B. Pérez Galdós: «Fortunata y Jacinta»; resumen amplio y antología

Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas 
Nos parece que no existe un resumen sólido y bien pautado de «Fortunata y Jacinta», seguramente la obra cumbre de la novela española realista, junto con «La Regenta». Ello nos ha animado a presentar una síntesis amplia de esta extraordinaria narración galdosiana con el doble propósito de acercar su contenido y parte del texto original al curioso lector, y de de facilitar su uso didáctico. A la sinopsis argumental de cada capítulo se acompaña un fragmento significativo. Nuestra intención es que sirva de aperitivo para una lectura completa, con la seguridad de que no defraudará al lector. Conviene notar que la primera parte y los dos primeros capítulos de la segunda están resumidos por subcapítulos, con el correspondiente extracto. Desde el capítulo tres de la segunda parte hasta el final, hemos resumido por capítulos. Antes del texto original aparece entre paréntesis y en números romanos el subcapítulo de donde procede. Conviene recordar que la novela se estructura en cuatro partes publicadas de modo independiente; al final de cada una de ellas, consta la fecha en que finalizó su elaboración.
Con «Fortunata y Jacinta», Galdós nos ofrece una visión crítica, profunda y cervantina de Madrid entre 1870 y 1876, aproximadamente. Como documento humano, «Fortunata y Jacinta» es inigualable. Lo mismo podemos decir de sus valores literarios: el dibujo de los personajes es original y muy convincente; la variedad, la ejemplaridad y la verdad de fondo que arrastran estas figuras son impresionantes. El engarce entre la historia de España y las cuitas de los personajes es sutil y acertada. La figura del narrador, completamente cervantino, juega un papel esencial para construir un relato: participa en la acción para documentarse, asoma a las vidas siempre interesantes de unas figuras que solo les falta saltar de la página a la realidad. El lenguaje es, sencillamente, feliz: acertado en su frescura, su variedad y su expresividad. 
Parte primera 
– I – Juanito Santa Cruz 
– I –
El narrador presenta a Juanito Santa Cruz; joven agraciado, elegante y culto; era «brillante» en el trato social. Vive con su familia en la Plaza de Pontejos, subiendo de la Plaza Mayor, camino del Prado, en la capital de España, Madrid. Licenciado en Derecho y Filosofía y Letras, con 24 años en 1869. Pasó por una etapa de estudiante entusiasmado con los estudios, profundizando en saberes filosóficos de todo tipo. Luego se desmotivó y aborreció toda lectura; vivir era más importante que leer; la verdadera sabiduría radicaba en la experiencia vital, no en la libresca, que era como prestada. Participó en la noche de San Daniel (10-4-1865) con los otros cientos de estudiantes, protestando contra el gobierno en la Puerta del Sol de Madrid, ciudad donde ocurre la acción. Pasó un día en la cárcel junto con otros estudiantes y maleantes peligrosos. El narrador lo conoció hacia 1869, recién licenciado y triunfando en sociedad por su elegancia, oratoria, posición económica desahogada y guapo. Su padre, Baldomero Santa Cruz, era antiguo comerciante de paños, ya retirado; su madre, Bárbara, lo cuidaba mucho y lo vigilaba estrechamente.
«Conocida la persona y sus felices circunstancias, se comprenderá fácilmente la dirección que tomaron las ideas del joven Santa Cruz al verse en las puertas del mundo con tantas probabilidades de éxito. Ni extrañará nadie que un chico guapo, poseedor del arte de agradar y del arte de vestir, hijo único de padres ricos, inteligente, instruido, de frase seductora en la conversación, pronto en las respuestas, agudo y ocurrente en los juicios, un chico, en fin, al cual se le podría poner el rótulo social de brillante, considerara ocioso y hasta ridículo el meterse a averiguar si hubo o no un idioma único primitivo, si el Egipto fue una colonia bracmánica, si la China es absolutamente independiente de tal o cual civilización asiática, con otras cosas que años atrás le quitaban el sueño, pero que ya le tenían sin cuidado, mayormente si pensaba que lo que él no averiguase otro lo averiguaría… «Y por último -decía- pongamos que no se averigüe nunca. ¿Y qué…?». El mundo tangible y gustable le seducía más que los incompletos conocimientos de vida que se vislumbran en el fugaz resplandor de las ideas sacadas a la fuerza, chispas obtenidas en nuestro cerebro por la percusión de la voluntad, que es lo que constituye el estudio. Juanito acabó por declararse a sí mismo que más sabe el que vive sin querer saber que el que quiere saber sin vivir, o sea aprendiendo en los libros y en las aulas. Vivir es relacionarse, gozar y padecer, desear, aborrecer y amar. La lectura es vida artificial y prestada, el usufructo, mediante una función cerebral, de las ideas y sensaciones ajenas, la adquisición de los tesoros de la verdad humana por compra o por estafa, no por el trabajo. No paraban aquí las filosofías de Juanito, y hacía una comparación que no carece de exactitud. Decía que entre estas dos maneras de vivir, observaba él la diferencia que hay entre comerse una chuleta y que le vengan a contar a uno cómo y cuándo se la ha comido otro, haciendo el cuento muy a lo vivo, se entiende, y describiendo la cara que ponía, el gusto que le daba la masticación, la gana con que tragaba y el reposo con que digería.»
-II-
Juanito realizó un viaje a París, con unos amigos que debían adquirir maquinaria agrícola y aparatos de astronomía por encargo del gobierno. Su madre se opuso, pues pensaba que París era una ciudad de perdición y peligrosa. El padre lo apoyó; el chico fue y regresó incluso mejor de lo que había ido, desde el punto de vista intelectual y moral.
 «A D. Baldomero le pareció muy bien el viaje del chico, para que viese mundo; y Barbarita no se opuso, aunque le mortificaba mucho la idea de que su hijo correría en la capital de Francia temporales más recios que los de Madrid. A la pena de no verle uníase el temor de que le sorbieran aquellos gabachos y gabachas, tan diestros en desplumar al forastero y en maleficiar a los jóvenes más juiciosos. Bien se sabía ella que allá hilaban muy fino en esto de explotar las debilidades humanas, y que Madrid era, comparado en esta materia con París de Francia, un lugar de abstinencia y mortificación. Tan triste se puso un día pensando en estas cosas y tan al vivo se le representaban la próxima perdición de su querido hijo y las redes en que inexperto caía, que salió de su casa resuelta a implorar la misericordia divina del modo más solemne, conforme a sus grandes medios de fortuna. Primero se le ocurrió encargar muchas misas al cura de San Ginés, y no pareciéndole esto bastante, discurrió mandar poner de Manifiesto la Divina Majestad todo el tiempo que el niño estuviese en París. Ya dentro de la Iglesia, pensó que lo del Manifiesto era un lujo desmedido y por lo mismo quizá irreverente. No, guardaría el recurso gordo para los casos graves de enfermedad o peligro de muerte. Pero en lo de las misas sí que no se volvió atrás, y encargó la mar de ellas, repartiendo además aquella semana más limosnas que de costumbre».  
– II – Santa Cruz y Arnaiz. Vistazo histórico sobre el comercio matritense 
– I –  
Baldomero Santa Cruz, abuelo de Juanito, era hortera (empleado, chico de los recados), por 1796. Hacia 1810-15 ya tenía su propia tienda de paños, con gran reputación. La heredó Baldomero Santa Cruz padre (el narrador le llama Baldomero II) en 1848. El negocio de paños fue muy bien; en 1868 se la traspasó a dos sobrinos –con unos ahorros de quince millones de reales–, con el nombre de «Sobrinos de Santa Cruz». Baldomero padre ganó mucho dinero con paños nacionales y de importación, que vendía al ejército para capotes y uniformes; la capa también daba buenos beneficios. Otra tienda de paños de importación era la del gordo Arnáiz, buen y avispado comerciante. Bonifacio Arnáiz tenía una tienda de pañolería de Filipinas; una de sus hijas, Bárbara, se casó con Baldomero padre. Eran parientes lejanos, pues procedían de la rama de los Trujillo.
«En el reinado de D. Baldomero II, las prácticas y procedimientos comerciales se apartaron muy poco de la rutina heredada. Allí no se supo nunca lo que era un anuncio en el Diario, ni se emplearon viajantes para extender por las provincias limítrofes el negocio. El refrán de el buen paño en el arca se vende era verdad como un templo en aquel sólido y bien reputado comercio. Los detallistas no necesitaban que se les llamase a son de cencerro ni que se les embaucara con artes charlatánicas. Demasiado sabían todos el camino de la casa, y las metódicas y honradas costumbres de esta, la fijeza de los precios, los descuentos que se hacían por pronto pago, los plazos que se daban, y todo lo demás concerniente a la buena inteligencia entre vendedor y parroquiano. El escritorio no alteró jamás ciertas tradiciones venerandas del laborioso reinado de D. Baldomero I. Allí no se usaron nunca estos copiadores de cartas que son una aplicación de la imprenta a la caligrafía. La correspondencia se copiaba a pulso por un empleado que estuvo cuarenta años sentado en la misma silla delante del mismo atril, y que por efecto de la costumbre casi copiaba la carta matriz de su principal sin mirarla. Hasta que D. Baldomero realizó el traspaso, no se supo en aquella casa lo que era un metro, ni se quitaron a la vara de Burgos sus fueros seculares. Hasta pocos años antes del traspaso, no usó Santa Cruz los sobres para cartas, y estas se cerraban sobre sí mismas.»
-II-
Barbarita era hija de Bonifacio Arnáiz y Asunción Trujillo. Nació en un piso angosto de la calle Postas; tenía un hermano mayor, Gumersindo. Se crio entre objetos exóticos de Filipinas, como abanicos, mantones, objetos de marfil, que eran con los que se comerciaba en la tienda de sus padres. Asistió a la escuela de doña Calixta, en la calle Imperial, donde estaba el Fiel Contraste. Sus mejores amigas era una hija de los Moreno (droguería en la calle Carretas) y la otra Eulalia Muñoz (ferretería en Tintoreros), esta chica fantasiosa y vanidosa, aunque Barbarita la ganaba por lo exótico de los objetos que les enseñaba.
«Creció Bárbara en una atmósfera saturada de olor de sándalo, y las fragancias orientales, juntamente con los vivos colores de la pañolería chinesca, dieron acento poderoso a las impresiones de su niñez. Como se recuerda a las personas más queridas de la familia, así vivieron y viven siempre con dulce memoria en la mente de Barbarita los dos maniquís de tamaño natural vestidos de mandarín que había en la tienda y en los cuales sus ojos aprendieron a ver. La primera cosa que excitó la atención naciente de la niña, cuando estaba en brazos de su niñera, fueron estos dos pasmarotes de semblante lelo y desabrido, y sus magníficos trajes morados. También había por allí una persona a quien la niña miraba mucho, y que la miraba a ella con ojos dulces y cuajados de candoroso chino. Era el retrato de Ayún, de cuerpo entero y tamaño natural, dibujado y pintado con dureza, pero con gran expresión. Mal conocido es en España el nombre de este peregrino artista, aunque sus obras han estado y están a la vista de todo el mundo, y nos son familiares como si fueran obra nuestra. Es el ingenio bordador de los pañuelos de Manila, el inventor del tipo de rameado más vistoso y elegante, el poeta fecundísimo de esos madrigales de crespón compuestos con flores y rimados con pájaros. A este ilustre chino deben las españolas el hermosísimo y característico chal que tanto favorece su belleza, el mantón de Manila, al mismo tiempo señoril y popular, pues lo han llevado en sus hombros la gran señora y la gitana. Envolverse en él es como vestirse con un cuadro. La industria moderna no inventará nada que iguale a la ingenua poesía del mantón, salpicado de flores, flexible, pegadizo y mate, con aquel fleco que tiene algo de los enredos del sueño y aquella brillantez de color que iluminaba las muchedumbres en los tiempos en que su uso era general. Esta prenda hermosa se va desterrando, y sólo el pueblo la conserva con admirable instinto. «
-III-
Bárbara y sus amigas pedían dinero a los caballeros para la Cruz de Mayo, una figura de la Virgen con gran advocación situada en la calle de Postas. Cuando murió Bonifacio, su padre, Bárbara maduró. Del arqueo de la tienda comprobaron que la situación económica era algo apurada porque había muchos mantones de Manila sin vender.
Bárbara se casó con Baldomero el 3-5-1835, en la iglesia de Santa Cruz, en un matrimonio arreglado por las madres, primas algo lejanas entre sí. Vivían en la casa del novio, en la plazuela de la Leña.
«En esto apareció en el extremo Oriente un nuevo artista, un genio que acabó de perturbar a D. Bonifacio. Este innovador fue Senquá, del cual puede decirse que representaba con respecto a Ayún, en aquel arte budista, lo que en la música representaba Beethoven con respecto a Mozart. Senquá modificó el estilo de Ayún, dándole más amplitud, variando más los tonos, haciendo, en fin, de aquellas sonatas graciosas, poéticas y elegantes, sinfonías poderosas con derroche de vida, combinaciones nuevas y atrevimientos admirables. Ver D. Bonifacio las primeras muestras del estilo de Senquá y chiflarse por completo, fue todo uno. «¡Barástolis!, ¡esto es la gloria divina -decía-; es mucho chino este…!». Y de tal entusiasmo nacieron pedidos imprudentes y el grave error mercantil, cuyas consecuencias no pudo apreciar aquel excelente hombre, porque le cogió la muerte.
El inventario de abanicos, tela de nipis, crudillo de seda, tejidos de Madrás y objetos de marfil también arrojaba cifras muy altas, y se hizo minuciosamente. Entonces pasaron por las manos de Barbarita todas las preciosidades que en su niñez le parecían juguetes y que le habían producido fiebre. A pesar de la edad y del juicio adquirido con ella, no vio nunca con indiferencia tales chucherías, y hoy mismo declara que cuando cae en sus manos alguno de aquellos delicados campanarios de marfil, le dan ganas de guardárselo en el seno y echar a correr.
Cumplidos los quince años, era Barbarita una chica bonitísima, torneadita, fresca y sonrosada, de carácter jovial, inquieto y un tanto burlón. No había tenido novio aún, ni su madre se lo permitía. Diferentes moscones revoloteaban alrededor de ella, sin resultado. La mamá tenía sus proyectos, y empezaba a tirar acertadas líneas para realizarlos. Las familias de Santa Cruz y Arnaiz se trataban con amistad casi íntima, y además tenían vínculos de parentesco con los Trujillos. La mujer de don Baldomero I y la del difunto Arnaiz eran primas segundas, floridas ramas de aquel nudoso tronco, de aquel albardero de la calle de Toledo, cuya historia sabía tan bien el gordo Arnaiz. Las dos primas tuvieron un pensamiento feliz, se lo comunicaron una a otra, asombráronse de que se les hubiera ocurrido a las dos la misma cosa… «ya se ve, era tan natural…» y aplaudiéndose recíprocamente, resolvieron convertirlo en realidad dichosa. Todos los descendientes del extremeño aquel de los aparejos borricales se distinguían siempre por su costumbre de trazar una línea muy corta y muy recta entre la idea y el hecho. La idea era casar a Baldomerito con Barbarita. «
-IV-
El matrimonio de Baldomero Santa Cruz y Bárbara era muy feliz; el noviazgo fue algo soso y sin amor, pero descubrieron a este en el matrimonio y así, hasta el presente. Juanito nació en 1845, tras diez años de casados; fue un niño muy esperado, criado entre mismos y cierta disciplina. La madre le tomaba la lección y le obligaba a cumplir con los ritos religiosos. El narrador conoció al matrimonio en 1870; entonces Baldomero tenía 60 años, Bárbara, 52. Se amaban tiernamente y él aspiraba a morirse ambos al mismo tiempo, en su lecho conyugal, después de muchos años de vida.
«Esto no era una falta de lógica, sino la consagración práctica de la idea madre de aquellos tiempos, el progreso. ¿Qué sería del mundo sin progreso?, pensaba Santa Cruz, y al pensarlo sentía ganas de dejar al chico entregado a sus propios instintos. Había oído muchas veces a los economistas que iban de tertulia a casa de Cantero, la célebre frase laissez aller, laissez passer El gordo Arnaiz y su amigo Pastor, el economista, sostenían que todos los grandes problemas se resuelven por sí mismos, y D. Pedro Mata opinaba del propio modo, aplicando a la sociedad y a la política el sistema de la medicina expectante. La naturaleza se cura sola; no hay más que dejarla. Las fuerzas reparatrices lo hacen todo, ayudadas del aire. El hombre se educa sólo en virtud de las suscepciones constantes que determina en su espíritu la conciencia, ayudada del ambiente social. D. Baldomero no lo decía así; pero sus vagas ideas sobre el asunto se condensaban en una expresión de moda y muy socorrida: «el mundo marcha».»
-V-
Desde 1850 en adelante hubo grandes transformaciones urbanas: lámparas de gas, el tren, etc. Gumersindo Arnáiz se casó con Isabel Cordero y siguieron con la tienda de telas de Filipinas, pero en declive. Isabel tenía instinto comercial y se dedicaron al mahón y a las telas blancas, con gran resultado. Se puso de moda la ropa gris y sin color del norte de Europa, matando el color, tan querido por el pueblo. El comercio inglés y las fábricas de telas de Francia, Alemania y Bélgica habían trastornado el mercado.
«Pero Gumersindo e Isabel habían llegado un poco tarde, porque las novedades estaban en manos de mercaderes listos, que sabían ya el camino de París. Arnaiz fue también allá; mas no era hombre de gusto y trajo unos adefesios que no tuvieron aceptación. La Cordero, sin embargo, no se desanimaba. Su marido empezaba a atontarse; ella a ver claro. Vio que las costumbres de Madrid se transformaban rápidamente, que esta orgullosa Corte iba a pasar en poco tiempo de la condición de aldeota indecente a la de capital civilizada. Porque Madrid no tenía de metrópoli más que el nombre y la vanidad ridícula. Era un payo con casaca de gentil-hombre y la camisa desgarrada y sucia. Por fin el paleto se disponía a ser señor de verdad. Isabel Cordero, que se anticipaba a su época, presintió la traída de aguas del Lozoya, en aquellos veranos ardorosos en que el Ayuntamiento refrescaba y alimentaba las fuentes del Berro y de la Teja con cubas de agua sacada de los pozos; en aquellos tiempos en que los portales eran sentinas y en que los vecinos iban de un cuarto a otro con el pucherito en la mano, pidiendo por favor un poco de agua para afeitarse. «
-VI-
Se cuenta la historia de Gumersindo Arnáiz y su mujer Isabel Cordero. Tuvo diecisiete partos, aunque sólo llegaron a adultos nueve. Siete eran mujeres; la tercera era Jacinta, futura esposa de Juanito. Poco a poco las fueron casando bastante bien, aunque algunas con «horteras». Candelaria, la mayor, se casó con Pepe Samaniego, que tenía un tío boticario en la calle del Ave María.
«¡Y que no pasaba flojos apuros la pobre para salir airosa en aquel papel inmenso! A Barbarita le hacía ordinariamente sus confidencias. «Mira, hija, algunos meses me veo tan agonizada, que no sé qué hacer. Dios me protege, que si no… Tú no sabes lo que es vestir siete hijas. Los varones, con los desechos de la ropa de su padre que yo les arreglo, van tirando. ¡Pero las niñas!… ¡Y con estas modas de ahora y este suponer!… ¿Viste la pieza de merino azul?, pues no fue bastante y tuve que traer diez varas más. ¡Nada te quiero decir del ramo de zapatos! Gracias que dentro de casa la que se me ponga otro calzado que no sea las alpargatitas de cáñamo, ya me tiene hecha una leona. Para llenarles la barriga, me defiendo con las patatas y [72] las migas. Este año he suprimido los estofados. Sé que los dependientes refunfuñan; pero no me importa. Que vayan a otra parte donde los traten mejor. ¿Creerás que un quintal de carbón se me va como un soplo? Me traigo a casa dos arrobas de aceite, y a los pocos días… pif… parece que se lo han chupado las lechuzas. Encargo a Estupiñá dos o tres quintales de patatas, hija, y como si no trajera nada». En la casa había dos mesas. En la primera comían el principal y su señora, las niñas, el dependiente más antiguo y algún pariente, como Primitivo Cordero cuando venía a Madrid de su finca de Toledo, donde residía. A la segunda se sentaban los dependientes menudos y los dos hijos, uno de los cuales hacía su aprendizaje en la tienda de blondas de Segundo Cordero. Era un total de diez y siete o diez y ocho bocas. El gobierno de tal casa, que habría rendido a cualquiera mujer, no fatigaba visiblemente a Isabel. A medida que las niñas iban creciendo, disminuía para la madre parte del trabajo material; pero este descanso se compensaba con el exceso de vigilancia para guardar el rebaño, cada vez más perseguido de lobos y expuesto a infinitas asechanzas. Las chicas no eran malas, pero eran jovenzuelas, y ni Cristo Padre podía evitar los atisbos por el único balcón de la casa o por la ventanucha que daba al callejón de San Cristóbal.»
– III – Estupiñá 
– I –
Se relata la historia de Plácido Estupiñá, nacido en 1803, el mismo día, mes y año que Mesonero Romanos. Era un gran conversador, de las tertulias a la puerta de las tiendas, común antes de los casinos. Alardeaba de conocer por haber visto y vivido toda la historia de España del siglo XIX. Comenzó trabajando de hortera en la casa de Bonifacio Arnáiz, pero en 1847 se estableció por su cuenta, con una tienda de bayetas y paños en la Plaza Mayor, gracias a una pequeña herencia que recibió. Era muy honesto en el trabajo, pero gran conversador, pues tardaba mucho en hacer los recados al hablar tanto con todos los que se encontraba. Tenía el vicio de hablar y conversar de todo con cualquiera. Cerraba la tienda y atendía mal a la clientela con tal de charlar. Tuvo que cerrar por quiebra.
«El llamado Estupiñá debía de ser indispensable en todas las tertulias de tiendas, porque cuando no iba a la de Arnaiz, todo se volvía preguntar: «Y Plácido, ¿qué es de él?». Cuando entraba le recibían con exclamaciones de alegría, pues con su sola presencia animaba la conversación. En 1871 conocí a este hombre, que fundaba su vanidad en haber visto toda la historia de España en el presente siglo. Había venido al mundo en 1803 y se llamaba hermano de fecha de Mesonero Romanos, por haber nacido, como este, el 19 de Julio del citado año. Una sola frase suya probará su inmenso saber en esa historia viva que se aprende con los ojos: «Vi a José I como le estoy viendo a usted ahora». Y parecía que se relamía de gusto cuando le preguntaban: «¿Vio usted al duque de Angulema, a lord Wellington?…». «Pues ya lo creo». Su contestación era siempre la misma: «Como le estoy viendo a usted». Hasta llegaba a incomodarse cuando se le interrogaba en tono dubitativo. «¡Que si vi entrar a María Cristina!… Hombre, si eso es de ayer…». Para completar su erudición ocular, hablaba del aspecto que presentaba Madrid el 1.º de Septiembre de 1840, como si fuera cosa de la semana pasada. Había visto morir a Canterac; ajusticiar a Merino, «nada menos que sobre el propio patíbulo», por ser él hermano de la Paz y Caridad; había visto matar a Chico…, precisamente ver no, pero oyó los tiritos, hallándose en la calle de las Velas; había visto a Fernando VII el 7 de Julio cuando salió al balcón a decir a los milicianos que sacudieran a los de la Guardia; había visto a Rodil y al sargento García arengando desde otro balcón, el año 36; había visto a O’Donnell y Espartero abrazándose, a Espartero solo saludando al pueblo, a O’Donnell solo, todo esto en un balcón, y por fin, en un balcón había visto también en fecha cercana a otro personaje diciendo a gritos que se habían acabado los Reyes. La historia que Estupiñá sabía estaba escrita en los balcones.»
-II-
Cuando quebró la tienda, como conocía a tanta gente se hizo representante, dedicándose al corretaje de tejidos por tiendas de la capital, Estupiñá logró vivir dignamente. También era algo contrabandista y metía género de estrangis en la capital, porteándolo de noche, a hurtadillas. Barbarita le tenía mucha confianza, pues lo conocía desde que era niña y trabajaba en la tienda de su padre. Cuidaba de Juanito, el Delfín, en el parque, y lo llevaba al colegio. Le hacía recados de todo tipo, en el mercado. Estupiñá no se mezclaba con gente vulgar. Un sobrino con unos amigos, en un bautizo, lograron emborracharlo con anís de Chinchón, lo que le avergonzó mucho. Confundió el farol del sereno con el Viático, y su sobrino y sus amigotes se rieron de él hasta reventar.
«Aquel gran filósofo no se entregó a la desesperación. Viéronle sus amigos tranquilo y resignado. En su aspecto y en el reposo de su semblante había algo de Sócrates, admitiendo que Sócrates fuera hombre dispuesto a estarse siete horas seguidas con la palabra en la boca. Plácido había salvado el honor, que era lo importante, pagando religiosamente a todo el mundo con las existencias. Se había quedado con lo puesto y sin una mota. No salvó más mueble que la vara de medir. Era forzoso, pues, buscar algún modo de ganarse la vida. ¿A qué se dedicaría? ¿En qué ramo del comercio emplearía sus grandes dotes? Dándose a pensar en esto, vino a descubrir que en medio de su gran pobreza conservaba un capital que seguramente le envidiarían muchos: las relaciones. Conocía a cuantos almacenistas y tenderos había en Madrid; todas las puertas se le franqueaban, y en todas partes le ponían buena cara por su honradez, sus buenas maneras y principalmente por aquella bendita labia que Dios le había dado. Sus relaciones y estas aptitudes le sugirieron, pues, la idea de dedicarse a corredor de géneros. D. Baldomero Santa Cruz, el gordo Arnaiz, Bringas, Moreno, Labiano y otros almacenistas de paños, lienzos o novedades, le daban piezas para que las fuera enseñando de tienda en tienda. Ganaba el 2 por 100 de comisión por lo que vendía. ¡María Santísima, qué vida más deliciosa y qué bien hizo en adoptarla, porque cosa más adecuada a su temperamento no se podía imaginar! Aquel correr continuo, aquel entrar por diversas puertas, aquel saludar en la calle a cincuenta personas y preguntarles por la familia era su vida, y todo lo demás era muerte. Plácido no había nacido para el presidio de una tienda. Su elemento era la calle, el aire libre, la discusión, la contratación, el recado, ir y venir, preguntar, cuestionar, pasando gallardamente de la seriedad a la broma. Había mañana en que se echaba al coleto toda la calle de Toledo de punta a punta, y la Concepción Jerónima, Atocha y Carretas.»
-III-
El narrador conoció a Bonifacio Estupiñá cuando ya andaba por los sesenta años. Vivía solo en la Cava de San Miguel, que era el lado occidental de la Plaza Mayor; por esta era un cuarto piso; por abajo, un séptimo. Entraba por la zapatería de «El ramo de azucenas», de la Plaza Mayor y ahorraba muchos peldaños. Visitaba muchas iglesias todas las mañanas y oía varias misias; se despedía de las estatuas de los santos con un gesto de la mano. Cuando derribaron la iglesia de San Miguel en 1869 lo pasó muy mal; él seguía persignándose al pasar al lado, como si siguiera existiendo. Un día de ese año se puso enfermo y fue Juanito Santa Cruz a visitarlo, de parte de su madre. Nadie había entrado antes en su casa, que él guardaba con mucho celo.
«En sus últimos tiempos, del 70 en adelante, vestía con cierta originalidad, no precisamente por miseria, pues los de Santa Cruz cuidaban de que nada le faltase, sino por espíritu de tradición, y por repugnancia a introducir novedades en su guardarropa. Usaba un sombrero chato, de copa muy baja y con las alas planas, el cual pertenecía a una época que se había borrado ya de la memoria de los sombreros, y una capa de paño verde, que no se le caía de los hombros sino en lo que va de Julio a Septiembre. Tenía muy poco pelo, casi se puede decir ninguno; pero no usaba peluca. Para librar su cabeza de las corrientes frías de la iglesia, llevaba en el bolsillo un gorro negro, y se lo calaba al entrar. Era gran madrugador, y por la mañanita con la fresca se iba a Santa Cruz, luego a Santo Tomás y por fin a San Ginés. Después de oír varias misas en cada una de estas iglesias, calado el gorro hasta las orejas, y de echar un parrafito con beatos o sacristanes, iba de capilla en capilla rezando diferentes oraciones. Al despedirse, saludaba con la mano a las imágenes, como se saluda a un amigo que está en el balcón, y luego tomaba su agua bendita, fuera gorro, y a la calle.»
-IV-
Juanito, el Delfín, fue a verlo por orden de su madre. Había que entrar por una pollería y casquería donde mataban aves sin parar; plumas y sangre cubría el suelo. En la escalera se cruzó con una chica guapa y atractiva, que comía un huevo crudo. Lo invitó, pero Juanito declinó la invitación porque le daba asco. Era Fortunata; a él le gustó y ella se fue. Bonifacio estaba con un reuma severo y no podía moverse de casa. Entretenía sus ocios leyendo el Boletín Eclesiástico de la Provincia de Lugo; lo consideraba lectura muy provechosa. Santa Cruz fue a visitarlo todos los días de la semana siguiente, entrando por la Cava (por ver si se cruzaba con Fortunata).
«Cuando Estupiñá le vio entrar sintió tanta alegría, que a punto estuvo de ponerse bueno instantáneamente por la sola virtud del contento. No estaba el hablador en la cama sino en un sillón, porque el lecho le hastiaba, y la mitad inferior de su cuerpo no se veía porque estaba liado como las momias, y envuelto en mantas y trapos diferentes. Cubría su cabeza, orejas inclusive, el gorro negro de punto que usaba dentro de la iglesia. Más que los dolores reumáticos [101] molestaba al enfermo el no tener con quién hablar, pues la mujer que le servía, una tal doña Brígida, patrona o ama de llaves, era muy displicente y de pocas palabras. No poseía Estupiñá ningún libro, pues no necesitaba de ellos para instruirse. Su biblioteca era la sociedad y sus textos las palabras calentitas de los vivos. Su ciencia era su fe religiosa, y ni para rezar necesitaba breviarios ni florilogios, pues todas las oraciones las sabía de memoria. Lo impreso era para él música, garabatos que no sirven de nada. Uno de los hombres que menos admiraba Plácido era Guttenberg. Pero el aburrimiento de su enfermedad le hizo desear la compañía de alguno de estos habladores mudos que llamamos libros. Busca por aquí, busca por allá, y no se encontraba cosa impresa. Por fin, en polvoriento arcón halló doña Brígida un mamotreto perteneciente a un exclaustrado que moró en la misma casa allá por el año 40. Abriolo Estupiñá con respeto, ¿y qué era? El tomo undécimo del Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Lugo. Apechugó, pues, con aquello, pues no había otra cosa. Y se lo atizó todo, de cabo a rabo, sin omitir letra, articulando correctamente las sílabas en voz baja a estilo de rezo. Ningún tropiezo le detenía en su lectura, pues cuando le salía al encuentro un latín largo y oscuro, le metía el diente sin vacilar. Las pastorales, sinodales, bulas y demás entretenidas cosas que el libro traía, fueron el único remedio de su soledad triste, y lo mejor del caso es que llegó a tomar el gusto a manjar tan desabrido, y algunos párrafos se los echaba al coleto dos veces, masticando las palabras con una sonrisa, que a cualquier observador mal enterado le habría hecho creer que el tomazo era de Paul de Kock.»
– IV – Perdición y salvamento del Delfín
 
– I –
Juanito, el Delfín, comenzó a llevar, a ojos de su madre, una mala vida. Vestía algo vulgar, llegaba a casa muy tarde y desaliñado. Olía a perfume barato y a bajos fondos. La madre trataba de sonsacarle, pero el chico no soltaba prenda. Estupiñá comenzó a espiarlo de parte de la madre; al principio le daba noticia de los movimientos del joven, pero un buen día cesó, no se sabía si no quería contar más o no sabía más. Desarrolló una afición desmedida a los toros; asistía a todas las corridas e incluso viajaba a las dehesas. La madre estaba nerviosa. A finales de junio de 1870 organizó las vacaciones a Plencia (Vizcaya), como todos los años, pero algo adelantadas y precipitadas. Le propuso a su hijo que se casara con su prima Jacinta, que llegaba al día siguiente. Juanito no contestó nada, a la espera.
«Dicho y hecho. Padres e hijo salieron para el Norte el día de San Pedro. Barbarita iba muy contenta, juzgándose ya vencedora, y se decía por el camino: «Ahora le voy a poner a mi pollo una calza para que no se me escape más». Instaláronse en su residencia de verano, que era como un palacio, y no hay palabras con qué ponderar lo contentos y saludables que todos estaban. El Delfín, que fue desmejoradillo, no tardó en reponerse, recobrando su buen color, su palabra jovial y la plenitud de sus carnes. La mamá se la tenía guardada. Esperaba ocasión propicia, y en cuanto esta llegó supo acometer la empresa aquella de la calza, como persona lista y conocedora de las mañas del ave que era preciso aprisionar. Dios la ayudaba sin duda, porque el pollo no parecía muy dispuesto a la resistencia.
«Pues sí -dijo ella, después de una conversación preparada con gracia-. Es preciso que te cases. Ya te tengo la mujer buscada. Eres un chiquillo, y a ti hay que dártelo todo hecho. ¡Qué será de ti el día en que yo te falte! Por eso quiero dejarte en buenas manos… No te rías, no; es la verdad, yo tengo que cuidar de todo, lo mismo de pegarte el botón que se te ha caído, que de elegirte la que ha de ser compañera de toda tu vida, la que te ha de mimar cuando yo me muera. ¿A ti te cabe en la cabeza que pueda yo proponerte nada que no te convenga?… No. Pues a callar, y pon tu porvenir en mis manos. No sé qué instinto tenemos las madres, algunas quiero decir. En ciertos casos no nos equivocamos; somos infalibles como el Papa».
La esposa que Barbarita proponía a su hijo era Jacinta, su prima, la tercera de las hijas de Gumersindo Arnaiz. ¡Y qué casualidad! Al día siguiente de la conferencia citada, llegaban a Plencia y se instalaban en una casita modesta, Gumersindo e Isabel Cordero con toda su caterva menuda. Candelaria no salía de Madrid, y Benigna había ido a Laredo.
Juan no dijo que sí ni que no. Limitose a responder por fórmula que lo pensaría; pero una voz de su alma le declaraba que aquella gran mujer y madre tenía tratos con el Espíritu Santo, y que su proyecto era un verdadero caso de infalibilidad.»
II
Los novios hicieron que lo pensaron, pero ambos dieron pronto su conformidad. Por Plencia, en la naturaleza agreste del lugar, pasearon, se amartelaron y el compromiso iba adelante. Isabel, la madre de Jacinta, no cabía en sí de gozo porque era un matrimonio ventajoso para su hija; en su casa estaban algo apretados por ser tantos hijos. Murió de un ataque cerebral en diciembre, el mismo día en que asesinaron al general Juan Prim. A ella le gustaba relacionar el nacimiento de sus hijos con los grandes acontecimientos de España.
«Faltábale tiempo a la buena señora [Isabel Cordero, madre de Jacinta] para dar parte a sus amigas del feliz suceso; no sabía hablar de otra cosa, y aunque desmadejada ya y sin fuerzas a causa del trabajo y de los alumbramientos, cobraba nuevos bríos para entregarse con delirante actividad a los preparativos de boda, al equipo y demás cosas. ¡Qué proyectos hacía, qué cosas inventaba, qué previsión la suya! Pero en medio de su inmensa tarea, no cesaba de tener corazonadas pesimistas, y exclamaba con tristeza: «¡Si me parece mentira!… ¡Si yo no he de verlo!…». Y este presentimiento, por ser de cosa mala, vino a cumplirse al cabo, porque la alegría inquieta fue como una combustión oculta que devoró la poca vida que allí quedaba. Una mañana de los últimos días de Diciembre, Isabel Cordero, hallándose en el comedor de su casa, cayó redonda al suelo como herida de un rayo. Acometida de violentísimo ataque cerebral, falleció aquella misma noche, rodeada de su marido y de sus consternados y amantes hijos. No recobró el conocimiento después del ataque, no dijo esta boca es mía, ni se quejó. Su muerte fue de esas que vulgarmente se comparan a la de un pajarito. Decían los vecinos y amigos que había reventado de gusto. Aquella gran mujer, heroína y mártir del deber, autora de diez y siete españoles, se embriagó de felicidad sólo con el olor de ella, y sucumbió a su primera embriaguez. En su muerte la perseguían las fechas célebres, como la habían perseguido en sus partos, cual si la historia la rondara deseando tener algo que ver con ella. Isabel Cordero y D. Juan Prim expiraron con pocas horas de diferencia.»
– V – Viaje de novios 
– I – 
Se casaron en la primavera de 1871, con poco aparato y menos fiesta porque estaban de luto. Se fueron de luna de miel a Burgos y luego a Zaragoza, en tren. Estaban muy enamorados. Jacinta comenzó a preguntar por el pasado de él en los asuntos sentimentales. En el tren, él comenzó a hablarle de cómo conoció a Fortunata. Visitan la catedral de Burgos, las Huelgas y la Cartuja, muy admirados de su belleza.
«Al día siguiente, cuando fueron a la catedral, ya bastante tarde, sabía Jacinta una porción de expresiones cariñosas y de íntima confianza de amor que hasta entonces no había pronunciado nunca, como no fuera en la vaguedad discreta del pensamiento que recela descubrirse a sí mismo. No le causaba vergüenza el decirle al otro que le idolatraba, así, así, clarito… al pan pan y al vino vino… ni preguntarle a cada momento si era verdad que él también estaba hecho un idólatra y que lo estaría hasta el día del Juicio final. Y a la tal preguntita, que había venido a ser tan frecuente como el pestañear, el que estaba de turno contestaba Chí, dando a esta sílaba un tonillo de pronunciación infantil. El Chí se lo había enseñado Juanito aquella noche, lo mismo que el decir, también en estilo mimoso, ¿me quieles?, y otras tonterías y chiquilladas empalagosas, dichas de la manera más grave del mundo. En la misma catedral, cuando les quitaba la vista de encima el sacristán que les enseñaba alguna capilla o preciosidad reservada, los esposos aprovechaban aquel momento para darse besos a escape y a hurtadillas, frente a la santidad de los altares consagrados o detrás de la estatua yacente de un sepulcro. Es que Juanito era un pillín, y un goloso y un atrevido. A Jacinta le causaban miedo aquellas profanaciones; pero las consentía y toleraba, poniendo su pensamiento en Dios y confiando en que Este, al verlas, volvería la cabeza con aquella indulgencia propia del que es fuente de todo amor. «
-II-
En Zaragoza visitan la catedral y la Seo. Pasean por sus callejuelas de casas antiguas de ladrillo. Ella le sigue sonsacando de sus aventuras amorosas previas. Juanito confesó que al día siguiente la volvió a encontrar llorando en la escalera. Fortunata era huérfana y vivía con su tía Segunda Izquierdo, que tenía una pollería. Estaba liada con un banderillero, hombre rudo. Juanito le propuso irse juntos y casarse; Fortunata aceptó en el acto, pero no dice cómo acabó la historia. Jacinta le propinó un bofetón medio en broma, medio en serio al oír eso. Se hicieron protestas de amor en plena callen entre arrumacos.
«[Jacinta le dice a su marido Juanito] «¡Pero qué tontín! Si lo quiero saber para reírme, nada más que para reírme. ¿Qué creías tú, que me iba a enfadar?… ¡Ay, qué bobito!… No, es que me hacen gracia tus calaveradas. Tienen un chic. Anoche pensé en ellas, y aun soñé un poquitito con la del huevo crudo y la tía y el mamarracho del tío. No, si no me enojaba; me reía, créelo, me divertía viéndote entre esa aristocracia, hecho un caballero, una persona decente, vamos, con el pelito sobre la oreja. Ahora te voy a anticipar la continuación de la historia. Pues señor… le hiciste el amor por lo fino, y ella lo admitió por lo basto. La sacaste de la casa de su tía y os fuisteis los dos a otro nido, en la Concepción Jerónima».
Juanito miró fijamente a su mujer, y después se echó a reír. Aquello no era adivinación de Jacinta. Algo había oído sin duda, por lo menos el nombre de la calle. Pensando que convenía seguir el tono festivo, dijo así:
«Tú sabías el nombre de la calle; no vengas echándotelas de zahorí… Es que Estupiñá me espiaba y le llevaba cuentos a mamá».
-Sigue con tu conquista. Pues señor…
-Cuestión de pocos días. En el pueblo, hija mía, los procedimientos son breves. Ya ves cómo se matan. Pues lo mismo es el amor.
Un día le dije: «Si quieres probarme que me quieres, huye de tu casa conmigo». Yo pensé que me iba a decir que no.
-Pensaste mal… sobre todo si en su casa había… leña.
-La respuesta fue coger el mantón, y decirme vamos. No podía salir por la Cava. Salimos por la zapatería que se llama Al ramo de azucenas. Lo que te digo; el pueblo es así, sumamente ejecutivo y enemigo de trámites.»
-III-
Siguen en Zaragoza, paseando la ciudad. Ella vuelve a preguntar a su marido por sus amoríos. Él le cuenta que Fortunata vivía con un tío carnal, José Izquierdo, marido de una viuda que tenía una tienda. Llevaban una vida sórdida y desordenada. Discutían mucho Segunda, su amante el banderillero, contra José, que lo quería mal, y su mujer. Juanito y su amigo Villalonga los invitaban a todos a francachelas y fiestas de todo tipo. Al final, se reconciliaron todos. Juanito y Fortunata critican al pueblo llano por inculto, ordinario, maleducado, irreflexivos, etc. ella deseaba preguntarle si hubo hijos, pero no se atrevía; esperaba otra oportunidad mejor. Entre lluvia, con mal tiempo, llegaron a Barcelona. Visitaron muchas fábricas de textil y otros y ella quedó muy admirada de todo ello. Ella se duele del destino de las jóvenes de las fábricas que acabarán siendo carne de cañón de cualquier mequetrefe.
«-¿Sabes lo que estoy deseando ahora? -dijo bruscamente Jacinta-. Que te calles, hombre, que te calles. Me repugna eso. Razón tienes; tú no eras entonces tú. Trato de figurarme cómo eras y no lo puedo conseguir. Quererte yo y ser tú como a ti mismo te pintas son dos cosas que no puedo juntar.
-Dices bien, quiéreme mucho, y lo pasado, pasado. Pero aguárdate un poco: para dejar redondo el cuento, necesito añadir una cosa que te sorprenderá. A las dos semanas de aquellos dimes y diretes, de tanta bronca y de tanto escándalo entre los hermanos Izquierdo, y entre Izquierdo y el picador, y tía y sobrina, se reconciliaron todos, y se acabaron las riñas y no hubo más que finezas y apretones de manos.
-Sí que es particular. ¡Qué gente!
-El pueblo no conoce la dignidad. Sólo le mueven sus pasiones o el interés. Como Villalonga y yo teníamos dinero largo para juergas y cañas, unos y otros tomaron el gusto a nuestros bolsillos, y pronto llegó un día en que allí [140] no se hacía más que beber, palmotear, tocar la guitarra, venga de ahí, comer magras. Era una orgía continua. En la tienda no se vendía; en ninguna de las dos casas se trabajaba. El día que no había comida de campo había cena en la casa hasta la madrugada. La vecindad estaba escandalizada. La policía rondaba. Villalonga y yo como dos insensatos…
-¡Ay, qué par de apuntes!… Pero hijo, está lloviendo… a mí me ha caído una gota en la punta de la nariz… ¿Ves?… Aprisita, que nos mojamos.»
-IV-
Viajaron de Barcelona a Valencia. Se admiran del bello paisaje mediterráneo: a la izquierda de la dirección del tren, el mar; a la derecha, huertos y abundante vegetación. Juanito le cuenta trozos de la historia mediterránea porque era muy poco leída. Comen en cantinas de tren, hablan acaramelados. Al fin, ella le insiste y él le confiesa el nombre de la antigua mujer amada: Fortunata.
«Iban solos. ¡Qué dicha, siempre solitos! Juan se sentó junto a la ventana y Jacinta sobre sus rodillas. Él le rodeaba la cintura con el brazo. A ratos charlaban, haciendo ella observaciones cándidas sobre todo lo que veía. Pero después transcurrían algunos ratos sin que ninguno dijera una palabra. De repente volviose Jacinta hacia su marido, y echándole un brazo alrededor del cuello, le soltó esta:
«No me has dicho cómo se llamaba».
-¿Quién? -preguntó Santa Cruz algo atontado.
-Tu adorado tormento, tu… Cómo se llamaba o cómo se llama… porque supongo que vivirá.
-No lo sé… ni me importa. Vaya con lo que sales ahora.
-Es que hace un rato me dio por pensar en ella. Se me ocurrió de repente. ¿Sabes cómo? Vi unos refajos encarnados puestos a secar en un arbusto. Tú dirás que qué tiene que ver… Es claro, nada; pero vete a saber cómo se enlazan en el pensamiento las ideas. Esta mañana me acordé de lo mismo cuando pasaban rechinando las carretillas cargadas de equipajes. Anoche me acordé, ¿cuándo creerás? Cuando apagaste la luz. Me pareció que la llama era una mujer que decía ¡ay!, y se caía muerta. Ya sé que son tonterías, pero en el cerebro pasan cosas muy particulares. ¿Con que, nenito, desembuchas eso, sí o no?
-¿Qué?
-El nombre.
-Déjame a mí de nombres.
-¡Qué poco amable es este señor! -dijo abrazándole-. Bueno, guarda el secretito, hombre, y dispensa. Ten cuidado no te roben esa preciosidad. Eso, eso es, o somos reservados o no. Yo me quedo lo mismo que estaba. No creas que tengo gran interés en saberlo. ¿Qué me meto yo en el bolsillo con saber un nombre más?
-Es un nombre muy feo… No me hagas pensar en lo que quiero olvidar -replicó Santa Cruz con hastío- No te digo una palabra, ¿sabes?»
-V-
 A propuesta de Juanito, se animaron a continuar con la luna de miel hasta Sevilla. Atravesaron La Mancha, más triste y apagada, muy llana. Pasaron frío en la estación de Alcázar de San Juan. Vieron por la ventanilla Argamasilla. En Córdoba estuvieron dos días, pero pronto se fueron a Sevilla, donde se hallaban muy a gusto. Les gustaba la gente, las mujeres con una flor en el pelo; todo el mundo se tomaba la vida como un chiste, a broma, para aguantar las calamidades. En la fonda donde se hospedaban se celebraba una boda de gente medio inglesa, de Gibraltar. Los invitaron y participaron en el festín. Juanito bebió más de la cuenta. Ya en la habitación, le confesó a Jacinta el amor apasionado que había sentido por Jacinta y cómo la engañó, le prometió matrimonio y la dejó tirada en la calle, como un perro.
«Jacinta no sabía qué hacer. Uno y otro se estuvieron mirando breve rato, los ojos clavados en los ojos, hasta que Juan dijo en voz queda:
«¡Si la hubieras visto…! Fortunata tenía los ojos como dos estrellas, muy semejantes a los de la Virgen del Carmen que antes estaba en Santo Tomás y ahora en San Ginés. Pregúntaselo a Estupiñá, pregúntaselo si lo dudas… a ver… Fortunata tenía las manos bastas de tanto trabajar, el corazón lleno de inocencia… Fortunata no tenía educación; aquella boca tan linda se comía muchas letras y otras las equivocaba. Decía indilugenciasgolverasín. Pasó su niñez cuidando el ganado. ¿Sabes lo que es el ganado? Las gallinas. Después criaba los palomos a sus pechos. Como los palomos no comen sino del pico de la madre, Fortunata se los metía en el seno, ¡y si vieras tú qué seno tan bonito!, sólo que tenía muchos rasguños que le hacían los palomos con los garfios de sus patas. Después cogía en la boca un buche de agua y algunos granos de algarroba, y metiéndose el pico en la boca… les daba de comer… Era la paloma madre de los tiernos pichoncitos… Luego les daba su calor natural… les arrullaba, les hacía rorrooó… les cantaba canciones de nodriza… ¡Pobre Fortunata, pobre Pitusa!… ¿Te he dicho que la llamaban la Pitusa? ¿No?… pues te lo digo ahora. Que conste… Yo la perdí… sí… que conste también; es preciso que cada cual cargue con su responsabilidad… Yo la perdí, la engañé, le dije mil mentiras, le hice creer que me iba a casar con ella. ¿Has visto?… ¡Si seré pillín!… Déjame que me ría un poco… Sí, todas las papas que yo le decía, se las tragaba… El pueblo es muy inocente, es tonto de remate, todo se lo cree con tal que se lo digan con palabras finas… La engañé, le garfiñé su honor, y tan tranquilo. Los hombres, digo, los señoritos, somos unos miserables; creemos que el honor de las hijas del pueblo es cosa de juego… No me pongas esa cara, vida mía. Comprendo que tienes razón; soy un infame, merezco tu desprecio; porque… lo que tú dirás, una mujer es siempre una criatura de Dios, ¿verdad?… y yo, después que me divertí con ella, la dejé abandonada en medio de las calles… justo… su destino es el destino de las perras… Di que sí». «
-VI-
El Delfín, es decir, Juanito, de rodillas, en la habitación de la fonda, borracho, con muy mala conciencia, le confiesa a Jacinta que mintió y engañó a Fortunata. Izquierdo, el tío de ella, le comunicó que estaba embarazada de cinco meses; lo echó de su portal a patadas. Le gustó la vida cañí, pero luego se hartó. Le pidió perdón a su mujer muchas veces, entre lágrimas. Esta logró calmarlo y se durmió como un niño agotado. Antes de la boda, tras la vuelta del veraneo de Plencia, preguntó por Fortunata, pero nadie le dio razón. Su tía Segunda ahora regentaba una especie de cafetería humilde.
«-Pero qué, ¿se me escapó alguna palabra que te pudiera ofender?
-No; sólo una media docena de voces elegantes, de las que usa la alta sociedad. No las entendí bien. Lo demás bien clarito estaba, demasiado clarito. Lloraste por tu Pitusa de tu alma, y te llamabas miserable por haberla abandonado. Créelo, te pusiste que no había por dónde cogerte.
-Vaya, hija, pues ahora con la cabeza despejada, voy a decirte dos palabritas para que no me juzgues por peor de lo que soy.
Se fueron de paseo por las Delicias abajo, y sentados en solitario banco, vueltos de cara al río, charlaron un rato. Jacinta se quería comer con los ojos a su marido, adivinándole las palabras antes de que las dijera, y confrontándolas con la expresión de los ojos a ver si eran sinceras. ¿Habló Juan con verdad? De todo hubo. Sus declaraciones eran una verdad refundida como las comedias antiguas. El amor propio no le permitía la reproducción fiel de los hechos. Pues señor… al volver de Plencia ya comprometido a casarse y enamorado de su novia, quiso saber qué vuelta llevó Fortunata, de quien no había tenido noticias en tanto tiempo. No le movía ningún sentimiento de ternura, sino la compasión y el deseo de socorrerla si se veía en un mal paso. Platón estaba fuera de Madrid y su mujer en el otro mundo. No se sabía tampoco a dónde diantres había ido a parar el picador; pero Segunda había traspasado la huevería y tenía en la misma Cava un poco más abajo, cerca ya de la escalerilla, una covacha a que daba el nombre de establecimiento. En aquella caverna habitaba y hacía el café que vendía por la mañana a la gente del mercado. Cuatro cacharros, dos sillas y una mesa componían el ajuar. En el resto del día prestaba servicios en la taberna del pulpitillo. Había venido tan a menos en lo físico y en lo económico, que a su antiguo tertulio le costó trabajo reconocerla.
«¿Y la otra?…». porque esto era lo que importaba.»
-VII-
Luego visitaron Cádiz. Juanito le pidió perdón por la escena y ella lamentó la suerte de las mujeres, a quienes siempre tocaba la peor parte. Juanito hizo protestas de amor y ella las creyó. Luego razonó sobre lo imposible de ese amor por la diferencia de clases y de educación. Se salvó del naufragio porque no tenía otra opción. Al fin, se encontraron con el inglés borrachuzo, con quien tomaron unas cañas. Compraron regalos para todos y volvieron a Madrid, atravesando Despeñaperros de noche.
«Nadie diría que el hombre que de este modo razonaba, con arte tan sutil y paradójico, era el mismo que noches antes, bajo la influencia de una bebida espirituosa, había vaciado toda su alma con esa sinceridad brutal y disparada que sólo puede compararse al vómito físico, producido por un emético muy fuerte. Y después, cuando el despejo de su cerebro le hacía dueño de todas sus triquiñuelas de hombre leído y mundano, no volvió a salir de sus labios ni un solo vocablo soez, ni una sola espontaneidad de aquellas que existían dentro de él, como existen los trapos de colorines en algún rincón de la casa del que ha sido cómico, aunque sólo lo haya sido de afición. Todo era convencionalismo y frase ingeniosa en aquel hombre que se había emperejilado intelectualmente, cortándose una levita para las ideas y planchándole los cuellos al lenguaje.
Jacinta, que aún tenía poco mundo, se dejaba alucinar por las dotes seductoras de su marido. Y le quería tanto, quizás por aquellas mismas dotes y por otras, que no necesitaba hacer ningún esfuerzo para creer cuanto le decía, si bien creía por fe, que es sentimiento, más que por convicción. Largo rato charlaron, mezclando las discusiones con los cariños discretos (porque en Sevilla entró gente en el coche y no había que pensar en la besadera), y cuando vino la noche sobre España, cuyo radio iban recorriendo, se durmieron allá por Despeñaperros, soñaron con lo mucho que se querían, y despertaron al fin en Alcázar con la idea placentera de llegar pronto a Madrid, de ver a la familia, de contar todas las peripecias del viaje (menos la escenita de la noche aquella) y de repartir los regalos.
A Estupiñá le llevaban un bastón que tenía por puño la cabeza de una cotorra. «
-VI- Más y más pormenores referentes a esta ilustre familia
-I-
Dos años después del matrimonio, seguían sin hijos. Fortunata se impacientaba, su tia y suegra Barbarita la consolaba como podía y le recomedaba paciencia. El narrador opina sobre la democracia del espíritu español, pues la mezcla de clases era evidente. Por eso no había revoluciones. Habla con ironía sobre la conformidad del pueblo y su falta de arranque para pedir justicia social; la educación para todos –gran ironía– había contribuido a ello. De las conversaciones del gordo Arnáiz y de Estupiñá se podía saber mucho sobre los orígenes de los Santa Cruz y de los Arnáiz.
«Vamos ahora a otra cosa. Los de Santa Cruz, como familia respetabilísima y rica, estaban muy bien relacionados y tenían amigos en todas las esferas, desde la más alta a la más baja. Es curioso observar cómo nuestra edad, por otros conceptos infeliz, nos presenta una dichosa confusión de todas las clases, mejor dicho, la concordia y reconciliación de todas ellas. En esto aventaja nuestro país a otros, donde están pendientes de sentencia los graves pleitos históricos de la igualdad. Aquí se ha resuelto el problema sencilla y pacíficamente, gracias al temple democrático de los españoles y a la escasa vehemencia de las preocupaciones nobiliarias. Un gran defecto nacional, la empleomanía, tiene también su parte en esta gran conquista. Las oficinas han sido el tronco en que se han injertado las ramas históricas, y de ellas han salido amigos el noble tronado y el plebeyo ensoberbecido por un título universitario; y de amigos, pronto han pasado a parientes. Esta confusión es un bien, y gracias a ella no nos aterra el contagio de la guerra social, porque tenemos ya en la masa de la sangre un socialismo atenuado e inofensivo. Insensiblemente, con la ayuda de la burocracia, [181] de la pobreza y de la educación académica que todos los españoles reciben, se han ido compenetrando las clases todas, y sus miembros se introducen de una en otra, tejiendo una red espesa que amarra y solidifica la masa nacional. El nacimiento no significa nada entre nosotros, y todo cuanto se dice de los pergaminos es conversación. No hay más diferencias que las esenciales, las que se fundan en la buena o mala educación, en ser tonto o discreto, en las desigualdades del espíritu, eternas como los atributos del espíritu mismo. La otra determinación positiva de clases, el dinero, está fundada en principios económicos tan inmutables como las leyes físicas, y querer impedirla viene a ser lo mismo que intentar beberse la mar.»
-II-
Se dedica a explicar las relaciones familiares de los Trujillo –de donde vienen los Santa Cruz y los Arnáiz–, de los Bonilla, que procedían de Cádiz; de los Moreno, del valle de Mena; de don Pascual Muñoz, el del almacén de hierros; de los Samaniego. En todos ellos había una rama rica y otra pobre. Bárbara se hablaba con todos ellos y tenía un círculo social muy amplio.
«Barbarita no se trataba con todos los individuos que aparecen en esta complicada enredadera. A muchos les esquivaba por hallarse demasiado altos; a otros apenas les distinguía por hallarse muy bajos. Sus amistades verdaderas, como los parentescos reconocidos, no eran en gran número, aunque sí abarcaban un círculo muy extenso, en el cual se entremezclaban todas las jerarquías. En un mismo día, al salir de paseo o de compras, cambiaba saludos más o menos afectuosos con la de Ruiz Ochoa, con la generala Minio, con Adela Trujillo, con un Villuendas rico, con un Villuendas pobre, con el pescadero pariente de Samaniego, con la duquesa de Gravelinas, con un  Moreno Vallejo magistrado, con un Moreno Rubio médico, con un Moreno Jáuregui sombrerero, con un Aparisi canónigo, con varios horteras, con tan diversa gente, en fin, que otra persona de menos tino habría trocado los nombres y tratamientos.
La mente más segura no es capaz de seguir en su laberíntico enredo las direcciones de los vástagos de este colosal árbol de linajes matritenses. Los hilos se cruzan, se pierden y reaparecen donde menos se piensa. Al cabo de mil vueltas para arriba y otras tantas para abajo, se juntan, se separan, y de su empalme o bifurcación salen nuevos enlaces, madejas y marañas nuevas. Cómo se tocan los extremos del inmenso ramaje es curioso de ver; por ejemplo, cuando Pepito Trastamara, que lleva el nombre de los bastardos de D. Alfonso XI, va a pedir dinero a Cándido Samaniego, prestamista usurero, individuo de la Sociedad protectora de señoritos necesitados
-III-
La familia de Santa Cruz vivía en un piso muy amplio de la plaza de Pontejos, con doce habitaciones. Tenían un presupuesto de 25000 pesos al año, de lo que sobraba algo. Lo obtenía de acciones, del alquiler y participación en su antiguo negocio de paños y de muchas viviendas. No eran ostentosos, sino más bien comedidos. Estaban abonados al teatro Real; ni a Bárbara ni a Jacinta les gustaba, pero era parte del papel social; esta llevaba a sus hermanas, para que vieran mundo y conocieran hombres con posibles. Jacinta llevaba muy mal no tener hijos y sentía envidia de los que veía por la calle.
«Su desconsuelo se manifestaba a cada instante, ya cuando encontraba una bandada que iba al colegio, con sus pizarras al hombro y el lío de libros llenos de mugre, ya cuando le salía al paso algún precoz mendigo cubierto de andrajos, mostrando para excitar la compasión sus carnes [196] sin abrigo y los pies descalzos, llenos de sabañones. Pues como viera los alumnos de la Escuela Pía, con su uniforme galonado y sus guantes, tan limpios y bien puestos que parecían caballeros chiquitos, se los comía con los ojos. Las niñas vestidas de rosa o celeste que juegan a la rueda en el Prado y que parecen flores vivas que se han caído de los árboles; las pobrecitas que envuelven su cabeza en una toquilla agujereada; los que hacen sus primeros pinitos en la puerta de una tienda agarrándose a la pared; los que chupan el seno de sus madres mirando por el rabo del ojo a la persona que se acerca a curiosear; los pilletes que enredan en las calles o en el solar vacío arrojándose piedras y rompiéndose la ropa para desesperación de las madres; las nenas que en Carnaval se visten de chulas y se contonean con la mano clavada en la cintura; las que piden para la Cruz de Mayo; los talluditos que usan ya bastón y ganan premios en los colegios, y los que en las funciones de teatro por la tarde sueltan el grito en la escena más interesante, distrayendo a los actores y enfureciendo al público… todos, en una palabra, le interesaban igualmente. «
-IV-
Jacinta se hizo susceptible a todo lo de los niños. Discutió con su hermana Candelaria, cargada de hijos, uno por año, porque mimaba demasiado a un sobrino de tres años. A veces estaba melancólica. Un día oyó un mii y pensó que eran niños abandonados en un sumidero de la calle, mientras entraba el agua de la lluvia. Obligó al sereno, Deogracias, a meter la mano, pero no pudo rescatar los gatos que ella confundía con niños. Luego se sentía abatida. Se lo contó todo a su marido, que la trataba con indulgencia.
«¿A quién pediría socorro? «Deogracias» gritó llamando al portero. Felizmente, el portero estaba en la esquina de la calle de la Paz hablando con un conductor del cochecorreo, y al punto oyó la voz de su señorita. En cuatro trancos se puso a su lado.
«Deogracias… eso… que ahí suena… mira a ver…» dijo la señorita temblando y pálida.
El portero prestó atención; después se puso de cuatro pies, mirando a su ama con semblante de marrullería y jovialidad.
«Pues… esto… ¡Ah!, son unos gatitos que han tirado a la alcantarilla».
-¡Gatitos!… ¿estás seguro… pero estás seguro de que son gatitos?
-Sí, señorita; y deben ser de la gata de la librería de ahí enfrente, que parió anoche y no los puede criar todos…
Jacinta se inclinó para oír mejor. El miiii sonaba ya tan profundo que apenas se percibía. «Sácalos» dijo la dama con voz de autoridad indiscutible.
Deogracias se volvió a poner en cuatro pies, se arremangó el brazo y lo metió por aquel hueco. Jacinta no podía advertir en su rostro la expresión de incredulidad, casi de burla. Llovía más, y por el absorbedero empezaba a entrar agua, chorreando dentro con un ruido de freidera que apenas permitía ya oír el ahilado miiii. No obstante, la Delfina lo oía siempre bien claro. El portero volvió hacia arriba, como quien invoca al Cielo, su cara estúpida, y dijo sonriendo:
 «Señorita, no se puede. Están muy hondos… pero muy hondos».»
-V-
Barbarita tenía el vicio de comprar todos los días en muchas tiendas, pero sin perder el tino. Era exigente y buena pagadora. Estupiñá la ponía al día en la iglesia, mientras oían misa, sobre la frescura y calidad de los víveres de los puestos o de las novedades de otro género. Incluso le compraba tabaco de contrabando a su marido Baldomero y a su hijo. Estupiñá se creía un auténtico bandolero engañando a Hacienda.
«Para el vino, Plácido se entendía con los vinateros de la Cava Baja, que van a hacer sus compras a Arganda, Tarancón o a la Sagra, y se ponía de acuerdo con un medidor para que le tomase una partida de tantos o cuantos cascos, y la remitiese por conducto de un carromatero ya conocido. Ello había de ser género de confianza, talmente moro. El chocolate era una de las cosas en que más actividad y celo desplegaba Plácido, porque en cuanto Barbarita le daba órdenes ya no vivía el hombre. Compraba el cacao superior, el azúcar y la canela en casa de Gallo, y lo llevaba todo a hombros de un mozo, sin perderlo de vista, a la casa del que hacía las tareas. Los de Santa Cruz no transigían con los chocolates industriales, y el que tomaban había de ser hecho a brazo. Mientras el chocolatero trabajaba, Estupiñá se convertía en mosca, quiero decir que estaba todo el día dando vueltas alrededor de la tarea para ver si se hacía a toda conciencia, porque en estas cosas hay que andar con mucho ojo.»
-VII- Guillermina, virgen y fundadora
-I-
Se cuenta la historia de Guillermina Pacheco, esa solterona metida en años que se dedica a recoger niños huérfanos. Zalamero era quien mejor conocía su historia. Alquiló un bajo y los metió allí. Luego los llevó a un establecimiento más amplio. Gastó toda su herencia en cuidar de los huérfanos; primero unas docenas, después más de un centenar. Se hizo con un solar regalado y construía un nuevo asilo para doscientos niños. Pedía dinero a todo el mundo, del rey Amadeo a las prostitutas, y de todos lados sacaba algo. Pasaba las veladas de noche en el despacho de Bárbara, amigas de toda la vida.
«La asociación benéfica a que pertenecía no se acomodaba al ánimo emprendedor de Guillermina, pues quería ella picar más alto, intentando cosas verdaderamente difíciles y tenidas por imposibles. Sus talentos de fundadora se revelaron entonces, asustando a todo aquel señorío que no sabía salir de ciertas rutinas. Algunas amigas suyas aseguraron que estaba loca, porque demencia era pensar en la fundación de un asilo para huerfanitos, y mayor locura dotarle de recursos permanentes. Pero la infatigable iniciadora no desmayaba, y el asilo fue hecho, sosteniéndose en los tres primeros años de su difícil existencia con parte de la renta que le quedaba a Guillermina y con los donativos de sus parientes ricos. Pero de pronto la institución empezó a crecer; se hinchaba y cundía como las miserias humanas, y sus necesidades subían en proporciones aterradoras. La dama pignoró los restos de su legítima; después tuvo que venderlos. Gracias a sus parientes, no se vio en el trance fatal de tener que mandar a la calle a los asilados a que pidieran limosna para sí y para la fundadora. Y al propio tiempo repartía periódicamente cuantiosas limosnas entre la gente pobre de los distritos de la Inclusa y Hospital; vestía muchos niños, daba ropa a los viejos, medicinas a los enfermos, alimentos y socorros diversos a todos. Para no suspender estos auxilios y seguir sosteniendo el asilo era forzoso buscar nuevos recursos. ¿Dónde y cómo? Ya las amistades y parentescos estaban tan explotados, que si se tiraba un poco más de la cuerda, era fácil que se rompiera. Los más generosos empezaban a poner mala cara, y los cicateros, cuando se les iba a cobrar la cuota, decían que no estaban en casa.»
-II-
Guillermina tejía mucho, sin parar, para los niños huérfanos, en las veladas de la casa de Barbarita. Le ayudan Bárbara y Jacinta, con entusiasmo. Guillermina habla con su sobrino Pacheco, el cual vive en Londres una parte del año. Se hacen bromas sobre lo que aquel le da de limosna a esta. De pronto, en el salón, se hace un gran alboroto. Anuncian los hombres que el rey Amadeo de Saboya ha abdicado y se vuelve a su casa. Allí hacían tertulia Moreno Isla, el Marqués de Casa Muñoz, Villalonga (amigo de Juanito), Aparisi, etc.
«Barbarita no tenía sosiego hasta no enterarse del por qué de aquel tumulto que en el salón había. Fue a ver y volvió con el cuento:
«Hijas, que el rey se marcha».
-¡Qué dices, mujer!
-Que D. Amadeo, cansado de bregar con esta gente, tira la corona por la ventana y dice: «Vayan ustedes a marcar al Demonio».
-¡Todo sea por Dios! -exclamó Guillermina dando un suspiro y volviendo imperturbable a su trabajo.
Jacinta pasó al salón, más que por enterarse de las noticias, por ver a su marido que aquel día no había comido en casa.
«Oye -le dijo en secreto Guillermina, deteniéndola, y ambas se miraban con picardía; -con veinte duros que le sonsaques hay bastante».»
-III-
Todos opinaban sobre la partida del rey. Manuel Moreno-Isla, nada patriota, se iba a Inglaterra, donde pasaba partes del año. El Marqués de Casa Muñoz rivalizaba en latines y frases campanudas contra Aparisi, concejal perpetuo y cara de oler algo desagradable. Federico Ruiz, el escritor fracasado, no se asustaba por la república. Las acciones bajaban y estaban preocupados.
«Don Baldomero decía con acento de tristeza una cosa muy sensata: «¡Si D. Juan Prim viviera…!». Juan y Samaniego se apartaron del corrillo y charlaban con Jacinta y doña Bárbara, tratando de quitarles el miedo. No habría tiros, ni jarana… no sería preciso hacer provisiones… ¡Ah! Barbarita soñaba ya con hacer provisiones. A la mañana siguiente, si no había barricadas, ella y Estupiñá se ocuparían de eso.
Poco a poco fueron desfilando. Eran las doce. Aparisi y Casa-Muñoz se fueron al Bolsín a saber noticias, no sin que antes de partir dieran una nueva muestra de su rivalidad. El concejal de oficio estaba tan excitado, que la contracción de su hocico se acentuaba, como si el olor aquel imaginario fuera el de la aza fétida. Zalamero, que iba a Gobernación, quiso llevarse al Delfín; pero este, a quien su mujer tenía cogido del brazo, se negó a salir… «Mi mujer no me deja».
-Mi tocaya -dijo Villalonga-, se está volviendo muy anticonstitucional.
Por fin se quedaron solos los de casa. Don Baldomero y Barbarita besaron a sus hijos y se fueron a acostar. Esto mismo hicieron Jacinta y su marido.»
-VIII- Escenas de la vida íntima
-I-
Jacinta sospechaba que marido la engañaba, pero él se las arreglaba para disuadirla de tal idea. El narrador daba por hecho que así era. Juanito era un buen vividor que no se sabía dónde pasaba los días, pues no trabajaba en nada. Sólo se preocupaba de disfrutar los placeres de la vida.
«La primera contestación de Santa Cruz fue romper a reír. Su mujer le tapaba la boca para que no alborotase. Después el muy tunante empezó a razonar sus explicaciones, revistiéndolas de formas seductoras. ¡Pero qué huecas le parecieron a Jacinta, que en las dialécticas del corazón era más maestra que él por saber amar de veras! Y a ella le tocó reír después y desmenuzar tan livianos argumentos… El sueño, un sueño dulce y mutuo les cogió, y se durmieron felices… Y ved lo que son las cosas, Juan se enmendó, o al menos pareció enmendarse.
Tenía Santa Cruz en altísimo grado las triquiñuelas del artista de la vida, que sabe disponer las cosas del mejor modo posible para sistematizar y refinar sus dichas. Sacaba partido de todo, distribuyendo los goces y ajustándolos a esas misteriosas mareas del humano apetito que, cuando se acentúan, significan una organización viciosa. En el fondo de la naturaleza humana hay también, como en la superficie social, una sucesión de modas, periodos en que es de rigor cambiar de apetitos. Juan tenía temporadas. En épocas periódicas y casi fijas se hastiaba de sus correrías, y entonces su mujer, tan mona y cariñosa, le ilusionaba como si fuera la mujer de otro. Así lo muy antiguo y conocido se convierte en nuevo. Un texto desdeñado de puro sabido vuelve a interesar cuando la memoria principia a perderle y la curiosidad se estimula. Ayudaba a esto el tiernísimo amor que Jacinta le tenía, pues allí sí que no había farsa, ni vil interés ni estudio. Era, pues, para el Delfín una dicha verdadera y casi nueva volver a su puerto después de mil borrascas. Parecía que se restauraba con un cariño tan puro, tan leal y tan suyo, pues nadie en el mundo podía disputárselo.»
-II-
Las opiniones de Juanito eran las que mandaban en casa. Primero fue republicano, luego se hizo alfonsino, y todos detrás de él. Su padre Baldomero trató de que se hiciera experto en bolsa y negocios, pero el chico se aburrió y lo dejó. Un día, en la ópera, Jacinta observó que su marido no estaba en el palco con sus amigos, y le preocupó. Soñó que un niño-hombre le pedía teta, se la dio, pero sólo sintió el frío y el polvo del yeso.
«Conviene decir también que el joven aquel no era derrochador. Gastaba, sí, pero con pulso y medida, y sus placeres dejaban de serlo cuando empezaban a exigirle algo de disipación. En tales casos era cuando la virtud le mostraba su rostro apacible y seductor. Tenía cierto respeto ingénito al bolsillo, y si podía comprar una cosa con dos pesetas, no era él seguramente quien daba tres. En todas las ocasiones, el desprenderse de una cantidad fuerte le costaba siempre algún trabajo, al contrario de los dadivosos que cuando dan parece que se les quita un peso de encima. Y como conocía tan bien el valor de la moneda, sabía emplearla en la adquisición de sus goces de una manera prudente y casi mercantil. Ninguno sabía como él sacar el jugo a un billete de cinco duros o de veinte. De la cantidad con que cualquier manirroto se proporciona un placer, Juanito Santa Cruz sacaba siempre dos.
A fuer de hábil financiero, sabía pasar por generoso cuando el caso lo exigía. Jamás hizo locuras, y si alguna vez sus apetitos le llevaron a ciertas pendientes, supo agarrarse a tiempo para evitar un resbalón. Una de las más puras satisfacciones de los señores de Santa Cruz era saber a ciencia cierta que su hijo no tenía trampas, como la mayoría de los hijos de familia en estos depravados tiempos.»
-III-
La acción se fecha en diciembre de 1873. Juanito cogió un buen catarro y lo dejó postrado en casa. Jacinta lo cuida con devoción. Aparisi y el Marqués de Casa Muñoz se zahieren delante de todos. Recibe al corredor de publicaciones José Ido del Sagrario, que trata de venderle libros editados en Barcelona.
«A eso de las tres, marido y mujer estaban solos en el despacho, él en el sillón leyendo periódicos, ella arreglando la habitación que estaba algo desordenada. Barbarita había salido a comprar. El criado anunció a un hombre que quería hablar con el señor joven.
-Ya sabes que no recibe -dijo la señorita, y tomando de manos de Blas una tarjeta que este traía leyó: José Ido del Sagrario, corredor de publicaciones nacionales y extranjeras.
-Que entre, que entre al instante -ordenó Santa Cruz, saltando en su asiento-. Es el loco más divertido que puedes imaginar. Verás cómo nos reímos… Cuando nos cansemos de oírle, le echamos. ¡Tipo más célebre…! Le vi hace días en casa de Pez, y nos hizo morir de risa.
Al poco rato entró en el despacho un hombre muy flaco, de cara enfermiza y toda llena de lóbulos y carúnculas, los pelos bermejos y muy tiesos, como crines de escobillón, la ropa prehistórica y muy raída, corbata roja y deshilachada, las botas muertas de risa. En una mano traía el sombrero que era un claque del año en que esta prenda se inventó, el primogénito de los claques sin género de duda, y en la otra un lío de carteras-prospectos para hacer suscriciones a libros de lujo, las cuales estaban tan sobadas, que la mugre no permitía ver los dorados de la pasta. Impresionó penosamente a la compasiva Jacinta aquella estampa de miseria en traje de persona decente, y más lástima tuvo cuando le vio saludar con urbanidad y sin encogimiento, como hombre muy hecho al trato social.
«Hola, Sr. de Ido… ¡cuánto gusto de verle! -le dijo Santa Cruz con fingida seriedad-. Siéntese, y dígame qué le trae por aquí».
-Con permiso… ¿Quiere usted Mujeres célebres
-IV
El señor Ido del Sagrario había escrito novelas, pasando mucha hambre. Tenía un punto de locura hablando de su mujer, que la teníapor muy bella e infiel, pues lo traicionaba con un noble. Juanito y Fortunata se reían de él, aunque la esposa no tanto. Le dieron de comer, pues pasaba mucha hambre. Al fin, se fue. Pero volvió a los pocos días a pedir ropa vieja para él y sus hijos. Vivía en una barriada muy pobre, donde Guillermina repartía comida y ropa vieja. Ido le desveló de sopetón que un niño, el Pitusotres añosera hijo de Fortunata y su marido. Casi se trastornó al escuchar la noticia y lo echó del recibidor. Quedó muy tocada, pero disimulaba.
««El Pitusín -prosiguió Ido tomándose más confianza y bajando más la voz-, es un nene de tres años, muy mono por cierto, hijo de una tal Fortunata, mala mujer, señora, muy mala… Yo la vi una vez, una vez sola. Guapetona; pero muy loca. Mi vecino me ha enterado de todo… Pues como decía, el pobre Pitusín es muy salado… ¡más listo que Cachucha y más malo…! Trae al retortero a toda la vecindad. Yo le quiero como a mis hijos. El señor Pepe le recogió no sé dónde, porque su madre le quería tirar…».
Jacinta estaba aturdidísima, como si hubiera recibido un fuerte golpe en la cabeza. Oía las palabras de Ido sin acertar a hacerle preguntas terminantes. ¡Fortunata, el Pitusín!… ¿No sería esto una nueva extravagancia de aquel cerebro novelador?
«Pero, vamos a ver… -dijo la señorita al fin, comenzando a serenarse-. Todo eso que usted me cuenta, ¿es verdad o es locura de usted?… Porque a mí me han dicho que usted ha escrito novelas, y que por escribirlas comiendo mal, ha perdido la chaveta».
-Yo le juro a la señora que lo que le he dicho es el Santísimo Evangelio -replicó Ido poniéndose la mano sobre el pecho-. José Izquierdo es persona formal. No sé si la señora lo conocerá. Tuvo platería en la Concepción Jerónima, un gran establecimiento… especialidad en regalos para amas… No sé si fue allí donde nació el Pitusín; lo que sí sé es que, naturalmente, es hijo de su esposo de usted, el señor D. Juanito de Santa Cruz.
-Usted está loco -exclamó la dama con arranque de enojo y despecho-. Usted es un embustero… Márchese usted.»
V-
Jacinta asimiló que era probable que su marido tuviera un hijo con Fortunata, el Pitusín. No sabía si creer a Ido del Sagrario. Se concertó con Guillermina para visitar al niño, vecino de Ido. Juanito estaba postrado con una gripe pesada en cama; pedía mimos de su mujer y esta, de mala gana, se los daba.
» Jacinta, entre tanto, había salido un rato de la alcoba. En el salón vio a varias personas, Casa-Muñoz, Ramón Villuendas, D. Valeriano Ruiz-Ochoa y alguien más, hablando de política con tal expresión de terror, que más bien parecían conspiradores. En el gabinete de Barbarita y en el rincón de costumbre halló a Guillermina haciendo obra de media con hilo crudo. En el ratito que estuvo sola con ella, la enteró del plan que tenía para la mañana siguiente. Irían juntas a la calle de Mira el Río, porque Jacinta tenía un interés particular en socorrer a la familia de aquel pasmarote que hace las suscriciones. «Ya le contaré a usted; tenemos que hablar largo». Ambas estuvieron  de cuchicheo un buen cuarto de hora, hasta que vieron aparecer a Barbarita.
«Hija, por Dios, ve allá. Hace un rato que te está llamando. No te separes de él. Hay que tratarle como a los chiquillos».
«Pero mujer, te marchas y me dejas así… ¡qué alma tienes! -gritó el Delfín cuando vio entrar a su esposa-. Vaya una manera de cuidarle a uno. Nada… Lo mismo que a un perro».
-Hijo de mi alma, si te dejé con Plácido y tu mamá… Perdóname, ya estoy aquí. Jacinta parecía alegre, Dios sabría por qué…
Inclinose sobre el lecho y empezó a hacerle mimos a su marido, como podría hacérselos a un niño de tres años.
-¡Ay, qué mañosito se me ha vuelto este nene!… Le voy a dar azotes… Toma, este por tu mamá, este por tu papá y este grande… por tu parienta…»
-IX- Una visita al Cuarto Estado
-I-
Jacinta, acompañada de Guillermina, visitó el patio de vecindad donde vivía el niño de Fortunata con los Izquierdo. Todo estaba rodeado de corredores que daban acceso a viviendas ínfimas y sucias. Una hija de Ido se iba abriendo paso hasta la vivienda de sus padres. Estaba impresionada de la pobreza y miseria que había allí. Descender desde la puerta del Sol hacia el sur, hacia el Manznares, fue difícil, todo lleno de tiendas, tenderetes con todo tipo de cachivaches, muchas tabernas. Iba algo aturdida y no se enteró de mucho.
«Subieron, no sin que a Jacinta le quedaran ganas de examinar bien toda la pillería que en el patio quedaba. Allá en el fondo había divisado dos niños y una niña. Uno de ellos era rubio y como de tres años. Estaban jugando con el fango, que es el juguete más barato que se conoce. Amasábanlo para hacer tortas del tamaño de perros grandes. La niña, que era de más edad, había construido un hornito con pedazos de ladrillo, y a la derecha de ella había un montón de panes, bollos y tortas, todo de la misma masa que tanto abundaba allí. La señora de Santa Cruz observó este grupo desde lejos. ¿Sería alguno de aquellos? El corazón le saltaba en el pecho y no se atrevía a preguntar a la zancuda. En el último peldaño de la escalera encontraron otro obstáculo: dos muchachuelas y tres nenes, uno de estos en mantillas, interceptaban el paso. Estaban jugando con arena fina de fregar. El mamón estaba fajado y en el suelo, con las patas y las manos al aire, berreando, sin que nadie le hiciera caso. Las dos niñas habían extendido la arena sobre el piso, y de trecho en trecho habían puesto diferentes palitos con cuerdas y trapos. Era el secadero de ropa de las Injurias, propiamente imitado.
«¡Qué tropa, Dios! -exclamó la zancuda con indignación de celador de ornato público, que no causó efecto-. Cuidado donde se van a poner… ¡Fuera, fuera!… y tú, pitoja, recoge a tu hermanillo, que le vamos a espachurrar». Estas amonestaciones de una autoridad tan celosa fueron oídas con el más insolente desdén. Uno de los mocosos arrastraba su panza por el suelo, abierto de las cuatro patas; el otro cogía puñados de arena y se lavaba la cara con ella, acción muy lógica, puesto que la arena representaba el agua. «Vamos, hijos, quitaos de en medio -les dijo Guillermina a punto que la zancuda destruía con el pie el lavadero, gritando-: Sinvergüenzonas, ¿no tenéis otro sitio donde jugar? ¡Vaya con la canalla esta…!». Y echó adelante resuelta a destruir cualquier obstáculo que se pusiera al paso. Las otras chiquillas cogieron a los mocosos, como habrían cogido una muñeca, y poniéndoselos al cuadril, volaron por aquellos corredores.
«Vamos -dijo Guillermina a su guía-, no las riñas tanto, que también tú eres buena…».»
-II-
Por fin, accedieron a la casa de Ido (corredor de suscripciones a libros y revistas) y su mujer Nicanora, que era la que mandaba en casa y hablaba por todos. Entintaban papel de negro para las funerarias. La casa tenía dos habitaciones, la cocina y una especie de salón donde en una gran mesa llena de resmas de papel realizaban el entintado. El hijo mayor quería ser torero; Rosita, la segunda, quería ser peluquera; luego, la zancuda, que perdía el tiempo, y uno pequeño. Jacinta estaba asustada de lo que allí veía. La madre no los mandaba a la escuela por vergüenza de los andrajos que vestían. Jacinta vio una oportunidad para hablar con José Ido sobre el niño.
«-Y las suscriciones de entregas -preguntó Guillermina-, ¿dan algo que comer?
Ido abrió la boca para emitir pronta y juiciosa respuesta a esta pregunta; pero su mujer tomó rápidamente la palabra, quedándose él un buen rato con la boca abierta.
-Las suscripciones -declaró la Venus de Médicis-, son una calamidad. Aquí José tiene poca suerte… es muy honrado y le engaña cualisquiera. El público es cosa mala, señoras, y suscritor hay que no paga ni aunque le arrastren. Luego, como el mes pasado perdió aquí (este aquí era D. José) un billete de cuatrocientos reales, el encargado de las obras se lo va cobrando, descontándole de las primas que le tocan. Por eso, naturalmente, nos hemos atrasado tanto, y lo poco que se apaña se lo birla el casero.
Ido, desde que se dijo aquello del billete perdido, no volvió a levantar los ojos de su trabajo. Aquel descuido que tuvo le avergonzaba como si hubiera sido un delito.
«Pues lo primero que tienen ustedes que hacer -indicó la Pacheco-, es poner una escuela a esos dos tagarotes y a la berganta de su niña pequeña».
-No los mando, porque me da vergüenza de que salgan a la calle con tanto pingajo.
-No importa. Además, esta amiguita y yo daremos a ustedes alguna ropa para los muchachos. Y el mayor, ¿gana algo?»
-III-
Vieron a Juanín, el Pitusín, con la cara y las manos negras porque estaba embadurnado de betún. La ropa muy sucia. No se le podía tocar y a Jacinta le dio lástima. Al fin, una señora se lo llevó para lavarlo. Jacinta le dio un duro a José, que lo guardó para sí furtivamente, aunque no pudo dormir por ello. Se dedicó toda la tarde a llevar ladrillos de una fábrica al hospicio de Guillermina Pacheco, a cambio de un sombrero de bombín que le habían dado a ella.
«Ido y su mujer se deshacían en cumplidos y fueron escoltando a las señoras hasta la puerta de la calle. En la calle de Toledo tomaron ellas un simón para ganar tiempo, y el bendito Ido se fue a cumplir el encargo que la fundadora le había hecho. No era una misión delicada ciertamente, como él deseara; pero el principio de caridad que entrañaba aquel acto lo trocaba de vulgar en sublime. Toda la santa tarde estuvo mi hombre ocupado en el transporte de los ladrillos, y tuvo la satisfacción de que ni uno solo de los setenta se le rompiera por el camino. El contento que inundaba su alma le quitaba el cansancio, y provenía su gozo casi exclusivamente de que Jacinta, en aquel ratito en que le llevó aparte, le había dado un duro. No puso él la moneda en el bolsillo de su chaleco, donde la habría descubierto Nicanora, sino en la cintura, muy bien escondida en una faja que usaba pegada a la carne para abrigarse la boca del estómago. Porque conviene fijar bien las cosas… aquel duro, dado aparte, lejos de las miradas famélicas del resto de la familia, era exclusivamente para él. Tal había sido la intención de la señorita, y D. José habría creído ofender a su bienhechora interpretándola de otro modo. Guardaría, pues, su tesoro, y se valdría de todas las trazas de su ingenio para defenderlo de las miradas y de las uñas de Nicanora… porque si esta lo descubría, ¡Santo Cristo de los Guardias…!»
-IV-
Ido se levantó, se aseó y fue a pasear hasta el descampado de Mundo Nuevo. Desde allí veía la fábrica del gas y el cielo de Carabanchel. Se cruzó con tres randas y pensó que le robarían el duro. Luego entró en una tasca y pidió chuletas. Se sentó a su lado José Izquierdo, el tutor del niño Juanín. Ido lo tuvo que invitar. Izquierdo era republicano; había sido un hombre de posición mediana, pero había venido a menos.
«Izquierdo debía de tener hambre atrasada, porque al ver las chuletas, les echó una mirada guerrera que quería decir: «¡Santiago y a ellas!» y sin responder nada a lo que el otro hablaba, les embistió con furia. Ido empezó a engullir comiéndose grandes pedazos sin masticarlos. Durante un rato, ambos guardaron silencio. Izquierdo lo rompió dando fuerte golpe en la mesa con el mango del cuchillo, y diciendo:
«¡Re-hostia con la Repóblica!… ¡Vaya una porquería!».
Ido asintió con una cabezada.
«¡Repoblicanos de chanfaina… pillos, buleros, piores que serviles, moderaos, piores que moderaos! -prosiguió Izquierdo con fiera exaltación-.  No colocarme a mí, a mí, que soy el endivido que más bregó por la Repóblica en esta judía tierra… Es la que se dice: cría cuervos… ¡Ah! Señor de Martos, señor de Figueras, señor de Pi… a cuenta que ahora no conocen a este pobrete de Izquierdo, porque lo ven maltrajeao… pero antes, cuando Izquierdo tenía por sí las afloencias de la Inclusa y cuando Bicerra le venía a ver pal cuento de echarnos a la calle, entonces… ¡Hostia! Hamos venido a menos. Pero si por un es caso golviésemos a más, yo les juro a esos figurones que tendremos una yeción
– V –
Comieron juntos los dos José. Izquierdo, Platón, tío de Fortunata, le cuenta su vida entera ha ido. Era de ideas liberales y progresistas y había participado en todos los levantamientos de ese signo. Hasta estuvo en Cartagena, en lo del cantón. Proponía un levantamiento en Madrid y quemar los edificios emblemáticos. Fue un monólogo ante su amigo y tocayo. Pasó por Barcelona, se econtró con Fortunata, le dio algo de dinero y este, con esos cuartos, volvió a Madrid. No le dieron un puesto de trabajo de funcionario cuando los suyos triunfaron y está muy resentido. Utilizaba un nivel vulgar de la lengua, a veces difícil de seguir. Ido asentía a todo porque le tenía miedo.
««Allego y me aboco con los comiteles y les canto claro: ‘¿Pero señores, nos acantonamos o no nos acantonamos?… porque si no va a haber aquí una yeción. ¡Se reían de mí!… ¡pillos! ¡Como que estaban vendidos al moderaísmo!… Sabusté tocayo, ¿con qué me motejaban aquellos mequetrefes? Pues na; con que yo no sé leer ni escribir: No es todo lo verídico, ¡hostia!, porque leer ya sé, aunque no del todo lo seguío que se debe. Como escribir, no escribo porque se me corre la tinta por el dedo… ¡Bah!, es la que se dice: los escribidores, los periodiqueros, y los publicantones son los que han perdío con sus tiologías a esta judía tierra, maestro».
Ido tardó mucho tiempo en apoyar esto, por ser quien era; pero Izquierdo le apretó el brazo con tanta fuerza, que al fin no tuvo más remedio que asentir con una cabezada, haciendo la reserva mental de que sólo por la violencia daba su autorizado voto a tal barbaridad.
«Entonces, tocayo de mi arma, viendo que me querían meter en el estaribel y enredarme con los guras, tomé el olivo y no juimos a Cartagena. ¡Ay, qué vida aquella! ¡Re-hostia! A mí me querían hacer menistro de la Gubernación; pero dije que nones. No me gustan suponeres. A cuenta que salimos con las freatas por aquellos mares de mi arma. Y entonces, que quieras que no, me ensalzaron a tiniente de navío, y estaba mismamente a las órdenes del [329] general Contreras, que me trataba de tú. ¡Ay qué hombre y qué buen avío el suyo! Parecía verídicamente el gran turco con su gorro colorao. Aquello era una gloria. ¡Alicante, Águilas! Pelotazo va, pelotazo viene. Si por un es caso nos dejan, tocayo, nos comemos el santísimo mundo y lo acantonamos toíto… ¡Orán! ¡Ay qué mala sombra tiene Orán y aquel judío vu de los franceses que no hay cristiano que lo pase!… Me najo de allí, güelvo a mi Españita, entro en Madriz mu callaíto, tan fresco… ¿a mí qué?… y me presento a estos tiólogos, mequetrefes y les digo: ‘Aquí me tenéis, aquí tenéis a la personalidá del endivido verídico que se pasó la santísima vida peleando como un gato tripa arriba por las judías libertades… Matarme, hostia, matarme; a cuenta que no me queréis colocar…’. ¿Usté me hizo caso? Pues ellos tampoco. Espotrica que te espotricarás en las Cortes, y el santísimo pueblo que reviente. Y yo digo que es menester acantonar a Madriz, pegarte fuego a las Cortes, al Palacio Real, y a lo judíos ministerios, al Monte de Piedad, al cuartel de la Guardia Cevil y al Dipósito de las Aguas, y luego hacer un racimo de horca con Castelar, Pi, Figueras, Martos, Bicerra y los demás, por moderaos, por moderaos…».»
-VI-
Lo que Izquierdo había contado era mentira. Lo inventaba para darse pisto. Se había casado dos veces y no había encontrado su sitio en el mundo. El narrador advierte que un año después triunfó como modelo de pintores, asumiendo papeles de nobles para ser retratados. A Ido le dio un ataque, por haber comido carne, y pensó que su mujer lo estaba engañando. Pagó con su duro al Tartera, recogió las vueltas y se fue a casa. Montó el número a su mujer, que lo trató con paciencia y cariño. Golpeó la cama con un palo donde en su cabeza estaban su mujer y el Duque. Le gritaba a su mujer «¡Adúltera!». Luego quedó dormido. Ahí Nicanora, su mujer, la Venus de dicis vio a Jacinta observando.
«-¿A quién has visto, corazón?… ¡Ah!, sí, al duque. Sí, aquí le tengo… No me acordaba… ¡Pícaro duque, que te quiere quitar esa recondenada prenda tuya!
Desprendido de las manos de su mujer, que como tenazas le sujetaban, Ido volvió a sus mímicas, y Nicanora, sabiendo que no había más medio de aplacarle que dar rienda suelta a su insana manía para que el ataque pasara más pronto, le puso en la mano un palillo de tambor que allí habían dejado los chicos, y empujándole por la espalda… «Ya puedes escabecharnos -le dijo-, anda, anda; estamos allí, en el camarín, tan agasajaditos… Fuerte, hijo; dale firme y sácanos el mondongo…».
Dando trompicones, entró Ido en una de las alcobas, y apoyando la rodilla en el camastro que allí había empezó a dar golpes con el palillo, pronunciando torpemente estas palabras: «Adúlteros, expiad vuestro crimen». Los que desde el corredor le oían, reíanse a todo trapo, y Nicanora arengaba al público diciendo: «pronto se le pasará; cuanto más fuerte, menos le dura».
«Así, así… muertos los dos… charco de sangre… yo vengado, mi honra la… la… vadita» murmuraba él dando golpes cada vez más flojos, y al fin se desplomó sobre el jergón boca abajo. Las piernas colgaban fuera, la cara se oprimía contra la almohada, y en tal postura rumiaba expresiones oscuras que se apagaban resolviéndose en ronquidos. Nicanora le volvió cara arriba para que respirase bien, le puso las piernas dentro de la cama, manejándole como a un muerto, y le quitó de la mano el palo. Arreglole las almohadas y le aflojó la ropa. Había entrado en el segundo periodo, que era el comático, y aunque seguía delirando, no movía ni un dedo, y apretaba fuertemente los párpados, temeroso de la luz. Dormía la mona de carne.
Cuando la Venus de Médicis salió del cubil, vio que entre las personas que miraban por la ventana, estaba Jacinta, acompañada de su doncella.»
-VII-
Jacinta y su criada Rafaela se entrevistaron con Izquierdo en su tugurio, con el niño Juanito presente. Estaba desharrapado, sucio, calzado en engrudo roto por varios lados, enseñando entre harapos un hombro y una nalga. Le propuso al tío-abuelo que se llevaría al niño, pero él le exigió un puesto de trabajo –administrador de El Pardo— despropocionado. Jacinta le propuso una cantidad de dinero pero Izquierdo no daba el brazo a torcer. Le dio un caramelo al niño y se fue, prometiendo volver al día siguiente con Guillermina para llevarse al Pitusín.
«Díjole la Delfina que deseaba hablarle, y él la invitó con toda la cortesía de que era capaz a pasar a su habitación. Ama y criada se pusieron en marcha hacia el 17, que era la vivienda de Izquierdo.
«¿En dónde está el Pituso?» preguntó Jacinta a mitad del camino.
Izquierdo miró al patio donde jugaban varios chicos, y no viéndole por ninguna parte, soltó un gruñido. Cerca del 17, en uno de los ángulos del corredor había un grupo de cinco o seis personas entre grandes y chicos, en el centro del cual estaba un niño como de diez años, ciego, sentado en una banqueta y tocando la guitarra. Su brazo era muy pequeño para alcanzar el extremo del mango. Tocaba al revés, pisando las cuerdas con la derecha y rasgueando con la izquierda, puesta la guitarra sobre las rodillas, boca y cuerdas hacia arriba. [342] La mano pequeña y bonita del ceguezuelo hería con gracia las cuerdas, sacando de ellas arpegios dulcísimos y esos punteados graves que tan bien expresan el sentir hondo y rudo de la plebe. La cabeza del músico oscilaba como la de esos muñecos que tienen por pescuezo una espiral de acero, y revolvía de un lado para otro los globos muertos de sus ojos cuajados, sin descansar un punto. Después de mucho y mucho puntear y rasguear, rompió con chillona voz el canto:
A Pepa la gitani… i… i…
Aquel iiii no se acababa nunca, daba vueltas para arriba y para abajo como una rúbrica trazada con el sonido. Ya les faltaba el aliento a los oyentes cuando el ciego se determinó a posarse en el final de la frase:
lla-cuando la parió su madre…
Expectación, mientras el músico echaba de lo hondo del pecho unos ayes y gruñidos como de un perrillo al que le están pellizcando el rabo. ¡Ay, ay, ay!… Por fin concluyó:
 sólo para las narices 
le dieron siete calambres.
Risas, algazara, pataleos… Junto al niño cantor había otro ciego, viejo y curtido, la cara como un corcho, montera de pelo encasquetada y el cuerpo envuelto en capa parda con más remiendos que tela. Su risilla de suficiencia le denunciaba como autor de la celebrada estrofa. Era también maestro, padre quizás, del ciego chico y le estaba enseñando el oficio.»
-VIII-
A las nueve de la mañana del día siguiente, ya estaban en la corrala del Sr. Izquierdo Jacinta y la criada Rafaela. Las mujeres le exponían sus penas: hijos muertos al nacer, hambre, muerte por enfermedades, alcoholismo, niños abandonados, falta de ropa, etc. Esperaban a Guillermina, que llegó muy tarde. Hablaron con Severiana, hermana de Mauricia la dura, madre de Adoración, una niña de diez años, muy atildada y limpia. Ambas hermanas habían nacido, por ser hijas de la sirvienta, en casa de los Pacheco. Mauricia había sido recluida en las Micaelas, orden religiosa que trataba de enmendar a las mujeres de mala vida. Se había escapado y nadie sabía nada de ella. Al fin, entraron con Guillermina en casa de Izquierdo y allí estaba la gallinejera, mujer grande y fea, que le arreglaba la casa una vez al mes.
«Avanzaron en busca de la guarida de Izquierdo, siempre rodeadas de vecinas. Adoración iba detrás, cogida a la falda de Jacinta, como los pajes que llevan la cola de los reyes, y delante abriendo calle, como un batidor, la zancuda, que aquel día parecía tener las canillas más desarrolladas y las greñas más sueltas. Jacinta le había llevado unas botas, y estaba la chica muy incomodada porque su madre no se las dejaba poner hasta el domingo.
Vieron entornada la puerta del 17, y Guillermina la empujó. Grande fue su sorpresa al encarar, no con el señor Platón a quien esperaba encontrar allí, sino con una mujerona muy altona y muy feona, vestida de colorines, el talle muy bajo, la cara como teñida de ferruje, el pelo engrasado y de un negro que azuleaba. Echose a reír aquel vestiglo, enseñando unos dientes cuya blancura con la nieve se podría comparar, y dijo a las señoras que Don Pepe no estaba, pero que al momentico vendría. Era la vecina del bohardillón, llamada comúnmente la gallinejera, por tener puesto de gallineja y fritanga en la esquina de la Arganzuela. Solía prestar servicios domésticos al decadente señor de aquel domicilio, barrerle el cuarto una vez al mes, apalearle el jergón, y darle una mano de refregones al Pituso, cuando la porquería le ponía una costra demasiado espesa en su angelical rostro. También solía preparar para el grande hombre algunos platos exquisitos, como dos cuartos de molleja, dos cuartos de sangre frita y a veces una ensalada de escarola, bien cargada de ajo y comino.»
-IX
Guillermina, en presencia de Jacinta y Rafaela, trató con Izquierdo sobre la donación del Pitusín. Primero quería ser conserje de un ministerio, pero siendo analfabeto, no había nada que hacer; de casa particular no quería. Luego pidió mil duros, pero Guillermina lo rechazó por excesivo. No hubo trato. Guillermina le hizo ver que sería un buen modelo para pintores, para lo único que valía, pues de holgazán, majadero y bravucón iba sobrado. Las tres mujeres se fueron.
Guillermina no le quitaba los ojos, que con los guiños se volvían picarescos. Era una maravilla cómo le adivinaba los pensamientos. Parece mentira, pero no lo es, que después de otra pausa solemne, dijo la Pacheco estas palabras:
«Porque eso de que Castelar le coloque es cosa de labios afuera. Usted mismo no lo cree ni en sueños. Lo dice por embobar a Ido y otros tontos como él… Ni ¿qué destino le van a dar a un hombre que firma con una cruz? Usted que alardea de haber hecho tantas revoluciones y de que nos ha traído la dichosa República, y de que ha fundado el cantón de Cartagena… ¡así ha salido él!… usted que se las echa de hombre perseguido y nos llama neas con desprecio y publica por ahí que le van a hacer archipámpano, se contentará… dígalo con franqueza, se contentará con que le den una portería…».
A Izquierdo le vibró el corazón, y este movimiento del ánimo fue tan claramente advertido por Guillermina, que se echó a reír, y tocándole la rodilla con la mano, repitió:
«¿No es verdad que se contentará?… Vamos, hijo mío, confiéselo por la pasión y muerte de nuestro Redentor, en quien todos creemos».
Los ojos del chalán se iluminaron. Se le escapó una sonrisilla y dijo con viveza:
«¿Portería de ministerio?».
-No, hijo, no tanto… Español había de ser. Siempre picando alto y queriendo servir al Estado… Hablo de portería de casa particular.
Izquierdo frunció el ceño. Lo que él quería era ponerse uniforme con galones. Volvió a sumergirse de una zambullida en su conciencia, y allí dio volteretas alrededor de la portería de casa particular. Él, lo dicho dicho, estaba ya harto de tanto bregar por la perra existencia. ¿Qué mejor descanso podía apetecer que lo que le ofrecía aquella tía, que debía de ser sobrina de la Virgen Santísima?… Porque ya empezaba a ser viejo y no estaba para muchas bromas. La oferta significaba pitanza segura, poco trabajo; y si la portería era de casa grande, el uniforme no se lo quitaba nadie… Ya tenía la boca abierta para soltar un conforme más grande que la casa de que debía ser portero, cuando el amor propio, que era su mayor enemigo, se le amotinó, y la fanfarronería cultivada en su mente armole una gritería espantosa. Hombre perdido. Empezó a menear la cabeza con displicencia, y echando miradas de desdén a una parte y otra, dijo: «¡Una portería!… es poco».»
-X- Más escenas de la vida íntima
-I-
El veintidós de diciembre tocó la lotería a don Baldomero; lo había repartido en participaciones, que le habían pagado, a todo el mundo. A Estupiñá se lo regalaron, y llegó a creer que lo había jugado. Juanito seguía en cama por la gripe. Guillermina le comunicó a Jacinta que había comprado al Pituso por seis mil quinientos reales. Lo pensaba llevar a casa de su hermana para adecentarlo. Luego lo llevaría a casa para presentarlo como adoptado porque se había encariñado con él. Al día siguiente tenía que recogerlo.
«La algazara de los premiados, que iba cediendo algo, se aumentó con la llegada de Guillermina, la cual supo en su casa la nueva y entró diciendo a voces: «Cada uno me tiene que dar el veinticinco por ciento para mi obra… Si no, Dios y San José les amargarán el premio».
-El veinticinco por ciento es mucho para la gente menuda -dijo D. Baldomero-. Consúltalo con San José y verás cómo me da la razón.
-¡Hereje!… -replicó la dama haciéndose la enfadada-, herejote… después que chupas el dinero de la Nación, que es el dinero de la Iglesia, ahora quieres negar tu auxilio a mi obra, a los pobres… El veinticinco por ciento y tú el cincuenta por ciento… Y punto en boca. Si no, lo gastarás en botica. Con que elige.
-No, hija mía; por mí te lo daré todo…
-Pues no harás nada de más, avariento. Se están poniendo bien las cosas, a fe mía… El ciento de pintón, que estaba la semana pasada a diez reales, ahora me lo quieren cobrar a once y medio, y el pardo a diez y medio. Estoy volada. Los materiales por las nubes…
Samaniego se empeñó en que la santa había de tomar una copa de Champagne.
«¿Pero tú qué has creído de mí, viciosote? ¡Yo beber esas porquerías!… ¿Cuándo cobras, mañana? Pues prepárate. Allí me tendrás como la maza de Fraga. No te dejaré vivir».
Poco después Guillermina y Jacinta hablaban a solas, lejos de todo oído indiscreto.
«Ya puedes vivir tranquila -le dijo la Pacheco-. El Pituso es tuyo. He cerrado el trato esta tarde. No puedes figurarte lo que bregué con aquel Iscariote. Perdí la cuenta de las hostias que me echó el muy blasfemo. Allá me sacó del cofre la partida de bautismo, un papelejo que apestaba. Este documento no prueba nada. El chico será o no será… ¡quién lo sabe! Pero pues tienes este capricho de ricacha mimosa, allá con Dios… Todo esto me parece irregular. Lo primero debió ser hablar del caso a tu marido. Pero tú buscas la sorpresita y el efecto teatral. Allá lo veremos… Ya sabes, hija, el trato es trato. Me ha costado Dios y ayuda hacer entrar en razón al Sr. Izquierdo. Por fin se contenta con seis mil quinientos reales. Lo que sobra de los diez mil reales es para mí, que bien me lo he sabido ganar… Con que mañana, yo iré después de medio día; ve tú también con los santos cuartos.»
-II-
Al fin, todos se fueron a la cama. Jacinta hubo de meterse en la cama de su marido –tenían camas aparte, en la misma habitación–. Ella, entre bromas, le dijo que iba a tener un niño, sin explicar más. Juanito no sabía cómo reaccionar. Dialogaron amorosamente hasta las cuatro de la mañana; se oían las campanadas de la Puerta del Sol. Luego, se durmieron.
«Serían las tres cuando el Delfín abrió los ojos, despabilándose completamente, y miró a su mujer, cuya cara no distaba de la suya el espacio de dos o tres narices.
«¡Qué bien me encuentro ahora! -le dijo con dulzura-. Estoy sudando; ya no tengo frío. ¿Y tú no duermes? ¡Ah! La gran lotería es la que me ha tocada a mí. Tú eres mi premio gordo. ¡Qué buena eres!».
-¿Te duele la cabeza?
-No me duele nada. Estoy bien; pero me he desvelado; no tengo sueño. Si no lo tienes tú tampoco, cuéntame algo. A ver dime a dónde fuiste esta mañana.
-A contar los frailes, que se ha perdido uno. Así nos decía mamá cuando mis hermanas y yo le preguntábamos dónde había ido.
-Respóndeme al derecho. ¿A dónde fuiste?
Jacinta se reía, porque le ocurrió dar a su marido un bromazo muy chusco.
 «¡Qué alegre está el tiempo! ¿De qué te ríes?».
-Me río de ti… ¡Qué curiosos son estos hombres! ¡Virgen María!, todo lo quieren saber.
-Claro, y tenemos derecho a ello.
-No puede una salir a compras…
-Dale con las tiendas. Competencia con mamá y Estupiñá; eso no puede ser. Tú no has ido a compras.»
-III-
Jacinta le contó a su suegra Barbarita todo lo que traía entre manos. No reaccionó muy bien la suegra, pero tampoco la regañó. Luego, con Rafaela la criada y Guillermina cerraron el trato con Platón. Repartieron regalos entre los niños y dinero a la vecindad sufrida y hambrienta. Le pagaron el dinero y se llevaron al niño. Calle de Toledo arriba, le compraron una pandereta, naranjas y lo que pedía. De vez en cuando llamaba a su tío Pepe, llorando. Al fin, lo dejaron en casa de Villuendas, sobre sacos de monedas, pues estaban haciendo el recuento, el marido de la hermana de Jacinta, Candelaria –o Benigna, como dice en el siguiente capítulo–.
«Érales difícil a las tres mujeres andar aprisa, por la mucha gente que venía calle abajo, caminando presurosa con la querencia del hogar próximo. Los obreros llevaban el saquito con el jornal; las mujeres algún comistrajo recién comprado; los chicos, con sus bufandas enroscadas en el cuello, cargaban rabeles, nacimientos de una tosquedad prehistórica o tambores que ya iban bien baqueteados antes de llegar a la casa. Las niñas iban en grupo de dos o de tres, envuelta la cabeza en toquillas, charlando cada una por siete. Cuál llevaba una botella de vino, cuál el jarrito con leche de almendra; otras salían de las tiendas de comestibles dando brincos o se paraban a ver los puestos de panderetas, dándoles con disimulo un par de golpecitos para que sonaran. En los puestos de pescado los maragatos limpiaban los besugos, arrojando las escamas sobre los transeúntes, mientras un ganapán vestido con los calzonazos negros y el mandil verde rayado berreaba fuera de la puerta: «¡Al vivo de hoy, al vivito!»… Enorme farolón con los cristales muy limpios alumbraba las pilas de lenguados, sardinas y pajeles, y las canastas de almejas. En las carnicerías sonaban los machetazos con sorda trepidación, y los platillos de las pesas, subiendo y bajando sin cesar, hacían contra el mármol del mostrador los ruidos más extraños, notas de misteriosa alegría. En aquellos barrios algunos tenderos hacen gala de poseer, además de géneros exquisitos, una imaginación exuberante, y para detener al que pasa y llamar compradores, se valen de recursos teatrales y fantásticos. Por eso vio Jacinta de puertas afuera pirámides de barriles de aceitunas que llegaban hasta el primer piso, altares hechos con cajas de mazapán, trofeos de pasas y arcos triunfales festoneados con escobones de dátiles. Por arriba y por abajo banderas españolas con poéticas inscripciones que decían: el Diluvio en mazapán, o Turrón del Paraíso terrenal… Más allá Mantecadas de Astorga bendecidas por Su Santidad Pío IX. En la misma puerta uno o dos horteras vestidos ridículamente de frac, con chistera abollada, las manos sucias y la cara tiznada, gritaban desaforadamente ponderando el género y dándolo a probar a todo el que pasaba. Un vendedor ambulante de turrón había discurrido un rótulo peregrino para anonadar a sus competidores los orgullosos tenderos de establecimiento. ¿Qué pondría? Porque decir que el género era muy bueno no significaba nada. Mi hombre había clavado en el más gordo bloque de aquel almendrado una banderita que decía: Turrón higiénico. Con que ya lo veía el público… El otro turrón sería todo lo sabroso y dulce que quisieran; mas no era higiénico
-IV-
Llevaron al niño  a casa de Benigna y Villuendas, la hermana de Jacinta. Lo lavaron y le pusieron ropa limpia. El niño se resistió, pero tuvo que ceder. Jacinta llegó tarde a casa, le contó a Barbarita lo que había hecho. Esta se disgustó y pidió pruebas de que era hijo de su Juanito. Nació cierta tensión entre ellas. Jacinta estaba entusiasmada.
«Nuevas compras fueron realizadas en aquella segunda parte de la mañana, y cuando regresaban, cargados ambos de paquetes, Barbarita se detuvo en la plazuela de Santa Cruz, mirando con atención de compradora los nacimientos. Estupiñá se echaba a discurrir, y no comprendía por qué la señora examinaba con tanto interés los puestos, estando ya todos los chicos de la parentela de Santa Cruz surtidos de aquel artículo.
Creció el asombro de Plácido cuando vio que la señora, después de tratar como en broma un portal de los más bonitos, lo compró. El respeto selló los labios del amigo, cuando ya se desplegaban para decir: «¿Y para quién es este Belén, señora?».
La confusión y curiosidad del anciano llegaron al colmo cuando Barbarita, al subir la escalera de la casa, le dijo con cierto misterio: «Dame esos paquetes, y métete este armatoste debajo de la capa. Que no lo vea nadie cuando entremos». ¿Qué significaban estos tapujos? ¡Introducir un Belén cual si fuera matute! Y como expertísimo contrabandista, hizo Plácido su alijo con admirable limpieza. La señora lo tomó de sus manos, y llevándolo a su alcoba con minuciosas precauciones para que de nadie fuera visto, lo escondió, bien cubierto con un pañuelo, en la tabla superior de su armario de luna.»
-V-
Cenaron en Nochebuena sobre veinte comensales en casa de Santa Cruz. Todo fue bien y a placer. Estupiñá, en plan broma, brindó por el niño que pronto tendría Jacinta. Esta, por la mañana, fue a casa de su hermana a ver a Juanín. Había destrozado el nacimiento y le había arrancado la cabeza a las figuras. Sus sobrinos lloraban y estaban escandalizados. Jacinta los calmó a todos y tenía una gran ilusión por el niño; lo quería como hijo suyo.
 «Durmió Jacinta sin sosiego, y a la mañana siguiente, cuando su marido no había despertado aún, salió para ir a misa. Oyola en San Ginés, y después fue a casa de Benigna, donde encontró escenas de desolación. Todos los sobrinitos estaban alborotados, inconsolables, y en cuanto la vieron entrar corrieron hacia ella pidiendo justicia. ¡Vaya con lo que había hecho Juanín!… ¡Ahí era nada en gracia de Dios! Empezó por arrancarles la cabeza a las figuras del nacimiento… y lo peor era que se reía al hacerlo, como si fuera una gracia. ¡Vaya una gracia! Era un sinvergüenza, un desalmado, un asesino. Así lo atestiguaban Isabel, Paquito y los demás, hablando confusa y atropelladamente, porque la indignación no les permitía expresarse con claridad. Disputábanse la palabra y se cogían a la tiita, empinándose sobre las puntas de los pies. Pero ¿dónde estaba el muy bribón? Jacinta vio aparecer su cara inteligente y socarrona. Cuando él la vio, quedose algo turbado, y se arrimó a la pared. Acercósele Jacinta, mostrándole severidad y conteniendo la risa… pidiole cuentas de sus horribles crímenes. ¡Arrancar la cabeza a las figuras!… Escondía el Pituso la cara muy avergonzado, y se metía el dedo en la nariz… La mamá adoptiva no había podido obtener de él una respuesta, y las acusaciones rayaban en frenesí. Se le echaban en cara los delitos más execrables, y se hacía burla de él y de sus hábitos groseros.
«Tiita, ¿no sabes? -decía Ramona riendo-. Se come las cáscaras de naranja…».
-¡Cochino! Otra voz infantil atestiguó con la mayor solemnidad que había visto más. Aquella mañana, Juanín estaba en la cocina royendo cáscaras de patata. Esto sí que era marranada.
Jacinta besó al delincuente, con gran estupefacción de los otros chicos.
«Pues tienes bonito el delantal». Juanín tenía el delantal como si hubiera estado fregando los suelos con él. Toda la ropa estaba igualmente sucia.
-Tiita -le dijo Isabelita haciéndose la ofendida-. Si vieras… No hace más que arrastrarse por los suelos y dar coces como los burros. Se va a la basura y coge los puñados de ceniza para echárnosla por la cara…»
-VI-
Se lo dijeron a los maridos el día de Navidad por la mañana, pero con tanta gente en la casa, en el almuerzo y en la comida –cena, decimos hoy–, Jacinta no pudo hablar con su marido. Al fin, al acostarse, él le confesó que tuvo un hijo con ella, pero que había muerto. Que el supuesto hijo era de la hijastra de Platón, ya difunta. Juanito confesó que no le había contado todo lo que tuvo con Fortunata, un año después de casados.
«Fueron todos a almorzar y el misterio continuaba. Cuenta Jacinta que nunca como en aquella ocasión sintió ganas de dar a una persona de bofetadas y machacarla contra el suelo. Hubiera destrozado a Federico Ruiz, cuya charla insustancial y mareante, como zumbido de abejón, se interponía entre ella y su marido. El maldito tenía en aquella época la demencia de los castillos; estaba haciendo averiguaciones sobre todos los que en España existen más o menos ruinosos, para escribir una gran obra heráldica, arqueológica y de castrametación sentimental, que aunque estuviese bien hecha no había de servir para nada. Mareaba a Cristo con sus aspavientos por si tales o cuales ruinas eran bizantinas, mudéjares o lombardas con influencia mozárabe y perfiles románicos. «¡Oh!, ¡el castillo de Coca!, ¿pues y el de Turégano?… Pero ninguno llegaba a los del Bierzo… ¡Ah!, ¡el Bierzo!… la riqueza que hay en ese país es un asombro». Luego resultaba que la tal riqueza era de muros despedazados, de aleros podridos y de bastiones que se caían piedra a piedra. Ponía los ojos en blanco, las manos en cruz y los hombros a la altura de las orejas para decir: «hay una ventana en el Castillo de Ponferrada que… vamos… no puedo expresar lo que es aquello…». Creeríase que por la tal ventana se veía al Padre Eterno y a toda la Corte Celestial. «Caramba con la ventana -pensaba Jacinta, a quien le estaba haciendo daño el almuerzo-. Me gustaría de veras si sirviera para tirarte por ella a la calle con todos tus condenados castillos».»
-VII-
Barbarita vio al niño y juzgó que era hijo de su hijo, así comenzó a quererlo. En la cama, Juanito le cuenta a su mujer que si vio al niño vivo, pero murió a las pocas horas por el garrotillo. Fortunata andaba con un tipo violento, vendedor ambulante, que la marcaba muy de cerca. Juanito les dio una cantidad de dinero, a modo de soborno, para que Fortunata y su hombre desaparecieran del mapa. El día 28 de diciembre fueron a verlo y Juanito convenció a Jacinta y a sus cuñados que no era su hijo. Jacinta quedó dolida y aturdida.
«El 28 por la mañana, ya de vuelta de misa, entró Barbarita en la alcoba del matrimonio joven a decirles que el día estaba muy bueno, y que el enfermo podía salir bien abrigado. «Os cogéis el coche y vais a dar una vuelta por el Retiro». Jacinta no deseaba otra cosa, ni el Delfín tampoco. Sólo que en vez de ir al Retiro, se personaron en casa de Ramón Villuendas. Hallábase este en el escritorio; pero cuando les vio entrar subió con ellos, deseando presenciar la escena del reconocimiento, que esperaba fuera patética y teatral. Mucho se pasmaron él y Benigna de que Juan viera al pequeñuelo con sosegada indiferencia, sin hacer ninguna demostración de cariño paternal.
«Hola, barbián -dijo Santa Cruz sentándose y cogiendo al chico por ambas manos-. Pues es guapo de veras. Lástima que no sea nuestro… No te apures, mujer, ya vendrá el verdadero Pituso, el legítimo, de los propios cosecheros o de la propia tía Javiera».
Benigna y Ramón miraban a Jacinta.
«Vamos a ver -prosiguió el otro constituyéndose en tribunal-. Vengan ustedes aquí y digan imparcialmente, con toda rectitud y libertad de juicio, si este chico se parece a mí». Silencio. Lo rompió Benigna para decir:
«Verdaderamente… yo… nunca encontré tal parecido».
-¿Y tú? -preguntó Juan a Ramón.
-Yo… pues digo lo mismo que Benigna.
Jacinta no sabía disimular su turbación.
«Ustedes dirán lo que quieran… pero yo… Es que no se fijan bien… Y en último caso, vamos a ver, ¿me negarán que es monísimo?».»
-VIII-
Deciden entregar al niño al hospicio de Guillermina, y no a la hermana de Jacinta. Sería deshonroso y turbio para la familia. Hasta Baldomero, el posible abuelo, le había comprado un acordeón de juguete. Jacinta se siente anonadada, confusa, y obedece a su suegro.
Don Baldomero, acentuando más su sonrisa  paternal, abrió una gaveta de su mesa y sacó un objeto envuelto en papeles.
«Y le compré esto… Es un acordeón. Pensaba dárselo cuando lo trajerais a casa… Verás qué instrumento tan bonito y qué buenas voces… veinticuatro reales».
Cogiendo el acordeón por las dos tapas, empezó a estirarlo y a encogerlo, haciendo flin flan repetidas veces. Jacinta se reía y al propio tiempo se le escaparon dos lágrimas.
Entró entonces de improviso Barbarita, diciendo:
«¿Qué música es esta?… A ver, a ver».
-Nada, querida -declaró el buen señor acusándose francamente-. Que a mí también se me fue el santo al Cielo. No lo quería decir. Cuando tú me saliste con que lo del nieto era una novela, flin flan, me dio la idea de tirar esta música a la calle, sin que nadie la viera; pero ya que se compró para él, flin flan, que la disfrute… ¿no os parece?
-A ver, dame acá -indicó Barbarita contentísima, ansiosa de tañer el pueril instrumento-. ¡Ah!, calavera, así me gastas el dinero en vicios. Dámelo… lo tocaré yo… flin flan… ¡Ay!, no sé qué tiene esto… ¡da un gusto oírlo! Parece que alegra toda la casa.
Y salió tocando por los pasillos y diciendo a Jacinta: «Bonito juguete… ¿verdad? Ponte la mantilla, que ahora mismo vamos a llevárselo, flin flan…».»
– XI – Final, que viene a ser principio 
– I –
El 3 de enero de 1874. El general Pavía da un golpe de estado y acabó con la república. Villalonga, el amigo íntimo de Juanito, se acercó el 6, día de Reyes, a su casa para decirle que Fortunata, acompañada de un hombre, ha vuelto a Madrid, muy elegante y bien vestida. Mucho más hermosa que antes y atractiva. Jacinta entró varias veces en la habitación tratando de pillar algo de la conversación, pero no pudo. Cuando entraba, Villalonga hablaba del golpe de estado.
«Vinieron días marcados en la historia patria por sucesos resonantes, y aquella familia feliz discutía estos sucesos como los discutíamos todos. ¡El 3 de Enero de 1874!… ¡El golpe de Estado de Pavía! No se hablaba de otra cosa, ni había nada mejor de qué hablar. Era grato al temperamento español un cambio teatral de instituciones, y volcar una situación como se vuelca un puchero electoral. Había estado admirablemente hecho, según D. Baldomero, y el ejército había salvado una vez más a la desgraciada nación española. El consolidado había llegado a 11 y las acciones del Banco a 138. El crédito estaba hundido. La guerra y la anarquía no se acababan; habíamos llegado al período álgido del incendio, como decía Aparisi, y pronto, muy pronto, el que tuviera una peseta la enseñaría como cosa rara.
 Deseaban todos que fuese Villalonga a la casa para que les contara la memorable sesión de la noche del 2 al 3, porque la había presenciado en los escaños rojos. Pero el representante del país no aportaba por allá. Por fin se apareció el día de Reyes por la mañana. Pasaba Jacinta por el recibimiento, cuando el amigo de la casa entró.
«Tocaya, buenos días… ¿cómo están por aquí? ¿Y el monstruo, se ha levantado ya?».
Jacinta no podía ver al dichoso tocayo. Fundábase esta antipatía en la creencia de que Villalonga era el corruptor de su marido y el que le arrastraba a la infidelidad.
«Papá ha salido -díjole no muy risueña-. ¡Cuánto sentirá no verle a usted para que le cuente eso!… ¿Tuvo usted mucho miedo? Dice Juan que se metió usted debajo de un banco».
-¡Ay, qué gracia! ¿Ha salido también Juan?
-No, se está vistiendo. Pase usted.»
-II-
Villalonga le refirió a Juanito que Fortunata estaba espléndida y que el hombre que la acompañaba era alguien metido en tráfico de armas que había ido a recibir un pago en el Tesoro. Siguieron a Fortunata y su acompañante hasta un piso en una zona buena. Villalonga lo contó entreverado con el golpe de estado de Pavía porque Jacinta estaba a pillar palabras sueltas. Creía que era el celestino de su marido, por lo que sospechaba de él.
Entró Jacinta sin anunciarse ni con ruido de pasos ni de ninguna otra manera. Villalonga giró sobre el último concepto como una veleta impulsada por fuerte racha de viento.
«El abrigo que yo llevaba… mi gabán de pieles… quiero decir, que en aquella marimorena me arrancaron una solapa… la piel de una solapa quiero decir…».
-Cuando se metió usted debajo del banco.
-Yo no me metí debajo de ningún banco, tocaya. Lo que hice fue ponerme en salvo como los demás por lo que pudiera tronar.
-Mira, mira, querida esposa -dijo Santa Cruz, mostrando a su mujer el chaleco, que se quitó apenas puesto-. Mira cómo cuelga ese último botón de abajo. Hazme el favor de pegárselo o decirle a Rafaela que se lo pegue, o en último caso llamar al coronel Iglesias.
-Venga acá -dijo Jacinta con mal humor, saliendo otra vez.
-En buen apuro me vi, camaraíta -dijo Villalonga conteniendo la risa-. ¿Se enteraría? Pues verás; otro detalle. Llevaba unos pendientes de turquesas, que eran la gracia divina sobre aquel cutis moreno pálido. ¡Ay, qué orejitas de Dios y qué turquesas! Te las hubieras comido. Cuando les vimos levantarse, nos propusimos seguir a la pareja para averiguar dónde vivía. Toda la gente que había en Praga la miraba, y ella más parecía corrida que orgullosa. Salimos… tras, tras… calle de Alcalá, Peligros, Caballero de Gracia, ellos delante, nosotros detrás. Por fin dieron fondo en la calle del Colmillo. Llamaron al sereno, les abrió, entraron. En una casa que está en la acera del Norte entre la tienda de figuras de yeso y el establecimiento de burras de leche… allí.»
-III-
Juanito buscó a Fortunata, pero no daba con ella. Cafés, bares de buena y mala nota, y nada. Villalonga le dijo que Pez la había visto sola, vestido a lo popular, con un saco a la espalda; sospechaban que era la ropa cara que iba a empeñar. El hombre resultó ser un farsante y había desaparecido de Madrid. Juanito se justificaba pensando que era curiosidad, primero; deseo de ayudarla, después; la buscó y rebuscó, sin resultado. Una noche llegó a casa dolorido del costado izquierdo; era una tremenda pulmonía por los fríos de Madrid. El narrador opinaba que era irónico que quien salía a cazar acabara él mismo abatido.
«Estaba el pobre Juanito Santa Cruz sometido al horroroso suplicio de la idea fija. Salió, investigó, rebuscó, y la mujer aquella, visión inverosímil que había trastornado a Villalonga, no parecía por ninguna parte. ¿Sería sueño, o ficción vana de los sentidos de su amigo? La portera de la casa indicada por Jacinto se prestó a dar cuantas noticias se le exigían, mas lo único de provecho que Juan obtuvo de su indiscreción complaciente fue que en la casa de huéspedes del segundo habían vivido un señor y una señora, «guapetona ella» durante dos días nada más. Después habían desaparecido… La portera declaraba con notoria agudeza que, a su parecer, el señor se había largado por el tren, y la individua, señora… o lo que fuera… andaba por Madrid. ¿Pero dónde demonios andaba? Esto era lo que había que averiguar. Con todo su talento no podía Juan darse explicación satisfactoria del interés, de la curiosidad o afán amoroso que despertaba en él una persona [474] a quien dos años antes había visto con indiferencia y hasta con repulsión. La forma, la pícara forma, alma del mundo, tenía la culpa. Había bastado que la infeliz joven abandonada, miserable y quizás mal oliente se trocase en la aventurera elegante, limpia y seductora, para que los desdenes del hombre del siglo, que rinde culto al arte personal, se trocaran en un afán ardiente de apreciar por sí mismo aquella transformación admirable, prodigio de esta nuestra edad de seda. «Si esto no es más que curiosidad, pura curiosidad… -se decía Santa Cruz, caldeando su alma turbada-. Seguramente, cuando la vea me quedaré como si tal cosa; pero quiero verla, quiero verla a todo trance… y mientras no la vea, no creeré en la metamorfosis». Y esta idea le dominaba de tal modo, que lo infructuoso de sus pesquisas producíale un dolor indecible, y se fue exaltando, y por último figurábase que tenía sobre sí una grande, irreparable desgracia. Para acabar de aburrirle y trastornarle, un día fue Villalonga con nuevos cuentos. «He averiguado que el hombre aquel es un trapisondista… Ya no está en Madrid. Lo de los fusiles era un timo… letras falsificadas».»
Madrid, enero de 1886
Parte segunda 
– I – Maximiliano Rubín 
– I –
Nicolás Rubín tenía una tienda de tirador de oro. Estaba casado con Maximiliana Llorente; se llevaban mal porque ella era manirrota y casquivana; la echó de casa cinco veces y la readmitió otras tantas. Ella murió en 1867 y él en 1868. Tenían tres hijos, Juan Pablo (28 años en 1868), alto y guapo, representante comercial y funcionario de policía intermitente. Nicolás (25 años), el de las viruelas, gordo y peludo, que se hizo sacerdote en Toledo; Maximiliano el pequeño (19 años), protegido del mayor y de su tía doña Lupe la de los pavos. Juan Pablo se pasó a los carlistas y metió armas inglesas por Guetaria; luego las llevó a Madrid.
«Los hijos de aquel infortunado comerciante eran tres. Fijarse bien en sus nombres y en la edad que tenían cuando acaeció la muerte del padre.
Juan Pablo, de veintiocho años.
Nicolás, de veinticinco.
Maximiliano, de diecinueve.
Ninguno de los tres se parecía a los otros dos ni en el semblante ni en la complexión, y sólo con muy buena voluntad se les encontraba el aire de familia. De esta heterogeneidad de las tres caras vino sin duda la maliciosa versión de que los tales eran hijos de diferentes padres. Podía ser calumnia, podía no serlo; pero debe decirse para que el lector vaya formando juicio. Algo tenían de común, ahora que recuerdo, y era que todos padecían de fuertes y molestísimas jaquecas. Juan Pablo era guapo, simpático y muy bien plantado, de buena estatura, ameno y fácil en el decir, de inteligencia flexible y despierta. Nicolás era desgarbado, vulgarote, la cara encendida y agujereada como un cedazo a causa de la viruela, y tan peludo, que le salían mechones por la nariz y por las orejas. Maximiliano era raquítico, de naturaleza pobre y linfática, absolutamente privado de gracias personales. Como que había nacido de siete meses y luego me le criaron con biberón y con una cabra.
Cuando murió el padre de estos tres mozos, Nicolás, o sea el peludo (para que se les vaya distinguiendo), se fue a vivir a Toledo con su tío D. Mateo Zacarías Llorente, capellán de Doncellas Nobles, el cual le metió en el Seminario y le hizo sacerdote; Juan Pablo y Maximiliano se fueron a vivir con su tía paterna doña Guadalupe Rubín, viuda de Jáuregui, conocida vulgarmente por Doña Lupe la de los pavos, la cual vivió primero en el barrio de Salamanca y después en Chamberí, señora de tales circunstancias, que bien merece toda la atención que le voy a consagrar más adelante. En un pueblo de la Alcarria tenían los hermanos Rubín una tía materna, viuda, sin hijos y rica; mas como estaba vendiendo vidas, la herencia de esta señora no era más que una esperanza remota.»
-II-
Maximiliano Rubín comenzó la carrera de farmacia; avanzaba a trompicones porque su inteligencia no era mucha. Enfermaba cada poco con catarros y accesos. Era feo, desgarbado y menudo; pelo ralo, con calvicie incipiente. No había quien lo levantara de la cama, pero una vez en pie, se afanaba en sus estudios con ahínco y escasos resultados. Sus compañeros de carrera le llamaban «Rubinius vulgaris». En 1874 tenía 25 años y aparentaba más. Su timidez era proverbial. A cambio, soñaba despierto; imaginaba aventuras con chicas honradas que veía por la calle y las seguía un buen rato. Pasaba por ensoñaciones en cualquier lugar, creyéndose triunfante, hablador, guapo, etc.
«Su timidez [de Maximiliano Rubín], lejos de disminuir con los años, parecía que aumentaba. Creía que todos se burlaban de él considerándole insignificante y para poco. Exageraba sin duda su inferioridad, y su desaliento le hacía huir del trato social. Cuando le era forzoso ir a alguna visita, la casa en que debía entrar imponíale miedo, aun vista por fuera, y estaba dando vueltas por la calle antes de decidirse a penetrar en ella. Temía encontrar a alguien que le mirara con malicia, y pensaba lo que había de decir, aconteciendo las más de las veces que no decía nada. Ciertas personas le infundían un respeto que casi casi era pánico, y al verlas venir por la calle se pasaba a la otra acera. Estas personas no le habían hecho daño alguno; al contrario, eran amigos de su padre, o de doña Lupe o de Juan Pablo. Cuando iba al café con los amigos, estaba muy bien si no había más que dos o tres. En este caso hasta se le soltaba la lengua y se ponía a hablar sobre cualquier asunto. Pero como se reunieran seis u ocho personas, enmudecía, incapaz de tener una opinión sobre nada. Si se veía obligado a expresarse, o porque se querían quedar con él o porque sin malicia le preguntaban algo, ya estaba mi hombre como la grana y tartamudeando.»
-II-
Entre lo que soñaba de noche y ensoñaba de día de ser un galán fuerte y arrogante, Maxi se iba apañando, pero aquello podía acabar en locura como no lo refrenara. Su mejor amigo era su compañero de clase Olmedo, un mozo rudo y fortachón que se las daba de «perdis», un hombre de vida mala, perdida, viviendo con mujeres de mala vida a razón de una pensión cada mes. Vivía con una tal Feliciana; esta, un día, se encontró con Fortunata, tirada en la calle y sin nada que comer, y la invitó a su casa, la había dejado un traficante de armas. Una noche Maxi fue a pasar la velada con su amigo Olmedo, Feliciana y Jacinta. Maxi quedó prendado de la belleza de la chica. Cuando ella se fue, Maxi salió detrás con el ánimo de seguirla
«Rubín se alegró de aquella ocasión que se le presentaba de prestar un servicio a mujer tan hermosa, y sacando su reloj con mucha solemnidad, dijo: «Las nueve menos siete minutos… y medio».
 No podía decirse la hora con exactitud más escrupulosa.
«Ya ves -dijo Feliciana-. tienes tiempo… Hasta las diez. Con que salgas de aquí a las diez menos cuarto… ¿Pero esa toquilla?… Mírala, mírala en esa silla junto a la cómoda».
-¡Ay!, hija… si llega a ser perro me muerde.
Se la puso, envolviéndose la cabeza, echando miradas a un espejo de marco negro que sobre la cómoda estaba, y después se sentó en una silla a hacer tiempo. Entonces Maximiliano la miró mejor. No se hartaba de mirarla, y una obstrucción singular se le fijó en el pecho, cortándole la respiración. ¿Y qué decir? Porque había que decir algo. El pobre joven se sentía [31] delante de aquella hermosura más cortado que en la visita de más campanillas.
«Bien puedes abrigarte» indicó Feliciana a su amiga; y Rubín vio el cielo abierto, porque pudo decir en tono de sentencia filosófica:
-Sí, está la noche fresquecita.
-Llévate el llavín… -añadió Feliciana-. Ya sabes que el sereno se llama Paco. Suele estar en la taberna.
La otra no desplegaba sus labios. Parecía que estaba de muy mal humor. Maximiliano contemplaba como un bobo aquellos ojos, aquel entrecejo incomparable y aquella nariz perfecta, y habría dado algo de mucho precio porque ella se hubiese dignado mirarle de otra manera que como se mira a los bichos raros. «¡Qué lástima que no sea honrada! -pensaba-. Y quién sabe si lo será, quiero decir que conserve la honradez del alma en medio de…».»
-III-
Al día siguiente se dejó caer en el apartamento donde vivía Feliciana con Olmedo y Fortunata. Quedaron a solas y este le declaró su amor arrebatado. Ella se reía con aire pesimista y repetía alguna palabra culta de Maxi. Marchó feliz, aunque ella sólo le prometió tomar un café juntos. El chico quería romper la hucha para sacar todos sus suculentos ahorros, aunque Papos, la niña criada de su tía Guadalupe, se lo impidió entre burlas y bromas.
«Estaba Maximiliano con la hucha en la mano mirándola por arriba y por abajo, como si la fuera a retratar, cuando se abrió la puerta y entró una chiquilla como de doce años, delgada y espigadita, los brazos arremangados, muy atusada de flequillo y sortijillas, con un delantal que le llegaba a los pies. Lo mismo fue verla Maximiliano, que se turbó cual si le hubieran sorprendido en un acto vergonzoso.
«¿Qué buscas tú aquí, chiquilla sin vergüenza?».
Por toda contestación, la rapaza le enseñó medio palmo de lengua, plegando los ojos y haciendo unas muecas de careta fea de lo más estrafalario y grotesco que se puede imaginar.
-Sí, bonita te pones… Lárgate de aquí, o verás…
Era la criada de la casa. Doña Lupe odiaba a las mujeronas, y siempre tomaba a su servicio niñas para educarlas y amoldarlas a su gusto y costumbres. Llamábanla Papitos no sé por qué. Era más viva que la pólvora, activa y trabajadora cuando quería, holgazana y mañosa algunos días. Tenía el cuerpo esbelto, las manos ásperas del trabajo y el agua fría, la cara diablesca, con unos ojos reventones de que sacaba mucho partido para hacer reír a la gente, la boca hocicuda y graciosa, con un juego de labios y unos dientes blanquísimos que eran como de encargo para producir las muecas más extravagantes. Los dos dientes centrales superiores eran enormes, y se le veían siempre, porque ni cuando estaba de morros cerraba completamente la boca.
 Oída la conminación que le hizo Maximiliano, Papitos se desvergonzó más. Ella las gastaba así. Cuanto más la amenazaban más pesadita se ponía. Volvió a echar fuera una cantidad increíble de lengua, y luego se puso a decir en voz baja: «Feo, feo…» hasta treinta o cuarenta veces. Esta apreciación, que no era contraria a la verdad ni mucho menos, nunca había inspirado a Rubín más que desprecio; pero en aquella ocasión le indignó tanto, vamos… que de buena gana le hubiera cortado a Papitos toda aquella lenguaza que sacaba.
«¡Si no te largas, de la patada que te doy…!».»
-IV-
Maxi rompió la hucha y la repuso con otra igual para que su tía Lupe no se enterara, porque lo vendía a las visitas de ahorrador y comedido. Se encerró en su habitación y con el almirez, a pesar de que Papitos le hizo rabiar, al fin rescató el dinero y salió con él a la calle. También llevó escondidos los restos de la hucha de barro, para que su tía no se enterara.
«El tiempo apremiaba y doña Lupe podía venir. Cuando cogió la hucha llena, el corazón le palpitaba y su respiración era difícil. Dábale compasión de la víctima, y para evitar su enternecimiento, que podría frustrar el acto, hizo lo que los criminales que se arrojan frenéticos a dar el primer golpe para perder el miedo y acallar la conciencia, impidiéndose el volver atrás. Cogió la hucha y con febril mano le atizó un porrazo. La víctima exhaló un gemido seco. Se había cascado, pero no estaba rota aún. Como este primer golpe fue dado sobre el suelo, le pareció a Maximiliano que había retumbado mucho, y entonces puso sobre la cama el cacharro herido. Su azoramiento era tal que casi le pega a la hucha vacía en vez de hacerlo a la llena; pero se serenó, diciendo: «¡Qué tonto soy! Si esto es mío, ¿por qué no he de disponer de ello cuando me dé la gana?». Y leña, más leña… La infeliz víctima, aquel antiguo y leal amigo, modelo de honradez y fidelidad, gimió a los fieros golpes, abriéndose al fin en tres o cuatro pedazos. Sobre la cama se esparcieron las tripas de oro, plata y cobre. Entre la plata, que era lo que más abundaba, brillaban los centenes como las pepitas amarillas de un melón entre la pulpa blanca. Con mano trémula, el asesino lo recogió todo menos la calderilla, y se lo guardó en el bolsillo del pantalón. Los cascos esparcidos semejaban pedazos de un cráneo, y el polvillo rojo del barro cocido que ensuciaba la colcha blanca pareciole al criminal manchas de sangre. Antes de pensar en borrar las huellas del estropicio, pensó en poner los cuartos en la hucha nueva, operación verificada con tanta precipitación que las piezas se atragantaban en la boca y algunas no querían pasar. Como que la boca era un poquitín más estrecha que la de la muerta. Después metió el cobre de las dos pesetas que había cambiado.»
-II- Afanes y contratiempos de un redentor
-I-
Maxi le puso una habitación, especie de miniapartamento, al lado de Olmedo y su amiga. Compraron unos muebles baratos y Jacinta vivía allí bastante bien. Comenzaron a desempeñar las prendas de primera necesidad. Hablaban mucho, pero ella no lo quería, aunque él era feliz a su lado. Fortunata le confesó que al único hombre que amaba era a Juanito Santa Cruz, aunque dudaba si se iría con él, si surgiera la oportunidad. Maxi le enseñaba a hablar mejor y no cometer solecismos. Ella no sabía escribir.
«Lo mejorcito que aquella mujer tenía era su ingenuidad. Repetidas veces sacó Maximiliano a relucir el caso de la deshonra de ella, por ser muy importante este punto en el plan de regeneración. El inspirado y entusiasta mancebo hacía hincapié en lo malos que son los señoritos y en la necesidad de una ley a la inglesa que proteja a las muchachas inocentes contra los seductores. Fortunata no entendía palotada de estas leyes. Lo único que sostenía era que el tal Juanito Santa Cruz era el único hombre a quien había querido de verdad, y que le amaba siempre. ¿Por qué decir otra cosa? Reconociendo el otro con caballeresca lealtad que esta consecuencia era laudable, sentía en su alma punzada de celos, que trastornaba por un instante sus planes de redención.
«¿Y le quieres tanto, que si le vieras en algún peligro le salvarías?».
-Claro que sí… me lo puedes creer. Si le viera en un peligro, le sacaría en bien, aunque me perdiera yo. No sé decir más que lo que me sale de entre mí. Si no es verdad esto, que no llegue a la noche con salud.
Se puso tan guapa al hacer esta declaración, que Rubín la miró mucho antes de decir:
«No, no jures; no necesitas jurarlo. Te creo. Di otra cosa. Y si ahora entrara por esa puerta y te dijera: ‘Fortunata, ven’ ¿irías?».
Fortunata miró a la puerta. Rubín tragaba saliva y buscaba en el sitio donde tenemos el bigote algo que retorcer, y encontrando sólo unos pelos muy tenues, los martirizaba cruelmente.
«Eso… según… -dijo ella plegando su entrecejo-. Me iría o no me iría…».»
-II-
Fortunata le contó su vida a Maxi: quedó huérfana a los doce años. Tras lo de Juanito, sus tíos la echaron de casa y se juntó con Juárez el negro, que murió borracho. Luego con un pintor catalán, muy celoso, que engañó con un amigo y un criado de ambos, después con un general retirado, que la llevó a París, después con Camps, un tramposo traficante de armas. Y luego Maxi. Este escuchó con dolor el relato pintoresco de Fortunata. Él se sentía un redentor, sin tacha moral de ningún tipo.
«Prefería contar particularidades de su infancia. Su difunto padre poseía un cajón en la plazuela y era hombre honrado. Su madre tenía, como Segunda, su tía paterna, el tráfico de huevos. Llamábanla a ella desde niña la Pitusa, porque fue muy raquítica y encanijada hasta los doce años; pero de repente dio un gran estirón y se hizo mujer de talla y de garbo. Sus padres se murieron cuando ella tenía doce años… Oía estas cosas Maximiliano con mucho placer. Pero con todo, mandábala que fuese al grano, a las cosas graves, como lo referente al hijo que había tenido. Cuando parte de esta historia fue contada, al joven le faltó poco para que se le saltaran las lágrimas. La tierna criatura sin más amparo que su madre pobre, la aflicción de esta al verse abandonada, eran en verdad un cuadro tristísimo que partía el corazón. ¿Por qué no le citó ante los tribunales? Es lo que debía haber hecho. A estos tunantes hay que tratarles a la baqueta. Otra cosa. ¿Por qué no se le ocurrió darle un escándalo, ir a la casa con el crío en brazos y presentarse a doña Bárbara y a D. Baldomero y contarles allí bien clarito la gracia que había hecho su hijo?… Pero no, esto no hubiera sido muy conforme con la dignidad. Más valía despreciarle, dejándole entregado a su conciencia, sí, a su conciencia, que buen jaleo le había de armar tarde o temprano.
Fortunata, al oír esto, fijaba sus ojos en el suelo, repitiendo como una máquina aquello de que lo mejor era el desprecio. Sí, despreciarle, repetía el otro, pues era ignominia solicitar su protección. Aunque le dieran lo que le dieran, no era capaz Fortunata de decir ignominia, Maximiliano insistió en que había sido una gran falta pedir amparo al mismo Juanito Santa Cruz, a aquel infame, cuando volvió ella a Madrid y le cayó su niño enfermo.
«Pero, tontín, si no es por él, no hubiéramos tenido con qué enterrarle» dijo Fortunata saliendo a la defensa de su propio verdugo.
-Primero le dejo yo insepulto, que recurrir… La dignidad, hija, es antes que todo. Fíjate bien en esto. Lo que quiero saber ahora es qué sujeto era ese con quien te uniste después, el que te sacó de Madrid y te llevó de pueblo en pueblo como los trastos de una feria.»
-III-
Maxi la visitaba a ella hasta las doce de la noche. Pasaba del pesimismo lúgubre al optimismo desatado respecto de los sentimientos de Fortunata hacia él. Su tía Lupe ya comenzaba a sospechar que había una chica de por medio. Cuando tenía jaqueca, que lo aquejaban con frecuencia, Fortunata lo cuidaba y le mostraba cariño. Parecía que ella había cambiado de vida y aceptaba ser una mujer ordenada, aunque le advirtió que no lo quería, aunque quién sabía en el futuro lo que pasaría. También pensaban qué pasaría cuando se les acabara el dinero de los ahorros de Maxi.
«En medio de estos dulcísimos ensueños de su alma arrebatada, sentía Maximiliano unos saetazos que le hacían volver sobresaltado a la realidad. Era como la feroz picada de un mosquito cuando estamos empezando a dormirnos dulcemente… Por mucho que se estirase el dinero sacado de la hucha, al fin se tenía que concluir, porque todo es finito en este mundo, y el metálico precisamente es una de las cosas más finitas que se pueden imaginar… ¡María Santísima!, cuando el temido momento llegase… ¡cuando la última peseta del último duro fuera cambiada…! Si el mosquito le picaba a Maximiliano cuando estaba en su cama dormido o preparándose a ello, incorporábase tan desvelado cual si fueran las doce del día, o se ponía a dar vueltas en el lecho y a calentarlo con el ardor de su febril zozobra. A veces invocaba al Cielo con íntimo fervor de oración. Esperaba que la obra generosa que había emprendido pesase mucho en las recónditas intenciones de la Providencia para que Esta le sacase del atolladero en que los amantes iban a caer. Él no era un granuja; ella se estaba portando bien, y con su conducta echaba velos y más velos sobre lo pasado. Si la Providencia no tenía en cuenta estas circunstancias, ¿de qué le valía a uno portarse bien y ser un modelo de orden y buena fe? Esto es claro como el agua. Fortunata pensaba lo mismo, cuando él le confiaba sus temores. Tenía que ser así, o todo lo que se habla de la Providencia es patraña. Pronto diré cómo se salieron con la suya, con lo cual se demostró que tenían allá arriba, en los mismos cielos, alguna entidad de peso que les protegía. Bien ganada se tenían esta protección, porque él, enaltecido por su cariño, ella, aspirando a la honradez y ensayándose en practicarla, eran dos seres que valían cualquier dinero, o en otros términos, dignos de que se les facilitaran los medios de continuar su campaña virtuosa.»
-IV-
Maxi comenzó a estudiar y aprender mucho más que antes. Incluso intervenía en clase, lo que causó asombro entre sus compañeros. El dinero menguaba, pero ya vendría por algún lado. Le confesó que su tía Lupe vivía de prestamista, con la ayuda de un tal Torquemada. Un buen día le propuso matrimonio a Fortunata, que reaccionó confusamente.
«No pudo retener más tiempo aquel secreto que se le salía con empuje, y si no lo decía reventaba, sí, reventaba; porque aquel pensamiento era todo su amor, todo su espíritu, la expresión de todo lo nuevo y sublime que en él había, y no se puede encerrar cosa tan grande en la estrechez de la discreción. Entró la pecadora en la sala, que hacía también las veces de comedor, a poner la mesa, operación en extremo sencilla y que quedaba hecha en cinco minutos. Maximiliano se abalanzó a su querida con aquella especie de vértigo de respeto que le entraba en ocasiones, y besándole castamente un brazo que medio desnudo traía, cogiéndole después la mano basta y estrechándola contra su corazón, le dijo:
«Fortunata, yo me caso contigo».
Ella se echó a reír con incredulidad; pero Rubín repitió el me caso contigo tan solemnemente, que Fortunata lo empezó a creer.
«Hace tiempo -añadió él-, que lo había pensado… Lo pensé cuando te conocí, hace un mes… Pero me pareció bien no decirte nada hasta no tratarte un poco… O me caso contigo o me muero. Este es el dilema».
Tie gracia… ¿Y qué quiere decir dilema?
-Pues esto: que o me caso o me muero. Has de ser mía ante Dios y los hombres. ¿No quieres ser honrada? Pues con el deseo de serlo y un nombre, ya está hecha la honradez. Me he propuesto hacer de ti una persona decente y lo serás, lo serás si tú quieres…
Inclinose para coger los libros que se habían caído al suelo. Fortunata salió para traer lo que en la mesa faltaba, y al entrar le dijo:
-Esas cosas se calculan bien… no por mí, sino por ti.
-¡Ah!, ya lo tengo pensado; pero muy bien pensado… ¿Y a ti, te había ocurrido esto?
-No… no me pasaba por la imaginación. Tu familia ha de hacer la contra.
-Pronto seré mayor de edad -afirmó Rubín con brío-. Opóngase o no, lo mismo me da…
Fortunata se sentó a su lado, dejando la mesa a medio poner y la comida a punto de quemarse. Maximiliano le dio muchos abrazos y besos, y ella estaba como aturdida… poco risueña en verdad, esparciendo miradas de un lado para otro. La generosidad de su amigo no le era indiferente, y contestó a los apretones de manos con otros no tan fuertes, y a las caricias de amor con otras de amistad. Levantose para volver a la cocina, y en ella su pensamiento se balanceó en aquella idea del casorio, mientras maquinalmente echaba la sopa en la sopera… «¡Casarme yo!… ¡pa chasco…!, ¡y con este encanijado…! ¡Vivir siempre, siempre con él, todos los días… de día y de noche!… ¡Pero calcula tú, mujer… ser honrada, ser casada, señora de Tal… persona decente…!».»
-V-
Lupe le dijo que su tía Melitona Llorente había muerto y había dejado herencia en Molina de Aragón para los tres hermanos, que ella calculaba en treinta mil duros. Maxi pensó que lo iba a interrogar sobre su vida fuera de casa, pero no fue así. Decía Lupe que no podía aunque quisiera echarse una novia. Luego tuvieron una trifulca Lupe y Papitos, con golpes incluidos.
«Porque la mona aquella tenía días. Algunos lo hacía todo tan bien y con tanta diligencia y aseo, que doña Lupe decía que era una perla. Pero otros no se la podía aguantar. Aquel día empezó de los buenos y concluyó siendo de los peores. Por la mañana había cumplido admirablemente; estuvo muy suelta de lengua y de manos, haciendo garatusas y dando brincos en cuanto la señora le quitaba la vista de encima. Semejante fiebre era señal de próximos trastornos. En efecto, por la tarde dividió en dos la tapa de una sopera, y desde entonces todo fue un puro desastre.
Cuando se enfurruñaba creeríase que hacía las cosas mal adrede. Le mandaban esto y se salía con lo otro. No se pueden contar las faltas que cometió en una hora. Bien decía doña Lupe que tenía los demonios metidos en el cuerpo y que era mala, pero mala de veras, una sinvergüenza, una mal criada y una calamidad… en toda la extensión de la palabra. Y mientras más repelones le daban, peor que peor. Pasó tanta agua del puchero del agua caliente al puchero de la verdura, que esta quedó encharcada. Los garbanzos se quemaron, y cuando fueron a comerlos amargaban como demonios. La sopa no había cristiano que la pasara de tanta sal como le echó aquella condenada. Luego era una insolente, porque en vez de reconocer sus torpezas decía que la señora tenía la culpa, y que ella, la muy piojosa, no estaría allí ni un día más porque misté… en cualsiquiera parte la tratarían mejor.
Doña Lupe discutía con ella violentamente, argumentando con crueles pellizcos, y añadiendo que estaba autorizada por la madre para descuartizarla si preciso era. A lo que Papitos contestaba echando lumbre por los ojos: «¡Ay, hija, no me descuartice usted tanto!». Este solía ser el periodo culminante de la disputa, que concluía dándole la señora a su sirviente una gran bofetada y rompiendo la otra a llorar… Los disparates seguían, y al servir la mesa ponía los platos sobre ella sin considerar que no eran de hierro. Doña Lupe la amenazaba con mandarla a la galera o con llamar una pareja, con escabecharla y ponerla en salmuera, y poco a poco se iba aplacando la fierecilla hasta que se quedaba como un guante.»
-VI-
Maxi le dice a Papitos, una tarde que estaban solos, que piensa casarse con la mujer que ame. La niña se ríe y lo insulta. En las adivinanzas era más rápida que él, pero Maxi era mejor contando cuentos. El monologaba por los pasillos a oscuras, como si razonara ante su tía. Cuando llegó Lupe, los mandó a la cama con un «a la cama todo Cristo».
«Papitos dormía como un ángel, apoyada la mejilla sobre el brazo tieso, y conservando en la mano de él la media, por cuyos agujeros asomaban los dedos. Dormía con plácido reposo, la cara seria, como si aprobase inconscientemente las perrerías que el otro decía de los seductores, y aprovechara la lección para cuando le tocara. El propio calor de sus palabras llevó a Maximiliano a una exaltación que parecía insana. No podía estar quieto ni callado. Levantose y fue por los pasillos adelante, hablando solo en baja voz o haciendo gestos. El pasillo estaba oscuro; pero él conocía tan bien todos los rincones, que andaba por ellos sin vacilación ni tropiezo. Entró en la sala que también estaba a oscuras, penetró en el gabinete de su tía, [95] que a la misma boca de lobo se igualara en lo tenebroso, y allí se le redobló la facundia, y la energía de sus declamaciones rayaba en frenesí. Apoyando las cláusulas con enfático gesto, se le ocurrían frases de admirable efecto contundente, frases capaces de tirar de espaldas a todos los individuos de la familia si las oyeran. ¡Qué lástima que no estuviera allí su tía…! Como si la estuviera viendo, le soltó estas atrevidas expresiones: «Y para que lo sepa usted de una vez, yo no cedo ni puedo ceder, porque sigo en esto el impulso de mi conciencia, y contra la conciencia no valen pamplinas, ni ese cúmulo, ese cúmulo, sí señora, de… preocupaciones rancias que usted me opone. Yo me caso, me caso, y me caso, porque soy dueño de mis actos, porque soy mayor de edad, porque me lo dicta mi conciencia, porque me lo manda Dios; y si usted lo aprueba, ella y yo le abriremos nuestros amantes brazos y será usted nuestra madre, nuestra consejera, nuestra guía…».»
-VII-
Fortunata se arregló ante el espejo y se vio muy guapa y atractiva. Pero casarse con Maxi le parecía inconcebible: ruin, feo, contrahecho, más bajo que ella. Luego Maxi le volvió a hablar de matrimonio y de tierras en Molina de Aragón. Recibieron la visita de Olmedo y de su novia, que estaban de bronca.
«Después de esta reticencia, que por lo terminante parecía hija de una convicción profunda, siguió contemplando y admirando su belleza. Estaba orgullosa de sus ojos negros, tan bonitos que, según dictamen de ella misma, le daban la puñalada al Espiritui Santo. La tez era una preciosidad por su pureza mate y su transparencia y tono de marfil recién labrado; la boca, un poco grande, pero fresca y tan mona en la risa como en el enojo… ¡Y luego unos dientes! «Tengo los dientes -decía ella mostrándoselos-, como pedacitos de leche cuajada». [99] La nariz era perfecta. «Narices como la mía, pocas se ven»… Y por fin, componiéndose la cabellera negra y abundante como los malos pensamientos, decía: «¡Vaya un pelito que me ha dado Dios!». Cuando estaba concluyendo, se le vino a las mientes una observación, que no hacía entonces por primera vez. Hacíala todos los días, y era esta: «¡Cuánto más guapa estoy ahora que… antes! He ganado mucho».
Y después se puso muy triste. Los pedacitos de leche cuajada desaparecieron bajo los labios fruncidos, y se le armó en el entrecejo como una densa nube. El rayo que por dentro pasaba decía así: «¡Si me viera ahora…!». Bajo el peso de esta consideración estuvo un largo rato quieta y muda, la vista independiente a fuerza de estar fija. Despertó al fin de aquello que parecía letargo, y volviendo a mirarse, animose con la reflexión de su buen palmito en el espejo. «Digan lo que quieran, lo mejor que tengo es el entrecejo… Hasta cuando me enfado es bonito… ¿A ver cómo me pongo cuando me enfado? Así, así… ¡Ah, llaman!».»
-VIII-
Fortunata echaba de menos a Juanito, a quien deseaba encontrar por la calle, pero ya había oído que había tenido pulmonía. Un día, Maxi y ella comieron juntos, pero a ella no le prestaba porque lo veía muy feo y ni por asomo pensaba en casarse con él. Él estudiaba más si ella estaba a su lado.
«Media hora después estaban sentados a la mesa en amor y compaña; pero en aquel instante se vio Fortunata acometida bruscamente de unos pensamientos tan extraños, que no sabía lo que le pasaba. Ella misma comparó su alma en aquellos días a una veleta. Tan pronto marcaba para un lado como para otro. De improviso, como si se levantara un fuerte viento, la veleta daba la vuelta grande y ponía la punta donde antes tenía la cola. De estos cambiazos había sentido ella muchos; pero ninguno como el de aquel momento, el momento en que metió la cuchara dentro del arroz para servir a su futuro esposo. No sabría ella decir cómo fue ni cómo vino aquel sentimiento a su alma, ocupándola toda; no supo más sino que le miró y sintió una antipatía tan horrible hacia el pobre muchacho, que hubo de violentarse para disimularla. Sin advertir nada, Maximiliano elogiaba el perfecto condimento del arroz; pero ella se calló, echando para adentro, con las primeras cucharadas, aquel fárrago amargo que se le quería salir del corazón. Muy para entre sí, dijo: «Primero me hacen a mí en pedacitos como estos, que casarme con semejante hombre… ¿Pero no le ven, no le ven que ni siquiera parece un hombre?… Hasta huele mal… Yo no quiero decir lo que me da cuando calculo que toda la vida voy a estar mirando delante de mí esa nariz de rabadilla».
«Parece que estás triste, moñuca» le dijo Rubín, que solía darle este cariñoso mote.
Contestó ella que el arroz no había quedado tan bien como deseara. Cuando comían las chuletas, Maximiliano le dijo con cierta pedantería de dómine:
«Una de las cosas que tengo que enseñarte es a comer con tenedor y cuchillo, no con tenedor sólo. Pero tiempo tengo de instruirte en esa y en otras cosas más».
También le cargaba a ella tanta corrección. Deseaba hablar bien y ser persona fina y decente; pero ¡cuánto más aprovechadas las lecciones si el maestro fuera otro, sin aquella destiladera de nariz, sin aquella cara deslucida y muerta, sin aquel cuerpo que no parecía de carne, sino de cordilla!»
-IX
Maxi le dijo a Olmedo lo de su boda con Fortunata. Finalmente, a los tres días, lo supo Lupe, que quedó estupefacta. Antes de que él llegara de noche, le registró la habitación, por si encontraba un retrato de la perdularia. A la mañana siguiente, metió a su sobrino en su gabinete, presidido por un cuadro de su difunto marido Jáuregui el de los pavos y se dispuso a cantarle las cuarenta.
«Registra por aquí, registra por allá, nada encontraba que sirviera de comprobación a la horrible noticia. Abrió la cómoda, valiéndose de las llaves de la suya, y allí tampoco había nada. La hucha estaba en su sitio y llena, quizás más pesada que antes. Retratos, no los vio por ninguna parte. Hallábase doña Lupe engolfada en su investigación policíaca, sin descubrir rastro del crimen, cuando entró Maximiliano. Papitos le abrió la puerta; dirigiose a su cuarto sorprendido de ver luz en él, y al encarar con su tía, que estaba revolviendo el tercer cajón de la cómoda, comprendió que su secreto había sido descubierto, y le corrieron escalofríos de muerte por todo el cuerpo. Doña Lupe supo contenerse. Era persona de buen juicio y muy oportunista, quiero decir que no gustaba de hacer cosa ninguna fuera de sazón, y para calentarle las orejas a su sobrino no era buena hora la media noche. Porque seguramente ella había de alzar la voz y no convenía el escándalo. También era probable que al chico le diera una jaqueca muy fuerte si le sofocaban tan a deshora, y doña Lupe no quería martirizarle. Lelo y mudo estaba el estudiante en la puerta de su cuarto, cuando su tía se volvió hacia él, y echándole una mirada muy significativa, le dijo: «Pasa; yo me voy. Duerme tranquilo, y mañana te ajustaré las cuentas…». Se fue hacia su alcoba; pero no había dado diez pasos, cuando volvió airada amenazándole con la mano y con un grito: «¡Grandísimo pillo!… Pero tente boca. Quédese esto para mañana… A dormir se ha dicho».»
– III – Doña Lupe la de los Pavos
Doña Lupe tuvo grandes discusiones con su sobrino sobre Fortunata. Pero Maxi la desobedeció y seguía viendo a la chica. Lupe comprendió que la cosa era peliaguda y optó por retroceder algo; contemporizaba con su sobrino con la idea de que se le pasaría la calentura. Maxi le explicó cómo había roto la hucha y, con su dinero, mantenía a Fortunata; esta era económica, lo que gustaba a doña Lupe, aunque sin reconocerlo jamás.
Jáuregui, su marido difunto, había sido alabardero. Luego, como segundo oficio, recogía el dinero de los paveros de León y otras provincias y lo enviaba a los pueblos de origen. Por eso le llamaban el de los pavos. Cuando murió, Lupe quedó con el mote. Él había sido un hombre honrado y sólo dejó cinco mil reales al morir. Lupe se asoció a Francisco Torquemada, usurero muy duro. Prestaban dinero a gran interés y así se enriquecieron. A los que no pagaban les confiscaban muebles, enseres, ropa, etc. Era de buen carácter, pero en lo tocante al dinero era dura y cruel y no perdonaba un céntimo a nadie. Con Silvia, la mujer de Torquemada, acosaba a los deudores para sacarles dinero. Muchas cosas las vendían a través de Mauricia la Dura, aunque últimamente la veían poco.
Lupe tenía un pecho amputado por un tumor. Lo disimulaba bien y nadie lo sabía. Era de buen porte y, a sus cincuenta, aparentaba cuarenta. Ya viuda, había tenido pretendientes, pero los rechazó por fidelidad a su marido, el número uno del mundo.
Maxi percibía que su tía, mal que bien, toleraba su situación.»
(V)
«Porque doña Lupe era tal y como su sobrino la pintaba en aquella breve consideración; era juiciosa, razonable, se hacía cargo de todo, miraba con ojos un tanto escépticos las flaquezas humanas, y sabía perdonar las ofensas y hasta las injurias; pero lo que es una deuda no la perdonaba nunca. Había en ella dos personas distintas, la mujer y la prestamista. El que quisiera estar bien con ella y gozar de su amistad, tuviese mucho cuidado de que las dos naturalezas no se confundieran nunca. Un simple pagaré, extendido y firmado de la manera más cordial del mundo, bastaba a convertir la amiga en basilisco, la mujer cristiana en inquisidora.
La doble personalidad de esta señora tenía un signo externo en su cuerpo, una representación fatal, obra de la cirugía, que en este punto fue una ciencia justiciera y acusadora. A doña Lupe le faltaba un pecho, por amputación a consecuencia del tumor scirroso de que padeció en vida de su marido. Como presumía de buen cuerpo y usaba corsé dentro de casa, aquella parte que le faltaba la suplió con una bien construida pelota de algodón en rama. A la vista, después de vestida, ofrecía gallardo conjunto; pero tras de la ropa, sólo la mitad de su seno era de carne; la otra mitad era insensible y bien se le podía clavar un puñal sin que le doliese. Lo mismo era su corazón; la mitad de carne, la mitad de algodón. La índole de las relaciones que con las personas tuviese determinaba el predominio de tal o cual mitad. No mediando ningún pagaré, daba gusto de tratar con aquella señora; mas como las circunstancias la hicieran inglesa, ya estaba fresco el que se metiese con ella.
Y no había sido así en vida de su marido. Verdad que en aquel tiempo venturoso, no manejaba más dinero que el que Jáuregui le daba para el gasto de la casa. Después de viuda, viéndose con cuatro cachivaches y cinco mil reales, imaginó fundar una casa de huéspedes, pero Torquemada se lo quitó de la cabeza, ofreciéndose a colocarle sus dineros con buen interés y toda la seguridad posible. El éxito y las ganancias engolosinaron a doña Lupe, que adquirió gradual y rápidamente todas las cualidades del perfecto usurero, y echó el medio pecho de algodón, haciéndose insensible, implacable y dura cuando de la cobranza puntual de sus créditos se trataba. Los primeros años de esta vida pasó la señora grandes apuros, porque los réditos, aun con ser tan crecidos, no le bastaban al sostenimiento de su casa. Pero a fuerza de orden y economía fue saliendo adelante, y aun hizo verdaderos milagros atendiendo a las medicinas que Maximiliano necesitaba y a los considerables gastos de su carrera. Quería mucho a su sobrino y se afanaba porque nada le faltara. Este mérito grande no se le podía negar. Lo que dijo del garbanzo que tenía el valor de una perla, es muy cierto. Pero no lo es que hubiese practicado la usura por el solo interés de dar carrera al sietemesino. Esto se lo decía ella a sí propia en sus soliloquios; pero era uno de esos sofismas con que quiere cohonestarse y ennoblecerse el egoísmo humano. Doña Lupe trabajaba en préstamos por pura afición que le infundió Torquemada, y sin sobrino y sin necesidades habría hecho lo mismo.»
– IV – Nicolás y Juan Pablo Rubín.-Propónense nuevas artes y medios de redención
Estamos en 1874, entre enero y marzo, ya en Semana Santa. Nicolás Rubín era clérigo en Toledo. Tenía pelo y vello por todo el cuerpo, le salía por las narices y las orejas. Comía muchísimo; era glotón y eructaba aparatosamente. Se tenía por un gran confesor y conductor de almas descarriadas en su ciudad. Roncaba mucho al dormir. Era fatuo y se consideraba superior intelectualmente. Fue a Madrid y se hospedó en casa de su tía Lupe para resolver la herencia de los Rubín y el enamoramiento arrebatado de Maxi. Compartía habitación con éste, lo que no le hacía gracia porque no podía dormir. Juan Pablo, el mayor, había estado en Bayona en la corte del pretendiente Carlos, sirviendo a la corte carlista. Tuvo una agarrada con un jefe y lo echaron. Luego discutió con su hermano el cura, Nicolás, por el papel avaro y egoísta de la Iglesia entre los carlistas. Llevaba una mala vida en Madrid y apenas aparecía por la casa de su tía. No le importaba el anuncio de boda de su hermano pequeño, Maxi. Repartieron la herencia de Alcolea; Juan Pablo se quedó con el dinero y Nicolás y Maxi con las tierras, puestas en manos de un administrador para controlar la producción.
Nicolás se entrevistó con Fortunata y le propuso entrar en las Micaelas para purificar su alma, fortalecer su religión y adquirir una conducta adecuada. Fortunata, algo aturullada y sin entender muy bien lo que le proponían, aceptó. Le hacía ilusión lo de la religión, la moral, Dios, etc. Luego Lupe fue a verla y también le causó buena impresión porque era dócil, tímida y de carácter humilde. Todos admitieron la belleza elevada de Fortunata. Acaba el macrocapítulo el Viernes Santo, paseando a las afueras de Madrid Maxi y Fortunata, viendo la ciudad al fondo. Maxi tenía ensoñaciones de tener un hijo, pero a Fortunata le daba asco sólo pensarlo. A la semana siguiente entró en las Micaelas.
(VIII)
«Doña Lupe era persona de buen gusto y apreció al instante la hermosura del basilisco sin ponerle reparos, como es uso y costumbre en juicios de mujeres. Aun aquellas que no tienen pretensiones de belleza se resisten a proclamar la ajena. «Es bonita de veras – decía para sí la viuda, camino de su casa-, lo que se llama bonita. Pero es una salvaje que necesita que la domestiquen». Los deseos de aprender que Fortunata manifestaba le agradaron mucho, y sintió que se agitaban en su alma, con pruritos de ejercitarse, sus dotes de maestra, de consejera, de protectora y jefe de familia. Poseía doña Lupe la aptitud y la vanidad educativas, y para ella no había mayor gloria que tener alguien sobre quien desplegar autoridad. Maxi y Papitos eran al mismo tiempo hijos y alumnos, porque la señora se hacía siempre querer de los seres inferiores a quienes educaba. El mismo Jáuregui había sido también, al decir de la gente, tan discípulo como marido.
Volvió, pues, a su casa la tía de Maximiliano revolviendo en su mente planes soberbios. La pasión de domesticar se despertaba en ella delante de aquel magnífico animal que estaba pidiendo una mano hábil que lo desbravase. Y véase aquí cómo a impulsos de distintas pasiones, tía y sobrino vinieron a coincidir en sus deseos; véase cómo la tirana de la casa concluyó por mirar con ojos benévolos a la misma persona de quien había dicho tantas perrerías. Mucho agradecía esto el joven, y juzgando por sí mismo, creía que la indulgencia de doña Lupe se derivaba de un afecto, cuando en rigor provenía de esa imperiosa necesidad que sienten los humanos de ejercitar y poner en funciones toda facultad grande que poseen. Por esto la viuda no cesaba de pensar en el gran partido que podía sacar de Fortunata, desbastándola y puliéndola hasta tallarla en señora, e imaginaba una victoria semejante a la que Maximiliano pretendía alcanzar en otro orden. La cosa no sería fácil, porque el animal debía tener muchos resabios; pero mientras más grandes fueran las dificultades, más se luciría la maestra. De repente le entraban a la señora de Jáuregui recelos punzantes, y decía: «Si no puede ser, si es mucha mujer para medio hombre. Si no existiera este maldito desequilibrio de sangre, él con su cariño y yo con lo mucho que sé, domaríamos a la fiera; pero esta moza se nos tuerce el mejor día, no hay duda de que se nos tuerce».»
– V – Las Micaelas por fuera
Las Micaelas era una congregación al norte de Madrid, más allá del barrrio de Salamanca, donde acababa la ciudad. Tenían la iglesia a medio construir, en ladrillo y, por dentro, estuco y mucha limpieza, tomado de los curas franceses que vinieron a España. Fortunata ingresó un poco aturdida, pero contenta. Maximiliano sufría mucho por su ausencia. Sólo la podía ver los jueves a la tarde y con dos monjas de guardianas, además de su hermano Nicolás. Tenía miedo que se enamorara de Jesucrito y lo dejara a él sin nada. El capellán del convento, Pablo Pintado, era amigo de Nicolás, y departían sin parar sobre unos oposiciones a canónigo de Sigüenza. Tenían un molino de viento en el huerto para sacar agua de la noria. A Maxi le gustaba ver cómo se movían las aspas. Sufría por la ausencia de su amada, pero lo llevaba con paciencia.
(II)
«Las once serían ya, cuando desde su cuarto sintió un grande altercado entre doña Lupe y Papitos. El motivo de aquella doméstica zaragata fue que a Nicolás Rubín se le ocurrió la idea trágica de convidar a almorzar a su amigo el padre Pintado, y no fue lo peor que se le ocurriera, sino que se apresurase a ejecutarla con aquella frescura clerical que en tan alto grado tenía, metiendo a su camarada por las puertas de la casa sin ocuparse para nada de si en esta había o no los bastimentos necesarios para dos bocas de tal naturaleza.
Doña Lupe que tal vio y oyó, no pudo decir nada, por estar el otro clérigo delante; pero tenía la sangre requemada. Su orgullo no le permitía desprestigiar la casa, poniéndoles un artesón de bazofia para que se hartaran; y afrontando despechada el conflicto, decía para su sayo cosas que habrían hecho saltar a toda la curia eclesiástica. «No sé lo que se figura este heliogábalo… cree que mi casa es la posada del Peine. Después que él me come un codo, trae a su compinche para que me coma el otro. Y por las trazas, debe tener buen diente y un estómago como las galerías del Depósito de aguas… ¡Ay, Dios mío!, ¡qué egoístas son estos curas…! Lo que yo debía hacer era ponerle la cuentecita, y entonces… ¡ah!, entonces sí que no se volvía a descolgar con invitados, porque es Alejandro en puño y no le gusta ser rumboso sino con dinero ajeno».
 El volcán que rugía en el pecho de la señora de Jáuregui no podía arrojar su lava sino sobre Papitos, que para esto justamente estaba. Había empezado aquel día la monilla por hacer bien las cosas; pero la riñó su ama tan sin razón, [244] que… ¡diablo de chica!, concluyó por hacerlo todo al revés. Si le ordenaban quitar agua de un puchero, echaba más. En vez de picar cebolla, machacaba ajos; la mandaron a la tienda por una lata de sardinas y trajo cuatro libras de bacalao de Escocia; rompió una escudilla, y tantos disparates hizo que doña Lupe por poco le aporrea el cráneo con la mano del almirez. «De esto tengo la culpa yo, grandísima bestia, por empeñarme en domar acémilas y en hacer de ellas personas… Hoy te vas a tu casa, a la choza del muladar de Cuatro Caminos donde estabas, entre cerdos y gallinas, que es la sociedad que te cuadra…». Y por aquí seguía la retahíla… ¡Pobre Papitos! Suspiraba y le corrían las lágrimas por la cara abajo. Había llegado ya a tal punto su azoramiento, que no daba pie con bola.»
– VI – Las Micaelas por dentro 
A Fortunata la encerraron en las Micaelas, lugar de disciplina dura y rezo, para corregir a mujeres perdidas. Había una sección con niñas jóvenes, pero apenas se cruzaban con ellas. Fregaban, lavaban y rezaban con gran austeridad. Allí se hizo amiga de Mauricia la Dura, mejor determinada y corajuda que, una vez al mes, aproximadamente, sufría un ataque de ira y rabia; la encerraban en una celda de castigo hasta que se le pasaba. Mauricia había trabajado para doña Lupe, corriendo –vendiendo—mantones de Manila que esta confiscaba a quien no pagaba los préstamos usureros. Le informó a Fortunata que Juanito la andaba buscando por Madrid, antes de la pulmonía. Luego se fue a Valencia a acabar de curar. Conoció a Belén, una joven que iba para beata tras vida perdida en el teatro, A Felisa, otra joven de igual carácter, y a doña Manolita, una casada de buena fortuna que había tenido un desliza y su marido la había mandado encerrar; le dijo que conocía a los Santa Cruz y su marido era muy amigo de don Baldomero.
Fortunata aceptó el matrimonio con Maximiliano, también por consejo de Mauricia, pues le dijo que era lo mejor para su vida. Veía a los Rubín los jueves a la tarde e iba aceptando a su futuro marido contrahecho; los domingos lo veía tras la reja, en la iglesia, pero sin hablar, a la salida de misa. Una vez Mauricia robó una botella de coñac a sor Marcela cuando había matado un ratón en el cuarto de ésta y tuvieron que mover los muebles. Unos días después Mauricia dijo haber visto a la Virgen: había trincado la botella entera de un golpe. Se puso violenta, apedreó a las monjas, casi le da con una piedra a Guillermina Pacheco. Don León, el cura, la pudo reducir; luego la echaron de las Micaelas y se dirigió a Madrid, pasando entre los barrenderos, que estaban en el almacen municipal.
(II)
«Después que se reconocieron, callaron un rato, trabajando las dos con igual ahínco. Un tanto fatigadas se sentaron en el suelo, y entonces Mauricia, arrastrándose hasta llegar junto a su compañera, le dijo:
«Aquel día… ¿sabes?, acabadita de marcharte tú, estuvo en casa de la Paca Juanito Santa Cruz».
Fortunata la miró aterrada.
«¿Qué día?» fue lo único que dijo.
-¿No te acuerdas? El día que estuviste tú, el día en que te conocí… Paices boba. Yo me lié con la Visitación, que me robó un pañuelo, la muy ladrona sinvergüenza. Le metí mano, y… ¡ras!, le trinqué la oreja y me quedé con el pendiente en la mano, partiéndole el pulpejo… por poco me traigo media cara. Ella me mordió un brazo, mira… todavía está aquí la señal; pero yo le dejé sellaíto un ojo… todavía no lo ha abierto, y le saqué una tira de pellejo ¡ras!, desde semejante parte, aquí por la sien… hasta la barba. Si no nos apartan, si no me coges tú a mí por la cintura, y Paca a ella, la reviento… creételo.
-Ya me acuerdo de aquella trifulca -dijo Fortunata mirando a su compañera con miedo.
-A mí, la que me la hace me la paga. No sé si sabes que a la Matilde, aquella silfidona rubia…
-No sé, no la conozco.
-Pues allá se me vino con unos chismajos, porque yo hablaba entonces con el chico de Tellería y… Pues la cogí un día, la tiré al suelo, me estuve paseando sobre ella todo el tiempo que me dio la gana… y luego, cogí una badila y del primer golpe le abrí un ojal en la cabeza, del tamaño de un duro… La llevaron al hospital… Dicen que por el boquete que le hice se le veía la sesada… Buen repaso le di. Pues otro día, estando en el Modelo… verás… me dijo una tía muy pindongona y muy facha que si yo era no sé qué y no sé cuánto, y de la primer bofetada que le alumbré fue rodando por el suelo con las patas al aire. Nada, que tuvieron que atarme… Pues volviendo a lo que decía. Aquel día que tuve la zaragata con Visitación…
Sintieron venir a la Superiora, y rápidamente se levantaron y se pusieron a brochar otra vez. La monja miró el piso, ladeando la cara como los pájaros cuando miran al suelo, y se retiró. Un rato después, las dos arrepentidas volvieron a pegar su hebra.
«No aportaste más por allí. Yo le pregunté después a la Paca si había vuelto por allí el chico de Santa Cruz, y me contestó: ‘Calla hija, si han dicho aquí anoche que está con plumonía…’. Pobrecito, por poco no lo cuenta. Estuvo si se las lía, si no se las lía… Por ti pregunté a la Feliciana una tarde que fui a enseñarle los mantones de Manila que yo estaba corriendo, y me dijo que te ibas a casar con un boticario… ya, el sobrino de doña Lupe la de los Pavos… ¡Ah!, chica, si esa tal doña Lupe es lo que más conozco… Pregúntale por mí. Le he vendido más alhajas que pelos tengo en la cabeza. ¡Ah!, entonces sí que estaba yo bien; pero de repente me trastorné, y caí tan enferma del estómago, que no podía pasar nada, y lo mismo era entrarme bocado en él o gota de agua, que parecía que me encendían lumbre; y mi hermana Severiana, que vive en la calle de Mira el Río, me llevó a su casa, y allí me entraron unos calambres que creí que espichaba; y una noche, viendo que aquello no se me quería calmar, salí de estampía, y en la taberna me atizé tres copas de aguardiente, arreo, tras, tras, tras, y salí, y en medio a medio de la calle caíme al suelo, y los chiquillos se me ajuntaron a la redonda, y luego vinieron los guindillas y me soplaron en la prevención. Severiana quiso llevarme otra vez a su casa; pero entonces una señora que conocemos, esa doña Guillermina… la habrás oído nombrar… me cogió por su cuenta y me trajo a este establecimiento. La doña Guillermina es una que se ha echado mismamente a pobre, ¿sabes?, y pide limosna y está haciendo un palación ahí abajo para los huérfanos. Mi hermana y yo nos criamos en su casa, ¡gran casa la de los señores de Pacheco! Personas muy ricas, no te creas, y mi madre era la que les planchaba. Por eso nos tiene tanta ley doña Guillermina, que siempre que me ve con miseria me socorre, y dice que mientras más mala sea yo más me ha de socorrer. Pues que quise que no, aquí me metieron… Ya me habían metido antes; pero no estuve más que una semana, porque me escapé subiéndome por la tapia de la huerta como los gatos».»
– VII – La boda y la luna de miel
Maxi y Fortunata se casaron discretamente. Lo celebraron con un banquete en casa de Lupe. Juan Pablo se retiró porque estaba a las malas con su tía y con su hermano Nicolás. A Maxi le dio la jaqueca esa noche y, con todo, fueron a dormir al piso que habían alquilado cerca del de Lupe, que estaba en la calle Raimundo Lulio. Mauricia le contó a Fortunata que Juanito había alquilado el piso de al lado y que la criada que había contratado Lupe para los recién casados estaba comprada por Juanito. Maxi, con la jaqueca, estuvo la noche de bodas y la siguiente en la cama. Juanito visitó a Fortunata y se declararon su amor, tres años después. Seguían queriéndose igual, sobre todo ella por él. Le dijo que Jacinta quería hijos, pero no venían. Fortunata le propuso darle un niño de ellos y ella quedarse con Juanito.
A Juan Pablo lo metieron en la cárcel por conspirador. Lupe se empleó a fondo y lo sacaron. Un amigo de Maxi le dijo que su mujer se veía con Juanito en una casa baja que habían alquilado por Santa Engracia. Maxi fue a vigilar y lo pilló a él a la salida de la casa. Se pelearon y Juanito golpeó varias veces al enclenque marido. Lo recogieron viandantes y lo llevaron a la Casa de Socorro. Luego, a casa. Lupe se hizo cargo. Fortunata llegó a las diez de la noche, pero Lupe no le pudo sonsacar nada. Al amanecer del día siguiente, se personó Nicolás, el cura. Interrogó a Fortunata en el cuarto oscuro de la casa y la chica lo confesó todo: era infiel a Maxi porque amaba a Juanito. Lupe decía que ya ella lo había visto venir, lo mismo que decía Nicolás. Maxi seguía en la cama medio delirando.
(VI)
«Esparció sus miradas por la sala; pero la relativa elegancia con que estaba puesta no la afectó. En miserable bodegón, en un sótano lleno de telarañas, en cualquier lugar subterráneo y fétido habría estado contenta con tal de tener al lado a quien entonces tenía. No se hartaba de mirarle.
«¡Qué guapo estás!».
-¿Pues y tú? ¡Estás preciosísima!… Estás ahora mucho mejor que antes.
-¡Ah!, no -repuso ella con cierta coquetería-. ¿Lo dices porque me he civilizado algo? ¡Quia!, no lo creas: yo no me civilizo, ni quiero; soy siempre pueblo; quiero ser como antes, como cuando tú me echaste el lazo y me cogiste.
-¡Pueblo!, eso es -observó Juan con un poquito de pedantería-; en otros términos: lo esencial de la humanidad, la materia prima, porque cuando la civilización deja perder los grandes sentimientos, las ideas matrices, hay que ir a buscarlos al bloque, a la cantera del pueblo. Fortunata no entendía bien los conceptos; pero alguna idea vaga tenía de aquello.
«Me parece mentira -dijo él-, que te tengo aquí, cogida otra vez con lazo, fierecita mía, y que puedo pedirte perdón por todo el mal que te he hecho…».
-Quita allá… ¡perdón! -exclamó la joven anegándose en su propia generosidad-. Si me quieres, ¿qué importa lo pasado?
En el mismo instante alzó la frente, y con satánica convicción, que tenía cierta hermosura por ser convicción y por ser satánica, se dejó decir estas arrogantes palabras:
«Mi marido eres tú… todo lo demás… ¡papas!».
Elástica era la conciencia de Santa Cruz, mas no tanto que no sintiera cierto terror al oír expresión tan atrevida. Por corresponder, iba él a decir mi mujer eres tú; pero envainó su mentira, como el hombre prudente que reserva para los casos graves el uso de las armas.»
FIN DE LA PARTE SEGUNDA Madrid.-Mayo de 1886. 
Parte tercera
– I – Costumbres turcas
 Año 1874, en su segunda mitad más bien. Se centra en Juan Pablo y su vida de café. Se pasaba muchas horas al día, tarde y noche, en los cafés-tertulia, que iba cambiado a medida de su gusto e intereses. Discutía mucho y bien con sus amigos y conocidos de todos los temas. De un café se fue porque un cura algo libertino lo batió dialécticamente; de otro porque se encontró con un Samaniego, prestamista, a quien le debía bastante dinero. Leía libros para estar al día de filosofías y corrientes sociales, pero era todo algo postizo. Defendía el carlismo libertario, el autoritarismo de garrota, pero indulgente en lo económico y social. Su amigo Samaniego le buscó un puesto de funcionario a través de Jacinto Villalonga, íntimo de Juanito Santa Cruz. Pero tenía que hacerse alfonsino, justo en los días del levantamiento en Sagunto de Martínez Campos, en los últimos dias de diciembre de 1874.
(VI)
«En esta nueva emigración, deseando estar lo más lejos posible del Siglo, se fue a San Joaquín, en la calle de Fuencarral, y no se corrió más al Norte porque no había cafés en las latitudes altas de Madrid. Pero en esta deserción, ya no le acompañaron ni D. Basilio Andrés de la Caña, ni Montes; éste porque San Joaquín estaba donde Cristo dio las tres voces, aquél porque ya se iba cargando de la pertinencia con que Rubín se burlaba de sus profecías sobre la proximidad de la Restauración. El mismo D. Evaristo Feijoo le siguió de mal humor, diciéndole con desabrimiento que no le gustaban los cafés de piano, y que el género y la sociedad no debían ser de lo mejor en aquellas alturas. Estuvieron solos algunos días. No veían por allí caras de amigos, hasta que una noche se apareció en el local una pareja conocida. Eran Feliciana y Olmedo, el estudiante de farmacia amigo de Maxi. Ya no vivían juntos, porque Olmedo había dado un cambiazo en sus costumbres volviéndose aplicadísimo a cara descubierta. No se recataba ya para estudiar, y hacía público alarde, con la mayor desvergüenza, de su decidida inclinación a tomar el grado aquel mismo año, llegando hasta la audacia de escribir un trabajo muy bueno sobre la dextrina, e ilusionándose con la idea de hacer oposición a una cátedra. Pero no se había encontrado a su antiguo amor, hecha un pingo, y la convidó a tomar un café en aquel apartado establecimiento. Más de dos horas estuvieron charlando los que fueron amantes, y ella no paraba el pico refiriendo los malos tratos que le daba el hombre que a la sazón era su dueño. Volvieron dos noches después a la misma mesa, y Rubín trabó conversación con ellos. Hablaron de la boda de Maximiliano y de los increíbles sucesos que después vinieron, diciendo Juan Pablo que su cuñadita era una buena pieza.
«Pero, hombre -dijo Feijoo a su amigo-. Y usted, ¿para qué dejó casar a su hermano?».
-A mi hermano le falta un tornillo…
-¡Ah!, como guapa, ya lo es -agregó D. Evaristo con cierto entusiasmo-. La he visto ayer… mejor dicho, la he visto varias veces.
-¿Dónde?
-En su casa. Es largo de contar… dejémoslo para otra noche.
Era sin duda cosa delicada para dicha delante de testigos, y estos eran: Olmedo con Feliciana, el pianista ciego, que en los descansos solía agregarse a aquella plácida tertulia, y una señora jamona, fiel parroquiana del café de nueve a doce. La llamaban doña María de las Nieves, y era una de las figuras más notables que presenta Madrid en la variadísima serie de los tipos de café. Iba algunas veces sola, otras con una mujer de mantón borrego que parecía verdulera acomodada. Llevaba toquilla de color corinto, que se quitaba al sentarse, y al punto se le armaba en la mesa una tertulia de hombres, compuesta de los siguientes personajes: un portero del Colegio de Sordo-Mudos, un empleado del Tribunal de Cuentas, un teniente viejo, de la clase de tropa, retirado del servicio, y dos individuos que tenían puesto de carne y frutas en la plaza de San Ildefonso. En esta sociedad reinaba doña Nieves como en un salón, siendo ella la que pronunciaba las frases maliciosas y chispeantes sobre el suceso del día, y los otros los que las reían. Corríase algunas veces hacia la mesa inmediata, sobre todo a última hora, cuando sus amigos, gente que tenía que madrugar, empezaba a desertar del local. Entonces se formaba una segunda peña. Doña Nieves, bien digerido el café, tomaba chocolate, y acompañábanla Juan Pablo, Feijoo, el pianista ciego, Feliciana, Olmedo y algún otro. El mozo mismo, que había llegado a familiarizarse con aquella sociedad, se agregaba también, tomando asiento a un extremo del corro para escuchar y aplaudir. Doña Nieves era propietaria de algunos puestos del mercado y los arrendaba; por esto, así como por sus muchas relaciones, los diferentes tratos en que andaba y los anticipos que hacía a las placeras, ejercía cierto caciquismo en la plazuela. Se hacía respetar de los guindillas, protegiendo al débil contra el fuerte y los contraventores de las Ordenanzas urbanas contra la tiranía municipal.
Al pianista ciego le daba el cafetero siete reales y la cena. Por el día se dedicaba a afinar. Era casado y con ocho de familia. Tocaba piezas de ópera y de zarzuelas francesas como una máquina, con ejecución fácil, aunque incorrecta, sin gusto ni sentimiento. A pesar de esto, en ciertos pasajes muy naturalistas en que imitaba una tempestad o las campanadas de incendios que da cada parroquia, le aplaudía mucho el público, y a última hora le pedían siempre habaneras.»
– II – La restauración vencedora
El día que Alfonso XII niño entró en Madrid, desde un balcón de la plaza mayor, una amiga, Eulalia Muñoz, le dijo a Jacinta que su marido «entretenía» a una tarasca, que era Fortunata. Jacinta se disgustó mucho con Juanito, al que le pidió explicaciones. Este, como siempre, con su lógica hábil y falsa, le confesó que le puso piso solo para librarse de ella. Que ya la aborrecía y le prometió que nunca más volvería a verla. Jacinta quedó satisfecha. Moreno-Isla regresó de Londres con afección del corazón, echando pestes de España, país bruto y famélico, lleno de pulgas. La familia Santa Cruz estaba feliz con la restauración. Guillermina buscaba dinero para su hospicio, sableando a todo el mundo, incluido Moreno-Isla, su primo lejano. Severiana, la hermana de Mauricia la Dura, iba dos veces por semana a visitar a Jacinta con Adoración, la hija de Mauricia, para que viera cómo progresaba la niña. Jacinta la tenía prohijada y la protegía.
(IV)
«Moreno se echó a reír. Su persona tenía tal aire inglés, que quien le viera, tomaríale por uno de esos lores aburridos y millonarios que andan por el mundo sacudiéndose la morriña que les consume. Hasta cuando hablaba desmentía, no por afectación, sino por hábito, su progenie española, porque arrastraba un poco las erres y olvidaba algunos vocablos de los menos usuales. Se había educado en el célebre colegio de Eton; a los treinta años volvió a Inglaterra y allí vivía de continuo, salvo las cortas temporadas que pasaba en Madrid. Poseía el arte de la buena educación en su forma más exquisita, y una soltura de modales que cautivaba. Era ahijado de D. Baldomero I, y por esto seguía llamando padrino a D. Baldomero II.
-Ya saben ustedes que no transijo con la patria -dijo sonriendo-. Mientras más la visito, menos me gusta. Por respeto a mi padrino, no me atrevo a decir más.
Los gustos extranjeros de aquel hombre y el desamor que a su patria mostraba, eran ocasión de empeñadas reyertas entre él y D. Baldomero, que defendía todo lo del Reino con sincero entusiasmo. A veces perdía los estribos el buen español, sosteniendo que en todo lo de fuera hay mucho de farsa, y Moreno, extremando sus antipatías, sostenía que en España no hay más que tres cosas buenas: la Guardia Civil, las uvas de albillo y el Museo del Prado.
«Vamos a ver -dijo D. Baldomero con alegría, que le retozaba en la cara-. ¿Qué me dices del Rey que hemos traído? Ahora sí que vamos a estar en grande. Verás cómo prospera el país y se acaban las guerras».
-Es guapo chico. Varios españoles residentes en Londres le acompañamos en el tren hasta Dover. Yo le regalé un magnífico reloj… Es muy despejado chico, pero muy despejado. ¡Lástima de Rey! Yo le dije: «Vuestra Majestad va a gobernar el país de la ingratitud; pero Vuestra Majestad vencerá a la hidra». Esto lo dije por cortesía; pero yo no creo que pueda barajar a esta gente. Él querrá hacerlo bien; pero falta que le dejen.
En esto entró Juan, y él y su pariente se dieron los abrazos de ordenanza. Para ponerse a almorzar no faltaba más que Villalonga.
«¿Pero qué? -dijo el Delfín-, ¿le esperamos? Sabe Dios a qué hora vendrá. Anoche se retiraría a las tres de la tertulia del Ministro de la Gobernación, y estará todavía en la cama».
Acordaron, pues, no aguardar más, y durante el cordial almuerzo, que quieras que no, la conversación versó sobre si en España es todo malo, o si en Francia e Inglaterra es de buena ley todo lo que admiramos. Moreno-Isla no cedía una pulgada de terreno antipatriótico en que su terquedad se encerraba.
«Miren ustedes… hablando ahora con toda seriedad -dijo, después de apurar bien el tema de las comidas, y pasando a ciertas ideas de cultura general-. Yo he hecho una observación que nadie me desmentirá. Desde que se pasa la frontera para allá y se entra en Francia, no le pica a usted una pulga». (Risas).
«¡Pero qué tendrán que ver las pulgas…!».
-¿Y sostienes tú que en Francia no hay pulgas?
-No las hay, créame usted, padrino, no las hay. Es un resultado del aseo general, de la limpieza de las casas y de las personas. Vaya usted a San Sebastián. Se lo comen vivo…
-Hombre, por Dios, ¡qué argumentos!…
Sonó la campanilla. «¡Ahí está!» dijeron todos, y Barbarita miró al lugar vacío que estaba destinado a Villalonga en la mesa. Este entró muy alegre, saludando a la familia, y dando un apretón de manos a Moreno.»
– III – La revolución vencida
Juanito, con sus sofismas tramposos, rompió con Fortunata y esta, enrabietada, de noche, se acercó hasta la casa de Santa Cruz. Estaba medio trastornada. Vio Salir a Jacinta en un coche, pero no se atrevió a hablar, aunque llevaba intenciones de cantarle las cuarenta. Ella se obsesionaba con que era muy honrada. Don Evaristo Feijoo la encontró por la calle y la llevó a casa, para que se acostara. Dorotea, la criada, se reía de ella. Juanito pensó que le mandaría dinero por correo para asistirla.
(II)
«Dejándose llevar de sus propios pasos, se encontró sin saber cómo en el centro de la Puerta del Sol. Inconscientemente se sentó en el brocal de la fuente y estuvo mirando los espumarajos del agua. Un individuo de Orden Público la miró con aire suspicaz; pero ella no hizo caso y continuó allí largo rato, viendo pasar tranvías y coches en derredor suyo como si estuviera en el eje de un Tío Vivo. El frío y la impresión de humedad la obligaron a ausentarse y se alejó envolviéndose bien en su mantón y tapándose la boca. Casi no se le veían más que los ojos, y como estos eran tan bonitos, muchos se le ponían al lado y le pedían permiso para acompañarla, diciéndole mil cuchufletas. Recordó entonces otros tiempos infelices, y la idea de tener que volver a ellos le produjo dolor muy vivo, despejándole la cabeza de las quimeras que se le habían metido en ella. El sentimiento de la realidad iba poco a poco recobrando su imperio. Mas la realidad érale odiosa y trataba de mantenerse en aquel estado delirante. Un individuo de los que la siguieron se aventuró a detenerla en toda regla, llamándola por su nombre.
«¡Pero qué tapadita va usted!… Fortunata».
Detúvose ella ante el que esto dijo. Pensando en quién podría ser, estuvo un ratito como lela mirando a la persona que enfrente tenía. «Yo quiero conocer esta cara -se dijo-. ¡Ah!, es D. Evaristo».
-Hija, muy distraidita va usted…
-Voy a mi casa.
-¡Por aquí! -exclamó Feijoo con asombro-. Pues el camino que lleva usted es el del Teatro Real.
-Es que… -replicó ella mirando las casas- me había equivocado… No sé lo que me pasa…
-Vamos por aquí; la acompañaré a usted -dijo D. Evaristo con bondad-. Capellanes, Rompelanzas, Olivo, Ballesta, San Onofre, Hortaleza, Arco.
-Ese es el camino; pero no dude usted lo que le digo…
-¿Qué?, hija mía.
-Que yo soy honrada, que siempre lo he sido.
Feijoo miró a su amiga. Francamente, aquellos ojos tan bonitos le habían hecho siempre muchísima gracia; pero no le hacía maldita la exaltación que en ellos notaba aquella noche.»
– IV – Un curso de filosofía práctica 
Fortunata rompió definitivamente con Santa Cruz. Se fue a vivir a un apartamento discreto que le puso D. Evaristo Feijoo, el militar jubilado y soltero, perdidamente enamorado de ella, hacia el sur, ya cerca del Manzanares. Feijoo la cuidaba con mimo y Fortunata se recuperó anímica y físicamente; se puso otra vez muy guapa. Feijoo maniobró para que volviera con Maxi, que se abrió a perdonarla, a la vez que le buscó un puesto de funcionario a Juan Pablo, por intercesión de Villalonga. También intercedía para que le dieran la canonjía a Nicolás Rubín, el cura peludo y glotón, y Villaamil, cesante, y que sólo necesitaba dos meses de servicios para jubilarse. Feijoo se puso muy malito y pensaban que moría en ese otoño de 1875, pero salió arriba; había recibido la extrema unción. Hizo su testamento juiciosamente, satisfaciendo a todos, incluidas sus sobrinas de Astorga y Ponferrada. Le dio muchos consejos prácticos a Fortunata para que llevara una vida de decoro, en bien suyo y de los demás. Le explicó la importancia de respetar las formas y de organizar la vida de modo posible y práctico: no era necesario amar a Rubín para vivir con él. Doña Lupe también se abrió a esta posibilidad.
(IV)
«Ambos evitaban que en sus conversaciones surgieran ciertos nombres; pero una noche se habló, no sé por qué, de Juanito Santa Cruz.
«Anda -dijo Fortunata-, que ya se habrá cansado otra vez de la tonta de su mujer. A bien que ella se tomará la revancha…».
-No lo creo…
-Pues yo sí… -afirmó la prójima fingiendo convicción-. ¡Bah! No hay mujer casada que no peque… Ya saben tapar bien esas señoras ricas.
-No me gusta, hija, que hables así de persona alguna y menos de esa. Yo me explico que no la quieras bien; pero observa que es inocente de las trastadas que te ha hecho su marido.
Feijoo conocía a algunas personas de la familia de Santa Cruz. A Jacinta y a Juan no les había hablado nunca; pero sí a D. Baldomero y algo a Barbarita. Trataba al gordo Arnaiz, y a otros muy allegados a la familia, como el marqués de Casa-Muñoz y Villalonga; y el mismo Plácido Estupiñá no era un desconocido para él.
«Es preciso que te acostumbres -prosiguió con cierta severidad-, a no hacer juicios temerarios, huyendo de cuanto pueda herir o lastimar a una familia respetable. Dobla la hoja y hazte cuenta de que esa gente se ha ido a Ultramar, o se ha muerto».
-Te diré una cosa que ha de pasmarte -indicó Fortunata con la expresión grave que tomaba cuando hacía una declaración de extremada y casi increíble sinceridad-. Pues el día en que vi por primera vez a Jacinta, me gustó… sin que por gustarme dejara de aborrecerla. Una noche me acosté con el corazón tan requemado de celos, que me sentía capaz… hasta de matarla… mira tú.
-¡Bah!, no digas tonterías… No me hace gracia que te pongas así… Eso de matar a la rival es hasta cursi…
-Pero si no he acabado… déjame que te cuente lo mejor. La aborrezco y me agrada mirarla, quiere decirse, que me gustaría parecerme a ella, ser como ella, y que se me cambiara todo mi ser natural hasta volverme tal y como ella es.
-Eso sí que no lo entiendo -dijo Feijoo cayendo en un mar de meditaciones-. Caprichos del corazón.
Y al levantarse, apoyando las manos en los brazos del sillón, notó ¡ay!, que el cuerpo le pesaba más; pero mucho más que antes.»
– V – Otra restauración
Fortunata se fue a vivir con Maxi a casa de Lupe. Esta lo preparó todo y lo ejecutó. Los esposos cada día se toleraban mejor, aunque sin vida marital. Doña Lupe se mudo a la calle del Ave-María porque allí estaba la farmacia de Samaniego, donde trabajaba Maxi, con la carrera ya acabada; era diciembre de 1874. Lupe seguía con su afán por el dinero y Papitos atendía la casa como siempre. Mauricia la Dura cogía grandes borracheras y de una de ellas casi no sale. La recogió Guillermina y la llevó a casa de su hermana, tras discutir con una familia de protestantes que se la querían quedar.
«Como tres horas largas estuvo doña Lupe fuera de su casa. Cuando volvió, Nicolás había comido y marchádose, y Maximiliano estaba concluyendo. La primer pregunta que hizo el ama a Papitos fue referente a las órdenes que le había dado.
«No dejó ni rastro» replicó la muchacha, enseñando a su ama la fuente en que había servido la merluza.
-¿Y dijo algo?
-No podía decir nada, porque no paraba de tragar.
Doña Lupe se sonreía. Cerciorose de que a Maximiliano se le había servido conforme a sus órdenes, y después de cambiar de ropa, dispuso su propia comida, que era de lo más frugal. Cuando entró en el comedor, ya Maxi no estaba allí, y media hora después encontrole en su cuarto, sin luz, sentado junto a la mesa y de bruces en ella, con la cabeza sostenida en las manos, y agarradas estas al cabello, como si se lo quisiera arrancar. Viéndole tan sumergido en su tristeza, su señora tía le dijo: «Vamos, hombre, no te pongas así. No hay que tomar las cosas tan a pechos… Lo que está de Dios que sea, será. Cuando las cosas vienen bien rodadas, no hay medio de evitarlas».
«Y qué, ¿la ha visto usted?» dijo Maxi dejando al fin aquella posición violenta, y mirando con ansiedad a su tía.
-Sí… Me has mareado tanto… que al fin… Pues nada… la he visto y no me ha comido. Es la misma panfilona inexperta de siempre.
-¿Está desmejorada?
-¿Desmejorada? Quítate de ahí. Lo que está es guapísima. Por cada ojo parece que le salen cuantas estrellas hay en el Cielo. A algunas personas la miseria les prueba bien.
-Pero qué, ¿está miserable? ¿Pasa necesidades? -preguntó el chico, moviéndose con inquietud en la silla-. Eso no debe consentirse…
-No digo que tenga hambre… y tal vez… Su situación no debe ser muy desahogada. Hoy a las cuatro de la tarde, según me dijo, no había entrado en su cuerpo más que un poco de pan del día antes, un pedacito de chocolate crudo, y al mediodía una corta ración de bofes.
-¡Por Dios! ¿Y usted consiente eso? ¡Bofes…!
-Será penitencia tal vez -replicó la viuda en aquel tono de convicción ingenua que tomaba cuando quería jugar con la credulidad de su sobrino, como el gato con la bola de papel.»
– VI – Naturalismo espiritual 
Doña Lupe y Fortunata fueron a visitar a Mauricia la Dura, postrada y enferma, muy grave tras la última curda, en casa de su hermana Severiana. Le dice a Fortunata que la quiere mucho y le aconseja que luche por su hombre, pues le pertenecía por los derechos del amor. Mauricia comía poco y se había reformado mucho, en el habla y en el pensamiento, gracias a la influencia de Guillermina Pacheco, que la cuidaba amorosamente. Adecentaron el corral de vecindad para recibir al padre Nones, que iba a administrarle la extrema unción a Mauricia. Barrieron, limpiaron, pusieron velas; los pobres se lavaron y peinaron. Un ciego tocaba por allí y lo mandaron marchar, para que no rompiera la solemnidad del momento. Apareció Jacinta con Adoración, la hija de Mauricia; esa, con una copita de licor, se reanimaba, pero si debilidad era evidente. La niña estaba en un internado protegida por Jacinta; saludó a su madre algo cohibida. Fortunata y Jacinta estuvieron sentadas un rato juntas, pero apenas se hablaron porque estaban cortadas y Fortunata ya comenzaba a desbarrar con los hijos. Otro día Fortunata se le encaró en casa de Severiana y de modo fuerte le dijo quién era, de modo retador. Fortunata quedó tan afectada que estuvo unos días enferma y decaída, sobre todo comprobando que no quería a su marido Maxi. A don Nicolás Rubín lo hicieron canónigo de Orihuela, por oposición y muchos enchufes.
Doña Casta era la viuda de Samaniego, farmacéutico. Tenía dos hijas, Aurora, viuda de un comerciante en telas francés y Olimpia, que tocaba el piano regular y su madre quería que hiciera carrera musical. No era muy agraciada. Fortunata se llevaba bien con Aurora, mal con la otra y su madre, que visitaban a doña Lupe a menudo. Don Evaristo Feijoo también la visitó una vez, pero se hacían los distantes. Maxi perdía la memoria por momentos y hasta la gana de vivir, pues era como una cárcel que aprisionaba el alma.
Fortunata murió y la propia Guillermina la amortajó y le pagó un carruaje fúnebre. Guillermina tuvo una conversación privada con Fortunata, reconviniéndola sobre sus amoríos con Santa Cruz y el modo de hablarle a Jacinta; la del pueblo aceptó su magisterio, pidió perdón y quedaron para otro día. Fueron a ver a un herrero para que hiciera piezas para el hospicio nuevo de Guillermina; esta lo riñó ásperamente por no cumplir el plazo de entrega, lo que impresionó a Fortunata.
(XI)
«Abriose la puerta y entró Severiana llorando a gritos. Había llegado el momento de que se llevaran el cuerpo de Mauricia, y este acto tristísimo se conoció en los gemidos y sollozos de todas las mujeres que en la casa mortuoria estaban. Cuando Guillermina y Fortunata salieron, ya el ataúd era bajado en hombros de dos jayanes para ponerlo en el carro humilde que esperaba en la calle. La curiosidad y el deseo de dar el último adiós a su amiga empujaron a Fortunata hacia la escalera… Alcanzó a ver las cintas amarillas sobre la tela negra, en la revuelta de la escalera; pero fue un segundo no más. Después se asomó al balcón, y vio cómo pusieron la caja en el carro, y cómo se puso en marcha este sin más acompañamiento que el de un triste simón en que iban Juan Antonio y dos vecinos. Se vio tan vivamente acometida de ganas de llorar, que no recordaba haber llorado nunca tanto, en tan poco tiempo.  Y no era sólo la pena de ver desaparecer para siempre a una persona hacia la cual sentía amor, afición, querencia increíble; era además una necesidad de desahogar su corazón por penas atrasadas y que sin duda no estaban bien lloradas todavía.
Pronto desapareció el carro, y de Mauricia no quedó más que un recuerdo, todavía fresco; pero que se había de secar rápidamente. A los diez minutos de haber salido el cuerpo, entró Severiana con los ojos hinchados, y abrió todas las puertas, ventanas y balcones para que se ventilara la casa. La comandanta empezaba a disponer el tren de limpieza, y a sacar los trastos para barrer con desahogo.
-¡Pobre Mauricia! -dijo Fortunata a Guillermina, secándose el llanto a toda prisa, pues no le parecía bien ser ella la que más llorase-. Mire usted, señora, a mí me pasaba con esa mujer una cosa rara. Sabiendo que era muy mala, yo la quería… me era simpática, no lo podía remediar. Y cuando me contaba las barbaridades que hizo en su vida, yo no sé… me alegraba de oírla… y cuando me aconsejaba cosas malas, me parecía, acá para entre mí, que no eran tan malas y que tenía razón en aconsejármelas. ¿Cómo me explica usted esto?
-¿Yo?… ¿que le explique yo?… -repuso la fundadora con cierto aturdimiento-. Hay en el corazón misterios muy grandes, y en lo que toca a la simpatía, misterios de misterios… ¡Pobre mujer! Y si viera usted qué guapa era cuando polla. Se crió en casa de mis padres. ¡Lástima de chica! Su perfil elegante, la mirada, la expresión, eran de lo poco que se ve. Después se echó a perder, y se le puso la cara dura y hombruna, la voz ronca. Dicen que era el retrato vivo de Bonaparte, y efectivamente…
Guillermina miró las láminas napoleónicas, y Fortunata también, reconociendo el parecido. Después la santa se despidió de Severiana, diciéndole que volvería al día siguiente. Le recomendó la paciencia, y tomando el brazo de la de Rubín, se fue con ella. Severiana y la comandanta las escoltaron hasta el portal.»
– VII – La idea… la pícara idea
Guillermina le sacó a su sobrino Manuel Moreno-Isla, que vivía gran parte del año en Inglaterra, unas vigas de un solar y una cantidad de dinero para acabar una planta de su orfanato. Moreno-Isla, el solterón, tenía buen corazón y cedía cuando aquella lo presionaba. Jacinta apareció por allí y presionó para ablandar a Moreno, como así pasó. Había pasado este unos días de mala salud. Poco después apareció Fortunata, como habían quedado; Jacinta se escondió en la alcoba para escuchar la conversación. Fortunata confesó su amor por Juanito, inquebrantable, y le dijo que Jacinta era incapaz de darle un hijo. Y que su idea era que la mujer que no daba un sucesor, no merecía mucho respeto. Ella podía darle todos cuantos quisiese. Guillermina estaba escandalizada de lo que oía y de saber que lo oía Jacinta. Aquella le confesó que el día anterior se habían cruzado por la calle y que el la trató zalameramente. Al final, Jacinta salió de su escondite y le llamó ladrona a Fortunata, que le respondió diciéndole que ella era la ladrona. El criado la echó de la casa. Fortunata iba orgullosa de haber dicho la verdad. Fortunata sufre algo de alucinaciones e identifica a Guillermina y Mauricia en la misma persona.
Murió Arnáiz el gordo y Fortunata vio pasar a Jacinta en un carruaje camino del camposanto. Maxi cada día, sobre todo al anochecer, se ponía disparado. Piensa que Fortunata lo engaña con otro, pero son alucinaciones, aunque bien fundadas. Al día siguiente del entierro de Arnáiz el gordo, Juanito y ella se encontraron, alquilaron un coche (taxi, sólo que carruaje) y pasaron la tarde juntos a las afueras. Empezaron a verse todas las tardes. Y ella decía que tenía una idea, pero no se la decía a nadie.
(Madrid, diciembre de 1886)
(V)
 «Se fue a su casa, y al día siguiente salió a comprar tela para un vestido. Estuvo en dos tiendas de la Plaza Mayor, tomó después por la calle de Toledo, con su paquete en la mano, y al volver la esquina de la calle de la Colegiata para tomar la dirección de su casa, recibió como un pistoletazo esta voz que sonó a su lado: «¡Negra!».
¡Ay Dios mío!, encontrársele así tan de sopetón, ¡precisamente en uno de los pocos instantes en que no estaba pensando en él! Como que iba discurriendo la combinación que le pondría al vestido. ¿Azul o plata vieja? Le miró y se puso del color de la cera blanca. Él entonces detuvo un simón que pasaba. Abrió la portezuela, y miró a su antigua amiga, sonriendo; sonrisa que quería decir: ¿Vienes o no? Si estás rabiando por venir… ¿a qué esa vacilación?
La vacilación duraría como un par de segundos. Y después Fortunata se metió en el coche, de cabeza, como quien se tira en un pozo. Él entró detrás, diciendo al cochero: «Mira, te vas hacia las Rondas… paseo de los Olmos… el Canal».
Durante un rato se miraban, sonreían y no decían nada. A ratos Fortunata se inclinaba hacia atrás, como deseando no ser vista de los transeúntes; a ratos parecía tan tranquila, como si fuera en compañía de su marido.
«Ayer te vi… digo, no te vi… Vi el entierro y me figuré que irías en los coches de delante».
Los ojos de ella le envolvían en una mirada suave y cariñosa.
 «¡Ah!, sí, el entierro del pobre Arnaiz… Dime una cosa, ¿me guardas rencor?».
La mirada se volvió húmeda.
 -¿Yo?… ninguno.
-¿A pesar de lo mal que me porté contigo?…
-Ya te lo perdoné.
-¿Cuándo?
-¡Cuándo! ¡Qué gracia! Pues el mismo día.
-Hace tiempo, nena negra, que me estoy acordando mucho de ti -dijo Santa Cruz con cariño que no parecía fingido, clavándole una mano en un muslo.
-¡Y yo!… Te vi en la calle Imperial… no, digo, soñé que te vi. -Yo te vi en la calle de la Magdalena.
-¡Ah!, sí… la tienda de tubos; muchos tubos.
Aun con este lenguaje amistoso, no se rompió la reserva hasta que no salieron a la Ronda. Allí el aislamiento les invadía. El coche penetraba en el silencio y en la soledad, como un buque que avanza en alta mar.
-¡Tanto tiempo sin vernos! -exclamó Juan pasándole el brazo por la espalda.
-¡Tenía que ser, tenía que ser! -dijo ella inclinando su cabeza sobre el hombre de él-. Es mi destino.
-¡Qué guapa estás! ¡Cada día más hermosa!
-Para ti toda -afirmó ella, poniendo toda su alma en una frase.
-Para mí toda -dijo él, y las dos caras se estrujaron una contra otra-. Y no me la merezco, no me la merezco. Francamente, chica, no sé cómo me miras.
-Mi destino, hijo, mi destino. Y no me pesa, porque yo tengo acá mi idea, ¿sabes?
Santa Cruz no pensó en rogarle que explicara su idea. La suya era esta: «¡Pero qué hermosa estás! ¿Has hecho alguna picardía en el tiempo que ha pasado sin que nos veamos?».
-¿Picardías yo?… (extrañando mucho la pregunta).
-Quiero decir: después que volviste con tu marido, ¿no has tenido por ahí algún devaneo…?
-¡Yo! -exclamó ella con el acento de la dignidad ofendida-; ¡pero estás loco! Yo no tengo devaneos más que contigo…
-¿De cuánto tiempo puedes disponer?
-De todo el que tú quieras.
-Podrías tener un disgusto en tu casa.
-Es verdad… pero ¿y qué? Y en el acto se acordó de las amonestaciones de Feijoo. Claro; no había necesidad de descomponerse, ni de faltar a la religión de las apariencias.
-Pues dispongo de una hora.
-¿Y mañana?
-¿Nos veremos mañana? No me engañes, pero no me engañes -dijo ella suplicante-. Estoy acostumbrada a tus papas…
-No, ahora no… ¿Me quieres?
-¡Qué pregunta!… Bien lo sabes tú, y por eso abusas. Yo soy muy tonta contigo; pero no lo puedo remediar. Aunque me pegaras, te querría siempre. ¡Qué burrada! Pero Dios me ha hecho así, ¿qué culpa tengo?
Tanta ingenuidad, ya conocida del incrédulo Delfín, era una de las cosas que más le encantaban en ella. Tiempo hacía que él notaba cierta sequedad en su alma, y ansiaba sumergirla en la frescura de aquel afecto primitivo y salvaje, pura esencia de los sentimientos del pueblo rudo.»
Parte cuarta 
– I – En la calle del Ave-María
Segismundo Ballester, el encargado de la farmacia de Samaniego, traía a raya a Maxi, practicante allí mismo. La farmacia y la casa de los Rubín estaban en la calle del Ave María. Cada día cometía más fallos de memoria y de concentración. Maxi perdía la cabeza por momentos y pensaba en cosas espirituales todo el día. Doña Lupe presionaba a su sobrino para que inventara un compuesto que los hiciera ricos de una vez y para siempre. Maxi pensaba que Fortunata lo engañaba con otro; la cosa pasó a manía. Luego pensaba que lo querían envenenar, y dejó de comer, lo que agravó su salud. Algunas noches pasan las veladas en casa de doña Casta Samaniego; allí, Maxí y Segismundo escucharon la música de Olimpia con resignación. Esta esperaba a su novio, que escribía artículos, gratis, de crítica, para varios periódicos. La esperaba en la calle porque doña Casta no lo dejaba subir a casa.
Aurora Samaniego, de treinta años, viuda de Fenelón, un francés representante que se fue luego voluntario a la guerra franco-prusiana y allí murió, era una mujer muy hábil para los negocios de tela; lo había aprendido de su marido. Estaba al frente de la sección de ropa infantil y de blanco de la nueva tienda que Pepe Samaniego había abierto cerca de Pontejos; el capital lo había puesto Manuel Moreno-Isla. Estamos al principio de verano y hace mucho calor en Madrid. La familia Santa Cruz se fue a veranear al norte, con Moreno-Isla acompañándolas. En septiembre irían todos a París. Aurora se lo contaba Fortunata para tenerla al día. Reputaban a Ponce, el novio de Olimpia, como medio tonto, por ser crítico. Segismundo Ballester se le declaró a Fortunata, pero esta lo rechazó amablemente. Doña Lupe fisgoneaba en el cuarto de Fortunata pensando que tendría mucho dinero de su querido, pero no encontró nada. Luego se lo pidió directamente a la del pueblo, que le dijo la verdad: no tenía nada.
Maxi proprone una suerte de suicidio colectivo para liberar al alma de sus esclavitudes. La emprendió también contran Franciso Torquemada, el prestamista, por ser materialista y avaro. Aurora piensa que Moreno-Isla trata de conquistar a Jacinta. A finales de septiembre, volvieron los Santa Cruz de su veraneo en el norte y París.
Segismundo Samaniego trata de hacerle una gamberrada a Federico Ruiz, que se va a casar con su hermana, pero al final desiste. Maxi aparece en casa con muchos venenos de farmacia y un cuchillo, dispuesto a quitarse la vida con Fortunata. A la mañana siguiente, ella se los cambia por azucarillos y le esconde el puñal; le devuelve el veneno a Ballester. Aurora le contó a Fortunata que Moreno-Isla la sedujo un verano cerca de San Juan de Luz, veraneando, estado sola porque su marido había ido por negocios a París. Allí se encontró con Moreno-Isla, que al enterarse de que Aurora estaba sola, fue a verla, la sedujo y la abandonó sin ningún tipo de miramientos.
– II – Insomnio
Manuel Moreno-Isla se enamoró perdidamente de Jacinta. Moreno despreciaba a su marido Juanito, que no consideraba mequetrefe. Aurora lo había calado; este la despreciaba. Le echó alguna indirecta a Jacinta, pero esta las desviaba. Dio en sentirse mal, con aprensión. De pronto, dijo que quería tener hijos, pero su primo Moreno, el médico, le contestó que ya era tarde para él. Apenas soportaba el dolor de verse no correspondido por Jacinta. Asistió a una misa con Guillermina y se sintió confortado. Murió esa noche por un aneurisma; al día siguiente tenía previsto volver a Londres y ya había comprado muchos regalos para sus amigos ingleses.
(V)
«En la soledad de su alcoba, encontrose mi hombre más dueño de sí mismo, habiendo vencido aquella turbación inexplicable con que saliera de la casa de Santa Cruz. Despidió a su criado, después de quitarse la ropa, y envuelto en su bata se tendió en el sofá. En aquellas tristes horas engañaba el insomnio paseándose a ratos por la habitación, a ratos echado y descabezando un ligero intranquilo sueño. Acudían entonces a su memoria las acciones e imágenes de aquel día o de los anteriores, a veces las de fechas muy remotas y que no tenían relación alguna con su situación presente. Aquella noche, cosa rara, apenas salió el ayuda de cámara, Moreno se quedó profundamente dormido en el sofá, sin soñar nada; pero despertó a la media hora, no pudiendo apreciar el tiempo que su letargo durara. Al despertar huyó de tal modo el sueño de su cerebro y hallábase tan inquieto, que ni siquiera admitía como probable la idea de dormir. A la manera que el jugador saca las piezas del ajedrez y las va poniendo sobre el tablero de casillas blancas y negras, así fue sacando sus ideas. Tenía por pareja a sí mismo en aquel juego… «Adelante un peón».
«¡Te has lucido! ¡Campaña como esta…! ¿Cuánto tiempo hace que estás en España? A poco más, año completo. ¿Y para qué? Para nada. ¡Pobre hombre! Lo que me pareció fácil, resulta no ya difícil, sino imposible… Para más contrariedad, delante de esa bendita y maldita mujer, me convierto en el más insípido de los colegiales. ¿Por qué es esto? Y dime otra cosa, idiota, ¿qué tiene esa mona para que de este modo te hayas embrutecido por ella? Otras son más guapas, otras tienen más ingenio, otras hay más elegantes; y sin embargo, es el número uno, el número único. De gustarme pasa a enloquecerme, y noto en mí lo que no había notado nunca, una alegría, una tristeza… ganas de llorar, de reír, y aun de hacer el tonto delante de ella. Nada, que a los cuarenta y ocho años me sale el sarampión y la edad del pavo. Tampoco me había pasado nunca lo que me pasa ahora, cortarme, sentir que quiero ser atrevido y no puedo. Le voy a decir una galantería intencionada, y me sale una simpleza. Me infunde un respeto que jamás conocí. La sigo a Biarritz, la acompaño a París; y cuanto más la trato, más atado me veo por este maldecido respeto… Me cortaría yo este respeto como se corta una mano gangrenada. ¿A qué viene tal respeto? ¿Qué quiere decir esto? Sea lo que quiera, de esa mujer digo yo lo que hasta ahora no he dicho de ninguna, y es que si fuera soltera, me casaría con ella…».
Se agitó tanto, que tuvo que levantarse y ponerse a pasear. «Vaya que este mundo es una cosa divertida. Yo desgraciado; ella desgraciada, porque su marido es un ciego y desconoce la joya que posee. De estas dos desgracias podríamos hacer una felicidad, si el mundo no fuera lo que es, esclavitud de esclavitudes y toda esclavitud… Me parece que la estoy viendo cuando le dije aquello… ¡Qué risita, qué serenidad, y qué contestación tan admirable! Me dejó pegado a la pared. Tan pegado estoy, que no he vuelto por otra, y cuando preparo algo para decírselo, ¡anda valiente!… le digo todo lo contrario. Que se vuelva uno tan estúpido, es cosa que no me cabía en la cabeza. ¡Ay! Dios, si me muero, y el pensamiento vive más allá de la muerte, estaré viendo toda la eternidad esta carita graciosa, con su expresión celestial, estos ojos serenos y risueños, esta cabellera oscura con ráfagas blancas que le hacen tanta gracia… esta boca, que no habla sin que me duela el alma. ¡Pobre ángel!, su única pasión es la maternidad, sed no satisfecha, desconsuelo inmenso. Su pasión se me comunica y me abrasa; yo también quiero tener un hijo, yo también. ¡Si me parece que le estoy viendo!, si está aquí, en los linderos de la vida, mirándome, diciéndome que le traiga, y no falta más que traerlo. Vendría si ella quisiera. Tengo la seguridad de que vendría; es una idea que se me ha clavado aquí. Y yo le digo: ‘Por un niño, bien se podría dar la virtud…’. ¡Ah!, no tener valor para decirle esto… ¿Pero cómo?, ¡si no hay palabra que se preste a decirlo!…».»
– III – Disolución
A mediados de noviembre (1874) Fortunata estaba alicaída y Maxi, muy enajenado, proponía el suicidio para liberar al alma de su cárcel. Ballester, enamorado de Fortunata, suspira por llamar su atención, pero no lo logra. Le receta hachís a Maxi para levantarle el ánimo, y funcionó. Fortunata y Juanito tuvieron una fuerte discusión porque ella le dijo que Jacinta se entendía con Manuel Moreno, ya difunto. El Delfín reaccionó con furia e ira y no podía tolerar esas insinuaciones sobre su santa esposa. Quedaron muy mal entre ellos, al borde de la ruptura. Fortunata se lo contó a Aurora Samaniego, que era su fuente de información sobre la infidelidad de Jacinta, pero se desdijo de todo, afirmando que habían sido suposiciones. Fortunata le confesó a doña Lupe su infidelidad y la ruptura con Juanito; esta se alegra, por haber sido pecado. Maxi comenzó a mejorar.
En una conversación aparentemente loca con Maxi, esta adivina que su mujer está embarazada y que por marzo dará a luz. Pensaba que el espíritu la había preñado. Fortunata está perpleja y hundida. Doña Lupe también se entera. Fortunata abandona la casa y le deja un dinero (30.000 reales) para que doña Lupe lo administrara, prestándolo a interés usurero. Ella se dirige a ver a Evaristo Feijoo, ya muy viejo, en silla de ruedas, y solo con momentos de lucidez. Fortunata sale muy tocada y no sabe a dónde ir. Se fue a vivir con su tía Segunda Izquierdo, que vivía en la Cava Baja, justo en el piso superior al de Estupiñá, que ahora era el administrador de la finca. En enero de 1876 Juan Pablo llevaba a su hermano a darse duchas escocesas; luego, a la oficina, a ordenar papeles; también al café, para distraerlo. Buscaba congraciarse con su tía doña Lupe, que quería meter a Maxi en el manicomio de Leganés. Juan Pablo tenía muchas deudas y quería que su tía le ayudara económicamente, de ahí su celo por su hermano.
(VIII)
«Dicho y hecho. Todas las mañanas iba Juan Pablo a buscar a su hermano, y unas veces engañado, otras casi a la fuerza, le llevaba a San Felipe Neri, y allí le arreaba una ducha escocesa capaz de resucitar a un muerto. Algunas tardes sacábale a paseo por las afueras, procurando entretener su imaginación con ideas y relatos placenteros, absolutamente contrarios al fárrago de disparates que el infeliz chico había tenido últimamente en su cerebro. A los quince días de este enérgico tratamiento, mejoró visiblemente, y su hermano y médico estaba muy satisfecho. Más de una vez se expresó Maxi durante el paseo como la persona más razonable. De su mujer no hablaba nunca; pero como saltase en la conversación algo que de cerca o de lejos se relacionara con ella, se le veía caer en sombrías meditaciones y en un [215] mutismo tétrico del cual Juan Pablo, con todas su retóricas, no le podía sacar. Una mañana, al salir de la ducha, y cuando el enfermo parecía entonado por la reacción, ágil y con la cabeza muy despejada, se paró en la calle, y cogiendo suavemente las solapas del gabán de su hermano, le dijo: «Pero vamos a una cosa. ¿Por qué ni tú, ni mi tía, ni nadie queréis decirme dónde está mi mujer? ¿Qué ha sido de ella? Tened franqueza, y no hagáis más misterios conmigo… ¿Es que se ha muerto, y no me lo queréis decir? ¿Teméis que la noticia me altere?».
Juan Pablo no supo qué contestarle. Viendo en la cara y en los ojos de su hermano señales de nerviosa inquietud, trató de desviar la conversación. Pero el otro se aferraba a ella repitiendo sus preguntas y parándose a cada instante. «Pues mira -le respondió al fin haciendo un gesto campechano-. Hazte cuenta que se ha muerto… porque lo que yo te digo… ¿A ti qué más te da que viva o muera? ¿Para qué quieres tú mujer? Las mujeres no sirven más que para dar disgustos, chico. Ve aquí por lo que yo no he querido casarme nunca».
-¡Muerta! -dijo Maxi sin alzar la voz, pero con extraordinaria luz en los ojos-. ¡Muerta!… De modo que yo me puedo volver a casar.
Al decir esto, se insubordinaba; no quería ir por la acera, sino por el empedrado, dando manotadas y tropezando con algunos transeúntes. Juan Pablo le metió en un coche para llevarle a su casa. Enterada la tía, apoyó la misma idea respecto a Fortunata, diciéndole: «Hijo, todos nos tenemos que morir. No te asombres de que le haya tocado a ella la china antes que a ti. Si Dios se la ha querido llevar, ¿qué quieres que hagamos?, conformarnos, mandar decirle sus misas correspondientes… y yo te aseguro que ya lleva dichas más de cuatro, y consolarnos poco a poco, como podamos».
Desde que ocurrió esto, la mejoría iniciada con el nuevo tratamiento pareció desmentirse. El enfermo no alborotaba; pero volvió a chapuzarse en hondísimas abstracciones. Sin duda en su cerebro había aparecido una nueva idea, o reproducídose alguna de las antiguas, que ya se tenían por abandonadas o dispersas. Durante muchos días no nombró a su mujer, hasta que una noche, yendo de paseo con Juan Pablo por las calles, se paró y le dijo: «¿Me quieres hacer creer que se ha muerto?… ¡Qué tontería! En ese caso, ¿por qué no nos vestimos de luto?».
-¡Qué atrasado de noticias estás! ¿No sabes que hay ahora una ley prohibiendo el luto?
-¡Una ley prohibiendo el luto! Si creerás que a mí me comulgas con ruedas de molino. Mira, chico, aunque parece que estoy trastornado, veo más claro que todos vosotros.
Y no se habló más del asunto. Conviene apuntar, antes de pasar adelante, que aquella abnegación de Juan Pablo y el asiduo interés que por la salud de su hermano mostraba, serían absolutamente inexplicables, dado el egoísmo del señor de Rubín, si no se acudiera, para encontrar la causa, a ciertas ideas relacionadas con la economía política o la ciencia que llaman financiera. Tiempo hacía que Juan Pablo tenía un proyecto de conversión de su deuda flotante, proyecto vasto, para cuyo éxito necesitaba el concurso de la casa Rostchild (28), por otro nombre, su tía. Respecto a la necesidad del empréstito, no cabía la menor duda; era cuestión de vida o muerte. Lo que restaba era que doña Lupe se prestase a hacerlo, pues la garantía moral de una de las entidades contratantes no era ni con mucho tan sólida como la de Inglaterra o Francia. Empezó, pues, el primogénito de Rubín por prestarle en aquel delicado asunto de la enfermedad de Maxi la oficiosa ayuda que se ha visto. Iba de continuo a la casa, y en todo cuanto hablaba con su tía, era de la opinión de esta, ya fuese de Política, ya de Hacienda lo que se tratara. Hizo entusiastas elogios del Sr. de Torquemada; explanó acaloradamente la necesidad de arreglar sus propios asuntos, con aquello de año nuevo vida nueva, estableciendo en sus gastos un orden tan escrupuloso, que no haría más el primer lord de la Tesorería inglesa. Cuando hallaba ocasión, echaba una puntadita; pero doña Lupe tenía más conchas que un galápago, y se hacía la tonta… pero tan tonta que habría que pegarle.»
– IV – Vida nueva 
El 4 de enero Estupiñá pasó a cobrar la renta. Fortunata le sonsacó que el bloque de viviendas era propiedad de doña Guillermina, a quien su sobrino se lo había dejado en el testamento. Se sentía asombrada y triste por la vida oscura y retirada que llevaba. Tomó una criada, una niña, Encarnación, hija de una de puesto en la plaza, como su tia Segunda. Tenía miedo de Maxi. Un día la visitó Ballester, ofreciéndole su amor y advirtiendo que doña Lupe preguntaba mucho por ella. José Izquierdo, Platón, se ganaba la vida de modelo de pintores. Hacía recados para Fortunata, como ir a la tienda de Samaniego a comprar tela para el ajuar del futuro niño. Aurora no había visitado y Fortunata lo llevaba mal, así que, por orgullo, tampoco le dijo nada ni buscaba su comunicación.
(II)
«Con el cambio de vida y domicilio, reanudó la señora de Rubín algunas relaciones de familia que estaban absolutamente quebrantadas, siendo de notar entre ellas la de José Izquierdo, que, empezando por ir a cenar con su hermana y sobrina algunas noches, acabó, conforme a su genial parasitario, por estar allí todo el tiempo que tenía libre. Fortunata encontró a su tío transfigurado moralmente, con un reposo espiritual que nunca viera en él, suelto de palabra, curado de su loca ambición y de aquel negro pesimismo que le hacía renegar de su suerte a cada instante. El bueno de Platón, encontrando al fin el descanso de su vida vagabunda, se había sentado en una piedra del camino, a la sombra de frondoso árbol cargado de fruto (valga la figura) sin que nadie le disputase el hartarse de ella. No existía por aquel entonces en Madrid un modelo mejor, y los pintores se lo disputaban. Veíase Izquierdo acosado, requerido; recibía esquelas y recados a toda hora, y le desconsolaba el no tener tres o cuatro cuerpos para servir con ellos al arte. Ni había oficio en el mundo que más le cuadrase, porque aquello no era trabajar ¡qué demonio!, era retratarse, y el que trabajaba era el pintor, poniendo en él sus cinco sentidos y mirándole como se mira a una novia. En aquellos días de Febrero del 76, como se pusiera a hablar con su hermana y sobrina de las muchas obras que traía entre manos, no acababa. En tal estudio hacía de Pae Eterno, en el momento de estar fabricando la luz; en otro de Rey D. Jaime, a caballo, entrando en Valencia. Allí de Nabucodonosor andando a cuatro patas; aquí de un tío en pelota que le llaman Eneas, con su padre a la pela. «Pero lo mejor que estamos pintando ahora… y que lo vamos sacando de lo fino…, es aquel paso de Hernán-Cortés cuando manda dar fuego a las judías naves…». Ganaba mi hombre todo lo que necesitaba, y era venturoso, y la sujeción del día la compensaba con las largas expansiones de charla y copas que se daba de noche en algún café, convidando a los amigos. A su sobrina le prestaba servicios, haciéndole cuantos encargos eran compatibles con sus tareas artísticas. Solía ella enviarle con algún mensaje a casa de su costurera, o se valía de él para recados y compras. Más de una vez le mandó a la gran tienda de Samaniego por tela o encajes para el ajuar que estaba haciendo; pero siempre le encargaba que no la descubriese allí, pues ya que Aurora no había ido a verla, lo que propiamente era una falta de educación, y hablando mal y pronto, una cochinada, no quería ella tampoco aparentar que solicitaba su amistad; y si razones tenía la Samaniega para retraerse, también ella las tenía para no rebajarse. «A fina me ganará; pero a orgullosa no».»
– V – La razón de la sinrazón
Maxi comenzó a mejorar mucho. Se hizo obediente y cohibido, como antes de su matrimonio. Pero había cogido la manía de razonar con lógica. Y así descubrió que Fortunata vivía, que a él lo habían engañado diciendo que estaba muerta, que vivía en la Cava Baja y que estaba encinta. Juan Pablo vivía con su querida Refugio en la Concepción Jerónima. Iban al café de Gallo, para gente algo más pobre. También llevaba allí a Maxi. Juan Pablo trabajaba mucho en el ministerio de Beneficiencia y Sanidad, a las órdenes de Villalonga.
En el café de Gallo Maxi era protegido de la novia de su hermano Juan Pablo. Allí conoció a José Izquierdo, Platón, soltando disparates de historia. Pero hablaba con mucho juicio José Ido del Sagrario, ahora profesor de primeras letras en las escuelas católicas, lo que le hizo caer en la estima de Maxi. El día de San José armaron un buen jolgorio en el café de Gallo. Doña Desdémonala viuda de Quevedo, madre del ayudante de Ballester, le enseñó sus pájaros a Ballester. Maxi razonó en voz alta ante su tía Lupe y le hizo ver que sabía lo que pasaba con Fortunata: embarazada y viviendo en la Cava Baja. Doña Lupe quedó aterrorizada, pero tuvo que admitir que el chico conocía toda la verdad.
Por Semana Santa, Maxi, una noche, tras el café, de vuelta a casa, se vio a Aurora salir de su tienda de ropa. La siguió a hurtadillas. Se juntó con Juanito y se fueron a las afueras. Maxi quería matarlo para vengarse y recuperar su honra. Desdémona, la mujer de Francisco Quevedo, médico obstetra, le dijo a Maxi que le dijera a Lupe que la pájara mala había criado. Maxi lo entendió: Fortunata había tenido un niño. Lupe planeaba verse con Guillermina para que Juanito se hiciera cargo del niño y pusiera pensión a Fortunata.
A Juan Pablo Villalonga lo nombró gobernador de una provincia de tercera. En el café de Gallo lo celebraron por todo lo alto. Estaba feliz, aunque muy rabioso porque su tía Lupe no le había concedido un préstamo para financiar sus deudas. Maxi prometió a su tía olvidarse de Juanito, aunque en su fuero planeaba darle un tiro.
 (V)
«Estuvo con un humor de mil diablos todo el Jueves y Viernes Santo. El Sábado, a poco de entrar en la oficina, le llamó Villalonga a su despacho. Rubín se dirigió allá palpitante de emoción. «¡Dios! -se decía-; ¿será para darme la secretaría? ¡Qué cuña, si no es para esto, qué cuña, ya no aguanto más! En cuanto salga [283] del despacho del jefe, me levanto la tapa de los sesos, como hay Dios. La contra es que no tengo revólver… Me tiraré por el balcón… No, eso no; ¡me haría una tortilla!… Vamos, que el corazoncito me anuncia secretaría… Ánimo, chico, que hoy te va a sonreír la suerte».
El director era hombre muy expeditivo, y sin hacerle sentar le dijo: «Amigo Rubín, usted es listo y me conviene usted…».
Rubín vio la cara del director como la del Padre Eterno que los pintores ponen entre nubes, esmaltadas de angelitos. «Me conviene usted, y yo le voy a meter en carrera».
-Muchas gracias, Sr. D. Jacinto. Ya sabe que estoy a sus órdenes.
-Pues le voy a dar a usted la gran sorpresa. Yo necesito un hombre; y como entiendo que usted sabrá desenvolverse en el destino delicadísimo que le pienso dar…
-La secretaría de…
-No, amigo; es más. Yo, cuando encuentro una persona que me entra por el ojo derecho, y que sirve, digo copo, y la tomo para que me sirva a mí. Le juro a usted que me conviene, camará. Allá va la bomba. Va usted a ser gobernador de una provincia de tercera clase.
Rubín no pudo decir nada. Creyó que se le caía encima el techo del despacho y todo el Ministerio de la Gobernación. «Pues sí, gobernador de mi provincia. Quiero ver cómo arreglo aquello. Usted no tiene que entenderse más que conmigo. El Ministro me da vara alta».
-Señor director -balbució Rubín-, disponga usted de mí.
-Pues será usted incluido en la combinación que va mañana a la firma del Rey. Ya hablaremos, y le contaré a usted de cómo está aquello. Creo que iremos bien.
Luego echaron un cigarro, y hablaron algo del estado de la provincia, desflorando el asunto. Empezó a entrar gente en el despacho, y Rubín se retiró para comenzar sus preparativos. Estaba el hombre que no sabía lo que le pasaba; creía soñar… se daba pellizcos a ver si estaba despierto, anduvo algún tiempo por la calle como un insensato… se reía solo… le dieron ganas de comprar un revólver para ponerse a disparar tiros al aire… ¡Ah!, lo que debía hacer era meterle un par de balas en el cuerpo a doña Lupe… sí, por mala, por tacaña… Pero no, no; perdonar a todo el mundo… La vida es hermosa, y gobernar un pedazo de país es el mayor de los deleites. A los individuos de Orden Público o de la Guardia Civil que iba encontrando, les miraba ya como subalternos, y por poco les manda prender a su tía y a Torquemada.»
– VI – Final
Juan Evaristo Segismundo nació sano y fuerte. Fortunata se recuperaba bien. Maxi le dijo que Juanito Santa Cruz engañaba a las dos con Aurora. Guillermina fue a verla, lo mismo que Plácido Estupiñá, que se lo contaba todo a la propietaria del inmueble. Fortunata se vistió, dejó al niño con la criada y fue al obrador de ropa de Aurora. Le pegó, le tiró del moño y la insultó hasta que se las separaron. Fortunata le dijo a Maxi que si mataba a Aurora y a Juanito, lo querría para siempre, con amor del bueno. El marido compró un revólver y se puso a practicar. Ballester se lo quitó y lo encerraron en su cuarto, para que no hiciera daño a nadie. Fortunata murió desangrada. Antes de morir le hizo escribir a Estupiñá que cedía al niño a Jacinta; las acciones del banco se las pasó a Guillermina. Murió en plena confesión; creía que era un «ángel del cielo», como la mona del cielo, Jacinta. Guillermina le pagó un entierro de primera, con seis caballos. Ballester, profundamente enamorado de ella, lo sintió mucho. Doña Casta, al enterarse que este se desvivía por Fortunata, lo echó de la farmacia. Visitó a Maxi, lo sacó de su encierro y fueron juntos al cementerio a ver la tumba de Fortunata. Ambos estaban muy dolidos por el final de la chica, a la que amaban con toda su alma. Al salir, vieron otro entierro en el que no se fijaron: era el de Evaristo Feijoo. Jacinta adoptó el niño con gran amor e ilusión, le perdió el respeto a su marido y dejó de amarlo, aunque siempre mantenía las apariencias. Se desentendió de él emocionalmente; este era orgulloso y sufría por ellos, pero no pudo nada con sus sofismas. A Maxi lo encerraron, voluntariamente, en el manicomio de Leganés, aunque los demás le decían que iba a un convento para purificar su alma y acercarse a Dios y al espíritu de Fortunata. Él fue consciente de todo, pero disimulaba.
(XVI)
«Ballester se le llevó no sin trabajo, porque aún quería permanecer allí más tiempo y llorar sin tregua. Cuando salían del cementerio, entraba un entierro con bastante acompañamiento. Era el de D. Evaristo Feijoo. Pero los dos farmacéuticos no fijaron su atención en él. En el coche, Maximiliano, con voz sosegada y dolorida, expresó a su amigo estas ideas: «La quise con toda mi alma. Hice de ella el objeto capital de mi vida, y ella no respondió a mis deseos. No me quería… Miremos las cosas desde lo alto: no me podía querer. Yo me equivoqué, y ella también se equivocó. No fui yo solo el engañado, ella también lo fue. Los dos nos estafamos recíprocamente. No contamos con la Naturaleza, que es la gran madre y maestra que rectifica los errores de sus hijos extraviados. Nosotros hacemos mil disparates, y la Naturaleza nos los corrige. Protestamos contra sus lecciones admirables que no entendemos, y cuando queremos que nos obedezca, nos coge y nos estrella, como el mar estrella a los que pretenden gobernarlo. Esto me lo dice mi razón, amigo Ballester, mi razón, que hoy, gracias a Dios, vuelve a iluminarme como un faro espléndido. ¿No lo ve usted?… ¿pero no lo ve?… Porque el que sostenga ahora que estoy loco es el que lo está verdaderamente, y si alguien me lo dice en mi cara, ¡vive Cristo, por la santísima uña de Dios!, que me la ha de pagar».
-Calma, calma, amigo mío (con bondad). Nadie le contradice a usted.
-Porque yo veo ahora todos los conflictos, todos los problemas de mi vida con una claridad que no puede provenir más que de la razón… Y para que conste, yo juro ante Dios y los hombres que perdono con todo mi corazón a esa desventurada a quien quise más que a mi vida, y que me hizo tanto daño; yo la perdono, y aparto de mí toda idea rencorosa, y limpio mi espíritu de toda maleza, y no quiero tener ningún pensamiento que no sea encaminado al bien y a la virtud… El mundo acabó para mí. He sido un mártir y un loco. Que mi locura, de la que con la ayuda de Dios he sanado, se me cuente como martirio, pues mis extravíos, ¿qué han sido más que la expresión exterior de las horribles agonías de mi alma? Y para que no quede a nadie ni el menor escrúpulo respecto a mi estado de perfecta cordura, declaro que quiero a mi mujer lo mismo que el día en que la conocí; adoro en ella lo ideal, lo eterno, y la veo, no como era, sino tal y como yo la soñaba y la veía en mi alma; la veo adornada de los atributos más hermosos de la divinidad, reflejándose en ella como en un espejo; la adoro, porque no tendríamos medio de sentir el amor de Dios, si Dios no nos lo diera a conocer figurando que sus atributos se transmiten a un ser de nuestra raza. Ahora que no vive, la contemplo libre de las transformaciones que el mundo y el contacto del mal le imprimían; ahora no temo la infidelidad, que es un rozamiento con las fuerzas de la Naturaleza que pasan junto a nosotros; ahora no temo las traiciones, que son proyección de sombra por cuerpos opacos que se acercan; ahora todo es libertad, luz; desaparecieron las asquerosidades de la realidad, y vivo con mi ídolo en mi idea, y nos adoramos con pureza y santidad sublimes en el tálamo incorruptible de mi pensamiento.
-Era un ángel -murmuró Ballester, a quien, sin saber cómo, se le comunicaba algo de aquella exaltación.
-Era un ángel -gritó Maxi dándose un fuerte puñetazo en la rodilla-. ¡Y el miserable que me lo niegue o lo ponga en duda se verá conmigo…!
-¡Y conmigo! -repitió Segismundo, con igual calor-. Lástima de mujer… ¡Si viviera!
-No, amigo, vivir no. La vida es una pesadilla… Más la quiero muerta…
-Y yo también -dijo Ballester, cayendo en la cuenta de que no debía contrariarle-. La amaremos los dos como se ama a los ángeles. ¡Dichosos los que se consuelan así!
-¡Dichosos mil veces, amigo mío! -exclamó Rubín con entusiasmo-, los que han llegado, como yo, a este grado de serenidad en el pensamiento. Usted está aún atado a las sinrazones de la vida; yo me liberté, y vivo en la pura idea. Felicíteme usted, amigo de mi alma, y deme un gran abrazo, así, así, más apretado; más, más, porque me siento muy feliz, muy feliz.
Al entrar en su casa lo primero que dijo a doña Lupe fue esto: «Tía de mi alma, yo me quiero retirar del mundo, y entrar en un convento donde pueda vivir a solas con mis ideas». Vio el cielo abierto la de Jáuregui al oírle expresarse de este modo, y respondió: «¡Ay, hijo mío, si ya te tenía yo dispuesta tu entrada en un monasterio muy retirado y hermoso que hay aquí, cerca de Madrid! Verás qué ricamente vas a estar. Hay en él unos señores monjes muy simpáticos que no hacen más que pensar en Dios y en las cosas divinas. ¡Cuánto me alegro de que hayas tomado esa determinación! Anticipándome a tu deseo, te estaba yo preparando la ropa que has de llevar». Apoyó Ballester la idea que a su amigo le había entrado, y todo el día estuvo hablándole de lo mismo, temeroso de que se desdijera; y para aprovechar aquella buena disposición, al día siguiente tempranito, él mismo le llevó en un coche al sosegado retiro que le preparaban. Maxi iba contentísimo y no hizo ninguna resistencia. Pero al llegar, decía en alta voz como si hablara con un ser invisible: «¡Si creerán estos tontos que me engañan! Esto es Leganés. Lo acepto, lo acepto y me callo, en prueba de la sumisión absoluta de mi voluntad a lo que el mundo quiera hacer de mi persona. No encerrarán entre murallas mi pensamiento. Resido en las estrellas. Pongan al llamado Maximiliano Rubín en un palacio o en un muladar… lo mismo da».»

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