B. Pérez Galdós: «Fortunata y Jacinta»; análisis y propuesta didáctica

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PÉREZ GALDÓS: FORTUNATA Y JACINTA
  1. ANÁLISIS
Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843 – Madrid, 1920) representa como nadie el triunfo de los postulados realistas en la literatura española. Muy bien asimilados por sus lecturas y viajes, unido a su gran talento narrativo, nos dejó algunas de las mejores novelas españolas de todos los tiempos.
Fortunata y Jacinta (escrita entre el verano de 1885 y el de 1887, y publicada en 1887), estructurada en cuatro partes, es la obra más ambiciosa y perfecta de Galdós; su composición se enmarca dentro de las «Novelas Españolas Contemporáneas». El subtítulo, «Dos historias de casadas» ilumina bien el contenido: dos mujeres que primero se odian y luego se respetan y aprecian por el amor al mismo hombre, indigno de ambas. La novela narra la vida de tres personas estrechamente relacionadas: Juan de Santa Cruz –todo el mundo le llama Juanito, incluso de adulto; el narrador confiesa que desconoce la razón y piensa que es propio de la camaradería española, independientemente del rango social del individuo (1ª p., I)– (el Delfín), Fortunata y Jacinta.
Juanito, hijo único nacido en 1845, es un chico guapo y culto. Sus padres, Baldomero y Bárbara Arnáiz, casados en 1835 (1ªp., I-III) habían sido comerciantes de telas, ya retirados; ambos procedían de familias de comerciantes de telas y de productos de Filipinas (1ªp., II). Juan, joven de clase alta y nivel económico desahogado, tiene una infancia y adolescencia feliz, acabando su bachiller por artes (1ªp., I-IV). Se casa con Jacinta, prima lejana y de menos posibles, pero también hija –con dieciséis hermanas— de comerciantes (1ª p., I-V). Antes y después de ese matrimonio mantiene una relación sentimental con Fortunata, una bella mujer de condición social muy humilde. Tienen un primer hijo, que fallece. Alguien trata de vender ese muchacho a Jacinta, pero Juanito, logra detener a tiempo a su mujer a cambio de confesar su adulterio continuado con Fortunata.
Juanito y Jacinta no tienen hijos en su matrimonio, lo que aumenta la frustración de esta, en cierto modo presionada por su entorno social burgués, conservador y bastante hipócrita. Jacinta se involucra en acciones de caridad de la mano de Guillermina Pacheco, una mujer soltera, con la juventud dejada atrás hacía décadas, pero determinada y con el desparpajo suficiente para solicitar a todo el mundo ayuda económica para su centro de acogida de niños pobres. Fortunata, tras una estancia en el convento de las Madres Micaelas, de varios meses para ordenar y limpiar su alma y su conciencia, por imposición de Lupe, tía y autoridad tutelar de Maxi, se casa con el farmacéutico Maximiliano Rubín. Este es muy feo y enfermizo, pero está enamorado de Fortunata hasta la obsesión; es incapaz de darle la felicidad conyugal que Fortunata busca.
En su estancia en el convento, Fortunata conoce a Mauricia la Dura, mujer enérgica y muy pobre que lleva una vida atípica. De este modo, Juanito y Fortunata, ya casados, restablecen su relación, pues en el fondo se aman. Pero pronto vuelven a interrumpir su relación. Fortunata busca el cobijo del ya casi anciano farmacéutico Evaristo Feijoo, quien la acoge con generosidad porque, en el fondo, también la ama. A través de la intermediación de este, Fortunata se reconcilia con Rubín, dándose una segunda oportunidad. Fortunata y Jacinta se conocen en el funeral de Mauricia la Dura; la rivalidad entre ambas es evidente y potencialmente destructiva.
Fortunata vuelve con Juanito y pronto se descubre que está embarazada. Definitivamente abandona a Maxi, que pierde el juicio muy deprisa; protegida por Segismundo Ballester, Fortunata trata de ordenar su vida. Al descubrir que Juan ha iniciado una relación con Aurora Fenelón, se siente engañada; ahora, le toca probar a ellas las hieles de la infidelidad. Quizá por eso establece una amistad cada más comprensiva con Jacinta, que la visita en su humilde casa. Ahora ambas se respetan y se conduelen en su infortunio.  Fortunata, a punto de dar a luz, cae gravemente enferma. Cuando nace el niño, muy debilitada, se lo entrega a Jacinta, pues nadie mejor que ella para cuidarlo en su adiós definitivo, cosa que ocurre poco después.
La acción discurre básicamente en Madrid, en concreto en el Madrid histórico (calle Toledo, Plaza Mayor, etc.; la misma familia Santa Cruz vive en un gran piso de la calle de Pontejos, del Madrid más castizo, no el campo, como era el barrio de Salamanca (1º. p., i_VI-III)). El tiempo en el que transcurre la acción está muy delimitado: final de año de 1869 y primavera de 1876. Fue un momento de fuertes convulsiones políticas y sociales en España: desde las consecuencias de la revolución de La Gloriosa (1868), por sus páginas pasan la monarquía de Amadeo I de Saboya, la Primera República con sus cuatro presidentes en algo más de un año, el golpe de estado del general Pavía y el siguiente de Martínez Campos, a finales de 1874, que dio paso a la restauración borbónica en la persona de Alfonso XII y el bipartidismo de Cánovas (Partido Conservador) y Sagasta (Partido Liberal), con una nueva constitución en 1876.
Los personajes son variados, complejos, muy originales y verosímiles. Juanito Santa Cruz, niño mimado, de buena familia, fue un estudiante universitario de derecho crápula (hasta llegaron a freír unos huevos en plena clase, emboscados en las gradas altas); luego se hizo estudioso, lector voraz, polemista y amigo de la oratoria filosófica. Finalmente, hacia los veinticuatro años, con los estudios terminados, cae en una vida licenciosa de disfrute, placeres, viajes y ninguna actividad económica productiva.
Su caprichismo sentimental y su inmadurez emocional provoca mucho sufrimiento, pero no le importa. Jacinta es una mujer bonita, con buena educación y, a su modo, sufrida y paciente; el narrador le llama «mona», «modestita, delicada, cariñosa» (1ª p., IV-I). La falta de hijos y las infidelidades continuadas de su marido le hacen sufrir; lo palía con una religiosidad encaminada a la caridad con los pobres; finalmente, al conocer a Fortunata, robustece su carácter y encuentra más sentido a su atribulada vida.
Fortunata es una mujer muy bella y muy pobre que Juanito conoció al visitar en su casa a don Gumersindo Estupiñá, meses antes de formalizar su noviazgo con su prima. Su enamoramiento de Juanito le dará la felicidad en un primer momento y el sufrimiento después. Se casa sin amor, lo que pagará muy caro. Muere prematuramente, al menos con el consuelo de saber que su hijo quedará en buenas manos. Maximiliano Rubín encuentra el sentido de su vida en el amor que le profesa a Fortunata; pronto pasa a ser obsesivo; su fealdad externa se agrava con sus desequilibrios mentales, hasta el punto de perder el juicio.
Los personajes secundarios están trazados con mano maestra, como el sirviente Plácido Estupiñá, a quien el narrador caracteriza con cariño y acierto (1ª p., III). Encarnan, a veces, tipos populares bien reconocibles: comerciantes de todo tipo, sirvientas, oficios bien arraigados como farmacéuticos, abogados, médicos, etc. Guillermina Pacheco es otro secundario de gran hondura y verosimilitud; su relevancia, al fundar su hospicio de niños y al ser nexo de unión entre Fortunata y Jacinta, es alta.
El narrador toma arte activa de la narración. Selecciona el material, lo transcribe, opina, valora, etc. Su debilidad por Fortunata es evidente. Aquí la huella cervantina se deja ver más intensamente. Veamos un ejemplo típico (1ª p., VI-I):

 

Pasaban meses, pasaban años, y en aquella dichosa casa todo era paz y armonía. No se ha conocido en Madrid familia mejor avenida que la de Santa Cruz, compuesta de dos parejas; ni es posible imaginar una compatibilidad de caracteres como la que existía entre Barbarita y Jacinta. He visto juntas muchas veces a la suegra y a la nuera, y por Dios que se manifestaba muy poco en ellas la diferencia de edades. Barbarita conservaba a los cincuenta y tres años una frescura maravillosa, el talle perfecto y la dentadura sorprendente. Verdad que tenía el cabello casi enteramente blanco; el cual más parecía empolvado conforme al estilo Pompadour, que encanecido por la edad. Pero lo que la hacía más joven era su afabilidad constante, aquel sonreír gracioso y benévolo con que iluminaba su rostro.
De veras que no tenían por qué quejarse de su destino aquellas cuatro personas. Se dan casos de individuos y familias a quienes Dios no les debe nada; y sin embargo, piden y piden. Es que hay en la naturaleza humana un vicio de mendicidad; eso no tiene duda. Ejemplo los de Santa Cruz, que gozaban de salud cabal, eran ricos, estimados de todo el mundo y se querían entrañablemente. ¿Qué les hacía falta? Parece que nada. Pues alguno de los cuatro pordioseaba. Es que cuando un conjunto de circunstancias favorables pone en las manos del hombre gran cantidad de bienes, privándole de uno solo, la fatalidad de nuestra naturaleza o el principio de descontento que existe en nuestro barro constitutivo le impulsan a desear precisamente lo poquito que no se le ha otorgado. Salud, amor, riqueza, paz y otras ventajas no satisfacían el alma de Jacinta; y al año de casada, más aún a los dos años, deseaba ardientemente lo que no tenía. ¡Pobre joven! Lo tenía todo, menos chiquillos.

 

Es la gran novela de Madrid, de las clases burguesas y de los pobres. Se presenta una ciudad en plena transformación arquitectónica –está creciendo mucho— y social, pues está naciendo y creciendo el proletariado, sometido a ínfimas condiciones de vida. El narrador se suele referir a él como «el pueblo» o «la plebe». Se aprecia también una crítica severa a la Iglesia y a los estamentos conservadores e inmovilistas, que impiden un desarrollo económico y social acorde con la Europa de la época.
El manejo del lenguaje es virtuoso. Del español coloquial al más culto y elevado, caben todos los registros en estas páginas. Giros, expresiones de todo tipo, nos muestran a un Galdós con el oído muy fino, recogiendo el lenguaje de la calle. Ciertamente, hace las delicias del lector. Sin duda ninguna, esta obra representa una de las cimas estéticas de la novela española por su ambición estética y temática, por su hondura y su perfección.
  1. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Estas actividades se pueden desarrollar y realizar de modo oral o escrito, en el aula o en casa, de modo individual o en grupo. Algunas de ellas, sobre todo las creativas, requieren material o herramientas complementarias, como las TIC).
2.1. Comprensión lectora
Dadas las extraordinarias dimensiones de la novela, no procede un cuestionario sobre el conjunto del texto porque no se alcanzan objetivos pedagógicos. Un resumen de todo o parte del texto, unas preguntas guiadas sobre un aspecto de la novela, etc. parecen actividades más adecuadas, dependiendo también del nivel educativo de los alumnos. Queda a discreción del profesor.
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
1) ¿Cómo se manifiesta el amor y sus consecuencias a lo largo de la obra?
2) ¿Por qué Jacinta se siente frustrada?
3) Las diferencias sociales, culturales e intelectuales, ¿son muy determinantes en el destino de los personajes de esta novela?
4) ¿Quién es el ejemplo perfecto de egoísmo cerril en la obra?
5) La familia, como concepto y como realidad operativa, ¿es importante en esta novela?
2.3. Comentario de texto específico
(4ª p., V- XIV)
En el tiempo que estuvo fuera Encarnación, la diabla no hizo más que dar a su hijo muchos besos, diciéndole mil ternezas. El chico estaba despierto, y callado la miraba, y aunque nada decía, a ella se le figuró que hablaba… «Estarás tan ricamente… hijo mío. No te querrán tanto como yo, pero sí un poquito menos… Me estoy muriendo… qué sé yo qué tengo… La medicina esa… yo la tomaría… ¿dónde está?… ¡Encarnación!… Pero si ha ido abajo… Parece que me voy en sangre… Hijo mío, Dios me quiere separar de ti; y ello será por tu bien… Me muero; la vida se me corre fuera, como el río que va a la mar. Viva estoy todavía por causa de esta bendita idea que tengo… ¡Ah!, qué idea tan repreciosa… Con ella no necesito Sacramentos; claro, como que me lo han dicho de arriba. Siento yo aquí en mi corazón la voz del ángel que me lo dice. Tuve esta idea cuando estaba aquí sin habla, y al despertar me agarré a ella… Es la llave de la puerta del Cielo… Hijo mío, [405] estate calladito, y no chistes, que si tu mamá se va es porque Dios se lo manda… ¡Ah!, don Plácido, ¿está usted ahí?…».
-Sí, señora -dijo el hablador entrando en la alcoba con los ademanes más oficiosos del mundo-. ¿Qué se le ofrece a usted? La señora me ha encargado…
-Amigo, hágame el favor de traer pluma y papel… Espere; deme la medicina, esos polvos amarillos… ¿cuáles?, no sé… Pero deje, deje, que me tiene que escribir una carta.
-¡Una carta!… Pero antes… (revolviendo en la mesa de noche). ¿Qué medicamento quiere?
-Ninguno, ¿ya para qué?… Ándese pronto, que me voy… que me muero.
-¡Que se muere! Vamos… no bromee usted.
-Don Plácido, si no me sirve para esto, llamaré a otra persona. Si pudiera esperar a Ballester; pero no, no me da tiempo…
-No, hija, no hay que apurarse. Voy por el tintero -y no tardó cinco minutos en volver, y al entrar de nuevo en la alcoba, vio que Fortunata se había incorporado en su cama con el chiquillo en brazos, y que después, entre ella y Encarnación, le ponían bien abrigadito en su cuna de mimbres, la cual venía a ser como un canasto. Le pusieron entre las manos su biberón para que no alborotase, y cubriéronle con un pañuelo finísimo de seda. Estupiñá no entendía una palabra, ni veía la relación que la pluma y papel pudieran tener con lo que veía. «Don Plácido -dijo Fortunata con mucha animación-; hágame el favor de escribir… Aquí no hay mesa. Chiquilla, tráele el tablero de las damas. Déjate de medicinas… ¿Para qué ya?… Vaya, D. Plácido, prepárese; verá qué golpe… Se me ocurrió una idea, hace poco, cuando estaba sin habla, al punto que me entraba también la idea de mi muerte… Ponga ahí lo que yo le diga: «Señora doña Jacinta. Yo…».
-Yo… -repitió Plácido.
-No; hay que empezar de otra manera… No se me ocurre. ¡Qué torpe soy! ¡Ah!, sí, ponga usted. «Como el Señor se ha servido llevarme con Él, y ahora se me alcanza lo mala que he sido…». ¿Qué tal?, ¿va bien así?
-«Lo mala que he sido…».
-En fin, siga usted poniendo lo que le digo… «No quiero morirme sin hacerle a usted una fineza, y le mando a usted, por mano del amigo D. Plácido, ese mono del Cielo que su esposo de usted me dio a mí, equivocadamente…». No, no, borre el equivocadamente; ponga: «que me lo dio a mí robándoselo a usted…». No, D. Plácido, así no, eso está muy mal… porque yo lo tuve… yo, y a ella no se le ha quitado nada. Lo que hay es que yo se lo quiero dar, porque sé que ha de quererle, y porque es mi amiga… Escriba usted. «Para que se consuele de los tragos amargos que le hace pasar su maridillo, ahí le mando al verdadero Pituso. Este no es falso, es legítimo y natural, como usted verá en su cara. Le suplico…».
-«Le suplico…».
-Usted póngalo todo muy clarito, D. Plácido; yo le doy la idea. Pues «le suplico que le mire como hijo y que le tenga por natural suyo y del padre… Y mande a su segura servidora y amiga, que besa su mano…». ¿Qué tal? ¿Está con finura?… Ahora, veremos si puedo echar mi nombre… Me tiembla mucho el pulso… Tráigame la pluma…
Puso un garabato, y luego mandó a Estupiñá abriese la cómoda y sacara la inscripción de las acciones del Banco. Después de revolver mucho, fue encontrado el documento. «Eso -dijo Fortunata-, se lo da usted a mi amiga doña Guillermina».
-Pero no vale sin transferencia -replicó el hablador examinando el papel.
-¿Sin qué?
-Sin transferencia en toda regla.
-Pamplinas. Es mío, y yo lo puedo dar a quien quiera. Coja usted la pluma, y ponga que es mi voluntad que esas acciones sean para doña Guillermina Pacheco. Le echaré muchas firmas debajo, y verá si vale.
Aunque Estupiñá no creía válida aquella manera de testar, hizo lo que se le mandaba.
-Ahora, amigo -dijo ella, perdiendo gradualmente el uso de la palabra-, coja usted a mi hijo y lléveselo… ¡ay!, déjemelo besar otra vez… Aguarde a que me muera… No; lléveselo antes de que venga mi tía, o mi marido, o doña Lupe… gente mala. Pueden venir, y ya ve usted… qué compromiso. No me dejarán hacer mi gusto, me enfadaré, y no me moriré tan santamente… como quiero morirme.
No dijo más. Plácido, acercándose a contemplarla, se asustó extraordinariamente. Creyó que estaba muerta o que le faltaba poco para morirse; mandó a Encarnación en busca de Segunda y de José Izquierdo, y cogiendo la cesta en que Juan Evaristo dormía, la puso en la sala. «No me determino a llevármelo -pensó el buen viejo-. Pero al mismo tiempo, si esos brutos se empeñan en impedirme que me lo lleve… ¡Ah!, no; yo cargo con él, y que tiren por donde quieran». Cogió la cesta, y bajándola a su casa con toda la rapidez que le permitían sus piernas no muy fuertes, azorado como ladrón o contrabandista, volvió a subir y se aproximó a la enferma, mirándola tan de cerca, que casi se tocaban cara con cara. «Fortunata… Pitusa» murmuró echando talmente la voz en el oído de la joven. A la tercera o cuarta llamada, Fortunata movió ligeramente los párpados, y desplegando los labios, apenas dijo: «Nene…».
a) Comprensión lectora
1) Resume el texto (100 palabras), señala su tema y los apartados temáticos o secciones de contenido.
2) Analiza física y psicológicamente los personajes que intervienen en el fragmento.
3) Señala el lugar y el tiempo en que ocurre la acción narrada.
4) Analiza la figura del narrador.
5) Localiza y explica los recursos estilísticos que intervienen en la creación de belleza literaria.
b) Interpretación
1) ¿Por qué Fortunata redacta esa carta? ¿A qué se parece?
2) Estupiñá obedece. ¿Por qué lo hace?
3) ¿Cómo apreciamos en el texto la generosidad de espíritu de Fortunata?
4) ¿Quién es el «maridillo» del que habla Fortunata? ¿Le guarda rencor?
5) El nombre de Fortunata parece simbólico e ironico. ¿Por qué?
2.4. Fomento de la creatividad
1) ¿Qué hubiera pasado si Fortunata no hubiera muerto? Escribe otro final para la novela
2) Realiza un trabajo sobre la sociedad española de finales del siglo XIX: destaca los aspectos socio-políticos y culturales. Puedes realizar un mural o una presentación con medios TIC.
3) Ponte en el lugar de Jacinta: ¿cómo hubieras actuado? Escribe un ensayo interpretativo teniendo en cuenta la mentalidad de la joven impulsiva.
4) Analiza las simpatías y antipatías del narrador. Si tú fueras esa figura, ¿por quién sentirías afición o aversión?

Acerca de Simón Valcárcel Martínez

Profesor de Lengua Castellana y Literatura. En este blog se puede encontrar: - Filología: artículos y monografías sobre temas y autores de la literatura española. - Didáctica de la Lengua y la Literatura: reflexiones, pautas y sugerencias para mejorar la enseñanza de la lengua y la literatura, dirigidas a maestros y profesores de la materia. - Creación literaria: novelas y cuentos originales del autor, dirigidos especialmente a niños y jóvenes, pero también a adultos. - Actividades de aprendizaje de lengua y literatura: análisis textuales realizados acompañados de propuestas didácticas para mejorar y perfeccionar la competencia comunicativa.
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