B. Pérez Galdós: «Trafalgar»; análisis y propuesta didáctica

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  1. ANÁLISIS
Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843 – Madrid, 1920) constituye un auténtico regalo imperecedero para las letras españolas. Y no sólo por su estupenda literatura, sino por su compromiso con ideales y valores de progreso, liberalismo, justicia social, atención a las clases abandonadas de la sociedad, etc. en un momento de turbulencias políticas. Y lo hubo de pagar muy caro, por ejemplo, sufriendo boicot desde España como candidato más que probable para recibir el Premio Nobel en 1912.
Dentro de su descomunal proyecto de novelar con sentido y sensibilidad la historia de España del siglo XIX, en cinco series de diez capítulos cada una (escribió y publicó 46; desgraciadamente, no le alcanzó la vida para completarlos todos, aunque dejó borradores y bocetos de los inconclusos), Trafalgar (1873) es el primero de la primera serie. Estamos ante el título fundacional de una sustanciosa colección; es importante porque será el modelo narrativo y estilístico para todos los demás.
La historia nos la cuenta el anciano Gabriel de Araceli. Mezcla autobiografía –ficticia, al modo de los protagonistas de la novela picaresca— e historia verdadera de la España decimonónica. Gabriel había nacido, deducimos que en 1791, en Cádiz, en el barrio de la Viña; se cría en un entorno de pobreza, vulgaridad y violencia por doquier. Huérfano de padre, lo sostiene como puede su madre, lavandera de oficio; un hermano de esta, marinero, convive con ellos, pero los maltrata, de palabra y gestos a ella; golpeándolo, a él. Al menos puede jugar y regocijarse como niño con otros de su condición en el puerto gaditano –donde agasaja y sirve a los visitantes extranjeros– y en la Caleta. No es exactamente una academia de las buenas costumbres, como él afirma.
Tras la muerte de su madre, Gabriel huye de la violencia de su tío; primero va a San Fernando y después a Puerto Real, ambas poblaciones no tan lejanas de Cádiz. En Medinasidonia (así se escribe en el original), huyendo precipitadamente de una leva en las tabernas, conoce a los señores que lo protegen y lo adoptan de sirviente para su casa en Vejer de la Frontera. El padre de familia es don Alonso Gutiérrez de Cisniega; es capitán de navío jubilado. Su mujer, doña Francisca, resolutiva y explícita de carácter, pronto le enseña modales. La hija de su edad, doña Rosita, completa la familia.
El choque militar entre Inglaterra y Rusia, por un lado, contra Francia y España, por el otro, en 1805, se percibe como irremediable. Ante el avance de las armadas inglesa y la francesa, todos dan por inevitable la batalla naval en aguas gaditanas.  Principiando octubre, don Alonso decide embarcarse, con su amigo el viejo marinero Marcial, el Medio-hombre (le faltaba un brazo y una pierna como resultado de su participación en combates marítimos en la armada española, bajo las órdenes de don Alonso), en uno de los navíos que van a participar en la batalla contra los ingleses, para «cobrar a los ingleses cierta cuenta atrasada». Doña Francisca se opone, pero su marido es terco y sale adelante con sus planes para vivir de primera mano la batalla, como testigos, no como soldados, se entiende. Dedica un capítulo (V) a la presentación de Rosita, la hija de don Alonso.  El niño, entre tareas y juegos, crece y se enamora de ella. Pronto comprende que la diferencia de clase y las convenciones sociales hacen imposible esa relación. Ella se ha comprometido con un oficial de artillería, Rafael Malespina, que también está enrolado en la armada española.
Gabriel, apenas adolescente, entre la inconsciencia, el orgullo de servir a su amo y a su patria y sus ganas de aventura, se enrola muy contento, deseoso de participar en una batalla naval, porque él también era «un hombre de valor». Su ilusión aumenta cuando, el 18 de octubre de 1805, se ve por fin dentro del barco más grande que poseía la armada española en ese momento: el descomunal Santísima Trinidad, «aquel alcázar de madera», 140 «bocas de fuego», descrito con todo detalle y admiración (cap. IX). La armada española estaba supeditada a la francesa, mandada por Villeneuve, hombre poco docto y menos experimentado en asuntos de guerra marítima. Cuarenta buques hispano-franceses contra treinta y tres ingleses se avistan desde Cádiz y el encuentro es inevitable. Galdós, muy exacto en su documentación, ofrece un listado completo de todos los barcos en liza junto con su posición y categoría.
Camino del embarque en Cádiz, comen en casa de su consuegro Malespina, hombre fabulador y fantasioso que se las da de inventor. Por fin, el 21 de octubre, a mediodía comienza la batalla. Gabriel se horroriza cuando descubre que a pesar de todo el ímpetu español los ingleses vencen irremediablemente por una mejor estrategia. Él ejercie de enfermero y transporta muchos heridos a la bodega. El Bucentauro, comandado por Villeneuve, se rinde y ya no hay más que hacer. El narrador relata con todo lujo de detalles y realismo sangriento la terrible batalla (cap. XI). Muchos barcos son apresados y entre ellos el Santísima Trinidad, que ha quedado tan maltrecho que tendrá que ser abandonado, a toda prisa (cap. XII) y suben al Santa Ana, bajo las órdenes del teniente general Álava. También muere el tío maltratador de Gabriel, soldado de la armada española, lo que provoca en él sentimientos encontrados. Por contra, encuentran levemente herido a Rafael Malespina, el futuro marido de Rosita. El capítulo XIII narra las acciones del comandante Churruca, a las órdenes del San Juan; resulta un elogio muy sentido de Galdós a uno de los más grandes marineros de España, junto con Gravina, también presente en el combate.
Los marineros del buque Santa Ana, capturados por los ingleses, se rebelan por sorpresa, consiguen rescatar el barco y huir hacia Cádiz. En el altercado, Marcial y Malespina salen heridos, pero vivos. Para que los heridos lleguen pronto a Cádiz, cambian de barco. Gabriel acompaña a Marcial y Malespina al Rayo, alejándose por primera vez de su amo.
El temporal hace que el Rayo encalle cerca de la costa. Las apuradas circunstancias hacen que Marcial y Gabriel queden atrás en el barco, parece que la muerte es segura. Milagrosamente Gabriel despierta en la playa. Pudieron salvarlo en el último momento, pero Marcial ya estaba muerto. Antes de morir, en brazos de Gabriel, hace una llana y honda declaración de fe cristiana y muere con sosiego (cap. XV). Tras una breve convalecencia, Gabriel vuelve con sus amos. Pero decide abandonar la familia, no sin pesar, cuando es enviado para servir en la nueva casa de Rosita y Malespina, ya contraído su matrimonio. Había madurado y no podía vivir bajo esa humillación, ni la de doña Flora, furtivamente enamorado de él. El fin de la novela promete más aventuras:
Mi propósito era inquebrantable. Sin perder tiempo salí de Medinasidonia, decidido a no servir ni en aquella casa ni en la de Vejer. Después de reflexionar un poco, determiné ir a Cádiz para desde allí trasladarme a Madrid. Así lo hice, venciendo los halagos de Doña Flora, que trató de atarme con una cadena formada de las marchitas rosas de su amor; y desde aquel día, ¡cuántas cosas me han pasado dignas de ser referidas! Mi destino, que ya me había llevado a Trafalgar, llevóme después a otros escenarios gloriosos o menguados, pero todos dignos de memoria. ¿Queréis saber mi vida entera? Pues aguardad un poco, y os diré algo más en otro libro.
Conviene destacar el rigor histórico de Galdós en la construcción narrativa. Movido de un espíritu cívico que nunca esconde, analiza el desastre estratégico de la escuadra franco-española, critica sin miramientos a Godoy y su indignidad servil ante los franceses, lamenta la cobardía de Villeneuve y, en fin, admira la disciplina, estrategia y patriotismo de los ingleses, comenzando por Nelson. Galdós novela para que el lector disfrute, reflexione y aprenda de la historia. De los errores pasados, se puede construir una España mejor, parece que es el mensaje que late en el fondo de sus páginas.
Los personajes están trazados con mano maestra. Resultan verosímiles, consistentes, auténticos en su sentido del honor (don Alonso y Medio-hombre son un ejemplo acabado), su bobaliconería, su miedo y su ingenuidad (Gabriel). Representan ampliamente la sociedad española de la época, con realismo y sin acritud.  Hombres, mujeres, niños y ancianos circulan por estas páginas con verdad: pasan hambre unos, se dedican a la pillería otros, son hombres íntegros, patriotas y abnegados otros más. A todos trata Galdós con una bondad cervantina que aún hoy resulta asombrosamente admirable.
Como siempre en Galdós, son personajes que mantienen una línea de comportamiento aun en contra de ellos mismos. Por su modo de hablar, de actuar y de reaccionar comprendemos muy bien sus intenciones y su categoría moral. Gabriel, por supuesto, es el protagonista (aunque en el relato central es más testigo que otra cosa) y el joven que forja su carácter. Por momentos, recuerda a los protagonistas de la novela picaresca –el mismo Gabriel lo hace al principio de su narración–, pero pronto se ven superados esos modelos por la generosidad de su espíritu y la firmeza y rectitud de carácter. En este sentido, podemos hablar de una novela de aprendizaje, de construcción de la personalidad: el niño desharrapado de las playas gaditanas pasa a joven íntegro, sereno y enérgico que comprende la dureza de la vida, junto con la necesidad de dotarla de un propósito noble.
Estamos ante novela del mar, de la guerra naval, con toda su crudeza y grandeza.  Trafalgar es, seguramente, uno de los mejores relatos bélicos de la literatura española. Fuera de las visiones retrospectivas del narrador, el lugar y el tiempo está comprimidos: Cádiz, cabo Trafalgar y el mar que los baña es el escenario en que se desarrolla la acción.
Esta novela posee una enorme carga reflexiva en torno a la historia de España y al patriotismo como fuerza espiritual (por cierto, también concedida a los ingleses sin ningún reparo). Tampoco se deja de lado la tremenda pobreza de gran parte de la población, que contrasta con la alegría de la vida y las ganas de vivir de todos ellos. Nuestro novelista alcanza un magnífico equilibrio entre ficción e historia, entre acción y reflexión, entre placer lector y reflexión histórica.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Estas actividades se pueden desarrollar y realizar de modo oral o escrito, en el aula o en casa, de modo individual o en grupo. Algunas de ellas, sobre todo las creativas, requieren material o herramientas complementarias, como las TIC).
2.1. Comprensión lectora
1) ¿Dónde y cuándo nace Gabriel de Araceli? ¿A qué grupo social pertenece?
2) ¿Por qué se va de su Cádiz natal? Cita las ciudades donde vive.
3) ¿Por qué don Alonso Medio-hombre desean participar en la batalla de Trafalgar?
4) Realiza un retrato de José María Malespina y resume sus fabulaciones.
5) Cuando Gabriel llega de nuevo a La Caleta, en Cádiz, ¿qué hace? ¿Por qué?
6) Resume esquemáticamente la posición de los barcos para la batalla de Trafalgar.
7) ¿Cómo lograron salvar su vida don Alonso y sus amigos en la batalla?
8) ¿Cuál fue el desenlace de la batalla? ¿Qué se hacía con los muertos?
9) ¿De qué se entera Gabriel respecto del destino de su tío el maltratador?
10) ¿Por qué Gabriel decide abandonar a la familia de don Alonso? ¿Está justificado?
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
1) ¿Qué sentimientos albergaba Gabriel hacia doña Rosita? ¿Qué consecuencias tendrá?
2) ¿Se produce un crecimiento espiritual y emocional de Gabriel a lo largo de la novela? Razona tu respuesta.
3) ¿Por qué España peleó en Gibraltar aliada con Francia?
4) ¿Cómo apreciamos en la novela el sentido del honor de muchas personas? Ejemplifica.
5) Explica el carácter del general Churruca y por qué don Alonso lo admira tanto.
6) Finalmente, el Santísima Trinidad se hunde: explica los sentimientos de Gabriel al comprobar este triste hecho (final del capítulo XII).
2.3. Comentario de texto específico
(Capítulo XV)
Por último, después de algunas horas de mortal angustia, la quilla del Rayo tocó en un banco de arena y se paró. El casco todo y los restos de su arboladura retemblaron un instante: parecía que intentaban vencer el obstáculo interpuesto en su camino; pero éste fue mayor, y el buque, inclinándose sucesivamente de uno y otro costado, hundió su popa, y después de un espantoso crujido, quedó sin movimiento.
Todo había concluido, y ya no era posible ocuparse más que de salvar la vida, atravesando el espacio de mar que de la costa nos separaba. Esto pareció casi imposible de realizar en las embarcaciones que a bordo teníamos; mas había esperanzas de que nos enviaran auxilio de tierra, pues era evidente que la tripulación de un buque recién naufragado vivaqueaba en ella, y no podía estar lejos alguna de las balandras de guerra cuya salida para tales casos debía haber dispuesto la autoridad naval de Cádiz…
El Rayo hizo nuevos disparos, y esperamos socorros con la mayor impaciencia, porque, de no venir pronto, pereceríamos todos con el navío. Este infeliz inválido, cuyo fondo se había abierto al encallar, amenazaba despedazarse por sus propias convulsiones, y no podía tardar el momento en que, desquiciada la clavazón de algunas de sus cuadernas, quedaríamos a merced de las olas, sin más apoyo que el que nos dieran los desordenados restos del buque.
Los de tierra no podían darnos auxilio; pero Dios quiso que oyera los cañonazos de alarma una balandra que se había hecho a la mar desde Chipiona, y se nos acercó por la proa, manteniéndose a buena distancia. Desde que avistamos su gran vela mayor vimos segura nuestra salvación, y el comandante del Rayo dio las órdenes para que el trasbordo se verificara sin atropello en tan peligrosos momentos.
Mi primera intención, cuando vi que se trataba de trasbordar, fue correr al lado de las dos personas que allí me interesaban: el señorito Malespina y Marcial, ambos heridos, aunque el segundo no lo estaba de gravedad. Encontré al oficial de artillería en bastante mal estado, y decía a los que le rodeaban: «No me muevan; déjenme morir aquí».
Marcial había sido llevado sobre cubierta, y yacía en el suelo con tal postración y abatimiento, que me inspiró verdadero miedo su semblante. Alzó la vista cuando me acerqué a él, y tomándome la mano, dijo con voz conmovida: «Gabrielillo, no me abandones.
-¡A tierra! ¡Todos vamos a tierra!», exclamé yo procurando reanimarle; pero él, moviendo la cabeza con triste ademán, parecía presagiar alguna desgracia.
Traté de ayudarle para que se levantara; pero después del primer esfuerzo, su cuerpo volvió a caer exánime, y al fin dijo: «No puedo». Las vendas de su herida se habían caído, y en el desorden de aquella apurada situación no encontró quien se las aplicara de nuevo. Yo le curé como pude, consolándole con palabras de esperanza; y hasta procuré reír ridiculizando su facha, para ver si de este modo le reanimaba.
Pero el pobre viejo no desplegó sus labios; antes bien inclinaba la cabeza con gesto sombrío, insensible a mis bromas lo mismo que a mis consuelos. Ocupado en esto, no advertí que había comenzado el embarque en las lanchas. Casi de los primeros que a ellas bajaron fueron D. José María Malespina y su hijo. Mi primer impulso fue ir tras ellos siguiendo las órdenes de mi amo; pero la imagen del marinero herido y abandonado me contuvo.
Malespina no necesitaba de mí, mientras que Marcial, casi considerado como muerto, estrechaba con su helada mano la mía, diciéndome: «Gabriel, no me abandones». Las lanchas atracaban difícilmente; pero a pesar de esto, una vez trasbordados los heridos, el embarco fue fácil, porque los marineros se precipitaban en ellas deslizándose por una cuerda, o arrojándose de un salto. Muchos se echaban al agua para alcanzarlas a nado. Por mi imaginación cruzó como un problema terrible la idea de cuál de aquellos dos procedimientos emplearía para salvarme. No había tiempo que perder, porque el Rayo se desbarataba: casi toda la popa estaba hundida, y los estallidos de los baos y de las cuadernas medio podridas anunciaban que bien pronto aquella mole iba a dejar de ser un barco.
Todos corrían con presteza hacia las lanchas, y la balandra, que se mantenía a cierta distancia, maniobrando con habilidad para resistir la mar, les recogía. Las embarcaciones volvían vacías al poco tiempo, pero no tardaban en llenarse de nuevo. Yo observé el abandono en que estaba Medio-hombre, y me dirigí sofocado y llorando a algunos marineros, rogándoles que cargaran a Marcial para salvarle. Pero harto hacían ellos con salvarse a sí propios.
En un momento de desesperación traté yo mismo de echármele a cuestas; pero mis escasas fuerzas apenas lograron alzar del suelo sus brazos desmayados. Corrí por toda la cubierta buscando un alma caritativa, y algunos estuvieron a punto de ceder a mis ruegos; mas el peligro les distrajo de tan buen pensamiento. Para comprender esta inhumana crueldad, es preciso haberse encontrado en trances tan terribles: el sentimiento y la caridad desaparecen ante el instinto de conservación que domina el ser por completo, asimilándole a veces a una fiera.
«¡Oh, esos malvados no quieren salvarte, Marcial! -exclamé con vivo dolor.
-Déjales -me contestó-. Lo mismo da a bordo que en tierra. Márchate tú; corre, chiquillo, que te dejan aquí».
No sé qué idea mortificó más mi mente: si la de quedarme a bordo, donde perecería sin remedio, o la de salir dejando solo a aquel desgraciado. Por último, más pudo la voz de la naturaleza que otra fuerza alguna, y di unos cuantos pasos hacia la borda. Retrocedí para abrazar al pobre viejo, y corrí luego velozmente hacia el punto en que se embarcaban los últimos marineros. Eran cuatro: cuando llegué, vi que los cuatro se habían lanzado al mar y se acercaban nadando a la embarcación, que estaba como a unas diez o doce varas de distancia.
«¿Y yo? -exclamé con angustia, viendo que me dejaban-. ¡Yo voy también, yo también!». Grité con todas mis fuerzas; pero no me oyeron o no quisieron hacerme caso. A pesar de la obscuridad, vi la lancha; les vi subir a ella, aunque esta operación apenas podía apreciarse por la vista. Me dispuse a arrojarme al agua para seguir la misma suerte; pero en el instante mismo en que se determinó en mi voluntad esta resolución, mis ojos dejaron de ver lancha y marineros, y ante mí no había más que la horrenda obscuridad del agua.

 

a) Comprensión lectora
1) Resume el texto, indica su tema y señala los apartados temáticos o secciones de contenido.
2) Analiza física y psicológicamente los personajes que intervienen.
3) Indica el lugar y el tiempo en que ocurre la acción.
4) ¿Quién narra la acción?
5) Localiza y explica el uso de media docena de recursos estilísticos.
b) Interpretación
1) ¿Cuál es el debate moral en que se encuentra Gabriel?
2) ¿Es un texto dramático? Razona tu respuesta.
3) ¿Cómo es la reacción de Marcial ante las dudas del niño acerca de su futuro inmediato? ¿Qué muestra de su carácter?
4) La proximidad de la muerte aumenta la cobardía y el miedo. ¿Cómo se aprecia en este fragmento?
2.4. Fomento de la creatividad
1) Documéntate sobre la batalla de Trafalgar y realiza una exposición ante la clase, con medios TIC si es posible.
2) Recrea una batalla y cuéntala en una narración con verismo y cierta posición ética.
3) Reescribe el final de la novela e imagina un desenlace más acorde a tus ideas.
4) Tomando el diálogo entre Marcial y Gabriel, escribe un pequeño texto teatral sobre ese lance. Ten en cuenta que Marcial, al fin, muere.

Acerca de Simón Valcárcel Martínez

Profesor de Lengua Castellana y Literatura. En este blog se puede encontrar: - Filología: artículos y monografías sobre temas y autores de la literatura española. - Didáctica de la Lengua y la Literatura: reflexiones, pautas y sugerencias para mejorar la enseñanza de la lengua y la literatura, dirigidas a maestros y profesores de la materia. - Creación literaria: novelas y cuentos originales del autor, dirigidos especialmente a niños y jóvenes, pero también a adultos. - Actividades de aprendizaje de lengua y literatura: análisis textuales realizados acompañados de propuestas didácticas para mejorar y perfeccionar la competencia comunicativa.
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