Leopoldo Alas, Clarín: «La Regenta» (cap. XXVI); análisis y propuesta didáctica

Leopoldo Alas, Clarín: La Regenta (cap. XXVI)
El Viernes Santo amaneció plomizo; el Magistral muy temprano, en cuanto fue de día, se asomó al balcón a consultar las nubes. «¿Llovería? Hubiera dado años de vida porque el sol barriera aquel toldo ceniciento y se asomara a iluminar cara a cara y sin rebozo aquel día de su triunfo… ¡Dos días de triunfo! ¡El miércoles el entierro del ateo convertido, el viernes el entierro de Cristo, y en ambos él, don Fermín triunfante, lleno de gloria, Vetusta admirada, sometida, los enemigos tragando polvo, dispersos y aniquilados!».
También Ana miró al cielo muy de mañana, y sin poder remediarlo pensó ¡si lloviera! Lo deseaba y le remordía la conciencia de este deseo. Estaba asustada de su propia obra. «Yo soy una loca -pensaba- tomo resoluciones extremas en los momentos de la exaltación y después tengo que cumplirlas cuando el ánimo decaído, casi inerte, no tiene fuerza para querer». Recordaba que de rodillas ante el Magistral le había ofrecido aquel sacrificio, aquella prueba pública y solemne de su adhesión a él, al perseguido, al calumniado. Se le había ocurrido aquella tremenda traza de mortificación propia en la novena de los Dolores, oyendo el Stabat Mater de Rossini, figurándose con calenturienta fantasía la escena del Calvario, viendo a María a los pies de su hijo, dum pendebat filius, como decía la letra. Había recordado, como por inspiración, que ella había visto en Zaragoza a una mujer vestida de Nazareno, caminar descalza detrás de la urna de cristal que encerraba la imagen supina del Señor, y sin pensarlo más, había resuelto, se había jurado a sí misma caminar así, a la vista del pueblo entero, por todas las calles de Vetusta detrás de Jesús muerto, cerca de aquel Magistral que padecía también muerte de cruz, calumniado, despreciado por todos… y hasta por ella misma… Y ya no había remedio, don Fermín, después de una oposición no muy obstinada, había accedido y aceptaba la prueba de fidelidad espiritual de Ana; doña Petronila, a quien ya no miraba como tercera repugnante de aventuras sacrílegas, se había ofrecido a preparar el traje y todos los pormenores del sacrificio… «¡Y ahora, cuando era llegado el día, cuando se acercaba la hora, se le ocurría a ella dudar, temer, desear que se abrieran las cataratas del cielo y se inundara el mundo para evitar el trance de la procesión!».
Ana pensaba también en su Quintanar. Todo aquello era por él, cierto; era preciso agarrarse a la piedad para conservar el honor, pero ¿no había otra manera de ser piadosa? ¿No había sido un arrebato de locura aquella promesa? ¿No iba a estar en ridículo aquel marido que tenía que ver a su esposa descalza, vestida de morado, pisando el lodo de todas las calles de la Encimada, dándose en espectáculo a la malicia, a la envidia, a todos los pecados capitales, que contemplarían desde aceras y balcones aquel cuadro vivo que ella iba a representar? Buscaba Ana el fuego del entusiasmo, el frenesí de la abnegación que hacía ocho días, en la iglesia, oyendo música, le habían sugerido aquel proyecto; pero el entusiasmo, el frenesí, no volvían; ni la fe siquiera la acompañaba. El miedo a los ojos de Vetusta, a la malicia boquiabierta, la dominaba por completo; ya no creía, ni dejaba de creer; no pensaba ni en Dios, ni en Cristo, ni en María, ni siquiera en la eficacia de su sacrificio para restaurar la fama del Magistral: no pensaba más que en el escándalo de aquella exhibición. «Sí, escándalo era; la mujer de su casa, la esposa honesta, protestaba dentro de Ana contra el espectáculo próximo… No, no estaba segura de que su abnegación fuese buena siquiera; acaso era una desfachatez; la paz de su casa, el recato del hogar, lo decían con silencio solemne…» y Ana sudaba de congoja… «¡Lo que había prometido!».
No llovió. El toldo gris del cielo continuó echado sobre el pueblo todo el día. Una hora antes de obscurecer salió la procesión del Entierro de la iglesia de San Isidro.
-«¡Ya llega, ya llega!» -murmuraban los socios del Casino apiñados en los balcones, codeándose, pisándose, estrujándose, los músculos del cuello en tensión, por el afán de ver mejor el extraño espectáculo, de contemplar a su sabor a la dama hermosa, a la perla de Vetusta, rodeada de curas y monagos, a pie y descalza, vestida de nazareno, ni más ni menos que el señor Vinagre, el cruelísimo maestro de escuela.
Como una ola de admiración precedía al fúnebre cortejo; antes de llegar la procesión a una calle, ya se sabía en ella, por las apretadas filas de las aceras, por la muchedumbre asomada a ventanas y balcones que «la Regenta venía guapísima, pálida, como la Virgen a cuyos pies caminaba». No se hablaba de otra cosa, no se pensaba en otra cosa. Cristo tendido en su lecho, bajo cristales, su Madre de negro, atravesada por siete espadas, que venía detrás, no merecían la atención del pueblo devoto; se esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos… En frente del Casino, en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio churrigueresco de piedra obscura, estaban, detrás de colgaduras carmesí y oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la Marquesa, Visitación, Obdulia, las del barón y otras muchas damas de la llamada aristocracia por la humilde y envidiosa clase media. Obdulia estaba pálida de emoción. Se moría de envidia. «¡El pueblo entero pendiente de los pasos, de los movimientos, del traje de Ana, de su color, de sus gestos!… ¡Y venía descalza! ¡Los pies blanquísimos, desnudos, admirados y compadecidos por multitud inmensa!». Esto era para la de Fandiño el bello ideal de la coquetería. Jamás sus desnudos hombros, sus brazos de marfil sirviendo de fondo a negro encaje bordado y bien ceñido; jamás su espalda de curvas vertiginosas, su pecho alto y fornido, y exuberante y tentador, habían atraído así, ni con cien leguas, la atención y la admiración de un pueblo entero, por más que los luciera en bailes, teatros, paseos y también procesiones… ¡Toda aquella carne blanca, dura, turgente, significativa, principal, era menos por razón de las circunstancias, que dos pies descalzos que apenas se podían entrever de vez en cuando debajo del terciopelo morado de la nazarena! «Y era natural; todo Vetusta, seguía pensando Obdulia, tiene ahora entre ceja y ceja esos pies descalzos, ¿por qué? porque hay un cachet distinguidísimo en el modo de la exhibición, porque… esto es cuestión de escenario». «¿Cuándo llegará?» preguntaba la viuda, lamiéndose los labios, invadida de una envidia admiradora, y sintiendo extraños dejos de una especie de lujuria bestial, disparatada, inexplicable por lo absurda. Sentía Obdulia en aquel momento así… un deseo vago… de… de… ser hombre.
Hombre era, y muy hombre, el maestro de escuela Vinagre, don Belisario, que se disfrazaba de Nazareno en tan solemne día, según costumbre inveterada y era el más terrible Herodes de primeras letras los demás días del año. Todos los chiquillos de su escuela, que le aborrecían de corazón, se agolpaban en calles, plazas y balcones, a ver pasar al señor maestro, con su cruz de cartón al hombro y su corona de espinas al natural, que le pinchaban efectivamente, como se conocía por el movimiento de las cejas y la expresión dolorosa de las arrugas de la frente. Deseaban los muchachos cordialmente que aquellas espinas le atravesasen el cráneo. El entierro de Cristo era la venganza de toda la escuela. Vinagre, en su afán de mortificar a cuantas generaciones pasaban por su mano, se gozaba en lastimar a la suya, en su propia persona. Pero no sólo el prurito de darse tormento como a cada hijo de vecino, le había inspirado aquella diablura de coronarse de espinas y dar un gustazo a los recentales de su rebaño pedagógico, sino que era gran parte en aquella exhibición anual la pícara vanidad. El saber que una vez al año, él, Vinagre, don Belisario, era objeto de la espectación general, le llenaba el alma de gloria. Nadie se había atrevido a seguir su ejemplo; él era el único Nazareno de la población y gozaba de este privilegio tranquilamente muchos años hacía.
La competencia de doña Ana Ozores en vez de molestarle le colmó de orgullo. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, en cuanto la vio salir de San Isidro, se emparejó con ella, la saludó muy cortésmente, y con su cruz a cuestas y todo supo demostrar que él era ante todo, y aun camino del Calvario, un cumplido caballero; si había charcos él era el que se metía por ellos para evitar el fango a los pies desnudos y de nácar de aquella ilustre señora, su compañera. Ana iba como ciega, no oía ni entendía tampoco, pero la presencia grotesca de aquel compañero inesperado la hizo ruborizarse y sintió deseos locos de echar a correr. «La habían engañado, nada le habían dicho de aquella caricatura que iba a llevar al lado». «Oh, si ella tuviese todavía aquel espíritu sinceramente piadoso de otro tiempo, esta nueva mortificación, este escarnio, esta saturación de ridículo le hubiera agradado, porque así el sacrificio era mayor, la fuerza de su abnegación sublime».
Vinagre admiró como todo el pueblo, especialmente el pueblo bajo, los pies descalzos de la Regenta. En cuanto a él lucía deslumbradora bota de charol, con perdón de la propiedad histórica. Demasiado sabía Vinagre que las botas de charol no existían en tiempo de Augusto, ni aunque existieran las había de llevar Jesús al Calvario; pero él no era más que un devoto, un devoto que en todo el año no tenía ocasión de lucirse; había que perdonarle la vanidad de ostentar en aquella ocasión sus botas como espejos, que sólo se calzaba en tan solemne día.
«¡Ya llegan, ya llegan! repitieron los del Casino y las señoras de la Audiencia cuando la procesión llegaba de verdad. Ahora no era un rumor falso, eran ellos, era el Entierro».
Cesaron los comentarios en los balcones.
Todas las almas, más o menos ruines, se asomaron a los ojos.
Ni un solo vetustense allí presente pensaba en Dios en tal instante.
El pobre don Pompeyo, el ateo, ya había muerto.
Visitación, la del Banco, en vez de mirar como todos hacia la calle estrecha por donde ya asomaban los pendones tristes y desmayados, las cruces y ciriales, observaba el gesto de don Álvaro Mesía, que estaba solo, al parecer, en el último balcón de la fachada del Casino, en el de la esquina. Todo de negro, abrochada la levita ceñida hasta el cuello, don Álvaro, pálido, mordía de rato en rato el puro habano que tenía en la boca, sonreía a veces y se volvía de cuando en cuando a contestar a un interlocutor, invisible para Visita.
Era don Víctor Quintanar. Los dos amigos se habían encerrado en la secretaría del Casino, a ruegos del ex-regente, que quería ver, sin ser visto, lo que él  llamaba la subida al Calvario de su dignidad. Detrás de Mesía, que daba buena sombra, temblando sin saber por qué, impaciente, casi con fiebre, Quintanar se disponía a ver todo lo que pudiera.
-Mire usted -decía- si yo tuviera aquí una bomba Orsini… se la arrojaba sin inconveniente al señor Magistral cuando pase triunfante por ahí debajo. ¡Secuestrador!
-Calma, don Víctor, calma; esto es el principio del fin. Estoy seguro de que Ana está muerta de vergüenza a estas horas. Nos la han fanatizado, ¿qué le hemos de hacer? pero ya abrirá los ojos; el exceso del mal traerá el remedio… Ese hombre ha querido estirar demasiado la cuerda; claro que esto es un gran triunfo para él… pero Ana tendrá que ver al cabo que ha sido instrumento del orgullo de ese hombre.
-¡Eso, instrumento, vil instrumento! La lleva ahí como un triunfador romano a una esclava… detrás del carro de su gloria…
Don Víctor se embrollaba en estas alegorías, pero lo cierto era que él se figuraba a don Fermín de Pas, en medio de la procesión, y de pie en un carro de cartón, como él había visto entrar al barítono en el escenario del Real, una noche que cantaba el Poliuto.
Don Álvaro no fingía su buen humor. Estaba un poco excitado, pero no se sentía vencido; él se atenía a sus experiencias. «Aquel clérigo no había tocado en la Regenta, estaba seguro». Sonreía de todo corazón, sonreía a sus pensamientos, a sus planes. «Claro que les molestaba a los nervios aquel espectáculo en que aparentemente el rival se mostraba triunfando a la romana, según don Víctor, pero… no había tocado en ella».
Quintanar, desde su escondite, vio asomar entre los balaustres negros del balcón una cruz dorada, remate de un pendón viejo y venerable. Se puso de pies sobre la silla, siempre sin poder ser visto desde la calle, y reconoció a Celedonio con una cruz de plata entre los brazos.
Mesía, dejando detrás de sí a su amigo, ocupó el medio del balcón, arrogante y desafiando las miradas de los clérigos que pasaban debajo de él.
Los tambores vibraban fúnebres, tristes, empeñados en resucitar un dolor muerto hacía diez y nueve siglos; a don Víctor sí le sonaba aquello a himno de muerte; se le figuraba ya que llevaban a su mujer al patíbulo.
El redoble del parche se destacaba en un silencio igual y monótono.
En la calle estrecha, de casas obscuras, se anticipaba el crepúsculo; las largas filas de hachas encendidas, se perdían a lo lejos hacia arriba, mostrando la luz amarillenta de los pábilos, como un rosario de cuenta, doradas, roto a trechos. En los cristales de las tiendas cerradas y de algunos balcones, se reflejaban las llamas movibles, subían y bajaban en contorsiones fantásticas, como sombras lucientes, en confusión de aquelarre. Aquella multitud silenciosa, aquellos pasos sin ruido, aquellos rostros sin expresión de los colegiales de blancas albas que alumbraban con cera la calle triste, daban al conjunto apariencia de ensueño. No parecían seres vivos aquellos seminaristas cubiertos de blanco y negro, pálidos unos, con cercos morados en los ojos, otros morenos, casi negros, de pelo en matorral, casi todos cejijuntos, preocupados con la idea fija del aburrimiento, máquinas de hacer religión, reclutas de una leva forzosa del hambre y de la holgazanería. Iban a enterrar a Cristo, como a cualquier cristiano, sin pensar en Él; a cumplir con el oficio. Después venían en las filas clérigos con manteo, militares, zapateros, y sastres vestidos de señores, algunos carlistas, cinco o seis concejales, con traje de señores también. Iba allí Zapico, el dueño ostensible de la Cruz Roja, esclavo de doña Paula. El Cristo tendido en un lecho de batista, sudaba gotas de barniz. Parecía haber muerto de consunción. A pesar de la miseria del arte, la estatua supina, por la grandeza del símbolo infundía respeto religioso… Representaba a través de tantos siglos un duelo sublime. Detrás venía la Madre. Alta, escuálida, de negro, pálida como el hijo, con cara de muerta como él. Fija la mirada de idiota en las piedras de la calle, la impericia del artífice había dado, sin saberlo, a aquel rostro la expresión muda del dolor espantado, del dolor que rebosa del sufrimiento. María llevaba siete espadas clavadas en el pecho. Pero no daba señales de sentirlas; no sentía más que la muerte que llevaba delante. Se tambaleaba sobre las andas. También esto era natural. Desde su altura dominaba la muchedumbre, pero no la veía. La Madre de Jesús no miraba a los vetustenses… Don Álvaro Mesía, al pasar cerca de sus pies la Dolorosa tuvo miedo, dio un paso atrás en vez de arrodillarse. El choque de aquella imagen del dolor infinito con los pensamientos de don Álvaro, todos profanación y lujuria, le espantó a él mismo. Estaba pensando que Ana, después de aquella locura que cometía por el confesor, por De Pas, haría otras mayores por el amante, por Mesía.
Allí iba la Regenta, a la derecha de Vinagre, un paso más adelante, a los pies de la Virgen enlutada, detrás de la urna de Jesús muerto. También Ana parecía de madera pintada; su palidez era como un barniz. Sus ojos no veían. A cada paso creía caer sin sentido. Sentía en los pies, que pisaban las piedras y el lodo un calor doloroso; cuidaba de que no asomasen debajo de la túnica morada; pero a veces se veían. Aquellos pies desnudos eran para ella la desnudez de todo el cuerpo y de toda el alma. «¡Ella era una loca que había caído en una especie de prostitución singular!; no sabía por qué, pero pensaba que después de aquel paseo a la vergüenza ya no había honor en su casa. Allí iba la tonta, la literata, Jorge Sandio, la mística, la fatua, la loca, la loca sin vergüenza». Ni un solo pensamiento de piedad vino en su ayuda en todo el camino. El pensamiento no le daba más que vinagre en aquel calvario de su recato. Hasta recordaba textos de Fray Luis de León en la Perfecta Casada, que, según ella, condenaban lo que estaba haciendo. «Me cegó la vanidad, no la piedad, pensaba». «Yo también soy cómica, soy lo que mi marido». Si alguna vez se atrevía a mirar hacia atrás, a la Virgen, sentía hielo en el alma. «La Madre de Jesús no la miraba, no hacía caso de ella; pensaba en su dolor cierto; ella, María, iba allí porque delante llevaba a su Hijo muerto, pero Ana, ¿a qué iba?…».
Según el Magistral, iba pregonando su gloria. Don Fermín no presidía este entierro como el del miércoles, pero celebraba con él su nuevo triunfo. Caminaba cerca de Ana, casi a su lado en la fila derecha, entre otros señores canónigos, con roquete, muceta y capa; empuñaba el cirio apagado, como un cetro. «Él era el amo de todo aquello. Él, a pesar de las calumnias de sus enemigos había convertido al gran ateo de Vetusta haciéndole morir en el seno de la Iglesia; él llevaba allí, a su lado, prisionera con cadenas invisibles a la señora más admirada por su hermosura y grandeza de alma en toda Vetusta; iba la Regenta edificando al pueblo entero con su humildad, con aquel sacrificio de la carne flaca, de las preocupaciones mundanas, y era esto por él, se le debía a él sólo. ¿No se decía que los jesuitas le habían eclipsado? ¿Que los Misioneros podían más que él con sus hijas de confesión? Pues allí tenían prueba de lo contrario. ¿Los jesuitas obligaban a las vírgenes vetustenses a ceñir el cilicio? Pues él descalzaba los más floridos pies del pueblo y los arrastraba por el lodo… allí estaban, asomando a veces debajo de aquel terciopelo morado, entre el fango. ¿Quién podía más?». Y después de las sugestiones del orgullo, los temblores cardíacos de la esperanza del amor. «¿Qué serían, cómo serían en adelante sus relaciones con Ana?». Don Fermín se estremecía. «Por de pronto mucha cautela. Tal vez el día en que dejé la puerta abierta a los celos la asusté y por eso tardó en volver a buscarme. Cautela por ahora… después… ello dirá». De Pas sentía que lo poco de clérigo que quedaba en su alma desaparecía. Se comparaba a sí mismo a una concha vacía arrojada a la arena por las olas. «Él era la cáscara de un sacerdote».
Al pasar delante del Casino, frente al balcón de Mesía, Ana miraba al suelo, no vio a nadie. Pero don Fermín levantó los ojos y sintió el topetazo de su mirada con la de don Álvaro; el cual reculó otra vez, como al pasar la Virgen, y de pálido pasó a lívido. La mirada del Magistral fue altanera, provocativa, sarcástica en su humildad y dulzura aparentes: quería decir ¡Vae Victis! La de Mesía no reconocía la victoria; reconocía una ventaja pasajera… fue discreta, suavemente irónica, no quería decir: «Venciste, Galileo» sino «hasta el fin nadie es dichoso». De Pas comprendió, con ira, que el del balcón no se daba por vencido.
-¡Va hermosísima! -decían en tanto las señoras del balcón de la Audiencia.
-¡Hermosísima!
-¡Pero se necesita valor!
-Amigo, es una santa.
-Yo creo que va muerta -dijo Obdulia-; ¡qué pálida! ¡qué parada! parece de escayola.
-Yo creo que va muerta de vergüenza -dijo al oído de la Marquesa, Visita.
Doña Rufina suspiraba con aires de compasión. Y advirtió:
-Lo de ir descalza ha sido una barbaridad. Va a estar en cama ocho días con los pies hechos migas.
La baronesa de La Deuda Flotante, definitivamente domiciliada en Vetusta, se atrevió a decir encogiendo los hombros:
-Dígase lo que se quiera; estos extremos no son propios… de personas decentes.
El Marqués apoyó la idea muy eruditamente.
-Eso es piedad de transtiberina.
-Justo -dijo la baronesa, sin recordar en aquel instante lo que era una transtiberina.
Como en la Audiencia, en todos los balcones de la carrera, después de pasar la procesión y haber contemplado y admirado la hermosura y la valentía de la Regenta, se murmuraba ya y se encontraba inconvenientes graves en aquel «rasgo de inaudito atrevimiento».
Foja en el Casino, lejos de Mesía y don Víctor, decía pestes del Magistral y la Regenta. «Todo eso es indigno. No sirve más que para dar alas al Provisor. Lo que ha hecho la Regenta lo pagarán los curas de aldea. Además, la mujer casada la pierna quebrada y en casa».
-Sin contar -añadía Joaquín Orgaz- con que esto se presta a exageraciones y abusos. El año que viene vamos a ver a Obdulia Fandiño descalza de pie… y pierna, del brazo de Vinagre.
Se rió mucho la gracia.
Pero también se notó que Orgaz decía aquello porque no había sacado nada de sus pretensiones amorosas, o por lo menos, no había sacado bastante.
El populacho religioso admiraba sin peros ni distingos la humildad de aquella señora. «Aquello era imitar a Cristo de verdad. ¡Emparejarse, como un cualquiera, con el señor Vinagre el nazareno; y recorrer descalza todo el pueblo!… ¡Bah! ¡era una santa!».
En cuanto a don Víctor, al pasar debajo de su balcón el Magistral y Ana preguntó a Mesía:
-¿Están ya ahí?
-Sí, ahí van…
Y el mismo esposo estiró el cuello… y asomó la cabeza… Lo vio todo. Dio un salto atrás.
-¡Infame! ¡es un infame! ¡me la ha fanatizado!
Sintió escalofríos. En aquel instante la charanga del batallón que iba de escolta comenzó a repetir una marcha fúnebre.
Al pobre Quintanar se le escaparon dos lágrimas. Se le figuró al oír aquella música que estaba viudo, que aquello era el entierro de su mujer.
-Ánimo, don Víctor -le dijo Mesía volviéndose a él, y dejando el balcón-. Ya van lejos.
-No; no quiero verla otra vez. ¡Me hace daño!
-Ánimo… Todo esto pasará…
Y apoyó Mesía una mano en el hombro del viejo.
El cual, agradecido, enternecido, se puso en pie; procuró ceñir con los brazos la espalda y el pecho del amigo, y exclamó con voz solemne y de sollozo:
-¡Lo juro por mi nombre honrado! ¡Antes que esto, prefiero verla en brazos de un amante!
-Sí, mil veces, sí -añadió- ¡búsquenle un amante, sedúzcanmela; todo antes que verla en brazos del fanatismo!…
Y estrechó, con calor, la mano que don Álvaro le ofrecía.
La marcha fúnebre sonaba a los lejos. El chin, chin de los platillos, el rum rum del bombo servían de marco a las palabras grandilocuentes de Quintanar.
-¡Qué sería del hombre en estas tormentas de la vida, si la amistad no ofreciera al pobre náufrago una tabla donde apoyarse!
¡Chin, chin, chin! ¡bombombom!
-¡Sí, amigo mío! ¡Primero seducida que fanatizada!…
-Puede usted contar con mi firme amistad, don Víctor; para las ocasiones son los hombres…
-Ya lo sé, Mesía, ya lo sé… ¡Cierre usted el balcón, porque se me figura que tengo ese bombo maldito dentro de la cabeza!
Fuente: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/la-regenta–1/html/ff0eb4a0-82b1-11df-acc7-002185ce6064_15.html#I_44_

 

1. ANÁLISIS
Leopoldo Alas, Clarín (Zamora, 1852 – Oviedo, 1901) es uno de los más brillantes y agudos narradores de todos los tiempos en lengua española. Profesor universitario de la rama del derecho, crítico literario, influido e imbuido de ideales regeneracionistas y krausistas –sistematizados y difundidos en España por Julián Sanz del Río–, Clarín ha ejercido un magisterio evidente en la literatura española. Además de sus cuentos, deliciosos, agudos, densos –«Adiós, Cordera» (1892), es quizá el más memorable–, compuso dos novelas de gran calidad, La Regent(1884-1885) y Su único hijo (1890).
La Regenta presenta la vida toda, con sus luces y sombras, sus miserias y grandezas, de Vetusta, trasunto comúnmente aceptado de Oviedo, ciudad en la que vivía nuestro novelista. Bajo los postulados del realismo y el naturalismo, que integra en una formulación personal superior, Clarín organiza su relato en torno a Ana Ozores, «la Regenta», apodada así por ser esposa del regente de la audiencia de la ciudad de Vetusta, don Víctor Quintanar. Ella es pusilánime, enfermiza, psicológicamente variable e influenciable con cierta facilidad. Heredera de sus lecturas románticas, se identifica en parte con las heroínas de folletín que buscan un amor imposible, un anhelo indefinible y, por ello, destructivo en sí mismo.
Su esposo, de mucha mayor edad, está más preocupado por las cuestiones de caza y del teatro calderoniano que por las ansiedades de su mujer. Hacen presa en ella Fermín de Pas, ambicioso magistral de la catedral y Álvaro Mesía, cínico don juan local de vida errante entre Madrid y Vetusta. Ambos se disputan la conquista espiritual, emocional y amorosa de Ana Ozores. De por medio, queda el retrato divertido, irónico y satírico de la pacata sociedad vetustense.
Clarín no oculta su intención crítica superior: muestra las vergüenzas morales y materiales de una sociedad estancada, mojigata y absurdamente inmovilista y conservadora. Pero lo hace con intención constructiva, reflexiva
Clarín escribe sus novelas bajo los postulados del realismo y del naturalismo, que resumimos brevemente: observación minuciosa de la realidad para luego trasladarla con el mismo detallismo a su libro; atención por igual a todas las clases sociales, desde la vieja nobleza hasta los humildes menestrales; penetración psicológica de los personajes, del que se nos muestra su interioridad más íntima; verosimilitud básica, lo que facilita la familiaridad del lector con el mundo novelesco; renovación estilística respecto del romanticismo, basado en la atención al lenguaje popular tanto como al culto y depuración expresiva; introducción de técnicas narrativas nuevas, sobre todo el monólogo interior o soliloquio, el estilo indirecto libre, la ambigua situación del narrador –oscilante entre la omnisciencia objetiva y distanciada, y la parcial y partidista– y la alternancia en el punto de vista.
Aquí hemos elegido un extracto que procede del capítulo XXVI, ya cerca del final. Los titubeos religiosos y emocionales de Ana la balancean del poder de don Fermín al de don Álvaro; predadores despiadados, sólo esperan que la presa caiga rendida a sus pies por agotamiento. Tan importante era rendir a Ana como destruir al contrincante. La Regenta decide salir de penitente en una procesión de Semana Santa, descalza, al lado del maestro, Vinagre, uno de los hombres más odiados de Vetusta. Era un modo de mostrar su sumisión al Magistral y el triunfo de la fe. El texto presenta en fino análisis las reacciones de los habitantes. Narra con exactitud el discurrir de la procesión, describe con morosidad las reacciones físicas y psíquicas de los supuestos amigos y enemigos de la Regenta, todo ello en un fino análisis de introspección psicológica. Clarín nos muestra la sordidez moral de sus almas, corroídas por la envidia ellas, traspasadas de lujuria ellos.
El lenguaje utilizado, preciso como un bisturí, da cuenta poética de una sociedad y unas personas maravillosamente descritas. El punto de vista oscila, va y viene, de un personaje a otro, de un lugar a otro de las calles que recorre la procesión. El terrible sarcasmo que cierra el texto es muy amargo. Don Víctor preferiría que su mujer incurriera en adulterio antes que salir de ese modo en la procesión. Y se lo confiesa a quien lleva meses preparando ese adulterio, con gravísimas consecuencias para don Víctor y Ana.
El patetismo de la escena también es muy llamativo; se ve rebajado por la ironía del narrador, que ni por un momento deja de enviar mensajes al lector para que analice la situación fría y objetivamente: lo grotesco de Ana recorriendo las calles de Vetusta al lado de Vinagre, junto a un Cristo yacente y una Virgen atravesada por siete puñales, no es más que una escena de unas vidas miserables y absurdas.
En este fragmento se aprecian muy bien los temas de la novela: la situación de la mujer en un entorno conservador y machista, la pugna entre grupos de casino sin más ocupación que sus ridículos ocios, envidias y celos, la problemática religiosidad de personas auténticas frente a otras exaltadas o ignorantes, el conservadurismo recalcitrante que impide el progreso armonioso de la sociedad…
Sin ningún género de dudas, Clarín nos deja en La Regenta una obra maestra de la literatura realista española de la segunda mitad del siglo XIX. La inteligencia compositiva, temática y estilística hacen de ella una novela inolvidable y transcendente desde el punto de vista estético.
2. PROPUESTA DIDÁCTICA
(Las actividades que a continuación se proponen se pueden referir a todo el fragmento o a una parte de él, a conveniencia del profesor. Pueden ser realizadas de modo oral o escrito, en clase o en casa, de forma individual o en grupo. Los bloques 2 y 3 se pueden desarrollar a través de un Aprendizaje Basado en Proyectos. El empleo de los medios TIC pueden ser muy interesantes).
2.1. Comprensión lectora
1) Resume el contenido del texto (100 palabras).
2) Presenta y analiza la media docena de personajes más importantes.
3) Fíjate en la figura del narrador y explica cómo ve los hechos y los presenta al lector.
4) Proporciona ejemplos de soliloquios y de estilo indirecto libre. Nos permiten conocer los pensamientos más profundos de los personajes.
5) Acota el espacio y el tiempo en el que transcurre la acción.
6) Ofrece ejemplos del empleo de recursos estilísticos que dotan de gran expresividad y belleza al texto.
2.2. Interpretación y pensamiento analítico
1) ¿Por qué el populacho admira a Ana y su paseo penitencial por Vetusta? ¿Todos opinan igual?
2) ¿Cómo percibimos la ironía de Clarín respecto de los personajes y los hechos narrados?
3) Fermín de Pas, el Magistral, ¿qué tipo de triunfo desea sobre don Álvaro? De otro modo, ¿qué siente por Ana?
4) ¿Qué siente Vinagre al llevar a su lado a La Regenta? ¿Cuánto hay de vanidad, de rito y de tontería en la actitud del maestro de escuela?
5) Caracteriza la sociedad vetustense desde el punto de vista político, cultural, económico y religioso, a juzgar por los datos que ofrece el texto.
2.3. Fomento de la creatividad
1) Partiendo de tu entorno, escribe un texto literario, vagamente inspirado en La Regenta, en el que se pueda percibir el tipo de sociedad en la que vives.
2) Trasforma el texto anterior en un pequeño ensayo sobre la sociedad vetustense.
3) Pasa a pintura –cuadro, dibujo, etc.– el texto anterior.
4) Compara la sociedad decimonónica con la actual. ¿Han cambiado mucho las cosas? ¿Para mejor o para peor?

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