación de la materia narrativa y el destaque de unos hechos sobre otros nos lo dejan entrever.
7. Análisis métrico, de la rima y de la estrofa utilizada
El poeta vallisoletano utiliza el romance (así lo hace en muchas de sus leyendas) como forma estrófica para componer su poema. La tirada de versos octosílabos con rima asonante en los versos pares, quedando los impares libres (8-, 8a, 8-, 8a…) es un molde estrófico muy adecuado para sus necesidades: contar una historia, una leyenda, con sus ingredientes ambientales, emocionales y de aventura; para ello necesita cierta expansión, sin excesivos constreñimientos en cuanto al despliegue argumental. De hecho, la longitud de esta leyenda es considerable (714 versos). Zorrilla la relata con todo lujo de detalles, descriptivos y narrativos, sobre el ambiente y los personajes; de este modo, el romance se adapta muy bien a su intención literaria. La rima cambia en cada uno de los apartados o secciones de contenido; a veces afecta a dos vocales, a veces a uno, pues la última palabra es aguda (así ocurre en el canto V, con rima en ó).
8. Recursos estilísticos, figuras retóricas o herramientas literarias
Zorrilla es un excelente conocedor de la lengua castellana y un hábil versificador. Domina perfectamente todo tipo de recurso expresivo para engalanar el contenido y aumentar su seducción lectora. En principio, conviene recordar que, al tratarse de una leyenda, recurre a los tres procedimientos narrativos: descripción (por ejemplo, vv. 1-44, realizada en presente histórico, para darle más viveza al cuadro local, la ciudad de Toledo, donde se desarrollarán los hechos narrados). La narración aparece con frecuencia (v. Gr. 326 –335); son los tramos del romance donde la acción, la rapidez, la dinamicidad de los hechos que acontecen se elevan sobre el marco espacio-temporal). Finalmente, el diálogo también hace acto de presencia; son las ocasiones –pocas–, en las que los personajes intervienen en estilo directo; por ejemplo, en los versos 575-595, Inés de Vargas le pide al gobernador Ruiz de Alarcón, con palabras muy emotivas, que declare el testigo especial del juramento de su falso novio.
El abanico de recursos estilísticos empleados por Zorrilla es muy amplio. Aquí solo vamos a comentar los más llamativos, dentro del apartado I, a modo de muestra, para que se considere la riqueza estilística de la pieza que analizamos. Los exponemos según van surgiendo en la lectura. No los repetimos, sino que solo los mencionamos una sola vez, para aligerar la lectura:
-Epíteto: “pardos nubarrones” (v. 1), “blanca luna” (v.2). Estos adjetivos no aportan significación complementaria al sustantivo, sino solo colorido, ornamento vistoso. Ambos se refieren a aspectos cromáticos, creando un ambiente de claroscuros.
-Metáfora: “resplandor fugitivo” (v. 3), “brisa con frescas alas” (v. 5). Estas y otras muchas del mismo tenor contribuyen a la creación de una atmósfera misteriosa y enigmática.
-Polisíndeton: “y las veletas no giran / entre la cruz y la cúpula” (vv. 7-8). Estamos ante el típico recurso de repetición que crean una sensación de acumulación de elementos, más o menos agobiantes.
-Personificación o prosopopeya: “tal vez un pálido rayo / la opaca atmósfera cruza” (vv. 9-10). En este caso contribuyen a la creación de un ambiente inquietante, peligroso y poco amigable. Como si los elementos naturales se pusieran de acuerdo para generar incertidumbre y temor.
-Símil o comparación: “Las almenas de las torres / un momento se columbran, / como lanzas de soldados / apostados en la altura” (vv. 13-16). Esta correspondencia de elementos bélicos enfatiza la inquietante atmósfera desapacible.
-Adjetivación: “la trémula llama turbia” (v. 18). Zorrilla utiliza bastante la doble adjetivación para crear efectos sinestésicos y dar profundidad a la escena.
-Bimembración: “miedosa y gigante turba” (v. 24).  Esta figura es bastante recurrente; su efecto acumulativo y de redondeo de la significación de un concepto variado en sí mismo es muy impactante para el lector.
-Quiasmo: “que no despierta a quien duerme, / ni a quien medita importunan” (vv. 27-28). Este cruce de elementos oracionales proporciona riqueza significativa y jugosa musicalidad; lo conceptual y lo puramente gramatical se aúnan para enriquecer las significaciones connotativas de ambas oraciones.
-Aliteración: “el monótono murmullo” (v. 33). Este recurso de orden fónico aporta significación sensorial y contribuye a la formación de una imagen sugerente y sugestiva en la mente lectora.
-Hipérbaton: “cual si por las hondas calles / hirviera del mar la espuma (vv. 35-36)”. La alteración de los elementos constituyentes de la oración crea una sensación de violencia contenida, de tensión dramática que puede estallar en cualquier momento.
-Exclamación retórica: “¡Qué dulce es dormir en calma (…) / las aguas se derrumban!” (vv.37-40). Sus obvios efectos de exaltación de emociones o conceptos afectan inmediatamente a las imágenes que el lector va construyendo en su cabeza.
-Derivación o políptoton: “Se sueñan bellos fantasmas / que el sueño del triste endulzan, / y en tanto que sueña el triste” (vv.41-43). Este recurso es muy fértil en la potenciación de sensaciones e imágenes en torno a un concepto, o una actividad; en este caso, el sueño es como una fuente de la que surgen distintos y sorprendentes cauces.
-Antítesis: “claro aposento…” / “callejuela oscura” (vv. 57-58). El efecto de contraste crea una imagen rica, viva, chocante y fértil en la lectura.
-Paralelismo: “ni en el claro aposento, / ni en la callejuela oscura” (vv. 57-58). Los mismos versos que en el caso anterior nos sirven ahora para comprender el efecto de repetición de una estructura sintáctica; crea una sensación de acumulación ordenada, aunque frágil y provisional.
-Sinestesia: “sonoras herraduras” (v. 72), “trémula llama turbia” (v. 18).  La mezcla de percepciones sensitivas en un solo concepto genera una imagen enriquecida, sugestiva y sorprendente de la realidad representada, sea una herradura de una caballería, sea una llama.
-Encabalgamiento: “y huyeron, con el embozo / velando la catadura” (105-106). Llevar una oración más allá de un verso rompe el fluir normal de la cadencia versal. Este recurso implica estirar los límites versales y oraciones para, de algún modo, indicar continuidad y ruptura de una imagen o un concepto.
En absoluto hemos agotado todos los recursos; esta es una muestra, creemos que suficiente, para apreciar la riqueza retórica y el diestro manejo de los procedimientos literarios por parte de nuestro poeta para recrear una hermosa leyenda toledana con siglos de antigüedad. Como siempre en literatura, la fuerza poética no radica tanto en la originalidad temática, cuanto en la feliz conjunción armónica y sugestiva de fondo y forma, expresión y contenido.
Zorrilla emplea todos estos recursos para realizar una descripción nocturna de una callejuela de Toledo, la llegada de un hombre poderoso a su casa y la huida del novio de su hija por el balcón del dormitorio que da a la calle. Misterio, oscuridad, miedo, cierto terror, es el ambiente creado. Para ello, ha empleado sabiamente las figuras retóricas que imprimen originalidad, sorpresa y elegancia, es decir, belleza poética.
9. Contextualización autorial y sociocultural
José Zorrilla y Moral (Valladolid, 1817 – Madrid, 1893) es uno de nuestros máximos escritores románticos. Su dominio de la lengua y de la retórica es proverbial. Y lo demostró sobradamente tanto en teatro –su Don Juan Tenorio ha alcanzado fama universal– como en poesía narrativa. Del conjunto de sus poemas novelescos, hemos elegido “A buen juez, mejor testigo” porque reúne en su justa medida una extensión razonable, un tema interesante, una intriga original y un final sorprendente.
Zorrilla está imbuido de la mentalidad romántica, como se puede apreciar en este texto. Sus notas románticas esenciales son:
-Querencia por temas y asuntos medievales, aunque en este caso es renacentista: ambientación misteriosa, caballeros y damas movidos por intensas pasiones, etc.
-Lugares legendarios y sugestivos: Toledo es una ciudad de una muy larga tradición novelesca e histórica. Resulta un marco muy adecuado y de mucho potencial imaginativo para enmarcar la acción.
-Naturaleza indómita, misteriosa y amenazante: el marco natural es un asunto muy cuidado por los poetas románticos. En este caso, el ambiente nocturno entre callejuelas toledanas crea un ambiente intrigante y peligroso.
-Personajes apasionados movidos por emociones fuertes y nucleares. En este caso, el amor y la honra son dos sentimientos que empuja a los personajes –Diego e Inés– a acciones temerarias.
-Preponderancia de la subjetivad y el intimismo sobre la objetividad y lo exterior. De los personajes interesan sus emociones y el modo de integrarlas en sus vidas, no su mera vida cotidiana, sin interés para el lector romántico.
10. Interpretación
Esta hermosa leyenda toledana de origen antiquísimo recibe un tratamiento romántico y renovado por parte de Zorrilla. Manteniendo total fidelidad al tema y al argumento, Zorrilla le imprime un giro romántico, que lo refresca y actualiza: emociones emergentes y decisivas para el destino de las personas, arrogancia casi chulesca en los caracteres, sobre todo en los masculinos, muy prestos a cuidar y defender su honor e imagen con la espada en la mano, etc.
El poeta vallisoletano crea un relato plástico, sensorial (sobre todo, cromático –más bien habría que decir blanquinegro, lleno de contrastes— y también auditivo y táctil). Dosifica muy bien la intriga, de modo que el interés nunca decae. Las partes descriptivas se complementan perfectamente con las narrativas. El narrador se deja ver con algunos comentarios u observaciones que aportan cierto subjetivismo de enfoque, alejándose así de una objetividad externa y fría.
Vale la pena reseñar que las descripciones, detalladas, concretas, precisas, aportan incluso color local: ofrecen un panorama social del Toledo renacentista variado y matizado. Oficios, actividades, modos de vida, salen a relucir y enriquecen la lectura de esta leyenda.
El elemento sobrenatural aporta un plus de originalidad y sorpresa. El Cristo actúa para mantener la verdad y la justicia en un mundo donde estas fallan más de la cuenta. La mujer agraviada actúa con decisión y rabia, movida por la desesperación, para recuperar su imagen social. La intervención divina impacta tan profundamente en los protagonistas que se retiran de la vida secular y abrazan la religiosa. Sí, se ha producido un milagro, con efectos profundos: las veleidades del mundo son una auténtica quimera y conviene centrarse en la esencia de la naturaleza humana: Dios interviene y conviene escuchar sus dictados para conducirnos en la vida terrenal con justicia y sentido transcendente.
11. Valoración
Zorrilla ha creado un hermoso texto partiendo de una leyenda toledana muy antigua. Como el tema ya es bien sabido, nuestro poeta se centra en la forma para contarnos una historia llena de frescura, tensión dramática y final sorprendente. Su lectura es chocante y sorprendente porque nos presenta una narración con una intriga muy bien dosificada y una ambientación detallada, casi perceptible por los sentidos; es decir, verídica –además de verosímil– y creíble.
Sin embargo, el choque con el final es total. En este ambiente toledano que casi podemos oler y ver, un milagro religioso rompe con esta atmósfera cotidiana y nos desplaza al campo espiritual: Cristo ha de intervenir para reparar una injusticia escandalosa, una mentira alevosa y una traición descomunal. La gente creía en ello, era parte del juego de la vida. Nosotros, en realidad ¿creemos en ese milagro? ¿En qué creemos, después de todo? Acaso el lector haya de visitar la ciudad imperial, entrar en la ermita del Cristo de la Vega, al lado del Tajo, y contemplar la talla esperando el milagro.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Estas actividades se pueden desarrollar y realizar de modo oral o escrito, en el aula o en casa, de modo individual o en grupo. Algunas de ellas, sobre todo las creativas, requieren material o herramientas complementarias, como las TIC). 
2.1. Comprensión lectora
1) Resume la leyenda (100 palabras, aproximadamente).
2) Señala su tema principal y los secundarios.
3) Delimita los apartados temáticos o secciones de contenido.
4) Analiza los personajes y establece su relevancia argumental.
5) Explica los aspectos de lugar y tiempo en los que se desenvuelve la acción narrada.
6) Explica por qué este texto es una leyenda.
7) Localiza y explica una docena de recursos estilísticos y cómo crean significado.
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
1) ¿Qué rasgos propios de las leyendas aparecen en este texto?
2) ¿Se puede decir que el amor aporta felicidad a los enamorados siempre? Razona la respuesta.
3) ¿Qué importancia posee la honra en esta leyenda?
4) ¿Cómo se aprecia en el texto el valor de la fidelidad y de la promesa?
5) En el cuento aparece Cristo como un personaje, obrando un milagro. ¿Te parece verosímil desde el punto de vista racional y literario? Razona la respuesta.
6) ¿Qué importancia posee la fe cristiana en esta leyenda?
7) En la conclusión se dice que “Las vanidades del mundo / renunció allí mismo Inés / y espantado de sí propio, / Diego Martínez también”. Explica minuciosamente las causas y consecuencias de esta reacción de los protagonistas.
8) Compara el modo de relacionarse de los jóvenes en el Renacimiento y hoy; señala similitudes y diferencias y ventajas e inconvenientes de cada uno de ellos.
2.3. Fomento de la creatividad
1) Escribe una leyenda con un contenido más o menos inspirado en “A buen juez, mejor testigo”.
2) ¿Es razonable creer en milagros e intervenciones divinas? Razona tu respuesta e imagina cómo pueden afectar a las personas.
3) Realiza una exposición sobre José Zorrilla, sus obras y su tiempo, para ser presentada ante la clase o la comunidad escolar, con ayuda de medios TIC o pósteres, fotografías, pequeña exposición bibliográfica, etc.
4) Aporta o crea imágenes de Toledo, en los que se pudo desarrollar esta leyenda.
5) Recita el poema, de forma dramatizada, en grupos, ante la clase, acompañada la declamación de música e imágenes apropiadas.

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